RECURSOS LIMITADOS: MIS BIBLIOTECAS (II)

22 enero 2012

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Leo que en EEUU los seis herederos (6 personas) de la empresa Walmart son más ricos que el 30% de los más pobres de ese país.

EEUU es una nación en la que se celebra la desigualdad económica.

Cito del mismo artículo de Moisés Naím:

«En Estados Unidos, por ejemplo, los artistas, deportistas o inventores cuyo éxito se traduce en una inconmensurable riqueza son admirados y vistos como modelos a emular.»

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Lo ‘bueno’ de EEUU es que nos muestra casi a diario ejemplos de lo que no debería ser ni hacer una sociedad.

Alguna vez en el futuro -si no hemos acabado con nosotros mismos como especie, aunque por ahí vamos- los historiadores le reconocerán ese triste mérito al gran país del norte.

El de haber sido el laboratorio que nos ha mostrado -sobre todo- qué caminos no seguir.

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Habría que fomentar el placer de la vida por la vida misma.

El placer de jugar y caminar al aire libre, de leer un buen libro, de conversar con amigos y desconocidos, de cantar, de trabajar hasta el cansancio en lo que a uno le gusta, de pasear y correr, de descubrir y entrar en contacto con la naturaleza, de viajar, cocinar, de ayudar.

¿No es eso hacia donde converge toda la educación y el esfuerzo de Occidente?

¿No es el mismo sueño de hacer lo que a uno le plazca?

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Occidente lo resuelve de dos maneras: bien llegando a la jubilación o por medio de la (acumulación de) riqueza. (Muchos lo resuelven individualmente con el robo, la estafa, la apropiación ilícita, la corrupción.)

Es decir se enseña que se tiene que soportar toda una vida de trabajo (para otros) hasta alcanzar la ansiada paz del no hacer nada.

O, si se tiene ‘suerte’, se resuelve el problema con dinero.

Dejo en este punto las disquisiciones relativas a la economía, preguntándome si alguna vez se impondrá seriamente el consumo colaborativo a nuestro ego.  

Y si nuestras latentes misantropía y desconfianza lo harán, simplemente, imposible.

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Un buen libro nos acompaña toda una vida.

Las bibliotecas no tendrían que ser infinitas, por lo tanto.

Como soñaba Borges.

Bastan no muchos, pero buenos, libros.

Los buenos libros se leen varias veces y van cambiando, evolucionando, con nosotros.

Su lectura y relectura nos enriquece y les devolvemos esa riqueza también: puesto que en cada nueva lectura los encontramos diferentes, mejores.

Me sucede con muchas obras.

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Algunos de mis libros de cabecera, es decir, que he leído por lo menos dos veces (al cruel e injusto azar):

La danza inmóvil y El jinete insomne de Manuel Scorza, Salvo el crepúsculo y Rayuela de Cortázar, cuentos y poesías de Borges, la obra completa de Vallejo, todo Chandler, varias novelas de Michael Connelly, Don Winslow, Le Carré, Coben y McCormac, casi ‘todo’ Cabrera Infante y Vargas, cuentos de Poe, la poesía de José Santos Chocano, la poesía de Blanca Varela.

Son libros que tengo siempre a la mano y parecen revolotear -literalmente- por mi cabeza, como seres/reclusos esperando su segunda (o hasta su quinta o décima) oportunidad.

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Otros libros siguen cerca también, sin que haya conseguido penetrar su coraza, alcanzarlos, desentrañarlos, llegar a lo que intentaban contar o decir:

Guerra y paz de Tolstoi, 2666 de Bolaño (lo usé más de un año para que no se abriera una ventana estropeada), Matar un ruiseñor de Harper Lee.

Con el Quijote me sucede algo parecido: no he logrado encontrar esa línea, asirme a esa cuerda que me tendría que permitir subirme al tren de su relato sin parar.

Le he encontrado encanto solo leyéndolo de a pocos, caóticamente.

El genio de Cervantes es indiscutible.

¿Quién es el narrador, por ejemplo?

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¿Una biblioteca infinita?

Para la búsqueda, infinita para buscar sí.

Pero no para el encuentro, para la lectura, para la selección.

Obviamente, es placentero buscar los libros que nos gustan, aquellos que nos convienen y ‘hablan’ de un modo íntimo.

Pero una biblioteca infinita sería una claudicación: la de tener que abandonar los libros que hemos elegido como ‘nuestros’ para seguir en una búsqueda permanente de otros nuevos.

Felizmente la realidad es más prosaica y limitada, por más que solo el número de libros que se editan en España por año sea apabullante (¿cien mil?).

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Personalmente, me fascina horas de horas y hasta días de días en una buena librería.

Sabueseando buenos libros.

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Pero una cosa es sabuesearlos (hojearlos, ojearlos, olfatearlos, probarlos, lamerlos, saltar entre sus páginas y concentrarse en ciertas líneas).

Y, otra, adquirirlos simplemente porque se pueden comprar.

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Llego a todo esto pensando en por qué no llegué a armarme mi biblioteca ideal, LA biblioteca, habiendo tenido los medios (económicos) y el tiempo (y las ganas) en cierta momento de mi vida.

Y ahora veo que fue por eso: porque más me importaba e importa sabuesear (a) los posibles buenos libros que adquirirlos por tener simplemente el dinero a mano.

No hay nada mejor que un libro que uno mismo se ha recomendado.

De allí la atracción magnética que ejercen sobre mí lugares como FNAC en España.

