LA ESPOSA SECUESTRADA (X/Fin)

21 Mayo 2007

colonia.jpg

-Si algo estoy buscando aquí, es información.

Es mi voz.

Es mi forma de luchar contra el miedo.

-La información no me va a saltar a los ojos –sigo diciéndome, sin saber lo que me espera aquí, abajo-. Ergo, tengo que buscarla.

Las ventanas de un sótano no suelen servir como fuente de iluminación y éstas no son la excepción. Pero, como es de día, dejan entrar algo de la luminosidad exterior. Me quedo, por eso, unos instantes parado, hasta que mis ojos se han acostumbrado del todo a la oscuridad.

Cuando puedo distinguir lo suficiente como para ver dónde están los interruptores junto a la puerta del cuarto de lavar en el que me encuentro, me dirijo hacia ellos. Mis piernas tiemblan ligeramente al dar los primeros pasos.

La luz que acabo de encender me parece tan fuerte, que por un momento olvido estar en un subterráneo. Paseo mi mirada por todo el recinto y me digo que aquí tengo que empezar mi tarea y concluirla.

Sin pensármelo mucho, paso a la acción. Divido su superficie en cuadrículas de unos 30 centímetros de lado, a revisar en 20 segundos cada una. Calculo que la habitación debe medir unos 35 metros cuadrados y obtengo la misma cifra que había calculado al ojo: unas dos horas de trabajo concienzudo.

Después de la primera hora de cuclillas sobre el suelo del recinto, empieza a invadirme el vacío. Lo conozco y ya no le temo.

No he encontrado nada y no sé lo que busco. Eso es lo que crea el vacío.

Pero yo le contrapongo empeño y voluntad de no cejar, me digo que mi día destinado a mi hija se va haciendo así más corto y me entrego a la siguiente hora de rutina.

Cuando me falta apenas una esquina por inspeccionar, el vacío ha sido -casi por completo- desplazado por un pequeño sentimiento de orgullo. Lo he alcanzado. Me he sobrepuesto al vacío. Mi cuerpo se alegra.

Saber no rendirse es algo que no se enseña en las escuelas.

Pero todavía me queda mucho por recorrer.

Termino en el cuarto de lavar y paso al recinto principal del sótano, el cual descarto enseguida como escenario de lo que pudiera haber ocurrido. Sin embargo, calculo 10 segundos por cada cuadrícula y termino en más o menos una hora.

Siento hambre y sed. Temiendo contaminar alguna huella, subo por la escalera y uso el primer retrete que encuentro. Arriba no tengo que encender ninguna luz por ser de día. Me pregunto cuáles serán mis siguientes pasos en caso de no hallar nada verdaderamente interesante en el sótano. Lo poco que he hallado –huellas de sangre- no está mal, pero no me lleva a ninguna gran conclusión.

Me lavo las manos y bajo por las escaleras, porque deseo salir por donde entré.

La habitación del sótano y su pequeño retrete los he dejado para el final. Decido hacer una pausa, comer y beber algo, y volver. Cargar energías, ventilar mi mente para la etapa final.

Salgo por la misma ventana con dificultad hacia el exterior, siguiendo el mismo camino entre los arbustos y árboles para llegar a la calle. Ahora veo menos gente que cuando llegué.

No lejos de aquí debe haber un negocio de comida rápida, me digo. Han proliferado en la última década y aparecen y se reproducen como hongos. El negocio de calentar una masa de harina, colocarle proteínas condimentadas, salsas y un poco de cebolla y lechuga dentro, lo dominan los turcos, seguidos de los griegos, algunos persas, ex yugoslavos y, rara vez, los alemanes.

En el primer negocio que ubico pido un Dönner con pollo, sólo cebolla y lechuga verde, tzatziki y salsa picante. Lo baño todo con limonada turca. El sabor de la cebolla, en combinación con el del yogur y la salsa picante, han conseguido hacerme sentir que estoy en condiciones de seguir.

Vuelvo a mi lugar de trabajo. En el camino marco un número.

-Hidráulicas Uhlen, buenos días –me dice una voz, aparentemente amistosa.

-Mi nombre es Digah. Quisiera comunicarme con el señor Uhlen, por favor.

-¿Tiene usted una cita? –me pregunta la voz, abandonando casi todo vestigio de simpatía.

He escogido mal el método. Me debe tomar por un vendedor de seguros o de cualquier otra cosa.

-¿Son esas formas de recibir a un viejo amigo del barrio? –le pregunto, fingiendo sorpresa.

Consigo que sonría nerviosamente y que se disculpe. Pero decido colgar.

La llamada me ha frustrado. Decido calmarme. Veo mi automóvil y me dirijo hacia él.

Es una camioneta urbana Astra de color gris plata. Detrás, permanentemente, llevo dos juegos completos de camisetas de mi equipo y una docena de pelotas para mis entrenamientos. Una de las varias razones que han motivado la separación de la mujer con la que estaba a punto de casarme.

Detestaba que la gente de la televisión pudiera enterarse de mi interés activo por el balompié.

Quiero pasar unos momentos sentado y pensando.

Vuelvo a marcar el mismo número.

-Con ventas –exijo con marcialidad, antes de que pueda soltar su rollo de saludo la telefonista.

-¿Podría decirme a quién puedo anunciar? –consigue preguntarme.

-¡Con ventas, señorita, por favor! –vuelvo a exigir, como si me estuviera dirigiendo a un batallón de soldados y se tratara de un cliente importante e impaciente.

Escucho que pasa la llamada.

-Estoy llamando desde Lima, señorita –le digo, en un alemán claro, pero con acento limeño, para hacer todo más creíble.

-¿Sí, señor? –me responde una mujer que intuyo muy joven e inexperta, por la voz, y temerosa de hacerme gastar mucho dinero con mi presunta llamada de larga distancia. Suelo mantener oculto mi número.

-Se trata de la implementación de tres fábricas en el plazo de apenas dos meses, señorita. Quiero saber si su jefe estaría dispuesto a garantizarme el envío de las piezas puntualmente, tal como me lo ha prometido. Y quiero su palabra, la de él. No la de usted, señorita.

-Oh, oh, oh…-dice ella, como asustándose-. Él no se encuentra ahora, señor Digah. ¿Podría dejarme su teléfono?

-¿Dónde está, en la India? –lanzo un globo de ensayo.

-No, no, solamente aquí en Hungría, pero no volverá hasta el jueves o viernes.

Cuelgo.

Tengo el tiempo y la tranquilidad que había supuesto, pero que no se me había ocurrido verificar antes. Con el estómago lleno se piensa mejor, me digo, pero enseguida me arrepiento de haberlo dicho, porque noto lo bien que me caería una pequeña siesta.

Vuelvo a bajar por la ventana y me pongo a trabajar.

Cuando me levanto para ver qué hora es en mi celular, veo que no me queda ninguna superficie por recorrer. Y aunque la hubiera. He encontrado suficiente información, sin saber antes que iba a ser así.

Son más de las tres de la tarde. Sólo le quedan unas nueve horas al día.

Es hora de despertar a Andreas. Me siento eufórico por lo que he podido hallar.

Subo al automóvil y enciendo el motor. Guardo en la guantera mi hallazgo más importante. Pero no me siento del todo contento. Todavía quedan muchos puntos por aclarar. Tan poco contento, que apago el motor y me vuelvo a dirigir a la casa.

En el camino llamo a Andreas, despertándolo.

-Quiero escuchar la grabación –le exijo.

-Te devuelvo la llamada –me responde él, somnoliento.

Me quedo frente a la entrada de la casa. Ya no tengo que temer que alguien me pueda ver aquí o no.

Suena mi celular.

-Marca el siguiente número. Sólo tienes que decir tu nombre, están avisados –me dice Andreas.

Cuando uno de sus colegas me hace escuchar la grabación por tercera vez, ya no me quedan dudas. Debe tratarse de un chofer del este de Europa. De un polaco, supongo.

-¡Policía, policía! –se escucha su voz excitada, teniendo como fondo el ruido sordo y tenebroso del motor de lo que debe ser un camión intereuropeo-. Aquí bum bum. Venir, venir. ¡Aquí bum bum!

Luego se le oye dar una dirección y colgar.

Alguien de la central telefónica de policía ha interpretado: “Vengan, aquí hay una bomba”.

Los bum bum onomatopéyicos los ha transformado en bum-bum, o sea, en algo muy parecido a bom-ba.

El chofer polaco los ha usado para describir dos disparos, por no dominar el idioma alemán.

Observo el jardín desde donde estoy. Trato de ponerme en el lugar de la persona que ha tenido la idea, a la que he llegado yo luego de casi 4 horas de trabajo en la habitación que ha servido de refugio y vivienda a la mujer y su hijo.

El jardín es bastante extenso. Se trasluce el trabajo de un jardinero en él. Pero hay varios lugares en los que la naturaleza le ha ido ganando la mano a lo largo del tiempo. Es lo que busco. Y encuentro varias posibilidades.

Trato de pensar como ella. Pienso en el día y en la noche. En la cercanía de la casa. Me pongo a buscar. Como estoy muy cansado, ya, no lo hago muy meticulosamente, pero mantengo bien abiertos los ojos.

Después de casi una hora, encuentro el lugar. El agujero ha sido tapado de tal manera que esté a salvo del ataque de roedores y otras alimañas, olvidando que otras más pequeñas se encargan siempre de cumplir una gran máxima.

Polvo eres y en polvo te convertirás.

Dudo en si llamar a la policía o no. Después de todo, se trata de un cadáver.

Llamo a Andreas. Esta vez no contesta. Decido ir a darle una visita sorpresiva.

Cuando me abre la puerta y veo que algo tira de sus ojos y de sus párpados hacia abajo como por medio de dos hilos muy finos y transparentes, siento que no voy a ser capaz de decírselo todo.

No nos saludamos. Él piensa que vengo a hacerle reproches. No sabe qué he estado haciendo.

Acaba de salir de la ducha –por eso no me había respondido antes- y está preparándose algo de comer, vestido solamente con una bata muy amplia y de tejido muy grueso.

Me lo quedo mirando. Siento que me balanceo. Es el cansancio. Podría dejarme caer sobre su gran sofá negro de cuero. Despertar dentro de una semana. Lo suficientemente temprano como para recoger puntualmente a mi hija.

Tiene un departamento muy bonito. La puerta de entrada da directamente a la cocina, y ésta está comunicada con un pequeño balcón a través de un gran ventanal. Al fondo lo saluda todos los días la silueta de Colonia y su simbología: la catedral -el Dom-, la torre de televisión, el perfil del casco viejo de la ciudad, el puente Hohenzollern.

A la derecha está la sala, la que también posee un balcón y piso de madera. A la izquierda están las puertas que dan al cuarto de baño, al retrete y a dos habitaciones más.

-Un regalo –le digo, estirando la mano y entregándole lo que he envuelto en la servilleta del negocio de comida rápida-. De un amigo.

Me mira, entrecerrando los ojos. No sabe de qué le estoy hablando. No se atreve a estirar la mano. Su preocupación es todavía cómo va a hacer para salir del lío en que está metido.

Ahora entiendo su tensión y la desesperación de Sonia, casi doce horas atrás.

-¿Para mí? –me pregunta.

Asiento.

Cuando, finalmente, ya sabe qué es por el contacto, sin necesidad de retirar la servilleta, no sabe cómo reaccionar.

Por un momento creo que se le van a salir las lágrimas. Pero consigue escaparse haciéndome una pregunta tonta:

-¿Cómo entraste?

-La ventana abierta del sótano -le respondo.

-No pensé para nada en eso.

-Tu mente estaba en otro lugar. En otro tiempo. En otras circunstancias. En otras preocupaciones –le digo.

Él asiente.

-Ibas a ser padre –le lanzo la verdad. O lo que yo supongo que es la verdad.

Me doy cuenta que me he expresado mal. Pero ya es muy tarde. Ha sido padre. Pero la criatura ahora ya no vive más. Está enterrada en el jardín de la casa donde fue concebida.

Me mira como quién no entiende. Sé que es el schock. Lleva años buscando la pareja con la cual poder ser padre.

-La sangre es de ella. Debe haberle ocurrido a medianoche -añado.

Le alcanzo varias láminas de esas que sirven para albergar pastillas anticonceptivas. No han sido usadas regularmente. Las he encontrado ocultas dentro de un colchón camuflado.

-¿Ocurrido qué? –me pregunta él, como si todo esto no tuviera que ver con él y se tratara de una mala pasada. Pero yo sé que no lo es.

-No ha sido muy constante con lo de las pastillas –le digo-. Seguramente algo nuevo para ella. Ha abortado, Andreas. Un hijo tuyo –insisto-. El marido está vivo, de viaje de negocios en Hungría.

