NIÑOS BILINGÜES (I)

23 Julio 2007

Un lector español –Iñigo-, casado con una brasileña, me ha escrito interesándose por el asunto de la educación bilingüe de nuestros 4 hijos.

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Tal como lo conté en mi entrada BEBES POLÍGLOTAS (ver 30 de mayo), nuestros cuatro niños hablan tanto alemán como castellano.

Conseguirlo nos costó poco al comienzo, porque aunque mi esposa es alemana, entre nosotros dos hablamos castellano (desde el primer día) y es el idioma de la casa.

(Mejor dicho, era, porque lo que más se habla ahora en términos meramente estadísticos es el alemán.)

Con nuestras dos primeras hijas fue relativamente fácil, porque hasta que empezaron a ir al kindergarten (es una palabra alemana que viene de garten=jardín y kinder=niños, kind en singular), nido (como se usa o usaba en mi país) o parvulario, se impregnaron de suficiente castellano como para llegar a creerse peruanas.

-Pero, ¿ustedes son alemanas o no? –les preguntó una vez una señora en un centro comercial, al ver que hablaban los dos idiomas perfectamente y sin acento ambos.

-¡¡¡¡Noooooooo!!!! –exclamaron al unísono las dos, algo de lo que ahora se ríen y ya no volverían a afirmar.

Cuando ingresaron al kinder, la cosa se volteó. Dejaron de hablar castellano o español entre ellas mismas y el alemán –el idioma que entonces empezó a primar en sus juegos- se convirtió en su idioma principal.

Me imagino que por solidaridad con sus amiguitas y amiguitos empezaron a hablar entre ellas alemán y luego perdieron, simplemente, la costumbre.

De allí que yo esté convencido de que la lengua principal de los niños es la de los juegos: la lengua lúdica. Además que jugando se aprende más fácil y rápidamente. Todo.

Esa fue la época en que ellas probaron a tratar de imponer el alemán en casa.

Siguiendo el plan que me había trazado, fui totalmente consecuente en eso de no entenderles cuando se dirigían a mí en el idioma de este país y, prácticamente, nunca les he hablado en la lengua de Goethe.

(Ahora que ya tienen 11 y 12 años de edad, a veces, por cortesía hacia los presentes, primero les digo a mis hijos lo que tengo que decirles en español y luego hago la correspondiente traducción para que los demás puedan entender.)

Lamentablemente, me imagino que por un reflejo natural, cuando empezaron a probar a hablar alemán con mi esposa, ella no tuvo el suficiente cuidado ni la consecuencia necesaria.

Debido a ello, hasta el día de hoy mis dos hijas (el tercero también, el cuarto todavía: ojalá que nunca) le hablan a ella en alemán y mi esposa les responde en castellano.

Cuando nació nuestro tercer hijo, quise ser más consecuente, pero Jorge Juan asumió pronto el mismo esquema de sus hermanas mayores: alemán entre ellos tres y con su mamá. Ella en castellano.

Como un idioma solo se puede aprender escuchándolo y hablándolo, mientras más versiones de él conozca un niño, en mejores condiciones estará de aprenderlo.

Viviendo en Alemania y sin conocer niños de su edad, el asunto se presentó muy difícil, pero lo compensamos con lecturas, videos y mucha música en castellano. Para aumentar el número de fuentes, adquirimos en su momento una antena parabólica con el fin de poder ver canales españoles.

Pero creo que por donde más les ha entrado el refuerzo necesario ha sido a través de la música. (Otro medio muy efectivo es la televisión. Una de las cosas que más les gusta a mis hijas cuando viajamos al Perú es ver, justamente, la caja tonta.)

Por eso mismo me llama la atención que su uso no esté extendido en los sistemas actuales profesionales de enseñanza de idiomas.

Para nuestro cuarto hijo, Josef Anton Michael (la nueva y actual versión –alemana- de José Antonio Miguel, entre la media docena de versiones que ya tiene), me propuse cambiar de estrategia.

Logré comprometer a mis tres hijos mayores para que hablaran solamente castellano con Toño. Les dije que ellos serían sus profesores. Que había muchas cosas que los niños podían enseñar a otros niños y una de ellas era el idioma. Les hice ver también que cuando visitáramos mi país, si él no aprendía, podría tener problemas para entender a los demás.

