POSTALES DE ALEMANIA: Economía, salsa y tacañería

19 Julio 2007

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Acababa de leer hace apenas unas semanas que los índices económicos de este país habían mejorado mucho más de lo esperado, cuando ahora de otras fuentes empiezan a llegar ciertas voces de alarma.

Se dice que si el gobierno no toma las medidas pertinentes, la próxima crisis económica puede ser muy grave.

Por ahora todo parece ir bien.

Sí. La economía alemana, parece haber salido de esa marcada depresión en la que estuvo estancada desde la introducción del euro en el 2001 hasta, vamos a decir, comienzos de este año.

Me atrevo a afirmar que el punto más bajo se alcanzó el año 2005, cuando se batió la marca de negocios declarados en bancarrota y la de hogares endeudados hasta el cuello.

Algo que no se había visto nunca en este país.

Para el que no lo sabe –y es difícil imaginar esa contingencia-, Alemania quedó destruida al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945; guerra que la misma Alemania Nazi de entonces había provocado con la invasión de Polonia en 1939.

Muchas ciudades quedaron casi completamente destruidas por los más que inhumanos bombardeos aliados a la población civi. Colonia, esta ciudad, por ejemplo, quedó destruida en un 80%.

Como se trataba de los nazis –hoy en día son los llamados ‘terroristas’ los objetivos- valía todo.

Tanto, que hoy mismo, por ejemplo, los mayores atentados -también verdaderamente terroristas- de la historia (las bombas lanzadas a Hiroshima y Nagasaki) se siguen recordando apenas como meros incidentes de esa guerra, en la que murieron 60 millones de personas y catalogada como la peor de toda la historia de la humanidad.

(La inmensa mayoría de ellas civiles. Creo que ni siquiera tendría que haberlo mencionado.)

Pero esos son hechos que pertenecen a otro capítulo, tema o historia, y no hay cosa que yo deteste más que estar mezclándolo todo.

¿Cómo es posible que un país carcomido moralmente durante muchos años por un régimen fascista, sádico, inhumano y demente, apenas un par de décadas después ya estaba dando muestras de haberse recuperado muy bien?

Hay muchas teorías al respecto.

Una de ellas dice que, enfrentado este país a los monstruos de su pasado reciente, no le quedaba otra cosa que suicidarse o entregarse de tal manera al trabajo, que no le quedara tiempo ni fuerzas para pensar en ese pasado.

Según esa teoría, el llamado Milagro Económico Alemán, es un resultado de la ‘aplicación ‘masiva de eso que en el psicoanálisis se llama represión, y que consiste en relegar al inconsciente aquello que no nos gusta, nos atormenta, queremos ignorar o simplemente no nos deja vivir.

Algo tiene que tener de cierto eso.

Al llegar yo a Colonia, hace ya 22 años, no tenía para nada en cuenta todo esto.

No sé si ya lo he contado aquí. Pero al pasar de Francia a este país, me había imaginado encontrar una Alemania que me había forjado mental o idelamente, a partir de los alemanes que había conocido en el Perú y de las experiencias que había recogido en mi primera y corta estadía aquí, unos tres años antes de venirme definitivamente a Europa.

Acompáñenme en una de mis primeras noches aquí en esta ciudad.

Imagínense que es domingo, es invierno europeo, hace un frío de miedo (esa vez los termómetros bajarían hasta los 18 grados bajo cero) y me están acompañando al único lugar que ofrecía música latina entonces.

Se llamaba Souterrain; un subterráneo, sí.

Un bar para estudiantes que ya no existe y que tenía en su parte posterior una discreta y pequeña sala para conciertos provista de un diminuto escenario.

Me habían contado que allí se podía bailar salsa los domingos.

El lugar no era propiamente una discoteca, pero me habían garantizado -también- que allí se podía bailar ritmos latinos. Y era cierto. ¿Desean acompañarme? Para eso les recomiendo traer un buen machete o unas buenas y largas tijeras para cortar el humo del ambiente y poder avanzar.

¿Esto es una discoteca?, fue lo primero que me pregunté.

Desconocía que existía una gran fracción de estudiantes sin muchas ganas de estudiar, progresistas o alternativos para más señas, en o por encima de los treinta y con los medios económicos para fumar y beber más o menos todos los días, y que parecían dedicarse a discutir los problemas mundiales y los más acuciantes del país como actividad principal.

Ese era el público de la parte anterior y primera del bar.

Al fondo del local, en el ambiente que a veces acogía conciertos de bandas desconocidas, sonaba música africana cuando entré por primera vez.

No recuerdo, entonces, haber visto a ningún latino.

O tal vez no presté atención a eso, de lo asombrado que estaba de encontrarme con música -netamente- africana y no con salsa, que era la información que tenía.

Media hora después, cuando ya estaba por retirarme vencido, llegó Héctor Lavoe y su Triste y vacía, que se convirtió en mi himno por ese entonces. Le siguieron piezas que de salsa tenían muy poco. Pero qué más daba ya.

El público que bailaba, y que era el minoritario, estaba conformado principalmente por mujeres. Estudiantes todas.

Al resto de los presentes allí, rodeando la pista de baile, tienen que imaginárselos observando las piruetas de algunos y moviendo discretamente la cabeza y la parte superior del cuerpo de izquierda a derecha.

El asunto era divertido.

El solo hecho de estar a miles de kilómetros de mi país y escuchar lo más parecido a la música que en ese entonces mis compatriotas debían estar escuchando parcialmente al otro lado del Atlántico, era ya todo un acontecimiento para mí.

Y allí le daba yo al baile, sin importarme si lo que hacía o trataba de hacer, más tenía de gimnasia terapéutica que de otra cosa, porque había que estar evitando las pisadas a cada momento.

A la primera chica con la que logré urdir un par de pasos más o menos decentes, y que me gustaba, le pregunté si tendría ganas de tomar algo en la barra conmigo, visto que había acabado la media hora de salsa y ahora le tocaba el turno a los ritmos africanos por espacio de treinta minutos. Eso me lo había explicado ella, entre paso y paso. Es decir entre salto y salto.

-Claro –me respondió, sin mirarme a los ojos.

La verdad, entonces me sentía tan necesitado de compañía femenina, que pasé por alto ese detalle.

¿Si no quería acompañarme a tomar una cerveza, una copa de vino o lo que fuera, por qué carajo no me lo decía? ¿Por qué tenía que resignarse a hacer algo solo porque su pareja de baile se lo pedía?

Ya en la barra, le pregunté cómo se llamaba –algo que no entendí por el fuerte ruido ambiental- y también si me aceptaba una cerveza.

Me dijo que no.

Que ella misma se la podía pagar.

No dije nada. Creo que hay circunstancias tan duras para un hombre, que explicarlas demasiado les puede hacer perder su verdadero sentido.

Acepté perder, tomé el asunto deportivamente y me acerqué sin chistar a la barra donde se expendían las bebidas. Cogí mi copa, pagué y regresé -ya solo- al ambiente del fondo.

Esa primera noche no me atreví a bailar con nadie más.

