Fuimos a ver una de sus películas cuando andábamos en esa edad en la que ya creíamos saber –casi- todo.
Es decir, cuando éramos unos bisoños adolescentes y ese ‘todo’ se circunscribía al sexo.
Debo confesar que entré (entramos) al cine sólo por el título.
Eran épocas en las que solo el hecho de haber conseguido entrar de alguna forma al cine para presenciar una película para adultos, causaba –ya- una satisfacción tan grande, que bien se podía prescindir de la película misma, si llegaba el caso.
Y éste, llegó para nosotros, un grupo de amigos inquietos.
Con uniforme de policía.
Corrían los años setenta en Lima y aún no existía la red –internet-, ni los videos de ahora y de anteayer, ni, por supuesto, la pornografía masificada y de más o menos libre acceso. Los españoles viajaban al extranjero -entonces, todavía- para poder ver El último tango en París.
Hay que poder imaginárselo.
La película sueca estaba catalogada para mayores de 18 años y ya se había estrenado en mi país hacía varios años atrás.
A lo que nosotros asistíamos esa vez, era al resultado (la copia era mala, malísima) del buen olfato de un mercader del cine, que bien supo aprovechar ese título -tan claro, en principio para nuestra imaginación- de la película, para atraernos a nosotros incautos adolescentes: Gritos y Susurros.
Recuerdo que estuve a punto de salvarme de la redada, porque, a pesar de ser uno de los menores del grupo, había tenido la suerte de que ninguno de los policías que se paseaban por entre las butacas con sus linternas en mano después de haber interrumpido la película, me había descubierto inmediatamente.
Tiempos aquellos.
Ahora, ¿a quién se le ocurriría detener una película para comprobar si hay algún menor de edad presente en una apta para mayores?
-Eso de “apta para mayores” -me dice mi Lector Atento-, también podía llevar a rápida confusión. Tendrían que haberse llamado “apta solo para mayores de tantos años” –añade mi loro invisible desde su cómodo lugar sobre mi hombro derecho.
Es cierto. ¿O era así y lo he olvidado?
Por otra parte, la definición y la percepción de lo que es pornográfico -o no- es algo que ha variado bastante a través del tiempo. Basta poner como ejemplo el último escándalo suscitado en España por un juezuelo que se creyó celestialmente llamado a salvar el honor de la monarquía española al ver publicada una caricatura francamente impúdica, atrevida y explícita.
La diferencia con los tiempos modernos, es que ahora se puede decir que algo es impúdico, atrevido y explícito. Y, y no pasa nada. Mejor dicho, no tiene que pasar mucho.
No tiene que ir nadie a la cárcel, como fue nuestro caso aquella vez en ese cine al que creíamos haber llegado para ver una película de cachetada (cache es un peruanismo muy vulgar para fornicación) y habíamos empezado a ver una película –más bien- de claro corte psicológico.
Empezado, repito, porque terminamos en la cárcel –en la comisaría, se entiende-, hasta que llegaron nuestros padres y nos retiraron de allí con una severa amonestación.
La verdad, no entendíamos por qué tenían que amonestarnos por querer ver una película inocua de un gran cineasta sueco, mundialmente famoso y exitoso, además: Ingmar Bergman.
Ese cineasta sueco, ese señor, ese gran dramaturgo, se nos ha muerto ahora. Ha fallecido hoy.
El argumento de la película no podía ser aún más disímil de lo que nuestras calentonas mentes adolescentes, en realidad, buscaban en ese cine de barrio limeño, ya desaparecido.
Tres hermanas muy unidas cuando pequeñas, pero distanciadas después –física y emocionalmente- por sus propias biografías , se reúnen para asistir a los últimos días de su hermana Agnes, quien está a punto de morir. Son tres mujeres cuyo egoísmo y ensimismamiento personal les hace olvidar por fases que de quien se trata en este último encuentro es de la hermana gravemente enferma y no de ellas, de sus problemas personales o matrimoniales.
El contrapeso lo pone la maternal criada Ana, en la que Agnes encuentra más calor y comprensión que en las mujeres con sangre genéticamente similar a la suya.
Lo que no vimos entonces, por haber tenido que acompañar a los policías a la comisaría aquella vez, fue el momento crucial de la película. Aquél en el que ellas, presas de un ataque de nostalgia, empiezan a abrazarse hasta terminar arrastradas por un vendaval de fuertes emociones. De un torbellino, de un remolino de viento, mejor dicho.
Ernst Ingmar Bergman había nacido en 1918 en Uppsala, Suecia, como hijo de un pastor protestante y se había formado profesionalmente al calor del cine mudo de entonces, aunque su interés primero y principal fue el teatro.
Creadores modernos como Woody Allen y Lars von Trier se consideran discípulos de quien llegó a filmar más de 60 películas y documentales, y escenificó unas 120 piezas teatrales.
Dos de sus frases:
“Cuando se confía en los propios sentimientos, cuando se tiene fe en la propia fuerza creadora, se puede ser completamente inconsecuente. Pero eso no es todo. También hay que ser capaz de afrontar –siempre- todas las consecuencias de nuestra propia forma de sentir”.
“No existen los límites. No para las ideas, ni para los sentimientos. Es el miedo el que los impone”. (*)
Sus películas se movieron/mueven alrededor de esas grandes tareas mal resueltas y siempre inconclusas de todo ardoroso creyente, crecido en un ambiente recargado de religión: los sentimientos de culpa y remordimiento, la necesidad imperante del pecador de poder redimir los propios pecados y reintegrarse así al territorio de los ‘limpios’ del cual él mismo se ha expulsado.
Hasta el próximo pecado, por lo menos.
De 1965 a 1970 convivió con una de las actrices de esa legendaria película –Liv Ullmann, arriba en el cartel cinematográfico y uno de Mis Rostros Favoritos de Todos los Tiempos-, con quien tuvo una hija en 1966, Linn Ullmann.
Digo ‘convivió’, porque aparte de esa relación, Bergman llegó a casarse cinco veces (con mujeres diferentes) y tuvo, en total, nueve hijos.
Sus temas fueron dios y el demonio, el amor y el dolor. La muerte y la vida.
Todo y nada, en realidad. Es decir, simple y llanamente, los materiales con los que están urdidas e imbricadas nuestras existencias.
Pensar que nosotros -esa vez- sólo buscábamos sexo.
¿No les habrá pasado lo mismo con esto ahora a ustedes?
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, lunes 30-07-2007
(*) Traducciones de la casa, apoyándome en el alemán.
CINEMA: INGMAR BERGMAN (en portugués brasileño)

7 Julio 2008 a las 19:34 |
He llegado de rebote a tu sitio (estaba buscando info sobre otros temas relacionados con Bergman) y he tropezado con este emotivo trozo de literatura. Me quito el sombrero: has acotado con gran decisión lo que todos teníamos/tenemos en la cabeza con respecto al autor sueco. Me he tomado mi tiempo para leer otros posts de tu blog y sólo tengo que decir: gracias, ánimo y adelante.