CASA DE ENRIQUE PROCHAZKA

17-05-2008

Justo había estado hablando días atrás aquí sobre las características que debe tener un buen libro, según mi opinión.

Un buen libro, afirmé, se podría definir como aquel capaz de substraerte a tu entorno, hasta el punto de hacerte olvidar ruidos, ajetreos, trajín y tramas y guiones externos a tu lectura.

Absorbentes incluso, estos dos últimos, si se sufre el sino de pasar por momentos más o menos terribles de la propia biografía.

Y esto, independientemente del juicio final que se pueda hacer de ellos. De nuestra evaluación final como lectores.

Un buen libro tiene que saber soportar rigores.

Un libro fascinante hace eso, justamente: fascinar; atraer irresisitiblemente, ofuscando, ‘engañando’ y alucinando al lector.

De mi primera juventud, recuerdo novelas y libros devorados parcialmente en el transporte público, camino a la universidad.

Recuerdo algunos libros que resisitieron parcialmente un ómnibus o microbús limeño, repleto y en pleno verano, en esgrima permanente con brazos, torsos, cabezas, maletines, bolsos y hasta piernas.

Mencionaré algunos, sin ningún afán de orden o gradación.

Conversación en La Catedral y La tía Julia y el escribidor de Vargas, El padrino de Mario Puzo, El jardín de al lado de José Donoso, varios libros de Cortázar, El mono desnudo de Desmond Morris, Inventario de Benedetti, La danza inmóvil de Manuel Scorza, varios relatos de Asimov, Retrato de grupo con dama y Opiniones de un payaso del colonés Heinrich Böll; entre otros.

Casa es una novela –un relato extenso- de un peruano casi desconocido fuera de un circuito que hasta no hace mucho se circunscribía a ciertos límites geográficos limeños y que un par de artículos de otro Enrique, Vila-Matas, han contribuido a ampliar.

Me estoy refiriendo a Enrique Prochazka (Lima, 1960).

La novela es un librito de 125 páginas que un amigo mío, a quien se la encargué en su reciente visita a nuestra ciudad común, no la compró en su momento, porque los 15 euros del precio en Lima, comparables a unos 60 euros (90 dólares) en Europa, le parecieron exagerados.

Así es que me hizo el gran favor de hacerme llegar el libro por otros medios y otros cauces.

Puedo decir que ha llegado a mis manos –préstamo temporal-, como en el billar serio, que tanto aprecio: a tres y hasta a cuatro bandas. Con efecto y fantasía.

Hoy recibí Casa como quien toma en sus manos el Gran Grial y con el encargo de devolverlo en dos semanas para que retorne al hogar de su dueño limeño, en Lima.

Fui leyendo las primeras páginas mientras conducía por la avenida Aachener de vuelta a casa del centro de Colonia, después de haber recogido el libro; aprovechando las paradas que los semáforos y el recargado tránsito de esa hora de la tarde colonesa ordenaban.

Las tres primeras líneas son desconcertantes.

Transcribo el inicio:

Alguien (mucho más que él) se golpeó la cabeza contra el grueso pie de la lámpara al caer.

Nada. (Eso estuvo muy bien.)

Nada.

Quince años atrás, había estado recobrando el conocimiento. Ahora sonreía al recordarlo: siempre es muy gracioso no saber dónde estás, qué fecha es […]; pero debió haberle dolido mucho entonces, y sangre quince años mayor que él brotaba de una herida enorme en su cuero cabelludo.

Hay que prestar atención: ’sangre quince años mayor que él‘.

(Tal vez fue esta expresión la que me impidió dejar reposar el libro hasta llegar a casa.)

Por otra parte, el doble uso de los paréntesis en tan corto trayecto es una abierta provocación. No cualquiera sabe usar los paréntesis, para empezar.

En especial el segundo, cuyo contenido es completamente inesperado y misterioso. ¿Quién habla? ¿El narrador? ¿Se permite emitir él desde el comienzo juicios de valor?

En la frase ‘Alguien (mucho más que él) se golpeó la cabeza’, está condensado parte del universo de este escritor cuya literatura apenas conozco, pero que –hasta ahora- me mantiene fascinado.

Alguien (mucho más que él) es otra frase sencillamente genial. Tiene de misterio, de poesía y de literatura fantástica.

También, un tanto confundido. Como con ese segundo paréntesis. (Que un autor te mantenga confundido parcial o temporalmente, puede ser parte de las buenas artes de un buen escritor.)

¿Qué es eso de ‘(Eso estuvo muy bien.)’?

¿A quién le habla, a quién o qué se refiere el narrador? ¿Por qué se permite emitir un juicio valorativo?

Es interesante notar –para todo aquél interesado en el quehacer narrativo- cómo Prochazka crea una atmósfera y una tensión en apenas dos páginas, que impiden al lector despegarse del libro.

Y esto a pesar de semáforos y frenadas. De ruido y tensión callejera, en mi caso.

En el inicio nos encontramos a un tipo que tras golpearse la cabeza contra una lámpara, se da cuenta de que ha perdido la memoria inmediata, pero, en cambio, ha recuperado la que había perdido quince años atrás.

El pavor y la sorpresa de despertar en un cuerpo tres lustros más viejo (“considerablemente más blando, más transitado por la gravedad”, son las excelentes palabras del narrador), de un hombre que desconoce quién ha sido en ese lapso y empieza a descubrir que tiene una casa, un mayordomo, un muchacho en el que ahora reconoce a su hijo de tres años que había tenido con su esposa, y una hija procreada, nacida y crecida en su segunda personalidad.

¿Quién ha sido en esos últimos 15 años, quién es ese Alguien?

¿Dónde está su esposa?

Cuando ‘despierta’ lo primero que hace es correr a verificarse frente al espejo.

Si hasta aquí estamos en un relato que bien podría haberse quedado y bastado con esas premisas, regodeándose su narrador en todas sus implicancias y juegos posibles (la de la persona que sufre un ataque de amnesia y se lanza a saber quién ha sido en esos últimos años), esa lectura fácil queda interrumpida con el siguiente golpe:

No dejó de caerse simpático, sin embargo; después de todo, seguía siendo él, y al parecer había conseguido hacerse de una casa en la que había un mayordomo. Que sin duda sería el asesino.

El lector suspicaz puede preguntarse ahora, ¿por qué siendo que no puede recordar nada de su personalidad de los últimos 15 años, en cambio, sí sabe algo de un asesinato ocurrido en ese lapso? Además, ¿por qué sospecha concretamente de su mayordomo?

(El mayordomo, como tal, tendría que ser posterior a la construcción de la casa que no conocía al perder la memoria y su ‘primera’ personalidad. Me imagino que son pocas las personas en el mundo que primero contratatan a un mayordomo y luego compran o construyen una casa.)

Poco a poco el relato va descascarando, así, el misterio de su segunda, extrema y díscola personalidad, maravillando al lector en cada paso dado, al descubrir al actual inquilino de Alguien, Hal Durbeyfield, un exitoso y famoso arquitecto que vive alejado del mundo y manteniendo a la prensa en vilo con ese apartamiento.

No voy a contar más, porque sería injusto convertirse en un aguafiestas de cualquier posible lector.

Si todo buen libro es –por lo menos- varios buenos libros, dependiendo de la actitud mental de cada uno de sus lectores, Casa consigue que en nuestra mente se abran las puertas a varias otras -mentes/casas- más.

Casa es un juego inteligente con el tiempo y el misterio de las identidades.

Es un libro que he leído con el freno de mano puesto. Haciendo el inhumano esfuerzo de alargar la lectura –de apenas 125 páginas- a lo largo de días, para evitar que se terminara tan pronto.

Pero es, también –bien visto y dudando que se lo haya propuesto su autor así-, un ejercicio de humildad.

Porque, ¿qué somos sino desmemoriados que creemos recuperar cada mañana la completitud de nuestro ser pensante, la identidad perdida antes del sueño, mientras vamos perdiendo el (ser) físico inexorablemente y asombrándonos además de ello?

¿Acaso no nos despertamos cada día con sangre una noche mayor que nosotros?

Un ejercicio de humildad no manifestado solamente en el título de esta Mansión Prochazkiana y que tal vez sea lo último que muchos podrían esperar de un escritor tan críptico y gran mago de su propio mundo pensante.

HjorgeV 17-05-2008


DESPIERTO EN EL CAMINO

16-05-2008

…..

Despierto en el camino

De la sombra

Y descubro con pánico una linterna

En mi mano

…..

Asqueado, la arrojo lejos;

La veo caer, tropezar, revolcarse,

Lanzar sus miradas lacerantes

Entrelazándose con las sombras,

Alumbrando el túnel

Como un dado en el casino oscuro

…..