Recuerdo que estuve allí parado, como un observador más pero anulado, apoyado contra una de las columnas del lugar, macerando mi melancolía con cerveza y los pocos cigarrillos que entonces también fumaba.

El domingo siguiente llegué dispuesto a hacer algo que ya había visto que hacían los alemanes: bailar solo.

Le tomé tanto gusto al asunto, que conforme pasaban los domingos me fui acostumbrando a bailar solo o a sacar a bailar a alguien, para luego despedirme e irme a la barra a tomar algo y a esperar la siguiente media hora salsera.

Era noviembre o diciembre y salir un domingo de noche tenía una especie de encanto masoquista por aquello de las calles vacías y especialmente frías de ese invierno con nieve. La aventura de salir totalmente sudado del lugar, aunque bien arropado, para subir a la bicicleta como todos los estudiantes y pedalear hasta donde vivía, era parte del encanto de esa época.

Creo que fueron unos dos meses así. Hasta que conocí a la que sería mi primera chica.

Se llamaba B. y aunque no sabía bailar salsa, se las arreglaba de alguna manera bastante elegante para disimularlo.

Hagamos aquí un corte.

Lo que yo no sabía era una larga lista de cosas.

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Ignoraba que cuando a una alemana le gustas de verdad, puede coger una timidez tan tremenda que luego no hay forma de quitársela.

Ignoraba que es muy mal visto en este país no pagar uno mismo por su propia consumición (en un lugar público). Seas hombre o mujer.

Lo supe mucho después, y cuando me enteré estuve riéndome mucho y con especiales ganas recordando esos tiempos del subterráneo y las chicas que no aceptaban que les invitaras a nada.

Yo había tomado ese gesto como desprecio hacia mi persona y, después, como expresión de ese afán tan alemán por ser correctos, y que es una de las razones por las que me he quedado en esta mi segunda patria.

Las chicas salen solas en este país y se pagan ellas mismas lo que consumen. Aún las parejas fijas, después de años, mantienen eso de las cuentas separadas.

Pero ahora ya sé también que se trata(ba) de pura tacañería.

Y ese es un tema del que me quiero ocupar pronto.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, jueves 19-07-2007


LA JERINGA PARECE HABER REVENTADO

18 Julio 2007

Todo ocurrió demasiado rápido.

Fue anteayer, lunes 16 de julio, día de la octava etapa del Tour de France, después de la llegada a la meta en Tignes.

Y fueron apenas centésimas de segundo las que decidieron todo ese día.

Ahora, esas mismas centésimas son las que pueden decidir entre la vida y la muerte de un espectador, que fue atropellado brutalmente por el ciclista alemán Patrik Sinkewitz cuando ya había acabado la carrera. Acabado. Anótenlo bien que después lo van a necesitar.

 

Para empezar, sin olvidar a ese hombre hospitalizado en estado de coma (la vida no debe dejar de ser nunca el bien más absoluto sobre esta Tierra), empecemos diciendo que debido a ese choque, Sinkewitz ha tenido que abandonar el que ahora en Alemania se llama –con toda propiedad- el Tour de Farce.

La Gran Farsa deportiva.

Un día después, su compañero Marcus Burghardt atropelló a un pacífico perro labrador, afortunadamente sin mayores consecuencias. La bicicleta que se estropeó en el accidente se podrá reemplazar, pero Burghardt ha tenido que abandonar también la carrera.

Con él, ya son tres los corredores del equipo alemán de la T-Mobile los que abandonan el Tour. Pero eso es solo una parte de la mala racha que parece afectar a los alemanes.

¿Mala racha?

¿Por qué iba tan rápido Sinkewitz, como para provocar tal embestida y el estado de coma al atropellado, si ya había terminado la competición?

¿Cómo era posible que todavía tuviera tantas energías como para esprintar hasta su hotel?

¿Cómo explicar tamaña irresponsabilidad –se trata de una vida humana- de ese profesional?

Mi Lector Atento, ese loro pesado que llevo sobre el hombro derecho, no suele quedarse callado ni quieto ante este tipo de hechos. Ni siquiera el triunfo del colombiano Juan Mauricio Soler en la novena etapa –ayer-, ha conseguido tranquilizarlo.

Las circunstancias que rodearon y rodean este trágico accidente son más que extrañas y ya empiezan a parecer una de esas malas películas de suspenso alemanas que se pueden ver a diario por la televisión estatal, porque desde el comienzo ya se sabe quién es el culpable.

¿Qué tiene que ver la televisión alemana en todo esto?

Ahora lo veremos. Porque los principales canales de televisión –que son estatales- también están involucrados, a su manera, en esta historia.

Por lo pronto, como lo verán al final, las dos preguntas de arriba ya han quedado resueltas.

La colisión, por otra parte, no fue ningún chiste. El hombre atropellado tuvo que ser evacuado en helicóptero e internado de urgencia en un hospital de Grenoble. Sinkewitz resultó con la nariz rota y fractura parcial de la mandíbula.

La reacción de las dos cadenas de televisión ha sido más o menos inmediata, pero por otra razón.

Hoy han anunciado que no piensan seguir con la cobertura periodística del Tour de France, hasta que no se haya aclarado la responsabilidad de T-Mobile en un nuevo y escandaloso caso de dopaje: precisamente Sinkewitz acaba de dar positivo en una prueba reciente.

Ya no es posible cerrar los ojos. Por lo menos ya no en Alemania. O no tan fácilmente.

Ya está claro que el dopaje no es solo cosa de los atletas y de los médicos que los custodian. Tampoco hay que olvidar quién gana pecuniariamente con esto.

Para que funcione el tinglado de la droga en el deporte –económica y organizativamente- es necesario que alguien se ocupe de ello, alguien que asuma esa responsabilidad. Y a ese alguien no se lo puede buscar en un circo de pueblo, en alguna cantina o debajo de algún puente. Tampoco puede ser alguien; es decir, una sola persona. Esas cosas solo se pueden hacer en equipo. En uno muy bien engrasado, además.

El enfado, traducido ahora en boicot informativo por parte de la televisión estatal, es parte de la larga lista de jugadas mentirosas, hipócritas, falsas y claramente manipuladoras por parte de los responsables de T-Mobile, en este específico caso.

El asunto no es nuevo.

Pero recién el año pasado, cuando la Guardia Civil española involucró a la gran estrella del equipo, Jan Ulrich, echándole a perder de paso el gran pastel del año, el bien construido edificio de mentiras, trampas y encubrimientos –a diversos niveles, empezando desde arriba por universidades, instituciones deportivas y miembros del mismo aparato estatal- empezó a resquebrajarse seriamente.

Y es el que alemán como persona de este mundo, puede llegar a ser tramposo y hasta mafioso –el caso del ciclismo lo demuestra-, pero si hay algo que admiro en este país, es la capacidad de sus ciudadanos para dar la palabra y cumplirla.

Los de T-Mobile dieron su palabra de no volver a verse envueltos en el pantano del dopaje y no la han cumplido.

Son días duros para el deporte alemán. Y con justicia.

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Mientras Ulrich afirma que unas declaraciones suyas aparecidas en L’Equipe han sido mal traducidas al alemán, Erik Zabel, por su parte, exige una amnistía general.

