BEBES POLÍGLOTAS

Siempre me ha resultado fascinante revisar la variedad de preguntas que tienen los lectores de esta bitácora.

¿Qué me quiere dar a entender una muchacha al sonreír mordiéndose un labio?

(¿Qué desavisado puede preguntar tal cosa? Así de inocente, pensaba, solo era yo de muchachito.)

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¿Qué es una confusión sanguínea?

(Me he quedado confundido con la pregunta.)

¿Cuándo empezar con la enseñanza del tercer idioma?

(Mi respuesta: ¡después del segundo!)

Etc.

Estas son algunas de las preguntas por las que llega una parte de visitantes a mi bitácora. Las hay más atrevidas.

Me permitiré atenderlas de vez en cuando.

Veamos.

¿Desde qué edad puede aprender un niño un segundo o tercer idioma?

Esta es una pregunta que se hacen muchos padres.

Sobre todo aquellos con historia emigrante a sus espaldas. Es decir, aquellos para los que una segunda lengua constituye una necesidad y no un lujo.

Hablemos claro: todos hablamos varios ‘idiomas’. O, para no exagerar, varios ‘dialectos’ de uno solo. ¿Les parece una broma? (*)

Desde muy temprano aprendemos a mantener dos o más formas de expresarnos, con su propio vocabulario y hasta su propia gramática.

Pongo mi ejemplo, porque lo conozco bien.

En mi época del colegio, y por tratarse de un colegio mixto (nada sobreentendido en aquellos tiempos en mi país), nosotros los jovencitos teníamos que dominar varios ‘lenguajes’.

Uno era el que usábamos con nuestros amigos y conocidos: entre los ‘hombres’.

Otro era el reservado para nuestros padres y demás personas mayores.

Y había un tercero, que sólo usábamos con las chicas.

Una de las sorpresas que me llevé en mi último viaje a Lima, el año pasado, fue ver que esto último parece haber desaparecido. En parte, me imagino. (Y lo espero.)

Está de moda, me enteré, que las chicas se expresen como los muchachos.

Con todas las lisuras, malas palabras, ‘tacos’, palabras secretas y demás obscenidades y particularidades propias de la adolescencia y la primera juventud masculinas.

Una noche de ese viaje quedamos con mi hermano Michael y su esposa, Gabriela, en barranquear (pasar la noche de juerga en Barranco).

Como él no había contado con el acuciante tráfico nocturno de fin de semana de esa zona, tardó casi una hora en llegar al punto de reunión.

De tal manera que a mi esposa y a mí, no nos quedó otra cosa que esperar en una de las esquinas del parque de Barranco, contemplando el trasiego juvenil -adolescente- en busca de juerga.

Me quedé completamente desconcertado y alelado con la cantidad y el calibre de obscenidades y demás floreos que escuché salir de la boca de muchachas y muchachitas en esa más de media hora que estuvimos allí esperando que mi hermano encontrara dónde estacionar su automóvil.

¡Y con qué naturalidad lo hacían esas chicas de clase media limeña que se movían por el parque de Barranco!

¿Ahora está claro a qué me refería cuando decía que todos nosotros dominamos varios ‘lenguajes’ que solemos saber mantener bien separados?

(Esas muchachitas parecen ser un contraejemplo, pero lo suyo es simple moda girlie, me explican.)

Un bebé cualquiera, cuando nace, no sabe si tendrá que aprender uno o más idiomas. O, quién sabe, hasta cinco o más.

Lo que sí parece ser fundamental es la importancia de separar claramente los idiomas.

Cuando conozco a algún compatriota o castellanohablante aquí en Colonia y en sus oraciones y frases castellanas entremezcla palabras y expresiones alemanas, le suelo decir:

-Tú llevas unos meses, a lo máximo año y medio aquí.

-¿Cómo lo sabes? –es la pregunta obligatoria que me devuelven.

-No lo sé bien –le respondo-. Pero te recomiendo no mezclar los idiomas si de verdad quieres aprender el nuevo a cabalidad y no olvidar el tuyo propio.

Conozco el caso ilustrativo de una de mis sobrinas, la hija de una de mis hermanas.

Su padre es usamericano, la madre es hija de peruano (mi padre) y alemana (la segunda esposa de mi padre) y habla tanto castellano como alemán. Por razones de trabajo, vivieron y siguen pasando temporadas largas en Brasil.

Es fascinante ver como mi sobrina habla inglés gringo con su padre, pasa al castellano o alemán con la mamá o parientes de ella, y termina comunicándose en portugués brasileño con la bella garota que los ayuda en las tareas de la casa y el cuidado de los niños.

Nuestro caso particular es el siguiente.

Como mi esposa (alemana) habla muy bien el castellano, por haber vivido en Valencia de jovencita, y este fue nuestro idioma ‘oficial’ desde el comienzo, no fue ningún problema mantenerlo así cuando nacieron nuestras dos primeras hijas.

Cuando llegó el momento de pasar al Kindergarten (literalmente: jardín de los niños), nuestras dos hijas ‘descubrieron’ el alemán como un segundo idioma.

Y aquí viene el punto más interesante en este asunto.

