Anoche tuve que hacer algo que no me gusta hacer especialmente: manejar, conducir un vehículo.
Como soy de los que andan en recurrente estado de semiensoñación –también se puede decir, honesta y llanamente: de simple distraimiento-, me sucede que suelo perderme en las carreteras y autopistas de este país por no haber leído un letrero crucial o no haber prestado atención a alguna salida o desvío.
Estamos en Alemania. Lo cual significa que si uno se pierde o se desorienta, no es cosa de intentar parar en cualquier lugar y preguntar por el camino.
Lo que más temo es a las autopistas.
En ellas está absolutament prohibido parar. (Hace un par de años un compatriota lo hizo y lo pagó con la vida.) Es decir, un mínimo error puede significar un desvío de varios kilómetros, pérdida de la orientación, de tiempo y de combustible.
El lugar al que yo tenía que ir no quedaba lejos.
Según la red, a menos de treinta kilómetros de distancia. Pero sucede que vivo en una región que ha ido creciendo en décadas como la tela de una araña y conducir de noche constituye una dificultad mayor de lo que se pudiera creer. Mi falta de orientación agrava aún más ese tipo de situaciones.
Como vengo de Lima, que por algo se llamó el Damero de Pizarro, por sus calles y avenidas rectas y perpendiculares como un tablero de ajedrez o un damero, siempre creo estar exonerado de cualquier culpa mayor.
Además en mi país apenas existen carreteras y la más principal es la Panamericana, que, como todos bien saben, es más o menos lineal. A un lado el mar, al otro los andes. ¿Cómo puede alguien nacido y crecido allí tener desarrollado el sentido de la orientación?
Nada que ver con la densa red de carreteras alemanas.
Teutonia es un país altamente descentralizado y con una geografía relativamente plana y monótona, que dificulta aún más la orientación. Es también el país de la norma, por excelencia. Todos los pueblitos y ciudades, las pistas y las carreteras se parecen tanto unos a otros, que uno tiene la impresión de no llegar a salir nunca de la misma zona y estar arribando al mismo lugar todo el tiempo.
Pero al fin llegué a Bedburg.
Es un pueblucho perdido en la telaraña, que se salva del anonimato por tener un castillo bastante pasable y que atrae a turistas casi todo el año. El amigo dominicano, cuyo local tenía que visitar, me había dicho: “Estoy en el mismo Bedburg”. De tal manera que partí sin preocuparme por ver ningún mapa ni llevar la dirección de su bar. Supuse que estaba en pleno centro del lugar y que era tan conocido como el alcalde.
En el camino me cogió una tormenta de granizo que me hizo pensar en mis primeros días en este país. Aunque conocía el idioma, entonces no le conocía aún los trucos al país. (Ahora creo conocerlos y a veces abuso de ellos para desesperación divertida de mis hijas, por ejemplo, cuando hago el que no sé hablar alemán y me expreso sólo en castellano por donde vamos. Lo fascinante es que la gente reacciona muy bien al buen humor y más si escucha algo relacionado con España o Sudamérica.)
Lo malo fue que llegué a Bedburg y nadie parecía conocer el establecimiento latino que buscaba.
Para colmo, justo cuando quise usar el celular, me enteré que debía haber tenido que cargarlo antes de salir. Paciencia, me dije.
Caminé un poco, me entretuve sintiéndome un turista en miniatura (por los escasos treinta kilómetros de distancia) y me asombré viendo la cantidad de negocios cerrados para tratarse de un pueblo aparentemente próspero.
Pregunté por un café-internet. Se me ocurrió que buscando en la red la página del bar, podía solucionar mis problemas.
El que me indicaron -el único del pueblo-, estaba cerrado y parecía abandonado. Uno de los escaparates había recibido una gran pedrada o algo similar y el gran agujero había sido reforzado por dentro con un artificio de madera. ¿Un ataque de neonazis?, me pregunté. En Colonia la mayoría de ese tipo de negocios pertenece a extranjeros. Por lo general, a turcos y africanos. En la gran ciudad la presencia de otras nacionalidades es una constante. En un pueblo pequeño, no. De allí mi suposición.
Pregunté por un teléfono público. Me miraron como si estuviera preguntando por el burdel del pueblo en voz alta y delante de muchas damas. ¿Un teléfono público? ¿Un teléfono público en esta era de celulares hasta para los perros?, parecían preguntarme con sus miradas.
La última vez que había visto a gente reaccionar así, había sido en Nueva York, en Queens, hacía más de cinco años, cuando mi esposa preguntó -en plena latina Quinta Avenida de ese barrio- por una librería, pero de libros en inglés. ¿Una librería de libros en inglés?
-¿Una librería de libros en inglés por aquí? ¿Y cómo se come eso, señora? -faltó que le preguntaran los queensianos o queenseños a mi esposa entonces.
-Siga por esta calle y llegará a la Plaza del Mercado. Allí están los teléfonos públicos del pueblo –me dijeron dos muchachas con escenografía punk desde la punta de sus cabellos hasta la punta de sus zapatos. Consecuente decorado de pueblo, pensé.
-Gracias –les respondí y me dirigí allí.