En mi país creo que eso se sigue conociendo con el nombre de tener una c…aparazón muy grande y dura.

¿Por qué no enjuician a Ulrich los traductores (oficiales) de la entrevista por esa infamia?, me pregunta mi Lector Atento.

¡Atreverse a poner una supuesta mala traducción como escudo para salvar la cara en estos tiempos! ¡Ja!

¿Por qué no dijo mejor que se había pasado de tragos?

Ese tipo de cosas no son desconocidas para él.

En mayo del 2000, al salirse de la pista y terminar su Porsche demoliendo parcialmente un estacionamiento para bicicletas, la policía de Friburgo pudo comprobarle una cantidad no permitida de alcohol en la sangre.

En el verano de ese mismo año, para colmo, mientras trataba de reponerse de su bajo estado atlético, dio positivo en una prueba antidopaje. Entonces afirmó haber consumido dos pastillas de éxtasis en una discoteca, sin querer delatar a su dealer, a su caserito o vendedor asiduo. De dopaje, por supuesto, nada.

Por su parte, Zabel, otra de las ya envejecidas esperanzas del ciclismo alemán, sabrá muy bien de lo que habla, al exigir –no rogar ni simplemente pedir- una amnistía general.

Él es el mismo que semanas atrás (ver aquí mi entrada del 26 de mayo) reconoció entre lágrimas haberse dopado durante su carrera profesional, pero que esa etapa ya la había dejado atrás. Las gotas saladas eran dedicadas a su hijo, quien está empezando a seguir sus huellas. Esperemos que solo las deportivas.

Para confirmarlo, apenas unos días después ganaba dos etapas de la Vuelta a Bavaria y decía sentirse perdonado y profundamente comprendido por el público.

Para entonces, las lágrimas ya se le debían haber secado.

El asunto, el embrollo, el affaire como dirían los franchutes, me interesó desde un comienzo, porque mi Lector Atento no pudo dejar pasar así nomás las explicaciones dadas por los medios de comunicación sobre la embestida de Sinkewitz.

Repito las preguntas.

¿Cómo era posible que pudiera ir yendo tan rápido después de una carrera de varias horas y en las que no se juega a perseguir a un conejo?

¿De dónde esa energía y ese apuro o prisa una vez terminada la carrera?

La televisión alemana explicaba que el ciclista había querido llegar lo más pronto posible a su hotel sin tener que esperar al ómnibus de su equipo. Pero, ¿por qué poner en peligro una vida humana solo por llegar un par de minutos más o menos tarde? A descansar, además.

A mí el asunto me provocó indignación.

Y mi Lector Atento no se podía tragar así no más el asunto.

Cuando, investigando por mi cuenta, me enteré de que el accidente había ocurrido en una bajada, mi sospecha empezó a desvanecerse. Pero no del todo. El espectador había cruzado la pista sin contar que el corredor alemán bajaba en picada ese tramo de su camino al hotel.

¿Tienen que ir en su propia bicicleta los corredores hasta su hotel?, me volvió a preguntar mi Lector Atento, sin dejar de tranquilizarse.

Por supuesto que no. Lo decía la misma fuente.

Lo que sucedía era que las calles y las vías del lugar -de la meta- suelen estar tan concurridas después de la carrera, que a los autobuses encargados de llevar a los corredores al hotel, les toma mucho tiempo hacerlo.

¿Y?, me volvió a preguntar mi Lector Atento.

¿Cuál era el problema?

¿No es posible descansar en un ómnibus moderno europeo y equipado, además, con la más moderna tecnología y todo lo necesario para la rehidratación de un corredor?

-Averigua qué porcentaje de los ciclistas no soportan eso de perder un par de minutos de más en su camino al hotel –insistió.

Me decía que si esa práctica era muy generalizada, ¿cómo era posible que los organizadores no la hubieran tomado ya en cuenta, y siguieran exponiendo al peligro a los espectadores.

El asunto seguía oliendo mal. No cabía duda.

Algo estaba absolutamente claro: Patrik Sinkewitz tenía prisa, pero no la prensa no informaba por qué. Además parecía tener la energía que unos ya no tienen ni para el último pique de la carrera y otros prefieren guardar para el día siguiente. Si es que sobra.

Hoy que la BDR –la Federación de Ciclistas Alemanes- ha informado que una de las últimas pruebas antidopaje del ciclista de 27 años ha dado positivo, las cosas empiezan a esclarecerse.

Pero nadie debe olvidar –porque ese espectador todavía hospitalizado debe tener padres, esposa, hijos, más familiares, colegas o amigos y algo así le puede suceder a cualquiera-, que el dopaje se ha vuelto a tomar una víctima más. Una completamente inocente esta vez.

En mi infinitesimal ‘homenaje’ al herido: aplaudo el boicot de la televisión alemana y ruego que se pueda recuperar el primero.

La jeringa parece haber empezado a explotar.

Si nadie quiere o se atreve a quitarse del todo la máscara en esta trama del dopaje institucionalizado, ya se encargará la podredumbre de reventar a su modo, es lo que puede a llegar a pensar uno.

Aunque conociendo al Mono Sapiens, mejor dicho desconociéndolo (porque no soy zoólogo), puede que todo quede otra vez en nada.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, miércoles 18-07-2007

 

P.D.: Últimas informaciones parecen confirmar la recuperación del espectador atropellado.

Artículo de El País recién publicado:

http://www.elpais.com/articulo/deportes/television/alemana/deja/emitir/Tour/positivo/Sinkewitz/elpepudep/20070718elpepudep_5/Tes


CASTILLOS: MAGIA Y LEYENDA (II)

17 Julio 2007

El rey Luis II de Baviera (1845-1886), el constructor del mítico castillo de Neuschwanstein, no lo tuvo fácil.

Habiendo llegado apenas a los 18 años al trono, tuvo que enfrentarse a la gran expectativa general de engendrar un heredero real.

Para ello, se había comprometido con la princesa Sofía, quien era a la vez su prima y hermana menor de la -cinematográfica- emperatriz Sissi.

El único pequeño detalle que estorbaba a todo esto, era que a Luis no le gustaba Sofía. Ni siquiera otras mujeres.

Solo los hombres. 

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Aunque consiguió posponer el enlace varias veces, Sofía terminó cansándose y casándose después con uno de los condes que la cortejaban.

Luis, por su parte, se fue escapando cada vez más de la vida administrativa, hasta terminar refugiándose en su quimérico castillo de Neuschwanstein. Allí se entregó a sus particulares inclinaciones, de cuyas experiencias dejó constancia en un diario que desapareció en la Segunda Guerra Mundial.

Otra vez la guerra.

El gran mecenas de Richard Wagner, el rey que habría preferido serlo en un cuento de hadas, pasó sus últimos días en un sanatorio psiquiátrico, debido a la decisión del gobierno alemán de declararlo incapaz para gobernar.

Fue el Rey Loco, por excelencia. Pero, no por eso, menos humano. Un ser ansioso de escapar de la realidad de esta vida, para cambiarla por una de fantasía.