Para impedir que se derrumbe, le doy mi versión de los hechos. Quiero que el policía me escuche. Andreas puede esperar ahora. Tiene que esperar.

-El aborto ha debido producirse a eso de la medianoche –le voy explicando-. No existe ningún amante, Andreas. En el momento en que se dio cuenta que estaba embarazada de ti, decidió no seguir haciéndolo contigo. Sospecho que no lo hace con su esposo desde hace mucho tiempo. Por eso sabía que no podía ser de él. Y como no podía ser de él, en algún momento debe haber decidido abortar, seguramente aprovechando alguno de sus viajes. O tal vez fue un aborto natural. Hay huellas de sangre mal limpiadas por todo el pequeño retrete y la habitación. Mi suposición es que desesperada por no poder hacer un hoyo en el jardín para enterrarlo, debe haber pensado que uno o dos disparos le podían servir para ese propósito. O tal vez hasta pensó en suicidarse. No lo sé. He hallado los dos casquillos cerca de la sepultura improvisada, Andreas. Sospecho que como no hay casas a varias manzanas a la redonda, no temió que alguien pudiera escucharla, pero sí temió que su hijo pudiera despertarse. Así es que cuando se decidió por los disparos, también se decidió por sedar antes al niño.

-¿Y la sangre de la ropa del niño? –me pregunta él, como en trance.

-No sé –le respondo-. Solo se me ocurre pensar en algo ritual o religioso. Tal vez fueron las ropas sobre las que llevó a su criatura perdida hasta el jardín. No lo sé. Recuerda cómo lloraba. Hasta había pasado por alto que había puesto en peligro la vida de su otro hijo sin querer.

Mi amigo juega con la pistola entre sus dos manos. Revisa las dos balas que faltan. Permanezco en estado de alta alerta, aunque estoy seguro que no va a cometer ninguna locura.

-¿Sabes cómo están ellos? –inquiero, para distraerlo un poco.

-Felizmente bien. Acabo de llamar –me responde él, como un autómata-. Deberán pasar una noche más en el hospital.

-¿Qué piensas hacer? –le pregunto, por preguntar-. Respecto a ella, me refiero.

-No sé –me responde, manteniendo su mirada en el vacío. Todo le debe parecer un vacío, ahora.

Me acerco a él y lo sujeto de los hombros.

-No lo sé, Jorsche. ¿Y tú? –me alcanza a preguntar. Su voz se ha vuelto apenas un hilo.

-¿Yo? -le pregunto, sonriendo sin querer. Por esas cosas absurdas que tiene la vida, me ha causado gracia su pregunta.

-Sí. Dispara –me responde, sin abandonar su mirada perdida, su voz melancólicamente triste y olvidando que tiene él una pistola entre sus manos-. Dispara. Dímelo.

-¿Puedo usar tu sofá ahora mismo? –le pregunto, sorprendiéndolo.

Pero no espero su respuesta y me dejo caer de espaldas como por un alto y desconocido abismo.

Sólo quiero dormir y dejar que el día de mi hija termine.

HjorgeV

Sinthern, 16/22-05-07


UNA CIUDAD CLANDESTINA

17 Mayo 2007

berlin.jpgCaminar por las calles de Berlín tiene mucho de hacerlo por una ciudad del futuro.

Me refiero, sobre todo, al que fue el Berlín del Este.

Desde donde estamos, el puente Bornholmer, y que fue hasta 1989 uno de los límites ‘naturales’ de los dos Berlines, es posible contemplar los dos lados de la ciudad.

El ojo atento es capaz de reconocer la diferencia de arquitecturas y el estado actual de las edificaciones; muchas, en este lado, todavía en un deprimente estado ruinoso.

Es relativamente fácil saber si se está en el antiguo lado este de la ciudad. Basta con ubicar un edificio en el que es posible notar claramente que no se ha invertido ni un solo centavo en su fachada desde hace un par de décadas.

Algo impensable, o, por lo menos, raridad absoluta, en la antigua zona occidental.

-Esos orificios que ves ahí, en esa fachada, fueron producidos por balas durante la Segunda Guerra Mundial -me dice mi hermano Alexis, a quien hemos venido a visitar y nos puede acompañar porque hoy, jueves, es feriado en toda Alemania.

-O sea que muchos edificios no han sido renovados desde antes de la Segunda Guerra -le replico.

-Así es -continúa-. Pero ahora el mayor número de edificios completamente renovados está en esta zona oriental.

Eso se puede ver a simple vista.

También se ve edificios que han servido para experimentos artísticos y que presentan atrevidos diseños pictóricos. (‘Edificios payasos’, ha dicho uno de nuestros pequeños hijos.)

-¿Sabes que el muro se abrió más o menos de pura casualidad? -me pregunta mi hermano.

Niego con la cabeza.

Es más, no puedo acordarme, en mi primera visita a esta ciudad hace 20 años, de haber mostrado interés por ver cómo era el lado oriental.

Ahora sí.

Ahora trato de imaginarme cómo era eso de tener a una ciudad dividida por un muro, con dos zonas tan diferentes entre sí como un niño rico y uno pobre.

-¿Ves ese pequeño monumento? -señala el lugar por donde empezó a abrirse el muro, empezando a contar, mi hermano-. Está documentado. A un funcionario se le ocurrió decir en la televisión, una noche, que pronto podrían salir del país sin tanta burocracia los ciudadanos de la DDR que así lo desearan. Luego, a un periodista inquieto se le ocurrió preguntar si la norma ya había entrado en vigor. El funcionario, sintiéndose acorralado, dijo que creía que sí, y un par de ciudadanos de este barrio, quiso probarlo enseguida. Le dijeron a los guardias del puesto de control que acababan de ver en la televisión que ya era posible pasar la frontera sin mucha burocracia. Los guardias, sin saber qué hacer, intentaron comunicarse con sus superiores, pero sin suerte. Mientras tanto, la televisión ya se encontraba en el puente, donde estamos parados, filmando al grupo de personas junto al control fronterizo, cuyo número empezaba a crecer desproporcionadamente por influencia de las mismas imágenes de la televisión. Entonces -continúa su relato-, a uno de los guardias, se le ocurrió empezar a dejar pasar a la gente. El resultado es lo que vemos ahora desde aquí -concluye.

Seguimos camino hacia donde vive Daniel Caro, un peruano haciendo su doctorado aquí después de dos años de haber pasado mil y una aventuras para cumplir su deseo de estudiar en Berlín, y que nos ha invitado a almorzar y a pasar la tarde en el departamento en el que vive con su novia alemana.

No hace mucho tiempo, muchos de los edificios de esta zona de la ciudad tenían el mismo color gris crema, ideal para no tener que pintar la fachada durante muchos años sin que se note demasiado.

Creo que ésta es mi cuarta visita a Berlín y una de nuestras hijas, la que acaba de cumplir once años, ya ha notado una de las características que más saltan a la vista en esta ciudad.

-Por lo menos una de cada tres personas es muy rara -ha sentenciado Marisol.

Comparativamente hablando, hay mucha pobreza en Berlín.

El número de desposeídos es más alto que el de cualquier otra ciudad alemana.

No hablo con datos estadísticos, sino con lo que me dice el ojo y la sensibilidad.

Pero también hay mucho arte en esta ciudad, me digo. Se ve hasta en las múltiples e individuales modas que se pueden ver por las calles, a diferencia del cuadro parcialmente muy monótono e uniforme de otras ciudades.

Ese arte que se puede ver -a falta de otros canales comerciales de expresión, seguramente- sobre todo en el diseño de los diversos negocios que parecen estar naciendo cada día por docenas en esta ciudad.

Berlín es, para mí, un ejemplo de cómo serán las grandes ciudades del futuro: un lugar de encuentro inevitable entre diversas culturas, no necesariamente provenientes de diversas nacionalidades.

El sitio donde converge lo peor y lo mejor de una sociedad.

El refugio de mendigos, artistas pobres, aventureros culturales y pasotas. De negociantes emprendedores y socialmente ciegos. De empresarios turísticos y drogadictos abandonados a su suerte. De artistas galardonados y de otros por conocer. De las hormigas sólo entretenidas en mantener el movimiento de los engranajes de la sociedad de consumo.

De estudiantes de todas las nacionalidades junto a berlineses del este que siguen sin poder encontrar su rumbo en su nueva sociedad o ya lo encontraron. De gente con ideas y gente con sólo urgencias. De historias de éxito codeándose con las historias de la gente para las que Berlín se ha convertido en un inclemente laberinto sin salida.

Mi hermano dice que exagero -él vive aquí desde hace años y su vista ya se debe haber acostumbrado-, pero una de las cosas que una y otra vez me llama la atención, es ver la gran cantidad de gente ‘hecha polvo’ que puebla las calles de esta gran ciudad.

Los llamo fantasmas.

Creo que esa será otra de las características de las grandes ciudades europeas del futuro: su irremisible función de imán social, sobre el que luego recorrerán con sus pies cansados los grandes ‘perdedores’, los fantasmas que digo.

Anoche, con el fin de encontrarnos con Daniel, El Dani, visitamos mi hermano y yo un lugar típico de la movida berlinesa: un bar ‘clandestino’.

Ya no lo es, porque ahora es oficial y paga sus impuestos y ya nadie tiene que temer que pueda aparecer la policía a cerrar sus puertas, pero los visitantes siguen manteniendo ese aire de alta clandestinidad en el ambiente.

El bar se inició en un sótano en muy malas condiciones, de paredes rotas y altas paredes, en el que a alguien se le ocurrió amontonar varios sillones -de esos que la gente abandona en la calle- para poder escuchar el concierto de un grupo desconocido, bebiendo de botellas de cerveza.

Hoy sigue funcionando en el mismo sótano (gruesas gotas de agua caen por aquí y por allá sobre las cabezas de los visitantes desde viejas cañerías, aumentando la sensación de ‘clandestinidad’), pero también ya ocupa parte de la primera y segunda plantas del edificio. Ahora es un negocio a todo dar.

(A las plantas superiores sólo se puede acceder por medio de la única -!- puerta clandestina que primero conduce hacia el sótano.)

Me sentí muy bien en ese lugar mezcla de fiesta improvisada y lugar de citas políticas secretas. Sentí que la misma sensación era compartida por la gente joven -mayoritariamente estudiantes pudientes- a mi alrededor.

Pero también estaba seguro de que si, de pronto, el organizador hubiera detenido la música para anunciar que el municipio acababa de otorgarles la licencia para poder existir legalmente, la mayoría de los presentes habría abandonado corriendo el lugar.

Esa atmósfera siento por las calles de Berlín, ahora.

La ardiente sensación de andar por una gran lugar clandestino. Por una ciudad clandestina.

Pero que es mejor que sus habitantes no lleguen a enterarse que ya no lo es.

Por lo menos en el papel, no.

HjV

P.D.: Saludos desde Berlín para todos. Antes de salir de Colonia, habiendo recibido de manos de mi vecino y compatriota, Jorsche Digah, el último capítulo de La esposa secuestrada, lo envié como documento adjunto a mi dirección de correo electrónico.

Pensaba, así, recuperarlo aquí en Berlín y colgarlo ayer en esta bitácora, tal como tenía previsto y anunciado.

Lamentablemente, he olvidado mi contraseña de acceso (en casa mi computadora la tiene almacenada en la memoria) y recién el lunes, al regresar, me va a ser posible hacerlo.

Si logro recordarla antes, incluiré el final de La esposa inmediatamente aquí. Les deseo un buen fin de semana.


LA VOZ DE MI LECTOR ATENTO (Continuación)

15 Mayo 2007

¿No les pasa a ustedes que tienen una vocecita dentro que se atreve a pensar -y, a veces, a decirlo- más allá de lo que dicta el sentido común y las primarias reglas sociales?

En mi caso, es un animalejo (lo llamo mi Lector Atento) que tengo que estar manteniendo todo el tiempo en su lugar para que no se desboque y termine representándome allí donde no quiero, no es conveniente y hasta me pondría en aprietos.

Pero lo consigue de vez en cuando y tengo que usar toda mi racionalidad para saber defender la libertad del pensar y crítica.

Aquí le doy, por segunda vez, la oportunidad de expresarse -están advertidos- a la voz de mi Lector Atento. (Noticias correspondientes a la edición europea de El País del sábado pasado.)

20.000 EUROS DE MULTA POR EL SEGUNDO HIJO (38)

Interesante ver como, muchas veces, la ley no es capaz de frenar ciertos deseos de la población. Me pregunto hasta qué punto a una ley así, no le sale el tiro por la culata.

¿Se lo pueden imaginar, tratando de sacarle la vuelta al estado cada noche?