Luego avanzo, doy un paso

Cuando su luz se ha ya extinguido

Devorada por el istmo negro

De las fauces

…..

Doy otro más;

En la memoria de mi retina aún bailan

Sus geometrías,

Reconozco sus últimos haces de luz

Las postreras guías de una

Danza infinita

…..

Doy el tercer paso;

Me arremolino en mi intento

En la absoluta oscuridad

Y me toco las manos vacías

Con espanto

…..

HjorgeV, viernes 16-04-08


DESCONECTÁNDOSE DE LA REALIDAD SIN LÁGRIMAS

15-05-2008

¿No será uno de los grandes problemas de Alemania el no saber perder?

Creo notarlo en la economía, en la política, en la vida, en el fútbol, en la muerte.

Cinco décadas más o menos vibrantes de crecimiento económico y renovado prestigio mundial han servido para anestesiar a los habitantes de este país.

Que quede claro: admiro esta mi segunda patria.

Pero creo que ninguna admiración debe ser lo suficientemente aplastante como para convertir a alguien en ciego, sordo o tonto ante la realidad.

Vengo del cuarto entierro al que he sido expresamente invitado a participar en estos más de veinte años de estancia germana.

Una vez perdí una linda novia, porque le pareció, ¿qué?, ¿grosero?, ¿una debilidad?, ¿una estupidez?, que me entretuviera demasiado en la lectura de las notas necrológicas de un diario e incurriera en tristeza.

Creo que era un domingo y día de sol -encima- y le estaba malogrando así, su concepto de felicidad dominical. Mi concepto de la vida, creo, nunca ha respetado o se ha regido por el calendario.

¿Qué cosa hay más natural al lado de poder vivir con alegría, que reconocer que ese estado no puede ser eterno?

Como es la cuarta vez, me atrevo a afirmar ahora, porque lo acabo de volver a comprobar: no es costumbre llorar en un duelo o en un entierro en Alemania.

¡Qué digo!

Si no se llora ni en casa ni en la calle, ¡menos en la ocasión y el lugar más apropiado para hacerlo, allí donde no habrá más oportunidades ni prórrogas porque es el último por definición: el cementerio!

(No es tampoco que nadie llore. Pero es más la excepción que la regla.)

¿Por qué es así?

¿Por qué esa forma tan rabiosa de esconder los sentimientos, de aplastarlos en algún lugar de la psique?

¿Por qué ese agudo estreñimiento emotivo?

Lo ignoro.

A una colega brasileña que una vez tuve, la llegaron a tachar de loca porque debido a un romance poco fortuito, no podía contener las lágrimas en pleno trabajo.

A la primera vez, a sus colegas y al jefe les pareció ‘dulce’ su llanto. Qué mimosa, debieron pensar. Tierna, sensible, vibrante, emotiva.

A la segunda, les llegó de golpe la impaciencia.

¿Los creía ella tontos?

¡Estaban allí para trabajar no para inmiscuir los problemas personales!

(Ese era más o menos el argumento de más peso: “Si cada uno de nosotros trajera sus problemas personales al trabajo, no podríamos hacer nada”.)

A la tercera vez, les pareció una gran falta de respeto hacia sus compañeros y hacia la empresa, invertir tiempo valiosísimo en desprenderse de unas gotas de líquido de su cuerpo, y de una forma tan poco presentable, además.

(La máscara que dona el llanto parece ser absolutamente insoportable para muchos, tanto en el propio rostro como en el de los demás.)

Recuerdo que traté de intervenir en su ayuda, argumentando que si Brasil era conocido por el buen humor y el buen talante de sus gentes, era justamente, porque los brasileños saben llorar.

Creo que se burlaron en silencio de mí. De nada me valió querer explicar qué era eso de la saudade. Fue peor, me imagino.

Era un argumento que me había sacado de la manga en ese momento, en mi simple afán de proteger a alguien en clara indefensión y que tenía casi todo en contra: otro idioma, otra tierra, ausencia de familiares, otras costumbres; otro país, en suma.

Seguramente lo decía por mi propia experiencia, recordando mi niñez y la de otros, y observando a mis hijos y a sus amiguitos:

Un niño que llora un buen rato –si está sano y es un niño normalmente feliz-, una vez pasado el dolor o la desazón que lo llevó al llanto, renace de sus cenizas lacrimales y se eleva feliz de nuevo a la vida.

¿No estaré exagerando?

Mi hija mayor, de quien nos solemos olvidar que apenas es una niña porque ya mide 1,75, se pasó dos noches sin poder dormir sola en su cama, porque decía que le daba demasiado miedo pensar en la muerte. (Acababa de fallecer un familiar cercano mío.)

Que no soportaba la idea de tener que morir algún día. Tiene 13 años.

Decía que tal vez ni siquiera le asustaba demasiado la misma posibilidad de morir, sino la perspectiva de que a partir de ese momento, no podría saber ni ser más partícipe de lo que hiciera el resto de sus familiares y amigos.

De lo que pasara en la vida.

He aquí la más grave consecuencia de ese hecho tan natural como la existencia misma, pero no por eso menos insoportable: la exclusión absoluta e irremisible.

De todo.

Esos ‘compañeros’ de la brasileña, que se quejaban por su llanto incontenible porque opinaban que afectaba al trabajo, seguramente son los mismos que ahora tienen que salir cada hora o cada media hora a la puerta a consumir sus cigarrillos en cinco o diez minutos, acumulando -entre todos, en Europa- millones y millones de horas perdidas al trabajo.

Horas perdidas al humo. A la industria tabacalera.

(En verdad es al revés. El que fuma no consume los cigarrillos: la nicotina -qué va, la combustión- lo consume a él.)

¿Por qué no pueden llorar los alemanes?

¿Porque se ve el llanto como una derrota? ¿Como algo sumamente desagradable?

Está bien, tal vez lo sea.

Supongamos que el llanto es el peor símbolo de una derrota.

¿Por qué no aceptar entonces que en la vida no todo es ‘ganar’?

Que para que unos ‘ganen’, otros tienen necesariamente que ‘perder’.

Y, siempre de acuerdo a esta filosofía, ¿no tendría que aceptarse por lo menos que no todos pueden siempre ganar?

(Todo esto pasando por alto la definición sobre a qué demonios nos referimos con eso de ganar, en qué consiste.)

No hace mucho, el Bayern de Múnich recibió una paliza a pies de un equipito ruso.

El fútbol alemán lleva décadas haciéndose pasar por lo que no es, gracias a una serie de factores, entre los que la suerte no es el menor.

Nadie sabe cómo lo hacían, pero cada vez que parecía claro que, esta vez sí, los alemanes ocuparían el lugar –inferior- que les corresponde por su fútbol acartonado, los Soldaditos de Plomo llegaban y zas, si no se alzaban con el título, por lo menos salían en segundo lugar.

(Gary Lineker dijo una vez, haciendo célebre ese estado de cosas: “El fútbol es un deporte que juegan 11 contra 11 y siempre ganan los alemanes”.)

Después de perder 0-4 frente al St. Petersburgo, un periodista del Bildel diario sensacionalista alemán, por antonomasia- se atrevió a decir la verdad:

“Wir sind schlecht, so schlecht, so schlecht”

Algo que se podría traducir como ‘Somos malos, remalos, recontra malos’ en la jerga de mi país.

Me gustó su artículo, por ser de las poquísimas oportunidades en las que es posible ver a uno de mis cohabitantes –convivientes- nombrando las cosas tal como son, por más que estas sean negativas.

Ese periodista no quería ignorar la realidad e ignorar, así, ese otro deporte alemán (nacional por excelencia) y que casi nadie nombra, justamente por serlo: lo que Freud llamó la Verdrängung.

Lo que en nuestra lengua se suele llamar la represión.

Y que no es otra simple cosa que negarse a aceptar la realidad.

En el fondo, cuando uno se niega a aceptar la realidad, se está desconectando de ella. El que tiene que llorar y no llora –reprimiéndose-, se está desconectando de la realidad y de sí mismo.

El que sabe que el fútbol alemán es malo –no hay que exagerar, tampoco- y no lo quiere aceptar, se está desconectando de la realidad.

¿Cuáles son las consecuencias de esa desconexión?

(¿No será que el que no deja llorar a sus ojos, fuerza a su ser a llorar de otra manera?)

Sin entrar al terreno de la psicología ni del psicoanálisis –porque los desconozco mayormente-, por lo menos podríamos aprender del caso deportivo.

Esa desconexión de la realidad ha impedido que las autoridades responsables inviertan el dinero acumulado en el futuro de todo deporte: la niñez. Es decir, ha impedido que se tomen medidas concretas para remediarlo.

(Puesto que no existe el problema, ¿para qué atacarlo?)

