El sábado me acerqué a reclamar, como todos los sábados, mi ejemplar de El País que he rogado me separen en la estación de ferrocarril de la pequeña ciudad donde vivo.
Me dijeron que no había llegado. Y me apené por Babelia, el suplemento sabatino paisano.
-Debe ser por Semana Santa –me informó la señora alemana que atiende, quien junto con su esposo paquistaní, son los dueños del único y variado comercio de la estación.
-Con razón estaba todo tan tranquilo –le respondí, hablando más bien conmigo mismo.
-¡Es que ustedes los españoles no trabajan en las fiestas! -me replicó.
-No soy español -le corregí lo dicho, divertido y más que acostumbrado a esa confusión y queriendo decirle que no sólo los españoles se atienen a esa norma.
-Pero, ¿habla ese idioma, no? -me preguntó, muy sorprendida ella-. ¿No es español El País?
-Sí, sí, claro -le respondí-. Pero yo soy de Latinoamérica. Tenemos, más o menos, el mismo idioma. Desde México hasta Chile.
Me quedó mirando como si le hubiera dicho que su esposo es -realmente- español y no paquistaní. O que provengo del planeta Graboste.
He conocido gente a la que he preguntado si sabe donde está situado mi país, el Perú.
-¡Claro! -me respondió una vez una colegiala-. En Sudáfrica.
-Mira pues todo lo que saben las chicas alemanas de estos días -le dije aquella vez, ganándome una orgullosa sonrisa de su parte.
Pero eso no es lo normal.
El alemán suele estar muy bien informado. Es más, he conocido expertos peruanistas y latinoamericanistas que nunca habían salido de Europa…
(Pero no era a eso a lo que iba hoy. Prefiero volver al redil, porque detesto estar mezclando historias.)
Como suelo vivir sin fijarme mucho en el calendario –debido a mi casi permanente estado de semiensoñación o semidespistaje, en verdad- no había caído del todo en la cuenta que la Pascua Florida o de Resurrección es, en realidad, el equivalente de nuestra Semana Santa.
¡Ja!
Es que aquí en Teutonia tal semana no tiene nada de santa. Digo; por decir algo y defenderme.
(Ninguna semana del año lo tiene en la patria de Goethe, si debo ser más preciso.)
No existen las procesiones como en España y en el resto de sus antiguas colonias.
(Una vez que unos peruanos organizaron una procesión aquí en Colonia -para la festividad del Señor de los Milagros-, los pasantes de esta ciudad no sabían si reírse o ponerse a rezar; pero de vergüenza, en muchos casos, por sus risas iniciales. Muchos corrían entonces por sus cámaras fotográficas, simplemente.)
Ni siquiera aumentan las visitas a las iglesias.
Los alemanes aprovechan las fiestas para hacer puente y no tener otra preocupación que la de beber con moderación (es un decir), atiborrarse de comida y quedarse en casa. Muchos se van de vacaciones.
Cuando los negocios y supermercados empiezan a ofrecer sus huevos pintados de colores (duros, es decir: ¡cocidos!), hay superpoblación de conejos (de pascua) por todas partes y de huevos de chocolate (con su sorpresa dentro) es que ha llegado Pascua Florida.
Entonces, los niños salen a buscar los huevos que los mayores les han escondido en el jardín o en la casa, o departamento o piso. Éstos observan como los primeros se desgañitan buscando en los arbustos y por los árboles, o entre los muebles, hasta que descubren los huevos y las sorpresas que esconden y los regalitos que los acompañan. Todo es jolgorio y alegría.
Sí, todo muy bonito.
Pero yo ya lo conozco y me deja absolutamente frío el asunto. Además, como tenía ganas de curar mi resfrío leyendo en -y con- calma en estos días, le rogué a mi esposa que prescindiera de mi presencia para la consabida visita de los niños a los abuelos -mis suegros- por estas festividades.