Si ciertas cosas funcionan así, me dice mi Lector Atento, una ley similar tendría que existir en Alemania, pero agregándole la prohibición de besarse.

Aunque siendo los alemanes tan pegados a la ley…

LITROS DE COLONIA PORA LA BORDA (39)

¡Qué alivio que alguien lo diga en voz alta! Finalmente, expertos en seguridad europeos cuestionan la prohibición de llevar líquidos en el equipaje de mano.

¿A quién diablos se le ocurriría semejante despropósito?, se pregunta mi Lector. Sólo en el aeropuerto de Frankfurt se incautan 2.500 litros de líquidos inofensivos cada día. Multiplíquenlo por 365, ahora.

El artículo termina con las palabras del eurodiputado liberal, Ignasi Guardans, quien considera que las medidas de seguridad en los aeropuertos son “puro cuento para que la gente se quede más tranquila”.

Lo sabía, me dice mi Lector Atento. ¿O tú crees que después del atentado a los trenes en Madrid, se implementaron las mismas medidas de seguridad que en los aeropuertos?

Imposible, me recuerda. (Yo añado que es el trauma usamericano de las torres el origen de medida tan abstrusa.)

RECONSTRUIR EL PASADO ALEMÁN (40)

¿Se lo pueden imaginar?

Se pretende reconstruir documentos pasados por la trituradoras de papel, por medio de un programa informático. Se trata de ¡12 Millones de tiras de papel! Las cuales serán escaneadas y la información será guardada en la memoria. El programa informático tratará de armarlas a modo de un gigantesco rompecabezas.

Tenían que ser alemanes, me comenta mi Lector Atento, sintiendo yo como remeda la voz de mi madre.

EL ENIGMA ADRIÀ (46)

El mejor cocinero del mundo, Ferrán Adrià, ha sido invitado a exponer en la Documenta de Kassel, la ciudad alemana anfitriona de una de las más elitistas citas mundiales del arte.

Qué agradable enterarme que este español tan famoso diga abiertamente que “no desea signos externos de riqueza”.

En su restaurante, que solo abre por la noche, trabajan nada menos que 70 profesionales vestidos de estricto negro y que gestionan 1.500 platos diarios que serán consumidos por sólo 50 personas cada noche.

HjV


LA ESPOSA SECUESTRADA (IX)

14 Mayo 2007

colonia.jpgEl interrogatorio duró apenas sólo unos diez minutos en total.

La muchacha mexicana se negó a responder más preguntas que las concernientes a su nombre, su edad, su lugar y fecha de nacimiento, su estado civil y su dirección. Digo muchacha, porque ese aspecto era el que presentaba, a pesar de su rostro demacrado y los ojos hinchados por el llanto.

A las siete de la mañana se pudo iniciar por primera vez el interrogatorio, pero apenas unos minutos después tuvo que ser suspendido. La tranquilidad recobrada se le vino abajo en el momento de responder las preguntas sobre su estado civil y si tenía o no hijos.

El interrogatorio era una media farsa, en realidad, porque todos los datos los conocía Andreas de memoria.

Pero era un protocolo que había que cumplir, sobre todo teniendo en cuenta, que por cuestiones de reglamento interno, siempre era obligatoria la presencia de una integrante de la policía femenina cuando la interrogada era una mujer.

Sonia había respondido a las preguntas de carácter general y no había querido o no había podido responder a otras como de quién era la sangre que cubría gran parte de la ropa y el cuerpo de su hijo, dónde estaba su marido, si había escuchado una explosión o un disparo y qué era lo que había sucedido para que se decidiera a llamar a la policía.

En este punto de la segunda parte del interrogatorio se había vuelto a derrumbar emocionalmente, debido a que había vuelto a mencionar a su hijo y entre Andreas y su colega presente, habían decidido que lo mejor sería permitir que la madre partiera al hospital.

Sé que Andreas está metido en un lío grande porque me ha confesado que, efectivamente, le ha dado una pistola a Sonia.

Lo hizo en un momento de gran debilidad, del que ahora se arrepiente. Esos momentos en los que un arma, un automóvil u otros objetos pueden convertirse en algo más que un fetiche y subyugar la conducta de los hombres. Sobre todo al relacionarse con una mujer.

Aunque la fanfarronería entre hombres no es nada raro, claro. Al contrario.

Se trata, me ha asegurado, de un arma de pequeño calibre de marca desconocida y que fue ‘olvidada’ por un pequeño traficante de drogas que había sido detenido, pero que tuvo que ser puesto en libertad por tratarse de algo insignificante. Para recuperarla tendría que haber demostrado su posesión legal, pero no había vuelto a aparecerse por las dependencias policiales.

Ya me ha contado también que a lo largo de un año suelen ‘desaparecer’ una serie de objetos pertenecientes a los detenidos, por diversas razones.

Aunque la policía alemana esté muy, pero muy lejos de ser considerada corrupta, no faltan los malos elementos que aprovechan la oportunidad para quedarse con pequeñas cantidades de droga, relojes, dinero o hasta armas obtenidas de los delincuentes que detienen.

La forma más inocente y fácil es la de aprovecharse de la burocracia para hacerlo. Basta ‘olvidar’ consignar algún objeto en la lista de pertenencias de algún extranjero sin dominio del alemán que después tendrá problemas para quejarse, por ejemplo. El resto es fácil.

Andreas me ha asegurado que la pequeña pistola, un revólver concretamente, llegó a sus manos de pura casualidad y que después no supo qué hacer con ella.

Lo conozco y sé que lo que me ha dicho es en gran parte cierto. Pero solo en gran parte.

Hace mucho tiempo que mi amigo se despidió del camino 100% correcto que muchos policías alemanes siguen tratando de mantener, sin conseguirlo del todo.

Digamos que si a mí me lo preguntaran, diría que el grado de corrección está lejos de ser el mayor, pero lo que existe es, por gran ventaja, el modelo que debería perseguir cualquier cuerpo policial del mundo.

Mientras recorro la ciudad para llegar hasta el departamento de la madre de mi hija, no dejo de pensar en los grandes líos en los que se está metiendo Andreas para encubrir el origen de la pistola.

Me hubiera gustado quedarme más tiempo con él para sonsacarle toda la verdad, pero parece ser real que él mismo la desconoce en parte.

¿De quién es la sangre?, me pregunto, tal vez creyendo inconscientemente que el hecho de preguntármelo con ahínco pueda ayudarme a encontrar una respuesta.

Avisto un lugar para estacionar y me dirijo hacia él. Tendré que caminar un poco, pero en ciudades como Colonia no es aconsejable despreciar algo así.

Hay algo que bulle en mi cerebro y que me dice que las piezas no encajan. Desciendo de la camioneta. ¿Qué es? ¿Tiene que ver con la pregunta que incesantemente me hago?

Al tocar el timbre del edificio de tres plantas donde vive mi hija con su madre, que es una masa que parece esculpida en una sola piedra gigantesca y que posee el título de edificio de interés arquitectónico histórico, empiezo a repasar las escenas que he visto en la casa esta madrugada.

-¿Qué quieres? –me pregunta, sin afecto, la voz de Rabi a través del intercomunicador.

-Espero no molestar –le digo, es mi saludo estándar-. Vengo por Mona. ¿Prefieres que espere aquí o que suba?

Dos o tres veces se ha quejado porque he preferido esperar en la puerta del edificio, obligándola a tener que bajar con la niña.

Tres o cuatro veces se ha quejado porque yo he subido a buscar a la niña, pudiendo perfectamente haber esperado abajo.

Ahora prefiero preguntar. No me importa.

Me importa mi hija, no los problemas en los que se hayan metido sus progenitores cuando vengo a recogerla para que pase el día conmigo.

-No entiendo. Ya sabes lo que dijo la última vez el juez.

-Rabi. Son cinco minutos los que llego retrasado. No una hora o más. Vengo de trabajar, Rabi –debo dejar traslucir un poco de desesperación en la voz, pero no intento para nada corregirlo mientras termino de hablar.

-El juez ha dicho que no tengo por qué soportar tus tardanzas, Jorsche. Y yo también trabajo, por si lo has olvidado.

-Está bien. ¿Me vas a dejar que me la lleve o no?

Es inútil volver a preguntar o querer pulsar el timbre, podría causarme un nuevo problema con el juez. Por acoso o cualquier cosa que se le ocurra a ella o a su abogado.

Es tan famosa Rabi, que en la primera cita con el juez, ésta se inició casi con media hora de retraso porque se habían enfrascado en una conversación sobre televisión y política. Desde entonces, para él, para el juez imparcial, yo soy el padre pesado e impuntual que le hace la vida imposible a esa bella y conocida estrella de la televisión política.

Espero un momento, por si me he equivocado. Dejo pasar otros minutos parado junto a la puerta, pero nada.

Estoy tan abatido que mi primera reacción es seguir buscando en mi cerebro la respuesta a mi pregunta anterior: ¿de quién es la sangre? Intento de otra manera: ¿de quién puede ser la sangre?, mientras recorro el camino de regreso a mi camioneta.

Camino como un zombi por las calles laterales del Parque de la Ciudad, del Pueblo, en realidad, en la traducción, pero no me suena bien.

Fisiológica y mentalmente soy un hombre de mediana edad que ha tenido que despertarse unas cuatro horas antes de lo normal, que ha pasado por altos momentos de tensión física y emocional, y al que se le acaba de negar ver a su hija para pasar con ella el día.

Recorro las aceras de este barrio tan tranquilo, clásico y elegante de Colonia, con sus pequeñas mansiones y villas codeándose con otros edificios de departamentos también antiguos y elegantes, todo adornado con muchos jardines, árboles y vegetación diversa, y recorro mentalmente las imágenes que he vivido hasta este momento, como una forma de no caer derrumbado.

Ahora la veo a Sonia, sujetando a su hijo sobre sus piernas. Veo la sangre sobre la ropa del niño. Busco sangre sobre su piel y sobre su rostro. Negativo. Sobre sus manos. Negativo. Continúo en mi estado mental cercano a la hipnosis, buscando en las imágenes algo que me haga avanzar.

Lo encuentro.

Para estar seguro, busco en las imágenes más recientes, las del interrogatorio en el Presidium. Y ahora sí estoy seguro. Vuelvo a las imágenes de la casa, repaso con la vista la ropa, la piel visible y las manos de Sonia, y llego a la misma conclusión.

La sangre sólo está en la ropa del niño. No está por ningún lugar visible de su piel, ni de la de su madre. Ahora lo veo claramente: la ropa de Sonia, y sus manos, no presentan ningún rastro de sangre. ¿O se ha podido cambiar y se ha podido lavar las manos rigurosamente antes de empezar el interrogatorio?

Abro la puerta de mi automóvil.

Para no caer derrumbado emocionalmente marco el número de Andreas.

No contesta.

Llamo a su oficina. La colega que participó en el interrogatorio me anuncia que se ha retirado a descansar. Le pregunto si ella sabe cómo podría hacer para escuchar la cinta grabada con la voz de quien llamó para alertar por una posible bomba. Me responde que no se da ese tipo de información a civiles. Le agradezco, de todas maneras, y cuelgo.

Estoy a punto de abatirme.

Me sobrepongo poniendo en marcha el motor y dirigiéndome al lugar de los hechos. El camino se me vuelve irreal. Sé que es el cansancio. Sé que las percepciones se alteran con la falta de sueño y con los baños de emociones. Somos víctimas y productos de nuestra bioquímica y muchas veces no lo sabemos. Ni lo queremos aceptar.

Esta vez el camino es más corto. Me detengo a unos cincuenta metros.

Ahora sí es posible notar claramente, a plena luz del día, que se trata de una zona industrial y de oficinas. También distingo algunos negocios que tienen que ver con automóviles, camiones y transporte. Una mezcla interesante muy cerca del centro de Colonia, una pequeña zona mixta, una isla. Una que se resistió durante mucho tiempo a la especulación inmobiliaria, pero que terminó rindiéndose a sus pies. Menos una familia: la familia Uhlen, el apellido del marido de Sonia; lo he escuchado en el interrogatorio.

Ulrich Uhlen, ha dicho.

Los dos patrulleros de la puerta han desaparecido. No se ha protegido la casa con la cinta que se conoce de las películas y las series policiales. Vuelvo a marcar el número del celular de Andreas. No contesta.

Marco un número de información que conozco.

-Buenos días –digo, olvidando que el número que he marcado pertenece al de una operadora robot.

-Buenas días, Infotel le da la bienvenida –me dice la voz robótica-. Por favor, diga clara y lentamente el nombre del cual usted desea la información.

-Ul-rich Uh-len –digo, acercando el celular a mi boca.

-Muchas gracias. Responda con un sí o un no, por favor. ¿Ha dicho Ulrich Uhlen? –pregunta la máquina, pasando a deletrear a continuación el nombre.