(Es algo que se puede ver al recorrer cualquier barrio alemán: los niños ya no juegan fútbol en las calles. Todo se restringe a los aburridos y acartonados entrenamientos oficiales de cada club. Sé de lo que hablo.)

Es como querer salir a conducir un automóvil (de cuatro) con solo tres ruedas y querer ignorarlo. De algún modo se terminará pagando.

¿De dónde, pues, esa incapacidad para manifestar la propia emotividad, los sentimientos en general?

(Los alemanes tampoco se abrazan ni se besan por las calles.)

(Mi vecina pianista me regala justo en este momento Träumerei -Ensoñación- de Schumann.)

Sólo tengo la sospecha de que esa incapacidad para llorar, tiene que ver con la incapacidad para alegrarse espontáneamente.

Tal vez exagero.

Porque ponle a un alemán un par de cervezas –digamos cinco, para garantizar el efecto- y ya tienes a una persona comunicable, capaz de pasar un buen rato contigo. Alguien con quien puedes reírte, contar chistes y tonterías. Dejar pasar levemente el tiempo.

La insoportable levedad del ser, que decía Milan Kundera.

En este caso, con el ser un poco amorfinado, apoyado por las cualidades relajantes del alcohol.

La nueva pregunta sería, entonces, si con un par de tragos el alemán se relaja y deja salir a alegrarse a su subconsciente, ¿porque no permite que llore abiertamente de vez en cuando, también?

¿Tan grande puede ser la represión?

¿Tan grande la desconexión de la realidad?

El que no llora cuando lo necesita, ¿cree que se hace un bien?

¿Con qué consecuencias?

Negar que las haya o pueda haber, sería la expresión máxima de esa misma Verdrängung.

HjorgeV 15-05-2008


ABRA EL LIBRO COMO QUIEN PELA UNA FRUTA

11-05-2008

CARLOS OQUENDO DE AMAT: POETA

Acabo de releer el discurso de Mario Vargas al recibir el Premio Rómulo Gallegos en 1967, en Caracas, por su novela La Casa Verde.

Este es el comienzo, que transcribo, aún afectado por la lectura:

Hace aproximadamente treinta años, un joven que había leído con fervor los primeros escritos de Breton, moría en las sierras de Castilla, en un hospital de caridad, enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una camisa colorada y “Cinco metros de poemas” de una delicadeza visionaria singular. Tenía un nombre sonoro y cortesano, de virrey, pero su vida había sido tenazmente oscura, tercamente infeliz. En Lima fue un provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio del Mercado, en una cueva sin luz, y cuando viajaba a Europa, en Centroamérica, nadie sabe por qué, había sido desembarcado, encarcelado, torturado, convertido en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio pertinaz, en lugar de cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de la guerra civil española borraron su tumba de la tierra, y, en todos estos años, el tiempo ha ido borrando su recuerdo en la memoria de las gentes que tuvieron la suerte de conocerlo y de leerlo. No me extrañaría que las alimañas hayan dado cuenta de los ejemplares de su único libro, encerrado en bibliotecas que nadie visita, y que sus poemas, que ya nadie lee, terminen muy pronto trasmutados en humo, en viento, en nada, como la insolente camisa colorada que compró para morir. Y, sin embargo, este compatriota mío había sido un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explotador del sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesarias para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como una diaria y furiosa inmolación.

Vargas Llosa se refería a un poeta que tuvo que idear la emisión de unos “bonos literarios de suscripción” –una especie de venta anticipada- con el fin de juntar el dinero necesario para la edición de 300 ejemplares de su único libro en la Editorial Minerva.

Se refería a Carlos Oquendo de Amat (Puno, 1905-Sierra de Guadarrama, 1936). (El de habría sido idea suya.)

Un poeta del que se dice que vivió en Lima de la caridad de un amigo escritor -Manuel Beingolea- y que un día éste le habría dicho, mostrándole unas cuentas hechas a mano:

“Son apuntes de mis gastos mensuales. Te los voy a leer: gasto de casa 300 soles, lavado 25 soles, ropa 100 soles, putas 80 soles, Oquendo 195 soles, lo que hace un total de 700 soles; yo gano 650, de modo que tengo que robar 50 para cubrir mi presupuesto y además tengo que gorrear el tranvía para movilizarme. Como tú comprenderás, hay que resolver esta clamorosa situación. Tu lunch en adelante habrá de ser de una franciscana frugalidad”.

Ese mismo poeta, que había nacido en Puno y que había marchado a la capital al morir su padre, el médico Carlos Belisario Oquendo, también escribió un poema a su progenitora, María Zoraida de [?] Amat Machicado, y que es uno de los más bellos poemas a la madre que existen en las letras hispanoamericanas de todos los tiempos.

Transcribo, de una versión que recomiendo leer y revisar porque se trata de una edición facsímil de sus 5 METROS DE POEMAS:

…..

m a d r e

Tu nombre viene lento como las músicas humildes

y de tus manos vuelan palomas blancas

Mi recuerdo te viste siempre de blanco

como un recreo de niños que los hombres, miran desde aquí distante

Un cielo muere en tus brazos y otro nace en tu ternura

A tu lado el cariño se abre como una flor cuando pienso

Entre ti y el horizonte

mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos

Porque ante ti callan las rosas y la canción

…..

4,16 METROS DE POEMAS

Leer la poesía de Oquendo es prestarse ojos de niño para recorrer cinco metros de un mundo hecho de poesía pura, la longitud aproximada de su único libro publicado y que estaba hecho como un acordeón en un ejemplo de caligrama mayor. Un verdadero libro objeto.

Pero es necesario, también, dejar el cristal de la mirada de todos los días por un momento y dejarse llevar por la brisa pueblerina de su verbo hecho observación poética.

Dejarnos encantar, y, así, recorrer la ciudad, los campos y sentimientos, como quien asiste como invitado de excepción a la fiesta psicodélica de un borracho de amor y puede terminar descubriendo que ha pasado a formar parte del paisaje y que ya no se quiere retornar del poema.

Es un libro lúdico que hay que releer cuando queramos lavarnos ese espacio, punto, región o circunstancia que suele llamarse alma. Pero solo si sabemos apreciar las cualidades curativas del agua límpida y natural de un manantial de la puna.

No es mucho lo que Oquendo de Amat nos pide de nuestra parte. Apenas 84 centímetros de nuestra atención.

Porque el libro acordeón –por esas absurdos que tiene la vida- sólo medía 4,16 metros extendido.

En la poesía vanguardista del Perú, el poeta puneño es un caso más que singular.

Un personaje que salió en los años 20 del siglo pasado con un inmenso impulso poético de la puna puneña y terminó muriendo en otras alturas trasatlánticas, en un hospital de indigentes de Guadarrama, dejando como único legado artístico un poemario pentamétrico.

La dedicatoria inicial es fiel anuncio de su particular voz:

…..

Estos poemas inseguros como mi

primer hablar dedico a mi madre

…..

Fascinante esta recreación plástica de esa primera inseguridad por la que todos tenemos que pasar -como la de nuestros primeros pasos frente a nuestra madre- y que luego se convierte en metáfora de la vida misma y su expresión.

Noten la sintaxis, la construcción -casi forzada- de esas dos líneas, que remacha aún más esa sensación de inseguridad. (Creo reconocer cierta cadencia propia del habla andina en ellas.)

A continuación, recomienda:

abra el libro como quien pela una fruta

Fascinante, también, esa timidez rayana en la humildad que Oquendo, como otros poetas, supieron elevar a la categoría de gran arte. O sus otros saltos existencialistas, que hacen recordar a Vallejo.

(Ambos se fueron a luchar contra los fascistas en la Guerra Civil española.)

Transcribo:

…..

y en este todo-nada de espejos

ser de MADERA

y sentir en lo negro

HACHAZOS DE TIEMPO

…..

Confieso, no sin cierta pena nostálgica por el irremisible compás del Gran Reloj y el reconfortante contento que lo que se creía perdido da al volver, que estos poemas me han vuelto a entusiasmar y tomar entre sus pinzas como un simple insecto, que, felizmente, (cree) sabe(r) leer.

Al leerlos, me he detenido largo rato en una simple y bellísima imagen callejera:

…..

Desde un tranvía

el sol como un pasajero

lee la ciudad

…..

Y he recordado otro poema que frecuenté a la salida de mi adolescencia:

Para tí

tengo impresa una sonrisa en papel japón

Mírame

que haces crecer la yerba de los prados

Mujer

mapa de música claro de río fiesta de fruta

…..

Sus imágenes surrealistas nos transportan a su imaginario ingenuo y repleto de los colores y las formas naturales de la paleta de un músico pintor humanista, frutero y hortelano.

Escribirle a la madre no es fácil. Por lo menos, no para mí.

