CAZADORES CAZADOS (II)

30 Enero 2007

Se seca las lágrimas. Me asegura que el chiste le ha salido tan espontáneamente, que él mismo recién lo ha captado al terminar sus palabras.

Repito para mí mismo: “Ha sentado por fin cabeza y ahora tiene un amor y una relación estable. Con el mismo amor, esta vez.”

Sonrío. El retrato de C se va completando en mi cabeza.

-Veinte años, carajo –repite B la frase como el estribillo de una canción-. Disculpe que me extravíe un poco en la memoria. ¿No es problema, no? Sírvase más ron, por favor. Mire usted, le cuento que mi madre cantaba a diario. Sobre todo boleros y algún vals. También cantaba alguno que otro tango como Volver*. Entonces yo me indignaba con ella en la parte esa que dice:

que veinte años no es nada

que febril la mirada

errante en la sombra

te busca y te nombra

Me pregunto si lo dice porque la película con el mismo nombre de Pedro Almodóvar acaba de perder la carrera por el Oscar.

-¿Cómo que veinte años no es nada, mamá?, le preguntaba yo, realmente indignado –me refiere.

Ella solo le concedía como toda respuesta una sonrisa maternal de conmiseración, que él, en ese entonces, no podía entender, agrega. De conmiseración, me repito. Y trato de imaginarme el semblante de su madre al sonreirle.

-Como salí de mi país poco después de cumplir los veinte –me dice, llevándose él mismo a la maraña de sus cavilaciones y recuerdos-, se puede decir que mientras mi madre cantó Volver en casa y yo la escuché, permanecí indignado por su contenido antijuvenil. ¿La conoce, no? Yo adivino el parpadeo / de las luces que a lo lejos / van marcando mi retorno

No canta. Había pensado que entonaría la melodía, pero se ha circunscrito a decir el inicio del texto. Adivino que su madre no existe más, físicamente. Que lo que le duele ahora son sus impacientes e injustos reclamos juveniles contra ella. Que él mismo ahora podría cantarle ahora a sus hijos la siguiente versión:

Que cuarenta años no es nada

Sé que no lo hace para evitar alguna lágrima no prevista.

A C y a él les habían encargado hacer un numerito musical en la facultad de Pedagogía de la universidad de Colonia, ya no sabe para qué ocasión, me recalca. Entonces, aparte de su condición de estudiante, entre sus varias ocupaciones alimenticias figuraba la de hacer de músico. Lo dice así por el gran respeto que siente por esa profesión y sus súbditos, me explica.

-Yo hacía de músico –vuelve a recalcar-. Eso yo lo tengo claro. Usted debe saber con qué facilidad muchos se autodenominan músicos demasiado rápidamente. Porque una cosa es hacer música y otra ser músico. Yo estaba en un terreno intermedio. Hacía música sin ser músico de verdad. Por eso prefiero decir que hacía de músico.

Con C tenían formado un dúo con el que interpretaban temas de diferentes países latinoamericanos. Se movían en el ámbito de pequeños cafés y bares. Les salían contratos para esto y aquello. Llegaron a cantar alguna vez en la televisión y en verano, al aire libre, en alguna zona peatonal.

-No lo hacíamos nada mal, como usted se lo puede imaginar. Cualquiera no canta en la televisión –me dice-. Lo que sucedía era que nuestras limitaciones estaban marcadas por nuestros propios intereses: las mujeres y la vida fácil para C. Para mí, poder concluir mis estudios aquí en Alemania. No contaba con ningún apoyo económico. O me mantenía yo solo, o tarde o temprano tendría que abandonar el país.

Eran otros tiempos aquellos, me refiere; en los que ser extranjero en Europa o, concretamente, en Alemania, era algo todavía verdaderamente exótico. Me lo cuenta con entusiasmo. Olvidando parcialmente la razón de mi presencia en su casa. Pero entiendo que tener que escuchar lo que me cuenta para poder separar luego la paja del grano, también es parte del trabajo que me ha encargado.

