Recién al llegar al lugar indicado, entiendo por qué Andreas ha insistido en describirme el camino. No es fácil encontrarlo.
La casa es un edificio unifamiliar construido sobre un terreno de gran extensión, pero éste se encuentra en una zona en la que edificios de oficinas se codean con fábricas, depósitos y talleres de diversa índole por un espacio libre. ¿A quién se le ha ocurrido construir aquí una casa?, me pregunto.
A alguien que le importó un pepino el dinero y prefirió, seguramente, dejarle a su hijo o a algún pariente cercano su propiedad, bajo la condición de no venderla a los mercaderes del dinero, me respondo.
Delante de la puerta se encuentran estacionados dos patrulleros. Pronto serán las cuatro y media de la mañana del tercer lunes de este mes. El día de ayer fue el día más caluroso de abril, desde que se comenzaron a medir oficialmente las temperaturas.
Dentro de uno de los patrulleros hay un policía que debe estar dormitando, aunque la posición de su cuerpo no lo delata así. En el otro automóvil policial no hay nadie. El que debe ser su compañero se encuentra parado delante del largo camino que parte al pie de la calle y lleva hasta la puerta de la casa, que está rodeada por un jardín medio inclinado y solo cubierto por césped. No hay árboles ni arbustos. Una mente muy práctica, me digo.
Cierro las puertas de mi camioneta y levanto ostensivamente mi maletín de trabajo.
Dentro llevo una computadora portátil pequeña y compacta, mi principal herramienta de trabajo, a la que espero no tener que recurrir. Pero nunca se sabe. También un diccionario castellano-alemán por si alguien me lo solicita, varios lápices y dos o tres libretas de apuntes. Y algo para leer. Nunca se sabe cuánto hay que esperar en estos casos.
En realidad, mi principal herramienta de trabajo es la mente y el maletín es la llave que me abre las puertas. Desde lejos el policía nota, gracias a mi herramienta de trabajo, que llego -justamente- a trabajar. No se trata de ningún curioso, debe haber concluido él y, además, él y yo sabemos que esperan a alguien.
Lo saludo, sacando mi billetera portadocumentos y manteniéndola cerrada en la mano, e intercambiamos un par de generalidades antes de dirigirme hacia la construcción principal. Él me ha completado también, muy sucintamente, la información que hasta ahora he recibido.
Como esperaba, no ha sido necesario mostrar ningún documento. Ha bastado con mantener la billetera en la mano a la espera de su orden para identificarme, que no ha llegado.
El mismo policía de la entrada me ha advertido que puede haber explosivos adentro, aunque parten de que se trata de una falsa alarma.
Al acercarme a la puerta principal puedo ver las espaldas de Andreas y la de su colega. Es una mujer. Alguien en la central ha tenido el tino de destacar a una policía femenina para este caso. A unos tres o cuatro metros de distancia carraspeo. Andreas se me acerca y me saluda casi sin mirarme a los ojos, por la tensión, y me explica resumidamente qué sucede.
-Recibimos una llamada anónima, porque alguien sospecha algo sobre una bomba en esta casa.
-¿Quién hizo la llamada? ¿Alemán o extranjero?¿Hombre o mujer?
-No lo sé.
-Es lo primero que has debido preguntar, Andreas.
-Tú estabas durmiendo tranquilamente. Yo estaba por terminar mi turno, querido.
-Estaba -le digo-. Tú lo has dicho.
-Pero tienes razón, huevón. Creo haber escuchado que fue un hombre -me replica él. Recuerdo a tiempo que me ha pedido que cuando él lleva el uniforme no debo responderle, delante de sus colegas, por lo menos, sus muestras de profundo cariño hacia mí.
Tal como en cualquier pueblo más perdido de mi país, las muestras de verdadero cariño en este país llegan fuerte -¿y lamentablemente?- disfrazadas de pequeños insultos. Pero sé que se trata de la forma humana estándar de mostrar que existe absoluta confianza entre dos personas.
-¿Joven o viejo?
-¿Has venido a joderme la paciencia o a trabajar, peruanito? –me pregunta él, harto de mis juegos, que no son juegos, aunque lo parezcan. Como muchas cosas en mi vida.
Apenas me lleva uno o un centímetro y medio de estatura, pero eso le basta a él para llamarme ‘pequeño peruano’ en su idioma. Otra de sus manifestaciones del especial cariño que me tiene. La mía, hacia él, es ignorar ese tipo de cosas. Cuando lleva puesto el uniforme, sobre todo, y tiene colegas cerca.
-Necesito toda la información posible en un caso así, Andreas. ¿Qué quieres? ¿Que me meta allí y que salga con un brazo o una pierna menos, solo porque a ninguno de ustedes, los especialistas, se le ocurrió, por ejemplo, pensar que ha sido la misma mujer la que ha llamado?
-Fue alemán y hombre -me responde él, haciendo rechinar los dientes. No he debido decirle algo así delante de su colega, la mujer policía. Pero ya es muy tarde. Además, tengo razón.