A los 15 años, sin sospechar las consecuencias de ese atrevimiento, escribí en el colegio -a prisa, para poder continuar jugando ajedrez en el resto del tiempo concedido para la composición- un irreverente poema a la madre que resultó ganador del concurso correspondiente.

Solamente recuerdo el comienzo:

…..

Madre, ese ser querido,

¿quién no lo ha herido?

Que tantas cosas nos recuerda;

también el odio, también.

…..

Aprendí a querer a mi madre relativamente tarde. Conscientemente, quiero decir. Con ayuda de la razón y de la honestidad.

Recién, muchos años después, cuando me di cuenta de que no tenía por qué avergonzarme de lo que había escrito de colegial, empecé a valorar -aún más- a la mujer que me ha dado la vida.

5 METROS DE POEMAS termina así:

…..

BIOGRAFÍA:

tengo 19 años

y una mujer parecida a un canto

…..

Oquendo murió en la pobreza absoluta, casi como vivió toda su vida de estudiante y artista.

Cayó en 1936 en plena Guerra Civil española, y se dice que su tumba fue afectada por los bombardeos fascistas que la dejaron sin identificar, hasta que su biógrafo Carlos Meneses la ubicó, recuperándola para la memoria colectiva.

Según el testimonio de otro poeta peruano, Arturo Corcuera, quien alcanzó a conocer al sepulturero de Oquendo, éste le dijo que sus cuadernos habían sido incinerados junto con su ropa, antes de ser sepultado, perdiéndose así su creación poética última.

Apenas un año después, un chileno y un peruano, Neruda y Vallejo, fundaban un ‘grupo hispanoamericano de ayuda a España’.

Estoy seguro de que Oquendo -poeta acéntrico- sigue teniendo 19 años y que no tendrá nada en contra de que tome prestado hoy -segundo domingo de mayo- ese segundo verso de su Biografía y postrero y pan-último de su bella pentametría, para dedicárselo en silencio a mi madre al otro lado del Atlántico.

HjorgeV, domingo 11-04-2008

…..

Fuentes y enlaces de interés:

http://www.librosperuanos.com/autores/oquendo-de-amat1.html

http://www.epdlp.com/escritor.php?id=3130

http://www.babab.com/no00/carlos_oquendo.htm

http://www.agenciaperu.com/cultural/portada/oquendo_amat/pdf/5MetrosdePoemas.pdf

http://www.librosperuanos.com/autores/oquendo-de-amat.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Oquendo_de_Amat

http://es.wikipedia.org/wiki/Caligrama

http://www.geocities.com/boomlatino/vpremio01.html

http://www.letras.s5.com/av261006.htm

http://www.casadelcorregidor.com.pe/_expOquendo.php


LA SAL DE TU ROSTRO

10-05-2008

.

Sé que eres un alma

Que se desayuna y despierta

Y que en el reposo del atardecer

Brillan como corceles sudorosos

Todas tus penas

…..

Sé que eres quien no pidió nunca ser

Y bajó su frente ante lo injustificable

Posesionado por el horror

De la injusticia

…..

Te veo y digo ahora

Hágase tu voluntad

Desata el reloj de tu lengua

La soga del vinagre de tu sangre

¡Atrévete a deshacer la sal de tu rostro y

La claridad de tus fantasmas!

…..

HjV 10-05-08


MÚSICA Y LA LLAMADA GLOBALIZACIÓN (III)

8-05-2008

ENRIQUE DELGADO: DEL CONSERVATORIO A LA CHICHA

El disco lo tenía por ahí guardado.

Medido escondido, junto con otros que consideraba –de alguna manera- personales, formando un grupo aparte.

En esa sección estaban cantantes tan disímiles como Leo Dan y Tormenta de Argentina, viejos grupos cubanos como la Sonora Matancera y el dúo Los Compadres; los mexicanos Pedro Vargas y Agustín Lara; el venezolano Simón Díaz y Los Ángeles Negros de Chile, entre otros más.

Después se volvieron a poner de moda los grupos cubanos (le volverá a suceder varias veces más a la Sonora Matancera en este siglo y en los próximos, si acaso llegan), e, incluso, un integrante de Los Compadres –Máximo Francisco Repilado Muñoz, Compay Segundo, justamente por ser la segunda voz del grupo de compays- se hizo famoso mundialmente.

Entonces, tuve que retirar sus discos de esa sección, vamos a decir, marginal -por decir algo- de mi discoteca (palabra ahora sí etimológicamente precisa) de compactos.

(No hace mucho, me contaron que Los Ángeles Negros se han vuelto a poner de moda y me vi también obligado a retirar su disco de ese conjunto que refiero.)

En ese mismo apartado conservo aún tres discos de tres expresiones musicales netamente peruanas, dos de ellas desconocidas fuera de nuestras fronteras.

Uno de ellos es de marineras norteñas, gran recuerdo de mi paso por la Ciudad de la Eterna Primavera, Trujillo, y de las numerosas veces que en mis viajes al norte del Perú, siendo niño, fui testigo de las retretas, esos conciertos al aire libre en las plazas principales de los pueblos y que desconozco si todavía existirán.

Eran otros tiempos. No existía la Red ni había aparecido siquiera el -ahora- arqueológico walkman y no todos tenían así nomás un equipo de reproducción musical en casa, menos en los pequeños pueblos de provincias.

(Corrijo. De mi relativamente reciente paso por Máncora, uno de los balnearios –aún- de moda del norte del Perú, uno de los pocos con palmeras, recuerdo una retreta humildísima, pero no por eso menos emotiva para mí, de la banda del lugar.)

El segundo es del género musical que ha ocupado las dos últimas entradas de esta bitácora y que pertenece a lo que se denomina música folclólrica en mi país: el huaylash.

El sonido de saxofones, violines y clarinetes que escuché una noche siendo niño desde mi cama y como sorpresa de cumpleaños de un vecino desconocido -seguramente huancaíno- no lo había podido borrar de memoria.

Una vez, rebuscando música -que fue uno de mis pasatiempos favoritos durante muchos años en los viajes que hacía-, me topé con el de una orquesta huanca y no pude vencer la tentación de comprarlo.

El otro que digo lo tenía más oculto.

Y hoy, justamente hoy, que he revisado mi discoteca de compactos para estar más seguro de lo que aquí escribo, me he dado con una ingrata sorpresa.

Quiero referirme a ese disco.

En mi colegio se hubieran reído por esa adquisición. Y seguro que alguno hasta se habría burlado.

Se trata de un género que probablemente nació como expresión de los inmigrantes provincianos -mayormente andinos- de Lima; que después se comercializó rápidamente, se hizo popular en las barriadas y los llamados pueblos jóvenes limeños, se expandió por todo el país, regresando rápidamente como moda capitalina a los pueblos de los que provenían los inmigrantes, hasta convertirse en un fenómeno musical casi oficialmente clandestino, se podría decir, que dura hasta estos días.

Me estoy refiriendo a esa fusión musical llamada Chicha. (Tiene varias denominaciones y subgéneros.)

Con el disco que menciono, me estoy refiriendo a un músico en especial. A alguien de quien me acabo de enterar que falleció relativamente joven, a la edad de 57 años.

Estoy hablando de Enrique Delgado Montes (Lima, 1939-1996).

Sobre la música de Enrique Delgado nunca me había atrevido a escribir nada. Me contentaba con mantenerlo en mi especial galería musical marginal.

Leyendo sobre los nuevos gustos musicales de mi ciudad, me animé a informarme más y empecé a navegar en esta magia que es la Red.

Así me enteré de su fallecimiento y –hete aquí, aquí hete- resultó que el gran Delgado había sido músico de conservatorio y alguien especialmente genial, además, que había recorrido diversos géneros musicales, como las rancheras y la llamada Nueva Ola, y había acompañado en la primera guitarra a famosos músicos folclóricos como Pastorita Huaracina -¡a los 13 años!- y a otros del género criollo como Luis Abanto Morales y la cantante Maritza Rodríguez.

¿Un músico clásico, un guitarrista de conservatorio, que había terminado tocando la llamada Chicha?

No tanto así.

Como viví esa época –los años 60 y 70- aunque era apenas un niñín, puedo hablar por conocimiento más o menos directo.

Lo que ahora se llama Chicha proviene básicamente del género que seguramente no creó Enrique Delgado y sus Destellos, pero sí lo marcó esencialmente y le dio impulso fundacional.

La idea de los grupos de Chicha tiene que haber nacido por simple observación.

¿Cómo eran las formaciones más populares en esos tiempos?

La que utilizaban los Beatles, el grupo más famoso del planeta: una o dos guitarras eléctricas, un bajo y batería.

Nada del otro mundo.

Aquí en el Perú [¡qué lapsus!, porque escribo esto desde la periferia de Colonia] sólo la batería fue reemplazada por tumbas y timbales, que se encargaban por lo general a afroperuanos, y se tomó la música que venía golpeando desde un par de décadas atrás en el país, la llamada ‘tropical’ (que llegaba de principalmente de Cuba y de Colombia). Y ya estaba lista la receta.

