Una mujer atractiva, de aspecto e indumentaria normales y más o menos de mi edad se me acerca en la calle.
-Hola, ¿cómo estás?
-Bien, gracias.
-¿Cómo te llamas?
-Tanto.
-¿Qué haces a las ocho de esta noche?
No sé cómo será ahora, pero lo de arriba me sucedió un par de veces en Francia.
Fue en el casi medio año que viví en ese país, en la época presídica o presida, para que no suene a presidiar o a prisión.
También me sucedió en París conocer a una muchacha que era aficionada a llamarme por teléfono para citarnos en un hotel determinado y después salir a pasear tomados de la mano por el centro de la Ciudad Luz. Entonces no llevaba mucho tiempo en París y apenas entendía su idioma, de tal manera que nunca pude entender cuál era su caso. ¿Se trataba de una mujer casada de alguna provincia cercana y que tenía sus aventuras conmigo en la capital? Vamos a inventarle un nombre –por pura discreción- a esa muchacha, y decir que se llamaba Dominique. ¿O no era casada, pero sí tenía novio? ¿Por qué tenía que ser en un hotel que, además, ella escogía?
Bueno, pues, a lo que iba, que eso de mezclar historias es algo que detesto: lo expuesto no creo que pueda sucederle a nadie en Alemania.
A pesar de ser las mujeres de este país conocidas por su liberalidad sexual (antes era así, por lo menos), no existe la figura de la mujer que se atreve a mirar directamente en algún lugar público al hombre que le gusta. Tal vez muy pocas mujeres del mundo lo hacen, pero es que además la alemana no hace nada más -o muy poco: se paraliza- por conseguir el objeto de su deseo. Si lo tiene.
Un hombre puede terminar fácilmente en la cama con la mujer que acaba de conocer, y no está ni siquiera mal visto porque es una gran muestra de afinidad, pero la iniciativa casi nunca es tomada -directa y abiertamente- por ella.
¿Cómo es el sexo en este país?
Para ser sincero, a veces me he llegado a hacer la misma pregunta con preocupación. ¿Dónde está?
En las calles y en otros lugares públicos no se ve ni se siente. Ni se huele, como en Latinoamérica. Después de 22 años aquí, me atrevo a decir que es una característica en franca decadencia en Alemania.
¿Por qué?
Me atrevo, aventurándome en un terreno con poca perspectiva como es el de una persona felizmente casada y con cuatro hijos, lejos de las masas juveniles con las que, seguramente, estoy cometiendo cierta injusticia con lo que escribo, me atrevo a decir, decía, que una de las razones está en la falta de espontaneidad del alemán, educado desde niño a no ser espontáneo.
En este país he perdido amigos por el simple hecho de querer visitarlos sin previa cita. También los he perdido por haberles ofrecido visitarme de esa manera ‘inavisada’, que es la que yo conocía de mi país, Perú.
El alemán no puede tomar en serio a gente que puede prescindir de citas para relacionarse. Pero regresemos al tema que nos permite respirar, es decir, haber nacido.
Me atrevo a decir que el mejor sexo es el espontáneo. No el planeado.
Tal vez porque la química del cuerpo es más compleja, más culinaria, más multifacética, más bioquímica que cuando se planea. Como el alemán no es espontáneo -por lo general-, llega muy raramente a ser un ciudadano sexualmente satisfecho.
El sexo no es un tema tabú en Alemania.
Se lo puede encontrar en los diarios y revistas, las fotografías de semidesnudos suelen formar parte de la publicidad comercial, se sigue practicando el topless hasta en los parques de la ciudad y cada zona peatonal de toda ciudad mediana tiene su tienda ‘erótica’ a la vista de todo transeúnte.
No hace mucho un artículo del periódico principal de esta ciudad dedicado a la sexualidad (Si deseas algo especial, dilo, se titulaba) se ocupaba de la historia de una joven que había vivido cuatro años con su novio –sin casarse- y cuya relación había terminado cuando él la había abandonado, arguyendo que no se consideraba capaz de vivir con una mujer que a los treinta años seguía usando tanga.
-¡Si yo la usaba porque pensaba que le gustaba a él! –explicaba ella, desesperada-. ¡Con las caderotas que tengo siempre me sentía ridícula, además!
El tema se trata en los medios de comunicación, como ven, pero la gente no se besa en las calles. Es muy raro ver a una pareja caminando abrazada por las calles. Es más, dudo que se besen mucho en la intimidad.
