NIÑOS BILINGÜES (II)

24 Julio 2007

Considero que las únicas limitaciones que puede tener una persona –independientemente de su edad- en el aprendizaje de algún idioma, solo son las que dicta su medio ambiente.

china.jpg

Si no existen las condiciones o facilidades para ese aprendizaje, cualquier persona adulta informada puede -haciendo cierto esfuerzo- disponer de una serie de medios y recursos para conseguirlo.(Esto presupone, lamentablemente, que debe existir un interés por estar informado o disponer del tiempo para estarlo, es decir, no tener inevitablemente que dedicarlo solo a conseguir alimentos para sí y su familia, por ejemplo.)

Voy a exponer dos ejemplos de aprendizaje de un nuevo idioma -que conozco bien porque son personales- para relacionar después esas dos experiencias con ciertos aspectos del bilingüismo infantil que a mí particularmente me han interesado.

Aprendí el ‘brasileño’ que hablo, memorizando a la bruta algunas canciones de un disco de Tom Jobin que una vez adquirí. No es mucho lo que hablo ahora, porque nunca he estado en Brasil para practicarlo, pero es suficiente como para saludar e iniciar una conversación superficial.

Haciéndole bromas a los pocos brasileños y portugueses que conocía y frecuentaba entonces, trataba de recitarles pasajes enteros de Desafinado -uno de los temas que más me gustan de ese cantautor brasileño y una auténtica joya musical- como si fuera algo mío que yo les estaba hablando.

Quando eu vou cantar você não deixa / E sempre vem a mesma queixa / Diz que eu desafino, que eu não sei cantar… (*)

Escuché ese mismo disco tantas veces a lo largo de meses, que mis hijas terminaron aprendiéndose grandes partes de varias canciones y les ayuda ahora a entender cuando alguien habla portugués.

Hablarlo es otra cosa.

(Justo aquí recuerdo el caso de una amiga de la U.N.I. de Lima, quien me contaba que sus padres le hablaban en quechua y ella podía entender, pero decía que no era capaz de hablarlo. Entonces pensaba yo –falsamente- que era una pose de ella.)

Menciono lo de las canciones de Tom Jobin, porque ahora estoy completamente convencido que lo que más debe ayudar en el cerebro a aprender un idioma, a fijarlo y a desarrollarse en él, es el aspecto musical que todos –los idiomas- tienen.

Doy el segundo ejemplo.

En uno de mis actuales y temporales trabajos tengo un colega italiano. Su idioma lo aprendí una vez trabajando con compatriotas suyos, hace unos quince años atrás.

Los tipos –por no hablar en alemán conmigo- me hablaban en italiano. Algunos eran del norte y otros del sur. Recuerdo que me pasé como unos dos o tres meses en ese trabajo sin entenderles una palabra. (Es una exageración.)

Los escuchaba solo por cortesía y porque me causaba gracia que me siguieran hablando sin que yo les entendiera lo que me decían. Hasta que en mi cerebro hizo clic. De pronto, como por arte de magia, todo lo que me decían ya no era una sola melodía de contenido desconocido y continua.

Ahora empezaba a reconocer poco a poco cada una de las palabras en esa melodía. (Acabo de leer que eso es exactamente lo que ocurre con los bebes o bebés.)

El siguiente paso fue hablarlo.

Cuando hablaba con los del norte, trataba de imitar el acento de los del sur y ellos se reían.

Cuando hablaba con los del sur, trataba de imitar el acento de los del norte y ellos (sicilianos) se hacían los que se ‘molestaban’ por pretender hablar yo como sus norteños y ‘arrogantes’ compatriotas.

Lo bueno era que yo los divertía de esa manera y entre risa y risa, me permitía cometer errores gramaticales, sin tener que pasar vergüenza.

(No olvidar esta palabra, vergüenza: es la más negativa que puede existir en el aprendizaje de cualquier cosa.)

Poco a poco me fui agenciando de un italiano bastante decente, que –cuando no cometía errores- me permitía hacerme pasar por uno de ellos.

Como aprendí un italiano, vamos a decir, informal, después, cuando empecé a escuchar las noticias en ese idioma en la radio, todo fue mucho más fácil.