En nuestra Lima subtropical –porque Enrique Delgado era limeño, aunque deduzco que de padres andinos, por su interés por la mandolina- se la empezó a llamar más o menos así: música tropical o simplemente cumbia, para evitar relacionarla con el ‘despreciado’ huayno.

(Para mi oído -y esto varía de persona a persona-, la Chicha suena como un huayno con sabor cubano -básicamente de la guaracha y del son- y de la cumbia colombiana, más elementos añadidos de la salsa y del jazz. Curiosamente, muchas veces, es fácil de reconocerla por un tic característico: la típica llamadita sincopada, para marcar el reinicio del tema principal.)

TRAS LAS RAÍCES DE LA CHICHA

Ahora resulta que la senda marcada por el usamericano Ryland Ry Cooder con sus inmortales ancianos cubanos del Club Social Bellavista –entre ellos Compay Segundo-, la están siguiendo otros compatriotas suyos con la esperanza de encontrarse con otra gallina de los huevos de oro esta vez en el Perú.

Se trata de la disquera usamericana Barbès Records y su álbum recopilatorio The Roots of Chicha.

(Curiosamente, le atribuyen un origen amazónico, por más que ellos mismos refieran el claro sonido andino, característico por la inclinación pentatónica de sus melodías.)

(Y lo de ‘psicodélico’ está sacado de su contexto, porque en la década de los setenta -un poco antes y un poco después- se llamaba psicodélica en provincias a toda música que tuviera que ver con el rock o con la guitarra rockera. Por lo demás, un texto interesantísimo y esclarecedor el que presentan los de Barbès Records.)

Después de tocarle el turno muy temprano a la bachata dominicana, al vallenato colombiano y, últimamente, a la música garifuna de Belice, ahora se le ha lanzado el ojo a la Chicha peruana.

A esa música que probablemente se llama así, porque no era -ni ha dejado de ser- chicha ni limoná.

Frase ésta que justamente en esos tiempos incubadores de los 60 y los 70, la cantaban el chileno Víctor Jara y los revolucionarios latinoamericanos de entonces.

Usté no es ná

No es chicha ni limoná

Me puedo imaginar, perfectamente, que la denominación pudo haber provenido de algún crítico de izquierda, quien, viendo un simple subproducto alienante gringo en esa música –que además se inclinaba por sabores andinos en sus melodías- no se le ocurrió otra cosa que denigrarla.

No era ni música del todo ‘alienada’ ni andina.

Ni cumbia tropical ni huayno. Ni chicha ni limonada.

Había nacido la Chicha.

La música de la primera generación de inmigrantes limeños. (Quien inmigra pasa a ser del lugar al que llega, por eso lo de inmigrantes limeños.)

Más que una fusión, un espectro de diferentes estilos con un tronco común y dos anhelos claros: expresarse y bailar.

Enrique Delgado, por su formación musical clásica, creó, sin proponérselo seguramente, todo un estilo y propulsó un nuevo género a fin de cuentas, contribuyendo con sus composiciones a darle el esquema que básicamente aún se mantiene y que también tiene características del jazz, por sus tímidas rondas improvisatorias, desarrolladas ampliamente en su hermana mayor, la salsa.

Un género que ahora parece haber obtenido su carta de ciudadanía, por más que existan una serie de subgéneros más o menos bien diferenciados dentro de él.

(El mismo año de la formación de Los Destellos, en 1966, se formaba en Pucallpa el otro grupo fundador de este género en su vertiente andino-amazónica: Juaneco y su Combo.)

Analizando los temas de Los Destellos se puede apreciar claramente esa necesidad de buscar nuevos horizontes, otras expresiones musicales. Todo eso, acompañando la gran transformación que ha sufrido Lima en apenas unas décadas.

Los punteos de guitarra y los fraseos delgadianos son una delicia musical. Algo que es fácil de reconocer, sin necesidad de ser aficionado a este tipo de música.

Como ejemplos están esas piezas que son obviamente huaynos o claros sanjuanitos ecuatorianos; un bailecito –seguramente argentino- como A los bosques yo me interno, o los inmortales Elsa y A Patricia, composiciones de Delgado estas dos últimas.

El ritmo de la Chicha o cumbia andina, o cumbia peruana (en los 80 empezó a llamársela Tecno Cumbia, como efecto mercadotécnico, me imagino) recuerda al de una movida cumbia colombiana y al de la guaracha, género musical cubano que entonces todavía se conocía y ya empezaba a desaparecer. (Celia Cruz grabó varias guarachas con la Sonora Matancera, justamente.)

La salsa no se conocía todavía en el Perú, porque recién estaba naciendo y estructurándose en Nu Yol.

[Aunque los temas chicheros son fácilmente 'salseables', como lo demostró Ray de la Paz con Eres (muy bonita pero) mentirosa, una chicha de los peruanos Humberto T. Caycho y Jorge Rodríguez Grández, originalmente interpretada por el grupo de éste último, Los Mirlos de Moyobamba. Precisamente porque ambos géneros comparten ciertas estructuras propias del jazz, además del ritmo sincopado y el parcial respeto -en la Chicha- de la clave.]

El tema Para Elena, por ejemplo, se dividía en dos partes, una lenta y otra rápida, tal como un huayno y su fuga.

¿Y qué decir de ese frenético tema llamado La ardillita?

Fácilmente podría haber nacido un nuevo género musical de él.

Fue una época de grupos claramente diferenciados como Pedro Miguel y sus Maracaibos –que bien podían ser tomados como cubanos, no solo por el aspecto físico-, por ejemplo, o de Los Diablos Rojos (en la fotografía) cuya función principal consistía en amenizar matrimonios, cumpleaños y reuniones sociales (todas las reuniones son sociales) de fin de semana de las clases sociales emergentes.

Esos músicos tenían una sola función, la obligatoria de toda fiesta peruana (algo inconcebible aquí en Alemania, país en el que bailar se convierte cada vez más en una especialidad de unos cuantos): bailar.

Ni siquiera cumplían la función de ídolos -función tan común e inseparable de la música moderna, perdonándose incluso hoy en día claras incapacidades musicales: a esos músicos chicheros no-, y por eso apenas se conocen los nombres de sus actores fundacionales.

PARA TODO EL MUNDO

De mis años sanmarquinos de finales de la década del 70, aún recuerdo los afiches o carteles de grupos como Los Shapis y Chacalón y la Nueva Crema, quienes recién en la siguiente década se harían famosos en el resto del país.

(Cuando vivía en París, allá a mediados de los 80, me asombré al enterarme de que los Shapis se iban a presentar en la Ciudad Luz. Y también en esos años en Francia, viví con asombro cómo una chicha del peruano Walter León Aguilar, popularizada por el también peruano Cuarteto Continental -creación de Alberto Maraví- llegaba a los primeros lugares de las listas de varios países europeos, sobre todo el francés: La colegiala.)

(Es posible que la particular historia cuartetera, ya generalizada en Argentina y probable origen directo de la bailanta, nazca con el célebre Cuarteto Continental, quienes incluyeron el acordeón serrano -de teclado- entre sus instrumentos, por consejo de Maraví y seguramente inspirándose en el vallenato colombiano.)

De esos años de San Marcos también recuerdo las burlas de los compañeros que se sentían más limeños o capitalinos hacia los demás estudiantes universitarios provincianos o hijos de inmigrantes y su música.

Porque la Chicha –fusión, espectro musical, más bien, con mayúscula- tenía toda una parafernalia que la acompañaba y que sigue siendo una de las razones de su marginalidad cultural. (No tuvo la suerte, como expresión popular, de contar con intelectuales que la acompañaran como tal: la intelectualidad peruana, al contrario, la despreciaba, incluso.)

En ese tiempo, para poner un ejemplo, estaban de moda los pantalones acampanados a rayas, a la cadera y tan apretados en las piernas que uno llegaba a tener la impresión que se le podía descoser a cualquiera en plena calle.

En las versiones más chichas, esos pantalones tenían una serie de bolsillos muy pequeños que nadie sabía para qué servían hasta que tú veías a alguien sacando un peine de uno de ellos.

Y no te lo podías creer.

(Algunos afirmaban maliciosamente que uno de los bolsillos servía para llevar una chaveta o navaja.)

Porque, además, después, ese alguien usaba el peine con toda naturalidad en plena calle o en plena clase de la universidad.

Había nacido el achorado. (Que estuvo a punto de llamarse, simplemente, chichero.)

Así como el tango proviene de los guapos, compadritos y malevos de los boliches del barrio de La Boca, y se hizo mundialmente famoso, no son pocos los que sueñan (o temen, según) que alguna vez suceda lo mismo con la Chicha.