Antiguamente se creía que el idioma que dominaba en una persona era la llamada ‘lengua materna’.

Yo, ahora, sin apoyarme en ninguna teoría ni libro sino en mi propia experiencia y en mis observaciones, me atrevo a afirmar que el que ‘manda’ es el idioma de los juegos.

Llegadas al Kinder, mis hijas, como normal efecto de mimetización, empezaron a hablar alemán entre ellas. Algo que no han abandonado hasta ahora, por más esfuerzos que he hecho.

Lo mismo ocurrió con Jorge Juan, el tercero.

Empezamos todos hablando castellano con él, pero bastó que él empezara a jugar con sus hermanas y otros amiguitos, para que se pasara fácilmente al idioma de sus juegos, al alemán.

Por eso, con nuestro cuarto hijo, Osé Tonio Él (José Antonio Miguel), hemos tomado las debidas precauciones y hemos comprometido a sus hermanos a estar obligados a hablar solamente castellano con él.

No fue fácil. Y tuve que usar todos los trucos posibles. Uno de ellos, el más poderoso, fue dejarles bien claro que hablar más de un idioma no sólo es bonito: da también muchas ventajas.

Como todo no es flores, también hemos tenido quejas de parientes (una tía y mis suegros) y de algunos padres de los amiguitos de nuestros hijos.

Les hemos dicho que lo sentimos mucho pero que la educación de nuestros hijos está por encima de la comodidad (idiomática) de otras personas.

Felizmente, la reacción común y normal de la gente que frecuentamos es la siguiente:

“¡Qué bonito y qué envidia ver crecer a niños bilingües!”

Y allí tenemos –todavía: ya veremos qué pasará cuando vaya al Kinder- a nuestro Osé Tonio Él, jugando con sus amiguitos del barrio y hablando en alemán con ellos, pero comunicándose en castellano con sus hermanos.

Hasta ahora sin ningún tipo de conflicto, felizmente.

El otro lado de la medalla lo muestran aquellos inmigrantes –madres, sobre todo-, quienes, en su afán de que sus hijos sí hablen el alemán correctamente, les niegan el (su) castellano.

Para mí ha resultado fascinante ver cómo los hijos de la primera gran oleada de inmigrantes peruanos (la gran mayoría, lamentablemente, sin documentación regularizada), cuando nos reuníamos en el parque de la universidad de Colonia para celebrar las fiestas patrias, por ejemplo, hablaban entre ellos y con los padres un alemán como el de cualquier otro niño de este país.

Los políticos que se quejan de que los turcos siguen sin asimilar por completo su idioma (y llamándolos desadaptados y renuentes a la integración por eso), podrían tener en este ejemplo la perfecta demostración de que el aprendizaje de cualquier idioma es un juego…¡de niños!

Pero, para jugar, los niños tienen que juntarse.

Los ciudadanos turcos llegados como trabajadores invitados, llevan ya casi cuarenta años aquí, y, sin embargo, los alemanes siguen sin saber siquiera cómo dar las gracias ni cómo decir buenos días en el idioma de la gente que tanto ha aportado al desarrollo económico de este país.

Porque los alemanes simplemente no han querido que sus hijos jueguen con los niños turcos. (Está cambiando un poco el panorama.)

Lamentablemente suele ser un falso orgullo el que -la mayoría de las veces- motiva a estas mujeres latinoamericanas -que decía- a hacer primar el alemán en la educación de sus hijos.

Se ve y se escucha cada vez que se pisa un aeropuerto de cualquier ciudad latinoamericana.

Cuando llega un avión de Europa: esas madres ‘se lucen’ hablando y comunicándose sólo en alemán (o italiano o francés) con sus hijos.

¡Hasta gente claramente peruana, proveniente de España, he escuchado hablar como el más castizo de los castizos!

No lo dude usted, por eso, madre o padre.

A los niños sólo se les puede hacer un gran favor –en todo sentido- fomentando en ellos el amor por los idiomas y apoyándolos en ese aprendizaje.

¿Y a qué viene todo esto?

Ah, sí.

Una lectora preguntaba por la edad más conveniente para que los niños pequeños empiecen a aprender tres idiomas.

¡Desde la primera semana de embarazo!, es mi respuesta.

            HjorgeV

            Pulheim-Sinthern, miércoles 30-05-2007

P.D.: Justo hoy colgué lo siguiente como ejemplo de la ‘jerga peruana’. A ver si lo entienden:

“¡Y no se me palteen, patitas, que ganas no le faltan a yolanda de hacer collera alrededor de un par de chelas bien al polo con la mancha y pedirle al mozambique que se traiga un trapiche para dejar bien pilcha la mesopotamia antes de zamparnos una buena tranca! Me las pico que se me hace tarzán, chocheras”. HjV

 

Una respuesta para “BEBES POLÍGLOTAS”

  1. Edu Dice:

    Hola
    Me encanto tu perspectiva.
    Hace tiempo que no veo y escucho esa jeringa que has aplicado al final.
    saludos y muchas bendiciones.

    Rpta.: Hola, Eduardo. Gracias a ti. Cada generación tiene sus cosas. Unas quedan, otras pasan. Felizmente, en ambos casos. Saludos. HjV

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