-¿Joven o viejo? -insisto-. Hace poco más de media hora me dijiste que se trataba de una muy bella mexicana, llegada a Alemania para casarse hace tres años y con un pequeño hijo. ¿Dónde está el marido?
-No lo sabemos.
-¿Ves? Puede haber sido otro hombre interesado en que la policía intervenga en esta casa. O el mismo marido. Por la razón que sea. ¿Qué más me puedes decir? –termino de preguntarle, procurando ignorar su enfado.
Tratándose de un caso tan peligroso, un enfado más o menos no es nada que verdaderamente me pueda robar el sueño. No con Andreas. Nos conocemos ya bastante bien desde hace un par de años para eso.
-Ha colocado muebles y no sé qué más hasta el camino a uno de los ambientes que conectan con la sala principal y en el que se encuentra. No sé, me parecen más hechos para asustar que para otra cosa. Y creemos que tiene al niño consigo, por eso no hemos querido intervenir hasta no saber qué es lo que quiere. ¿Entramos?
-No. Yo entro solo primero y después vemos –me escucho decir, porque, ¿qué sentido tiene que vuelen por el aire los cuerpos de tres personas si solo el de una es necesario?, me pregunto.
-Ni hablar –me replica él-. Y eso tú lo sabes de sobra.
-Tengo que asegurarme primero que se trata realmente de mi propia lengua -afirmo-. Si no estás de acuerdo, me lo dices y me voy.
Les hago una seña imperativa para que esperen, pasando por alto su negativa de hace un momento y entro solo.
Un ligero temblor acometen mis piernas.
Avanzo muy lentamente por la estancia principal en dirección a la habitación que me ha señalado Andreas. Desde la posición inicial en que me encuentro no puedo ver a la mujer. ¿Quién diablos me ha dicho que tengo que contestar el teléfono en plena madrugada?
-Usted no tiene que hablar conmigo –digo, en castellano, deteniéndome y tratando de imitar cierto acento mexicano. He practicado mucho.
Trato de que suene como si estuviera hablando conmigo mismo.
Andreas y la mujer policía me miran desde la puerta. Sé que están asustados y sé que mi amigo ya hace un buen rato que ha dudado si ha sido una buena idea llamarme. Pero él sabe que vivo de trabajar.
Se encuentran aquí porque han recibido una llamada anónima, según la cual en esta casa se está construyendo una bomba. Cuando han llegado, la mujer ha hecho extrañas amenazas en castellano, que ellos no han podido entender. Por eso me encuentro yo aquí, me repito mentalmente, mientras espero que la mujer responda algo.
El cálculo y la experiencia de Andreas –la puerta que han encontrado abierta, por ejemplo, es un indicio de ello, para él-, lo han llevado a no creer en lo de la bomba, pero para saber qué es lo que la mujer quiere necesitan un intérprete. Mi intuición me dice que no debo temer por ningún explosivo.
Pero no sería la primera vez que mi intuición me jugara una mala pasada. Como a todos.
Avanzo hasta que la puedo ver. Todavía no con claridad.
-Mire, señora, me llamo Jorsche Digah. No sé de qué se trata todo esto, pero a las nueve de mañana quiero recoger a mi hija y pasar el día con ella. Estoy separado de mi esposa y solo puedo ver a mi hija una vez a la semana. ¿Lo puede entender? ¿Puede usted como madre entender eso? Usted no tiene que responderme. Usted no tiene que hablar conmigo. Pero por lo menos, como madre, respóndame esta pregunta. ¿Puede entender que deseo que todo esto acabe a más tardar a las ocho de la mañana?
Ella asiente con la cabeza.
Me relajo un poco. Busco con la mirada posibles peligros, cables o construcciones alrededor mío, sin moverme primero. Al parecer ha volteado muebles, sillas y estantes para impedir supuestamente el paso libre hacia ella. ¿Dónde ha colocado la bomba, si realmente existe una? ¿O ha habido aquí una pelea y por eso el desorden?, me pregunto. Pero, no, me respondo inmediatamente. No es el tipo de desorden que puede crear una pelea. No lo creo, por lo menos.
-No estás traduciendo- me dice Andreas, a mis espaldas.
-Estoy tratando de definir qué dialecto habla- le replico, también en alemán, procurando no distraerme.
Sé que después me va a hacer un gran lío. Pero como él sabe que lo hago solo por ayudar, no me importará mucho su agitación.
-Ahora voy a dar un paso hacia delante. ¿Prefiere que me vaya?
Ella niega, agitando la cabeza.
-Está bien –digo, pasando a respirar más tranquilo-. Yo tampoco deseo irme. Mi función pública es la de ayudar. ¿Me entiende? Siempre existen problemas. Yo estoy para ayudar.
Hago una pausa. Andreas me ha vuelto a advertir con la mirada y agitando un dedo en el aire que me estoy sobrepasando en mis atribuciones.
-¿Prefieres que me vaya? –le pregunto a él en alemán.
