ESCLAVO Y VÍCTIMA DE SUS PASIONES (III)

4 Abril 2007

Tengo 89 años, pero la memoria todavía es buena. La vida es como un animalito que se le va escapando a uno cada día de las manos.

Me gustaría saber qué fue de la vida de esa muchacha que no amé, pero con la cual aprendí que no hay peor favor sentimental que se le hace a alguien, que quedándose a su lado por compasión.

Me gustaría saber qué fue del primer amor de mi vida, de la muchacha que no se cansaba de perseguirme. Pero no sólo a mí.

Comprendo que la vida es como un árbol que tiene un nacimiento y una raíz, pero que el rumbo entre las ramas se va definiendo cada día.

Hay quien ya dibujó su trayecto y no se aparta de ese dibujo.

Desde lejos, otros seres pueden reconocer muy claro el rumbo de la mayoría de nosotros. Los valientes tontos, los locos, los taciturnos y los despistados podemos darnos el lujo de disentir cada día de él.

Tengo 89 años.

Lo tengo que estar repitiendo muchas veces, como todas las cosas que no quiero olvidar, porque así funcionan los últimos medicamentos recetados por el médico.

-Son fabulosos –me dijo mi médico de cabecera-. Finalmente algo que le va a permitir acordarse solo de las cosas que le interesan y realmente le importan, señor Tanto.

-¡Pero no me puedo pasar todo el día repitiendo las cosas que me interesan, doctor! –le respondí, notando que no había dudado en la pronunciación de ninguna palabra.

-Señor Tanto –replicó él, meneando la cabeza para reprenderme-, usted siempre tan pesimista en estas cosas.

-¡Tengo 89 años! –exclamé-. No soy pesimista, ¡soy realista!

Tengo 89 años. Mi esposa se ha molestado conmigo. Molestado. Dice que tengo tiempo para escribir en mi bitácora casi a diario, pero no para revisar la gaveta de mis medicamentos. He olvidado tomar mi Lazarogra otra vez. Escribir. Revisar gaveta. Medicamentos, repito. Una y otra vez. Lazarogra.

¡Precisamente fue ella la que me animó a seguir escribiendo diariamente en mi bitácora! ¡Como arma contra el olvido!

-¿Por qué no vuelves a hacer como antes, en vez de estar escribiendo esas cartas de no sé cuántas páginas a la gente, que después no sabe cómo reaccionar? –me había preguntado, no hace mucho.

-¿Qué quieres decir? –le había replicado yo, empezando a alterarme.

-¿Tomaste tus pastillas contra la presión? –me había preguntado ella. Sabe que lo de ofuscarse fácilmente va de la mano con la presión alta.

-¿Temes que me puedan tomar por loco? ¿Es ése tu problema, no? –casi le había ladrado yo.

-Eso lo hemos discutido cinco mil veces en los años que llevamos juntos –había respondido ella-. Tú sabes muy bien que la gente no sabe cómo reaccionar ante cartas tan largas como las tuyas.

-Solo trato de decir lo que pienso –le había dicho yo-. ¿Qué quieres que haga? ¿Que conteste telegráficamente como hace la mayoría? Pues, ¡no puedo!

Esas fueron más o menos sus palabras. Las he escrito para poder recordarlas. Ahora está molesta y me ha dicho que no va a tomar sus Pildoritas del Can, como las llama ella. No las tomará por un buen tiempo, como castigo. Tiempo. Castigo. Can. Está bien. Lo he entendido y memorizado.

La memoria es lo que más sufre con el paso del tiempo en la conciencia de una persona.

Ya no sé por ejemplo, cuál era el tema del cual quería ocuparme hoy en mi bitácora. Pero esto es algo que me ha ocurrido casi cada día.

Casi cada día de los últimos 50 años de mi vida. La incertidumbre de cada día frente a la página en blanco. Blanco. Ahora ya sé qué era lo que quería escribir. Hungría, me repito. Cama de agua. Luz roja. Muchacha despampanante. La memoria se empieza a iluminar en mi mente.

La estoy volviendo a ver. Me ha pedido que me relaje sobre la superficie flotante de su cama de agua. No es fácil hacerlo. Física ni mentalmente.

