LA CASA QUEMADA (III: Parte final)

23 Enero 2007

(Continuación de ayer…)

No perdí más tiempo. No le dije nada a mi mujer para no preocuparla. Me sentía por una parte aliviado y por otra con una gran carga sobre mis hombros. Por lo menos definitivamente mejor que antes. No era nada agradable ser preso de la incertidumbre y del no saber qué hacer. Ahora yo había tomado la iniciativa y a él le tocaba responder.

Por un momento se me ocurrió contactar con la policía, pero después simplemente no lo hice; ya no sé si por vergüenza o porque me pareció demasiado absurdo el asunto o simplemente me olvidé de hacerlo. En casa me sumí en un profundo estado mezcla de melancolía del futuro -por lo que me pudiera perder si me llegara a pasar algo- y ansiedad esperando el momento. Las siete de la noche de ese día. Después de pasarme parte de la tarde en ese estado medio catatónico y sin saber más cómo disimularlo frente a mi esposa, quería salir a la calle con varias horas de anticipación para seguir tomando la iniciativa. No iba a esperar sentado que cumpliera su amenaza, me dije.

En ese momento sonó el teléfono de la casa. Miré a mi mujer y ella me devolvió la mirada, sin poder saber lo que corría por mi cabeza. Contesta tú, fue lo que quise entenderle. Cogí el auricular.

-Tu mujer se va a enterar de todo esto, Jorge. Tenlo por seguro –dijo la conocida voz.

-¿Sí? –le repliqué- Un momento. Puedes decírselo personalmente.

Después mi esposa me preguntó que qué significaba eso de pasarle el teléfono para hablar con alguien que no conocía y que, encima, solo hablaba cosas inconexas.

-Es el loco del que te había hablado- le dije-. Quería hablar contigo.

Salí a la calle sin darle mayores explicaciones. Esperaba que a la mañana siguiente todo hubiera pasado.

En esos tiempos no existían todavía los teléfonos celulares. Lo que existía, ya, eran los teléfonos móviles: unos armatostes que tenías que tener mollejas en los brazos para poder cargarlos con su batería y todo. Tal como con los primeros aparatos de video y los primeros de alta fidelidad, la gente que los llevaba parecía trabajar para una empresa de mudanzas. Desde un teléfono público, de esos que ya apenas existen en el país, hice la primera llamada.

-Chico-, le dije, apenas contestó-. Soy yo, Jorge, Carlos.

-Haces bien en llamarme, hijo -le gustaba tratarme paternalmente, a pesar de tener los dos más o menos la misma edad-. Esas cosas hay que tomarlas en serio, chico, te lo dije.

-¡Cosa más grande en la vida, chico!- exclamé. Luego, tranquilizándome, lo puse al tanto de lo que ocurría.

- He quedado a las siete en el parque de al lado con él.

-No te preocupes que yo estoy allí, Jorge.

Llamé a dos amigos más, que después no se aparecieron. Indagué por aquí y por allá tratando de averiguar el paradero de la muchacha brasileña, pero sin éxito. Lo único que me tranquilizaba era saber que la policía conocía ya la identidad del tipo. Tal vez un argumento para no pasar a mayores y solo echarme el perro encima, soltarme un par de puñetazos u ordenar a su guardaespaldas que me dejara con un par de huesos rotos en algún lugar oscuro de la ciudad. Todo eso valía la pena a cambio de seguir vivo. Todo a la vez. Pensando en esas posibilidades, me di cuenta que un ataque de un Rottweiler podría ser mortal o dejarme desfigurado para siempre. Como no supe cómo atacar el problema, hice lo primero que se me ocurrió: llamarlo al mismo número que había entregado a la policía.

-Soy yo –le dije, sin decir nada más.

-¿Qué quieres ahora? –fue lo primero que se le ocurrió decir.

-Ya le he dicho que estoy dispuesto a enfrentarme a usted y por eso le ruego que se aparezca solo. Solos, usted y yo. Nada de perros ni de guardaespaldas.

-Tú no vas a venir a darme órdenes a mí- me dijo. Esta vez fue él el que cortó la comunicación.

A las seis y media se apareció Carlos, el cubano. Era verano o finales de verano. Llevaba pantalón claro y una guayabera también clara de esas que delataban a sus compatriotas, o a los ecuatorianos y a los venezolanos recién llegados en la época en que yo mismo llegué a Alemania. (Ahora todos parecen solo vestir esos pantalones que parecen hechos para esconder un pañal usado.) En la mano llevaba una bolsa de papel de las de panadería.

-No es ningún sánguche, Jorge –me dijo, al ver que yo dirigía la mirada a su bolsa.

