¿Qué lleva a una persona a hacerle daño a quien dice querer?
¿Qué lleva a esa misma persona a creer que esa otra le pertenece hasta el punto de llegar a arrogarse la potestad de quitarle la vida?
Algo está claro. Son muy pocas las mujeres, comparativamente hablando, que hacen uso de la violencia doméstica.
Los casos en los que las mujeres terminan asesinando a sus maridos, son pocos.
Algo más está claro. Se trata de violencia, de fuerza. Por lo tanto está en ventaja quien tiene más fuerza o sabe usarla mejor y/o sabe ayudarse (armarse).
Parece ser que en el caso de la violencia casera -de casa-, se entremezclan muchos factores. La etiología no es singular, es múltiple.
Lo peor del Mono Sapiens, a mi entender.
Primero, está esa potestad de arrogarse el derecho a hacer del otro lo que ‘le venga en gana’ a un individuo. Hacer de la esposa y de los hijos la bolsa de arena boxística en la que descargar el mal humor, las frustraciones actuales y pasadas, la mala suerte o la simple resaca.
En algún lugar leí la siguiente frase, que resume bien la posición de esos hombres: “Es mía. Por lo tanto puedo hacer lo que me da la gana con ella”. Incluso, matarla, se entiende.
Si la violencia de por sí es algo que siempre se debería evitar, si la violencia es uno de los peores rasgos del Mono Sapiens a todo nivel -escolar, familiar, barrial, social, internacional-, aquella practicada en casa es acaso la más fea y la que peores consecuencias y secuelas deja, por formar parte de la educación personal de un ser humano.
Violencia doméstica y machismo van de la mano.
La primera es una expresión de lo segundo.
Pero entiendo que hay algo más, detrás de todo esto.
Me atrevo a afirmar que el machismo es expresión de un rasgo humano que ha conseguido casi pasar desapercibido, a pesar de llevar sobre sus hombros gran parte del ‘éxito’ de la evolución del Mono Sapiens.
(No estoy convencido de ese ‘éxito’.)
Me refiero a esa capacidad que posee el hombre y lo ha demostrado a todo lo largo de su historia, de rapiñar con la mayor ventaja posible.
Si es posible por la espalda. Solemos ser cobardes. (El actual casino-capitalismo o capitalismo tiburón es el mejor y más grande ejemplo de lo que digo.)
Hay que poder imaginárselo.
Tratemos de imaginarnos nuestra evolución, en base a lo que se conoce.
Para empezar, todos venimos de África. Tenemos un padre y una madre común. Es algo que ha quedado demostrado por estudios genéticos.
Tratemos de imaginarnos a ese proyecto de Mono Sapiens que salió de África. ¿Por qué dejó su medio ambiente natural?
Me atrevo a decir que por dos de los rasgos que más éxitos nos ha dado al Mono Sapiens en la evolución: la CURIOSIDAD y la NECESIDAD. (Esta última sigue causando las migraciones hoy en día: que nunca se han detenido, por lo demás.)
En verdad nos deberíamos llamar Mono Curioso .
La curiosidad es la madre de ese otro gran rasgo evolutivo nuestro: la EXPERIMENTACIÓN. ¿Qué pasa si me voy por ahí? ¿Qué pasa si hago esto o lo otro?
La interacción de la curiosidad y la experimentación es la que debe haber permitido el inmenso y rápido desarrollo de nuestro cerebro.
Pero me atrevo a decir aquí también que la adversidad ha jugado también un rol preponderante en el desarrollo de nuestra inteligencia. La falta de alimentos, principalmente.
De ser simples animales felices (vegetarianos) viviendo de lo que nos daba la naturaleza, nos aventuramos a dejar nuestras comarcas, seguramente por pura curiosidad inicial.
(Hay teorías que apuntan a un gran cambio climático en África, que habría diezmado la vegetación y habría vuelto bípedos a nuestros antepasados, a falta de árboles por los que saltar y colgarse. Estamos hablando de por lo menos un par de millones de años atrás. El Austrolopithecus es el primer homínido del que con certeza se sabe que era bípedo, por haberse encontrado esqueletos completos de él. Se extendió con éxito por todo el continente africano, entre 4 y 2,5 millones de años atrás.) (*)
En algún momento, por diversas razones, tuvimos que variar nuestra alimentación hasta volvernos omnívoros.
Lo más seguro es que nuestra curiosidad nos haya vuelto VIAJEROS, digo yo, y que esta nueva característica nos haya obligado a volvernos necesariamente omnívoros: había que comer lo que se encontraba en el camino para no morir de hambre.
Después seríamos, hasta la desaparición de los grandes animales, cazadores básicamente (?) carnívoros y nómadas.
Y ahora viene lo más interesante para mí.
En algún momento de la historia hemos compartido suelo con nuestro primo: el Hombre de Neandertal, que pertenecía a una línea evolutiva paralela a la nuestra. (Neandertal es una localidad cercana de esta zona de Alemania.)
No hay pruebas genéticas de que nos hayamos apareado sexualmente con ellos. Pero sí de haber coexistido.