Tal vez lo malo que tiene el hecho de haber vivido en ciudades tan grandes como Lima, París o Colonia, es que a uno lo pueden reconocer enseguida como no pueblerino en cualquier pueblo o ciudad pequeña. No lo puedo explicar. Me pasa a menudo.
Creo que tiene que ver con la conciencia abierta que se aprende a tener en las grandes ciudades. Muy contrastante con la mentalidad de un pueblo, en donde no suele haber sorpresas de ningún tipo. Por lo menos no grandes. Qué se yo.
Saqué mis monedas del bolsillo y estuve probándolas durante varios minutos en las ranuras -incapaz de aceptar esta dura e inesperada faceta de la realidad alemana-, hasta comprobar que los únicos aparatos telefónicos públicos del lugar no funcionaban.
¿Y ahora qué hacía?
Ya había hecho el viaje, nadie parecía conocer el bar que buscaba y que yo suponía central, mi celular se había apagado por falta de batería, los dos únicos teléfonos públicos del pueblo no funcionaban, el café-internet estaba clausurado. ¿Qué más podía hacer? ¿Regresar y aceptar que había cometido varios errores infantiles?
No, me dije. Ya estás aquí. No te rindas tan fácilmente.
Vi un hotel. No hacía mucho tiempo atrás había entrado a uno solamente en busca de información en Maastricht (Holanda) y casi terminaron llevándome -incluidos el cocinero y la señora de la limpieza- en hombros hasta el lugar por el que simpáticamente había preguntado. Estoy hablando apenas de un poco más de cien kilómetros de distancia hasta Maastricht. Entré.
Antes de que terminara de hacerle mi consulta, la recepcionista ya había empezado a menear negativamente la cabeza y con un resto de simpatía recogido de su escritorio, como quien recoge una migaja y la golpea con la uña de un dedo para dirigirla hacia el suelo, me recomendó seguir con mi búsqueda en otro lugar.
Alemania no es Holanda, me dije. (Pero entonces también había sido yo más simpático y me encontraba, además, paseando con antiguos compañeros de mi colegio.) No te rindas, me volví a decir. Vi un bar de pueblo. Entré.
La cortina de humo que me recibió podía haber movilizado a todo el Equipo de Sanidad de la Comunidad Europea, de haber presentado yo una queja formal. Pregunté lo más cortésmente posible por un teléfono público a los tres o cuatro parroquianos presentes. Me miraron de reojo reconociendo al forastero de la gran ciudad y al imbécil que se va a visitar a un pueblo desconocido sin portar siquiera un moderno teléfono celular.
Me recomendaron fríamente seguir buscando.
Me invadió una especie de melancolía de difícil explicación. Me veía a mí mismo años atrás recién llegado al país y viviendo las mismas experiencias. Me dije que si así hubiera empezado mi historia en Alemania, jamás me habría quedado ni un solo día más. ¿Qué habría sido de mi vida, entonces?
Finalmente, cuando ya me había resignado a perder la cita y quedar muy mal con mi amigo dominicano, se me cruzó en el camino una muchacha de aspecto iraní, especialmente bella. Iba muy bien maquillada y era alta.
Creo que en circunstancias normales no me habría atrevido a preguntarle ni la hora, de haberla necesitado para salvar mi vida. Pero me encontraba en un pueblo y no me pareció cometer ningún pecado haciéndolo. Si tal vez conocía un bar latino, relativamente nuevo, le pregunté, manteniendo una distancia de unos cinco metros.
-Uno donde se baila salsa y merengue -agregué.
-¿Ve el pasaje aquél? –me preguntó-. Entre allí y al final se va a encontrar con un bar que creo que es latino. Si no es ése, puede volver a preguntar.
Se lo agradecí y la vi alejarse. ¿Por qué habré sido siempre tan valeroso a partir de los cinco metros de distancia con las mujeres en mi vida?, me cuestioné.
El lugar indicado tenía un nombre que podía ser de todo: italiano, turco, iraní o inventado. Todo, menos latino. No me atreví a preguntar, ni siquiera a entrar.
A través de los grandes ventanales del negocio, pude ver que el que atendía tenía un solo cliente que, con su copa fuertemente asida, parecía estar en la lista de los que esperan una urgente operación al hígado.
Al costado había un negocio que tenía que ver con agua. Levanté mi mirada para ver bien el letrero. ¿Masajes con agua? ¿Ejercicios en el agua? Ya no lo sé, pero se me ocurrió que ya que el negocio tenía que ver con placeres humanos, tal vez el dueño podía conocer el bar discoteca de mi amigo caribeño.
-Algo he escuchado hablar –me dijo un tipo muy simpático y mundano, y de aspecto iraní-. Pregunta en el bar del costado. Es Franco, un italiano que debe conocerlo.
Y así fue que gracias a Franco y a la bella de cabello negro y aspecto persa pude llegar con una hora de retraso a mi cita, en un lugar muy alejado del centro del pueblo y apenas visible desde lejos.
A lo que se ha metido este muchacho dominicano, pensé.
Me disculpé por la tardanza. Hablamos de lo que teníamos que hablar, cumplí con mis tareas y emprendí el regreso.