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¿Qué libros incluir en una personal biblioteca?

Diccionarios.

Enciclopedias.

Los grandes clásicos.

Para empezar.

De los primeros recuerdo con especial cariño el Diccionario de dudas de Manuel Seco.

Me lo compré sacramental, eucarísticamente, en una librería del Centro de Lima.

Aún lo conservo.

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HjorgeV 22-01-2012


RECURSOS LIMITADOS: MIS BIBLIOTECAS (I)

17 enero 2012

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Existió una época en mi vida, en la que podía comprarme los libros que deseaba.

Lo iba haciendo regularmente.

Tendría que haber planeado una biblioteca personal como otros planean un gran crimen, el asalto a un gran banco. 

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Mi primera biblioteca era una reunión de los libros que me regalaba -invariablemente- mi padre por mi cumpleaños con otros de fuentes más diversas.

En la época del colegio le fui agregando algunos títulos más a esa colección dominada por novelas de Enid Blyton (mi primera gran novelista), enciclopedias infantiles, libros de cuentos y diccionarios.

Recuerdo especialmente un tomo sobre las hormigas y El lazarillo de Tormes.

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Empecé a leer El lazarillo por obligación -una tarea escolar- y no pude desprenderme de él hasta que terminé de leerlo horas después.

Recuerdo el día.

Había tenido que acompañar a mi primo Chacho y lo leí -andando- de camino a su casa, en su automóvil y -parado al costado de su Corolla- mientras lo esperaba ya no sé para qué diligencia.

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Una tarde de un tórrido verano, encontré en la biblioteca del puerto donde pasaba las vacaciones escolares, un libro de cuentos que me mantuvo en vilo durante varios días.

Que una lectura tuviera la fuerza suficiente para interrumpir o colidir con los varios partidos (de fútbol) diarios, habla mucho de ella.

Recuerdo el contraste de esos oscuros cuentos con el calcinante sol de ese año.

Entonces no podía saber que su autor había fascinado a generaciones enteras de todo el mundo con sus relatos.

Edgar A. Poe me introdujo al género negro en una época especialmente luminosa.

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Debido a mi afición por el ajedrez, mi biblioteca adolescente se enriqueció con libros de ese ¿deporte/juego ciencia?

En la academia de preparación para el examen de ingreso a la universidad, conocí a un chalaco que me convenció de que podía conseguir la mejor marihuana del mundo.

Ni siquiera sabía qué era marihuana, pero si era “la mejor del mundo” tenía que ser por lo menos buena.

Vendí mis libros de ajedrez. Reduje así mi biblioteca.

Con la suma obtenida, me compré un paco de su merca.

La experiencia, sin dejar de ser interesante, me curó para siempre.

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Muchos años después me encontré en las calles de Colonia con una alemana que había conocido en el Cuzco.

Nos citamos y terminamos en el departamento que yo compartía con un estudiante alemán en Ehrenfeld.

La vivienda era espartana: había una mesa en la salita, una máquina de escribir Adler sobre ella; dos sillas, libros en el suelo.

Dos colchones en el dormitorio, más libros en el suelo y en los bordes de las ventanas completaban nuestro ajuar.

Minimalismo puro.

(La mantequilla y las cajas de leche las dejábamos en la ventana, usándola a modo de refrigeradora.) 

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La chica me propuso fumar con ella.

Sin esperar mi respuesta, sacó su cubito de chocolate -hachís- y se armó un buen troncho.

No quise probar.

Quería -necesitaba- mi cabeza conmigo, en su lugar.

Las experiencias adolescentes eran ya algo muy lejano.

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Ahora quiero imaginarme que ese -el vuelo- fue su modo de invitarme a pasar a su mundo erótico.

Pasamos, en cambio, una velada triste.

Ella sentada en el suelo sobre un cojín con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra la pared.

Con una sonrisa imbécil decorando su rostro.

Yo, intentando remediar con una botella de vino barato las grandes distancias que nos separaban y que el hachís no había hecho sino aumentar.

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Eran mis primeros tiempos en Colonia.

Gran parte de mi biblioteca limeña la había dejado en mi ciudad.

La parte que me había traído a París, la había perdido casi totalmente, junto con instrumentos musicales, ropa, cuadernos de poemas y otras chucherías más que dejé en la Ciudad Luz.

En Colonia, con las remuneraciones de mi primer trabajo como profesor de idiomas, empecé a armarme una nueva biblioteca.

La primera fuera de mi país.

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Cada vez que cobraba -cada dos semanas-, me compraba un libro.

Entonces costaban hasta el doble -o más- de lo que se pagaba en España.

(En mi país las cosas llegaron a multiplicar por 30 su precio de la noche a la mañana, así es que no es una buena referencia.)

A los costos originales, más los de transporte y los de la librería, había que agregarle la ganancia del librero.

(Hacer una llamada a mi país costaba en ese entonces un ojo de la cara: tres minutos cinco marcos, unos €2,50 actuales.

Hoy tenemos las llamadas a un centavo y hablamos menos que entonces.)

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El librero era un alemán alto, desgarbado y renco.

De trato suave, agradable.

De esas personas para las que el respeto hacia los demás es tan fundamental y primordial como la propia respiración.

Siempre daba la impresión de estarse quedando atrás en todo debido a su cojera, aunque no hiciera nada más que dar vueltas alrededor de la mesa central mientras iba acomodando sus libros.

