Cuando mi esposa me sorprendió hace unos dos meses con la pregunta sobre si estaría dispuesto a pasar un par de semanas de vacaciones de verano a orillas del Mar Báltico, le dije que por supuesto que sí.
Unos días después le pregunté:
-¿Y dónde queda exactamente eso?.
-Al norte de Alemania –me respondió, con el talante de un argentino respondiendo a alguna pregunta tácita (para él) sobre su país.
-Ah –fue todo lo que se me ocurrió responder; poco argentinamente, eso sí.
¿Pasar las vacaciones de verano en Alemania?, me pregunté después. ¿A quién se le puede ocurrir?, me dije. Pero ya era muy tarde.
Después recordé haber leído que con la pasada –y al parecer, ya superada- crisis económica nacional de los últimos años, los alemanes habían empezado a dejar de viajar a Italia, España y Grecia, para descubrir como turistas su propio país.
Al parecer, con bastante éxito, según lo que había leído: el idioma era el mismo, los precios también y no había que recorrer un par de miles de kilómetros para cumplir el sueño anual de comer mal y demasiado, asarse a la parrilla del sol (deporte tan de moda -y tan peligroso- entre los teutones), dejarse estafar por medio mundo, beber más de la cuenta y regresar con (más) deudas a casa.
El detalle que faltaba lo debía haber olvidado yo por alguna razón desconocida ahora para mí: el clima. ¿O sería que no lo mencionaban los reportajes que había leído?
Hoy me encontré con dos gastrónomos iraníes, quienes, lo primero que me preguntaron al verme, fue la cuestión obligatoria por esta época del año:
-¿Y? ¿Qué tal las vacaciones?
-Bastantes deportivas –les respondí-. No nos faltó movimiento.
-¿En Alemania, no? ¿Qué deportes? –me preguntaron, muy curiosos ellos.
-Ese de ponerse y quitarse, ponerse y quitarse, ponerse y quitarse el impermeable contra la lluvia –les dije, acompañando mis palabras con los movimientos correspondientes.
Se rieron con ganas y ya no preguntaron más. (Los alemanes no preguntan mucho porque ya conocen el tema.)
Una pena que no hayan preguntado más.
Porque salvo el clima un tanto traidor, pasamos unos lindos y reparadores días, recorriendo varios kilómetros diarios en bicicleta por sinuosos paisajes de un verde interminable (llegó a parecerme, por partes, la selva de mi país y, las subidas, la maldición de Pachacútec), jugando un par de veces voley en la playa, leyendo como un condenado en prisión, dándole a los juegos de salón con mis hijos, viendo televisión con ellos (aquí no la veo) y conociendo otros aspectos de este país que me ha acogido como mi segunda patria.
Además, sólo una vez nos pescó una fuerte lluvia, felizmente ya muy cerca del lugar donde estábamos alojados.
Pero vayamos por partes.
Vale empezar aclarando el significado de la palabra vacaciones en este país. No se trata de una palabra cualquiera.
Las vacaciones son algo más que sagrado en Alemania.
Aunque no fue siempre así. Baste recordar que apenas unas décadas atrás éste era un país todavía destrozado por la guerra.
Según las estadísticas, los alemanes fueron los europeos que más viajaron fuera de su país en los últimos años. Creo que ahora han empezado a ser desplazados por los italianos y los franceses.
(Aunque esto último no lo creo, porque según me contaba mi padre cuando era niño -él estudió aquí en Alemania, justamente-, los franceses suelen bañarse muy rara vez, decía, medio en broma, medio en serio. Solo cuando viajan. Y viajan muy poco, repetía él.
A mí, que me tocó pasar unos meses intentando establecerme en ese país sin conseguirlo, me fue posible corroborarlo in situ allá a mediados de los 80. Como ya han pasado más de veinte años, es posible que las cosas hayan cambiado mucho. ¿O será que no o sólo parcialmente?)
Lo cierto es que la gente de este país sufre de vacacionitis aguda.
La enfermedad se empieza a adquirir desde muy temprano. Ya los niños de seis años que empiezan la escuela las reclaman. ¿Cómo no va a ser, si una de las preguntas clásicas de todo libro escolar y de primer día de escuela es inquirir por dónde se han pasado las vacaciones?
Digo enfermedad, porque me parece percibir que desde hace unos años a esta parte, los alemanes parecen haberse cansado de trabajar y ven en las vacaciones ya no lo que deberían ver –un par de simples semanas de solaz, reposo y cambio de aires-, sino, enfermizamente ya, la panacea a su falta de ganas al parecer de todo en esta vida.
Estoy exagerando.
Pero lo que digo lo hago teniendo en cuenta la Alemania que conocí al llegar aquí en 1985, cuando hacer vacaciones era algo más o menos natural y generalizado, pero no la droga que algunos –ahora- quisieran poder inyectarse unas cuatro veces al año, por lo menos.