Los expertos se preguntan cómo es posible que, de los dos primos, uno desapareciera por completo y el otro no sólo sobreviviera, sino que también terminara ocupando un (el) rol dominante sobre esta Tierra. Para bien y para mal.
Yo digo, atrevidamente, que los expertos, seres humanos al fin y al cabo, no se atreven a decir lo más probable: que la extinción de nuestros primos, los Neandertales, haya ocurrido por mano directa del hombre.
(Ellos hablan de haber sido menos competitivos y haber terminado ‘relegados’ por eso. Dejo a su imaginación las conjeturas pertinentes.)
Para concluir: llevamos, pues, genéticamente -porque a eso nos hemos dedicado la mayor parte de nuestra existencia como seres humanos-, un alto ser traidor, rapiñero y abusivo dentro.
(Quien, además, tiene una especial predilección por acomodar la historia a su gusto. Es decir: un ser mentiroso.)
Nuestra historia está, literalmente, infectada por situaciones, adversidades y fatales coincidencias, en las que el hombre tuvo que recurrir a la fuerza bruta (la caza, por ejemplo) y a la maña (astucia) para poder sobrevivir. Probablemente no le quedaba otra alternativa.
El animal bruto, cobarde, astuto, traicionero y ventajero que somos, se lo debemos a la evolución.
Gracias a la civilización hemos realizado grandes avances en el control de nuestras más bajas y peligrosas pasiones. Por eso lo llamo el Mono Sapiens. (¿Qué culpa tendrán los pobres monos?, se pregunta mi Lector Atento.)
Pero basta cualquier oportunidad –buscada o no- para que el Mono Sapiens las saque a relucir: allí están las guerras de todos los días, la violencia, la explotación, la tontería humana diaria.
La lucha contra la violencia doméstica –y contra cualquier violencia- podría empezar, propongo, por dar una regla clara y práctica a nuestros niños: está terminantemente prohibido abusar (en todo sentido) del que tiene menos fuerza o no se puede defender adecuadamente.
Creo que no sería difícil implantarlo en nuestras sociedades.
Los verdaderos ‘valientes’ no se meten con los más débiles.
El que lo hace es, en realidad, un gran cobarde.
Así de fácil podría ser la norma a imponer desde la más temprana niñez, para contrarrestrar ese manifiesto machismo que todos los hombres parecemos llevar en nuestra información genética.
Hay que estigmatizar a esos falsos valientes.
Empero, existe un gran detalle: la sociedad tendría que ser absolutamente –humanamente, se entiende- consecuente con esta regla.
Es decir, tendría que empezarse por el Estado. La violencia estatal (policial y judicial) no debería existir o ser altamente penada o usarse cuando o donde verdaderamente sea indispensable.
(Casi siempre es contraproducente, además.)
No podría existir la pena de muerte, ese acto asquerosamente abusivo, que no conduce a nada –salvo la eliminación física del condenado- y que todavía existe aún en sociedades que se reclaman como ejemplo en el mundo.
Tampoco podría tolerarse la llamada ‘fiesta’ taurina, el mejor ejemplo de esa capacidad de ensañamiento que tiene el Mono Sapiens y que consiste en acosar a un pobre animal para regocijo y aplauso de los demás ‘valientes’ presentes y en el que se termina asesinándolo (ver diccionario) sin que se pueda defender. Por lo menos no adecuadamente.
Prohibido estaría, también, todo tipo de incitación a la violencia, sobre todo por medios audiovisuales, porque, justamente en ellos, se incita a la práctica del peor tipo de violencia: la gratuita. Además de programar mentalmente a los niños con un claro mensaje: Lo que haces no tiene consecuencias.
¿Tendríamos que asombrarnos entonces por matanzas como la de Virginia, por ejemplo?
Si lográramos conseguir que esa simple regla se implantara, un niño que viera a su padre intentando abusar de su madre, se lo podría decir abiertamente, porque no tendría qué temer: su padre sería aún más cobarde si se metiera –violentamente- con él.
Me lo dijo mi hijo, Jorge Juan, entre grandes sollozos de frustración e impotencia, cuando tenía cuatro años (hace dos) y yo no vi –en ese momento- más forma de que obedeciera que propinándole, ofuscado yo también por la frustración y por mi propia impotencia, un palmazo en el trasero:
¡Si yo fuera más grande no podrías pegarme! –me dijo, entre lágrimas.
Qué exacta y justa razón tenía. Y me dio vergüenza.
Le juré que nunca más le pondría la mano encima.
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, sábado 02-06-2007
P.D.: ¿Una foto de Jorge Juan?
rapiña.
(De rapina).
1. f. Robo, expoliación o saqueo que se ejecuta arrebatando con violencia.
Artículo de El País sobre el tema:
(*) Se dice que la Fase Erectus es la más compleja y confusa de nuestra historia. Se supone que fue el Homo Ergaster u Homo erectus africano de esta fase, el primero en abandonar África. Se han encontrado restos de él, de 1,8 millones de años de antigüedad, en Dmanisi (Georgia). La foto de arriba muestra un intento de reconstrucción de uno de nuestros antecesores, el Homo Habilis. HjV