Dejé también claro que tenían que seguir hablándole en castellano aún cuando estuvieran jugando todos con otros niños y que si alguien se quejaba, podrían darle la misma explicación.

Hasta ahora ha funcionado.

Toño tiene ahora dos años y habla muy bien alemán, todavía rudimentario, pero muy bien pronunciado y con buen vocabulario.

Su castellano es bastante amplio, aunque comete errores gramaticales típicos de su edad.

¿Tabrí?, por ejemplo, significa ¿Lo abres? Y viene de ¿Tú abrir?

También pregunta: ¿Tú venir conmigo? ¿Tú leer mi libro? Etc.

Por otro lado compone frases bastante interesantes como:

-Que yo sepa, abajo en su oficina -dice mi esposa que le respondió hoy, muy bien pronunciado todo, al preguntar ella por mí esta tarde.

Como juega mucho con otros niños alemanes de su misma edad, sus expresiones infantiles en alemán son más numerosas que las que conoce en castellano.

Sospecho que él será el que menos terminará dominando mi propio idioma.

Mañana empieza a ir al kinder y no sé todavía si nos será posible conseguir que los demás hermanos le sigan hablando en castellano.

(Esto último cuesta bastante trabajo: hay que estar atentos cuando cambian de idioma y hacérselos recordar, pero de tal manera que no lo vean como una prohibición de no hablar el idioma de su madre, sino como el cumplimiento de un compromiso familiar que han adquirido. No es fácil. A veces me siento como una especie de censor idiomático.)

Para resumir.

Separando consecuentemente los idiomas -¡jamás mezclarlos ni pasarse al otro idioma al hablar con ellos! –los niños pueden aprenderlos sin esfuerzo.

(Otra advertencia: jamás burlarse tampoco de los errores que pudieran cometer. La vergüenza es el peor enemigo de las lenguas. A cualquier edad.)

Una vez que han identificado el modo de comunicación que tienen para cada padre o hermano, y se ha reforzado esa elección (no confundiéndolos hablando de pronto el idioma con el que ellos no contaban), los niños no suelen tener problemas para mantener esos vínculos comunicativos fijos.

Así, se les vuelve claro que con la madre hablan en alemán y ella les responde en castellano (ya no se puede cambiar, en cambio ya no reclaman que ella les responda también en alemán); con el padre solo en castellano, entre los tres hermanos alemán y con el menor solo castellano.

Es importante recalcar en este punto que existen varias lenguas: la materna, la paterna, la familiar, la de los amigos o lúdica, la del medio social que más frecuentan, la de la escuela, la del país.

No tienen por qué coincidir.

Si han prestado atención a esta entrada, habrán podido notar que la lengua ‘inicial’ materna de mis hijos era el castellano, a pesar de ser mi esposa alemana. Lengua que también era la familiar. Solo recién al adoptar el alemán como la lengua de sus juegos, poco después de haber empezado a ir al nido, intentaron imponerla como familiar -porque sabían que nosotros la hablábamos- y consiguiéndolo solo parcialmente, pero solo por inconsecuencia (natural) de mi esposa.

(Esto último no sucede hasta ahora, felizmente, con nuestro cuarto hijo.)

Así, un niño de padre español (de origen catalán, por ejemplo, pero castellanohablante principalmente), madre brasileña, crecido en París, que frecuenta mucho a la familia catalana de su padre, tiene amigos árabes (que juegan y hablan en árabe con él) y va a una escuela francesa, no tendrá por lo general ningún problema en aprender y dominar esos cinco idiomas.

Será algo natural para él.

(Por supuesto que el nivel de flujo de información en cada uno, es el que determinará el nivel o calidad de cada uno de los idiomas.)

Pero basta mezclar o no ser consecuente en otros sentidos (por ejemplo hablar el otro idioma cuando están los abuelos o vecinos presentes), para que el asunto deje de funcionar así.

Claro que para eso se necesita cierta disciplina y absoluta consecuencia por parte de los padres y a veces no es fácil.

Pero para los niños tampoco.

Mañana continuaré con este mismo tema.

                HjorgeV

                Pulheim-Sinthern, lunes 23-07-2007