El 13 de junio de 1886 le pidió a su médico psiquiatra y tutor –quien justamente había firmado el certificado de su supuesta incapacidad- que lo acompañara a un paseo por el lago de Starnberg en Baviera.

A pesar de que Luis II era conocido como buen nadador, ambos fueron encontrados muertos por ahogamiento.

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Otros castillos como el de Burg Bran en Rumanía, mantienen su encanto pero debido a razones, vamos a decir, más bien sangrientas.

Un conde del siglo XV se hizo famoso allí por su sed de venganza: a sus enemigos los condenaba a morir por empalamiento (clavados por palos puntiagudos). Mentalmente alterado, es muy famoso hasta ahora -ya habrán adivinado- no precisamente por ser uno de los soberanos más brutales de su época.

Según el mito, como una forma de burlarse de sus enemigos muertos, bebía de su sangre, para hacerse inmortal.

Aunque los historiadores dudan de que el conde aquel, un tal Vlad III Draculea haya vivido en el castillo de Burg Bran en la localidad rumana de Snagov, los visitantes no dejan de percibir un claro escalofrío sobre sus espaldas cuando ingresan a él.

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Los castillos no tenían que estar necesariamente en un lugar geográficamente casi inaccesible, es decir, muy bien resguardado. Eso dependía de la época y de las características político- económicas de la región en cuestión.

El palacio de Versalles, por ejemplo, no parece poder concurrir –por fuera- ni con la construcción de ensueño del castillo bávaro de Neuschwanstein ni con el draculesco Burg Bran. En cambio, aquí durmió durante mucho tiempo María Antonieta y cualquier princesa de cualquier cuento de hadas no habría tenido nada en contra de esperar por los siglos de los siglos a su príncipe allí, según reza un dicho alemán.

Se dice que el rey Luis XIV miraba con envidia el palacio de su ministro de Hacienda, un tal Nicolas Fouquet.

Cuando éste terminó en la cárcel, el rey encargó a los dos mejores arquitectos de la época –Charles Le Brun y Andre La Notre- la construcción de lo que debía ser su pabellón o palacete de caza, cerca del mercado de Versalles, allá por 1661.

Versalles era una localidad vecina a París que él había escogido para mejor atender a sus numerosas amantes lejos del tráfago de la Ciudad Luz.

El número y el capricho de sus amantes habrían sido los determinantes en el desarrollo arquitectónico del palacio; gran ejemplo, por lo demás, de extrema decadencia humana.

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La lista de castillos europeos que aún se mantienen en pie y en buen estado de conservación es relativamente corta.

A unos 25 kilómetros al sur de San Petersburgo se encuentra, por ejemplo, el Palacio de Catalina I (zarina de Rusia de 1725 a 1727), portento de arquitectura y jardinería que alguna vez fue sede de los zares rusos.

Este palacio fue saqueado durante la Segunda Guerra mundial por soldados alemanes. Por esas cosas –en este caso, buenas- que tiene el destino, en el 2003 su reapertura fue inaugurada conjuntamente por Putin y Schröder, presidentes de Rusia y Alemania, respectivamente.

La edificación palaciega se compone de varios unidades, la mayor de las cuales tiene una longitud de casi 350 metros. El Salón de Ámbar del palacio (foto inmediata superior), ahora reconstruido, es considerado por muchos como la Octava Maravilla de Mundo.

(La decimoséptima tendrá que ser ahora, teniendo en cuenta las flamantes llamadas maravillas modernas.)

Los paneles de ámbar que recubrían esa sala fueron ‘confiscados’ por los nazis, encontrándose en paradero desconocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Este capítulo de la historia de los dos países ha llegado, incluso, a ser tema de una novela: El salón de ámbar de la escritora alicantina Matilde Asensi. Libro con muy mala crítica, por lo demás, y que no conozco.Anzeige

Lo más probable es que esos paneles, hechos del ámbar que abunda en el Mar Báltico, hayan sido víctimas de un incendio ocurrido en Königsberg, ciudad hasta donde habían sido transportados por los nazis.

El mito y la leyenda –grandes necesidades del Mono Sapiens- se solazan cada cierto tiempo en este tema. Se dice que cazadores de tesoros artísticos no dejan de perseguir sus huellas.

En 1972, artistas rusos iniciaron la reconstrucción del Salón de Ámbar en base a viejas fotografías en blanco y negro de los referidos paneles, que, ahora, nuevamente, pueden ser apreciados en el Palacio de Catalina.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, martes 17-07-2007


¿TODO SOBRE LAS DROGAS?

16 Julio 2007

Hace más o menos veinte años, cuando un conocido nuestro fue detenido por haberse hecho enviar una pequeña cantidad de la blanca (cocaína) en un sobre de correo normal, pregunté ingenuamente, en la ronda interminable de sobremesa en la cafetería de la universidad de Colonia:

-¿Cómo se lo va a hacer enviar directamente desde Colombia? ¿Por qué no desde África? –fue mi comentario.

Ahora, tanto tiempo después, no soy el único al que se le ha ocurrido la misma idea. Y ya no se trata de simples sobres (*).

Eran tiempos en que nuestros mismos compañeros colombianos de estudios solían afirmar sin ambages eso de que “ser colombiano no es una nacionalidad, sino un antecedente”.

 

Interesante y parcialmente entretenido el reportaje que acabo leer en El País, por lo demás.
http://www.elpais.com/articulo/espana/Todo/drogas/elpepuesp/20070715elpepunac_3/Tes

Pero el título de Todo sobre las drogas no cumple lo que promete.

Para empezar, y aunque esto pueda sonar a una tonta verdad de Perogrullo: no están las dos drogas clásicas y las más peligrosas –en casi todo sentido- actualmente.

Les voy a dar un par de datos para que sepan bien de qué estoy hablando. Pongo el ejemplo alemán, que es el que tengo a mano:

-se calcula en unos 5 millones los adictos al alcohol (alcohólicos) en Alemania, de los cuales un 30% pertenece al sexo femenino

-5 millones más de personas viven en este país al borde de caer en el alcoholismo

-los muertos por consumo de alcohol en el año 2000 fueron más de 15.000

-en el 2004 el gobierno advirtió que hasta más de 40.000 muertes podían atribuirse al consumo desmesurado de alcohol, de las cuales unas 17.000 habían sido ocasionadas por cirrosis hepática

-las muertes debido a drogas ilegales se calcularon en ese mismo año en unas 1.500

-las muertes por consumo de tabaco, unas 110.000 en el 2004, fueron 7 veces mayores que las provocadas por el alcohol y casi 80 veces más que las provocadas por las drogas ilegales

Bueno, pues. Ninguna de las drogas más mortales actualmente –alcohol y tabaco- figuran en el reportaje. Es más, me imagino que por presión de esas dos industrias, cada vez se las menciona menos específicamente como drogas.

Voy a decirlo al revés:

¿Quién podría tener verdadero interés en que este tipo de reportajes (en principio deformadores de la realidad) llegue a la ciudadanía y se difundan?

(Tienen solo una chance para responder, dice mi Lector Atento, desde su lugar sobre mi hombro derecho.)