Se confirmaría así el carácter premonitorio del título del primer y fundacional disco de Enrique Delgado y sus Destellos: Para todo el mundo.

La música, después de todo y por todo el planeta, da mucho para soñar, independientemente de sus humildes orígenes. (Todos los orígenes musicales son humildes, simples ensayos, pasitos de bebé buscando un espacio en este mundo.)

No sé, me imagino que mientras insistan en acompañarse de ese tipo de bailarinas que uno no sabe si las han contratado o ya estaban allí cuando llegaron los músicos, lo tendrán muy difícil más allá de nuestras fronteras.

Fin de esta vuelta musical.

(Ahora me gustaría saber, ¿qué visitante de mi casa se apoderó de ese disco de Enrique Delgado de mi colección dejándome solo con la cubierta?

¿No habrá sido un alemán repentinamente irrefrenable?)

HjorgeV 08-05-2008


MÚSICA Y LA LLAMADA GLOBALIZACIÓN (II)

7-05-2008

HUAYLASH EN MIRAFLORES

Considerado como expresión netamente folclórica andina, del valle del Mantaro concretamente; el huaylash es también uno de los pilares de la pétrea identidad huanca.

El Huanca fue un reino de ese valle, en la Sierra Central peruana. Un pueblo próspero de pastores y agricultores que supo defenderse hacia 1450 durante cinco años del asedio guerrero inca, pero que terminó sucumbiendo ante él, pocas décadas antes de la llegada de los primeros inmigrantes españoles a tierras del Tahuantinsuyo.

El espíritu rebelde remanente de ese pueblo se expresa en este baile.

El huaylash es música para bailar, sí, y los bailarines escenifican las labores agrícolas de la papa, recreando los movimientos de clavar la estaca en el suelo, de golpear los terrones, y la cosecha misma, en un despliegue de habilidad, vigor e ímpetu campesino.

¿Ese baile rural andino, en el que el fortísimo y fogoso zapateo de los bailarines parece querer hacer temblar la Tierra y que es en el fondo un ritual mítico y religioso ancestral, sonando en pleno Miraflores?

Si alguien me lo hubiera contado y no lo hubiera escuchado con mis propios oídos, no lo habría creído.

La escena me impactó, porque recordé un episodio de mi niñez. Uno que creía olvidado.

Debía tener unos diez o doce años, cuando un viernes o sábado a medianoche me despertó el fuerte sonido de una orquesta ejecutando música obviamente andina en la casa de algún vecino. ¿Quién se atrevía a hacer algo así, en una época en la que cualquier relación con lo andino -con lo llamado serrano- podía servir como pretexto para la chacota y la burla entre los limeños?

Como desde muy temprano tuve la suerte de conocer varias regiones y expresiones del llamado Perú profundo, reconocí inmediatamente lo que yo en ese momento todavía -ignorante de que la diversidad musical de mi país exigía también diversidad descriptiva- catalogaba simplemente como un huaynito, que era el modo generalizado y despectivo con que se denominaba a las expresiones musicales andinas en la Lima de ese entonces.

Alguien había tenido la idea de regalarle por su cumpleaños a un huancaíno un corto concierto de la música de su pueblo natal.

Recuerdo que luego de dos, o tal vez tres temas, la orquesta calló y dio paso a un Happy Birthday cantado a todo pulmón y seguido de unas Mañanitas mexicanas, para continuar después con los discos de la música que se bailaba en ese momento.

Recuerdo con especial asombro, aguzando el oído desde mi cama, que un par de parejas había empezado a zapatear y ese retumbar del piso era lo que más me había dejado impresionado, además del insólito final de los temas: no en el acorde dominante como suele ser la regla.

Esa tarde de principios o mediados de los noventa, muchos años después, desde mi cómodo asiento en la terraza del Haití, dejando pasar la tarde con un trago, el sonido de otra orquesta similar me transportó de golpe a esa noche de mi niñez.

Pero hay todavía una característica más que hacía de esa experiencia -musical y sociológica- singular en más de un sentido, ahora que tanto se habla de la tan mentada globalización.

Siendo un género musical muy antiguo –hay quienes lo suponen tan antiguo como los mismos ayllus andinos- y que se ha ido transformando a través de los siglos, los instrumentos de una orquesta típica de huaylash (también huaylas o huaylarsh), su conformación instrumental, también ha ido evolucionando.

Los instrumentos autóctonos, como las quenas, pincullos, rondadores, ocarinas, pututos, conchas de caracol y tinyas no se usan más. (La fotografía de arriba es obra del maestro Martín Chambi. Probablemente, mostrando un conjunto musical autóctono cusqueño de principios del siglo XX.)

En cambio, está documentado que ya desde comienzos del siglo pasado son instrumentos típicos de la élite musical europea los que los han reemplazado en una orquesta huanca.

Instrumentos éstos, originalmente traídos por los españoles inmigrantes durante la época colonial.

Nada menos que el violín, el arpa y clarinetes son los antecedentes más antiguos que se conocen de las conformaciones primigenias de una orquesta moderna de huaylash.

Recién en 1943 se habría incorporado el saxo soprano en esas orquestas. Y en 1977, mucho más tarde, el saxo barítono.

Es una vuelta grande, sí, esta que estoy dando para contar lo que refiero, pero, ¿cómo explicar mi asombro?

¿Podía saberlo el belga Adolphe Sax, clarinetista y constructor de instrumentos, el creador de la Voz de Sax, el saxofón, cuando inventó su instrumento allá por 1840 y que al comienzo fue alabado por grandes compositores como Berlioz, para después ser despreciado y que tuvo que buscar refugio temporal en las bandas militares?

Ese mismo saxofón que en plena Primera Guerra Mundial, en los sótanos tabernarios musicales de Chicago, le empezaba a dar un sentido definitivo al género musical del siglo XX por excelencia -el revolucionario jazz-, ya había encontrado su sitio en diversas regiones de la abrupta geografía andina. (¿Cómo así? ¿Existe una ‘Historia del saxofón en la música del Perú’?)

Por otra parte, el arpa es tal vez el instrumento cordófono más antiguo que se conoce, del cual se sabe que existió en Mesopotamia y Egipto (por lo menos 2.000 a. C.), y cuyo uso fue popular en la antigua Roma y Grecia.

Hay que prestar atención.

¿QUÉ MEJOR EJEMPLO DE GLOBALIZACIÓN?

Una orquesta conformada por instrumentos europeos elitistas (cualquiera no puede tocar un violín o un arpa) traídos por los españoles inmigrantes, en un barrio urbano y –todavía- exclusivo como Miraflores, en una Lima cada vez más andina, interpretando música rural que se podría llamar ancestral y cuyos bailarines escenifican las tareas agrícolas de la papa, uno de los principales alimentos de Europa salido de los Andes.

¿Qué mejor ejemplo de globalización que éste?

(Para bien y para mal, como todo lo que implica esa palabra que se ha puesto de moda, aunque siempre ha existido y sea la característica principal de la especie humana.)

Frente al televisor, aquella otra noche de ese mismo verano de comienzos de los 90 en Lima, enganchado ante esa falsa ilusión argentina de la Bailanta (una ilusión no puede ser falsa, si acaso lo fuera es porque es real, y ésa lo era), volví a quedarme tan pasmado como en el Haití, en el corazón de Miraflores, escuchando el sonido en vivo de una orquesta típica del Valle del Mantaro.

Tal vez si me hubiera sucedido unos minutos más tarde –era más de la medianoche y estaba a punto de quedarme dormido- habría pensado que se trataba de una especie de espejismo auditivo.

Pero no. Los músicos de aspecto que bien podía ser europeo estaban interpretando nuestra Chicha. No cabía duda.

¿Cómo había llegado a Buenos Aires la que no era ni chicha ni limoná (probablemente de esa expresión procede su nombre), y que también se conocía y conoce como música tropical, música tropical andina, cumbia andina o simplemente cumbia en nuestro país, por más que con éste ritmo musical colombiano tenga poco en común?

¿Un astuto empresario argentino con olfato musical había sido el autor de ese implante, de ese claro injerto?

La chicha que ya sonaba en los barrios marginales de la Lima mestiza de mediados de los años 60 y que había servido a sus inmigrantes andinos para formarse una nueva identidad (la identidad siempre se está formando, no es un producto terminado nunca, salvo en las piedras), apoyándose en ese mestizaje para darle hogar y salida a sus melodías y ritmos andinos –básicamente al huayno-, ¿cómo había hecho esa chicha para llegar a Buenos Aires, a la cuna de ese otro género musical histórico, el tango, que en 1889 la Real Academia española –en su segunda acepción- definía como “fiesta y baile de negros y de gente de pueblo en América”?

