-Si algo estoy buscando aquí, es información.
Es mi voz.
Es mi forma de luchar contra el miedo.
-La información no me va a saltar a los ojos –sigo diciéndome, sin saber lo que me espera aquí, abajo-. Ergo, tengo que buscarla.
Las ventanas de un sótano no suelen servir como fuente de iluminación y éstas no son la excepción. Pero, como es de día, dejan entrar algo de la luminosidad exterior. Me quedo, por eso, unos instantes parado, hasta que mis ojos se han acostumbrado del todo a la oscuridad.
Cuando puedo distinguir lo suficiente como para ver dónde están los interruptores junto a la puerta del cuarto de lavar en el que me encuentro, me dirijo hacia ellos. Mis piernas tiemblan ligeramente al dar los primeros pasos.
La luz que acabo de encender me parece tan fuerte, que por un momento olvido estar en un subterráneo. Paseo mi mirada por todo el recinto y me digo que aquí tengo que empezar mi tarea y concluirla.
Sin pensármelo mucho, paso a la acción. Divido su superficie en cuadrículas de unos 30 centímetros de lado, a revisar en 20 segundos cada una. Calculo que la habitación debe medir unos 35 metros cuadrados y obtengo la misma cifra que había calculado al ojo: unas dos horas de trabajo concienzudo.
Después de la primera hora de cuclillas sobre el suelo del recinto, empieza a invadirme el vacío. Lo conozco y ya no le temo.
No he encontrado nada y no sé lo que busco. Eso es lo que crea el vacío.
Pero yo le contrapongo empeño y voluntad de no cejar, me digo que mi día destinado a mi hija se va haciendo así más corto y me entrego a la siguiente hora de rutina.
Cuando me falta apenas una esquina por inspeccionar, el vacío ha sido -casi por completo- desplazado por un pequeño sentimiento de orgullo. Lo he alcanzado. Me he sobrepuesto al vacío. Mi cuerpo se alegra.
Saber no rendirse es algo que no se enseña en las escuelas.
Pero todavía me queda mucho por recorrer.
Termino en el cuarto de lavar y paso al recinto principal del sótano, el cual descarto enseguida como escenario de lo que pudiera haber ocurrido. Sin embargo, calculo 10 segundos por cada cuadrícula y termino en más o menos una hora.
Siento hambre y sed. Temiendo contaminar alguna huella, subo por la escalera y uso el primer retrete que encuentro. Arriba no tengo que encender ninguna luz por ser de día. Me pregunto cuáles serán mis siguientes pasos en caso de no hallar nada verdaderamente interesante en el sótano. Lo poco que he hallado –huellas de sangre- no está mal, pero no me lleva a ninguna gran conclusión.
Me lavo las manos y bajo por las escaleras, porque deseo salir por donde entré.
La habitación del sótano y su pequeño retrete los he dejado para el final. Decido hacer una pausa, comer y beber algo, y volver. Cargar energías, ventilar mi mente para la etapa final.
Salgo por la misma ventana con dificultad hacia el exterior, siguiendo el mismo camino entre los arbustos y árboles para llegar a la calle. Ahora veo menos gente que cuando llegué.
No lejos de aquí debe haber un negocio de comida rápida, me digo. Han proliferado en la última década y aparecen y se reproducen como hongos. El negocio de calentar una masa de harina, colocarle proteínas condimentadas, salsas y un poco de cebolla y lechuga dentro, lo dominan los turcos, seguidos de los griegos, algunos persas, ex yugoslavos y, rara vez, los alemanes.
En el primer negocio que ubico pido un Dönner con pollo, sólo cebolla y lechuga verde, tzatziki y salsa picante. Lo baño todo con limonada turca. El sabor de la cebolla, en combinación con el del yogur y la salsa picante, han conseguido hacerme sentir que estoy en condiciones de seguir.
Vuelvo a mi lugar de trabajo. En el camino marco un número.
-Hidráulicas Uhlen, buenos días –me dice una voz, aparentemente amistosa.