-Mire usted –me dice con un inocultable fervor-. Los países europeos se habían recuperado unos veinte años atrás, allá por los sesenta, de la guerra que habían sufrido otros veinte años más atrás, y lo habían hecho prácticamente sin inmigrantes. Existía, sí, todo un programa para recibir a trabajadores de Turquía, Grecia, Italia, Portugal, España y otros países. Pero inmigrantes, de esos que llegan por su propia suerte como C y yo, casi no existían. Recién a partir de los setenta, cuando Europa ya se ha estabilizado definitivamente pienso que también empieza a ser más atractiva para los demás ciudadanos del mundo. Estoy hablando sobre todo del medio universitario en el que yo me movía. Esto no sé si puede ser aplicable necesariamente a otros sectores sociales. Usted sabe que mi rama es la ingeniería, no la sociología.

B me ha contratado para que yo le escriba su historia. Sus historias, en realidad. Aunque éste será el primer ensayo. Le he dicho que no he hecho algo parecido antes y que no sé cómo funcione. Que por eso es mejor probar primero.

Lo conocí hace un par de meses en una tertulia literaria de esta ciudad, aunque ya lo conocía de vista desde antes. Al terminar aquella me abordó preguntándome si yo no estaría dispuesto a pasar en limpio varias de las anécdotas e historias que ha vivido personalmente desde que llegó por allá a comienzos de los años ochenta a este país.

Me dio su tarjeta, agregó a mano su número personal privado y me aseguró que estaba dispuesto a pagar muy bien por mis esfuerzos.

-Entonces -me cuenta, haciéndome volver con un respingo al presente- uno se encontraba sobre todo con africanos, palestinos, iraníes y latinos en la universidad y existía una empatía automática y casi instantánea. No le estoy exagerando. Tal vez nos sentíamos fraternamente unidos como se deben sentir entre sí los deportistas extranjeros participantes de alguna olimpiada u otro evento internacional. Era algo parecido a pertenecer a una misma cofradía. El característico ¡Familia! que yo he llegado a escuchar cuando era niño de afroperuanos al saludarse entre sí.

De pronto me viene a la memoria el nombre que mi mente ha estado buscando –sin yo habérselo pedido- todo este tiempo: Francisco Paco Jiménez. La mente no descansa, me digo. Yo recordaba que al recibir de el encargo de B, le había dicho que nunca había hecho algo así, pero que me había quedado la sensación de haberle mentido, sin saber entonces por qué.

Un par de semanas, casi meses, después, sentados ya aquí y escuchando su relato, y sin ninguna conexión aparente con lo que me está contando en este momento, sale a la superficie el nombre de quien me contrataba para dictarme cartas al rey de España, fumando cigarrillos y tirado sobre su cama. Paco Jiménez, obrero industrial y hombre -creo que andaluz- obsesionado por hacerle llegar al rey español sus particulares preocupaciones ciudadanas de emigrante español.

“Ustedes los suramericanos todavía dominan esa lengua de los reyes antiguos –me decía Paco Jiménez, sin saber yo bien a qué se refería-. Esas palabras que en España ya no se usan. Ni nadie las conoce.”

-Los franceses, españoles o italianos no formaban grupos demasiado grandes en los claustros universitarios entonces -me explica B, ahora, retrayéndome al presente de su historia-. Pienso que tal vez porque no eran particularmente aventureros.

Me pregunta si me molestaría que fume. Le digo que sí. Espero que me responda de mala gana, o simplemente ignore mi respuesta y haga valer su derecho como dueño de la casa, pero él simplemente asiente y se vuelve a concentrar en sus recuerdos. Los fumadores tienen la costumbre de arrojar el humo lejos de sí, considero.

-El numerito que hacíamos los dos consistía en canciones y piezas, con cierta variación instrumental. Nuestro atuendo lo completaban unos sombreros típicos sudamericanos que los comprábamos en negocios turcos y que eran en realidad una mala copia de sombreros cowboys -me cuenta, sonriendo-. Cantábamos a dos voces y había entrega, ¿sabe? Tal vez un crítico de esos que no llegaron a ser toreros por pura cobardía, podía haber dicho que éramos pura entrega y nada más que pura entrega.

Él ríe y yo me río con él. Sé de qué me está hablando. A mí también me gusta cantar. Me pide que lo disculpe por sus digresiones. Me asegura que se va a concentrar en su historia.

