20 DEDOS VALDÉS

14 Marzo 2007

A Chucho Valdés lo vi actuar y escuché aquí en esta ciudad, en Colonia, allá por el año 1986 o 1987.

Yo no llevaba entonces mucho tiempo por estos lares, de tal manera que ese concierto fungió de amalgama -una más- en la historia sentimental que yo llevo con esta ciudad.

Tocaba con su Irakere en la Estación Central del ferrocarril, el grupo que él mismo fundara en La Habana en 1973.

Lo que más me fascinó de aquella vez fue apreciar cómo dominaba todo el teclado con la facilidad, la aparente parsimonia (alguien que haya escuchado a Irakere sabe que la parsimonia no está en el repertorio de ese gran grupo) y con la misma –supuesta- ausencia de inmutación con la que mi abuelita Carmela me tejía una chompa, pulóver o jersey, en apenas dos días si yo se lo pedía cuando era un niño.

Yo estaba seguro que si uno le echaba conversación, Chucho Valdés (Quivicán, La Habana, 1941) se iba a poner a hacerlo como si estuviéramos parados en alguna esquina habanera, secándonos una botella de un buen ron cubano juntos.

La orquesta ni siquiera se lo hubiera reclamado, porque Valdés, como todo buen músico, es de los que se pueden desdoblar en varias personalidades (musicales). Con una de ellas me habría ido con él a La Habana, chico.

Un buen cantante tiene que dominar la escena, el texto, su voz y respetar la pauta musical. Un buen jazzista tiene la misma labor con su instrumento, pero además, rompe –sin querer queriendo- la línea melódica y rítmica, pero para encanto de los que lo escuchan.

(El mal músico también lo hace, pero puede terminar en la cárcel por ello.)

Lo que le faltaba a Valdés entonces, y ahora recién lo veo como un punto a favor, era lo que yo entonces creía que era dominio de escena, pero ahora sé que eso sólo es un efecto comercial: el del artista que con su presencia sabe –hablemos claro- venderse.

A estos cubanos –a los que hay que sumar la última gran oleada propiciada por Ry Cooder y el Club Social Buena Vista- les importaba un coño saber venderse. Disculpen el cubanismo, chicos. Digo, chicas.

El artista moderno o comercial sabe venderse desde el primer momento en que sale al escenario. El verdadero artista sólo está preocupado de su arte. De lo que puede y de lo que sabe. Y en esto último no cabe el comercio.

El artista moderno sabe vestirse y actuar de tal manera que esa actuación suba sus puntos comerciales. El verdadero artista vive aparte de esos términos. Y eso –recién ahora- a mí me parece muy bien.

Porque a la hora de escoger qué música vamos a llevarnos cada uno de nosotros a nuestra particular isla desierta, no va a servir de nada cuánto pueda vender tal o cual señor, tal o cual señora o señorita.

Allí todos van a estar auténtica y artísticamente desnudos, para decirlo de una forma atrevida. Lo que va a contar –y siempre cuenta- es solo el arte.

Chucho, aparte de dominar la música clásica y sus pautas, conoce, goza y domina la música popular cubana y latinoamericana. Y no sólo eso.

Su pasaporte incluye la descripción de su facilidad para pasar sin aparente disolución de géneros, y en una suerte de deconstrucción arquitectónica, de un mundo musical a otro. Algo ausente e impensable en otros pianistas que se precian de ser los mejores del planeta. (Ver video de Lang Lang en la sección Videos.)

Vamos a decirlo de otra forma: Valdés no tiene ningún inconveniente en pasar en una misma obra de líneas musicales occidentales clásicas al tumbao de un son montuno, regresar al tema para adornarlo con aires de una guajira y salpicarlo, además, con rasgos de pop.

La cocina de Valdés es sabrosa, pero como toda buena cocina hay que saber entenderla, prestándole máxima atención.

El que espera una pieza con la cual sentarse a relajar los músculos y la mente, se verá ciertamente decepcionado. Su música es para escucharla con los diez sentidos que tenemos (cinco nuevos añadidos según los cánones modernos, a los cinco clásicos ya definidos por Aristóteles).

Aquí un extracto de su composición –donde muestra todo lo que digo anteriormente, pero más adelante viene lo mejor- Caridad Amaro:

Para su película Calle 54, Fernando Trueba juntó a padre e hijo Valdés en Nueva York en el año 2000, después de cinco años sin verse. (*)

(El disco es indispensable en toda colección particular de jazz o, simplemente, de música.)

Pónganse sus auriculares y prepárense para ingresar al precielo musical. El viaje durará 6 minutos y 32 segundos. Garantizo la satisfacción plena, bajo riesgo de no volver a verlos más por esta bitácora. Les ruego tener una pizca de paciencia hasta que comience la música.

Ya saben. Cuando se trate de hacer la elección final a cualquier isla –por superior que ella pueda ser-, entonces, ya sólo valdrá el arte.

Y Chucho y su padre Bebo, hace tiempo que se ganaron el boleto sólo con sus 20 dedos Valdés.

HjorgeV

Sinthern, 14-03-2007

P.D. Chucho lleva ganados tres premios Grammy. El primero en 1979 por su trabajo con Irakere. El del 2000 como reconocimiento a su trabajo como pianista. En su último disco se dedica a la música clásica con composiciones propias, de Lecuona, Chopin, Debussy y Ravel. Recomiendo visitar la página: http://www.valdeschucho.com/

(Bastará escuchar el tema de presentación para volar como lo estoy haciendo en estos momentos mientras escribo esta líneas. )

(*) A Bebo Valdés pienso dedicarle una entrada especial en mi Cuaderno Contable.