-Mi nombre es Digah. Quisiera comunicarme con el señor Uhlen, por favor.
-¿Tiene usted una cita? –me pregunta la voz, abandonando casi todo vestigio de simpatía.
He escogido mal el método. Me debe tomar por un vendedor de seguros o de cualquier otra cosa.
-¿Son esas formas de recibir a un viejo amigo del barrio? –le pregunto, fingiendo sorpresa.
Consigo que sonría nerviosamente y que se disculpe. Pero decido colgar.
La llamada me ha frustrado. Decido calmarme. Veo mi automóvil y me dirijo hacia él.
Es una camioneta urbana Astra de color gris plata. Detrás, permanentemente, llevo dos juegos completos de camisetas de mi equipo y una docena de pelotas para mis entrenamientos. Una de las varias razones que han motivado la separación de la mujer con la que estaba a punto de casarme.
Detestaba que la gente de la televisión pudiera enterarse de mi interés activo por el balompié.
Quiero pasar unos momentos sentado y pensando.
Vuelvo a marcar el mismo número.
-Con ventas –exijo con marcialidad, antes de que pueda soltar su rollo de saludo la telefonista.
-¿Podría decirme a quién puedo anunciar? –consigue preguntarme.
-¡Con ventas, señorita, por favor! –vuelvo a exigir, como si me estuviera dirigiendo a un batallón de soldados y se tratara de un cliente importante e impaciente.
Escucho que pasa la llamada.
-Estoy llamando desde Lima, señorita –le digo, en un alemán claro, pero con acento limeño, para hacer todo más creíble.
-¿Sí, señor? –me responde una mujer que intuyo muy joven e inexperta, por la voz, y temerosa de hacerme gastar mucho dinero con mi presunta llamada de larga distancia. Suelo mantener oculto mi número.
-Se trata de la implementación de tres fábricas en el plazo de apenas dos meses, señorita. Quiero saber si su jefe estaría dispuesto a garantizarme el envío de las piezas puntualmente, tal como me lo ha prometido. Y quiero su palabra, la de él. No la de usted, señorita.
-Oh, oh, oh…-dice ella, como asustándose-. Él no se encuentra ahora, señor Digah. ¿Podría dejarme su teléfono?
-¿Dónde está, en la India? –lanzo un globo de ensayo.
-No, no, solamente aquí en Hungría, pero no volverá hasta el jueves o viernes.
Cuelgo.
Tengo el tiempo y la tranquilidad que había supuesto, pero que no se me había ocurrido verificar antes. Con el estómago lleno se piensa mejor, me digo, pero enseguida me arrepiento de haberlo dicho, porque noto lo bien que me caería una pequeña siesta.
Vuelvo a bajar por la ventana y me pongo a trabajar.
Cuando me levanto para ver qué hora es en mi celular, veo que no me queda ninguna superficie por recorrer. Y aunque la hubiera. He encontrado suficiente información, sin saber antes que iba a ser así.
Son más de las tres de la tarde. Sólo le quedan unas nueve horas al día.
Es hora de despertar a Andreas. Me siento eufórico por lo que he podido hallar.
Subo al automóvil y enciendo el motor. Guardo en la guantera mi hallazgo más importante. Pero no me siento del todo contento. Todavía quedan muchos puntos por aclarar. Tan poco contento, que apago el motor y me vuelvo a dirigir a la casa.
En el camino llamo a Andreas, despertándolo.
-Quiero escuchar la grabación –le exijo.
-Te devuelvo la llamada –me responde él, somnoliento.
Me quedo frente a la entrada de la casa. Ya no tengo que temer que alguien me pueda ver aquí o no.
Suena mi celular.
-Marca el siguiente número. Sólo tienes que decir tu nombre, están avisados –me dice Andreas.
Cuando uno de sus colegas me hace escuchar la grabación por tercera vez, ya no me quedan dudas. Debe tratarse de un chofer del este de Europa. De un polaco, supongo.
