Divertido e interesante el truco mercadotécnico utilizado por unos empresarios neoyorquinos para atraer público: los que demuestren ser vírgenes, podrán asistir gratuitamente al evento teatral que ellos están presentando.
Y buena también la fotografía de arriba pescando a una muchacha justo en el momento de captar el verdadero contenido de la pregunta que le acaban de hacer.
Si algo se puede afirmar tajantemente del que escribe esta bitácora, voy a serles por una vez sincero: yo no podría pasar gratis.
-¿Y cuál es la metodología usada? -me pregunta mi Lector Atento, ese loro preguntón que vive sobre mi hombro derecho-. ¿Tendrán que presentar los postulantes a entrar gratis una especie de certificado virginal?
No había pensado en eso, lo tengo que reconocer.
-Pero, ¿expedido por quién? -continúa-. Porque por el novio o la novia, noviecita o noviecita no puede ser. Los padres quedan descalificados, por cuestión de principios, desde el principio, ¿no?
Mi primera vez fue una catástrofe.
Felizmente, una sin mayores consecuencias.
Me encontraba recorriendo el norte de mi país a dedo en ese entonces. Tiempos diferentes aquellos, en las que era posible hacerlo. Estaba repitiendo la experiencia (de tirar dedo), porque no mucho tiempo atrás había salido con veinte soles (el equivalente a unos veinte euros, ahora, me imagino) con el fin de pasar una semana en Cajamarca.
(Cajamarca está en los andes. Para llegar desde Lima se necesita recorrer unos 677 kilómetros por la Panamericana Norte hasta Pacasmayo y de allí unos 180 kilómetros cruzando la Cordillera de los Andes. Creo que para este último accidentado trayecto se debe seguir necesitando de unas seis a ocho horas de viaje por tierra; algo difícil de creer para el que no conoce los Andes.)
En Cajamarca me quedé un mes en total y regresé a casa, en Lima, con cien soles en el bolsillo y a bordo de un Chevrolet Cabriolet del año, desde Trujillo. Pero esos detalles ya pertenecen a otra página de esta bitácora. Baste agregar que, por esas cosas que el destino tiene, los cien soles me los dio en un ataque de compasión, la madre de la que fue mi noviecita en esa ciudad y que después acapararía los titulares de los diarios de entonces: la Chica Dinamita.
Ahora estamos en New York haciendo cola para ver cómo es eso de que las personas vírgenes no pagan para entrar a este espectáculo.
La verdad nos cae como un vaso de agua fría (pero no por lo que creen, digo, no solo por lo que creen): un hipnotizador, se encarga de comprobar si los postulantes dicen la verdad.
Mi Lector Atento, ese loro medio diabólico y sinvergüenza que llevo invisiblemente sobre el hombro y que tiene vida propia, se despierta y me pregunta:
-¿Y quién controla si el controlador está diciendo la verdad?
Como nos meteríamos en un agudo problema y enredado dilema con el que ya se han roto la cabeza los filósofos de todas las épocas de la humanidad, no entro en la discusión.
Mi primera vez fue en un burdel de las afueras de Trujillo, cumpliendo una tradición más o menos común (¿o me equivoco?) en mi país latinoamericano. El grupo de amigos con los que me encontraba viajando lo propuso y yo no me opuse.
La verdad es que me había imaginado otra cosa. Cualquier otra. Pero no esa. Ninguna de las mujeres allí presentes me despertaba especial interés. Más bien decepción. Había feas, gordas, delgadas, deformes, atractivas y, simplemente, simpáticas.
Como tengo una debilidad irrefrenable por la belleza, escogí la más guapa. Quien resultó ser, también, la más experta en eso de despachar su trabajo.
-Te me estás demorando mucho, hijito –me dijo, después de unos minutos allí encima.
Por lo menos no leía el periódico, me dije, recordando una referencia común a ese tipo de menesteres por parte de mis amigos.
No sabía qué hacer. Estaba allí. Pero era como no estar allí. Un extraño con mi aspecto físico cumpliendo mi función, eso era lo que yo era.
