UN CASO CRIMINAL DE LA VIDA REAL
-Cinco nueve ocho, cinco nueve ocho –dice la voz por el parlante de la radio del patrullero, carrasposamente, debido a las interferencias de las señales radiales.
La pareja de policías que viaja en él, está acostumbrada a ello. Es un ruido más de la ciudad y de su profesión.
-Cinco nueve ocho aquí –responde Jim Teclito, el que va en el asiento del copiloto, con cierto desgano. Es el veterano de la pareja de agentes.
Los días en los que una llamada así podía elevarles el nivel de adrenalina en el cuerpo, hasta el punto de acumularse de tal manera que días después seguían sintiendo la tensión creada por ella, ya han quedado hace mucho tiempo atrás.
La jornada ha sido especialmente tranquila patrullando por las calles de Pensilvania. Los policías solo han tenido que atender un par de llamadas por violencia doméstica e intentado detener a unos insignificantes traficantes de drogas, sin conseguirlo.
Es poco después del mediodía. Un sol tenso cae sobre la ciudad. No corre nada de viento.
El código radial les indica que ha ocurrido un asalto a un banco. Un asalto siempre es algo interesante, pero también muy peligroso. No es bueno tomárselo a la ligera.
-Sospechoso de asalto -vuelve a salir la voz carrasposa por la radio policial- huye en un automóvil de color claro, modelo Geo Metro. Repito. Sospechoso de…
-Entendido, entendido. En camino. Repito: en camino… –responde Jim Teclito.
Su compañero, Mike Sullivan hace saltar el Ford policial, con un acostumbrado golpe de pie, hacia adelante.
Están relativamente cerca del lugar de los hechos. Un automóvil como el descrito es relativamente fácil de ubicar. Pero deben llevar cuidado. Los tiempos no están para morir como héroes.
Eso de perseguir a un asaltante de bancos por las calles de Pensilvania puede tener sus encantos, pero entre ellos no figura una simple bala perdida, capaz de acabar con el sueño de muchas vidas. Los dos policías tienen esposa e hijos esperándolos.
No muy lejos de allí, en otro lado de la ciudad, William Rothstein, un técnico aficionado a los mecanismos electrónicos, tiene problemas para concentrarse. En uno de sus congeladores guarda un gran secreto. Ese secreto no lo deja dormir.
¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué ha contribuido a colaborar con su ex novia, Marjorie Diehl-Armstrong, en semejante y gravísimo delito? ¿Hay mucho dinero de por medio? ¿Una gran promesa por parte de ella? ¿Posibilidades de volver a ser pareja?
En nuestro primer escenario, cuando los policías divisan el automóvil que están buscando, se les dispara el nivel de adrenalina.
Es algo natural y necesario.
Policías y otras personas con oficios de alto riesgo, solo aprenden a retardar el momento de entrada de esa hormona a su flujo sanguíneo. Los que no llegan a aprenderlo, pueden terminar con una bala disparada por mano propia en la cabeza o cambiando de profesión.
-¡Va solo, Jim! ¡Está solo! –ruge Mike, el joven policía al volante-. ¡No veo a nadie! ¿Tú, Jim?
-¡No, no! ¡Ya nos ha visto! ¡Nos ha visto! –exclama Jim Teclito, para tranquilizarse a continuación: -Y no ha intentado acelerar, Mike. Buena señal.
-O muy mala –dice Mike, recordando un caso en el que el atracador había fingido ser una ovejita mansa para abrir luego fuego de cerca, desde su asiento tras el volante-. Pon la sirena, Jim. ¡Hay que ponerlo nervioso a ese cabrón, carajo!
La sirena empieza a ulular por las calles de Pensilvania. Es una más en el día. En un día más del año. Solo ancianos y niños le prestan ya atención.
-¡Policía! ¡Policía! –comienza a gritar Jim por el megáfono-. ¡Le ordeno detenerse inmediatamente!
Con alivio, la pareja de agentes ve que el automóvil del presunto asaltante se dirige a un estacionamiento relativamente desierto.
Eso es bueno. En caso de producirse un tiroteo, no habría civiles no involucrados corriendo peligro, y ellos podrían hacer uso más libre de sus armas. Lo malo sería, que perderían tiempo muy valioso en caso de no tratarse de la persona que buscan.
