CON O SIN: QUÉ FRIVOLIDAD

11 Julio 2007

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Esto de llenar las páginas -virtuales- de una bitácora, tiene sus cosas.

La sensación de vacío hace mucho tiempo que no la he vuelto a vivir.

Por lo menos no con la intensidad que me llevó a escribir al comienzo -aquí- las 27 líneas de Ars Lanzandi, el arte de lanzarse a la página, a la pantalla, en blanco. (Ver la entrada del 27 de enero.)

Hoy tenía planeado terminar de contar cómo nos fue en nuestras primeras vacaciones alemanas. Hay mucho que contar. Anécdotas que no se deberían perder.

Como me he propuesto actuar -escribir- con libertad aquí, sabiendo de antemano que esa es una palabra -libertad- muy esquiva (si es que existe lo que representa, o dice o pretende representar), quiero salirme hoy de mis propios planes.

Sucede que a veces la simple vista de ciertas noticias, que mi Lector Atento sabe ver e interpretar en su -tal vez- verdadera magnitud, consigue sacarme lo suficiente de quicio, como para pisotear mis planes.

Me ha vuelto a suceder hoy.

La noticia que me ha llevado a hacerlo se refiere a la boda de una tal Longoria (no sé quién es, no sé qué hace: no me interesa), y ocupaba la parte central y superior de la portada de El País Digital.

Cierto, se trata de un artículo referido a un evento, el de su boda, y no de una noticia propiamente dicha. Además, de una de las que pertenecen al rubro Gente. Que debería llamarse más bien Frivolidades. No crean que no soy frívolo. Lo soy como casi todos los demás pobladores -a su manera- de este planeta.

Creo que cada uno tiene su propio derecho a ser y expresarse como mejor le parezca. Ese derecho, sin embargo, se convierte en algo completamente diferente si el que hace uso de él no es una persona, un individuo, sino un medio de comunicación tan importante e influyente como El País.

Longoria se ha gastado medio millón de euros en joyas, compradas expresamente para su boda.

Ayer no más, retrataba aquí a esa señora sentada frente a nosotros en el tren que nos llevaba al Mar Báltico, y que llevaba tanto oro encima, que con él -decía- se podía construir un par de escuelas en alguna parte del mundo.

Que la señora Longoria o el señor X gaste tanto o más en lo que le plazca, no es algo que me pueda incumbir especialmente.

Que ese hecho lo posicione El País en un lugar principal de su portada como si se tratara de algo a lo que todos deberíamos aspirar. Eso sí que es otra cosa.

Y me ha causado una conmoción tremenda, créanme.

¿No habrá comprado Cosmopolitan el diario El País?

No me ha conmocionado el hecho en sí, sino la comprobación de que tenemos que estar como seres humanos verdaderamente demasiado lejos de la realidad -por más que creamos en y seamos partícipes de la llamada globalización- como para llegar al extremo de endiosar lo que ya no debería estar permitido endiosar en este mundo.

Me van a perdonar: para mí esto es solo comparable a una gran obscenidad. (No espero que me comprendan.)

¿Sabrán los responsables editores paisanos -realmente- lo que hacen?, me pregunto, parando para reírme de mi ingenuidad. ¡Claro que sí!

El País tiene que vender. Y las leyes del mercado libre son así.

Por eso incluye también entre sus páginas esa aberrante y valiente forma de divertirse de ciertos homínidos, llamada -magistralmente- Fiesta Taurina.

¡Ja! Cosas tiene el mundo.

Como lo que tenía que decir ya lo dije, me permitiré ahora, en este mi espacio libre, ser frívolo, también. Lo que voy a contarles quiere demostrar -pensando en lo de arriba- que podemos ser felices con poco.

A veces, hasta con nada. Como lo podrán ver.

CON O SIN: ESAS COSAS DEL IDIOMA

Entre las anécdotas que más recuerdo de mis primeros e ingenuos tiempos aquí en Alemania, está la que vivimos en una de esas reuniones improvisadas -que ahora deben haber tomado otro cariz muy diferente-, que entonces eran una de nuestras grandes razones de vivir.

Es decir, de poder soportar vivir en Alemania.

En esos tiempos iniciales pensábamos así. (Muchos lo siguen haciendo: este país se soporta, no se vive en él. Una gran injusticia a mi parecer.)

No es que Germany –desde el mundial del año pasado, el nombre favorito de los teutones- nos tratara mal como latinos. Al contrario.

Éramos exóticos y envidiados por el sexo masculino. Los hombres alemanes sufrían cada vez que creían tener que competir con nosotros por alguna muchacha, ignorando que a quien verdaderamente le temblaban las rodillas, era a nosotros. Y todo eso a pesar de la marcada xenofobia de esos tiempos. Algo que ha cambiado bastante, para bien de todos.

No. Nuestro problema era la nostalgia de la tierra, de nuestras gentes y nuestras costumbres.

Una nostalgia, en realidad, más falsa que primera noche de bodas de una latina virgen.