Una de las experiencias más desconcertantes que compartimos los latinoamericanos en esta nuestra segunda patria, es que los alemanes no saben besar. O, mejor dicho, su definición y práctica difiere demasiado de la nuestra como para poder afirmar que estamos hablando de la misma cosa. Mejor lo pasan, eso sí, las bolas de helado.
Curiosa y paradójicamente, a pesar de ser un tema que no es tabú, es algo de lo que no se habla, ni siquiera indirectamente. Es más: se evita mencionarlo.
Contar un chiste ‘rojo’ es lo más burdo que puede haber y el que lo cuenta corre el riesgo de pasar por tonto, bárbaro e ignorante. (Existen las excepciones: en las fiestas, por ejemplo y a partir de cierto octanaje en la sangre. Es decir, cuando ya puede haber cierta espontaneidad inducida.)
Me atrevo a afirmar que la química del sexo es una moneda que paga mejor cuando va ligado cierto morbo a ella. Sospecho así, que el sexo, dejando de ser tabú, ha perdido mucho de ese morbo y esa –creo- es una de las razones de su lenta perdición aquí.
Además, como los jóvenes se van muy pronto de casa –para bien y para mal de todos-, empiezan a vivir una vida casi marital con sus parejas desde muy temprano, dejando muy poco para la imaginación y la fantasía, que son los mejores motores de lo erótico.
Sé que estoy exagerando, claro, porque estudios realizados revelan el alto consumo de temas e imágenes en la interred, en internet. Pero yo me estoy refiriendo al sexo de pareja, no al unipersonal.
Ese tiene otras leyes. Más simples. Y los errores se pueden corregir.
Hablar de sexo no es fácil. Hablar del de los demás ofrece menos dificultad. Hablar del propio, es casi imposible. Y el tema tiene muchas más visiones de las que puede soportar una bitácora como esta. En fin.
La química del sexo es una ciencia -¿todavía?- indeterminada, y de la cual solo se conocen algunos capítulos, quedando muchos incompletos. Una de sus características es la falta de fiabilidad de sus leyes. Siendo genéticamente prácticamente iguales todos los seres humanos, lo mismo que ‘pone’ a un japonés no funciona con un africano y lo que a éste sí le funciona, al alemán no.
Como hablaba de la falta de fiabilidad, por favor: no se fíen de esto.
La industria –ese bicho gigantesco que, a veces, solo sabe devorar- ha empezado a descifrar ciertos pasos de la receta natural del sexo y, después de haber lanzado Viagra y símiles al mercado, acaba de lanzar la versión femenina del mismo. ¿Significará esto el avizoramiento de un futuro humano con personas sexualmente satisfechas?
Una de las revoluciones femeninas y grandes logros humanos de la historia, ha sido el derecho de la mujer a decidir por sí misma sobre su sexualidad.
Como me casé bastante tarde y viví ciertos años no precisamente pasivos de la era presídica, arrastré durante años una sospecha que ahora se ve confirmada por la ciencia.
Sospecho, además, que eso ya lo sabía la industria, pero era un secreto bien guardado: la píldora mata o deja bastante maltrecha a la libido, al deseo sexual.
¡Qué maldita paradoja! Haber luchado tanto por algo, para que al final uno de los bastiones alcanzados quite uno de los sentidos de ser a la lucha. Porque, sin ganas, ¿por qué se puede luchar?
Tal vez el mejor sexo sea el frustrado. El que se queda como una ilusión temblando en la cabeza y en los sentidos, en cada fibra vibrante de una persona. Mejor es el totalmente satisfactorio y la perfecta culminación del anterior, por supuesto, pero como éste raras veces se alcanza, me inclino -hablando en teoría- a nombrar el primero como mejor. Es un decir.
Es decir, sigan soñando. Sigan soñando, que van por el buen camino.
¿Les cuento algo que me pasó hace muchos años con una muchacha eslava con la que estuve bailando salsa casi toda la noche a cierta respetable distancia, pero cada vez que nos sentábamos me volvía loco con sus pies debajo de la mesa, pero para bailar me exigía sin palabras mantener la distancia aludida, y a la que al final la acompañé hasta su casa y ya les contaré?
Lo haré uno de estos días.
Y también cómo conocí a Dominique, en una de mis tardes solitarias parisinas harto de ser tan cobarde y no atreverme a dirigirme a ninguna mujer de mi gusto, después de quedarme pasmado con su figura. Que tengan un buen domingo.
HjorgeV
Colonia, domingo primero de abril del año 2007
Escrito por hjorgev