-Sí –casi grito a la superficie transmisora.

-¿Desea ser comunicado inmediatamente?

-Sí –vuelvo a casi gritar.

Mientras espero ser comunicado, empiezo a pensar febrilmente qué diablos hago yo sentado en mi automóvil, sentado ante el posible escenario de un crimen que trata de ser parcialmente encubierto por uno de mis mejores amigos y que es policía, y llamando al que yo supongo desaparecido o muerto.

Siento que mis manos son recorridas por un ligero temblor, que es en realidad un escalofrío que después se va a expandir como una onda eléctrica por todo mi cuerpo.

No contesta nadie.

Me digo que tengo que irme a dormir y preocuparme de mis cosas. La semana apenas acaba de empezar, me espera mucho trabajo.

En seguida recuerdo que es el día que suelo tomarme totalmente libre para poder dedicarlo a mi hija y que ahora ha perdido su sentido de ser como tal.

Pongo en marcha el motor y me acerco a la entrada de la casa. Avanzo muy lentamente, mirando continuamente en el espejo retrovisor para evitar bloquear el paso a algún vehículo. Frente a ella, me detengo. Recién ahora noto el buzón postal colocado al comenzar el camino que lleva a la casa, situada más allá en medio de un vasto jardín.

Me esfuerzo por descifrar lo escrito. Hidráulica Uhlen S.R.L., alcanzo a leer. No es la sede de la empresa, pero así puede recibir también el correo directamente en casa.

Repito uno de los números que acabo de marcar. Es el de la oficina de Andreas.

-Sé que la estoy molestando –le digo a su colega, con mi mayor simpatía-. ¿Podría hacerme el favor de buscar en la red por la dirección de la empresa Uhlen, especializada en hidráulica aquí en Colonia? ¿O esta es una información que tampoco se la puede dar a un civil?

-No es ese el problema, señor Digah –me responde ella, tratando de contener su asombro por mi frescura-. El problema es que no es mi trabajo darle ese tipo de información.

-Eso lo sé. Pero usted me haría un gran favor ciudadano –le digo, aún con mayor simpatía e ingenuidad.

-A ver –me dice, finalmente, ella, exhalando el aire con fuerza-. Si me espera un par de minutos.

Mona jugando conmigo. Mona al momento de nacer, cuando las lágrimas brotaron automáticamente de mis ojos al verla abandonar el cuerpo materno. Mona pronunciando palabras en castellano. Mona diciéndome que a su mamá ya no le gusta que hable esas palabras.

-¿Está todavía ahí? –me pregunta la colega de Andreas.

-Por supuesto –le digo.

-Apunte –me ordena.

Hago como me dice. Ahora tengo el teléfono y la dirección de la empresa. Me despido haciendo sonar un beso, pero colgando enseguida sin darle tiempo para nada.

Pienso desayunar en casa, bañarme, vestirme y dirigirme allí.

-¿Por qué entonces has pedido esos datos que has podido ubicar tú mismo en casa? –me pregunta una voz, que pronto descubro que es la mía.

Sé que no tengo que esperar. Que tengo que empezar a actuar. Esa será mi forma de salvar mi día fantasma sin mi hija.

Entonces, me acuerdo de un detalle, en el preciso instante que quiero volver a encender el motor.

La ventana abierta del sótano.

Pongo en marcha el automóvil y lo estaciono a unos doscientos metros. Un par de metros más y he estado a punto de rendirme por no encontrar estacionamiento.

Ahora regreso a la casa. Descubro que los edificios que colindan con ella están rodeados de vegetación. Calculo donde puede estar el sótano. Miro si alguien me observa antes de ocultar mis pasos por árboles, arbustos y pequeñas matas.

Me estoy acercando a la casa por un costado, veo la disposición de las ventanas del sótano alrededor de los lados laterales y posterior.

Delante de las ventanas existe una depresión del terreno para garantizar un poco de luz y la entrada de aire al piso subterráneo. Termino mi camino inspector y casi al final la veo.

Sigue abierta.

Sin pensarlo un momento, me dejo caer por ella.

(Continúa y termina en el capítulo final…)

HjorgeV

Sinthern / Colonia, lunes 14-05-2007


LA VOZ DE MI LECTOR ATENTO

13 Mayo 2007

napalm.jpg COMENTANDO LA PRENSA

Es algo que deseo hacer desde hace mucho tiempo en este cuaderno de bitácora.

Hoy lo hice, sentado al aire libre, garabateando con gusto las hojas del diario y sufriendo la embestida de un corto chubasco durante mi lectura atenta, que me llevó a buscar cobijo bajo los árboles.

Hoy, también (le quedan unas tres horas a este domingo de cielo nublado, chaparrones cortos y sonrisas pasajeras del sol), ha cumplido mi segunda hija, Marisol, ¡once añotes!

Su deseo fue celebrarlo con un grupo de compañeras de su clase jugando minigolf, y que yo hiciera de chofer, porteador de lo necesario para el picnic, vigilante parcial y de chico para todo.

Así es que me llevé mi tesoro de los sábados: El País con su suplemento Babelia, y, por si acaso, el libro de Lee Child que estoy por terminar.

Pero no llegué a tocar este último porque el diario me absorbió hoy por completo. Hacía tiempo que no lo hacía de tal forma.

¡Qué cantidad de noticias y artículos interesantes y verdaderamente importantes, entre otros tan graves y tan tristes y dramáticos!

De tal manera que ahora quiero cumplir ese deseo antiguo: comentar el material del diario, es decir, darle voz a ese Lector Atento que todos llevamos o deberíamos llevar dentro.

Paso a reproducir los títulos de los artículos. El número a la derecha es el correspondiente al número de la página de la edición internacional del diario.

(Como intermedio me sucedió un incidente que contaré un día de éstos, porque me parece un buen retrato social. Baste decir que al ver que un tipo zarandeaba verbalmente a las niñas por ‘maltratar’ los palos de golf, me levanté de mi sitio y me acerqué a decirle cortésmente que no tenía por qué hablar en ese tono de voz tan rudo a personas de corta edad. El tipo se molestó, iniciándose una discusión.)

BLAIR DA EL RELEVO A SARKOZY COMO ALIADO DE EEUU (3)

Tal vez de todas las noticias la peor para mí.

Esconde varias cosas, bajo título tan inocente: entre otras, el alto deseo de la derecha europea por parecerse y acercarse cada vez más a EEUU y la usamericanización del modelo electoral. Con todo lo que eso significa: elegir entre húmedo y mojado, gana el que tiene más dinero, se vota como quien apuesta a un caballo, la lucha electoral como una batalla publicitaria más, etc.

Ser aliado de EEUU, me dice mi Lector Atento, significa también tener que aplaudir –o por lo menos ser cómplice más o menos mudo- de burradas, crímenes contra la humanidad para él, como las de Irak.

LA POLICÍA BRITÁNICA EXCULPA A 11 AGENTES POR LA MUERTE DEL BRASILEÑO MENEZES (4)

¿Recuerdan a ese profesional electricista brasileño que fue acribillado a tiros y rematado en el suelo por agentes de la brigada antiterrorista de la Scotland Yard el 22 de julio del 2005 en Londres?

¿Qué podemos aprender de esta decisión de la Comisión Independiente de Quejas a la Policía (IPCC)?, me pregunta mi Lector Atento.

El que asesina en nombre de un estado europeo y bajo “el desafío” (palabras del presidente de esa institución, Nick Hardwwick) de la lucha antiterrorista puede seguir haciéndolo, la impunidad parece estar garantizada.

Las palabras de la prima del difunto, Patricia da Silva Arman: “Primero mataron a mi primo, luego mintieron sobre los hechos, y ahora los agentes se libran de ser castigados”.

El mismo Blair, en otra mentira de menos calibre que las ‘pruebas’ para invadir y arrasar (es lo que está ocurriendo) Irak, pero mentira al fin, llegó a afirmar que los agentes habían disparado porque el brasileño había actuado de forma sospechosa.

Cito a El País: “Sin embargo, una investigación posterior de la comisión demostró que la víctima había entrado al metro como un usuario más, no corrió, ni desobedeció el alto, ni llevaba vestimenta que indujera a pensar que ocultaba una bomba, como alegó la policía”.

¿Resultado matemático en este caso, para T= terror?, me pregunta mi Lector Atento, pasando a responderse él mismo:

T + T= 0

EL 40% DE LOS SOLDADOS DE EEUU EN IRAK JUSTIFICA LA TORTURA (10)

Se trata de una revelación del ex inspector general de Sanidad del Ejército usamericano, Kevin Kiley, quien, cito, “ordenó una encuesta de devastadoras conclusiones”.

¿Lo peor? “No se arrepienten, creen que es legítimo torturar”, cita el articulista.

¿Qué los distingue moralmente ahora de los terroristas islámicos, salvo el color de la camiseta?, me pregunta mi Lector Atento.

Otra de las cifras de la invasión es la del aumento de los suicidios entre la tropa: 16 por cada 100.000 al año.

El informe tiene su parte enternecedora, me dice mi Lector Atento, al admitir el informe que Vietnam era menos “estresante”.

Es decir, lanzar NAPALM a la población civil desde un avión (ver foto arriba) al parecer no lo era, agrega.

Ver, también: http://es.wikipedia.org/wiki/Napalm

(A pesar de estar prohibido su uso desde 1980 por una convención de las Naciones Unidas sobre ‘armas inhumanas’ –¿qué arma de guerra no lo es?, se pregunta mi Lector-, que EEUU se negó a firmar, está documentado que este país usó al comienzo de la invasión de Irak, en el 2003, la bomba Mk-77, a pesar de ser muy parecida al napalm. El gobierno usamericano ha defendido su uso, cito, “debido a su menor impacto sobre el medioambiente”.)

(Mi Lector A no sabe si reír o llorar.)

EL PAPA ORDENA A LOS OBISPOS BRASILEÑOS QUE HAGAN PROSELITISMO EN LAS FAVELAS (10)

Se me ha congelado la sangre al leer esta noticia. Me refregué, luego, los ojos y volví a leer. No lo podía creer. ¡Una noticia de tal calibre y puesta como si nada!

Si es cierto que todas las religiones tienen el mismo derecho a existir y que los países son iguales por principio, cambiemos algunos elementos y miren qué tuviéramos:

“EL JEFE RELIGIOSO ALIBABÁ ORDENA A LOS IMANES USAMERICANOS (o ESPAÑOLES, por ejemplo) QUE HAGAN PROSELITISMO EN LOS BARRIOS POBRES”

La noticia original la digerimos como si nada.

Después nos asombramos de cómo se han vuelto las cosas. Y eso sin pasar a ver con qué frescura y naturalidad el jefe de un estado (el Vaticano, reconocido oficialmente) se entromete en los asuntos de otro, me dice mi Lector Atento.

JERUSALÉN CONSTRUIRÁ 20.000 CASAS PARA JUDÍOS EN TERRITORIO PALESTINO (12)

Otra de terror, me susurra, ahora. (No del de las películas, claro.)

Y noten la facilidad con la que el lector de a pie la puede digerir sin ningún problema. Hasta nos parece muy normal que Israel esté construyendo (es decir, nutriendo el terror) en territorios que mantiene tanto tiempo ocupados sin que nadie mueva un dedo en la famosa comunidad internacional.

Luego llega la respuesta de los desesperados extremistas palestinos y la gente se asombra y se indigna. Cuando es demasiado tarde.

Después los dirigentes israelíes, me dice mi Lector Atento, se llenan la boca afirmando que sus “respuestas militares” son solo una re-acción a la acción de los terroristas palestinos. ¿Cuándo se atreverá a calificar alguien este descaro como verdadero acto de terrorismo?, agrega.

LA VICTORIA DEL LOGO (12)

Interesantísimo artículo de autor que firma José Vidal-Beneyto, quien se ocupa del triunfo de la derecha en Francia. Me permito citarlo:

“Estas elecciones han representado un paso más allá en la [usa]americanización de la política de los países europeos: cada día campañas más largas, más dinero para la campaña, un marketing más espectacular y agresivo. No se trata de la sola homgeneización de credos y políticas que ha producido el pensamiento único, sino de la sustitución de las ideologías y los programas por el marketing de las excelencias del candidato”.

Otro representante e idólatra del dinero llega a ser gobernante de un país europeo. El autor tiene razón cuando afirma que su elección es una “consecuencia y confirmación de la ola reaccionaria mundial”.

