FITO PÁEZ DESPUÉS DE PÁEZ FITO

Si, como afirma Gabriel García, es cierto que todas las personas tenemos tres facetas –la pública, la privada y la secreta-, un músico, un artista, tiene entonces por lo menos una más: la artística.

La que los espectadores, seguidores y fanáticos admiran, juzgan y viven.

Fito Páez resulta para mí el clásico ejemplo del artista atormentado. Pero él tiene muchas más facetas.

Su caso es en ciento y muchos sentidos, único. A diferencia de muchos otros personajes, Páez es también un verdadero músico. Alguien a quien no se le puede venir a contar –así no más- cualquier cosa en cuestión de líneas melódicas, armonía y composición. Y de ejecución.

Además es un excelente intérprete de su propia música. Aunque no es un gran cantante.

No es como muchos otros, que han llegado al estrellato por la puerta del modelaje. O mediante un buen agente que notó qué bien le quedaba la guitarra colgando. O gracias a los arreglos musicales de otra gente más o menos capaz y competente detrás.

En todo esto venía reflexionando a raíz de haberse colado el fenómeno Fito Páez por segunda vez -inesperadamente- en mi vida.

La primera ocurrió allá por el año 94 del siglo pasado, cuando una canción del disco Fina Estampa de Caetano Veloso que recién había adquirido, hizo que mi vida, mi propio momento vital y mi propia situación humana, se paralizara por un momento mágico.

¿De quién es esto?, me pregunté, al oír Un vestido y un amor.

A mí, que me gusta tanto la poesía, como para haber sabido agarrarle el respeto del carajo que le tengo –el que se merece-, me di cuenta que me hallaba ante una pieza excepcional en muchos sentidos.

La sensación no solamente paralizó mis sentidos. Provocó una suerte de catarsis espiritual –yo que soy tan ateo lo digo- que hasta ahora recuerdo.

Lo primero fue, curiosamente, que se trataba de un tema que sólo por sus características musicales no podía entrar así no más de fácil en los cánones de la música hecha para ganar simplemente gran dinero. Es decir, en los cánones de la muchas veces burda y ruda música comercial contemporánea.

(Los grandes succionadores de monedas nunca sabrán verdaderamente para qué succionan, lo que debería ser el consuelo de los verdaderos artistas, si las secuelas no fueran tan cruelmente inhumanas en otros segmentos sociales de esta tierrra.)

Mira qué tema tan atrevido, poético, melódicamente interesante, dislocadamente armónico y consecuente, me dije. Constatando luego, con gozo, que las líneas melódicas y armónicas resolvían perfectamente y, además, en comunión con la alta poesía del texto. Algo que no abunda por este jardín.

El tema era justo en muchos sentidos. Justo. De justicia. Y de alcanzar.

Entonces, decidí ocuparme más del texto. Del contenido textual.

La poesía puede marearme.

Suelo respirar y controlar mi respiración ante la magia de un par de líneas bien escritas en la clave del camino mágico capaz de elevarnos por un momento del suelo. Hay un verdadero poeta detrás del gran músico delante, me dije entonces.

Encima: la existencia de una frase que no terminaba de tener sentido o complemento, parecía decir a gritos que simplemente se trataba de la licencia, que bien se merecen los verdaderos poetas.

Porque “Las luces siempre encienden en el alma”, requiere de una pregunta complementaria: ¿Qué siempre encienden en el alma las luces?

Pregunta que no se responde en la canción. (Salvo que haya querido decir: las luces siempre se encienden en el alma. Y en ese caso está permitida también la licencia, pero de otro tipo.)

Las licencias poéticas, como su nombre lo indica, están reservadas para los verdaderos poetas.

En ese entonces yo mismo andaba metido en la música hasta las rodillas –otra de mis grandes pasiones- y me hallaba en ese preciso momento preparando un disco, que al final se frustró. Para bien del resto de la humanidad, claro. Solamente se pudieron concretar un par de conciertos –a local lleno, por suerte- en el que entonces era mi negocio de comidas latinas y cocteles.

Esto viene a cuento, porque el arreglo (musical) de mis temas los estaba llevando un argentino apenas conocido en su propio país y asentado en Bruselas, pero al que yo considero un gran genio musical: Fulvio Paredes.

Recuerdo que al final de uno de nuestros ensayos se lo mencioné.

-Che, ¿vos conocés al autor de esta canción? -le pregunté.

-Lo conozco, claro, boludo. Si es argentino –me dijo-. Si es Páez. Pá-ez. Pero está cada vez más loco que una cabra, el pibe, ¿viste?

