CASTILLOS: MAGIA Y LEYENDA (I)

15 Julio 2007

-Allí viene, allí está. Ya lo veo. ¡Escóndete! –le digo a mi hijo.

-¡Tú también, Mapi! –me responde él-. ¡Escóndeteeeeeeeee!

Mucho no puedo hacer porque tengo que seguir conduciendo el automóvil, mientras nos comunicamos, pero yo sé que mi hijo Jorge Juan (6) en su asiento trasero se agacha, tratando de esconderse.

Cuando estamos a la altura correcta y lo vemos, escondido detrás de un ralo bosque, oscuro y apagado, pero de alguna manera imponente, mi hijo, como casi todos los viernes que debo llevarlo a sus clases de violín y pasamos por este lugar, exclama:

-¡El castillo abandonado!

neuschwanstein.jpg

Lo hace con la fascinación de quien está observando el Neuschwanstein (en la fotografía), por ejemplo.

Pero no, nuestro castillo abandonado es una construcción bastante simple situada no muy lejos de aquí y que debió ser alguna vez una edificación destinada a ser un granero, una granja o un simple silo. No es fácil adivinar qué se pretendía. Lo cierto es que la iniciada construcción se interrumpió por alguna razón y lo que queda son apenas restos casi fantasmagóricos de una especie de castillo destruido y perdido en el centro de un bosque medioeval.

Estuve visitando uno cerca de Bonn, en esta región: el Drachenburg.

Su nombre -ya- es programa: El Castillo del Dragón.

Las vistas panorámicas desde los cuatro costados del castillo y desde su gran altura, dominando ese punto de la región, me resultaron poco menos que vertiginosas.

La sensación de poder traspasar -solo con la imaginación- épocas, hasta llegar a otras costumbres, vestidos y lenguas fue tan grande, que me quedé extasiado y perdido en algunos de sus ambientes, sin poder seguir la visita, tal si hubiera encontrado el hogar que mi alma venía buscando desde hacía un par de siglos. (Ver fotografía abajo.)

_drachenburg.jpg

Este último hecho fue algo que me llamó poderosamente la atención, porque soy alguien que nunca ha tenido especial predilección por ese tipo de cosas.

La fantasía y la imaginación de mi infancia no la poblaron castillos, caballeros ni fantasías medioevales. Creo, incluso, que de haber nacido más tarde, en esta época de Harry Potter, me habría aburrido solemnemente.

Quién sabe.

Como todo niño de mi época y del lugar donde nací y crecí, Lima, pertenecí a una generación que fue bombardeada por los llamados dibujos animados y por las series televisivas usamericanas.

Tengo muy poco de qué quejarme. Tal vez de que fueran muy crueles. Pero, ¿qué mayor crueldad existe que la que se narra en Caperucita Roja al final del cuento, por ejemplo?

Esos dibujos animados solían estar acompañados de tanta buena música clásica, que ahora los veo como un mal menor, a pesar de que la temática fuera casi siempre la misma: abusar del más débil. ¿Me estoy equivocando?

Cuando el general nacionalista Juan Velasco Alvarado, llegó al poder tras el golpe de estado militar del 3 de octubre de 1968, su gobierno recortó ampliamente ese monopolio usamericano. Así, los niños pasamos a leer revistas de la editorial mexicana Novaro y a ver más películas y series argentinas y mexicanas. Mucho no cambiaron las cosas en ese sentido en la caja tonta.

Empero, la influencia fue suficiente para provocarme parcialmente fantasías en terreno nacional –para decirlo de alguna forma- y no en otros lejanos y más ajenos.

De niño –ya lo referí en la entrada YO SÉ QUE ESTÁS II: ver a continuación de este párrafo- las historias de nuestros antiguos antepasados peruanos me llegaron a interesar más que los problemas del Rey Arturo y su corte, los asuntos del caballero Wilfrid of Ivanhoe o las aventuras de Robin Hood.

 

http://hjorgev.wordpress.com/2007/02/27/

Mi esposa alguna vez mencionó que no tendría nada en contra de la reencarnación.

-Reza para que no te reencarnes en una boñiga de vaca o en un gusano de esos que tenemos que estar sorteando por los caminos para no pisarlos –le dije, refiriéndome a nuestros paseos por los campos vecinos y consiguiendo que se molestara conmigo.

Felizmente me conoce bien y sabe que lo digo en serio: el que está convencido de que alguna vez su alma podrá volver a este mundo y adoptar una nueva fisonomía y ser, tendría que estar muy seguro de tener muy buenas relaciones allá en el cielo en el que creen para que la aventura no les salga mal y no terminen de ratones de laboratorio o en una pollería, por ejemplo.

Los castillos proliferaron en la Edad Media, cuando los requerimientos técnicos de construcción ya habían madurado lo suficiente y la necesidad de los monarcas de aislarse para evitar posibles ataques, acosos, robos o simples sublevaciones era cada vez más grande.

En cierto modo se trataba de cárceles voluntarias.

Cárceles lujosas, pero cárceles al fin, con sus reglas internas de convivencia, trabajo y jerarquía.

Los castillos, como otras monumentales construcciones de las diversas culturas humanas a lo largo de la historia, fueron una expresión dicotómica del auge y, a la vez, del decadentismo de su época.

Quiero llamarlos Templos Laicos.

Los hay de muchos tipos.

Aquí en Alemania uno de los más famosos y de los más visitados por los turistas nacionales y extranjeros, es el de Neuschwanstein, que acaba de perder la carrera por convertirse en una de las 7 Maravillas del Mundo Moderno.

Este castillo es relativamente nuevo, pues se empezó a construir hace apenas 130 años, como producto de un deseo obsesivo del rey Luis II de Bavaria por hacer realidad sus fantasías caballerescas. (Aunque a él más le hubiera gustado ser una doncella.)

Es visitado en época de verano hasta por 6000 turistas diarios y es de los que parecen salidos de los estudios de Hollywood o de un cuento de hadas.

Luis II, no escatimó ningún costo en su construcción, aunque recién después de su muerte en 1891, el gobierno de Bavaria ordenó que se terminara de construir.

Siendo mecenas de Richard Wagner, consiguió que la furia creativa del compositor y sus sagas germanas llegaran a influenciar en el diseño de este castillo-palacio.

Luis II, que había llegado al trono a los 18 años, se vio envuelto al final de su vida en graves problemas financieros, producto de su fantasía desmesurada y de su convicción de que ella podía coexistir con la realidad fuera de Neuschwanstein.

En 1885, a sus acreedores –bancos extranjeros-, no les quedó otro camino que el de amenazar con la confiscación de sus bienes.

El rey reaccionó sumergiéndose aún más en sus sueños quiméricos y al gobierno alemán de entonces no le quedó otra cosa que declararlo incapaz de valerse por sí mismo, ordenando, a continuación, su internamiento en el castillo Berg. Más de un mundo –material y fantástico- se derrumbaba así para Luis II de Bavaria.

Apenas un día después, fueron hallados los cadáveres de dos personas que habían muerto –bajo circunstancias misteriosas- en las aguas del lago Starnberger.

Uno de ellos era el del rey Luis II.

El otro era el del psiquiatra responsable de expedir su certificado de incapacidad mental.

Según testigos presenciales, el rey le había pedido al médico que lo acompañara a un paseo por las orillas del lago, a lo que este había accedido de buena gana, vista su galopante mejoría.

¿Habría conseguido Luis II por la fuerza llevárselo al otro mundo?

                HjorgeV

                Pulheim-Sinthern, domingo 15-07-2007