-Terminada nuestra actuación en esa oportunidad, en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colonia –continúa su relato y yo noto que pierde flexibilidad y espontaneidad cada vez que trata de concentrarse en el hilo de su historia-, nos pusimos a deambular por los recintos donde se celebraba la fiesta. Andábamos tonteando, haciendo lo que dos hombres jóvenes suelen hacer en una ocasión así: ir por aquí y por allá, tratar de bailar con alguna chica interesante, comer y beber.

Desde su posición de artistas tenían una clara ventaja respecto a los demás hombres presentes, me explica. Pero también sus claras desventajas en un país como Alemania donde todo se suele hacer y atacar tan racionalmente, me advierte: las amistades, y el resto de las relaciones sociales y amorosas, incluido el sexo.

-Digamos –me dice- que llevábamos en la frente, grabadas en color escarlata, las palabras Sementales: peligro. Pero nosotros, de puros inocentes no lo sabíamos y esa era nuestra suerte y nuestra desgracia, a la vez. ¿Me entiende? Póngase en nuestro lugar. Éramos como un par de toros con sus cencerros ruidosisísimos caminando por aquí y por allá en esa fiesta. Y nosotros no lo sabíamos.

A esa fiesta había asistido A con su mejor amiga de entonces, que llamaremos D. Ambas formaban una pareja que no podía pasar desapercibida, me cuenta; no solo porque eran guapas e iban muy bien vestidas, sino porque de lejos se notaba que no eran universitarias.

-Frente a ellas –me refiere- nos sentíamos tan pequeños, como toritos indefensos, que ni siquiera nos atrevíamos a mirarlas. Hacíamos una gran curva cuando teníamos que pasar por su lado o tomábamos un desvío cuando teníamos que cruzarnos con ellas.

A era especialmente guapa. Una especie de Farrah Fawcett alemana. Demasiado acicalada para una fiesta universitaria de una facultad de pedagogía de cualquier universidad del mundo.

-Tenía clase –me cuenta, usando una voz que debe haber usado cuando era un jovencito en Lima, con ese toque ronco de los limeños que se consideran despiertos-, pero el tipo de clase que se puede tener paseando con un Porsche por una barriada o un barrio pobre, pues.

Me explica, como si yo no lo supiera, que en este país las universidades siguen siendo prácticamente gratuitas y que las mujeres que llegan a ellas lo hacen verdaderamente para estudiar, es decir, se les nota hasta cuando visten, bailan y se relacionan.

-Parece que ahora las cosas han cambiado bastante –refiere, cambiando otra vez la voz como un camaleón fónico- si me permite el paréntesis. Se pueden leer carteles promocionando grandes fiestas de comienzo de semestre. De comienzo, no de final. ¿Me entiende? No han empezado siquiera a estudiar ni saben cómo van a salir, pero ya están festejando. Me han dicho que ahora las fiestas modernas de universitarios no se diferencian mucho de una fiesta de promoción, digamos, de una escuela de peluquería colonesa.

Ríe. Lo hace con ese toque de indignación de las personas que se han vuelto mayores y han pasado por lo mismo. Ese juego de la historia en el que ella nos hace víctimas de su espiral absurda. El mismo muchacho o muchacha que escucha música a todo volumen y se indigna cuando sus padres se quejan, es el mismo que años después le pedirá a sus propios hijos que bajen el volumen y se indignará porque no pueden comprender ellos de qué se trata el asunto.

-Ahora me pregunto por qué las evitábamos –me dice, empezando otra vez a abstraerse cómodamente en el pasado-, siendo tan atractivas y simpáticas como lo eran. No porque eran un pelín mayor que las demás muchachas presentes. No porque no fueran universitarias ellas mismas. Yo me atrevería a afirmar que por dos razones. Porque no veíamos absolutamente ninguna chance con ellas y por una cuestión clasista.

-¿Cómo que por una cuestión clasista? –le pregunto, saliendo de mi mutismo, como despertando, porque la historia me empieza a interesar cada vez más. -¿Qué tienen que ver dos rubias guapas y fiesteras con eso?

(Continúa…)

HjV

(La foto de la oruga -camino a lo que parece ser una paltita, de la portada- fue tomada en nuestro último viaje al Perú.)

*Volver (1934) Letra: Alfredo Le Pera / Música: Carlos Gardel