La excitación juvenil de entonces me ha ofuscado de tal manera, que no he sabido leer todos los símbolos que ella ha estado dejando regados por el camino como migajas de pan, marcándolo para que un hambriento –yo- lo pueda seguir.

Nunca me ha sucedido algo igual.

Trato de relajarme pero no es fácil. Algo no funciona en todo esto. Es demasiado perfecto. El juego de sus pies bajo la mesa, el timbre, el champán, su única prenda de vestir, cortísima y reveladora, su francés perfecto, su habitación roja, su cama de agua, su figura despampanante. Todo es demasiado perfecto para que pueda ser cierto. Giro sobre mí mismo para ver que está haciendo ella debajo de la cama, acuclillada sobre el cajón que ha jalado.

Entonces veo el contenido del cajón. No lo puedo creer por un momento.

Látigos, esposas, boleadoras con incrustaciones metálicas en punta, máscaras de cuero y de hierro, bozales increíbles, cadenas, dildos negros, corsés, sostenes con puntas de metal, consoladores, artilugios absurdos, aditamentos bizarros, biquinis de látex negro, tangas de cuero, y toda una serie de objetos, casi todos negros y de imposible clasificación para mí.

-Después –le estoy diciendo ahora, pero yo sé que el placer ya se está vistiendo y cerrando la puerta tras de sí.

Mi suerte es que ella me cree. Después. Duda un momento. Lo que me permite levantarme de la cama antes de que me coloque las esposas.

Por un momento deseo hacerle una pregunta pero me parece obvio. Obvio. Obvio. Lo repito una y otra vez, para no olvidarlo. Son mis 89 años. 89. Ochenta y nueve. Repito. Obvio.

Entonces, despierto.

Ha sido una pesadilla que he tenido.

-¿Has estado delirando? –me pregunta mi esposa, a mi lado-. Es por la fiebre. ¿Qué has soñado?

-Léelo –le respondo y me levanto para dirigirme a mi cuarto de trabajo.

Por estar leyendo el domingo horas sentado en el jardín, sin querer notar que las temperaturas realmente se habían vuelto insoportablemente bajas, he pescado un fuerte resfrío. Dormir y leer. Dormir y leer, me digo. Esa es mi receta contra la gripe y los resfríos fuertes. Y beber mucho. Pero el cuarto de trabajo me llama.

Volví a ver a la muchacha húngara después de un par de años.

Fue también en un bar de esos que de cuando en cuando se animan a hacer alguna fiesta latina, hasta que otro bar tiene la misma idea en esta ciudad y empieza la migración salsera. (Ahora está de moda el reggaeton, o reguetón, o como se escriba. El acercamiento corporal se asemeja más al de un litigio entre dos personas.)

Estaba parada como aquella vez que la había conocido.

Con su mirada fría y calculadora. Escrutando a los presentes, como aquella vez. Solo que ahora yo lo sabía.

Me detuve al pasar frente a ella porque llevaba un escote portentoso y solo existían dos posibles explicaciones para haberse transformado fisonómicamente de tal forma tan espectacular.

El instinto no me suele fallar en esos casos. Me acerqué a constatarlo.

-¿Y qué piensas hacer con tus estudios de medicina? –le pregunté.

-No sé bien –me contestó, sin mirarme apenas, pero ya lo conocía-. No es la primera vez que las cosas no me salen como quiero -añadió.

-Siempre hay formas de alcanzar las propias metas –le repliqué, sin saber bien si de verdad pensaba lo que le estaba diciendo.

-¿Tú crees? –inquirió, mirándome fijamente a los ojos, para luego hacer una expiración de aire mezclado con desprecio y burla.

Yo sabía que era dolor. La había herido huyendo aquella noche. Su presa había huído. Su mundo se había derrumbado. Ahora me pagaba con una mueca de desprecio y burla.

-Suerte en los estudios –le dije, aprestándome a seguir mi camino-. ¿Sabes ya qué nombre le vas a poner?

-Vete –me contestó.

Lo hice.

Por un momento mis piernas se negaron. Volví a echar un vistazo descarado -qué más daba, ya- a su escote portentoso, comprobando de paso que el embarazo apenas se le notaba, y luego me alejé, siguiendo mi camino.

Alegrándome de querer seguir -esta vez sí- al pie de la letra sus instrucciones.

 

                    HjorgeV

                    Colonia, miércoles 04-04-2007