-¿Diga? –contesto al teléfono, como siempre, aunque la costumbre de este país es responder diciendo el propio apellido.
Muchos alemanes creen, por eso, que mi apellido es Digah, con la h alemana alargando la entonación final que le doy en el teléfono. “¡Hola, señor Digah!”.
Al señor Digah lo han despertado y la voz le sale haciendo curvas, chocando con partes y porciones de su propia humanidad medio dormida todavía, pero consiguiendo salir de alguna manera a flote, es decir, al mundo real.
Trato de dar una mirada al radio-reloj con el único ojo que he podido abrir. Son poco menos de las cuatro de la mañana. Todo está tan oscuro, que por un momento no he sabido dónde diablos estoy.
-¿Diga? –vuelvo a repetir, elevando la voz, porque nadie me responde.
A mi garganta se le deben hacer introducido uno o más sapitos mientras dormía. Carraspeo. Estoy a punto de arrojar el teléfono por la ventana, pero pienso que puede ser una llamada de mi madre desde el Perú, quien –como yo- muchas veces olvida o confunde la diferencia horaria. Entonces, finalmente, se escucha una voz al otro lado de la línea.
-Jorsche, perdona –me dice una voz en alemán.
Sé quién es. No pocas personas pronuncian mi nombre de esa manera. Pero si encima esa persona me tutea, sé que solo puede ser Andreas Süssmann, mi amigo y policía alemán. Hasta medio dormido como está, Jorsche Digah lo puede reconocer.
-Dime que es para trabajar y me levanto a cortarte el cuello –le digo, dándome cuenta cómo mejora poco a poco mi voz. Carraspeo otra vez, para acelerar el proceso.
-Sí, lo sé, Jorsche. Lo siento, de veras. Iba a cortar, en realidad. Sé la hora que es. Pero necesitamos urgentemente a alguien y pensé que tú…
-No te preocupes. Me conoces –lo tranquilizo mientras intento dar un salto fuera de la cama, logrando acertar, y voy ordenando a mi cuerpo y al resto de mi mente, despertar totalmente para poder encontrar papel y lápiz-. Ya sabes cuál es mi lema. Dicta. Te escucho.
-Trabajo es trabajo, siempre lo repites. Tú mismo tienes la culpa, ¿ves?. ¿Ya tienes algo para escribir? No es lejos. ¿Conoces la torre de televisión?
La pregunta es tan absurda como preguntarle a un madrileño si conoce la Puerta del Sol o, a un parisiense, la torre Eiffel. Junto con la catedral -el Dom-, el Agua de Colonia y el puente Hohenzollern -que no llegó a ser destruido por los usamericanos en 1945-, la torre de televisión constituye uno de los rasgos más distintivos de esta ciudad.
Mientras Andreas me va dando la dirección exacta y me explica cómo llegar, voy quitándome la ropa de dormir y tratando de acordarme dónde he dejado mi billetera en la que también llevo mis documentos de identidad. No suelo llevarlos conmigo, pero como se trata de algo oficial, sé que -con mala suerte- voy a tener que identificarme. Ruego que no se trate de la escena de ningún crimen ni que haya muertos ni niños –de la manera que fuera- de por medio. No es por miedo.
Es por mi alto respeto a la vida.
-Se trata de una mexicana. ¿No tendrás problemas, no?
-Suelo entenderlos en el 95% de los casos –le digo, intentando corregirme enseguida, porque me he acordado de haber escuchado a dos chilangos hablando en su jerga especial una vez y no haber entendido ni jota como en una canción de Café Tacuba.
-Te ruego que te apures. Pensé en enviar un patrullero a recogerte, pero no sabía si aceptarías el trabajo.
-Recuerda mi lema –le digo. Y cuelgo.
Por un momento quiero detener y repetir mis últimos movimientos para poder preguntarle a Andreas, hasta cuándo me necesitarán, porque me acabo de acordar que es el día de visita de mi hija, Mona, pero ya sé que la pregunta es absurda.
Nunca se sabe.
En una oportunidad tuve que pasarme todo un día esperando a que un narcotraficante detenido por la policía se animara a confesar. Como mi oficio es el de traductor e intérprete, tengo prohibido hacer otra cosa que no sea traducir fielmente (lo más que buenamente se pueda, en casos así).
Pero eso es algo que muchas veces no respeto, si veo que rompiendo esa regla puedo ayudar a alguien o hasta salvarle la vida. Es mi criterio y mi propia responsabilidad. Y mi riesgo, claro, que asumo con toda conciencia.
En el caso mencionado del narcotraficante, tuve que animarlo a hablar y convencerlo de que lo mejor siempre era callar para él, pero, si verdaderamente deseaba decir algo, que lo hiciera conmigo, pues si le tocaba la próxima vez un traductor alemán, la podía ver verde.
Le tuve que contar el caso aquél en el que un argentino casi llega a pasarse varios años en la cárcel por una mala traducción.
-A ver si me haces el favor de pasar por aquí –le había dicho el tano a su vendedor habitual por teléfono.
-¿Cuánto? –le había respondido el otro, refiriéndose a la cantidad de dosis requerida por su paciente, sin sospechar que la conversación estaba siendo grabada por la policía.
-Lo mismo que lo de ayer.
En la acusación presentada al juez, figuraba que la traducción de una conversación telefónica indicaba claramente que el argentino compraba un kilo de cocaína diariamente.
La última frase de arriba había sido traducida así, al alemán: “Tráeme el mismo quilo de ayer”. (Notar que la Academia acepta las dos grafías, kilo y quilo.)
Por lo menos ruego quedar libre al mediodía, vuelvo a pensar al abrir la puerta de mi camioneta, para así poder pasar la tarde con mi hija Mona.
Llevo dos semanas sin verla. La última vez su madre argumentó estar enferma para impedirme verla y me envió la dispensa médica con un par de días de anticipación. Bello gesto.
Mientras me dirijo por las oscuras calles de Colonia, todavía vacías y silenciosas, ruego una vez más que no estén involucrados niños en el asunto. Andreas ha mencionado algo de secuestro.
Secuestro y mexicana. Ah, y “muy bella” han sido sus palabras finales. ¿Qué me espera esta vez?, me pregunto, y aumento involuntariamente la velocidad hasta el límite de lo permitido.
(Continúa…)
HjorgeV
Pulheim, sábado 14-04-2007
Escrito por hjorgev