Así es que hoy que han vuelto mis hijos con bolsas y paquetes con regalos y huevos pascuales hasta detrás de las orejas, hemos tenido que tirar una ingente cantidad de chocolate a la basura (¿alguien deseaba que se lo envíe por correo?) y, ahora, de solo teclear la palabra, empieza a revolvérseme el estómago.
Y eso que a mí me gusta el producto obtenido de mezclar azúcar con la pasta y la manteca de las semillas del cacao.
Para olvidar un poco el tráfago chocolatero de hoy, decidí recluirme en mi cuarto de trabajo a revisar la prensa digital.
Y hoy, justamente hoy, que se me había ocurrido darle una sorpresa a un amigo en un próximo viaje que pensamos hacer juntos, me topé con el siguiente artículo, aparecido en El País Digital de hoy.
http://www.elpais.com/articulo/cultura/belleza/pasa/desapercibida/elpepucul/20070409elpepucul_1/Tes
Cómo son las casualidades, me dije, al leerlo.
Sucede que acabo de reservar dos vuelos para Londres. El viaje será recién en setiembre y pasaremos un fin de semana allá.
Se trata de una reunión de algunos ex compañeros de colegio, a la que asistimos invitados por una chica del colegio (cumpliremos 40, 50, 60 y 70 años y más, y seguiremos llamándonos las chicas y los chicos), quien tiene pensado alojarnos en su casa londinense.
Pensado, digo.
Uno de mis ex compañeros, que es invidente y trabaja como psicólogo en Heidelberg, vendrá a visitarme y juntos nos iremos a la capital de Inglaterra, que aún no conozco.
Se me ocurrió que bien podría llevar mi guitarra para matar los ratos de espera.
Mi idea era, es, devolverle la sorpresa que Félix -mi amigo al que yo le digo Felixiano- me dio hace muchísimos años atrás, allá en Lima, cuando éramos unos perfectos adolescentes y me sorprendió, en una visita que le hice, sacando la guitarra de su hermano y entonando un par de canciones de los Melenudos de Liverpool.
¡Cómo me habré quedado de impresionado aquella vez, que aprendí a tocar la guitarra, después! Lo hice bastante tarde, sí -pasados los 20-, pero aprendí.
Y hasta ahora no ha dejado de acompañarme en mi vida.
Tal vez para recordarme –como suelo decirle a mis hijos-, que la música es una de las mejores amistades que puede tener uno en la vida: nunca te abandona ni en los peores momentos, siempre está a tu disposición y esperándote, y suele tener la palabra justa para tu inquietud, tu dolor o tu alegría.
Se me ocurrió, como les cuento –no sé si lo haré, porque eso dependerá de muchas cosas y solo es una idea- que bien podríamos en algún momento de nuestro viaje, sacar la guitarra y ponernos a cantar.
En la calle, en un parque, en una estación. En donde sea. Sin ninguna otra pretensión que la de querer cantar donde nos toque un momento de espera.
Acompañándome con la guitarra, he pasado muchos de los mejores momentos de mi vida: cantando durante horas con amigos también sesentómanos, por ejemplo
A pesar de mi mediocridad en la ejecución de ese instrumento, también he podido sufragar durante bastante tiempo mis estudios tanto en Francia como en este país.
Justamente una de las primeras formas de mantenerme económicamente aquí en la ciudad de Heinrich Böll, fue cantando acompañado de mi guitarra en restaurantes y bares.
Puedo afirmar, entonces, que fogueo y experiencia no me faltan.
Pero ellos no son garantía de nada. Creo saber de lo que hablo.
Una de las cosas que más le enseña la calle a un músico –como bien lo muestra el artículo-, es que no basta con ser bueno –o muy bueno como Bell-: hay que saber llegar al público.
Y hay que tener mucha suerte. Mucha caraja suerte.
Me atrevo a decir, por eso, que la calle es el escenario más duro que puede haber. El verdadero, por tanto.