Nadie lo perseguía, pero parecía ya haber perdido en su fuga circular y concéntrica.

Una especie de Sísifo horizontal. 

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A mis ejemplares de esa época los fechaba, y debajo de la fecha y del lugar de la compra (Colonia), escribía una clave:

Grantris para ‘gran tristeza’, Salaflot para ‘saliendo a flote’, Alever para ‘alegría veraniega’; y así.

Tiempos de lectura y escritura.

Y de curiosidad por el mundo de la literatura de otros, por así decir.

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En ese entonces paraba al tanto de la ‘movida’ literaria y no me perdía el paso de ningún gran personaje por Colonia.

Le di (la) lata a Mario Vargas. A Ernesto Cardenal y a Paul Auster.

El anfitrión de Vargas, un decano pesadísimo, se escandalizó cuando le pregunté al Nobel hispanoperuano cuál era la más política de sus obras.

«Esta es una reunión literaria, no política», me advirtió iracundamente el catedrático ignorante.

(Vargas resolvió voluntariamente la pregunta muchos años después, coincidiendo con mi apreciación: Conversación en La Catedral.)

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Añadí a mi biblioteca ¿Quién mató a Palomino Molero?, Historia de Mayta, El hablador y La guerra del fin del mundo.

Las tres primeras son novelas que he releído más de una vez.

Con la última no he podido -varias veces- pasar de las primeras páginas.

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Una noche, en una minúscula librería del centro de Colonia, asistí a un evento cultural singular. 

Era uno de esos negocios especialmente delicados, por ser formatos especialísimos de sus dueños, de esos que no han podido sobrevivir a estos nuevos tiempos (tiburo-económicos).

Había unas quince sillas amontanadas y mal dispuestas en torno a una mesita que parecía prestada por un vecino complaciente pero de recursos limitados.

Sentado a la mesita había un personaje de mirada adusta, incómodo a la legua, pero de lengua suelta y con ganas de cumplir y dejar atrás esa ridiculez de evento cultural.

Fui de los pocos que se divirtieron en esa velada.

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De haber sabido quién era -realmente- Cabrera Infante, no me habría dejado amilanar por su aparente mal humor y me habría quedado a seguir conversando con él.

Añadí Tres tristes tigres, Así en la paz como en la guerra, Arcadia todas las noches y La Habana para un infante difunto. (Más recientemente, El libro de las ciudades.)

La Habana para un infante difunto fue todo un descubrimiento para mí.

Una especie de cataclismo para mi pacata cosmovisión libresca.

Y eso que ya conocía y poseía los Trópicos de Miller.

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Continúa…

HjorgeV 17-01-2012


«DE TODOS MENOS…»

14 enero 2012

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Lo bueno de tener recursos limitados (de saberlo), es que uno se las tiene que ingeniar para satisfacer sus necesidades primordiales.

Pero debe ser una característica humana no ser conscientes de esa limitación.

Por lo menos, no automáticamente.

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No de otra forma se explica, por ejemplo, cómo actualmente hasta los países más poderosos del planeta (y supuestamente los más avanzados) propugnan -con una convicción casi religiosa, quiero decir ciega- un modelo de economía/vida basado en la expansión y el crecimiento económico continuo.

Como si los recursos del planeta fueran inagotables.

O, extinguidos esos recursos, en el subsuelo existiera otra Tierra esperándonos para continuar con nuestro frenético esquilmo.

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Me puse a pensar en esto de los recursos limitados por un comentario recién recibido.

«Usted es todo menos…» me escribe Ramón Pineda desde Nicaragua, uno de los seguidores más fieles de esta bitácora. (También uno de sus contados lectores.)

El comentarista no terminó la frase.

«Usted es de todo menos… escritor», me imagino que fue lo que quiso decir y no se atrevió.

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Lo que no debe saber él, ¡es que es cierto!

Que me lo repito continuamente, casi a diario:

«Soy todo menos escritor».

Es uno de los combustibles más efectivos que tengo para poder darle duro al teclado a diario.

Una especie de mantra al revés que me permite continuar con la escritura de mis novelas.

Como no soy escritor, me esfuerzo por serlo.

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Conocer las propias limitaciones es fundamental.

Me lo enseñó ejemplarmente un grupo de jóvenes lisiados.

(Así es como se los llamaba entonces en mi país: un término que no me agrada, pero por lo menos mejor que ‘inválidos’, ya que no lo eran).

Y ellos me lo enseñaron nada menos que jugando al fútbol.

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Lo tengo que recordar continuamente en mi -otra- labor como entrenador de futbolistas infantiles y juveniles.

He descubierto que muchas veces tienen la manía de querer hacer justo lo que no pueden.

O lo que no hemos entrenado.

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Uno de esos jóvenes lisiados que menciono, por ejemplo, tenía una sola pierna y usaba una muleta para desplazarse.

Curiosamente, al jugar, su mejor finta, dribling, gambeta o regate, consistía en hacerte creer que iba a salir disparado por un lado.

Y tú, ¡zas!, te lanzabas a cubrir ese lado.

Pero, claro, el joven monogambo nunca lo hacía.

Simplemente porque tenía una sola pierna y no podía salir corriendo.

*

Pero tú te lo creías y caías en la trampa.

Porque su finta era perfecta.

Como un mago, te hacía creer en algo. Te creaba una ilusión.

Era fascinante.

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Ese joven con una sola pierna conocía sus limitaciones perfectamente.

