RUMBO AL MAR BÁLTICO

9 Julio 2007

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Frente a mí, en el tren, una señora que parece haber pasado por veintitantas operaciones de cirugía plástica y seguir descontenta con el resultado.

Con la cantidad de oro que lleva encima se podría construir una escuela en alguna parte del mundo, se me ocurre pensar.

Hay un señor refunfuñando por ahí.

El tren aún no ha partido para continuar su viaje y dejar esta pequeña estación atrás.

El hombre habla con su esposa que lo ha venido a traer hasta la estación en un automóvil Mercedes que no debe tener más de dos o tres años de antigüedad. Lo sé porque hemos llegado casi juntos hasta aquí y hemos estacionado muy cerca nuestros respectivos automóviles.

Nosotros seguimos nuestro viaje hasta el Mar Báltico en ferrocarril.

Él le habla, aunque ella no lo puede escuchar desde afuera. Pero él continúa y somos nosotros los que lo escuchamos:

-Muy incómodo viajar en tren. Incomodísimo –dice, en voz especialmente alta, mientras se mueve sobre su asiento, como queriendo demostrar con sus movimientos, que lo que dice es cierto.

Todos los del vagón en el que viajamos hemos podido escuchar sus palabras.

Las vuelve a repetir, como un mantra.

Viste saco y corbata. Es un tipo delgado, alto. Tiene el aspecto cuidado y la voz de mando de un empleado de la jerarquía intermedia de alguna mediana o gran empresa, a la que acude todos los días laborables de la semana con su automóvil casi nuevo. Pero hoy no.

Barrunto que es de los que ahorran en zapatos.

Así como otros ahorran en comer o en papel (libros, diarios, revistas), en champú o en lo que visten, éste debe ahorrar en zapatos. En zapatos y calcetines, por lo que puedo entender de un rápido vistazo. No hay concordancia entre esos elementos inferiores de su vestimenta con el resto de ella.

Frente a él, un jovencito de unos 13 o 14 años que me ha estado observando cómo lanzo una mirada a los zapatos y contemplo la corta escenificación de este personaje, me sonríe cuando se cruzan nuestras miradas.

Creo reconocer cierta complicidad en ella, pero no entiendo en un primer instante por qué.

-Muy incómodo viajar en tren –repite por tercera vez mi personaje, cuando el tren ya ha partido y sigue sin existir ninguna posibilidad de que su esposa lo pueda ayudar.

Recién entiendo que el jovencito debe ser su hijo.

El hombre debe estar acompañándolo seguramente hasta la estación central y la idea de ‘rebajarse’, usando un servicio público, no debe gustarle nada. Su hijo lleva muletas y un pie enyesado. Tiene las piernas de quien no ha tenido la suerte de crecer para poder jugar con una pelota o correr libremente por los campos. Sin embargo, sabe sonreír. No puedo, entonces, contenerme.

-Muy incómodo viajar en tren, ¿no? –le digo desde mi asiento, una fila más atrás, sorprendiéndolo y usando su particular y repetitiva sintaxis.

-Sí, incomodísimo, vea usted –me responde, sospecho que agradeciéndome por la solidaridad.

Son dos personas, él y su hijo, que van sentadas en dos asientos dobles.

El que tendría que quejarse debería ser su hijo: subir y bajar de un tren con esas piernas y esas muletas no debe ser ningún chiste. Pero el muchacho vuelve a sonreír y el hombre ‘sano’, su padre, es el que refunfuña. Además, no llevan equipaje. Dos asientos dobles para dos personas. Sin equipaje en un tren.

-¿Y por qué no tomó un taxi? No debe costar un mundo –le digo, al que debe ahorrar en zapatos, calcetines y transporte, volviéndolo a sorprender porque mi solidaridad parece haberse hecho humo de pronto.

No debe costar un mundo es la traducción de la expresión alemana. En castellano: no debe costar un ojo de la cara. Él no responde y desvía la mirada. Sabe a qué me estoy refiriendo.

Finalmente procuro olvidar el incidente.

La señora del oro y la escuela que tengo enfrente se despierta. No puedo entender por qué llevando tanto oro no es capaz de pagarse un chofer.

Pero entiendo que el oro es así, apreciado por sus varias cualidades. Una de ellas es la de ser como un perfume sólido.

A su lado hay una botella vacía de una marca de cerveza conocida. No debe ser suya. Gente como ella no suele dejar huellas de lo que hacen. No, por lo menos, muy cerca.

Le sonríe a mi hijo menor. Los otros tres están con sus bicicletas obstruyendo la entrada del vagón.

Dos estaciones más adelante tendremos que bajar en la Estación Central de Colonia y hacer un trasbordo. De allí hasta el Mar Báltico deberán ser unas seis horas de viaje. Entonces las bicicletas viajarán en un vagón especial y ya no tendremos gente renegando a nuestro alrededor.

Espero que sea así.

Aunque con los alemanes nunca se puede saber.

Por más que viajen en asientos dobles y sin equipaje.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, lunes 09-07-2007