No es posible en el mundo de la música hacer predicciones confiables. Los caminos de la Señora Música sí son insondables.

Los que apostaron por el rock, no podían saber que venía para quedarse y apadrinar otros géneros, convirtiéndose en una verdadera fuente y vasto pilar de la música popular moderna mundial.

Cuando apareció el rap, muchos rieron y le dieron una temporada de vida.

No tengo idea de hasta dónde pueda llegar la chicha, se llame chicha peruana, cumbia andina, cumbia a secas o música tropical-andina (me entero que tiene dos vertientes principales: la norteña y la charapa, ésta última también llamada cumbia psicodélica amazónica), lo cierto es que me he enterado de que en Lima ya no espanta a los limeños de las clases altas y que ahora se escucha por todas partes.

¿Llegarán a ponerse de moda fuera del Perú los Chapillacs, un grupo de universitarios arequipeños que empezaron parodiando la chicha a ritmo de rock y que parece haberse convertido en una banda de culto?

No me lo puedo imaginar.

¿Será sólo por los años que llevo fuera de mi país y porque mis prejuicios también deben entrar en juego?

Continúa…

HjorgeV 07-05-2008


MÚSICA Y LA LLAMADA GLOBALIZACIÓN (I)

6-05-2008

Tiene que haber sido a mediados de los noventa, en una de mis ‘primeras’ visitas a Lima.

Creo que era la segunda que le hacía a mi ciudad, después de haberme establecido aquí en Colonia.

La primera –por esas cosas para las que después uno no encuentra explicación confiable- la había hecho después de siete años.

¿Cómo pude pasar tanto tiempo desconectado, sin visitar a mi país?

(Y si no hubiera sido por la insistencia de mi novia de entonces –mi esposa y la madre de nuestros cuatro hijos de hoy-, tal vez habría dejado pasar más tiempo.)

En esa segunda o tercera visita, recuerdo una de esas típicas noches del verano limeño, sentado frente al televisor, tratando de recuperarme del calor diurno, zapeando con el mando en la mano y sorprendiéndome del amplio espectro de la oferta televisiva limeña.

Debo aclarar que en Alemania tuvo que pasar mucho tiempo hasta que las cosas en ese sentido se liberarizaran.

Hasta finales del siglo pasado -ni diez años como mucho- gran parte de los hogares alemanes no tenían otra alternativa que contentarse con no mucho más que los tres canales estatales, ARD, ZDF y WDR.

Esto se explica porque en este país la televisión estatal es de paga obligatoria. No es una broma. Nadie se escapa. (Los controles son rigurosísimos y la mora se paga cara.)

Cuando la oferta de canales privados inició su explosión –que no parece tener fin, ahora que ese auge se sirve de las nuevas tecnologías- el Estado intentó cerrarles el paso y hacerles la vida imposible a esos emergentes canales, que venían a aguarle el fácil negocio.

En esto hay más de una paradoja interesante.

Como fueron los inmigrantes los primeros en descubrir las bondades de las antenas parabólicas (para poder recibir las señales de las televisiones turcas, españolas, italianas, polacas o árabes de sus países de origen), se produjo una alianza que vista desde estos días nos parece más que absurda.

Se aliaron los alemanes xenófobos con el Estado, impidiendo –inicialmente por razones ‘estéticas’ y con la ayuda de leyes que no contemplaban los nuevos tiempos- la colocación de las antenas parabólicas que inicialmente llegaban a medir más de un metro de diámetro.

Aquellos alemanes a los que les gustaría prohibir el uso del ajo en la gastronomía, por ser un producto no tradicional de la cocina alemana (y el ajo fue el símbolo de los inmigrantes turcos, llamados inicial y despectivamente Knoblauchfresser, ‘comeajos’), encontraron en esas antenas el pretexto para manifestar su xenofobia.

Tuvieron que pasar muchos años de absurdas polémicas y discusiones sobre si era ‘civilizado’ o no colocar esos platos blancos sobre los techos de las viviendas, hasta que se generalizó su uso.

Ahora, esas antenas, que tanto dinero hicieron ganar a muchos abogados por pleitos bobos, pertenecen al paisaje natural del país, de cualquier país europeo, me imagino, ya. Y la gente ya olvidó las connotaciones que una antena parabólica tenía a comienzos de los 90.

Zapeando por canales de todo el continente esa noche limeña, contaba, me encontré con un canal que mostraba a un grupo musical de cuatro o cinco muchachitos que bien podían ser europeos por su aspecto, acompañados de un grupo femenino de baile.

Se podía notar enseguida que no se trataba de un concierto sino de un programa musical habitual.

Si las chicas del grupo de baile acompañante no hubieran llevado faldas tan cortas ni hubieran sido tan esbeltas y atractivas –espero que no me esté fallando la memoria en lo que respecta a este último adjetivo-, seguramente habría pasado de largo.

Sucede, simplemente, que suelo no soportar esos sets de televisión donde la gente aplaude al darse una señal convenida; pero el aspecto de las chicas hizo que me enganchara lo suficiente como para saber de qué iba la cosa.

Los músicos llevaban largas melenas, estaban vestidos a la moda y con esa exageración que la distingue de la moda de la calle y que después, muchas veces, termina imponiéndose. No parecían dominar especialmente sus instrumentos. Algo que no parecía hacer ninguna mella ni influir en el entusiasmo y la entrega del desbordante público compuesto por jóvenes y muchachas de parecido aspecto.

Pero no era todo esto lo que me había llamado la atención, haciendo que me restregara los ojos y las orejas, sino el tipo de música que tocaban.

No lo podía creer: se trataba de la famosa Chicha peruana.

¿Qué era eso? ¿Jovencitos argentinos tocando chicha?

¿Qué híbrido era ese?

¿Era real? ¿O se trataba de una broma?

Si no hubiera sido porque Perú y Argentina comparten el castellano como lengua (o el casteshano, según), el efecto habría sido el mismo si hoy me encontrara en la televisión con un grupo de chinos (de la China) tocando y bailando tango. Con la misma seriedad, el mismo dramatismo y la misma virtuosidad de un buen conjunto tanguero. (Ya hay japoneses que lo hacen. )

Lo que esos muchachos estaban tocando era la música que estuvo ‘prohibida’, vetada, casi censurada a partir de ciertas clases sociales en mi país, desde su aparición en los años 60 y durante más de veinte o treinta años en Lima.

La música que nació como híbrido de la cumbia y otros ritmos llamados tropicales, y del huayno andino. También llamada cumbia peruana, música tropical andina y hasta cumbia psicodélica amazónica.

Este es un caso que debería ser de sumo interés para los etnomusicólogos, porque en él es posible perseguir casi idealmente todos los datos necesarios para alzar un mapa de cómo un género musical nace en una determinada comunidad creado por sus inmigrantes en busca de una nueva identidad y, a pesar de la discriminación y el rechazo inicial local, consigue desarrollarse y expanderse.

Un conocido escritor peruano contó no hace mucho en su segunda velada en esta ciudad –justamente en Ehrenfeld, presentado por La Tertulia Ambulante de Walter Lingán y Víctor Mendívil- que una vez había sido invitado a una fiesta de diplomáticos en uno de los mejores barrios de Lima y se había encontrado con que los anfitriones habían contratado a dos bandas de música folclórica andina para amenizar la fiesta. Una de ellas, una orquesta de huaylash.

Lo menciono, porque cuando lo contó, recordé inmediatamente otro hecho que me había impresionado justamente en esa misma visita que hice a Lima.

Me encontraba en Miraflores, en la terraza de uno de los establecimientos limeños que más frecuento cuando voy, independientemente de su grado de aceptación –siempre cambiante- que pueda tener en la intelectualidad limeña: el Haití.

No voy a explayarme en las razones para que sea así, porque tiene que ver con otra sección de mi historia personal, baste decir que ya solo por su ubicación, en pleno Óvalo de Miraflores, prácticamente en el corazón –o el cerebro- de ese distrito limeño tan conocido por los cuentos, relatos y novelas de Mario Vargas, esa esquina donde empieza el Miraflores mundano, turístico y comercial, es también una de las ventanas panorámicas de mi país.

Una que permite verlo ‘por dentro’, como en una radiografía o visita virtual anatómica, con todo lo bueno, lo malo, lo mejor y lo peor que puede ofrecer el Perú.

Allí me encontraba, disfrutando de una de las actividades que más me gustan (dejar pasar el sol de la tarde junto a un buen trago), cuando, de pronto, escuché los típicos acordes y la fogosidad orquestal de un Huaylash huancaíno.

¡En pleno Miraflores!

Han pasado más de diez años desde entonces y tal vez esto sea algo que ahora no llame más la atención, teniendo en cuenta la velocidad con la que cambia Lima, especialmente en su estratificación social.