Conozco gente que trabaja medio año como animales de carga, solo para poder hacer vacaciones el resto del año en algún país con el cambio monetario favorable.
No es nada que les pueda recomendar a ustedes, si es que alguno ya está pensando en lo bueno que sería eso.
Ninguno de los que conozco que practiquen esta moderna modalidad de vida, parece estar muy contento con lo que hace. No me pregunten por qué.
(Tengo muchas sospechas. Una de ellas es que no pueden resistirse a esa gran sensación de libertad, optimismo y buena onda que suele ser compañera de los primeros días de cualquier estancia vacacional en otro lugar diferente del habitual. Pero solo lo es de los primeros días.)
Las vacaciones se han vuelto una parte tan íntima de la vida de la gente de este país (lo viven desde niños), que hasta los estudiantes universitarios no podrían existir sin viajar –por lo menos: y eso me consta- unas dos veces anualmente al extranjero.
Por esta época del año es posible ver gente abatida y triste por las calles, sobre todo de las grandes ciudades.
Tengan la seguridad de que se trata de aquellos que no han podido salir de vacaciones o ya las han dejado bastante tiempo –semanas- atrás. Les toca enfrentar ahora los terribles once meses de espera hasta la próxima oportunidad.
Por mi parte, a pesar de haber salido de Lima cada verano y viajado por todo el país en las vacaciones y los días de fiesta de mi infancia, no viví esa época como una obligación.
Creo que si hubiera tenido que quedarme en Lima entre año y año escolar, no habría sido especialmente consciente de ello y habría organizado mis vacaciones de otra forma.
Es más, justamente en este momento recuerdo un verano casi completo pasado en las instalaciones de la ‘Guay’ (la YMCA, la Asociación Cristiana de Jóvenes, la Young Men’s Christian Association en su versión peruana) de Pueblo Libre, jugando fulbito y tenis de mesa todo el santo día, y asistiendo a un durísimo curso de natación que nos hacía creer que nunca íbamos a llegar a la otra orilla nadando o pataleando cogidos a una tabla de aprendizaje.
(Tengo en la memoria un par de canciones de esa época. Entre ellas Celoso. ¿Quién la cantaba?
Es media noche ya, el tiempo se me va / Cómo se me equivocó mi corazón…)
También me acuerdo de un par de veranos visitando Barranquito y Los Pavos, las playas más próximas a la Quebrada de Armendáriz –bajando, a la izquierda- y que eran las de moda en ese entonces, entre otras.
(Desde hace mucho ya, la moda es viajar al sur. Esas playas barranquinas ahora son ‘del pueblo’, como le escuché mencionar alguna vez a alguien.)
Lo cual quiere decir que también debo haberme quedado en Lima algunas veces durante las vacaciones escolares y no recuerdo haberlo vivido como algo malo.
Bueno pues, aquí los niños al regresar de las vacaciones a la escuela, compiten por ver quién viajó más lejos, quién las pasó mejor y esas cosas.
Creo que mis hijas no lo van a tener fácil esta vez (los otros dos chicos son todavía muy pequeños para esas cosas). No lo sé.
Por lo menos no se han quejado mayormente. Lo cual me hace suponer que no han sido las únicas de su clase en haber pasado las vacaciones de este año ‘en casa’.
Alquilamos una pequeña residencia particular de dos pisos tipo cabaña, muy bonita, idílica y práctica, con todas las comodidades modernas, rodeada de jardines, un gran parque con su respectiva laguna y sus patos y patitos, y mucha vegetación. Con un alquiler, además, mucho más que moderado.
Estaba ubicada en una pequeña ciudad bastante pintoresca en la que apenas había turistas y rodeada de paisajes de suaves lomas de un verde interminable e innumerables bosques.
Las ciclovías o caminos para bicicletas, se encontraban -generalmente, como debe ser- lejos de las pistas y carreteras.
La anfitriona, una dama de más de 70 años de edad y su esposo –que hoy cumple 80: le dejamos una tarjeta de felicitación y agradecimiento por todo-, nos fue a recoger a la estación y nos sorprendió llenando la despensa para nuestros primeros días allí, maravillada por acoger al primer matrimonio germano-peruano de su historia.
(Varias tardes se apareció con una tarta de fresas con crema que nos obligó –literalmente- a chuparnos los dedos.)
¿Qué más se podía pedir?
Mejor clima. Eso sí.
Y más tiendas (de ropa), dicen mis hijas, que están entrando a la adolescencia a pesar de su corta edad.
Tal vez antes me habría preocupado al escucharlas hablar así. Pero sé que han sacado notas bastante buenas y que se han devorado todos los libros que se llevaron para leer y que tuvimos que comprar un par más allí.
Además hicieron bastante ejercicio, por lo de la bicicleta. Y alguna vez tendrán que entender que no es nada fácil eso de coordinar las vacaciones de una familia de seis miembros.
Pero sobre todos esos detalles ya les seguiré contando mañana.
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, domingo 08-07-2007

Escrito por hjorgev