Mi Lector Atento me dice que él lo titularía así: “ADIÓS A LOS SUEÑOS SOCIALDEMÓCRATAS EUROPEOS”

MIRADOR: ‘ANTIDOPING’ EN EL HOGAR (14)

El Mirador critica el envío de 4.000 tests que el ayuntamiento de Milán, gobernado por una coalición derechista (conservadora, prefiere el autor del pequeño artículo), hará a ese mismo número de padres de esa ciudad. Se trata de pruebas que pueden detectar en la orina la ingestión de ciertas drogas.

Además de criticar esa medida por simplemente tonta (lo digo yo, pero esa es la conclusión), el articulista hace bien en preguntarse cómo es que el ayuntamiento hará para ayudar a los padres de los hijos que den positivo.

Lo que me llamó fuertemente la atención, fue lo siguiente: “…en esta materia debería ser la acción educativa que provoque entre los adolescentes el rechazo de las drogas”.

A primera vista, parece muy bien. Pero, el Lector Atento que llevo dentro se pregunta: si la acción educativa (del estado) debe provocar entre los adolescente el rechazo de las drogas, ¿por qué diablos ese mismo estado se deja financiar (a través de los impuestos) por dos drogas altamente peligrosas en sus consecuencias sociales y las patrocina indirectamente?

Me estoy refiriendo al alcohol y al tabaco. Cuidado que no estoy contra las drogas y sí por su uso responsable, pero no hipócrita ni contradictorio, como lo es -aunque sea por pura costumbre- el sentido de la frase citada.

¿Cómo pedirles a los jóvenes rechazar las drogas, camuflando dos altamente perniciosas solo por cuestiones económicas? (No creo que aumentando la adjetivación de ilegales, pueda resolver esa gran contradicción ética.)

¿No será mejor la educación por el uso responsable y consciente de cualquier droga, y pasar a llamar abiertamente al pan pan, y al agua, agua?, me pregunta mi Lector.

LA DÉCADA DE BLAIR (15)

Otro artículo de autor, esta vez de un sociólogo británico llamado Anthony Giddens, quien celebra la década de Blair, entre solapada y abiertamente, y quien defiende una tercera vía (política), que sería la renovación de la socialdemocracia, como futuro para su país, incluso para Europa.

Es un tipo tan pragmático que el punto 3 de sus principios me llamó la atención.

“3. En el progreso hacia la justicia social, concentrarse en los pobres más que en los ricos”.

Continúa con cosas muy deseables como eso de “centrarse especialmente en reducir la pobreza infantil”, por ejemplo.

Mi Lector Atento se preguntó: ¿Y cómo sería esa justicia social, concentrándose más en los ricos que en los pobres?

Continúo mañana.

O pasado mañana si mi compatriota y vecino, Jorsche Digah, me trae mañana uno de los capítulos finales de su relato La esposa secuestrada.

HjorgeV

Sinthern, domingo 13-05-2007

(Fotografía: Napalm usamericano en Vietnam.)


POSTALES DE ALEMANIA: La conversación

11 Mayo 2007

Si me pidieran definir a ésta mi segunda patria y pudiera decir lo primero que se me ocurre, lo haría hoy así:

Alemania, un país obsesionado por la conversación.

Comentaba un lector en esta bitácora, hablando de la relación intrínseca que, al parecer, existe entre un idioma y la idiosincrasia de la gente que lo habla, creer ver en el alto respeto y afición que tienen los alemanes por la conversación una consecuencia de la sintaxis de su idioma.

Como el verbo principal (la acción, lo que se hace o ha hecho) suele ir en muchos casos al final de la oración, es necesario esperar atentamente hasta el bendito final, para saber de qué va la película.

Una de las razones, justamente, que me llevó a interesarme aún más por este país –mi padre estudió aquí y su segunda esposa es de estos lares-, fue la forma de abordar el conocimiento de una persona que tienen los teutones.

-¿Y usted a qué se dedica, realmente? –era la pregunta fascinante que me hacían los germanos que conocía allá en el Goethe Institut de Lima, en su antiguo local que era una bella casona colonial.

Estos tipos se interesan verdaderamente por lo que haces, me decía yo.

Cuando alguien de este país hace esa pregunta, ténganlo por seguro que el interés es real y que el interlocutor prestará una máxima atención a lo que se dice. Desde la primera palabra hasta la última. Luego se podrá enviar la pregunta de vuelta, claro, aunque no es absolutamente indispensable.

Pero no es que el alemán deje de hacer lo que está haciendo (no suele descuidar su trabajo y no suele ser espontáneo) para ponerse a conversar, que lo hace, pero no es una manifestación masiva.

El alemán se cita. Destina un tiempo exclusivo para eso.

Curiosamente, lo que en un comienzo me pareció tan fascinante y una demostración de civilización y cultura, después de vivir dos décadas aquí, me ha sucedido que cuando conozco o me presentan a una nueva persona, como ya sé qué me va a preguntar, ya encuentro -de arranque- el asunto sumamente aburrido.

Como vengo de un país donde ser desempleado, no tener grandes perspectivas o no saber realmente qué va a ser de nuestro futuro, es algo bastante normal, los peruanos nos hemos acostumbrado a relacionarnos teniendo en cuenta que preguntas como ésa podrían poner en serios aprietos a la otra persona.

Algo que ya se está empezando a ver en esta nueva Alemania, la de la globalización económica y del capitalismo salvaje y ‘raptor’.

El número de desempleados ha aumentado tan escandalosamente en los últimos años, que cada vez más gente deja de hacer esa pregunta, o se lo piensa bien antes de hacerla, cuando conoce alguien en alguna ocasión.

A un amigo ecuatoriano le sucedió que encontrando también –como yo- muy aburrida esa forma de acercarse y conocerse, empezó a tener problemas con su novia –que ahora es su esposa- alemana.

-¡Nunca quieres ir a mis fiestas! Por ti he aprendido a bailar salsa, te acompaño a tus fiestas, pero cuando se trata de ir a las mías y conocer a mis amigos, te olvidas de todo eso –le reclamaba ella.

-Pero, mi’jita –trataba de calmarla él-, es que las fiestas alemanas no son fiestas. O si lo son, son ‘fiestas sentadas’. Además, tienes que pasarte la noche contándole a todo el mundo la misma historia de qué es a lo que te dedicas. Yo quiero divertirme, no recordar qué es lo que hago todos los días para ganarme la vida. Si por lo menos hubiera comida – le argumentaba.

El caso es que la novia consiguió convencerlo y él contaba, incansablemente, a quien lo quisiera escuchar, que un día se animó, se armó de valor y la acompañó a una de sus fiestas.

Para no tener que caer en el mismo esquema de siempre, decidió esta vez a atacar. Se buscó la persona que le pareció por lo menos simpática y se acercó a ella. Se trataba de un italiano.

-Hola, ¿qué tal? –le dijo, él, ofreciendo su mano a modo de saludo-. Me llamo Julio Almeyda y vengo de Ecuador. ¿A qué se dedica usted, realmente?

-¡Porco dio! –respondió el tano, visiblemente irritado-. ¡Esta es la quincuagésima vez que me preguntan lo mismo en esta fiesta! (*)

Mucho de cierto tiene, sí, esa aseveración del lector atento que me escribe desde Berlín.

Definitivamente, la forma más importante que tienen los alemanes de relacionarse es por la conversación.

Amigos y amigas se reúnen, no sólo para verse y pasar un buen momento, no: se reúnen para conversar. Si no tienen nada para contarse, la amistad no durará, por más que lo pasen muy bien juntas o juntos y en silencio.

Lo terrible es cuando uno tiene que pasarse toda una media noche -o una entera-o una noche entera escuchándolo al otro sin pausa. Me ha sucedido un par de veces, y lo evito a mordiscos limpios.

Para agravarle aún más el asunto a los latinos, está muy mal visto interrumpir a la persona que está hablando, de tal manera que no existe esa figura en la que en un mismo grupo hablan varios a la vez.

Sinceramente no lo he tenido fácil en eso de relacionarme con la gente de esta mi segunda patria, por lo antes expuesto.

Por eso me alegro tanto cuando se presenta la oportunidad (muy rara) de pasar un día, o por lo menos varias horas, con gente castellanohablante y que no tiene otro interés que el de pasarla bien, contar chistes o cantar, hablar sin mucho orden ni concierto -y varios a la vez- y reírse un buen rato.

Otro de los rasgos idiosincráticos que más nos llama la atención a los latinoamericanos y que tiene que ver con esa necesidad que tiene el alemán de hablar -casi compulsivamente-, es su afición por hablar del trabajo.

Personas que han estado todo un día trabajando juntas, se reúnen después del trabajo para hablar… del trabajo. ¡Y eso durante horas!

Todavía recuerdo la muchacha (J.) que conocí en primeros tiempos en Colonia, cuando todavía no conocía a nadie -sólo a mi anfitrión- y menos a una mujer.

También recuerdo del par de veces que entré a un bar, veía a dos muchachas conversando, me inflaba de simpatía y, creyendo que los alemanes eran tan espontáneos como pueden serlo en sus vacaciones, me animaba a hablarles.

¡Qué delito! ¡Estaba interrumpiéndoles su conversación!

J. me invitó a pasar la noche con ella desde la primera vez.

Pasamos dos o tres noches ‘conversando’ frente a una botella de vino en su casa. Cuando me di cuenta que mi única función era escuchar, seguramente por el efecto del alcohol, escapé de ella (de su monólogo) saltando por la ventana. (Era guapa y ahora debe ser una académica, para que no haya malentendidos.)

No es una broma. Pero ya lo contaré en otra página de este cuaderno de bitácora.

Tal como sucede en un cuento de misterio o policial, en el que la solución se da al final, el idioma alemán se presta así como un buen medio para ganarse a un oyente atento.

Si la voluntad y las ganas existen, claro.

Aunque los tiempos también han empezado a cambiar.

HjorgeV

Sinthern, viernes 11-05-2007

(*)Blasfemia muy común que se hace en italiano y que quiere decir literalmente -agárrense fuerte-: ¡Puerco dios!


LA ESPOSA SECUESTRADA (VIII)

10 Mayo 2007

La espesa atmósfera nicotínica de la cafetería que nos envuelve en este amplio recinto, bien podría usarse para filmar un película.

Si no supiera que estoy en el mismo corazón de la estación central de policía de Colonia, en el llamado Presidium, podría creer que me encuentro rodeado de maleantes y delincuentes por la concentración y el pundonor con que se fuma aquí.

Felizmente, se trata de una edificación muy moderna y nueva, y el arquitecto no ha ahorrado en espacio aéreo, permitiendo que densas volutas de humo, cuyo paso por el ambiente queda documentado perfectamente debido a los rayos de luz que se cuelan por la parte superior, se eleven hacia allá arriba.

-Así que ya sabías que me iba a encontrar con el cepillo de dientes para niños –le digo a Andreas, bebiendo a sorbos de mi taza de té caliente. Me podrían haber dado una infusión de un palo seco, de uno de esos recogidos de por allí en un parque cualquiera. Tendría el mismo sabor.

Andreas ha tenido el tino de contactar a la sección para asuntos domésticos y una mujer policía se ha encargado de la mexicana (ahora sé que se llama Sonia), hasta que pueda prestar su declaración.

-No –me responde.

Me lo quedo mirando. Lo conozco bien. He sido su consejero (qué exageración: ¡simple paño de lágrimas!) sentimental desde el momento en que nos conocimos debido a ese incidente en el aeropuerto, que relaté al comienzo.

-Bueno, no precisamente con eso. Pero, sí, sabía con qué te encontrarías.

Asiento. Sé que quiere hablar, pero como estamos acostumbrados a hacerlo en forma privada, le cuesta mucho salir de su papel de guardián de la ley (detesta que lo llame así), rodeado de otros más de su calaña.

-Cuéntame todo –le digo.

Por un momento veo que duda, juega con las manos sobre la mesa, busca el cigarrillo que hace años que no prueba, mira a uno y otro lado.

-Antes que me olvide –me dice él-. Gracias. Gracias por tu paciencia. Ha podido ser peor.

-¿Cómo que ha podido ser peor?

En el fondo Andreas está cometiendo una falta muy grave. Para evitar verse envuelto en un escándalo –y con mi ayuda indirecta- está tratando de enfriar el caso.

-Pensaba que nos íbamos a encontrar con el marido muerto.

-Andreas –le digo, obligándolo a que me mire a los ojos-. Esto es más serio de lo que tú quieres ver.

-¿Por qué?

-¿De quién es la sangre?

-Está bien, está bien –me dice, tratando de calmarme-. Para eso vamos a interrogarla y saber qué pasó.

-¿Por qué no has revisado toda la casa? Además, ella sabe alemán.

-Sí –me dice él.

-Entonces, ¿por qué diablos tuviste que haberme llamado?

-No me lo vas a creer –me dice él, bajando la vista-. Entiende casi todo, pero no habla ni una palabra. O casi ninguna.