Sabía que nunca podría correr como tú.

Y ni siquiera lo intentaba.

Pero, astuto, te lo hacía creer.

*

Mis jóvenes pupilos con dos piernas y dos brazos -y todo lo demás completo, debo suponer- hacen muchas veces lo contrario.

Intentan justo lo que no pueden.

Fintas, amagues, gambetas, dribleos y regates que no están en su repertorio.

Justo como yo, tengo que llegar a reconocer.

Puesto que, sin saber escribir, lo intento a diario.

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HjorgeV 14-01-2012


OBSOLESCENCIA Y FELICIDAD PROGRAMADAS

5 enero 2012

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Mi computadora portátil empezó a fallar un buen día.

La había comprado dos años atrás.

El enchufe del transformador se negaba a cumplir el trabajo por el que yo había pagado.

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Pregunté en la tienda donde había comprado mi plegable.

Me dijeron que no podían venderme solo el enchufe y que un transformador original me costaría unos cien euros.

La alternativa era uno por la mitad del precio, pero con el riesgo de que el enchufe necesitara un adaptador.

Felizmente había un juego de ellos incluido en el paquete. Lo compré.

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Ninguno de los adaptadores me sirvió.

Europa, siglo XXI, III Milenio, qué quieren que les diga.

No capitulé y encontré un truco: colocando el cable de alimentación en cierta posición, el asunto funcionaba.

Uso mi computadora para escribir en casa y raramente para algún trabajo fuera.

Me importaba un pepino que se hubiera convertido en un mueble fijo. 

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Hasta que la semana pasada -meses después- el truco caducó, dejó de funcionar.

Me acerqué a la tienda de marras.

-Quiero un transformador original para esta marca.

-No se fabrican más -me respondió el vendedor.

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No ha sido mi primer encuentro con un caso de obsolescencia programada, pero sí uno inicialmente duro. 

Entre otras cosas, porque aparte de no saber si un conocido podrá reparar mi plegable, me ha obligado a mudarme al sótano para poder seguir escribiendo.

(¿Y si resulta que mis novelas también sufren de obsolescencia programada? Acabo de abandonar un libro así. Terminó en el barril de basura.)

Me pasé dos años en esta habitación escribiendo.

Le llegué a tener cariño porque era el laboratorio de mis ideas y el taller de mi escritura.

Luego pude comprarme una plegable y regresé a la luz, a la superficie. Aprendí a apreciarlo.

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Llevo varios días aquí, en el subsuelo.

Fue especialmente duro al comienzo: apartado del ruido del viento golpeando los vidrios, del paso del sol, del derrotero de la luz y de la vida vecina perceptible por la ventana.

Pronto le encontré ventajas a este aparato casi prehistórico (cinco años de antigüedad):

La conexión a la Red es lenta, por ejemplo.

Me obliga a concentrarme en mi novela.

Más que positivo.

La ausencia de ruidos y la lejanía del resto de mi familia aumenta mi concentración.

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Y el sonido, el traqueteo del teclado, me hace recordar épocas pasadas, cuando escribir era una verdadera batalla contra el papel.

Y cada línea era un verdadero parto.

Una larga huella de tinta impresa por presión digital (de los dedos) sobre un cuadrilátero en blanco.

(Hoy la batalla sigue existiendo pero ya es -casi- solo mental. No más material.)

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Me envía un comentario Ricardo C.

Se refiere a mi entrada sobre el sueño de viajar en el tiempo.

Le doy la razón:

La idea de viajar en el tiempo y poder corregir nuestras vidas es fascinante.

Le respondo que como no tengo (una) máquina del tiempo, las tonterías que escribo las escribo porque también tengo ese impulso por corregir mi, la vida.

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Soy de los que se arrepienten hasta de lo que ha escuchado, como si hubieran dependido de mí las palabras de otros.

Escribiendo puedo responder y hablar con propiedad.

Castigar y premiar.

Enderezar rumbos.

Atreverme con otros arriesgados.

Lo imposible en la vida, posible en el ‘papel’.

*

Pero la escritura también tiene el misterio de la vida propia de sus personajes.

Sino, cualquier ficción sería aburrida.

Por predecible para el autor y dañina para su escritura.

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Lo he vuelto a comprobar hoy, al continuar con la corrección de mi manuscrito.

Me he topado con un pasaje que había olvidado y que no estaba en el guión inicial, por así decir.

Me debió salir de los dedos un día que también he olvidado ya.

Me he estremecido.

Como si yo mismo fuera un personaje de otra novela ‘superior’ (que envuelve mi vida y mi manuscrito) (no soy creyente) y me hubiera permitido asombrar a mi autor.

Causándole un golpe de felicidad.

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Indemnizándolo así por el enchufe roto y las inconveniencias pasajeras.

¿A qué más podría aspirar un simple escritorcito amante de su trabajo inútil?

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HjorgeV 05-01-2012


EMPEZANDO EL AÑO EN JAPO-DEUTSCH

1 enero 2012

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Arbaito significa ‘trabajo parcial’ en japonés.

Arbeit (pronunciado ‘arbait’) es ‘trabajo’ en alemán. Tal vez se trate de un préstamo, una palabra de un posible japodeutsch.

Me he pasado todo el día arbaiteando: tratando de trabajar en mi novela, consiguiéndolo parcialmente.

He leído, dormido y comido en las pausas.

No hay trabajo total. Hasta el trabajo más largo y consecuente termina con el deceso del trabajador.