Ahora solo les queda seguir el riguroso procedimiento que llevan entrenando desde hace años y que tiene un solo fin: proteger sus vidas de un posible ataque inesperado.
Es un procedimiento brutal y, en la gran mayoría de los casos, innecesario. Aparte de que se presta fácilmente para el abuso y la arbitrariedad.
Pero estamos en el país de los sheriffs del siglo XXI, en el país que ha invadido ilegalmente dos países más o menos indefensos (eso es lo que habían creído, por lo menos, como en Vietnam), con una Asociación del Rifle que acoge a casi cinco millones de asociados dispuestos a tomar las armas para defender –precisamente- su uso.
La policía ha tenido poco tiempo para aprender a diferenciarse de sus más menos recientes antepasados del oeste, especializados en disparar primero y preguntar después.
Brian Wells, de 46 años, el hombre al volante del Geo, acaba de recibir una cantidad no conocida de dinero (se habla de un cuarto de millón de dólares) de las manos de un cajero de la sucursal del banco PNC en Summit Township, a unos tres kilómetros de distancia.
Para recibir ese dinero, no ha necesitado hacer uso de la violencia, tal como le habían asegurado: le ha bastado una nota escrita.
Para asegurarse de que así suceda, en la nota decía además que lleva una bomba colocada en su cuerpo contra su voluntad y que podría explotar de no acceder ellos a su pedido. La ha mostrado. Es cierto.
(Aunque parece ser que él solo sabía una parte de la verdad.)
En el lugar donde trabaja usualmente, la pizzería Mamma Mia, ha recibido hace más de una hora el encargo de llevar dos pizzas -una de salchicha y otra de salchichón- a una dirección misteriosa.
-¡Coloque las dos manos al volante, carajo! ¡Las dos, he dicho! –gritan los dos policías, casi al unísono en nuestro primer escenario.
Se han acercado al Geo con el máximo cuidado pertinente. Van juntos aunque no lo estipule así ningún reglamento.
Como se trata de un asalto a un banco, ya ha ocurrido que algún policía ha querido quedarse con parte del botín del asaltante. No puede ser gran cosa, porque está la información del empleado del banco (se conocen casos de debilidad en ellos, también), pero, realmente, ¿qué asaltante solitario se detiene a contar lo que ha robado mientras huye? ¿Y cómo saber si no ha perdido parte del botín en la huída?
Para evitar ese tipo de cosas, van juntos. Algo no muy recomendable siempre, en este tipo de casos.
Lo único que pueden temer es que alguien vaya escondido en la parte trasera del vehículo.
Cuando se cercioran de que Wells va solo, empiezan a relajarse. El olor a pizza y salchicha horneada que les llega brutalmente a sus nervios olfativos desde el interior del automóvil, les hace recordar que pronto les tocará hacer la ansiada pausa de medio turno.
Ruegan que todo salga bien y que no pase de ser una simple detención de rutina. Pero van a estar equivocados.
Cuando Wells coloca mansamente las dos manos sobre el volante, sus cuerpos reciben la orden de relajarse. La adrenalina, empero, los mantendrá por muchas horas bien despiertos y alertas.
-Llevo una bomba conmigo –dice Wells, cuando los policías empiezan a acercarse.
JimTeclito y Mike Sullivan no se lo toman en serio. Están demasiado acostumbrados a tratar con la escoria de la sociedad y la gama de trucos increíbles para escaparse de la mano dura de la ley. Pero el bombardeo de las Torres Gemelas (no fue tal, pero en los medios policiales y militares se suele llamar así al ataque del 11-09) ha hecho cambiar muchas cosas. Entre ellas, los reglamentos.
-Cuatro dos cinco a Central, cambio –dice Mike, el más joven.
Su juventud le permite reaccionar primero. A Jim, el veterano de la pareja, no se le ha pasado por la cabeza esa posibilidad.
-Estamos obligados a reportarlo a los artificieros -le explica a su colega.
-Vas a armar la grande, Mike –le dice Jim, más por decir algo u obligado por la adrenalina que recorre su cuerpo como un perseguidor implacable en busca de todo tipo de peligros.
-Estamos obligados –repite el más joven y continua haciendo uso de su radio.
Sabe que no tiene nada que perder. Todo está a su favor. Repite el código y luego comunica la alarma a los artificieros.
-Llevo una bomba –repite Wells-. Es en serio.