-Ha vivido encerrada todo el tiempo -completo yo.

-Eso es lo que he podido entender.

-¿Cómo la conociste?

-Por una denuncia que quiso hacer.

-¿Quiso?

-Al final se retractó.

Sé de qué me está hablando. Conozco las estadísticas de la violencia doméstica. La eterna esperanza de la mujer que espera y cree que el marido va a cambiar.

Me cuenta que su belleza la había fascinado tanto, que con el solo fin de volverla a ver, le había ofrecido su ayuda. Por lo que él había podido entender, no tenía adónde regresar a México porque lo que quedaba de su familia se había ido a vivir a EEUU.

-Dice que a EEUU no quiere ir. Viene de un pueblo medio perdido de las serranías de México. A su esposo lo conoció por intermedio de una agencia matrimonial.

-¿Una agencia matrimonial en un pueblo perdido de México? –le pregunto.

-Por lo que he podido entender un hombre la abordó y le dijo que un alemán estaba enamorado de ella.

-¿En qué idioma te lo dijo?

-En una mezcla de español, inglés muy malo y lenguaje de sordomudos, ¿por qué?

-Porque no me lo puedo imaginar. Y si es cierto, suena a historia fea. Ya lo ves.

-Yo tampoco me lo podía imaginar, pero ya lo ves tú también. Está aquí y el alemán existe.

Me cuenta que el marido sólo le permite salir a la calle con él y que cuando no está, ella tiene que permanecer en la habitación del sótano.

-¿Cómo hacían para verse?

-Tengo una llave. Mejor dicho, tenía.

No le pregunto cómo consiguió la llave. Un policía tiene muchas posibilidades.

-¿No me dijiste que eras el amante?

Andreas respira profundamente. El cansancio vueve a atacarlo. Se va y vuelve como en oleadas en gente como él, víctimas de los cambios radicales del horario de trabajo.

-Sinceramente, ya no sé lo que soy –me dice, sin saber si apesadumbrarse o alegrarse por ello.

-¿Qué pasa? –le pregunto. Intuyo que existe información que me está guardando.

-Creo que tiene otro amante.

Tamborileo con las uñas sobre la mesa.

-¿No existen instituciones para ayudar a una mujer en casos así?

-¿Crees que no se lo he ofrecido junto con otras alternativas más?

-Pero más te interesó mantener la relación. El peligro, la aventura, el riesgo. Sin complicaciones, derechos ni deberes.

-¿Me estás juzgando?

Me quedo callado. Me conoce muy bien para saber que no es así. Estoy pensando, tratando de comprender la constelación. Una mujer que por algún motivo se creyó –o inventó- la historia de un hombre enamorado de ella y que no conocía. La nueva vida en un nuevo país. Sin saber el idioma, viviendo como en una prisión.

-¿Por qué soporta todo esto?

-No quiere que su hijo pierda la escuela. Está orgullosa de que su hijo ya vaya a la escuela y hable alemán.

-No es de él, ¿no?

-¿Del marido alemán, quieres saber?

Asiento. Me dice que no. El cuadro de la mujer preocupada por el futuro de su hijo, sin que le importe qué le pueda suceder a ella.

-Y el televisor la consuela -añado.

-¿No viste la tremenda antena que tienen sobre la casa? –me pregunta él, abandonando por un momento su intensa tensión interna para sonreír-. Puede ver infinidad de canales en español.

Niego con la cabeza a su pregunta. Cuando llegué todavía estaba oscuro. Pero él debe conocer la casa muy bien.

-¿Sospechas de un nuevo amante o lo sabes?

-Me pidió la llave hace un par de semanas.

-¿Pero tú tienes otra, no? -le pregunto, soltando otro globo de ensayo.

-La tenía guardada para cualquier emergencia –me dice él, sin poder evitar cierto rubor.

-Cuéntame más del marido.

-No hay mucho que contar. Es un tipo que no tiene prácticamente familia y que ha vivido con sus padres hasta que murieron. He revisado su pasado. Por lo que he podido entender no pensaba casarse jamás. No se le conoce amigos. Toda su pasión es la empresa industrial que posee y dirige.

-Pero la vió en algún lugar y se obsesionó.

La había visto en la red, me cuenta. Al parecer entrando por pura curiosidad a una página especializada en contactos matrimoniales en América Latina.

-¿Existe la agencia, lo has comprobado?

-¿Qué te crees?

Callo. Mi té se ha enfriado y ahora lo siento tan dulce que ya no me lo puedo beber.

-Es una agencia especializada en chicas especialmente bonitas y con cierto tipo de problemas. ¿Entiendes?

Creo entender lo que me quiere decir.

-Mujeres especialmente bellas en situaciones especialmente desesperadas. Mujeres que algunas veces terminan vendiendo su cuerpo -le digo.

-Eso es lo que no quería ella. Y prefiere ese encierro temporal a tener que volver a la incertidumbre económica. Además está el hijo -me explica.

-Vamos, Andreas –le digo, levantándome de un golpe de mi asiento-. Enfrentémonos a la situación. Con suerte terminamos pronto y todavía puedo ir a recoger a mi hija.

-¿No puedes llegar tarde? –me pregunta él, como si no le hubiera respondido esa pregunta ya varias veces desde que me separé de la madre de mi hija.

-Sabes lo que dijo el juez, ¿no?

Andreas se levanta lentamente de su silla sin responderme. Repentinamente vuelvo a percibir el ruido ambiental, tazas, vasos y cucharillas que parecen tener vida propia por el sonido que emiten. Parado como estoy puedo ver que los que fuman son una minoría, pero lo hacen con la misma convicción de quien tuviera la responsabilidad de tener que hacerlo por el resto.

-Ojalá ya se haya calmado –me dice Andreas, colocando una mano sobre uno de mis hombros. Es su forma de manifestarme su amistad y de decirme que aprecia que haya venido.

-¿Se enteró que tenías una novia policía? –le pregunto cuando empezamos a avanzar hacia la puerta de salida de la cafetería, mientras él saluda a algunos colegas con la mano.

-Yo se lo dije.

-Sentías que te estabas enamorando demasiado y preferiste cortarlo a tu manera.

-No la has visto arreglada –me da él como respuesta.

-Me lo imagino pefectamente, qué crees. Yo no podría vivir tranquilo con una mujer así, si me lo preguntas. Lo he evitado varias veces en mi vida.

-¿Y Rabi?

Está preguntando por la madre de mi hija. Trabaja en la televisión. Dirige un programa que es una mezcla interesante de varios temas, pero enfocado claramente al periodismo político. Es uno de los rostros más conocidos de la televisión, además, por su belleza. Política y belleza. Fue algo que le costó a muchos poder aceptar, pero Rabi le ha demostrado a todos que sabe lo que hace. Lo nuestro iba a ser una simple aventura, una casualidad de una noche. Pero se quedó embarazada y eso cambió todo. Todo eso lo sabe él.

-Mira –le digo, para abandonar un tema que es una herida demasiado grande y demasiado abierta todavía como para tocarla ahora-. Solo hay una pregunta que tienes que hacerle.

Mientras me abre la puerta, haciendo los gestos de un caballero, porque se siente anfitrión, me escruta con sus ojos azul verdosos.

-De quién es la sangre -digo, finalmente.

Andreas parece palidecer por un instante. Como si la conversación no solo lo hubiera relajado, sino también ayudado a no pensar más en ciertas cosas.

-¿Sería posible escuchar la grabación de la llamada anónima? -le pregunto.

-¿De qué podría servir?

-No sé –le respondo, tomando la puerta en su lugar y dejándola cerrarse automáticamente detrás nuestro-. Me estoy preguntando si lo que escuchó quien llamó no fue el sonido de un disparo.

Andreas no me dice nada durante un buen trecho. Todavía tenemos que caminar algunos minutos hasta llegar a la oficina.

-Mira –me dice, deteniéndose por un momento, sujetándome un brazo y volteando a verificar que no haya nadie cerca que nos pueda escuchar-. He tenido la maldita suerte que a Sonia se le ocurriera llamar justo el día que tenía de pareja a Heike. Ya la he pasado feo tratando de explicarle cómo es posible que Sonia me llamara, además, a mí.

-Le habías dicho que si alguna vez sucedía algo lo hiciera -hablo por él.

Vuelve a voltear, por si alguien pudiera escucharnos.

-Pero el hecho de no haber encontrado ningún cadáver me tranquiliza un poco.

-Yo en tu lugar me preocuparía más. Porque complica las cosas. La sangre no es salsa de tomate y por allí anda alguien herido, tal vez hasta desangrándose y muriendo. Y nosotros aquí. Vamos, Andreas, esto no me gusta.

Caminamos por los amplios pasadizos del Presidium. El sonido de nuestros pasos me hace pensar que bien podríamos estar caminando sobre un espejo. Nos cruzamos con policías y ciudadanos comunes y corrientes. La policía en la vida de alguien casi siempre lleva de la mano a un drama humano. Lo veo en los rostros de la gente con la que nos cruzamos. Entonces, me volteo, me detengo, sujetándolo ahora yo a mi amigo de un brazo y le pregunto:

-No le habrás dado tú la pistola, ¿no?

 

(Continúa…)

 

HjorgeV

Sinthern / Pulheim, jueves 09-05-2007


LÁGRIMA PRESTADA

8 Mayo 2007

De la punta de tu nariz

Cae una lágrima

Que le has prestado a tu

Ojo

 

(Sonríes y dejas que el juego

De la luz se

Repita en tu pelo

Permitiendo con sus disímiles brillos

El regocijo

De mi vista)

 

De la punta de mi

Barbilla

Cae

Ahora

Una lágrima  que le

Ha prestado atentamente

Tu nariz

 

HjorgeV

Sinthern, 09-05-07


MI PRIMERA VEZ EN BERLÍN

7 Mayo 2007

berlin.jpgLa recuerdo muy bien. Tengo la ciudad, como escenario, frente a mis ojos.

Aunque ahora ya estoy acostumbrado al continuo juego de simetrías, coincidencias, casualidades, paralelismos y superposiciones que la vida se permite con sus hijos (a todos les debe ocurrir de vez en cuando, supongo), entonces era mi primera vez en Berlín.

Empezaba el invierno en Alemania.

Tenía yo cumpleaños y había visto que la relación en la que nos habíamos empantanado mi novia colonesa de entonces –Elle: una aspirante a cineasta, muy alta y con el cuerpo de una cabaretista cubana, pero no morena- y yo, no daba para más.

Debía correr noviembre del año 87 de finales del siglo pasado.

Habíamos hecho todos los esfuerzos.

Habíamos probado de todo. Una de las últimas veces, habíamos probado, incluso, marihuana, en un intento desesperado más.

Pero no llegamos a entendernos. Ni obnubilándonos vegetarianamente.

(A Maricucha no la había vuelto a probar desde mi adolescencia y sólo me acordaba de esa agradable sensación de ser otro, de esa superposición del yo sobre el propio ser, de ese estar sonriendo todo el tiempo como un huevereques –no busquen ni pregunten, no existe esta palabra, pero se presta bien- y poder creer que podía hacerle el psicoanálisis más profundo a cualquiera y, además, caricaturizándolo.

Pero fue un desastre completo: ninguna de mis pasadas experiencias marihuanísticas adolescentes se había repetido y, en cambio, creo que sólo estuve comiendo de no sé qué torta o pastel de cerezas en la cocina de su casa, todo el tiempo junto a ella, quien me rogaba ya no sé qué. Tal vez que no me zampara toda la torta. Ya no me acuerdo.)

Desde entonces no la he vuelto a probar. A ninguna de las tres, para ser concretos: Mari, Elle, torta.

Ahora voy a ir de nuevo a Berlín y ya empezaron a sucederme las cosas raras que nos unen a esa ciudad y a mí.

-Oye –le dije a Daniel Caro hace un par de semanas-. Mira, si vives en Berlín, tal vez nos podamos ver, porque estaré por allá en mayo visitando a uno de mis hermanos. Si tienes ganas, claro.

Él es un peruano que está haciendo su doctorado en esa ciudad y que conocí a través de la bitácora de Santiago Roncagliolo en El Boomeran(g), leyendo sus aventuras y peripecias con la policía en su época de indocumentado.

(‘Despapelado’, me cuentan, es el término que se ha puesto de moda por aquí. El enlace a su bitácora lo tengo a la derecha, más abajo, bajo Un peruano en Berlín.)

-Claro, claro. Con mucho gusto. Me gustaría conocerte –me respondió él-. ¿Dónde vive tu hermano?

Buena pregunta. ¿Dónde vive mi hermano?

La última vez que había hablado con él, me había insinuado al comienzo de nuestra conversación telefónica, que estaba pensando dejar Berlín para irse a vivir a un pueblucho cerca de la antigua frontera de las dos Alemanias.