Está cansado y nervioso. Muy mala combinación. Me hace un gesto de desprecio con la mano y se aleja de la puerta, saliendo de mi campo de visión. Me imagino que pensaba acabar su turno de guardia e irse a dormir, y la llamada lo ha tomado desprevenido. Encima el temor de toparse con algún explosivo no es algo que pueda ayudar. No me preocupa ahora. Sabía a lo que se metía cuando ingresó al cuerpo policial.
-Ahora voy a dar pasos, señora. Voy a mover mis pies lentamente y dar pasos. Varios pasos hacia delante. Pero usted es la que decide cuándo tengo que parar. Lo voy a hacer en etapas. Cuando usted desea que pare, me lo dice.
Giro la cabeza y veo que la mujer policía está anotando algo en su cuaderno.
-¿Me ha entendido cada una de las palabras que le he dicho? –le pregunto, cambiando sorpresivamente de idioma y hablándole en alemán.
Ella asiente con la cabeza.
Por la información archivada que han conseguido a través de la dirección de la casa, la mujer lleva en Alemania unos tres años, está casada con un alemán y tienen un niño registrado bajo el nombre de Philip. Ella responde al nombre de Iselda. ¿Tres años aquí y creerle que no habla nada de alemán, estando casada con un ciudadano de este país? Aquí hay varias cosas que no hacen mucho sentido.
Por un momento pienso en retroceder y decirle a Andreas que aquí no me necesitan.
Pienso también en que se trata de un trabajo remunerado, que me han despertado a las tres de la mañana y que ya me he desplazado unos quince kilómetros para llegar donde estoy.
Decido esperar y dejar que el desarrollo de los acontecimientos decidan las cosas. La ética y el bolsillo, como siempre, no forman la mejor pareja. De hecho, no deberían estar jamás juntos. Mejor, como ciertas parejas de este mundo, jamás conocerse.
Desde mi posición puedo ver que la mujer se encuentra sentada sobre el suelo y tiene algo a sus pies, que está tapado y que me atrevo a decir que es su hijo. ¿Está durmiendo? ¿O acaso ya no vive? Lo único seguro es que esta mujer está aterrorizada por algo. ¿Dónde está el marido? Decido calmarme mentalmente. ¿Qué quiere, qué pretende?, me pregunto, rompiendo mi proyecto tranquilizador en un instante.
-¿Desea que me vaya? –le inquiero, volviendo al castellano.
Niega con la cabeza. Bien, me digo.
Me acerco un poco más, con cuidado. A pesar de la situación, de sus cabellos parcialmente enmarañados sobre su rostro, sus ojos y su boca hinchados por el llanto continuo y compulsivo, desde donde me encuentro sé que tengo a una mujer especialmente bella frente a mí. Es la simetría de su rostro. Su boca carnosa y bien delineada. Sus labios que a pesar de las duras circunstancias parecen ordenar casi biológicamente ser besados. Inmediatamente, antes de que se acabe el mundo.
Las líneas de sus ojos que parecen salidos de un cartel de publicidad.
También puedo ver que lleva ropa extremadamente ancha. Da la impresión que se ha puesto la ropa de su esposo. Pero eso no tiene sentido, me digo. Esta mujer no quiere saber más nada de su marido. Esta escenificación es, en realidad, un grito. Está pidiendo a gritos mudos que la salven. En verdad no me necesitan aquí.
Me han hecho venir por una sola palabra. Rescate. ¿O en qué estoy metido?
-He venido a rescatarla, señora –le digo, acercándome más-. Pero ahora es usted la que me tiene que ayudar.
Me acuclillo junto a ella. Quiero saber qué tiene delante suyo, cubierto por una manta. La levanto. Veo un pequeño cuerpo inmóvil y mucha sangre.
-Está durmiendo –me susurra.
No entiendo. Mis ojos deben mostrar pánico.
-Está durmiendo –vuelve a susurrar ella, mostrándome una sonrisa que desaparece rápidamente para convertirse en llanto apagado.
Olvidando todos los riesgos posibles trato de palpar el cuerpo del niño, en busca de la herida y la procedencia de la sangre, pero ella retira mis manos, protegiendo a su hijo.
-No es su sangre –me susurra.
Decenas de escenarios se suceden en mi mente en el término de unos instantes.
(Continúa…)
HjorgeV
Pulheim/Colonia, domingo 15-04-2007
P.D.: Hoy ha llegado esta bitácora a recibir la visita número 3 mil desde su inicio, el 3 de enero de este año 2BOND.
Me había propuesto realizar este experimento, pasara lo que pasara, durante 3 meses, manteniendo un ritmo de dos o tres entradas semanales y sólo ofreciendo material verdaderamente fresco. Hasta ahora van 73 propias en casi 14 semanas.
No sé muy bien cómo, pero he cumplido.
A lo largo de estos poco menos que tres meses y medio, más de las tres cuartas partes de las veces no he sabido qué diablos iba a escribir al sentarme frente a la pantalla en blanco.
¡Gracias mil a todo/as ustedes por su fuerza, energía y tiempo compartidos, incógnitos visitantes!
HjV
Escrito por hjorgev