Pero entonces me dejó tan sorprendido como sólo lo consiguieron el Bamboleo, la Lambada, la Macarena, el Aserejé y La camisa negra en sus respectivos momentos, aquí en Alemania, al escucharlos por primera vez en la radio y no poder dar crédito a lo que mis oídos estaban percibiendo.

(En las radios alemanas solo existen dos idiomas: el alemán y el inglés.)

¿Ahora, en Miraflores, en el distrito que alguna vez fue el barrio por excelencia de los que se consideraban nativos limeños –por contraste con los demás que empezaban a llenarse de inmigrantes andinos, salvo San Isidro y un par más-, en el barrio en el que se había utilizado por primera vez en los años 70 el vocablo despectivo del lunfardo argentino, pituco, para caracterizar a los miraflorinos, allí mismo, una orquesta entonando un huaylash?

Creo que los sonidos provenían de lo que alguna vez había sido la discoteca La Miel o de un local contiguo, ya desaparecido, el Indianápolis. (¡La Miel, de la época en que solo se escuchaba radio AM –amplitud modulada- en Lima!)

Me explico. El huaylash -huaylas o huaylarsh- es música telúrica y ancestral.

Es otra manifestación de las profundas contradicciones que imbrican y urden el tejido vital de mi país.

Continúa mañana…

HjorgeV 06-05-2008


MI PRIMER BARRIO COLONÉS (Continuación)

3-05-2008

ESE MISTERIOSO GOTEO LLAMADO TIEMPO

En un portal de la calle Rothehaus me detuve porque vi una inscripción hecha a mano que ya conocía, aunque ignoraba su significado.

20*C+M+B+04

Como la había visto en las puertas de muchas casas por toda la ciudad, lo primero que pensé era que se trataba de una especie de censo. Por lo menos sabía que se trataba de uno en el que yo nunca había participado.

¿Se trataría de uno exclusivo para alemanes?

Lo que más me había llamado la atención era su carácter rústico: una inscripción, un código, escrito a mano y con tiza de las que se usan en la escuela.

Aún en casas recién estrenadas la había llegado a ver, como si se tratara de la fea broma de algún niño especialmente prolijo al escribir su sibilino mensaje sobre las puertas.

A un hombre que pasaba y que tenía el aspecto de un estudiante bastante entrado en años, le pregunté si conocía su significado.

Me explicó con detenimiento y una amabilidad que raras veces he visto en este país, que se trataba de un código religioso pero de carácter lúdico y que servía para dejar constancia del paso de los Reyes Magos por una determinada casa.

Una tradición colonesa o alemana, con trasfondo limosnero, me imaginé. (Las letras corresponden a Caspar, Melchior y Balthasar, en alemán, respectivamente.)

No terminé de prestarle atención al hombre.

Mal de mi parte, por la falta de consideración hacia mi improvisado enseñante. Pero me disculpé al despedirme, sin explicarle que los temas religiosos me aburren terriblemente.

Siguiendo luego por la que había sido mi calle, noté también que los árboles habían sido rodeados por una cerca circular metálica de diámetro apenas mayor que los mismos troncos, para evitar su mayor deterioro.

Se trataba de una especie de cárceles vegetales que, a juzgar por el número de colillas de cigarrillos que albergaban dentro de sus límites, servían además para atraer a ese acto altamente incívico que consiste en arrojarlas a la vía pública, allí donde más le plazca o le pesque el momento al consumidor de la correspondiente droga.

(No me quiero imaginar, si se legalizara la heroína, viendo a los ciudadanos arrojando sus diminutas jeringas descartables o desechables que acaban de compra en el quiosco de la esquina, para hacerles compañía a los grumos de chicles y colillas de cigarrillos que parecen formar parte natural de las aceras de las grandes ciudades de hoy.)

Al llegar a la avenida Venloer, la vía principal de Ehrenfeld y que lleva directamente hasta el centro de Colonia y su catedral, constaté, no sin cierto pesar, que había vivido en esa calle sin mucha conciencia de haberlo hecho.

¿Cuántas veces la había recorrido en el año o año y medio que viví allí? ¿Unas dos mil veces?

Aunque hubieran sido sólo mil, ostensiblemente lo había hecho sin mayor conciencia, porque apenas recordaba los detalles que ahora me parecían obvios e imposibles de ignorar.

Allí estaba el quiosco que ahora se encontraba cerrado temporalmente en espera de un nuevo dueño y por el que debían haber desfilado numerosos empresarios de sí mismos, y que yo no recordaba.

O el negocio que ahora acogía una tienda de segunda mano, con su fachada de por lo menos ochenta o cien años de antigüedad, con los marcos de puertas y ventanas reclamando una urgente renovación.

O ese otro pequeño negocio, con su frontispicio que parecía preparado para una película, para una ambientada a comienzos del siglo pasado y que aún conservaba parte de la decoración que hasta hacía unos treinta o cuarenta años, seguramente, le había servido a su dueño o dueña para hacer un poco de dinero.

¿Qué había sido? ¿Una botica?

Ahora servía solo de fachada de una vivienda que su dueño obviamente no pensaba alterar en nada antes de pasar al piso inferior terrestre.

Dos mujeres y luego una más que pasó a mi lado arrastrando unas chancletas que poco tenían que ver con el clima de unos cinco grados reinantes, me hicieron recordar por qué Ehrenfeld también es llamado a veces el Estambul de Colonia.

(Hay otros barrios que merecen más tal denominación. Si algo tiene éste, es su multiculturalidad y multinacionalidad.)

Giré mi cabeza repentinamente porque sentía que alguien me estaba observando, y me encontré con una mujer de unos sesenta años, una alemana de cabello ya sin color, fumando apoyada en el vano de su ventana abierta de un segundo piso.

Lo hacía sosteniendo con encomio el cigarrillo, como si éste tuviera vida propia y al primer descuido se le fuera a escapar de los dedos.

Turismo ventanal o televisión barrial llamé alguna vez a ese ejercicio ventanal, sarcásticamente. Esa costumbre de contemplar el paso de la vida de los demás desde un hueco en la pared.

Como el ojo de una gran cabeza –la casa o edificio- imposibilitada de moverse y viviendo de la información que le llega por ese boquete.

Cuando me cansé de escudriñar los detalles de la calle, caminé el par de metros que separan la quietud de la Rothehaus del mundanal ruido de la calle principal, la Venloer.

Recordé que a la vuelta, torciendo a la derecha, había un negocio que vendía pollos que me parecían riquísimos. Sabía que seguía allí porque ya lo había visto al pasar en la oportunidad anterior.

Como me había tomado gran parte de la mañana para esa visita al mapa de mis recuerdos, no tenía ningún apuro, pero tampoco mucha hambre.

Entré al negocio más por curiosidad que por otra cosa. Un hombre de unos cincuenta años que alguna vez debía haber tenido su propio negocio gastronómico y ahora era un empleado más de esa cadena, me atendió.

Se trataba de un tipo rechoncho, de regular estatura y con la nariz demasiado roja como para poner en duda su gusto por la bebida. ¿Tal vez un alemán de los llamados Nuevos Estados, es decir, de la antigua Alemania llamada comunista?

Pedí unas alitas de pollo y una cola. Tomé asiento, dejé mis cosas para ir a lavarme las manos y, por un momento, dudé. No llevaba nada especialmente de valor. Miré a mi alrededor y vi a los otros únicos comensales en ese momento: dos mujeres turcas con sus típicos vestidos largos y sus pañuelos sobre la cabeza. Una de ellas balanceaba un cochecito de bebé a su lado.

Como noté que sus carteras reposaban tranquilamente sobre su mesa, sin recibir mayor atención, dejé mi cartapacio y mi chaqueta sobre la silla que había ocupado, para ir al retrete.

No había mucho trajín a esa hora en el lugar.

En los veinte minutos que estuve allí, vi desfilar a dos o tres clientes más y a una señora que sólo entró a preguntar si podía llevarse uno de los globos propagandísticos expuestos en el centro del recinto, para su hijo.

El empleado vendedor y administrador del negocio le hizo un gesto cansino de asentimiento.

Poco antes de irme, salió de la cocina una muchacha que, por su manera de actuar y expresarse, bien podía ser una estudiante universitaria ganándose lo necesario para sus estudios. O para sus vacaciones. Trapeó con empeño el piso del recinto y luego desapareció en dirección a la cocina.

¿Qué había cambiado verdaderamente en veinte años en esa esquina de Ehrenfeld, aparte de haber aumentado el número de nacionalidades de sus habitantes?

En lo que a ese negocia concernía –Kochlöffel, ‘cuchara o cucharón de cocina’-, el sabor seguía siendo tal como lo recordaba: verdaderamente sabroso. Algo raro de encontrar en este país, tan especializado gastronómicamente en la grasa y en la masa