Esto último lo digo porque curiosamente en la –para mí absurda y tonta- enseñanza tradicional de idiomas, se hace al revés: uno aprende primero palabras sueltas muy bien pronunciadas (lentamente, además) para encontrarse después en la práctica que todo es diferente. Y no entender un carajo.

Eso fue hace más o menos quince años como he dicho.

Intenté ahora hablar en italiano con el colega que he mencionado, pero resultó que él me respondía al comienzo en alemán.

¿Tan mal lo hablaba yo ahora? ¿Tanto lo había olvidado como para que no me tomara en serio como interlocutor?

Me acordé lo de las melodías.

Y, ¡zas!, funcionó.

Lo hice reír un poco y ahora es él el que ya no se siente cómodo hablándome en alemán.

Ahora solo me queda repasar un poco de vocabulario para no quedarme atrás. Algo que siempre hago también en mi propia lengua, consultando a diario el diccionario de la Real Academia.

Justo en mis últimas vacaciones cayó –literalmente- a mis manos un libro sobre inteligencia infantil que me pareció fascinante.

Sucede que los adultos no solemos tomar a los niños pequeños en serio.

Recién cuando comienzan a hablar empezamos a considerarlos ‘verdaderas’ personas.

Pero en esa primera etapa de la vida de todo niño que dura alrededor de dos años, su cerebro está captando toda la información externa posible como si se tratara de una compleja computadora –ordenador- especializada en ‘aspirar’ información del medio ambiente a grandes velocidades.

Al nacer llevamos meses de estar musicalmente acostumbrados al idioma que más hemos escuchado desde nuestras primeras semanas en el vientre materno.

Pero todavía no reconocemos las palabras.

Solo escuchamos melodías con diferentes entonaciones entre sí: la de los padres, hermanos, familiares y extraños. Aparte de todo tipo de ruidos. Me imagino que lo primero que debe aprender una criatura nonata debe ser que lo musical es humano y viceversa.

(Aquí sospecho que el bebe que ha escuchado varios idiomas –varios grupos de melodías distinguibles entre sí- durante lapsos relativamente largos, estárá más tarde en ventaja para aprender esos u otros idiomas, que uno que solo ha escuchado desde su estadía en el vientre materno uno solo.)

En algún momento -que varía de persona a persona- empezamos a reconocer segmentos (palabras o grupos de palabras) en esa melodía.

Se dice que cuando un niño empieza a hablar una palabra determinada, ya la ha escuchado varios miles de veces y lo que intenta pronunciar es una especie de ‘promedio’ de todas las versiones que ha escuchado hasta ese momento.

El cerebro se encarga de hacer esa ‘promediación’.

Tener en cuenta que uno mismo pronuncia una misma palabra de diferentes formas a lo largo del día y de acuerdo a nuestro humor o la intención que se tenga al hablar. También, dependiendo de con quién se habla y bajo qué circunstancias.

Por medio de experimentos hechos, se ha podido ver que hasta una edad situada entre los dos y tres años (espero no estar equivocándome, porque no tengo la fuente a la mano), todos los niños del mundo son más o menos ‘iguales’ lingüísticamente hablando: capaces de aprender cualquier idioma y hablarlo, pronunciando correctamente cada una de sus fonemas.

Así, un niño chino, uno japonés y uno español que no han llegado a esa línea límite, serían capaces de aprender chino, japonés y español sin ningún problema, si en ese momento de su vida tuvieran que hacerlo por la razón que fuera.

Curiosamente, una vez traspasada esa línea, el cerebro se empieza a hacer muy selectivo y comienza una interesante e importante diferenciación.

En el libro que menciono, los autores habían hecho los experimentos solo con niños japoneses y usamericanos.

Los niños de los dos países podían reconocer antes del final de la etapa inicial mencionada –entre otros sonidos- los de las letras ‘r’ y ‘l’. Pero a partir del inicio de la segunda etapa, los japoneses escuchaban ambas como ‘l’.

Increíblemente –para mí- le asignaban a los Hijos del Sol Naciente las características lingüísticas de los Hijos del Negocio Naciente, si me perdonan la broma.