-¿Quién no? –le repliqué, sin haber visto nada.

-No sabes lo que se mete el pibe. Creo que ni él sabe lo que se mete -continuó-. Imagínate que en uno de los quilombos que le gusta armar, me contó un amigo músico que lo conoce, estuvo a punto de matarse por creer que podía volar.

-Qué interesante –le comenté. Sin sentirlo así para nada.

Recuerdo que me dije: el típico artista atormentado. Seguramente más preocupado por su tormento que por su propia música. Y lo olvidé.

El gran problema que me planteó también entonces Un vestido, fue el verso en el que dice ‘O salir a matar’. No, gracias, me reafirmé. Y cerré mi corazón para Fito.

Han pasado muchos años desde entonces.

Un viaje que hice hace una semana a una pequeña ciudad cercana y que se me presentó tan lleno de una simbología (álgebra) que en un primer momento me fue imposible entender y que después se fue aclarando, ha cerrado el círculo esta vez.

Al comienzo, empero, no pude, no podía, entender cómo era posible que se estuviera metiendo nuevamente Fito y Un vestido en mi vida.

La experiencia la refiero en mi entrada DOS EXTRANJEROS Y FITO PÁEZ de la semana pasada (ver bajo martes 21-03-2007).

La carga emocional y perturbadoramente existencial de la noche azul oscuro de ese viaje, calzaba bien con cierta parte de la canción. Pero ese fue mi descubrimiento posterior a la experiencia.

Y cuando me pierdo en la ciudad…

Recién cuando pude reconocerlo, aceptarlo y dejar que se transubstanciara en mí, escribiéndolo, pude recuperar mi propio centro vital. Mi propia llave de Mandala. Mi control del vértigo frente a la fosa permanente, al abismo impenitente delante mío.

Entonces sucedió lo increíble: una lectora de esta bitácora me escribió haciéndome notar que la única canción que yo decía conocer de Páez, era probablemente también la mejor de él. (Según su particular modo de ver las cosas, claro.)

Como ese tipo de casualidades me parecen fascinantes y la lectora aludida me había hecho llegar, además, una larga entrevista hecha al cantautor, me puse a hurgar en mi pasado, en mis propios recuerdos (que con esto también los evoco), y en YouTube, en busca de material que me pudiera ilustrar el derrotero de Rodolfo Páez, natural de Rosario, Argentina, y nacido en 1963.

Entonces empiezo a ver que mi prejuicio aquél era justificado, sin que yo lo pudiera saber (y según mi propia y particular estrechez de miras) entonces.

Él había tenido su propia gran época movida, en la que lo que más presuntamente le importaba, era cómo quedaba mejor el movimiento de su larga cabellera en un concierto en vivo, que la música misma. (Ver video de 1995 al final.)

Pude ver cómo años después lo veíamos celebrando un concierto vestido con terno o traje y corbata. Y cómo en la entrevista citada, reivindica él su derecho a ser –por lo menos parcial y justificadamente- un pequeño burgués. Algo que muchos de sus seguidores no se lo deben haber perdonado jamás.

Y eso atormenta mucho –más- a un artista verdaderamente sensible.

Páez lo es en alta medida. Además de ser un gran intérprete. Que no todos los que componen y cantan, lo son.

El gran artista, el gran músico que mueve miles de personas en un solo concierto, que es reconocido –para alto bien y alto mal- por todas partes, que vende su arte como pan caliente y goza de las ventajas impactantes y nuevas que ofrece el dinero y toda esa fama concomitante, es alguien que no lo tiene nada fácil.

Muchos se han quemado las alas en ese vuelo.

Muchos, también, para nunca más volver.

Pero, ¿cómo soportar el cambio repentino, brusco y absurdo –por incomprensible-, por ejemplo, de ser aclamado como un dios por miles de personas durante horas, para más tarde tener que usar papel higiénico como todos los demás mortales, tener que comer y dormir, levantarse, comer y dormir?

(Aquí tienen una nueva definición mía. Hombre: el único animal sobre la tierra que necesita de papel higiénico.)

¿Cómo soportar ese resquebrajamiento de la realidad que significa tener que volver a la calle y jugar al me reconocerán o no me reconocerán?

Si se trata de alguien fácilmente reconocible como Páez –y me imagino que aún más por su forma de ser-, serlo demasiado a primera vista debe empeorar las cosas. Claro, hay gente a la que le gusta el juego. Por un tiempo…, por lo menos.

Eso de ver la vida privada inmiscuida por todas partes, puede ser el detonante que lleve a resquebrajarse otros pisos no muy estables debajo de nuestros pies.

