(A propósito de mi entrada sobre la vacacionitis aguda de los alemanes:
Un amigo peruano, Daniel Caro, que vive en Berlín, me acaba de escribir para contarme que en su trabajo contó a sus colegas que no pensaba hacer vacaciones porque tenía muchas tareas pendientes y dice que se lo quedaron mirando como a un extraterrestre.
Las vacaciones son las vacas sagradas de los alemanes, me comenta, corroborando lo que yo contaba anteayer aquí. Otra vaca sagrada es el automóvil, pero ese ya es tema de otra página de esta bitácora.)
Estuvimos pasando nuestras primeras vacaciones en Alemania, como les venía contando, a orillas del Mar Báltico.
A quien le pueda parecer raro: no es común en este país hacer vacaciones sin salir al extranjero. No olvidar que Europa es un pañuelo comparado con las distancias de muchos de nuestros países latinoamericanos o las de EEUU.
Linda la casita que alquilamos (a muy bajo costo, por la falta de demanda y por el carácter netamente particular de los anfitriones), tímida la gente provinciana de la zona y muy agradables los paisajes circundantes.
Un clima… bueno, eh, bastante interesante, como se dice de alguien a quien no se quiere herir, pero tampoco se sabe cómo ni por qué alabarlo.
Digamos que como experiencia estuvo bien.
Creo que soy de los que prefieren hacer, de tripas, corazón.
Así es que debo volver a recalcar que pedaleamos mucho, como ya conté, leímos todos los alfabetos de mi familia como solo es posible hacerlo muy raras veces. Puf, puf, puf, había que darle en las subidas a los pedales de la vieja bicicleta que me prestaron –a mí- los anfitriones. Pero allí le dimos todos sin chistar.
Hasta Jorge Juan (6) aguantó sin quejarse.
Los pocos días de sol ‘verdadero’ salvaron felizmente esa aventura.
Quería contar hoy que nos decidimos a trasladarnos en tren por cuestiones netamente logísticas y porque a mí, personalmente, no me gusta manejar. Menos en largas distancias.
Hay mucha gente que juega regularmente a la lotería, sin saber que la probabilidad de ser atropellado o morir en un accidente de tránsito, es mucho mayor que la de sacarse el millón. Hasta no hace muchos años, morían unas diez mil personas al año en las carreteras de este país. No creo que hayan cambiado mucho las cosas.
Manejar o conducir solo es otra cosa.
Pero hacerlo cargando con la responsabilidad de llevar a otras cinco personas –tu propia familia- es una gran presión que cada vez que puedo, la evito. Dos veces hemos estado a punto de vernos envueltos en graves accidentes (ya lo contaré en esta bitácora) y no por culpa nuestra.
Volviendo al tema, ya nos habían contado que la zona –Alemania, en general- cuenta con una buena red de ciclovías o caminos para bicicleta.
Como geográficamente cabía la posibilidad de visitar varias playas desplazándonos en dos ruedas, mi esposa me preguntó si estaba de acuerdo en dar prioridad al movimiento corporal en estas vacaciones –visto lo inestable del clima alemán-, y yo le dije que sí.
Ahora es algo que recomiendo.
(No hace mucho, mi amigo Andreas, el policía protagonista de las historias de Jorsche Digah, me contó que tenía pensado recorrer el país de norte a sur en bicicleta. No le di mucha bola –o bolisha, como dicen los argentinos- entonces, pero ahora entiendo que su idea no es nada descabellada. Es más, me ha empezado a tentar.)
Así es que, una vez resueltas las formalidades del alquiler de la casa y nuestras obligaciones aquí en Colonia, nos pusimos a ver cuáles serían las mejores soluciones de transporte.
Para empezar, enviamos parte del equipaje por correo. Parece una broma, pero es en serio: por la módica suma de 13,90 euros, es posible enviar una maleta hasta de 31 kilogramos por todo el territorio alemán por correo.
Un gran alivio, como lo podrán constatar más adelante.
Quedaba el problema del transporte de las bicicletas.
Una posibilidad consistía en enviarlas aparte, pero resultaba demasiado cara como solución. Tanto, que habría sido más conveniente comprarse bicicletas usadas con el mismo dinero en Oldenburg, nuestro destino, a cinco kilómetros del Mar Báltico.
Como podían ser transportadas en un vagón aparte, pensamos que no nos quedaba otro camino que viajar todos juntos: seis personas y cuatro bicicletas grandes.
(La señora Tolg, la simpática anfitriona, nos había dicho que ellos podían prestarnos las suyas, pero yo fui el único en aceptar la oferta.)
A todo eso había que agregarle la bicicleta pequeña sin pedales de nuestro hijo de dos años y una especie de coche remolque plegable de dos ruedas, que pensábamos utilizar para transportar todo lo necesario en nuestros paseos diarios.
Hasta aquí la teoría.
Ahora viene la práctica: Alemania ya no es lo que fue alguna vez apenas hace un par de décadas atrás: habiendo reservado nuestros asientos y lugares para las bicicletas en un vagón especial, los inteligentes empleados de la DB, los Trenes de Alemania, nos asignaron un vagón alejado de aquél.
Así es que ya se pueden imaginar las que tuvimos que pasar, buscando los vagones correspondientes (nadie parecía saberlo, ni nadie parecía querer asumir la responsabilidad por ello) y teniendo que correr de un lado a otro con los biciclos, el equipaje y cuatro niños. Dos de ellos pequeños.
(Aunque Jorge Juan ayudó mucho y Yose Toño se portó muy bien.)
