Me han escrito desde Nueva Jersey expresando pesar por no haberme vuelto rico aquella vez -ver la entrada de ayer- con el vaticinio aquél de la morena afroperuana en uno de mis sueños.
Como bien he dejado claro -y ya van 22 años-, no he vuelto a jugar a la lotería desde entonces.
¿Por qué no?, sería una buena primera pregunta.
No lo sé bien. (Mala respuesta. Pierdo.)
Creo que una de las razones principales es que no me interesa el dinero (*). Y tampoco quiero que me llegue a interesar algún día.
Otra es porque el que gana una buena cantidad de golpe, pasa a no tener nada más en la cabeza -durante un buen tiempo- que el símbolo que solía llenar los ojos del tío del Pato Donald. Y eso no es nada que me pueda interesar en esta corta vida. Además que ese equipo ya está más que completo.
Soy, más bien, de los que se preocupan cuando pasa mucho tiempo y sólo se ha tenido buena suerte. O, digamos, mejor: no especial mala suerte.
Cuando eso sucede y tengo que manejar o conducir, me voy con especial cuidado. Salgo a la calle y hago el resto de mis cosas con más atención de lo normal.
Digamos, que una racha larga de buena suerte me pone escéptico antes que eufórico.
Sé que es difícil de creer, pero la última vez (el verano pasado) que fui perfectamente consciente de algo así y me dediqué el día entero a conducir con máxima precaución, fui testigo en un solo día de dos choques de automóviles prácticamente frente a mis narices. (No hubo, felizmente, heridos graves.)
Es más.
Tenemos el curioso caso en la familia de que una de nuestras hijas, Marisol (10), suele tener suerte en el juego.
Gracias a ella viajé a visitar Madrid gratis el año pasado y solo anteayer recibimos un vale del supermercado por cierto valor nada despreciable. Ella me acompañaba, claro. En otro establecimiento, la navidad pasada, nos ganamos una de las canastas de navidad. Sí, ya saben quién sacó el boleto premiado.
(El nombre de mi hija es un homenaje a esa cantante española que en una parte de mi familia ha sido capaz de unir -hasta ahora- a cinco generaciones que saben o sabían sus canciones.)
La primera vez que Marisol jugó en una tómbola, regresó a casa con ocho animales de peluche. La única vez que jugamos al bingo en familia -hace un par de meses-, ganó tres veces seguidas.
Créanme, la tentación de hacerla jugar regularmente a la lotería no ha sido ni es poca. Como a casi todos ustedes, no nos sobra el dinero y, a veces, nos falta mucho.
Pero no me atrae para nada la idea esa de forzar la suerte. Aparte de intuir un desastre pedagógico, exagerando su valor.
(Por superstición no puede ser, porque dicen que eso de ser supersticioso puede traer mala suerte. Chiste viejo de mi padre.)
Justamente anoche, conversando con un vecino alemán -Christoph, que se ofreció a reparar la bicicleta de mi hija mayor y aceptó tomarse luego unas Coronas conmigo-, comentábamos la facilidad con que la gente que empieza a tener mucho dinero, también empieza a perder las perspectivas y el sentido de orientación en su vida.
Me contó el caso de un colega y amigo suyo -de la Ford de Colonia- quien, habiendo heredado más de ocho millones de euros, ahora vive de la ayuda social, sin amigos y sin familiares que quieran verlo. (Pulverizó el dinero tan rápidamente que quiso extorsionar a su abuelo por once millones más, pero fue a parar a la cárcel.)
En una encuesta hecha en 1998 en una escuela de Harvard por dos sociólogos, se le dio a elegir a un grupo de alumnos entre dos escenarios posibles.
En el primero recibirían 50.000 dólares mientras que el resto del mundo recibiría 25.000, la mitad. En el segundo recibirían 100.000, pero el resto 250.000, es decir, más del doble. ¿Cuál creen ustedes que escogieron?
El que gana mucho dinero de golpe experimenta, por lo general, un estado eufórico que se suele llamar y confundir con la felicidad duradera. Uno se compra el automóvil que siempre había soñado, se va a vivir a una nueva casa y adquiere todas esas cosas con las que siempre había soñado. Sueños muchas veces tan inalcanzables como la zanahoria atada delante del hocico. (Así dejamos que se nos pase la vida, hasta que, por lo general, ya es muy tarde y no hay cómo volver atrás.)
¿Qué ha hecho esa persona en realidad? Respuesta: ha actuado referencialmente.
Y ésa es su natural perdición. No sólo la de los millonarios de golpe.
Le sucedió a los alemanes del este. Ellos solían tomar como referencia al resto de habitantes del bloque soviético –y les iba relativamente bien así-, hasta que llegó la reunificación y tuvieron que pasar a compararse con sus vecinos occidentales. Hasta ahora no se han podido recuperar de ese golpe, y eso se nota en todo tipo de índices económicos y de desarrollo de esa región.
Le sucede al que pasea en su automóvil nuevo por las calles de su ciudad, hasta que en un semáforo se coloca a su lado… un Mercedes del año. (No se achiquen, ya le tocará su Porsche a él. O ella.)
Es decir, en cuestiones de felicidad actuar referencialmente nos lleva por un camino directo a la infelicidad.
Que es lo que les sucede a los que se ganan la lotería. Tienen un círculo social y familiar que abandonan para frecuentar otros de mayor ‘categoría’, en los cuales se sienten a gusto al comienzo (mejor no les preguntamos a los otros), gozando de sus bienes relucientes y del efecto de la novedad.
Hasta que empiezan a desear algo igual o mejor que el nuevo vecino…
Ésta es una de las razones por las que circulan por la red esos mensajes que nos hacen recordar que la vida tiene mucho más que ofrecer que estar luchando, sudando y corriendo por valores y bienes que –quién sabe- de repente no son siquiera los nuestros propios. Simplemente, porque suele suceder que nunca nos hemos detenido a pensar -por un sólo momento- qué es lo que verdaderamente va con nosotros y deseamos alcanzar en esta vida.
Muchos lo hacen. Pero se olvidan o ignoran que la felicidad también se puede derrochar.
Y se deciden por tener que envidiar a alguien hasta que les llega la hora verdaderamente irreversible.
¿Pero, es que lo queremos realmente así?
Como bien decía lo Groucho Marx, primo lejano -seguramente- de un tal Carlitos:
“Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…” (*)
HjorgeV
Colonia, 02-03-2007
(*) Un informe preparado por la UCLA Anderson School of Management de la Universidad de California -hay que tratar de ser objetivos con el león-, cifra en unos 11.500 euros (15.000 dólares) la cifra mínima para ser feliz. Al año, debo suponer.
Fuentes: El País, Wikipedia , artículos periodísticos, mis ojos y otras enciclopedias.
Ahora, para que practiquen un poco de portugués, aquí el siguiente video, sobre una carta de despedida -al parecer apócrifa- de Gabriel García Márquez.
Lo incluyo, porque tiene un par de frases brillantes, y para practicar idiomas más o menos todo vale. (Ya verán la magia de ir descubriendo el sentido de frases que al comienzo desconocemos, por no estar familiarizados con la lengua. Para el que ya sabe portugués, que me escriba: tengo una versión en ideogramas chinos para hacer la misma práctica.) Se afirma que ya está recuperado de su afección linfática. HjorgeV
‘DESPEDIDA’ (?) DE GARCÍA MÁRQUEZ:
Escrito por hjorgev