Hay muchos factores que pueden influir para que a alguien se le ocurra detener su apurado camino –a la casa, al trabajo, a la universidad o a la escuela, o a alguna cita- para escuchar a un desconocido o desconocida que se atreve a hacer su música en una zona peatonal, vamos a decir.
El músico tiene que vencer primero la barrera inicial, que es la más dura de romper. (En el escenario que sea.)
La ansiedad del músico –como, me imagino, le sucedió al violinista del artículo- es la que más ‘daño’ puede ocasionar en tales circunstancias.
Particularmente, a mí me ha ido mejor cuando me he puesto a cantar para mí mismo, es decir, a cantar por el mero gusto de cantar, sin preocuparme de los oyentes. Cuando me he entregado por entregarme a la amistad de la música.
Otro de los factores es el repertorio. ¿Cómo saber qué tocar o cantar ante un público tan disímil y tan cambiante en el tiempo?
Creo que la música es uno de los pocos lenguajes que no necesita traducción (el amor es otro de esos pocos), para poder ser entendido por cualquier ser humano.
Entre mis mejores clientes he tenido, por ejemplo, a un empresario hindú que no sabía ni un carajo de castellano y no conocía Latinoamérica, pero que cada vez que pasaba por Colonia, se acercaba con su esposa a escucharme cantar –y a cenar- al negocio que tenía.
(Bueno, la verdad es que nunca se me ocurrió indagar si se trataba de un simple caso de masoquismo por parte del hindú.)
El artículo me interesó, también, porque me transportó a mi primer día a esta capital germana del carnaval, un día de excelsa suerte en mi vida -octubre del 85-, en el que tuve la maldita suerte de encontrar trabajo inmediatamente -ese mismo día- como profesor de idiomas, de castellano, en una escuela particular.
(Linguarama se llamaba y todavía existe. Alguna vez me ocuparé de ese preciso día en esta bitácora, que guardaba aún más sorpresas agradables.)
Personalmente me consta que una vez el propio Phil Collins se atrevió a tocar en la zona peatonal colonesa -como parte de una apuesta hecha en un programa de televisión-, y pudimos verlo cómo sudaba frío, mientras él observaba cómo era ignorado por los transeúntes.
Lo mismo que le debe haber sucedido al Joshua Bell del artículo, considerado -según mencionan allí- uno de los mejores músicos del mundo y que días atrás había llenado un auditorio, el Boston Symphony Hall, cobrando nada menos que 100 euros (más de 120 dólares) por la entrada.
La belleza, sí -es correcto el título del artículo-, puede pasar perfectamente desapercibida.
(Ya quisiera ver yo a alguno de los llamados grandes haciendo lo mismo, sin la más mínima ayuda electrónica. Música pura. Unplugged, como se dice en inglés y que es, cada vez más, una rareza.)
Me gustaría, les contaba, revivir por una vez ese capítulo o sección subterráneamente o -mejor- subcutáneamente duro de mi vida. (Aunque yo no fuera del todo consciente de ello.)
Esos días en los que la incertidumbre era tan grande como la esperanza.
Pero sin que por eso tuviera que perder el buen humor ni la actitud positiva frente a la vida alguna vez, como sí estuve a punto de hacer en París y en donde, de alguna forma, terminé arrojando la toalla, yéndome.
Desde ya, voy practicando. Porque sin práctica no hay rutina. Y sin rutina no hay naturalidad.
Para poder ver qué puede pasar en ese viaje a Londres que haremos mi amigo ciego y yo.
Ojalá me anime a sacar la guitarra en algún momento. Aunque sólo sea para que respire su madera.
Por lo menos, esta vez, no lo haré por obligación ni por necesidad.
Y eso lo agradezco bastante ahora.
Simplemente me gustaría hacerlo.
Ya lo contaré en este cuaderno.
HjorgeV
Colonia, lunes 09-04-2007
Escrito por hjorgev