Y todo esto sin pasar por esas drogas que en este preciso momento debe estar consumiendo la mayor parte de un conjunto de personas –hombres todos- en un país europeo con una capital muy famosa, con el fin de ganar una competencia deportiva.

(Segunda pregunta, segundo chance. ¿Cuál será? Premio: un lindo estuche para sus cajetillas de cigarrillos.)

La industria del alcohol ha conseguido que se hable de abuso del consumo alcohólico, como un imperativo de la sociedad: del gobierno y de los padres de familia.

¿Qué están esperando los barones de la droga de allá y de acá?, me pregunto, con el afán de despertar conciencias.

¿Por qué los barones de los carteles no piensan un poco en el futuro y empiezan ya con una ‘Campaña de Salud’ al estilo No abuses de la Blanca?

De allí a ver por las calles carteles rezando “El consumo de cocaína puede ser mortal” o “La heroína causa daños irreversibles al cerebro”, copiando el caso del tabaco, no habría un gran trecho. ¡Ja!

Además, en el reportaje, no se menciona para nada el alto poder afrodisíaco de la droga blanca. La cantidad de burdeles y las llamadas casas de cita se reduciría por lo menos a su cuarta parte, si no existiera esa droga, me atrevo a afirmar.

La historia es vieja, pero poco conocida.

Es uno de los secretos mejor guardados del mundo, se puede decir.

Hay muchas alusiones a diversas drogas en las letras de los tangos, por ejemplo.

http://www.drogas.bioetica.org/drodad3.htm

En uno de ellos, A media luz, ya muy temprano en el siglo pasado se la cantaba como la compañera indispensable de todo buen lupanar:

 

Corrientes, tres cuatro ocho / Segundo piso, ascensor

 

 

 

No hay porteros ni vecinos / Adentro: cóctel y amor…

 

 

Hay de todo en la casita / Almohadones y divanes

 

 

Como en botica, cocó / Alfombras que no hacen ruido

Y mesa puesta al amor

‘Como en botica cocó’, o sea, drogas (cocaína) como en la farmacia: a disposición del público.

El ‘secreto’ de la cocaína se mantiene tan bien guardado que nadie habla de eso.

Cuando algún o alguna artista fallece por abuso de ella (normalmente una mezcla de su consumo durante años, acompañada de alcoholismo y del abuso de somníferos para tratar de mantener cierto ‘ritmo’ de vida) solo se suele decir que murió por el efecto de barbitúricos.

Esa especie de eufemismo esconde la droga de Sherlock Holmes, y de su creador Sir Artthur Conan Doyle: cocaína pura.

Ya lo he dicho aquí. Hace un par de años se destapó un escándalo. Restos de cocaína fueron descubiertos en todos los retretes del congreso alemán. La cosa, lógicamente (hecha la ley, hecha la burla), no pasó de un buen susto para los gobernantes alemanes.

Personalmente soy de los liberales. A mis hijas –pronto a mis otros dos hijos- procuro mostrarles una actitud abierta, franca y esclarecida frente a las drogas:

-existieron y han existido en toda sociedad

-las hay legales e ilegales, y esa legalidad o ilegalidad es una simple cuestión histórica no absoluta (recordar la prohibición de alcohol en EEUU que hizo proliferar las mafias en ese país y los Coffee Shop en Holanda, que te venden de todo menos café)

-el alcohol es mucho más dañino que las drogas llamadas ilegales

-el tabaco es escandalosamente más dañino que todas las demás drogas juntas

-no es malo querer probarlas, la curiosidad es una característica normal de toda persona sana (la curiosidad excesiva suele surgir allí donde no se le da respiro ni perspectivas a una curiosidad normal)

-las drogas no son malas de por sí, pero pueden llegar a ser altamente peligrosas

-hay personas que tienen una mayor inclinación que otras a verse envueltas en su uso y abuso

-el abuso suele surgir por excesivo prohibicionismo y como reflejo de otros problemas personales y familiares

Les he dicho abiertamente que si alguna vez tienen interés en probar alguna, que tengan la confianza en decírmelo: preferiría que pasen su primera borrachera o se fumen su primer troncho en casa, que a escondidas, y con unos desconocidos que sabe uno qué intereses podrían tener y sin que ellas puedan saber qué les están dando realmente.

(Lo que me espera como padre.)

Ahora el futuro ha llegado, pero en forma sintética.

Es más fácil, bien visto.

Mientras la guerra se libra principalmente contra los carteles sudamericanos, aquí en Europa –en Holanda, por ejemplo- florece el gran negocio de las drogas sintéticas.

Son drogas capaces de darle al cliente lo que específicamente requiere:

¿Gran ardor sexual? ¿Ganas de abrazar a quien sea? ¿Alucinaciones? ¿Una erección prolongada? ¿Sensación orgásmica continua? ¿La posibilidad de escapar de unos mismo aunque sea por unas horas? ¿Embriaguez divertida?

Sospecho que la gran industria farmacéutica está detrás, pero no tengo pruebas ni lo he leído en ningún lugar. Simplemente me lo imagino. Ella es la que ha logrado sintetizar ciertos efectos concretos de las drogas en los últimos años. También en el campo del ciclismo y en de -prácticamente- la totalidad de los demás deportes de alta competencia.

Esos avances farmacéuticos solo se pueden conseguir con complejos, serios, largos y caros experimentos.

Concretamente: con investigadores científicos.

¿Ustedes creen que simples barones holandeses de la droga podrían dedicarse a esos estudios?

No sé quién lo dijo. Es una exageración, pero vale como argumento liberal:

-Hija o hijo mío. Es tu primera noche de desmadre. Diviértete a lo grande. Pero procura que no sea necesario ir a buscarte a un hospital.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, lunes 16-07-2007

 

(*)http://www.elpais.com/articulo/reportajes/cocaina/llega/africa/elpepusocdmg/20070715elpdmgrep_11/Tes

 

LIBERTAD LAMARQUE: A MEDIA LUZ (E. DONATO / CARLOS CÉSAR LENZI)

Esa inmortal actriz y cantante argentina –aquí jovencísima-, en una mexicanada, cantando un tango también inmortal.

Doña Libertad Lamarque murió en el 2000 a los pocos días de cumplir 92 años en la Ciudad de México. Había nacido en Rosario en 1908.
Aunque esta película mexicana debe ser muy anterior a mi nacimiento, no ha dejado de emocionarme dar ese gran salto al pasado.

A mi abuela Carmela le habría gustado poder ver esto. Y a mí mostrárselo.

(Mi homenaje a ella: http://hjorgev.wordpress.com/2007/01/28/abuela/)

Para los que saben apreciar las reliquias musicales. Tesoros del recuerdo, sin más.

(Le dedicaré una entrada en mi sección Otros Videos.)

 

Presten atención a la letra.


 


CASTILLOS: MAGIA Y LEYENDA (I)

15 Julio 2007

-Allí viene, allí está. Ya lo veo. ¡Escóndete! –le digo a mi hijo.

-¡Tú también, Mapi! –me responde él-. ¡Escóndeteeeeeeeee!

