SI ESTÁ CLARO PARA MÍ…

felder-masuren.jpgSuena el teléfono.

-¿Diga? –respondo.

-Señor Digah, buenos días -me dice una voz que suena como la de alguien que debe trabajar en una oficina y está acostumbrado a hacer varias docenas de llamadas al día.

-Buenos días –le respondo.

Me dice su nombre, su función y lo que desea. No le entiendo un carajo.

Es decir, entiendo sus palabras, pero, como me ha interrumpido en mi lectura de A salto de mata de Auster, no le he prestado atención y ahora no sé bien lo que quiere de mí. Concretamente.

-¿Podría repetir, por favor, lo que ha dicho? -le ruego.

El hombre me vuelve a soltar su Kalaschnikov, su ametralladora verbal.

Ajá, me digo, otra persona que cree que el hecho de repetir algo todos los días durante años, tiene que tener como resultado automático que toda la humanidad se lo tenga que saber de memoria.

Como soy extranjero en este país, llevo viviendo 22 años aquí, tengo una familia germanoperuana, pero no puedo votar ni tengo pasaporte alemán (ni me interesa tenerlo), me puedo permitir pedirle algo:

-Hágame el favor de deletrear su nombre y su apellido, lentamente, por favor.

-¿Tan difícil es? –me pregunta él, ruisueñamente, antes de pasar a hacer lo que le pido.

No le digo algo que él también sabe, pero que se suele olvidar: un mismo nombre puede tener varias grafías en este idioma.

Tomemos el apellido (alemán) de uno de los más talentosos poetas castellanohablantes de la historia, el de Gustavo Adolfo Bécquer. Se puede escribir tanto Becker como –más raro- Bekker. Seguro que también existe Beker.

Vayamos más lejos. Para el apellido Mayer existen las siguientes variaciones: Maier, Meier, Meyer, Mayer, Maiar, Meiar. Y todas suenan igual, porque la ei suena como ai y la ye como la i latina, en alemán.

-No es difícil –le respondo-, pero usted conoce sus datos desde hace mucho tiempo y los debe repetir cientos de veces cada semana. Para mí es la primera vez que los escucho y quisiera saber bien con quién estoy hablando. Dígame, por favor, qué se le ofrece –añado, pasando a hablar alemán con acento del sur.

Debo decir que a pesar de los años que llevo en este país y de lo más o menos bien que hablo su idioma, no he podido encontrar una forma estándar de expresarme. Como llegué ya de adulto, no me fue posible ‘copiar’ el acento del lugar.

(Algo que se aprende muy bien de niño o hasta de adolescente sin ningún problema jugando y compartiendo en una escuela con jóvenes aborígenes alemanes, por ejemplo. Aún empezando de cero, como bien demuestran los intercambios estudiantiles.)

Entre otras razones, por no existir un acento único, ya que Colonia es una típica ciudad de paso, ya desde la Edad Media.

Lo que sí puedo, y lo uso muy pocas veces, es imitar más o menos bien varios acentos –incluido el de esta región-, pero no por mucho tiempo, porque me cansa.

-Ah, pero sí habla bien el alemán –me dice mi interlocutor estatal.

-Lo que no he entendido bien es su nombre ni qué es lo que concretamente desea. ¿En qué lo puedo servir?

-Mire –me dice él-, se trata de esto, tal y lo otro…

Son trámites burocráticos.

Una de las cosas que más amo en esta vida.

-¿Podría darme su nombre y sus señas completas, señor Digah? -me pregunta él, para terminar.

- No me llamo Digah –le digo, y le suelto mi verdadero nombre, apellidos, fecha y lugar de nacimiento, número de pasaporte, dirección, número de calzado, teléfono y la temperatura del día.

-No, no, no –me dice él-. No tan rápido, por favor.

-¿Tan difícil es? –le pregunto yo.

Me ha sucedido y me sigue sucediendo muchas veces.

Mucha gente parece pensar así:

Si está claro para mí, está claro para todo el mundo.

O: ¿Cómo puede ser posible no entender o ver algo que yo veo y entiendo con una facilidad espantosa?

Para tomar un ejemplo fresco: el de ayer cuando tuve que ir a recoger a una de mis hijas de la casa de una amiga con la que se había ido saliendo del colegio.

Vivimos en una zona rural, al borde de Colonia. Todo esto era hasta hace unos 30 años sólo campos de cultivo, adornado por aquí y por allá por puebluchos en los cuales residían, principalmente, los agricultores de la zona.

Con el repunte económico de Alemania después del desastre de la guerra -el llamado Milagro Económico Alemán-, el interés por la agricultura empezó a decaer drásticamente en este país.

Para aumentar su atractivo, el gobierno empezó a incentivar (subvencionar) la actividad agraria (con gravísimas consecuencias para la economía de los países pobres: allí están las pateras que llegan de África como uno de sus efectos más espectaculares y actuales), pero no consiguió del todo que los jóvenes abandonaran sus pueblos para irse a la ciudad.

Ahora se ha puesto de moda vivir en estos puebluchos: es mucho más barato que hacerlo en la ciudad y el paisaje y el aire no se pagan. Pero no es fácil hallar los caminos.

-¿Mapi? –me pregunta mi hija, llamándome por teléfono desde la casa de su amiga-. ¿Podrías venir a recogerme, Mapi?

-Dime dónde es, hija.

Trata de describirme el camino, pero como no me quedo del todo seguro de haberlo entendido, le pido que me pase con la mamá de su amiga.

-Es fácil –me dice ella, después de saludarnos-. Usted se viene por tal carretera, hasta el siguiente cruce. Llegando al primer letrero del pueblo dobla a la izquierda. Allí estamos.

-Discúlpeme –le digo-. El cruce lo conozco. Pero allí, ¿a la izquierda o a la derecha?

-¡A la izquierda, pues! -se asombra ella-. ¡A la derecha se va directamente a la autopista!

-Ajá –comento, sin valor para preguntarle, ¿cómo diablos voy a saber yo lo de la autopista?

-Muy bien. En el cruce, sigo a la izquierda.

-Así es. A la altura del letrero que anuncia el pueblo, dobla a la izquierda.

Le doy las gracias, repaso el camino mentalmente y la vuelvo a llamar.

-Dígame, señora. El cruce está en el pueblo tal, en Manstedten, ¿ustedes viven allí?

-¡No, no! En el siguiente, en Fliesteden. ¡Cómo se le ocurre, en ese pueblo aburridísimo! -exclama.

-O sea que tengo que salir del pueblo donde está el cruce, de Manstedten, y seguir hasta llegar al siguiente, Fliesteden, avanzando un par de kilómetros por los campos, ¿no?.

-¡Pero, claro! -me dice ella.

Espero que me diga que eso lo sabe toda su familia, incluídos los tíos, abuelos y sobrinos; la gente del pueblo y sus familias, y otras amigas de su hija y sus propias amigas y… Pero no lo hace.

-Ahhh –le respondo, ciertamente aliviado.

Y me despido cordialmente.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, viernes 25-05-2007


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