LA ESPOSA SECUESTRADA (IV)

23 Abril 2007

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-Sabes muy bien que sólo tienes que traducir y punto, Jorsche –me dice él. No puede evitar su ¿frustración?, ¿o es simple irritación?

-Me conoces bien. Sabes que llego hasta donde se debe llegar y punto -le espeto.

-Es que no debes llegar a ningún punto, Jorsche. La policía te paga para que sirvas de traductor e intérprete y no para que te entrometas en nuestro trabajo.

Me lo quedo mirando. La policía es la que me paga. No él.

De reojo veo cómo dos sanitarios hacen su ingreso a la casa y se dirigen hasta donde está la mujer con su hijo, seguidos de uno de los policías de la entrada. Es gente experta y fogueada, pero dan la impresión que les debe gustar hacerlo como la primera vez.

-¿Qué pasa, Andreas? –le pregunto, pasando a la posición comprensivo, en la consola de mandos de mis estados emocionales.

Nunca me ha tratado así. Nunca me ha venido con eso de la policía te paga para esto y no para que hagas lo otro.

¿Qué sucede con él? ¿O se trata de simple estrés?

¿Cuántos años lo conozco? ¿Cinco, seis? No: casi siete años. Entonces no vivía en el pueblucho que vivo ahora y allí ya llevo casi seis. Es la mejor forma de calcular que tengo. Antes me dejaba llevar por otros parámetros. Conforme avanza el tiempo éstos cambian.

Ahora es la edad de mi hija mi único y principal parámetro. Así puedo saber hace cuántos años conocí a su madre –que alguna vez deseó ser mi mujer para toda la vida- y desde cuándo he vuelto a vivir solo.

-Ya sabes lo que pasa, Jorsche –me dice él-. Los colegas se enteran y empiezan los problemas.

-¿Qué colegas? ¿Qué problemas?, Andreas –le pregunto sin llegar a entender nada.

Entonces, mi mente suma uno más uno sin habérmelo propuesto y hace clic. Ya lo tengo, me digo.

-Si por lo menos te mantuvieras en un nivel discreto, Jorsche –agrega, sabiendo que me revienta que esté repitiendo mi nombre.

-Sabes que no voy a cambiar, Andreas. El problema lo tienes tú. No yo.

-¿Yo? –me responde él, con una pregunta, señalándose el pecho, levantando la voz por primera vez y soltando un poco del vapor caliente que lleva dentro, para tratar de calmarse enseguida-. Mira, vamos a ver qué pasa con la mujer y ya está. ¿Te parece mejor? Tú haces tu trabajo, yo hago el mío y después vemos. ¿Te parece bien?

Por un momento dejo mi respuesta en el aire.

-¿Llamaste a los artificieros? –le pregunto, tratando de pensar en que podemos salir volando en cualquier momento, y nosotros aquí peleándonos por algo que no llego a entender del todo bien. Ninguno de los dos lo creemos y nos quedamos mirando.

En la estación policial del aeropuerto de Colonia-Bonn los tres policías me rodearon. No temía que me pudieran golpear, pero había decidido no hacer absolutamente nada para provocarlos más. Detesto a los cobardes que suelen ensañarse con los más débiles. Y a aquellos que si tienen temor, además lo hacen en grupo.

Pero también sabía que los golpes no iban a ser irreales y que no los necesitaba para nada. Conocía muy poco a la policía en Alemania.

-Desnúdese –me ordenó uno de los acompañantes de Andreas.

Él se lo quedó mirando. De alguna manera se estaba saliendo el otro del guión. Pero no lo iban a discutir delante mío.

Por un momento pensé en resistirme. Sabía lo que querían. Querían revisarme el trasero en busca de drogas que no iban a encontrar, que no estaban buscando y que simplemente no existían. Simplemente me querían humillar, para ponerme en mi lugar.

Quise pedir un abogado. Pensé en amenazarlos con inexistentes contactos diplomáticos. Por un segundo se me pasó por la cabeza pedirles disculpas por mi conducta.

-¡Desnúdese, le he dicho! -bufó.

-¿Que me desnude quiere? –le pregunté, mirándole a los ojos con todo el brillo posible y tratando de esbozar una sonrisa monalisiana, enigmática.