Mucho no puedo hacer porque tengo que seguir conduciendo el automóvil, mientras nos comunicamos, pero yo sé que mi hijo Jorge Juan (6) en su asiento trasero se agacha, tratando de esconderse.

Cuando estamos a la altura correcta y lo vemos, escondido detrás de un ralo bosque, oscuro y apagado, pero de alguna manera imponente, mi hijo, como casi todos los viernes que debo llevarlo a sus clases de violín y pasamos por este lugar, exclama:

-¡El castillo abandonado!

neuschwanstein.jpg

Lo hace con la fascinación de quien está observando el Neuschwanstein (en la fotografía), por ejemplo.

Pero no, nuestro castillo abandonado es una construcción bastante simple situada no muy lejos de aquí y que debió ser alguna vez una edificación destinada a ser un granero, una granja o un simple silo. No es fácil adivinar qué se pretendía. Lo cierto es que la iniciada construcción se interrumpió por alguna razón y lo que queda son apenas restos casi fantasmagóricos de una especie de castillo destruido y perdido en el centro de un bosque medioeval.

Estuve visitando uno cerca de Bonn, en esta región: el Drachenburg.

Su nombre -ya- es programa: El Castillo del Dragón.

Las vistas panorámicas desde los cuatro costados del castillo y desde su gran altura, dominando ese punto de la región, me resultaron poco menos que vertiginosas.

La sensación de poder traspasar -solo con la imaginación- épocas, hasta llegar a otras costumbres, vestidos y lenguas fue tan grande, que me quedé extasiado y perdido en algunos de sus ambientes, sin poder seguir la visita, tal si hubiera encontrado el hogar que mi alma venía buscando desde hacía un par de siglos. (Ver fotografía abajo.)

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Este último hecho fue algo que me llamó poderosamente la atención, porque soy alguien que nunca ha tenido especial predilección por ese tipo de cosas.

La fantasía y la imaginación de mi infancia no la poblaron castillos, caballeros ni fantasías medioevales. Creo, incluso, que de haber nacido más tarde, en esta época de Harry Potter, me habría aburrido solemnemente.

Quién sabe.

Como todo niño de mi época y del lugar donde nací y crecí, Lima, pertenecí a una generación que fue bombardeada por los llamados dibujos animados y por las series televisivas usamericanas.

Tengo muy poco de qué quejarme. Tal vez de que fueran muy crueles. Pero, ¿qué mayor crueldad existe que la que se narra en Caperucita Roja al final del cuento, por ejemplo?

Esos dibujos animados solían estar acompañados de tanta buena música clásica, que ahora los veo como un mal menor, a pesar de que la temática fuera casi siempre la misma: abusar del más débil. ¿Me estoy equivocando?

Cuando el general nacionalista Juan Velasco Alvarado, llegó al poder tras el golpe de estado militar del 3 de octubre de 1968, su gobierno recortó ampliamente ese monopolio usamericano. Así, los niños pasamos a leer revistas de la editorial mexicana Novaro y a ver más películas y series argentinas y mexicanas. Mucho no cambiaron las cosas en ese sentido en la caja tonta.

Empero, la influencia fue suficiente para provocarme parcialmente fantasías en terreno nacional –para decirlo de alguna forma- y no en otros lejanos y más ajenos.

De niño –ya lo referí en la entrada YO SÉ QUE ESTÁS II: ver a continuación de este párrafo- las historias de nuestros antiguos antepasados peruanos me llegaron a interesar más que los problemas del Rey Arturo y su corte, los asuntos del caballero Wilfrid of Ivanhoe o las aventuras de Robin Hood.

 

http://hjorgev.wordpress.com/2007/02/27/

Mi esposa alguna vez mencionó que no tendría nada en contra de la reencarnación.

-Reza para que no te reencarnes en una boñiga de vaca o en un gusano de esos que tenemos que estar sorteando por los caminos para no pisarlos –le dije, refiriéndome a nuestros paseos por los campos vecinos y consiguiendo que se molestara conmigo.

Felizmente me conoce bien y sabe que lo digo en serio: el que está convencido de que alguna vez su alma podrá volver a este mundo y adoptar una nueva fisonomía y ser, tendría que estar muy seguro de tener muy buenas relaciones allá en el cielo en el que creen para que la aventura no les salga mal y no terminen de ratones de laboratorio o en una pollería, por ejemplo.

Los castillos proliferaron en la Edad Media, cuando los requerimientos técnicos de construcción ya habían madurado lo suficiente y la necesidad de los monarcas de aislarse para evitar posibles ataques, acosos, robos o simples sublevaciones era cada vez más grande.

En cierto modo se trataba de cárceles voluntarias.

Cárceles lujosas, pero cárceles al fin, con sus reglas internas de convivencia, trabajo y jerarquía.

Los castillos, como otras monumentales construcciones de las diversas culturas humanas a lo largo de la historia, fueron una expresión dicotómica del auge y, a la vez, del decadentismo de su época.

Quiero llamarlos Templos Laicos.

Los hay de muchos tipos.

Aquí en Alemania uno de los más famosos y de los más visitados por los turistas nacionales y extranjeros, es el de Neuschwanstein, que acaba de perder la carrera por convertirse en una de las 7 Maravillas del Mundo Moderno.

Este castillo es relativamente nuevo, pues se empezó a construir hace apenas 130 años, como producto de un deseo obsesivo del rey Luis II de Bavaria por hacer realidad sus fantasías caballerescas. (Aunque a él más le hubiera gustado ser una doncella.)

Es visitado en época de verano hasta por 6000 turistas diarios y es de los que parecen salidos de los estudios de Hollywood o de un cuento de hadas.

Luis II, no escatimó ningún costo en su construcción, aunque recién después de su muerte en 1891, el gobierno de Bavaria ordenó que se terminara de construir.

Siendo mecenas de Richard Wagner, consiguió que la furia creativa del compositor y sus sagas germanas llegaran a influenciar en el diseño de este castillo-palacio.

Luis II, que había llegado al trono a los 18 años, se vio envuelto al final de su vida en graves problemas financieros, producto de su fantasía desmesurada y de su convicción de que ella podía coexistir con la realidad fuera de Neuschwanstein.

En 1885, a sus acreedores –bancos extranjeros-, no les quedó otro camino que el de amenazar con la confiscación de sus bienes.

El rey reaccionó sumergiéndose aún más en sus sueños quiméricos y al gobierno alemán de entonces no le quedó otra cosa que declararlo incapaz de valerse por sí mismo, ordenando, a continuación, su internamiento en el castillo Berg. Más de un mundo –material y fantástico- se derrumbaba así para Luis II de Bavaria.

Apenas un día después, fueron hallados los cadáveres de dos personas que habían muerto –bajo circunstancias misteriosas- en las aguas del lago Starnberger.

Uno de ellos era el del rey Luis II.

El otro era el del psiquiatra responsable de expedir su certificado de incapacidad mental.

Según testigos presenciales, el rey le había pedido al médico que lo acompañara a un paseo por las orillas del lago, a lo que este había accedido de buena gana, vista su galopante mejoría.

¿Habría conseguido Luis II por la fuerza llevárselo al otro mundo?

