Lo dejo claro desde un principio: no creo en hadas, príncipes ni en princesas.
Solo en sapos, pero no en los que besan.
Es más, me tiene absolutamente sin cuidado si para la boda de Fulanito o Zutanita, la princesa o la reina vistieron con tales o cuales tafetanes y si al final de la ceremonia les dolía el callito del pie izquierdo o no.
No es el caso de España.
El último número de una revista ha sido secuestrado por la policía, por presunto ‘agravio al prestigio de la corona española’.
No es una broma.
Aunque aquí yo quiera utilizar el humor para decir que me parece poco menos que una aberración cultural, que a estas alturas de la historia de la civilización humana todavía existan monarquías en el mundo.
Muchas de ellas esconden tras sus joyas, atuendos monárquicos, coronas y cetros, rígidos regímenes dictatoriales que les permiten su perpetuación y el mantenimiento de su riqueza.
Con ésta pueden siempre bien lucirse con mandatarios extranjeros, como podemos ver de tanto en tanto en la prensa.
Que sean países europeos los que todavía las mantengan, fomenten y promuevan, es para mí, ridículo. Y puede llegar a ser peligroso. Para la libertad de expresión, por ejemplo, como en este caso.
Aquí en Alemania, felizmente, se ríen más o menos en forma abierta de ese afán coronario de cierta España. Los nobles de este país se mantienen en un gueto (ghetto) particular, sin apenas atreverse a mezclarse con la chusma o plebe, como debería ser. Para tranquilidad del resto. (Y para no ser carne de escarnio.)
La portada del semanario El Jueves ha condensado bien, por lo demás, mi particular parecer sobre este tema. Personalmente no quiero llamar directamente parasitismo a ese fenómeno coronario, pero tampoco muy lejos no estoy de hacerlo.
La caricatura es, en el fondo, una gran crítica social:
“Esto es lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida”, exclama el príncipe posteriormente adosado a su princesa antes plebeya.
(Es castellano serio esto que digo:
posterior.
(Del lat. posterĭor, -ōris).
1. adj. Que ocurre después de un momento dado.
2. adj. Que está o queda detrás.
adosar.
(Del fr. adosser).
1. tr. Poner una cosa, por su espalda o por los lados, contigua a otra o apoyada en ella.)
Porque, ¿para qué diablos sirve un príncipe y demás ‘casa real’ en esta era moderna y crítica salvo como engañabobos, para fomentar la frivolidad en la sociedad –que tanta falta nos hace- y para hacer cundir los negocios de algunos, los allegados?, se pregunta mi Lector Atento, despertando de su letargo.
-Para rellenar las llamadas páginas sociales -le digo, sin éxito, porque de verdaderamente sociales tienen muy poco.
¿Qué hace un rey, por favor, o un príncipe actual, salvo administrar su fortuna, que no me atrevo a llamar bien ganada por eso de las antiguas colonias?, continúa preguntando.
Es cierto que el papel de ese ciudadano llamado ‘rey’ fue relativamente importante en la Transición Española hace tres décadas, apenas difunto Franco. De tal manera que la historia reciente y democrática de España se siente deudora de lo que se llama ‘la corona’. Eso es algo que se puede entender y es bueno saber que el saber ser agradecidos no pertenece a la prehistoria del hombre.
Estoy convencido, sin embargo, de que a una persona medianamente culta y que no haya crecido en la tradición ‘real’, los asuntos coronarios la dejan simplemente fría.
(A mí me congelan la sangre: me basta pasar la página para que ocurra, por simple contraste con lo que sucede en el resto del mundo.)
Sucede con los toros, como otro ejemplo. Los que defienden a capa y espada esa insania que es la tauromaquia, no lo hacen sino por haber crecido con esa tradición. Lógica, cultura, raciocinio y justicia no entran al momento de juzgar si es correcta o no la existencia de ese cobarde pasatiempo homínido.
Estoy seguro de que a los jóvenes europeos de hoy, reyes más, princesas menos, todo eso les da más o menos igual o hasta les causa gracia el tema monárquico. Pero no más.
Esta atrevida caricatura secuestrada es demostración de lo que afirmo. Sin ese sustrato social, jamás se habrían atrevido los editores de El Jueves a publicar algo así.
¿Y qué fue de la libertad de expresión ahora?, me pregunta mi Lector Atento, porque no es que la revista haya sido simplemente criticada o sancionada. La policía -mantenida con el dinero de los contribuyentes- ha decomisado el último número de la revista.
Por otra parte, ¿qué es lo que verdaderamente está en juego?
Según la ley y sus -hoy- especialmente ágiles representantes, el ‘prestigio de la corona española’. ¡Joder!, como sé que se dice en mi querida Madre Patria. (El quererla no ha anulado mi conciencia ni mi capacidad de juicio.)
-Pero eso deja un margen tremendo para las interpretaciones arbitrarias y gratuitas –me recalca mi Lector Atento.
Así es. Y allí está el meollo del asunto.
Cierta tradición –y sus representantes, por las razones que sean- no pueden soportar este tipo de agravios. Se trata, pues, de una ‘hiperreacción’. Que no habría pasado de ser solo anecdótica y pesada, si todo se hubiera quedado en refunfuño y quejas.
(La familia de ciudadanos españoles involucrados –léase Casa Real- ya se ha lavado las manos diciendo que de ellos no ha venido ni la queja ni la exigencia de confiscar ese medio de expresión.)
Hagamos ahora un poco de memoria, para ver cómo funciona ésta cuando nos conviene.
Cuando no hace mucho tiempo el diario danés Jyllands-Posten publicó 12 caricaturas de Mahoma, Europa se escandalizó con la exagerada reacción oriental y alzó su voz indignada.