Por lo que yo sé, los chinos no conocen la ‘r’ y la pronuncian como ‘l’.

Por el contrario, los japoneses pronuncian la ‘r’, pero no conocen la ‘l’.

Así, tenemos muchos nombres chinos como los apellidos Li y Lin, y la ciudad Dalian, por ejemplo.

Por el lado japonés, tenemos una profusión de nombres con ‘r’, como Fujimori, karate o harakiri, pero no con ‘l’.

Cuando uno, en bloma, pletende imital a un chinito –en mi país- tlata de intelcambial la ‘ele’ pol la ‘ele’.

Por er otro rado, si queremos imitar er habra japonesa, ro pronunciamos todo con ere.

Los autores del libro, siendo expertos lingüistas, habían confundido esto o, simplemente, lo ignoraban.

[Nota del 02-07-2007: No es así. Mejor dicho, no es del todo así. Si bien es cierto que los japoneses escriben sus nombres en la manera occidental con 'r', ésta no la pronuncian como nuestras 'r' ó 'rr' españolas. Tampoco como la 'r' inglesa. ¿Lo pronuncian entonces como la 'l' inglesa o española? Justo anoche estuve en una reunión en la que había una japonesa y le pregunté sobre esto que yo creía una inexplicable confusión de los lingüistas. Prestando mucho atención y rogándole que repitiera muchas palabras -cuidado que mi oído, según lo visto- ya está 'deformado'- noté por primera vez que lo que yo siempre había tomado por una 'r' en los japoneses... tampoco es una 'l' al modo inglés o español. Se trata de algo intermedio. Como la 'r' de alguien que no puede pronunciarla bien y trata de disimularlo. Curiosamente, el hecho de ver escrita la 'r' en muchos nombres japoneses, me había inducido a tomarla por una muy parecida a la nuestra. Lo interesante del caso de ayer, es que se trataba de una mujer que había nacido en EEUU en el seno de una familia japonesa, de tal manera que apenas tenía problemas con las dos vocales y sabía de la dificultad.]

Lo fascinante del asunto es que si se repite ese experimento con adultos, y se les hace escuchar a un chino y a un japonés las palabras ‘ratón’ y ‘loto’, por ejemplo, el primero afirmará escuchar siempre ‘latón’ y ‘loto’; y el segundo, ‘ratón’ y ‘roto’, independientemente del número de veces que se le haga oír esas palabras (habladas por un español, por ejemplo).

[Nota: Esto también solo lo he supuesto. En el libro solo se habla del caso japonés.]

Eso explica por qué nos es difícil pronunciar ciertos nuevos fonemas al aprender un nuevo idioma: por la dificultad que en sí presentan en su calidad de novedosos, y porque nuestra capacidad de diferenciación acústica ya pasó a ser limitada.

(No sé hasta que punto eso sea irreversible. Con lo cual tendría aquí un nuevo tema para indagar.)

Allí donde el nativo de una lengua N puede reconocer x variaciones acústicas, nosotros reconocemos solo las que tienen mayor parecido con aquello a lo que nuestro oído está acostumbrado.

Lo que puede parecer una limitación, es –supongo- una forma muy práctica e inteligente del cerebro de ahorrar energía, pasos y logaritmos. Como en muchos otros aspectos, el cerebro simplemente se vuelve selectivo en lo concerniente al idioma y se concentra en lo práctico.

Es más, como demuestra el ejemplo anterior de la percepción de la ‘l’ y la ‘r’, el cerebro no solo se programa solo: terminamos oyendo lo que queremos.

Y esto en más de un sentido.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 24-07-2007

(*) Aquí una página que se ocupa de Desafinado de Antonio Tom Jobin. Incluye el texto en portugués y una traducción posible: http://pacobernaberoca.blogspot.com/2007/06/desafinado-cal-costa.html

@ Iñigo: No me ha sido posible, por tener que atender mis otras ocupaciones y haber estado un poco indispuesto, haber tratado este tema con mayores profundidad y rigurosidad, que era lo que me hubiera gustado hacer. Espero haberte servido, de todas maneras, de alguna forma. HjV