                HjorgeV

                Pulheim-Sinthern, domingo 15-07-2007


¿TERRORISTA JOVEN Y ANGLOSAJÓN?

14 Julio 2007

¡Un añito de prisión!

(Van a tener que perdonarme la rima involuntaria.)

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http://www.elpais.com/articulo/internacional/matanza/Columbine/segunda/parte/elpepuint/20070714elpepuint_6/Tes

Lo que estos muchachitos pensaban hacer no iba a ser un juego de vaqueros y comanches.

Por algo parecido a lo que tenían en mente, no hace mucho, fuerzas de su país bombardearon una mezquita en Irak.

En esa valiente acción -desde un seguro avión de caza militar- murieron, entre otros, siete niños iraquíes.

(Van más de 600.000 iraquíes y más de 3.000 soldados usamericanos muertos desde que ese país fuera invadido ilegalmente. 200 iraquíes por cada green-go.)

¿Consecuencias?

Los mandos estadounidenses se enojaron, acusando a los terroristas o insurgentes (vaya a saber uno cuál es la diferencia ahora en ese país o en el otro invadido de Afganistán) de utilizar a los niños como escudos humanos.

¿Algo más?

No. Porque se está en guerra. Y cuando hay guerra parece que todo vale.

Esa es la gran desgracia de cualquier guerra: potencia lo peor de lo que el Mono Sapiens es capaz de cometer en nombre de lo que sea.

Estos jovencitos no irán a parar a Guantánamo, ni les pondrán capucha, camisa de fuerza ni se les aislará años sin derecho a un juicio legal y justo, como a sus congéneres musulmanes.

Según ha informado la policía estos jóvenes planeaban “un ataque terrorista” en su colegio. Habían llegado a confeccionar, incluso, una “lista de objetivos”. Es decir un listado con nombres concretos de algunos de sus compañeros.

Estos jóvenes adolescentes tienen la suerte de tener pasaporte usamericano. Garantía hoy en día, como ya se sabe, para transportar prisioneros ilegales por toda Europa, por ejemplo, o para instalar una gran prisión ilegal en terrenos de Cuba, sin que suceda nada especial.

Los usamericanos no han detenido su ímpetu desde que llegaron de Inglaterra, perseguidos por sus creencias religiosas. Quién lo pudiera creer.

Tuvieron la maldita suerte de encontrarse con un territorio aparentemente libre.

(No era libre. La ideología, las creencias de sus habitantes, los indios norteamericanos, contraria a la propiedad privada de la Tierra, los confundió al principio, pero los animó después hasta casi terminar de exterminarlos.)

No se han detenido a pensar una verdadera paz mundial -ni nacional, con sus ex esclavos- desde entonces.

Paradójicamente, se sabe que los primeros colonos fueron salvados de morir de hambre por indios norteamericanos de la región a la que habían llegado.

Lo que siguió es algo que ha sido tantas veces deformado por ese aparato diplomático comercial e histórico llamado Hollywood, que la gran mayoría de seres de este planeta sigue creyendo que los comanches, sioux, chiroques y otras etnias más, eran unos seres perversos y malvados (grandes “terroristas” de su época) y, por lo tanto, sin ningún derecho a sobrevivir.

La religión, como en el caso de los españoles de entonces más al sur, los amparaba.

La historia la escriben los vencedores. Que no quede la menor duda.

¿Serán encarcelados los familiares de estos muchachos?

¿Destruirán sus casas con excavadoras como hace Israel con las viviendas de los familiares de los terroristas palestinos?

¿Construirán un muro alrededor de su barrio?

La Administración Bush está dejando, no solo un gran reguero de sangre en su camino, ha abierto también las puertas al más despiadado y cruel capitalismo tiburón de toda la historia humana.

Ahora vuelve a estar claro que los terroristas solo son verdaderos terroristas si no tienen pasaporte usamericano. O el aspecto anglosajón. En otras palabras, a los musulmanes de todo el mundo sólo les queda rezar. O defenderse atacando, que era justamente lo que se quería evitar, pero que se ha terminado potenciando, como finalmente ha empezado a reconocer el propio Bush.

La llamada Lucha Contra el Terrorismo no es tal.

Eso es lo que afirmaban los más enconados críticos desde el comienzo. Decían que se trataba de un simple negocio armamentista con trasfondo expansionista y pecuniario. Lo demostraban con documentos y fotografías de gobernantes usamericanos dándose la mano con el mismo Bin Laden, entre otras pruebas; luego con las grandes mentiras utilizadas para invadir Irak y ahora con las catastróficas consecuencias humanas y políticas para la región y para el resto del mundo.

Vivimos un enfrentamiento en el que los que son de un bando dictan las reglas que más les conviene y se arrogan el derecho de hacerlas cumplir (o no) con quién mejor les parezca. Y del otro bando: lo mismo.

Este caso parece ser una clara demostración más de ello.

¿Hay quién lo puede dudar todavía?

¿Será este caso la punta del iceberg en la sociedad usamericana o sólo se trata de uno aislado y macabramente anecdótico?

¿Quién lo puede saber?

                HjorgeV

                Pulheim-Sinthern, sábado 14-07-2007


EL DIABLO TAMBIÉN SE VISTE DE PIZZA

12 Julio 2007

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UN CASO CRIMINAL DE LA VIDA REAL

-Cinco nueve ocho, cinco nueve ocho –dice la voz por el parlante de la radio del patrullero, carrasposamente, debido a las interferencias de las señales radiales.

La pareja de policías que viaja en él, está acostumbrada a ello. Es un ruido más de la ciudad y de su profesión.

-Cinco nueve ocho aquí –responde Jim Teclito, el que va en el asiento del copiloto, con cierto desgano. Es el veterano de la pareja de agentes.

Los días en los que una llamada así podía elevarles el nivel de adrenalina en el cuerpo, hasta el punto de acumularse de tal manera que días después seguían sintiendo la tensión creada por ella, ya han quedado hace mucho tiempo atrás.

La jornada ha sido especialmente tranquila patrullando por las calles de Pensilvania. Los policías solo han tenido que atender un par de llamadas por violencia doméstica e intentado detener a unos insignificantes traficantes de drogas, sin conseguirlo.

Es poco después del mediodía. Un sol tenso cae sobre la ciudad. No corre nada de viento.

El código radial les indica que ha ocurrido un asalto a un banco. Un asalto siempre es algo interesante, pero también muy peligroso. No es bueno tomárselo a la ligera.

-Sospechoso de asalto -vuelve a salir la voz carrasposa por la radio policial- huye en un automóvil de color claro, modelo Geo Metro. Repito. Sospechoso de…

-Entendido, entendido. En camino. Repito: en camino… –responde Jim Teclito.

Su compañero, Mike Sullivan hace saltar el Ford policial, con un acostumbrado golpe de pie, hacia adelante.

Están relativamente cerca del lugar de los hechos. Un automóvil como el descrito es relativamente fácil de ubicar. Pero deben llevar cuidado. Los tiempos no están para morir como héroes.