Al final de la misma conversación, ya me había confirmado que el amor lo estaba obligando a dejar la capital teutona y que ya tenía alquilado algo en Braunschweig.

-¿O sea que ya no te voy a poder visitar en Berlín? –le había preguntado yo.

-Tendrías que apurarte –había sido su respuesta.

-No, no me acuerdo –le fui sincero a Daniel, continuando nuestra primera conversación telefónica-. He estado tres veces, pero no me acuerdo. ¿Dónde vives tú?

-En un barrio que está de moda entre los artistas, la gente progresista, estudiantes y extranjeros como yo –me respondió-. Se llama Prenzlauerberg.

-Algo me suena -le dije al teléfono y después me despedí. Ayer lo volví a llamar.

Mi primera vez en Berlín.

Entonces no había caído todavía el muro y a nadie, absolutamente a nadie, se le podría haber ocurrido creer que en apenas dos años las cosas iban a cambiar radicalmente.

Recuerdo que aquella vez no me gustó especialmente la ciudad.

Era noviembre. Mes oscuro y apático alemán.

La gente caminaba protegiéndose del frío con lo que tenía y lo que no tenía. Esa actitud del que camina encogido como tratando de esconderse y abrigarse aún mucho más dentro de su vestimenta y su propio yo.

No conocía a nadie en Berlín.

Había viajado más o menos espontáneamente. Si me hubieran ofrecido un viaje a La Meca, seguramente lo habría aceptado, tan deprimido y alelado como estaba después de un fracaso más que importa, si en la vida nunca fui feliz, como canta el vals.

En verdad, le había dicho a mi novia -que ya no era mi novia- que me iba a Berlín a tratar de entrevistar al escritor chileno Antonio Skármeta.

No había mentido.

Pero tampoco le había dicho que eso se trataba de un simple deseo, que nadie me lo estaba pidiendo ni ninguna revista o publicación me había contratado para hacerlo.

(En ese entonces había retomado su novela No pasa nada, que yo había leído en alemán unos cinco años atrás, marcando un hito en mi vida: cumplir mi sueño -esa vez, indirectamente- de leer literatura alemana en la lengua original. Esa novela, creo, la escribió el chileno, justamente, en Berlín.)

Como ambos nos habíamos conocido en la facultad de Cinematografía, mi novia también suponía que mi viaje se debía a mi deseo de visitar alguna actividad del amplio programa del mayor festival cinematográfico de este país: la Berlinale.

Para ubicarme en la ciudad, pregunté por el único lugar que podía interesarme entonces y que yo creía que podía ayudarme anímicamente. Se llamaba La Salsa –ya no existe- y preguntando, preguntando, llegué a encontrarlo.

Desde afuera no parecía lo que me habían contado: un lugar de parrandas e ideal para olvidar las penas al ritmo de la música de ese tiempo. Todo era devorarse y sábanas sucias en el vaivén salsero, en ese entonces. Yo acababa de perder con quién hacerlo y a quién devorar.

La verdad es que mucho no me importaba. Sabía que mi historia en este país recién se estaba empezando a escribir y que las decepciones amorosas duelen, pero pasan. ¡Pero cómo dolió aquella!

Como todavía era muy temprano ese día, decidí dar una vuelta por la ciudad.

Pensaba pasear, cenar luego en algún lugar –de ser posible en un restaurante peruano o mexicano- y visitar, ya entrada la noche, La Salsa a celebrar mi cumpleaños con Soledad. (Esa novia eterna que parece ser la única que nos quiere de veras y, a veces, tan obsesionadamente.)

Lo malo fue que, ya al empezar a pasear por uno de los grandes bulevares berlineses, me entró una especie de depresión limeña que me hizo imposible seguir avanzando.

Allí estaba yo, vestido con el abrigo largo que tanto había soñado usar en tierras europeas, cuando todavía vivía en Lima y veía a Europa como la metrópolis del arte por excelencia. Un lugar donde las cosas debían caer por su propio peso.

Y allí estaba yo, caído por mi propio peso y el de mi grueso abrigo, sin pasar frío, sí, pero también tan desubicado humanamente, que recién entonces empecé a comprender qué poco tiene que ver el verdadero arte con las modas y los abrigos de cualquier medida.

Escribiendo, en plena acera, medio escondido detrás de un árbol o arbusto, como hasta ahora suelo hacerlo en alguna de mis numerosas libretas de apuntes o cuadernos, crucé mi mirada con la de un hombre que entonces debía tener la edad que ahora tengo yo.

-¿No eres peruano, no? –le pregunté, dándome cuenta recién cuando yo mismo escuché la pregunta, que me había atrevido a hablarle a un perfecto desconocido.

-Uta que nostás lejos –me respondió él.

Chileno, pensé enseguida.

Me acordé de los amigos chilenos que había conocido en Lima en un festival internacional de coros universitarios. Me acordé de los chilenos exiliados que había conocido años atrás en un billar. No encontré otra cosa que simpatía en mis recuerdos y le sonreí.

Le conté que estaba haciendo tiempo para ir a La Salsa a celebrar mi cumpleaños.

-Mira la casualidad po’, ‘uón –me dijo él-. Mi esposa H. también cumple años hoy. Se va a alegrar de conocerte.

-Mi hermana también se llama H. –le comenté.

Nos reímos.

Me llevó a su casa, que estaba a pocos metros de allí, conocí a su esposa y más tarde me llevó a un restaurante mexicano donde él cantaba con otro chileno, en donde pasé una velada agradable repasando el repertorio que yo mismo conocía de memoria y comiéndome unas buenas enchiladas.

En la noche nos despedimos, me dijo que podía quedarme a dormir, pero no le acepté la invitación, porque tenía planeado amanecerme.

-Tal vez mañana te caigo. Pero muchas gracias –le dije.

-Ésta es tu casa –me remarcó.

Llegué a La Salsa cuando empezaba a armarse el ambiente.

La primera sorpresa de la noche me la dio Barbara, una estudiante alemana que había conocido en Colonia y con la que había pasado una agradable noche bastante bizarra, a quien no había vuelto a ver desde entonces, y que ahora era camarera allí.

Me alegré de verla. Sentí que mi ánimo mejoraba y me dirigí hacia donde estaba para saludarla. Llegar y ser invitado a pernoctar. Llegar y reencontrarse con una antigua aventura.

-Hola, Jorge –me dijo, pegándome un beso desganado en la mejilla-. Si vienes a verme, caes mal porque ya tengo novio.

-No, para nada –le respondí, sin poder evitar el bochorno-. No sabía que vivías en Berlín, de veras. Vine a pasar mi cumpleaños, es todo.

-Ah.

A las dos de la mañana, harto de invitarle cervezas a un tipo que me aseguraba una y otra vez conocerme y haberme visto varias veces, me decidí a bailar la única pieza de mi noche. Ya le había echado el ojo a una muchacha bastante agradable que parecía no saber decir no para bailar.

-¿Me permites? –le dije, tras acercarme hasta donde estaba con su grupo de amigos.

-Ay, no, perdóname, estoy muerta, disculpa –me dijo, con ese acento de limeña que llevaba yo un par de años sin escuchar.

Sentí que mi mundo se derrumbaba. Las paredes parecían haber empezado a temblar. ¡Nunca nadie en mi vida me había negado una invitación a bailar!

-Discúlpame –le respondí, tratando de quitarle el peso de encima a la muchacha. Había sido mi culpa haberme decidido a bailar con ella y ahora la había puesto en una situación engorrosa.

-No sabes, ¡me han hecho bailar toda la noche! –continuó, haciendo gestos con sus grandes y bonitos ojos.

-No te preocupes. La verdad es que sólo había venido a beber, pero como hoy es mi cumpleaños, mejor dicho, ya pasó, quise celebrarlo bailando una sola vez.

-¡Yo también tuve cumpleaños! –me replicó ella-. ¿Por qué crees que me han hecho bailar toda la noche?

Volví a mi mesa.

Una pena más, es una gota de agua en el océano para mí, un fracaso más, dice el vals. No podía quejarme. Por lo menos como producción cinematográfica funcionaba todo bien: yo ponía mi abatimiento melancólico, la vida me ponía las anécdotas.

-Ya sé de dónde te conozco –me dijo el muchacho que se había pasado toda la noche diciendo que me conocía. Aunque empezaba a tragarse las palabras, se le veía -todavía- dueño de lo que decía.

¿Tú no jugabas fútbol con tal y tal, en el campeonato tal, en la cancha tal?, me preguntó.

¡Había tenido razón toda la noche! Nos habíamos visto varias veces en unos campeonatos de fulbito, allá en Lima, muchos años atrás, en un parque que estaba en la frontera de los distritos de Jesús María y San Isidro.

Agradecí su insistencia y su memoria.

El día siguiente lo aproveché para pasear y visitar la Berlinale.

La melancolía -la saudade- que llevaba adentro había empeorado con el efecto de la resaca. Al chileno le había contado la misma historia de la entrevista a su compatriota Skármeta y él me había dado el teléfono de una conocida suya, supuesta experta en cine latinoamericano.

La llamé. Decidí aceptar mi estado melancodepre y hablarle como realmente me sentía.

-Mira –le dije-. Lo de la entrevista a Skármeta era sólo un deseo, una idea mía. Olvídalo.

-Podría conseguirte una entrevista con él, si de verdad lo quieres. Es mi amigo. Bueno, no exactamente. Es amigo de una buena amiga mía. Pero ahora no está en la ciudad -me dijo, en su castellano de pronunciación quebrada, pero gramaticalmente correcto.

-Qué casualidades me suceden aquí en Berlín –le dije, alcanzando finalmente a sonreír, pero sin explicarle el por qué de mi afirmación.

Si ahora se detiene un OVNI sobre mi cabeza, pensé, y desciende el propio Antonio Skármeta en persona a decirme que lo puedo entrevistar en este momento, no me voy a asombrar para nada.

-Si quieres podemos ver una película del festival juntos –me ofreció ella.

Nos citamos. Nos encontramos, nos saludamos. Sin ser una belleza, era particularmente atractiva ella y sabía vestirse como los artistas. Entramos al cine.

Hacía mucho frío, también dentro del cinema.

A la mitad de la película (he olvidado por completo cuál era), se me ocurrió tomar sus manos entre las mías. Y lo hice.

Cuando me preparaba en la oscuridad para ser rechazado, sentí que ella se acercaba, acurrucándose contra mi hombro y mi pecho.

Se sentía muy bien estar así. Estar tan cerca a alguien que no conocías un par de horas atrás y que te regalaba ahora su cercanía.

Alguien a quien le habías ofrecido sólo tus manos y había venido a juntarse contigo, como respuesta.

En un momento determinado de la película, le dije que quería ir al retrete. Me solté de sus manos y de su calor, crucé por entre el callejón de piernas y respaldares de los asientos, y busqué la puerta correspondiente. Antes de volver al mundo, me lavé la cara y me miré a los ojos en un espejo bastante antiguo.

Cuando quise volver a mi asiento, ya era otra persona.

Salí a la calle, sin despedirme.

Estuve aplanando calles frías, oscuras y vacías durante horas, hasta que conseguí calmarme y tomar valor para abandonar Berlín, ese noviembre de 1987.

-Oye, Daniel –le dije ayer al teléfono-. Acabo de llamar a mi hermano y me dice que la estación más cercana se llama Schönhauser Allee. Él vive en la calle tanto y tanto. ¿La conoces?

-¡Eso está a la vuelta de donde vivo, pues, compadre! –fue lo que exclamó él, haciéndome alegrar de veras.

El próximo miércoles vuelvo a visitar a mi hermano. Ya veremos. Lo hago con toda mi familia. Mis cuatro hijos germano-peruanos y mi esposa.

Pero ya no será mi primera vez en Berlín.

HjorgeV

Sinthern, lunes 07-05-2007

P.D.: De mi última visita a Berlín, me queda el magnífico recuerdo de haber estado a punto de ir a parar a la cárcel, sólo por reclamarle a una vendedora de salchichas estarme cobrando de más. Algo que ella misma reconoció en ese momento, pero que después no le impidió tejer toda una intriga persecutoria alrededor de su persona, según la cual yo era un terrorista árabe que la asediaba hasta en las madrugadas y que ya había intentado incendiar su casa. Mejor imaginación no la tiene mi amigo, compatriota y vecino, Jorsche Digah. El chiste me costó más de mil euros. ¡Abogados! (Una de las anécdotas más caras de mi vida, por lo demás. No me quejo. He sido, creo, compensado con creces.)


MIS PROPIOS 60 PRINCIPIOS

6 Mayo 2007

Llevo años tratando de cogerlos por el cuello y definirlos de una vez por todas.