-¡Policía, policía! –se escucha su voz excitada, teniendo como fondo el ruido sordo y tenebroso del motor de lo que debe ser un camión intereuropeo-. Aquí bum bum. Venir, venir. ¡Aquí bum bum!
Luego se le oye dar una dirección y colgar.
Alguien de la central telefónica de policía ha interpretado: “Vengan, aquí hay una bomba”.
Los bum bum onomatopéyicos los ha transformado en bum-bum, o sea, en algo muy parecido a bom-ba.
El chofer polaco los ha usado para describir dos disparos, por no dominar el idioma alemán.
Observo el jardín desde donde estoy. Trato de ponerme en el lugar de la persona que ha tenido la idea, a la que he llegado yo luego de casi 4 horas de trabajo en la habitación que ha servido de refugio y vivienda a la mujer y su hijo.
El jardín es bastante extenso. Se trasluce el trabajo de un jardinero en él. Pero hay varios lugares en los que la naturaleza le ha ido ganando la mano a lo largo del tiempo. Es lo que busco. Y encuentro varias posibilidades.
Trato de pensar como ella. Pienso en el día y en la noche. En la cercanía de la casa. Me pongo a buscar. Como estoy muy cansado, ya, no lo hago muy meticulosamente, pero mantengo bien abiertos los ojos.
Después de casi una hora, encuentro el lugar. El agujero ha sido tapado de tal manera que esté a salvo del ataque de roedores y otras alimañas, olvidando que otras más pequeñas se encargan siempre de cumplir una gran máxima.
Polvo eres y en polvo te convertirás.
Dudo en si llamar a la policía o no. Después de todo, se trata de un cadáver.
Llamo a Andreas. Esta vez no contesta. Decido ir a darle una visita sorpresiva.
Cuando me abre la puerta y veo que algo tira de sus ojos y de sus párpados hacia abajo como por medio de dos hilos muy finos y transparentes, siento que no voy a ser capaz de decírselo todo.
No nos saludamos. Él piensa que vengo a hacerle reproches. No sabe qué he estado haciendo.
Acaba de salir de la ducha –por eso no me había respondido antes- y está preparándose algo de comer, vestido solamente con una bata muy amplia y de tejido muy grueso.
Me lo quedo mirando. Siento que me balanceo. Es el cansancio. Podría dejarme caer sobre su gran sofá negro de cuero. Despertar dentro de una semana. Lo suficientemente temprano como para recoger puntualmente a mi hija.
Tiene un departamento muy bonito. La puerta de entrada da directamente a la cocina, y ésta está comunicada con un pequeño balcón a través de un gran ventanal. Al fondo lo saluda todos los días la silueta de Colonia y su simbología: la catedral -el Dom-, la torre de televisión, el perfil del casco viejo de la ciudad, el puente Hohenzollern.
A la derecha está la sala, la que también posee un balcón y piso de madera. A la izquierda están las puertas que dan al cuarto de baño, al retrete y a dos habitaciones más.
-Un regalo –le digo, estirando la mano y entregándole lo que he envuelto en la servilleta del negocio de comida rápida-. De un amigo.
Me mira, entrecerrando los ojos. No sabe de qué le estoy hablando. No se atreve a estirar la mano. Su preocupación es todavía cómo va a hacer para salir del lío en que está metido.
Ahora entiendo su tensión y la desesperación de Sonia, casi doce horas atrás.
-¿Para mí? –me pregunta.
Asiento.
Cuando, finalmente, ya sabe qué es por el contacto, sin necesidad de retirar la servilleta, no sabe cómo reaccionar.
Por un momento creo que se le van a salir las lágrimas. Pero consigue escaparse haciéndome una pregunta tonta:
-¿Cómo entraste?
-La ventana abierta del sótano -le respondo.
-No pensé para nada en eso.
-Tu mente estaba en otro lugar. En otro tiempo. En otras circunstancias. En otras preocupaciones –le digo.
Él asiente.
-Ibas a ser padre –le lanzo la verdad. O lo que yo supongo que es la verdad.