¿Por qué no habernos asignado, simplemente, en el momento de la reservación el vagón continuo al de los velocípedos?, me pregunto fieramente.
Gastando tanto dinero en la promoción Tren&Bici que hacen, ¿cómo es posible que no se hayan enterado todavía que la cabeza es algo que no sólo sirve para ponerle champú o rascársela?
Al partir, en la estación de Pulheim, teníamos entonces que subir las cinco bicicletas al vagón correspondiente, cargar con cuatro maletas y dos mochilas un par de vagones más atrás. Los problemas empezaron allí.
No pensamos para nada que subir cuatro grandes artefactos con ruedas por una sola puerta angosta iba a tomar tanto tiempo.
Lo crítico era que el tren tenía programada una estadía de apenas tres minutos en esta pequeña estación. Así es que tuvimos que esforzarnos para embarcar todo y cuidar de los niños, rápidamente.
En la teoría, nos habían asegurado que el tren no partiría hasta que no hubiéramos terminado de embarcar todo. Pero yo soy de los que prefieren no confiarse de esas cosas.
Hasta allí, todo bien. O pasable.
Pero el siguiente escollo llegó apenas quince minutos después, porque teníamos que hacer trasbordo en la estación central de Colonia.
Como se trata de una de más de quince andenes, teníamos que bajar rápidamente todas las cosas de un tren de cercanías, para pasarlas a uno nacional, de largos recorridos. Lo hicimos bien, a pesar de todo, porque tuvimos la enorme suerte de solo tener que pasar al otro lado del andén.
Aprendimos de paso, que por muy solidarios y amables que puedan ser muchos alemanes –no todos, ni la mayoría-, la vista de una familia de seis miembros los puede hipnotizar tanto que pueden llegar hasta perder su propio tren.
Sí. Alemania sufre porque nadie quiere tener hijos.
Las mujeres, bastante independientes ahora, prefieren gozar sus altas cotas de emancipación, antes que pensar en tener hijos. A los hombres en edad reproductora, por su parte, les parece muy bien eso de no tener que cargar con demasiadas responsabilidades. Ya tienen bastante los dos, hombres y mujeres, con el arduo planeamiento de las vacaciones anuales o bianuales: la nueva religión.
Y allí va esta sociedad sin saber cómo hacer para resolver sus grandes problemas demográficos. Todo no se puede tener.
Por lo menos, no, a la vez.
El siguiente chiste de la DB (Deutsche Bahn, Trenes de Alemania) fue el de habernos asegurado la reserva de asientos en zona de no fumadores.
Por razones que escapan a mi más mínima comprensión y que yo ignoraba hasta entonces, la DB hace compartir vagones a fumadores y no fumadores, de tal manera que cada vagón termina llenándose de humo porque la separación intermedia solo es virtual.
¿Por qué no simplemente repartir los vagones para cada grupo?, me pregunto y nos preguntamos todos.
No tengo nada contra los fumadores.
El que tiene prisa por ver a San Pedro con una camisa negra interior, sabe por qué lo hace. (Igual no lo puede dejar porque el nivel de alquitrán es tan alto que la nicotina se va directamente a la sangre, produciendo un enorme grado de adicción, prácticamente invencible.)
Pero sí tengo mucho en contra de la aberrante estupidez de los responsables de esa medida de esa empresa de transporte público.
Cuento todo esto, porque –haciendo un gran salto en lo que cuento- resulta que por estos días los empleados ferroviarios alemanes están parcialmente de huelga, así es que el viaje de regreso con todo el equipaje, más el de mano, niños y las bicicletas, fue una verdadera odisea.
A la vuelta nos informaron recién al subir, que se trataba de un tren de reemplazo. Alguien había decidido acabar con su vida lanzándose a la vía férrea. Consecuencia práctica para nosotros: nadie podía hacer uso de sus asientos reservados.
-Arréglenselas como puedan –nos dijo el inspector-. En Hamburgo tendrán que cambiar igual de tren.
No les sigo contando más detalles.
Baste decir que sudamos –especialmente mi esposa y yo- la gota gorda, para hacer todos los trasbordos, sobre todo teniendo en cuenta que los empleados nunca nos pudieron decir (Alemania ya no es lo que era, repito) dónde nos correspondería subir ni dónde se encontraban ubicados los vagones para las bicicletas. Y todo esto atentos de no cometer ningún error y estar al tanto, por supuesto, de los niños.
(Nuestras dos hijas mayores se portaron muy bien en ese sentido, ayudándonos en el cuidado de los más pequeños.)
¿Algo positivo de este pesadísimo viaje de vuelta en tren?
Me propuse llegar a cada nuevo trasbordo con quince minutos de anticipación y nos funcionó cada una de las veces. Algo para estar orgullosos. Pero, ¡ay si llegaba a fallar algo! (Los quince minutos eran para cubrir posibles eventualidades.)
Si desean sacar algo de bueno de estas líneas del día de hoy, se los digo ahora: la pésima fama que tiene la DB entre los mismos alemanes, es algo real.
¡No se les ocurra tener cuatro hijos en este país y viajar con ellos -más bicicletas- de vacaciones con la DB, los Trenes de Alemania!
(¡Y todo esto con asientos reservados!)
Mejor atención he recibido en un país subdesarrollado –que no quiero mencionar- en mis viajes en tren a Machu Picchu.
Pero ese ya es tema de una de las próximas páginas de esta bitácora.
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, martes 10-07-2007

Escrito por hjorgev