Yo arbaito, tú arbaitas, ella y él arbaitan.

¿Sabe cada uno para qué?

*

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Casi 14ºC ambientales.

Abro la ventana y no me lo puedo creer. La temperatura exterior bien podría ser la de un día de verano (alemán).

Estamos en el primer día del 2012. En pleno invierno en Alemania.

Hace exactamente un año, las calles, los campos y las carreteras estaban to-tal-men-te cubiertos de nieve.

Las temperaturas oscilaban alrededor de los 5 grados bajo cero.

Veinte grados de diferencia por estas mismas fechas.

Sería como pasar la Navidad y el Año Nuevo en Lima a 45ºC.

El clima haciendo trabajo total, más horas extras.

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Acabo de terminar Kein böser Traum (Solo una mirada en nuestra lengua, Just one look en el original del 2004) de Harlan Coben.

La he leído en alemán, como acaso sospechará algún improbable lector distraído (sino no hubiera llegado a parar a este sitio).

Curiosamente, cinco novelas de Coben llevan títulos en alemán que empiezan con Kein (‘ninguno’) o Keine (‘ninguna’).

A los editores les debió parecer una gran idea.

Es terrible.

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Los editores alemanes alteraron también -por completo- el título de las novelas de la Trilogía Millennium de Stieg Larsson.

En el original son títulos interesantes, heterodoxos, raros, llamativos.

En nuestro idioma se consiguió recrearlos a la vez que exagerarlos (la bendita mercadotecnia) y extenderlos:

Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, La reina en el palacio de las corrientes de aire.

Se consiguió cierto efecto de asombro.

Indispensable -en mi opinión- para entender el Fenómeno Larsson y su éxito comercial.

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Pues, bien.

En Alemania la editorial Heyne decidió presentar la trilogía larssiana (¿larssoniana?) bajo los siguientes títulos:

Verblendung, Verdammnis, Vergebung.

Más o menos: Obcecación, Perdición, Perdón.

Gran Idea.

Consiguieron que Larsson -exageraré- pasara casi inadvertido en este país teutón.

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La novela de Coben que acabo de terminar hoy (a caballo entre el pasado y este nuevo calendario) arranca de forma bastante oscura y tambaleante.

[Antes había leído Das Grab im Wald (El bosque / The Wood, 2007) y me pareció bastante buena, casi excelente, a pesar de sus defectos.]

Con Solo una mirada sabes que tienes que irte con cuidado.

Sabes que el armazón (o armatoste) narrativo, que pronto empieza a volverse adictivo, te va a caer encima cuando menos te lo pienses.

Coben tiene algunas manías.

Entre ellas las de repetir casi hasta el cansancio las enrevesadas tramas de sus novelas, como si necesitara hacerlo para convencerse de su verosimilitud.

Con todo, la atmósfera que crea Coben en Solo una mirada te hace olvidar todos sus defectos y errores.

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Me fascina el género negro.

Sobre todo cuando puede ‘competir’ con la llamada literatura a secas (¿qué es?).

Leo novelas negras por placer, por afición y para aprender.

Justamente hoy leí lo siguiente en una entrevista/reportaje:

«Los escritores somos como urracas, robamos partes de los nidos de otras urracas para construir el nuestro propio, está en nuestra naturaleza actuar de esa manera.»

Me quedé tan asombrado por la sinceridad de lo expresado que me puse a indagar en la Red.

No conocía al entrevistado, James Sallis (Helena, Arkansas, 1944).

(En la entrevista de El País, ponen, equivocadamente, que nació en Nueva Orleans. Si hay que confiar más en la Wikipedia que en el diario español, claro. Personalmente, desde que se ha convertido en un negocio, he empezado a desconfiar de la Wikipedia.)

Me quedé más alelado aún con la información encontrada.

Sallis no solo ha sido tan galardonado como Coben en su país, EEUU.

También recibió el Deutscher Krimi Preis (premio alemán de novela negra) en el 2008 por su novela Drive (Driver en alemán; cómo se deben haber roto la cabeza los editores para decidir ese gran añadido de una sola letra).

Y «Drive», la versión cinematográfica y homónima, fue premiada en el pasado Festival de Cannes.

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Enseguida le he pedido a mi esposa -la experta en transacciones en línea en esta casa- que me consiga algún título de Sallis en nuestra lengua.

Pocas cosas me alegran más que esperar un libro por correo.

Tiene el encanto de las noticias de/sobre un amor perdido.

Al carajo con las tabletas y otros adminículos lectores en este caso.

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Ojalá que pueda, entonces, iniciar este año con una buena lectura.

Aunque solo se trate de una traducción.

Personalmente, me fascina con especial fervor pergeñar traducciones literarias.

Muchas veces me he pescado traduciendo por puro placer párrafos y hasta páginas enteras de alguna novela (o poema) si me han parecido especialmente bien escritos.

Se aprende a borbotones.

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Un buen trabajo de traducción (literaria) es una labor interesantísima.

Tiene de novela negra (por las pesquisas, la tensión y el misterio).

Tiene de investigación filológica, crucigrama, acertijo, adivinanza y rompecabezas.

Y de riesgo: porque hay que decidirse finalmente.

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Pero la industria editorial respeta cada vez menos el trabajo del traductor.

Tanto (es) así, que a veces me ha quedado la impresión de que no invierten más allá de lo que cuesta (el trabajo de) un corrector de una Traducción Gúglica.