-¡Descienda del automóvil! –ruge Jim, sin importarle los nuevos reglamentos-. ¡Quiero ver esa bomba! ¡Al suelo! ¡Abra piernas y brazos!
Ambos policías no necesitan más pruebas. El hombre lleva algo en el pecho que le dificulta adoptar la posición de cúbito ventral. Se retiran de un salto a unos cuantos metros atrás, como si para efectuar ese movimiento tan coordinado, se hubieran pasado horas enteras ensayando.
-¡Sáquesela! –grita Jim, por gritar algo, pues no tiene experiencia con bombas.
-¡No puedo! –responde Wells-. ¡Está fija a mi cuello!
-¡Use la llave! –grita Jim, sin interesarle los nuevos reglamentos que su joven colega quiere hacerle recordar.
-¡No funciona con llave! –exclama Wells-. ¡Y no conozco la clave!
-¡¿Por qué?! –grita Jim, ahora más nervioso, la nueva mezcla de jugos hormonales en su cuerpo no lo ayuda a pensar claramente.
-He sido obligado –dice Wells, bajando el tono de voz-. Soy inocente. He sido a obligado a asaltar el PNC en Summit Township. Tengo un trabajo que perder, jefe. No se acerquen. ¡Puede explotar en cualquier momento! ¡Créanme!
-¡Mierda! –exclama Mike, bufando con fuerza entre los dientes.
Los agentes dudan un momento, porque piensan que lo que quiere es escapar. Le ordenan al detenido no moverse y deciden retirarse la distancia que les parece necesaria para mantenerse a salvo en caso de una explosión. La distancia debería poder permitirles reaccionar inmediatamente en caso de intento de fuga.
-¡Los artificieros están en camino! ¡Ojalá que esté diciendo la verdad! –le grita Mike al presunto asaltante.
Hasta ahora no han podido ver el botín, porque temen acercarse al automóvil. Cuando han pasado un par de minutos sin que suceda nada. Jim Teclito se acerca y le coloca a Brian Wells las esposas rápidamente.
Se trata del sábado 28 de agosto del 2004.
Dos días atrás, científicos de la Universidad de Pensilvania (EEUU) han demostrado que si se reducen los niveles de una toxina en el cerebro de los enfermos de Alzheimer, por medio del drenaje del fluido cerebral espinal (FCE), se podría prevenir futuras degeneraciones del sistema cognitivo.
En nuestro primer escenario, mientras nuestros tres personajes esperan la llegada de los artificieros que están tardando demasiado –ya van 30 minutos de espera-, la bomba en el pecho de Wells explota.
La explosión destroza su camiseta gris y, con ella, parte de su pecho.
En otro lugar de la ciudad, en nuestro segundo escenario, en su casa cerca a una estación de televisión, William Rothstein ignora que su mecanismo de relojería ha funcionado a la perfección, haciéndole perder la vida a Wells. Poco después va a recibir la visita de los investigadores, pero sin consecuencias iniciales.
Lo han ido a visitar en relación al asalto de un banco con la posterior muerte del asaltante debido a la explosión de una bomba, conectada ésta a un sutil mecanismo de relojería.
Desde una dirección similar a la de él, alguien ha pedido dos pizzas. Al parecer, ese alguien las ha intercambiado por una bomba al cuello.
¿No habrá sido él?
Rothstein niega tener algún vínculo con ese hecho, pero sus propios demonios particulares, tan confundidos con sus sentimientos de culpa y el miedo a terminar su vida tras los barrotes de una cárcel insana, lo va a obligar a acudir a la policía. Pero, recién, cuatro semanas después.
Entonces confesará que ha ayudado a encubrir el asesinato del novio de su ex compañera Marjorie Dieth-Armstrong. Y que el cadáver lo guarda en casa. En un refrigerador.
El cadáver es de un tal James Roden, asesinado a balazos por Marjorie, según su versión. Su culpabilidad se reduce a haber ayudado a esconder al interfecto en su casa, asegura.
Su ex novia pretendía evitar que Roden denunciara a la policía, echando por la borda los complicados planes.
La policía vincula inmediatamente las habilidades técnicas y los conocimientos electrónicos de Rothstein, pero no tiene pruebas en la mano. El caso se olvida por un tiempo.