¿Ejemplos españoles?
-Nuestra posición es la defensa cerrada de la libertad de forma indivisible –afirmó en su momento el presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, Fernando González Urbaneja, en la Ser-. Lo grave aquí no es la publicación de unas viñetas que los musulmanes puedan considerar ofensivas sino esos señores que se han subido a un tejado con el fusil en la mano.
Basta cambiar ahora lo último por “esos señores que han secuestrado un medio de expresión”, ¿no?
-La libertad de expresión está por encima de cualquier creencia- afirmó, por su parte, una tal Pilar Cernuda en Onda Cero.
En un tercer ejemplo, un tal José Luis Gutiérrez aseveró:
-El respeto de las religiones está en quincuagésimo lugar por detrás de la libertad de expresión. (*)
¿Qué se atreverán a decir ahora esos tres personajes? Si se atreven, claro.
El resto de Europa, por su parte, hasta ahora no ha dicho el muerto es mío.
Alguien dirá: ¡Está considerado en el Código Penal español!
Mi Lector Atento replica que también está penado el uso de drogas y allí siguen pedaleando a diario por estos días los ciclistas españoles en el Tour de France y el famoso médico Emiliano Fuentes está dando conferencias por ahí sobre mejor rendimiento en ese deporte.
Es decir, trabajo suficiente tendrían los jueces en España. De quererlo.
El titular del Juzgado Central de Instrucción número 6 de la Audiencia Nacional, que está de guardia esta semana, considera que estos hechos pueden ser constitutivos de los delitos de injurias al sucesor de la Corona y de menoscabo del prestigio blablablá.
¿Si “pueden ser constitutivos”, porque no esperaron hasta aclararlo y recién entonces hacer cumplir la ley, aunque fuera tonta ésta, como muchas veces lo es, viniendo como viene de simples humanos?, reflexiona mi Lector Atento.
Graciosos también los dos errores que El País se permite en el primer párrafo del artículo principal sobre ese tema. Cito:
“La portada de su último número –en la calle desde el miércoles, con una tirada de 120.000 ejemplares distribuidos en 5.000 puntos de venta- representa una caricatura de los Príncipes de Asturias en una postura sexual explícita”.
La portada no ‘representa’: muestra, lleva, está ilustrada con, contiene o presenta.
Por otro lado: ¿Qué postura sexual no es explícita? (Ruego ejemplos. Mi imaginación palidece.)
¿No es esa caricatura “asquerosa”, “indignante” u “obscena”?, para usar los adjetivos de los quejosos, me podría preguntar alguien.
Yo diría que sí.
Pero hay cosas mucho más indignantes y obscenas. A diario y de verdadera importancia vital y mundial, además.
Por otra parte, si se sanciona algo, es para evitar que se repita o difunda lo sancionado. ¡Han conseguido justamente lo contrario!, casi me grita mi loro.
¿Qué habría sucedido si Chávez o Castro hubieran hecho algo parecido?, me pregunta con una sonrisa maligna mi Lector Atento, desde su cómodo puesto sobre mi hombro derecho.
Lo que pasó cuando hiper-reaccionaron los islamistas, ya lo expuse arriba.
Para tomar ejemplos cercanos y de la misma prensa española de estos días: es más indignante y obsceno, por ejemplo, que sigan llegando africanos –empujados por el hambre- para morirse antes de llegar a alguna orilla española o europea. O que la institucionalización del dopaje en el ciclismo –ejemplo actual, perdonen la insistencia- sea algo tan natural que ya nadie parece querer combatirlo en España.
(En Alemania lo están intentando en este momento. Ya es algo.)
Pienso que es hora de que los españoles modernos y pensantes –no es un insulto este último adjetivo- empiecen a distanciarse de lo que una vez fue sinónimo de colonialismo (enriquecimiento ilícito por un lado y pisoteo de los derechos humanos de los subyugados, por el otro) y de fuerza bruta.
No tiene por qué ser de la manera atrevida, escandalosa y seguramente indignante para algunos –lo puedo entender- que ha escogido la revista El Jueves. Pero sí con cultura y harto esclarecimiento.
Por lo menos para que se pueda distinguir un claro ejemplo de abuso de poder, allí donde lo haya.
La llamada realeza hoy en día es apenas más que un gran negocio –frívolo, además- al cual no se accede por méritos propios sino por simple sucesión genética.
Y estoy seguro que cualquier monarquía de Europa es inconstitucional, por aquello de que todos los ciudadanos miembros de esta Comunidad Europea nacen con los mismos derechos y deberes.
Pero esas son cosas que no parecen preocuparles a los que creen en hadas y princesas.
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, viernes 20-07-2007
P.D.: Como nota curiosa, aquí el resultado de una encuesta realizada por El País Digital. Nótese que otra vez a ese diario se le ha colado un chiste: “Sí, es demasiado irreverente poner a los Príncipes de Asturias en esa tesitura”, es la primera posibilidad de voto.
La palabra ‘tesitura’ es genial. Así, según el diccionario de la Real Academia, esa posibilidad significaría:
1. Poner a los Príncipes de Asturias en una cierta actitud o disposición del ánimo.
2. Poner a los Príncipes de Asturias en la altura propia de su voz o instrumento.
Además que no creo que los involucrados se dejen poner -así no más- en esa actitud o altura física contra su voluntad. Es más: no deben pedir permiso a nadie.
http://www.elpais.com/encuestas/encuesta.html
Aquí lo que opina el famoso dibujante y crítico social Forges:
(*) Esas tres declaraciones las he obtenido de la siguiente fuente:
http://www.elmundo.es/papel/2006/02/05/comunicacion/1926138.html