Es como escribir una tesis, un doctorado o una novela: nos parece que nunca vamos a estar listos.

En esta tarde de domingo soleado alemán, me atrevo a sacarlos de su rincón perdido de esta bitácora y airearlos a la atmósfera ciudadana.

De niño amé el balompié como el ajedrez bailado que es (definición de un lector bajo el seudónimo de Filemón Pi). Yo lo llamo Ajedrez Grupal y Cinético.

Como tuve un desarrollo físico muy tardío, cuando mis compañeros ya se afeitaban a diario, yo ni sabía para qué servía un desodorante. ¡Me llevaban hasta tres años, por la magnífica idea de mi padre de hacerme saltar un año en el colegio!

De tal manera que el fútbol fue mi mundo, mi cielo y, a la vez, mi frustración durante una buena época. Lo que tenía en mente no lo podía traducir en acciones porque mi musculatura no me lo permitía o porque el entrenador consideraba que no podía aportar mucho con mi físico de niñito.

Cuando finalmente crecí hasta pasar en estatura a la mayoría de mis compañeros, ¡el colegio y la adolescencia ya se habían acabado!

Lo bueno fue que así fui aprendiendo estos principios, que ahora trato de inculcar como entrenador con Licencia B, emitida por la Federación Alemana. (Todavía juego en el equipo de mayores de 35 de la localidad vecina, de delantero centro.)

El balompié es un juego de alta complejidad, en el que la intuición grupal y el dominio de la geometría marcan el ritmo, sin más reglas fijas que las limitaciones que dicta el reglamento.

Un intento de definición ‘pretencioso’:

“Ajedrez grupal y cinético, en el que se trata de desactivar posicionalmente al rival, para, con ayuda de la geometría dinámica (cálculo de líneas y ángulos que se están deformando constantemente), conseguir hacer cruzar el balón cómodamente por la línea de gol”.

Aquí va, pues, este intento de ‘humanizar’ este deporte que nació elitista en suelos ingleses, fue inventado por los chinos o en el antiguo México, y que corre el riesgo de pasar a la historia como un deporte de lucha y descerebrado, además.

Aunque estos principios los puede entender cualquiera, están pensados para ser más profundamente entendidos por los conocedores. Espero no exagerar ni aburrir.

1. El balompié es un juego más exigente que una partida de ajedrez pensada en grupo y no es posible jugarlo sentado.

2. El trabajo de la mente es doble: dirigir la propia motricidad corporal y decidir las jugadas y/o el posicionamiento personal a cada instante.

3. Gana el que mete más goles. Si no se encaja ninguno, mejor.

4. No existen limitaciones para la consecución de los goles, salvo aquellas que establece explícitamente el reglamento. Toda solución que termine en gol es buena. No he dicho ‘bonita’.

5. No bastan las ideas si el cuerpo no puede traducirlas en jugadas reales.

6. Peor es ser físicamente poderoso y carecer de ideas. No es un deporte de lucha. Ni hay que noquear al rival. Sólo mentalmente.

7. El mejor camino al gol no es -necesariamente- el más corto, pero hay que preferirlo.

8. A pensar en grupo se aprende, practicando a pensar… en grupo. Bienvenidas las sub-sociedades o sub-grupos, mejor si van creciendo dentro del equipo.

9. La puntería es primordial. La cuarta parte de cada entrenamiento debería estar dedicada a mantenerla ‘engrasada’, sobre todo en movimiento.

10. Cualquier nueva idea es buena, porque se ha hecho un esfuerzo para encontrarla y eso abre la mente a más ideas.

11. Es un juego posicional: el que mejor posicionado está, está también en ventaja. Para defender y para atacar. Pero hay que verificar la orientación a cada momento. Solo hay dos direcciones peligrosas: las que conducen a las dos porterías.

12. Hay que dominar la geometría dinámica: es decir, el trazo de ángulos y líneas, y su reconocimiento y cálculo en pleno movimiento y distorsión continua.

13. El que ataca siempre está en ventaja: el que defiende no tiene ojos en la nuca, corre hacia atrás y teme encajar un tanto.

14. Delantero: el arco es inmenso para el arquero. Portero: el arco es pequeñísimo para el delantero.

15. ¿Conocen la palabra sinergia? El balompié la inventó. Hacer con poco mucho. La ley del mínimo esfuerzo a su máxima velocidad. Ratones que pueden dañar como tigres, actuando en conjunto.

En un proceso sinérgico se unen dos o más elementos para obtener un resultado superior a la simple suma de ellos, maximizando sus cualidades.

16. Sin una visión panorámica permanente es mejor sentarse a jugar una partida de ajedrez. El buen jugador es el que tiene ojos en la nuca y a los costados. El mejor: el que puede ubicarlos a un par de metros de altura.

17. A jugar sólo se puede aprender… jugando. No escatimar esfuerzos en la práctica del juego en sí. Tomarse, por ello, todo partido con absoluta seriedad. Siempre.

18. La mente debe estar ocupada en tres asuntos primordiales:

a) En querer ganar. Es decir, en la meta o razón del juego: el gol.

b) En la concentración absoluta desde el comienzo hasta el final, que permite el máximo rendimiento físico y mental..

c) En pensar en las jugadas como líneas geométricas y dirigir nuestra posición a cada instante.

La relación porcentual es del 95% para a. La de b, 97%; pero la de c, 99%.

19. El árbitro siempre se equivoca. Dejémoslo en paz y no permitamos que nos disturbe la concentración. En el supuesto y exagerado caso de que le hayan pagado para que nos haga perder, sabrá cómo conseguirlo.

20. El juego limpio es la esperanza y la garantía del verdadero juego bonito. Ejemplo que no da la publicidad futbolística de la televisión. Pero, ¿qué saben los mercaderes de moverla y de otras cosas verdaderamente importantes en esta vida?

21. La pelota tiene que obedecer al jugador. ¿Un consejo? Imaginar todo el tiempo que se juega con las manos.

Mientras más se practica la ‘fantasía multifuncional’ individualmente con el balón, más obedecerá éste en el juego.

22. La pelota tiene que ser lo suficientemente elástica para potenciar la técnica y estar lo más lejos posible del antiguo concepto de pelota medicinal que tenían -y todavía tienen- muchas personas de ella, sobre todo los hombres.

¿Se quiere formar levantadores de pesas o finos y rápidos técnicos con la redonda?

¡Respetar el reglamento en lo que concierne a medida y peso del balón! ¡Tener una balanza siempre a mano! (*)
¡Respetar la menor musculatura y el proceso de crecimiento constante (huesos y articulaciones) de los niños!

Se desea jugar ajedrez bailando, no jugar a los bolos. Si no se puede dar pases que abarquen, por lo menos, la mitad de la cancha, es que el balón es demasiado pesado.

23. En un juego normal, el que tiene la pelota no debe darle absolutamente ninguna chance al rival de acceder a ella. Tanto individualmente, como en equipo.

24. Jugadores que no hablan y no se comunican verbalmente entre sí, dejan de usar una herramienta muy poderosa. 

25. Antes la pelota era de cuero. Alfredo Di Stefano decía que como la pelota procedía del cuero de la vaca y ésta se alimentaba de pasto, el lugar natural de toda pelota es, obviamente, junto al pasto.

Debe abandonar la bidimensionalidad pocas veces. Si lo hace, debe hacerlo bien.

26. El primer lugar natural y seguro de la pelota debe ser bajo la suela. De los dos pies.

La pelota se puede tocar, además: con la punta, el empeine, el talón o taco; con las partes interna y externa del pie; con el medio empeine interno o externo; con un cuarto de empeine interno o externo; con los tres cuartos externos o internos del empeine; también con las rodillas, los muslos, la cadera, el abdomen, los hombros, el pecho y la cabeza.

Ninguna de estas partes debe ser extraña para un jugador ni llegar a sorprenderlo.

27. Los cómodos tiros al arco con los amigos es algo muy bonito. Pero no existen como tales en un partido real. Reservarlos para los días festivos, no para los entrenamientos.

28. Siempre, antes de entrenar o competir (y durante) hay que tomar agua como un caballo.

29. Delantero que reclamas la pelota: como en la caza, es más fácil de reconocer y ser visto al que se mueve.

30. Un arquero que no sabe usar los dos pies, debe cortarse el que le estorba.

31. Un jugador tiene que haber pasado por todos los puestos. Incluso el de guardameta.

32. Calentar a conciencia hasta antes de jugar contra un equipo de monjas.

33. Sin absoluta concentración sólo se juega 1/2 partido.

34. El secreto de un buen dribling, gambeta o regate, es mantener el equilibrio y la orientación a gran velocidad. Mantenerlos y practicarlos para evitar perderlos. Repetir ejercicios en la primera marcha o cambio, como si se nos fuera la vida en ellos.

35. Defensa: al delantero hay que tratar de romperle el sentido del equilibrio y de la orientación, moviéndose casi todo el tiempo, acechándolo y amenazando con cortarle el paso con nuestros movimientos.

Le está permitido bailar, pero es el defensa quien le muestra el camino.

36. No me gusta el 1 a 1. ¿De qué sirve, salvo en situaciones concretas? Cansa y hace perder la orientación, es decir, el sentido del juego. Mejor es repartir los espacios y decidir según la situación.

37. Los ejercicios de un entrenamiento deben incluir y reproducir la tensión y la presión (el estrés) de un partido.

38. Aprender a repartirse el campo (en grupo) según sea ‘necesario’, tanto en el ataque como en la defensa. El intercambio de posiciones y de responsabilidades debe ser algo natural y determinado por la necesidad (al atacar) o la peligrosidad (al defender).

39. Todo jugador debe tratar de dominar los dos pies en todo tipo de jugadas. Eso estimula el desarrollo del pie dominante.

40. El partido se acaba cuando se acaba. Mientras tanto, se juega como si recién se hubiera empezado.

41. El defensa que tiene que correr detrás del delantero está perdido.

42. La pelota es más rápida que cualquier jugador. Aquí y en Marte. Pero rápidos jugadores inteligentes son un arma casi imbatible.

43. No se dispara ‘al arco’. Se dispara a un punto concreto del arco. Preferir siempre el empeine para hacerlo.

44. Es mejor ’secar’ (cerrarle o cortarle el paso) a un delantero, que tratar de robarle la pelota y perder.

45. No existen espectadores dentro del campo de juego. Todos están fuera.

46. Mentir es sagrado, ley primordial y compañía obligada de cada jugada.

47. La redonda está hecha para rodar. Pasarla. Pasarla. Pasarla. No se puede ganar un partido jugando solo, pero sí muchos enemigos.

48. Es pecado disparar al arco muy diagonal u oblicuamente. Desde allí donde ‘mide’ apenas uno o dos metros y hay un grandulón en el medio. Es más pecado no acompañar a ese atacante que se ha -o ha sido- ‘ladeado’.

49. Un buen defensa obliga y lleva a una ‘diagonalidad’ u ‘oblicuidad’ máxima al rematador, obligándolo a disparar en desventaja o a pasar. Para esto último ya deben haber desayunado sus compañeros de la defensa.

50. Por lo menos la mitad de las jugadas tendrían que ser preconcebidas y tener un código. Un tiro libre cerca del área debe ser un tanto casi fijo.

51. El capitán es el brazo y la boca del entrenador en el campo. Su apoyo moral tiene que ser ejemplar y su arado, paradigmático.

52. Contraatacar debe ser una de las médulas del juego. ¿Escuchó, portero?

53. Rival desconcertado es medio rival.

54. Hacérselo fácil al compañero, nunca difícil. En todo sentido.

55. Otra posible definición de balompié: correr pensando. Lo leí hoy en el diario, me pareció muy cierto y me causó gracia. Ahora lo copio –de Christoph Daum, según dicen-:

“La mente de un jugador es su tercera pierna”.

56. Prohibido renegar. Absolutamente. Destruye la concentración propia y la de los compañeros.

57. Nunca jamás dar un partido por perdido.

58. El gol no tiene por qué ser una acción violenta ni explosiva. Mejor si no lo es.

59. Un juego vistoso y altamente atractivo, no tiene por qué estar en contradicción con todo lo anterior.

60. Durante un partido, un entrenador tiene el derecho a sentarse tranquilamente a contemplar el fruto de su trabajo. Se debe permitir intervenir puntualmente.

HjorgeV

Sinthern / Pulheim, domingo 06-05-2007

(*) Estas son las reglas OFICIALES para mayores: su circunferencia será de entre 68 y 70 centímetros, su masa de entre 410 y 450 gramos y su presión de entre 0,6 y 1,1 atmósferas.

Para niños hasta los 13/14 años: 63,5 a 66 centímetros y 350 a 390 gramos.