Tres noticias me han conmocionado en estos días.
Y las tres tienen que ver con jóvenes alemanes.
La primera daba parte, la semana pasada, de la muerte de un jovencito de 15 años por intoxicación alcohólica.
La segunda informaba de la intoxicación -también alcohólica- de un grupo de jóvenes que se hallaban celebrando un cumpleaños en la casa de la chica homenajeada. Dos de ellos tuvieron que ser internados en el hospital bajo cuidados intensivos. El resto del grupo fue hallado tirado en diferentes habitaciones de la casa, semiinconscientes.
Al parecer, todos habían bebido lo suyo.
(La madre, que no debía estar muy lejos de la celebración, según ha podido averiguar la policía, manifestó no haber notado nada especial en el festejo juvenil. ¿Por qué no dijo mejor que la habían secuestrado unos seres extraterrestres? Habría quedado mejor, me digo.)
La tercera noticia la leí hoy, y da cuenta del asesinato cometido por un joven alemán en San Sebastián hace dos meses. Tanto él como su víctima, una compatriota suya, eran conocidos por sus aficiones satánicas y a la música de Marilyn Mason.
El joven –supuesto- asesino, y que ya ha sido detenido gracias a una denuncia ciudadana, se dedicaba a la mendicidad juvenil (permítanme llamarla así) en esa ciudad del norte de España.
¿Qué pasa con los jóvenes alemanes?, me he preguntado.
La hija de nuestra vecina, una muchacha de 14 años y con cuerpo -evidente- de mujer, se citó no hace mucho con un hombre que conoció a través de la red.
Mi joven vecina –en ausencia de sus padres- viajó 500 kilómetros en tren para encontrarse con él y tuvo la suerte de conocer a un muchacho de más o menos su edad (18 años). Cuando regresó del viaje e informó a sus padres de lo que había hecho, estos casi se desmayaron del susto. Por lo menos informó, se consolaron.
Y regresó, agrego yo.
-Mi madre también se fue de casa a los 16 –dijo ella-. Mi padre a los 18.
-Pero tú tienes 14 –le tratamos de explicar.
-¿Ven? A la misma edad. Prácticamente -concluyó, un tanto confundida.
El muchacho muerto había bebido más de cincuenta o cien copitas de tequila (no traten de comprobarlo, salvo que tengan apuro) en una de las fiestas que están de moda desde no hace mucho en este país: las Fiestas de Bajo Costo. Como está de moda ahorrar, en estas fiestas los jóvenes también ahorran y por una cómoda suma fija de dinero, pueden beber hasta matarse, como habrán podido notar. (La ganancia del mercader está en la gran mayoría que no pasa de un par de tragos de consumo.)
La pregunta tendría más bien que alterarse. No, “¿qué pasa con los jóvenes alemanes?”.
Sino:
¿Qué ha pasado con ese gran esfuerzo alemán por tratar de ser una nación esclarecida, adelantada, progresista, igualitaria y justa, que tanto me atrajo a mí en su momento?
Nosotros, los mayores (a pesar de no tener pasaporte alemán, ni interesarme tenerlo, me considero parte de esta nación), hemos dejado de luchar por algo.
El último bastión de lucha de los sindicatos alemanes se deshizo en cuestión de meses en el aire: luchaban por las 35 horas semanales de trabajo y llegaron las grandes empresas con sus amenazas -reales- y todo el mundo se puso a jugar con su rabo y a silbar, mirando para otro lado. ¿O conmigo era la cosa?
Los mayores de ahora luchan por no perder el trabajo y punto.
Es decir, luchan por poder seguir las horas que pierden embruteciéndose aún más frente al televisor. Por mostrar algún tipo de reloj de oro y por las sagradas vacaciones alemanas. Por llegar en cuanto antes, mejor, a la jubilación.
Ah, sí. Y por su intocable cerveza, que ya están reemplazando algunos por un buen vino y otros, cada vez más, por simple, barato y pernicioso ron de quemar. Es un decir: pero muy ilustrativo.
¿O sí luchan por algo todavía los mayores?
Como comentaba en estas páginas, no hace mucho, la revolución sexual trajo la píldora.
La industria –muy calladita ella- se encargó de quitarles el peligro del deseo a las mujeres, pero quitándoles de paso el deseo mismo.
¿No habrá sido esa la verdadera intención de la industria farmacéutica?
Imagínenselo y piénsenselo bien.
Alguien desea acabar con un ‘mal’ (los embarazos no deseados) e inventa una pastilla, una píldora (la píldora, por antonomasia) para el efecto.
Si el deseo es el factor número uno en un embarazo (el que pone en marcha hormonalmente toda la maquinaria materna entera), ¿por qué no acabar simplemente con él desde el comienzo?
No creo que la falta de escrúpulos sea una exclusividad del que le vendió el tequila al muchachito extinto. Al contrario, lo veo como la lección bien aprendida del alumno atento.
La revolución educativa, por su parte, trajo al mundo la rebelión juvenil vista como una cosa buena por sí misma. Y, ya que es bueno ser rebelde, ¿para qué oponerse?, deben haber pensado muchos padres, dejando a sus hijos en el aire, sin contestatarios adultos.