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No hace mucho leí una de las novelas que más ha(n?) dado que hablar en los últimos años.

No mencionaré su autor (solo que es de EEUU) ni su título.

Gocen con esta perla:

«Un perro haciéndole el amor por detrás a una perra»…

¿No diría simplemente fucking en el original?

¿O ya leen (y practican) ahora los perros el Kamasutra (o varias posiciones) y no me he enterado?

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.HjorgeV 01-01-2012


FUTBOLISTAS PARA LA POSTERIDAD

29 diciembre 2011

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Apenas termine de escribir estas líneas voy a arrojar un libro a la basura.

(No es mi libro de poesía, por si acaso.)

(Que no se me ilusione mi troll particular, don Román Pineda, catracho ilustre, me debo imaginar.)

(Los trolleros no tienen por qué ser seres mezquinos, insoportables o pesados en la vida no digital, fuera de la Red.)

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El libro de marras es, era, Exitus.

Lo he leído/sufrido/soportado solo hasta la mitad. (Un verdadero esfuerzo para despedir este año tan crucial para el planeta.)

Autor: Thomas Gifford. Conocido por su novela sobre el Vaticano, Assassini.

(No la he leído. Haré un gran rodeo cuando la sepa cerca.)

Cometeré, así, un libricidio a dos días vista del nuevo año calendario.

*

«Qué despilfarro. Tantas neuronas para una sola idea: Dinero»

Lo dice El Roto en una viñeta reciente, tan mordaz y preciso, siempre él, en su crítica social.

Una verdadera ofrenda y dádiva de fin de año algo así.

Como si hubiera leído también él la bendita novela.

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El libro que menciono va camino del reciclaje.

Acá en Alemania cada hogar tiene tres y hasta cuatro barriles de basura: uno de ellos para papel y restos de papel.

Pero a mí me ha llegado a provocar arrojar Exitus (latín: ‘salida’, pero también ‘muerte’) al barril marrón para el compost o residuos orgánicos.

Tal vez por temor a que, si sigue viva alguna de sus células, pueda contagiar a algún humano escribiente en su particular exitus.

Si el mundo estuviera repleto de este tipo de novelas (que seguro que también lo está, solo que poco me entero), no me aventuraría a volver a abrir ningún libro.

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Me lo regalaron mis suegros para navidad.

(En alemán me he permitido hacer un juego de palabras con Schwiegereltern. Algo así como ‘padres políticos’.

Y convertirlo en algo parecido al oído: Schwierigeltern.

‘Padres difíciles’.

Mis convivientes alemanes ríen de cajón.)

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Pero, no.

Me consta que no me regalaron el libro para hacerme un daño.

(Saben que escribo novelas que no publico. Deben creerme loco de remate, lo sé. Por ese lado pertenecemos al mismo club.)

Entre otras cosas porque:

  1. la lectura no está entre sus costumbres o entretenimientos, y

  2. ya me han regalado varias buenas novelas (cuatro de Harlan Coben, por ejemplo).

*

Aquí en Alemania, cada vez hay más gente que detesta su trabajo.

Debe ser terrible.

He extraviado la estadística correspondiente, perdón, pero creo recordar que más o menos la mitad de los alemanes que se jubilaron el año pasado eran menores de 65 años.

Traducido e interpretado: cada vez más gente prefiere renunciar a cierta suma de dinero en su jubilación con tal de no tener que seguir trabajando.

¿Se lo pueden imaginar?

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Algo parecido le debe haber sucedido en España a Lucía Etxebarria (Valencia, 1966).

Leí el título de una nota periodística y me tuve que restregar los ojos:

«Lucía Etxebarria dejará de escribir libros por la piratería»

Qué tonto el articulista, pensé.

Lo que la escritora valenciana seguramente quería decir es que dejará de publicar libros, harta de la piratería.

Pero, no.

Lo ha dicho ella misma. Cito del mismo artículo:

«A día de hoy no tengo la más mínima intención de ponerme a escribir otra novela, y mucho menos un guion de cine».

(Desagradable la nueva ortografía de guión.)

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Personalmente, creo que no podría ser mi caso.

Creo. Quiero creer.

No sé en qué se convertirían mis creencias de ganar el más de medio millón de euritos que doña Lucía se embolsó con el Premio Planeta de Novela del 2004.

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Regreso a mi manuscrito como un obseso.

Se acaba el año.

Me había propuesto terminar esta (mi 5ª) novela con el final de este calendario.

Sin embargo, tengo que aceptar que ha adquirido una especie de vida propia.

(Lo cual me ha fascinado y me ha dado nuevas energías para seguir.)

(¿No será que no la quiero terminar y que podría ser feliz trabajando en ella indefinidamente?)

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Ya son 1126 páginas, de las que he terminado de corregir hoy 942.

(No las espera ningún editor o lector.)

La idea era que no pasara de las 500 páginas.

¿Cómo haré para recortar más de la mitad de un material en el que en cada frase y página he tratado y trato de poner lo mejor de mi -posible- talento?

*

Las fiestas de fin de año, por otro lado, me dan el tiempo y la tranquilidad necesaria para continuar.

Me robo al máximo mi tiempo libre (qué zafarrancho de frase, qué huachafería, dios vuestro) para dedicarlo a la escritura.

¿Habría llegado a escribir tanto de no haberme casado, si no habría llegado a tener cuatro hijos?