Yo tenía hambre. Se acercaba la hora y a mi estómago se le había ocurrido tener hambre. Él se acercó y la abrió acercándola a mi rostro. Dentro había una Smitty que no sé de dónde diablos la había sacado y se lo dije.

-No, Jorge –se apresuró a decirme-. No es lo que tú crees, chico. Es legal. Yo cargo mucho dinero a diario en esto de las ventas. Es mi protección, chico.

Ver un arma de fuego es algo que en Alemania solo se ve en las películas. Y menos que hablar de su uso. No se lo dije, pero, la pistola, en vez de darme tranquilidad me hizo pensar en balaceras, muertos y sangre. ¿Qué podía yo hacer a esas alturas de los hechos?

-Mira, Jorge, hijo –me dijo Carlos, continuando con su rol paternal-. Para empezar, la gente suele hablar más de lo que es capaz de hacer. Si alguien habla mucho es que es un cobarde o un bocón. Si de verdad el hombre quiere hacerte daño, ha tenido toda la oportunidad de hacerlo y no lo ha hecho. Lo cual me lleva a sospechar que es más bien un cobarde. Un tipo que no sabe cómo recuperar a la mujer y se quiere desfogar contigo. Piénsalo bien, no anda solo. Tiene que andar acompañado de un perro y otra persona. ¿Me entiendes?

-Ya ha estado aquí un par de veces, pero no me di cuenta.

-¿Ya ves? Es pura finta el tipo. Lo que vamos a hacer es lo siguiente. Tú te sientas aquí delante mío dando la espalda a la puerta, ¿de acuerdo?

Debí mirarlo como un niño a punto de ser castigado porque enseguida me tranquilizó.

-Tú no te preocupes. Tienes el espejo grande ése para ver todo lo que sucede. Si el tipo entra o quiere hacer algo, yo lo espero aquí con el pan. Si nos ve sentados lado a lado va a sospechar. Si yo me pongo de espaldas, puede ser que no pueda ser tan rápido con el pan, chico.

Asentí. Con el pan, pensé. Pan-pan.

El tiempo, que hasta ese momento había estado a mi favor y no se había hecho sentir, ahora reclamaba su presencia. Golpeaba lentamente y exigentemente con sus segundos y sus minutos.

A las siete menos cinco le hice una seña a Carlos. Hablábamos de esto y lo otro sin hablar verdaderamente de nada. Él asintió con la cabeza. A las siete y cinco repetimos los mismos movimientos, pero ya no hablábamos. A las siete y quince me levanté de mi asiento. Sin pensarlo dos veces, cogí el teléfono de la pared y marqué su número.

-¡¿Qué está esperando?!- le grité-. ¡Cobarde! ¡¿Qué está esperando?!

-¡No me grites! ¡No me gusta que me griten!

-¡¿Qué es-tá es-pe-ran-do, carajo!? –le grité, aún más fuerte. Toda la tensión acumulada parecía haberse concentrado en ese momento en mi voz.

-¡Yo no voy a ningún lugar sin mi perro!

Por un momento quedé confundido. Por un instante, no supe dónde estaba, ni porqué ni cómo. El efecto de la adrenalina había aturdido mi mente explosivamente. Luego, poco a poco, pero en forma acelerada, mis neuronas empezaron a trabajar.

-¿Qué es lo que quiere, verdaderamente, amigo? ¿Qué es lo que verdaderamente busca? –le pregunté, ya bastante más calmado, aunque todavía con bastante tensión en la voz. Empezaba a intuir, adónde iba a desembocar todo esto.

-Dígame, por favor, si usted es el amante de mi mujer –empezó a decir, rompiendo a hablar casi entre sollozos.

Respiré hondo. Pensé. Volví a respirar. Podía haber soltado una carcajada nerviosa en ese momento, pero también empezaba a posesionarse de mí el cansancio que sucede a acciones muy violentas y tensiones extremas. Volví a pensar.

-No sé de qué me está hablando –le dije, modulando aún más mi voz-. No sé de qué me está hablando.

-¿Puedo tomarlo como una respuesta negativa? –preguntó-. ¿Por favor?

-No tengo nada que ver con su mujer, esposa o lo que sea. Todo lo que he hecho, ha sido alquilarle temporalmente el departamento de arriba. Debería estarme usted más bien agradecido.

-¿Dónde está ahora? Le ruego. ¿Podría decirme por lo menos dónde puedo encontrarla? Llevo vigilándolo a usted casi dos semanas y ella no se ha aparecido por aquí.

No supe qué responderle al hombre. Empezó a darme, sencillamente, pena.

HjV

(Sinthern/Colonia 22-01-07)