Como decía un mensaje de esos circulares o masivos que detesto, pero que de cuando en cuando (por simples razones estadísticas, me digo), traen algo bueno: somos de las primeras generaciones que ya no ven el respeto hacia los padres como algo que tenga que ir -necesariamente- más de allá de la etiqueta social.
Somos también una de las primeras generaciones que hemos aprendido que eso puede ser bueno, aprendiendo de nuestras propias experiencias, y lo educamos consecuentemente.
También somos de las primeras, lógicamente, en notar en carne propia lo negativo y las debilidades del experimento.
Jóvenes que beben hasta intoxicarse como no lo han hecho nunca sus padres. Jóvenes que se atreven con 14, aquello a lo que sus padres sólo con la fantasía. Jóvenes que se dedican a la mendicidad juvenil para sufragar su estética y sus gustos particulares y que asesinan si las cosas no les salen bien. O no como ellos querían.
¿Quiénes han fallado? ¿Los jóvenes? ¿O sus padres, generacionalmente?
En un mundo en el que cada vez hay más riqueza absurda de unos poquísimos (y es aplaudida y admirada y considerada como un ejemplo a seguir) y cada vez más pobreza absoluta de la absoluta mayoría, con una banda de conectados a la globalización (nosotros) que nos creemos a salvo de todo o casi todo, ¿qué se le puede reprochar a las nuevas generaciones?
No hemos sabido darles –desde París 1968, es un decir- ninguna nueva esperanza, ningún nuevo buen motivo para pasar -de verdad- a considerarse parte de la sociedad mundial como el proyecto humano que debería ser.
Pero sí les hemos dado muchas razones para seguir enamorados del consumo y del sillón frente al televisor, de las vacaciones a cualquier precio, del automóvil más grande y más potente, de la trampa como medio de locomoción social. De la conexión electrónica a banda ancha y a toda hora del día, aunque no tengamos con quien comunicarnos y haya que viajar 500 kilómetros y tener la suerte de regresar sanos y salvos.
¿Qué podemos esperar de los más jóvenes, que buscan naturalmente en sus antecesores los guías y las guías, los ejemplos, los caminos a seguir, las lucecitas en el horizonte?
En cambio, la industria –sin interesarle las consecuencias, no creo que nadie se atreva a quejarse, es muy tarde- proyecta y seguirá proyectando directamente sobre la mente de nuestros jóvenes e hijos los ejemplos a seguir: el descaro al momento de sacar ventaja de todo tipo, la violencia gratuita de las series y películas; la violencia gratuita, casi gratuita o, en su defecto, justificada con mentiras en asuntos internacionales; la burla nacional e internacional de las instituciones cuando se trata de buscar el provecho propio como país o como élite; la adoración sobrehumana del dinero y sus apóstoles.
¿Qué decirles si el negocio de moda consiste en que los jóvenes se emborrachen todo lo que quieran, sin que le importe nada al mercader -y tampoco a sus empleados- cuál sea su aporte social; en este caso, la muerte prematura de un joven que quiso, seguramente, impresionar a sus amigos?
Hay cada vez más muchachas y muchachos, jóvenes del primer mundo, que no ven en los principios y metas de sus mayores nada más que basura.
Basura hueca, además.
Los hemos educado. Les hemos enseñado a pensar.
¿Podemos quejarnos ahora que lo hagan y saquen sus propias conclusiones aunque solo sea intuitiva y salvajemente?
Cuando los llamados terroristas secuestran a algún ciudadano alemán, por poner un ejemplo, el asunto corre por los diarios de este país, alzándose los gritos dignos contra las bestias secuestradoras indignas de llamarse seres humanos; hasta que los liberan.
¿Los más de 400 secuestrados en Guantánamo qué son?
¿Guantanameros?
El hecho de que cada tres segundos un niño muera de hambre en el segundo y tercer mundo, ¿a quién le importa? No está de moda. Simplemente.
Cuando los invasores de Irak y el atento público mundial aplauden la muerte por ahorcamiento de Sadam, pero se asquean cuando feroces delincuentes en México, encargados de surtir la droga que necesitan millones de consumidores adictos en EEUU, remedan esa pena capital y, al igual que lo que sucedió con el ahorcamiento de Hussein, cuelgan la ‘documentación’ de su satánico escarnio en la red, ¿a quién le podemos reclamar consecuencia en sus actos, ya que ni siquiera sentido común?
Cuando la advertencia más clara que hace el patriarca de una de las iglesias más grandes e importantes del mundo -el papa alemán- es que podemos poder terminar en el infierno, ¿qué tenemos que ofrecerles en realidad a esos jóvenes?
Si las drogas son malas solamente cuando no están en manos de la industria legal, por más que solo una de ellas (tabaco o alcohol, escojan) mate a más gente que todas las ilegales juntas, ¿cómo reclamarles a nuestros hijos la hora exacta a la que tienen que volver a casa?
¿De qué podemos acusarlos, sin pisar detritus ni incurrir en prostitución mental y contubernio, nosotros?
Sospecho que en la barbaridad intuitiva del grito de estos jóvenes (porque las conductas extremas humanas no son sino diabólicos gritos, de impotencia, además) está el reflejo de nuestra propia barbarie.
¿Por qué tendría que ser de otra forma?, me pregunto.
¿Quién se quiere quejar?
HjorgeV
Pulheim, miércoles 11-04-2007
Escrito por hjorgev