Recuerdo que nos habíamos reunido con El Diablo y un par de amigos. Estaba el incansable y veloz escritor ecuatoriano –ahora padre, nadie se explica cómo- Israel Perets; el famoso Osvaldo Pollito –ahora arquitecto, me cuentan-, y otros más.

(Tal vez estoy mezclándolo todo y se trató de otra reunión. Pero el núcleo de la anécdota es real.)

No sé si el apodo se lo pusimos aquí o ya lo traía desde Guatemala. El caso es que veinte años después, El Diablo sigue haciéndose llamar así:

-Hola –les dice a sus nuevos clientes alemanes en el bar que dicen que regenta-. Yo soy El Diablo.

-Ah, miga, pues, mucho gusto Eldiablo. Yo soy Franz Beckenbauer –le responden.

(Miga es ‘mira’.)

 

Hago un salto en el tiempo: ¿Qué fiesta?, podría haber preguntado un alemán entonces.

-Aquí solo se bebe y se escucha música. Bailable, además. Aquí nadie conversa -habría agregado.

Esas pequeñas reuniones improvisadas nuestras, eran una especie de reacción a las fiestas alemanas a las que nos invitaban entonces. Fiestas que bautizamos con el nombre de Fiestas Sentadas.

Bien visto, ahora que se sabe fehacientemente que la conversación es una terapia medicinal, los alemanes que conocíamos y frecuentábamos –solo mujeres por lo general- no hacían otra cosa que adaptar sus limitadas economías estudiantiles de entonces, a sus propias necesidades.

(Ahora se lo gastan todo en internet, alcohol, iPod, celular y vacaciones. A nosotros nos costaba 5 marcos, es decir 2,50 €, un solo minuto por teléfono a Latinoamérica).

Porque, ¿qué más se podía hacer en un cuartito de tres por cuatro metros aparte de beber y conversar?

¡Nosotros queríamos bailar!

En ese entonces no había latinas por estos lares. Y andábamos cansados de practicar ese ejercicio alternativo que consiste en dejarse pisar los pies.

Si hubiéramos invitado a nuestras novias o amiguitas alemanas, éstas, viendo que no era posible sentarse a conversar con nosotros, lo habrían hecho con cualquier otro presente. Algo que a ninguno le habría gustado ni debía gustar, a juzgar por la ausencia de nuestras parejas en esas reuniones.

Como no era posible bailar, nos teníamos que consolar muy tristemente con la cerveza. (Hoy ya se toma vino, mojitos, caipirinhas y cócteles de botella.)

En medio del apogeo, del éxtasis, de la cima y cenit de aquella reunión fiestera que comento, empezamos a decirnos que el asunto no estaba mal, pero que había algo que le faltaba. Algo.

Pero no sabíamos qué.

Nos sentíamos a gusto, rebosábamos de buen humor y los chistes y las anécdotas corrían, pero faltaba algo. ¡Algo!

-¿Quién compró la cerveza? –se le ocurrió preguntar a alguien, de pronto.

-¡El Diablo! –exclamó una voz, con esa pesadez del que siempre está buscando chivos expiatorios.

Era de una marca conocida la cerveza que bebíamos. Se podía ver. No había nada que reprocharle en ese sentido. Era una de las marcas más famosas de esta ciudad, en un país que se vanagloria de tener una cervecería diferente cada par de kilómetros.

Pero entonces nos dimos cuenta.

Había sido un problema de lenguaje. Gramatical. Elemental, mi querido Guatón.

Ya lo he referido alguna vez en esta misma bitácora. (Ver entrada del 2 de mayo.)

En castellano, se puede ser más o menos claro en el mensaje de lo que se quiere decir, desde el principio de una frase u oración.

En alemán, hay que esperar muchas veces hasta el final para saber de qué se está hablando. O para saber si se trata de una oración negativa. Lo voy a mostrar con un ejemplo.

En castellano o español se dice: No te quiero. Con el NO puesto por delante. Claramente. Y ya no hay nada que discutir.

En alemán se dice: Ich liebe dich nicht.

NICHT, una de las formas de NO, va al final.

Si uno se distrae en una fiesta, reunión o en la simple vida, por ejemplo, tratando de saber cómo vas con tu pareja o tu compañía, puedes ganarte una buena bofetada si intentas besarla sin haber entendido lo que te acaban de decir. No.

Como iba al final, y no sueles prestar atención a lo que te dice tu pareja, no lo escuchaste. Lo oíste, pero no lo escuchaste. No lo registraste.

Bueno, pues.

En alemán la cerveza sin alcohol se llama alkoholfrei.

El frei significa ‘libre’. Es decir: cerveza libre de alcohol. (Es una mentira, me cuentan, tiene muy bajo contenido alcohólico, pero lo tiene. O sea: no está libre de alcohol.)

Pero El Diablo, novato con el idioma en esos tiempos, había pensado que el título de alkoholfrei, garantizaba, por el contrario, un gran contenido alcohólico de nuestra bebida.

Ese algo -ese 4 ó 5%-, era el detalle que nos faltaba.

¡Salud!

(Con muy poco.)

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, miércoles 11-07-2007