La ciencia moderna ha descubierto que ciertas experiencias llamadas místicas (y que algunos consideran el origen de muchas religiones), en las cuales uno llega a creer verse a sí mismo desde cierta altura, no son nada imposible ni raro. En experimentos realizados, se ha llegado comprobar, que estimulando ciertas zonas puntuales del cerebro, es posible vivir esa experiencia. De desdoblamiento físico en altura, para llamarla de alguna manera.
Así me sentía yo. Observando cómo ese imbécil de allá abajo, había soñado y esperando tanto su primer polvo, y allí lo tenían ahora sin saber qué hacer.
Opté por una salida caballerosa, que después no me dejó dormir durante un tiempo: fingí un orgasmo.
Creo que el único –el único en serio: en broma, un par: me fascina actuar- fingido de mi vida.
Entonces me consolaba no tener los problemas que tenía un amigo mío, a quien llamábamos malvadamente Calatita (de ser cierto, qué terrible debe haber sido para él y qué malvados nosotros con él, sin saberlo).
De él contaban que habiendo entrado a la habitación de una hetaira en un burdel, la mujer no había querido, al parecer, desnudarse del todo, impidiendo la completa función corporal de nuestro amigo vamos a decir, para usar caminos enrevesados para describir su obvio problema.
-Ya, pues, calatita, por favor -dicen que le rogaba-. Calatita, pues. No te hagas de rogar, chinita.
Por lo menos es lo que se contaba. No me pregunten cómo lo pudieron oír.
(Calato es un peruanismo que tiene su origen en el quechua. Significa ‘desnudo’.)
Cierta o no, la anécdota, allí estuvimos jodiéndole la pita durante un buen tiempo a nuestro querido –y pobre- amigo.
Ahora me encuentro en la cola, esperando mi turno. Pienso decirlo tranquilamente. No tengo otra intención que la de saber qué tan buen actor puedo ser yo y qué tan malo puede ser nuestro ‘vidente’.
No estoy en Nueva York, claro, estoy aquí en este pueblucho de las afueras de Colonia.
Pero tampoco es mi primera vez.
Mi verdadera primera vez –si se puede llamar así a la sucedida con la novia de uno- fue rarísima, pero en otro sentido.
La ansiedad, la tensión o qué sé yo, me permitieron mantenerme incólume sin pastillitas azules –disculpen los rodeos- durante casi una hora, tratando de complacer a mi novia de entonces, como se suponía que lo tenía que hacer un muchacho esclarecido e informado como debía ser yo: así y asá, con cariño, caricias y masajes. Esas cosas.
Lo disfruté, claro. Pero no como me habría gustado.
Creo que mi escuela fue positiva y negativa a la vez. Cuando alguien no me interesaba particularmente, me portaba como un muchacho más en busca de sexo. Por el contrario, si había mucho interés en una relación por mi parte, trataba de esforzarme.
¿Cuántas novias interesantes habré perdido, convencidas ellas de que no me interesaban tanto como para treparme salvajemente a ellas y llegar en cinco o diez minutos?
Por el contrario, ¿a cuántas no habré herido con mi desparpajo rutinario?
Lo que sí puedo afirmar es que la experiencia ayuda. Por lo menos a aprender. A equivocarse. A enmendar los errores. A volverse a encontrar con el propio camino o forma de ser.
No quiero imaginarme a esas personas que llegan a cierta edad sin experiencias sexuales. Personalmente, me compadezco de ellas. Sin ser eso ningún delito.
Como sé que ellas se compadecerían, a su vez, de mí, quedamos empates.
Lo bailado y lo comido no te lo quita nadie.
¿Conseguiré burlar al ‘detector humano de mentiras’, Sebastian Black, en mi virtual visita a ese teatro de Nueva York?
¿Conseguiré hacerlo dudar por un solo momento?
¡Ja!
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, domingo22-07-2007
http://www.elpais.com/articulo/gente/virgenes/entran/gratis/elpepugen/20070713elpepuage_2/Tes

14 Diciembre 2007 a las 16:10 |
Saludos desde México y que sigan los texitos