A la vuelta pasé por el mismo pánico de siempre al conducir por caminos y pueblos desconocidos y con poca iluminación.
Por lo menos creía saber en qué dirección tenía que ir. Pero seguía con esa especie de melancolía, con ese sentimiento de tener que compadecerme de mí mismo de haber sido yo otro en otro tiempo. Y bajo otras circunstancias menos favorables.
En casa me esperaba mi familia, mi camioneta tenía el tanque lleno, sabía más o menos cómo regresar, portaba dinero y documentos, y no tenía ningún apuro. Podía perderme varias veces en el camino y no habría pasado nada. ¿Por qué entonces ese sentimiento compasivo conmigo mismo? ¿Esa melancolía absurda?
Creí que haber escuchado durante el día Un vestido y un amor de Fito Páez, había contribuido a mi estado anímico desconcertante:
Los astros se rieron otra vez…/ Y cuando me pierdo en esta ciudad…
Yo sé que hay cosas que te ayudan a vivir…
En un pueblito donde la primera duda me atacó, paré junto a un automóvil que estaba a punto de partir y pregunté por la ruta. Qué alivio encontrar a alguien en la noche en un lugar así, pensé.
Se trataba de un tipo de aspecto paquistaní o tal vez hindú. Algo muy raro por estos lares, porque la nacionalidad no alemana más común suele ser la turca o –en los negocios- la iraní.
-Seguir de frente –me indicó, en su alemán bastante rudimentario-. Seguir, seguir. Automático usted llegar Niederaußen. Allí grandes letreros a Pulheim. Continuar.
-Gracias. Muchas gracias –le dije.
Es raro encontrar cerca de las nueve de la noche en los pueblos alemanes gente en la calle a la que poder preguntar. Este tipo me ha salvado la noche, pensé.
Siguiendo sus indicaciones llegué a un punto en el que no estuve más seguro de cómo seguir.
Como no lo estaba en absoluto, decidí dar la vuelta y tomar otra ruta. Tenía como fondo las altas chimeneas de unas grandes fábricas, rodeadas de inmensos campos de hortalizas. Al tomar la nueva vía, pude ver, a la distancia, que un automóvil se detenía obstruyendo la carretera y que la persona que lo conducía había descendido de él para pararse en medio de la pista haciendo señas para que yo también lo hiciera.
Estaba en los quintos demonios. En una mezcla de zona rural e industrial con poca o nula iluminación. No conocía el lugar. Era de noche. No sabía siquiera por dónde seguir.
La persona en cuestión agitaba los brazos desesperadamente, haciéndome señas para que yo me detuviera.
No lo pensé mucho. Pero lo hice aceptando la disyuntiva que se me presentaba y sus consecuencias. Podía tratarse de algo inocente o de un robo. De una emergencia en la que ayudar a alguien o lo contrario. Respiré profundo y me preparé para lo peor.
-¡Dar vuelta! ¡Seguir, seguir, automático llegar letreros! –me gritó alguien desde la oscuridad. Era el mismo hombre que minutos atrás me había indicado el camino.
-No seguir aquí camino. ¡Usted perderse en la noche aquí! -agregó.
¿Cómo había podido reconocerme en la oscuridad y estar seguro de que era yo? Otra persona hubiera podido creer que se trataba de un asalto y hasta podría haber atropellado a mi ángel de la guarda musulmán. ¿Cómo me vio? ¿Cómo se dio cuenta a la distancia que yo había tomado otro camino?
No lo sé.
Pensando en ese buen hombre que me ayudó anoche a llegar a casa, hoy me he sentado a escribir estas líneas.
HjorgeV
Pulheim/Colonia, 27-03-2007
FITO PAÉZ: UN VESTIDO Y UN AMOR (TE VI) (2007)
Esto es lo único que conozco de este famoso artisa argentino que acaba de cumplir 44 años de edad. Cantó este tema no hace mucho -este año, apenas- en el Festival de Viña del Mar, en Chile. Escuché por primera vez hace trece años esta canción en la versión de Caetano Veloso, y me quedé inmediatamente prendado y fascinado por la poesía de la letra, la línea melódica y la secuencia armónica, que siguen siendo -a una- maravillosamente inquietantes y desconcertantes para mí.
ANDRÉS CALAMARO & FITO PAÉZ: UN VESTIDO Y UN AMOR (1997)
UN VESTIDO Y UN AMOR (Fito Páez)
Te vi
Juntabas margaritas del mantel
Ya sé que te traté bastante mal
No sé si eras un ángel o un rubí
O simplemente te vi
Te vi
Saliste entre la gente a saludar
Los astros se rieron otra vez
La llave de Mandala se quebró
O simplemente te vi
Todo lo que diga está de más
Las luces siempre encienden en el alma
Y cuando me pierdo en la ciudad
Vos ya sabés comprender
Es solo un rato no más
Te vi, te vi, te vi
Yo no buscaba nadie y te vi
Me fui
Me voy de vez en cuando a algún lugar
Ya sé no te hace gracia este país
Tenías un vestido y un amor
Y yo simplemente te vi