-¡Ha escuchado! –ladró otra vez el agente, pero empezando a bajar la voz.

Había conseguido que se sintiera inseguro. Sospecho que allí empezó a sospechar algo en mi actitud, que yo ya no mostraba inseguridad, ni miedo ni temor alguno. Había olido mi sarcasmo, pero todavía no se enteraba por qué.

Empecé a desnudarme. Lo más rápido que pude. Cuando solo me faltaba la última pieza pregunté:

-¿Contra esa pared?

-¡Sí! –respondió el tercer policía, que hasta el momento no había dicho nada, creyendo que iba a empezar la función.

-Con mucho gusto –dije yo, sacándome el calzoncillo, tirándolo al pequeño montón que había formado con mis vestimentas y dirigiéndome con prisa a la pared señalada.

Coloqué mis dos manos contra ella, ahora con cierta parsimonia y abrí las piernas.

-A ver –dije, mostrando un verdadero placer que en realidad no sentía, pero mi rabia me ayudaba en la actuación-. ¿Quién es el valiente?

Los tres se miraron entre sí.

-A ver –volví a repetir-. No me quiero resfriar. ¿Quién desea el mejor de mis regalos?

-¿Ya ves? –me pregunta él, airadamente-. Otra vez te estás metiendo.

-Andreas –le digo, tratando de hacer más profunda mi respiración y no caer en provocaciones absurdas-. De haber algún explosivo en esta casa, la vida de esa mujer y su hijo, tu vida y la de tus colegas, la vida de los enfermeros y mi propia vida están en peligro. Está bien. Tienes hoy algo contra mí y te importa un pepino mi vida. ¿Pero por qué ha dejado de importarte la tuya y la del resto de la gente que trabaja como tú, como yo?

-Ya he ordenado que los llamen y deben estar en camino -me responde él, entre dientes-. Y además ya escuchaste a la mujer. No hay peligro inmediato. Pero eso no cambia nada lo fundamental de mi descripción.

Me está hablando raro. ¿Fundamental? ¿Qué sucede con él?

Por un par de instantes, quiero sonreírle y hacer como si no pasara nada. Disculparme para ir al retrete y salir luego por la ventana o por donde sea. Sin darle ninguna explicación. Sin dejarle ninguna posibilidad de corregir su error.

Pero en realidad no es su error. Es el mío. Aunque tampoco es el mío. Son las circunstancias que se han dado así y tal vez sea el momento de enfrentarse a ellas.

Aquella vez en el aeropuerto ninguno de los tres policías se había atrevido a acercarse. Después de algunos momentos de incertidumbre, Andreas les hizo seguramente una señal para que los otros dos se retiraran.

-¿Qué es lo que sucede, joven? –me preguntó.

Su tono era desafiante, pero amigable y sensato a la vez. Como se debería tratar todo el mundo por todo el mundo. Hay un problema, está bien. No entiendo mucho, pero si hacemos un esfuerzo podremos entendernos. Además había usado el joven colonés conmigo; hombre joven, en realidad, que se usa hasta con los ancianos si se quiere mostrar especial cordialidad.

-¿Puedo vestirme ya? -le pregunté, todavía medio aturdido por mi actuación.

-Por supuesto –fue su respuesta.

-Ofrecí mi ayuda -empecé a explicarle, como una forma de devolverle el favor- para ubicar mi visado en el pasaporte y a su colega no le gustó mi ofrecimiento. Después no lo pudo encontrar y se molestó conmigo. ¿Puede decirse que debo acusarme de haber querido ayudar a un policía tozudo y miope?

Andreas sonrió. Se le veía bien para ser policía. Fuerte, sano, treintón y simpático. La mayoría cumple fácilmente lo primero y lo tercero, apenas lo segundo por lo del estrés y los turnos de trabajo. Y casi nunca lo cuarto.

-Usted no es ningún tonto –empezó a explicarme-. Lo he podido ver en la pantalla, después de teclear sus datos. Por lo menos ha pasado por la universidad donde yo quise estudiar. Y aquí me tiene, de policía.

No sabía adónde quería llegar. Pero me caía bien. Sabía o intuía yo que lo único que le interesaba era quitarse un problema –mi persona- de encima y continuar su trabajo. Ese tipo de gente que hace tanta falta en cualquier profesión en cualquier lugar del mundo.