Porque es fácil confundir el aplauso con alas (falsas). Olvidando que lo son, sí, pero que también duran lo que dura el aplauso y muchas veces éste mismo no se puede cambiar ni por un plato de arroz.

Fito ha pasado por todo eso y mucho más.

No sé cuáles han sido sus correrías. No me interesan.

Cada cual corre como quiere. Y como puede. Mientras no se rompan las mínimas, tácitas y sanas reglas de la convivencia humana y se respete toda vida sobre el planeta como el bien más preciado a defender, queda al gusto de cada uno cómo lo hace y, claro, ese hacer queda también irremediablemente sujeto a la visión del cristal con que nos miran los demás.

Él parece haber remontado su vuelo solo.

Además, está claro que ha llegado ya al punto –al que no todos llegan y cuyo descubrimiento puede ser solamente o muy bueno o muy malo- en que uno descubre lo verdaderamente trascendental: el vestido que llevamos será alguna vez irremisiblemente primero de madera (en el mejor de los casos; o solo cenizas, por ejemplo) y, luego, será nuestro único y permanente vestido aquél de ese elemento que más llevamos en la suela de nuestros zapatos. Y que tanto parecemos despreciar, la verdadera madre de todos: la simple y humilde tierra.

Mi felicidad es saber que conocí a este gran músico argentino por la puerta grande, es decir, por su mejor canción.

Volví a cerrar esa puerta, a continuación, por años, para dejarlo a solas con sus propios demonios y la evolución de la ebullición de sus tormentos; y para encontrármelo, años más tarde, maduro y más complejo. Seguramente con nuevos defectos. Como todos.

Más humano.

Por más burgués que pueda haberse vuelto. Como él mismo señala: el que tiene cuentas por pagar –menos de esas que se inventan e inflan demasiado gratuitamente las almas demasiado bobas-, lo hace también para comprender de qué va verdaderamente esta película llamada Vida en el mundo. (Salvo que recurra a la metralleta en mano y asalte un banco.)

Mi felicidad es que me he reencontrado después de años solo (yo), con un Páez capaz de dar el salto mortal y poder burlarse –provocando, es su sino- de su propia condición y su lugar social.

Lo hace aceptándose, también.

Por más duro que eso pueda ser para él y significar para algunos de sus seguidores, vueltos parcialmente detractores de él. Esto es algo que se transluce en la entrevista.

(Rodolfo Páez, para quien no lo sepa, no sólo ha pasado por su propio abismo artístico, ha sufrido también terribles desgracias y trágicas pérdidas dentro de su familia.)

Después, otro lector me recomendó escuchar Al lado del camino.

Le respondí la verdad: el texto interesante, pero musicalmente nada comparable con Un vestido y un amor. Tienes razón, me respondió él, musicalmente no es gran cosa. Pero cómo se te queda como un gusanito en el oído, le repliqué. Para poco después enterarme que Al lado del camino lo concibió y lo compuso en apenas 20 minutos.

Pero mi mayor felicidad ha sido ver la autocorrección de la letra que él mismo hace en sus actuaciones en vivo.

Ya no es: o salir a matar. Ahora es: o salir a matarme.

Sí, Fito. Ahora has aprendido a ‘matarte’ voluntariamente -pero solo un poquito cada vez-, para propio bien de tu vida y de tu arte. Y de todos los que te admiramos.

Aunque lleguemos algunos con tantos años de tardanza a tu música sideral.

Y nos queramos quedar con solo una o dos de tus canciones. Francamente, como en los grandes amores: yo no esperaba nada y la oí.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern/Colonia, miércoles 28-03-2007

FITO PÁEZ en Chile: UN VESTIDO Y UN AMOR (2007)

FITO PÁEZ en Buenos Aires: UN VESTIDO Y UN AMOR (1995)

FITO PÁEZ: AL LADO DEL CAMINO

Una respuesta para “FITO PÁEZ DESPUÉS DE PÁEZ FITO”

  1. Diasara Dice:

    Sin duda alguna las canciones de ese gran rosarino son excepcionales, sobrepasa la frontera de la edad y se convierte en un clasico, fito tan grande, tan sensible, me deja con la sensacion de querer mas de sentir mas…
    Para mi tambien “un vestido y un amor” fue de las primeras canciones que escuche, luego vinieron otras como: tumbas de la gloria o yo vengo a ofrecer mi corazon y asi tantas otras recordadas llenas de alma y profundidad
    Agradezco haber vivido en estos tiempos para saber que ahi algunas sensaciones imperdibles y la musica siempre sera una de ellas

Escribe un comentario