¿O la soledad, la falta de verdaderas y grandes obligaciones familiares habrían terminado apabullándome y me habrían convertido en un alcohólico y fumador empedernido, en un perdido o en una persona depresiva incapaz de concentrarse en su escritura?

(Recordando la frase del escritor italiano Andrea Camilleri -«Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza»-, aprovecho para hacer una pausa y abrir una de trigo.)

*

Pienso en el caso de la valenciana Etxebarria.

Me duelo y me compadezco de ella.

Es otra persona que se niega a trabajar.

(Por la razón que sea, en este caso por la piratería.) (Curiosamente, ya fue acusada dos veces por plagio, que es una forma de piratería, justamente.) (¿”Tener morro”, no lo llaman los españoles?)

Me parece percibir que cada vez hay más gente en este mundo que no ama o no le gusta lo que hace, su oficio, su profesión, su antigua vocación, su trabajo.

Que lo detesta incluso.

Es el primer caso que conozco de un@ escritor@ que anuncia su particular negativa, su personal huelga.

¿Pondrán en la Wikipedia ahora «ex escritora»?

*

Me detengo a pensar en las grandes paradojas de esta -inútil- actividad.

Es curioso este oficio.

Basta publicar un solo libro para ser llamado escritor vitaliciamente.

Pero alguien que juega un solo partido de fútbol en su perra vida no tendría la suerte de ser llamado futbolista para la posteridad.

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HjorgeV 29-12-2011


. HjorgeV 29-12-2011

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. HjorgeV 29-12-2011


«LA MONEDA» (Microrrelato)

25 diciembre 2011

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No la quería soltar.

Se aferraba a ella como un moribundo a una biblia.

Era el primer ahorro de toda su larga vida.

«¿Lo quieres o ya no lo quieres, niña?», clamó el heladero.

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HjorgeV 25-12-2011

(Comunicado: reaccionando al reclamo de un lector catracho, se anuncia la posibilidad

de reemplazar la palabra ‘biblia’ por ‘manifiesto comunista’, ‘botella de ron’ o lo que el

buen lector o lectora considere, pues, pertinente.)

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.HjorgeV 25-12-2011


PAQUITO D’RIVERA: «BRUSELAS EN LA LLUVIA»

22 diciembre 2011

Qué belleza.

Qué trabajo.

Empantanado en mi manuscrito, se me acaba el año (seguro que a ustedes también) y me encuentro con esta joya, con este cofre.

Me fascinan las melodías que están escapando constantemente.

Pero no para perderme o confundirme sino para ayudar(me) a encontrar(me).

Cuando, además, el ropaje musical -del acompañamiento- es de altísima calidad, ¿qué más se le puede pedir a la vida?, como diría mi madre.

Alguien dijo alguna vez de Paquito D’Rivera que un solo suyo te puede arreglar un mal día.

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Francisco de Jesús Rivera Figueras (Marianao, 1948) compuso esta pieza en la capital belga.

(De su padre, músico que importó a Cuba la escuela clásica del Conservatorio de París, dijo alguna vez que «estudiaba su instrumento 26 horas diarias».)

El tema es Bruselas mientras llueve. 26 horas diarias, como quien dice.

Conozco un poquitín la ciudad. (La separan apenas 200 kilómetros de Colonia.)

Su grisura invernal tan parecida a la de mi ciudad, Lima.

En mi memoria, Bruxelles (en francés, Brüssel en alemán, Brussel en neerlandés) es una aristócrata engreída y soñolienta, aterida de frío.

Con calles de irregulares superficies adoquinadas y grandes edificios medievales que duermen al amparo de la burocracia europea.

Y uno, a pesar de que suele detestar la lluvia, aspira ahora a escuchar esta canción caminando por las calles de Bruselas.

Dejándose mojar por el agua que desciende de las nubes, como grandes (o diminutos) lagrimones.

Entre las que también andamos gracias a este cubano; inmortal, ya.

¿Se imaginan a Rivera conversando con el Che Guevara?

En el 2005 Paquito le envió una misiva a Carlos Santana, quejándose porque el músico chicano había vestido una camiseta con la efigie del Che Guevara en los Óscar de ese año.

Le explicó en el papel el papel que el Che había tenido en las ejecuciones de disidentes cubanos, entre los que había estado un primo suyo.

El ex miembro de Irakere, la mítica formación de jazz cubano, Paquito no había olvidado a Guevara.

En una conversación con él, el médico argentino le había preguntado por su ocupación.

-Soy músico -le había respondido el genio de Marianao.

-Bueno, pero ¿en qué trabajás, che? -había insistido el argentino.

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HjorgeV 22-12-2011


. HjorgeV 22-12-2011


. HjorgeV 22-12-2011


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. HjorgeV 22-12-2011


SEGUNDO SUEÑO DOMINGUERO

18 diciembre 2011

Me despierto sin abrir los ojos. Doy vueltas en la cama, como un animal que presiente algo, pero no sabe qué es.

Afuera llueve y el viento azota árboles y casas. Las ventanas se estremecen.

Los servicios metereológicos han anunciado diez días de lluvia continua.

«Nunca interrumpas a un enemigo cuando está cometiendo un error» decía Napoleón. Y no sé por qué diablos se me ha venido esa frase a la mente mientras sigo dando vueltas en la cama.

Echo un vistazo al reloj. Las cuatro y pico de la mañana.

He escuchado ruidos en la cocina y eso ha debido despertarme.

Es el nuevo perro de mis hijos y mi esposa. (He deslindado responsabilidades muy temprano.)