-Ha sido un mal entendido y ahora solo quiero irme a casa –le dije, ya casi completamente relajado.

-Eso es lo que había querido escuchar –replicó él.

-Bueno –agregué-. Si no tiene ningún inconveniente, preferiría retirarme.

-Lo entiendo. Aquí también tenemos mucho que hacer. ¿Qué tal Mallorca?

Sonreí. Me gusta la gente inteligente y con buena onda. Aquella capaz de poner la cara a los problemas cuando es necesario, pero que también puede relajarse después y concentrarse en las cosas buenas de la vida. El buen trato, una buena conversación, sonreír. Esas cosas cada vez más difíciles de encontrar.

-Dos semanas es demasiado –fue mi sincera respuesta.

Los primeros días habían sido fenomenales, pero conforme se alargaban, y el bronceado ya se había asentado, el paisaje se repetía y la gente por las noches parecía ser la misma, la soledad rodeado de gente se me habia ido haciendo cada vez más insoportable. Encima, yo había viajado tratando de olvidar una pena de amor. Que es la mejor forma de echarse a perder unas vacaciones de verano, muchas veces.

-He visto que usted es traductor e intérprete –me dijo.

-No lo soy. Trabajo como traductor e intérprete –acentué.

-Entiendo. ¿Usted es soltero, no? En sus datos figura que estuvo casado con una alemana pero que ya están divorciados. ¿Matrimonio por conveniencia?

Le sonreí, sin responderle. Simplemente porque había sido una mezcla muy especial mi verdadero caso matrimonial. Pero eso no lo podía saber él. Decidí no responderle.

Le estreché la mano.

-Eu hablo un poquiño de español -dijo él, a modo de saludo.

Su portuñol no estaba mal y se hacía entender. Pero era portuñol. Ni castellano, ni portugués.

-Ah, a usted le gusta mucho Brasil –le dije en portugués brasileño, tratando de imitarlo lo más melodiosamente posible: Parece que você gosta muito do Brasil.

-Lo adoro –me respondió, en alemán.

-Pero perdió a su mujer por eso -probé mi suerte.

Me quedó mirando. No supe si estaba a punto de llorar o reírse.

-Mire –me dijo, poniéndose serio-. De vez en cuando necesitamos traductores intérpretes, si usted tiene interés, llámeme y quedamos en algo. Tal vez podamos cerrar un ojo en su caso. Lo importante es que domine su oficio y sea muy flexible con los horarios. ¿Le parece?

Me había guiñado un ojo entonces. Un producto de los últimos tiempos, me dije. Del turismo, en realidad. De la gente que viajando aprende que no se puede hacer todo a rajatabla. De hecho, los grandes políticos son los primeros en demostrarlo, pero en la peor de las formas.

Se lo había comentado yo después, en alguna oportunidad, y lo había hecho sonrojar.

-¿Qué pensaste, que yo era un policía corrupto? -me preguntó, sabiendo ya yo que no era así.

Después me iba a contar que pasó un tiempo en Brasil, después de separarse de su primera mujer. Ese había sido el orden de las cosas, no el que yo había supuesto, tocando un nervio principal en su vida.

-Trabajo es trabajo –le respondí, entregándole una de mis tarjetas que ellos ya habían visto al revisar mis cosas, y tomando, a mi vez, su tarjeta y guardándola en mi billetera como un pequeño tesoro que acababa de descubrir. Solo quería llegar a casa.

-Me cae bien la gente con recursos -me dijo a modo de despedida.

-Soy peruano -le respondí, ya distraídamente.

-Pero honrada -añadió, para dejar las cosas bien en claro.

-Soy latinoamericano -insistí, poniéndome alerta, por si no había entendido, consiguiendo irritarme un poco-. La historia nos ha forzado a saber tener siempre recursos. Pero fueron los europeos nuestros primeros inmigrantes ilegales. Si desea hablar usted de honradez…

-Y eu alemán -me respondió él, en su portuñol, con una sonrisa, cortándome, mirándome amigablemente a los ojos con los suyos azul verdosos y volviendo a chocar su mano con la mía.

(Continúa…)

HjorgeV

Sinthern/Pulheim/Colonia, lunes 23-04-2007