Me doy cuenta que me he expresado mal. Pero ya es muy tarde. Ha sido padre. Pero la criatura ahora ya no vive más. Está enterrada en el jardín de la casa donde fue concebida.
Me mira como quién no entiende. Sé que es el schock. Lleva años buscando la pareja con la cual poder ser padre.
-La sangre es de ella. Debe haberle ocurrido a medianoche -añado.
Le alcanzo varias láminas de esas que sirven para albergar pastillas anticonceptivas. No han sido usadas regularmente. Las he encontrado ocultas dentro de un colchón camuflado.
-¿Ocurrido qué? –me pregunta él, como si todo esto no tuviera que ver con él y se tratara de una mala pasada. Pero yo sé que no lo es.
-No ha sido muy constante con lo de las pastillas –le digo-. Seguramente algo nuevo para ella. Ha abortado, Andreas. Un hijo tuyo –insisto-. El marido está vivo, de viaje de negocios en Hungría.
Para impedir que se derrumbe, le doy mi versión de los hechos. Quiero que el policía me escuche. Andreas puede esperar ahora. Tiene que esperar.
-El aborto ha debido producirse a eso de la medianoche –le voy explicando-. No existe ningún amante, Andreas. En el momento en que se dio cuenta que estaba embarazada de ti, decidió no seguir haciéndolo contigo. Sospecho que no lo hace con su esposo desde hace mucho tiempo. Por eso sabía que no podía ser de él. Y como no podía ser de él, en algún momento debe haber decidido abortar, seguramente aprovechando alguno de sus viajes. O tal vez fue un aborto natural. Hay huellas de sangre mal limpiadas por todo el pequeño retrete y la habitación. Mi suposición es que desesperada por no poder hacer un hoyo en el jardín para enterrarlo, debe haber pensado que uno o dos disparos le podían servir para ese propósito. O tal vez hasta pensó en suicidarse. No lo sé. He hallado los dos casquillos cerca de la sepultura improvisada, Andreas. Sospecho que como no hay casas a varias manzanas a la redonda, no temió que alguien pudiera escucharla, pero sí temió que su hijo pudiera despertarse. Así es que cuando se decidió por los disparos, también se decidió por sedar antes al niño.
-¿Y la sangre de la ropa del niño? –me pregunta él, como en trance.
-No sé –le respondo-. Solo se me ocurre pensar en algo ritual o religioso. Tal vez fueron las ropas sobre las que llevó a su criatura perdida hasta el jardín. No lo sé. Recuerda cómo lloraba. Hasta había pasado por alto que había puesto en peligro la vida de su otro hijo sin querer.
Mi amigo juega con la pistola entre sus dos manos. Revisa las dos balas que faltan. Permanezco en estado de alta alerta, aunque estoy seguro que no va a cometer ninguna locura.
-¿Sabes cómo están ellos? –inquiero, para distraerlo un poco.
-Felizmente bien. Acabo de llamar –me responde él, como un autómata-. Deberán pasar una noche más en el hospital.
-¿Qué piensas hacer? –le pregunto, por preguntar-. Respecto a ella, me refiero.
-No sé –me responde, manteniendo su mirada en el vacío. Todo le debe parecer un vacío, ahora.
Me acerco a él y lo sujeto de los hombros.
-No lo sé, Jorsche. ¿Y tú? –me alcanza a preguntar. Su voz se ha vuelto apenas un hilo.
-¿Yo? -le pregunto, sonriendo sin querer. Por esas cosas absurdas que tiene la vida, me ha causado gracia su pregunta.
-Sí. Dispara –me responde, sin abandonar su mirada perdida, su voz melancólicamente triste y olvidando que tiene él una pistola entre sus manos-. Dispara. Dímelo.
-¿Puedo usar tu sofá ahora mismo? –le pregunto, sorprendiéndolo.
Pero no espero su respuesta y me dejo caer de espaldas como por un alto y desconocido abismo.
Sólo quiero dormir y dejar que el día de mi hija termine.
HjorgeV
Sinthern, 16/22-05-07

Escrito por hjorgev
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