Si me vuelvo a dormir, sé que voy a tener problemas para levantarme después y el día se me puede estropear.

Si me levanto ahora necesitaré hacer una pequeña siesta en algún momento de la tarde, pero me irá mejor el resto del día.

Lo pienso un momento. Luego vuelvo a escuchar golpes en la cocina.

El perro da golpes y arañazos contra la puerta. Me animo a hacerles un favor a sus dueños.

Encima de mi piyama me pongo una parka y busco mis zapatillas de correr.

Salgo al frío. Seis grados de temperatura. El viento parece tener especial prisa y todo se ve mojado.

Ha dejado de llover y todavía está oscuro cuando salgo.

En el corto paseo por los campos vecinos, al bendito perrito no se le ocurre hacer sus necesidades (la razón por la que me animé a sacarlo afuera) y tengo que volver a casa con las manos vacías.

(Qué imagen.)

Mi pantalón de piyama se me ha mojado hasta las rodillas y mis zapatillas están llenas de barro. Me juro no volver a asumir responsabilidades perrunas ajenas.

Regreso a la cama, después de cambiarme de pantalón y medias.

Me echo con mucho cuidado y enciendo la lámpara de tal manera que el cono de luz no despierte a mi esposa.

Estoy terminando una novela de Stephen Humphrey Bogart. Había empezado muy bien.

Al final se ha convertido en un verdadero bodrio.

Me ha hecho pensar en un corredor de fondo que empieza su carrera dando lo máximo de sí en los primeros metros y luego lo tienen que arrastrar hasta la meta.

Solo para cumplir.

Antes había terminado de leer Por siempre jamás, del escritor usamericano Harlen Coben.

Otro bodrio. Complicado, además.

Acababa de alabar en esta misma bitácora a Coben.

Hablé tanto y tan bien de él en mi entorno, que mis suegros me regalaron para mi cumpleaños cinco títulos más.

Después de leer Por siempre jamás (novela terminada a la fuerza, algo que detesto y no suelo hacer: lo mismo que en el cine, si algo no me gusta, simplemente me voy), ahora miro con recelo el resto de los libros regalados y no me atrevo a tocarlos.

(¿Cuál es el sentido de escribir?, si es que existe alguno, se pregunta uno después de lecturas así.)

Por eso empecé Tócala otra vez. El autor es hijo de Humphrey Bogart y Lauren Bacall.

El libro (Ediciones B), como objeto, es bonito.

Una edición agradable a la vista y al tacto. Pero también plagada de inexplicables erratas. (¿Estaba medio dormido el corrector?)

Carajo, dice uno, estoy leyendo el libro de todo un personaje. Olvida esos nimios detalles.

Pero el cono de luz no impide que empiece a quedarme dormido como un papanatas ante tanta insensatez escrita.

(Qué diferencia con una simple frase de una entrevista de Martín Caparrós, que es casi una buena novela negra en miniatura. Léanla con parsimonia:

«El 31 de mayo de 1981, mañana destemplada, el portero de una casa del barrio Norte de Buenos Aires vio que del baúl de un coche grande, nuevo, estacionado, caía sangre.»)

Es domingo.

Mañana será otro día.

Antes de que se me cierren los ojos pienso que debería existir una especie de Permiso de Publicación.

Así como existe uno de conducir (manejar decimos los peruanos) que impide que cualquiera salga y se siente al volante de un automóvil.

Vuelve a ladrar el perro.

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.HjorgeV 18-12-2011


. HjorgeV 18-12-2011


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. HjorgeV 18-12-2011


«SUSPENDIDO EN EL SUPERMERCADO» (Engendruzco)

16 diciembre 2011

Estaba por entrar al

supermercado cuando

escuché una pregunta en

el aire

.

No iba dirigida a mí

pero bien la podía haber

hecho yo mismo:

«¿Hay trabajo hoy, jefe?»

.

Pensé en mis novelas por terminar

en mi libro de recetas, en mi manual

de fútbol, en los cuchumil

proyectos que

acaso solo inicio

para huir de los demás empezados

como quien pretende

escapar de un torbellino arrasador

pensando que puede librarse de él

con simple actividad frenética

.

«Una vida es un continuo comienzo

que solo lleva a un único final inexorable»

podría haber dicho alguien

.

¿No somos legión?

.

Al otro lado de la línea telefónica alguien

le debió decir que No

porque la mujer hizo un gesto

patético

y luego pareció elevarse y quedarse flotando por

un instante

agobiada por la carga de la respuesta

negativa

.

Me había detenido sin habérmelo propuesto y

ahora no sabía qué hacer

.

Miré a la mujer como se mira un

accidente o

un parto o se es testigo de

un llanto ajeno repentino

.

Creo que mi mirada la devolvió a la

realidad

la hizo descender al

suelo:

Vi como sus dos pies se volvían

a posar sobre el pavimento

.

(Delante de nosotros, el supermercado nos

seguía escudriñando con sus ojos inmensos:

inmensas vidrieras coloridas

hambrientas de dinero)

.

«Tal vez mañana haya trabajo», le dije a

la mujer en un infantil afán de consuelo

.

Ella me sonrió

con tristeza

Como quien dice tú que vas a saber

.

Me quedé suspendido por un

instante como ella, con los

pies en el aire mientras veía

cómo se alejaba

.

Y después ya no quise entrar tampoco

al supermercado

.

….HjorgeV 16-12-2011


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