Ahora, julio del 2007, se sabe que el dinero del banco pretendía ser usado por Marjorie Dieth-Armstrong para pagar al que debía asesinar a su propio padre, Kenneth E. Barnes.
Barnes, encarcelado actualmente en el condado de Erie por delitos relacionados con drogas y no con el asalto, fue, afirma ahora la policía, el principal cerebro de la operación.
Esta es la historia de una pizza acompañada de una bomba que esconde en sus entrañas a una gran ambición. Esa ambición lleva un nombre común: dinero.
No la he inventado yo. Solo algunos detalles insignificantes.
Hay que poder imaginárselo.
La policía de Pensilvania considera probado, ahora, tres años después, que Marjorie Diehl-Armstrong y Kenneth E. Barnes planearon ese asalto y también la muerte de Wells. De quien pensaban recibir el dinero y dejarlo morir después.
En su momento, hace tres años, la familia de Wells luchó para tratar de limpiar su nombre, creyéndolo una víctima más de ese plan maligno. Brian habría contado a la policía que al querer entregar el pedido hecho a la pizzería, había sido tomado prisionero por una media docena de hombres, quienes le habrían colgado la bomba al cuello y le habrían dado cierto plazo para cumplir una serie de tareas. Según su versión, lo habían obligado también a portar el arma en forma de bastón.
Ahora, parece estar demostrado que se trataba de una operación muy bien planeada, en la que Brian Wells se encontraba plenamente involucrado.
Pero no se trataba de un crimen perfecto. Ya las primeras investigaciones policiales habían conducido directamente al domicilio de Rothstein, el lugar donde se había hecho el intercambio de dos pizzas por una bomba al cuello. Encima, el plan no parecía haber contemplado una rápida reacción policial, puesta en marcha por el sistema automático de alarma del PNC, el banco asaltado. Era burdo en muchos sentidos.
Se cree que Wells iba a morir de todas maneras.
Me atrevo a sospechar que el mecanismo de relojería era una forma de garantizar que no escapara con el botín luego del asalto. Para mostrar confianza a sus compinches, Wells se habría mostrado dispuesto a correr un gran riesgo. Y qué riesgo aceptó.
¿No contaría con la lentitud y paciencia de los artificieros de la policía, en un país que suele reaccionar con absoluta exageración en otros asuntos de esa misma índole?
La acusación oficial se basa -entre otros indicios- en las instrucciones contenidas en 9 páginas encontradas en el automóvil de Wells, en las que se describe detalladamente los pasos a ejecutar en el asalto. El hallazgo -en el mismo vehículo- del arma de fuego camuflada como bastón, es otro gran argumento de la acusación. Se debe suponer que el artilugio lleva la firma del genio Rothstein.
El abogado de Marjorie Dieth-Armstrong, quien cumple condena por el asesinato de Roden, ha anunciado que defenderá la total inocencia de su clienta en el juicio.
El técnico William Rothstein falleció poco después de hacer su confesión, aquejado de una enfermedad incurable.
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, jueves 12-07-2007
P.D.: Más adelante, incluyo el enlace a la noticia de El País que despertó mi curiosidad, haciéndome olvidar mi propósito de contar hoy sobre nuestras últimas vacaciones y llevándome a hacer esta noche mis propias averiguaciones del caso. Casi toda la información que presento, agrupándola en un relato ficticio, la he obtenido de varias fuentes de la red.
El código radial del comienzo me lo he inventado para demostrar que a ese tipo de cosas no se le suele prestar demasiada atención. La hora –poco más del mediodía- la he supuesto a partir del pedido de la pizza, de las sombras que se pueden ver en la fotografía de El País y porque, al parecer, no se consiguió que algún artificiero interrumpiera su almuerzo. ¿Cómo se le puede negar la última cena o el último almuerzo a gente con ese tipo trabajo?
Los nombres de los dos policías, así como los detalles de la detención –aunque sí ocurrió en un estacionamiento y básicamente como lo describo, según esas mismas fuentes periodísticas- son inventados. La fotografía ha sido bajada del artículo de El País. El resto debería coincidir con la información de las siguientes fuentes consultadas:
Una página con fotografías:
http://www.montevideo.com.uy/noticiasint_46056_1.html
Aquí una noticia que acabo de leer, un día después de escribir lo de arriba, confirmando lo dicho en mi relato ficticio sobre la presión con la que viven los policías:

Escrito por hjorgev