Eso de perseguir a un asaltante de bancos por las calles de Pensilvania puede tener sus encantos, pero entre ellos no figura una simple bala perdida, capaz de acabar con el sueño de muchas vidas. Los dos policías tienen esposa e hijos esperándolos.

No muy lejos de allí, en otro lado de la ciudad, William Rothstein, un técnico aficionado a los mecanismos electrónicos, tiene problemas para concentrarse. En uno de sus congeladores guarda un gran secreto. Ese secreto no lo deja dormir.

¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué ha contribuido a colaborar con su ex novia, Marjorie Diehl-Armstrong, en semejante y gravísimo delito? ¿Hay mucho dinero de por medio? ¿Una gran promesa por parte de ella? ¿Posibilidades de volver a ser pareja?

En nuestro primer escenario, cuando los policías divisan el automóvil que están buscando, se les dispara el nivel de adrenalina.

Es algo natural y necesario.

Policías y otras personas con oficios de alto riesgo, solo aprenden a retardar el momento de entrada de esa hormona a su flujo sanguíneo. Los que no llegan a aprenderlo, pueden terminar con una bala disparada por mano propia en la cabeza o cambiando de profesión.

-¡Va solo, Jim! ¡Está solo! –ruge Mike, el joven policía al volante-. ¡No veo a nadie! ¿Tú, Jim?

-¡No, no! ¡Ya nos ha visto! ¡Nos ha visto! –exclama Jim Teclito, para tranquilizarse a continuación: -Y no ha intentado acelerar, Mike. Buena señal.

-O muy mala –dice Mike, recordando un caso en el que el atracador había fingido ser una ovejita mansa para abrir luego fuego de cerca, desde su asiento tras el volante-. Pon la sirena, Jim. ¡Hay que ponerlo nervioso a ese cabrón, carajo!

La sirena empieza a ulular por las calles de Pensilvania. Es una más en el día. En un día más del año. Solo ancianos y niños le prestan ya atención.

-¡Policía! ¡Policía! –comienza a gritar Jim por el megáfono-. ¡Le ordeno detenerse inmediatamente!

Con alivio, la pareja de agentes ve que el automóvil del presunto asaltante se dirige a un estacionamiento relativamente desierto.

Eso es bueno. En caso de producirse un tiroteo, no habría civiles no involucrados corriendo peligro, y ellos podrían hacer uso más libre de sus armas. Lo malo sería, que perderían tiempo muy valioso en caso de no tratarse de la persona que buscan.

Ahora solo les queda seguir el riguroso procedimiento que llevan entrenando desde hace años y que tiene un solo fin: proteger sus vidas de un posible ataque inesperado.

Es un procedimiento brutal y, en la gran mayoría de los casos, innecesario. Aparte de que se presta fácilmente para el abuso y la arbitrariedad.

Pero estamos en el país de los sheriffs del siglo XXI, en el país que ha invadido ilegalmente dos países más o menos indefensos (eso es lo que habían creído, por lo menos, como en Vietnam), con una Asociación del Rifle que acoge a casi cinco millones de asociados dispuestos a tomar las armas para defender –precisamente- su uso.

La policía ha tenido poco tiempo para aprender a diferenciarse de sus más menos recientes antepasados del oeste, especializados en disparar primero y preguntar después.

Brian Wells, de 46 años, el hombre al volante del Geo, acaba de recibir una cantidad no conocida de dinero (se habla de un cuarto de millón de dólares) de las manos de un cajero de la sucursal del banco PNC en Summit Township, a unos tres kilómetros de distancia.

Para recibir ese dinero, no ha necesitado hacer uso de la violencia, tal como le habían asegurado: le ha bastado una nota escrita.

Para asegurarse de que así suceda, en la nota decía además que lleva una bomba colocada en su cuerpo contra su voluntad y que podría explotar de no acceder ellos a su pedido. La ha mostrado. Es cierto.

(Aunque parece ser que él solo sabía una parte de la verdad.)

En el lugar donde trabaja usualmente, la pizzería Mamma Mia, ha recibido hace más de una hora el encargo de llevar dos pizzas -una de salchicha y otra de salchichón- a una dirección misteriosa.

-¡Coloque las dos manos al volante, carajo! ¡Las dos, he dicho! –gritan los dos policías, casi al unísono en nuestro primer escenario.

Se han acercado al Geo con el máximo cuidado pertinente. Van juntos aunque no lo estipule así ningún reglamento.

Como se trata de un asalto a un banco, ya ha ocurrido que algún policía ha querido quedarse con parte del botín del asaltante. No puede ser gran cosa, porque está la información del empleado del banco (se conocen casos de debilidad en ellos, también), pero, realmente, ¿qué asaltante solitario se detiene a contar lo que ha robado mientras huye? ¿Y cómo saber si no ha perdido parte del botín en la huída?

Para evitar ese tipo de cosas, van juntos. Algo no muy recomendable siempre, en este tipo de casos.

Lo único que pueden temer es que alguien vaya escondido en la parte trasera del vehículo.

Cuando se cercioran de que Wells va solo, empiezan a relajarse. El olor a pizza y salchicha horneada que les llega brutalmente a sus nervios olfativos desde el interior del automóvil, les hace recordar que pronto les tocará hacer la ansiada pausa de medio turno.

Ruegan que todo salga bien y que no pase de ser una simple detención de rutina. Pero van a estar equivocados.

Cuando Wells coloca mansamente las dos manos sobre el volante, sus cuerpos reciben la orden de relajarse. La adrenalina, empero, los mantendrá por muchas horas bien despiertos y alertas.

-Llevo una bomba conmigo –dice Wells, cuando los policías empiezan a acercarse.

JimTeclito y Mike Sullivan no se lo toman en serio. Están demasiado acostumbrados a tratar con la escoria de la sociedad y la gama de trucos increíbles para escaparse de la mano dura de la ley. Pero el bombardeo de las Torres Gemelas (no fue tal, pero en los medios policiales y militares se suele llamar así al ataque del 11-09) ha hecho cambiar muchas cosas. Entre ellas, los reglamentos.

-Cuatro dos cinco a Central, cambio –dice Mike, el más joven.

Su juventud le permite reaccionar primero. A Jim, el veterano de la pareja, no se le ha pasado por la cabeza esa posibilidad.

-Estamos obligados a reportarlo a los artificieros -le explica a su colega.

-Vas a armar la grande, Mike –le dice Jim, más por decir algo u obligado por la adrenalina que recorre su cuerpo como un perseguidor implacable en busca de todo tipo de peligros.

-Estamos obligados –repite el más joven y continua haciendo uso de su radio.

Sabe que no tiene nada que perder. Todo está a su favor. Repite el código y luego comunica la alarma a los artificieros.

-Llevo una bomba –repite Wells-. Es en serio.

-¡Descienda del automóvil! –ruge Jim, sin importarle los nuevos reglamentos-. ¡Quiero ver esa bomba! ¡Al suelo! ¡Abra piernas y brazos!

Ambos policías no necesitan más pruebas. El hombre lleva algo en el pecho que le dificulta adoptar la posición de cúbito ventral. Se retiran de un salto a unos cuantos metros atrás, como si para efectuar ese movimiento tan coordinado, se hubieran pasado horas enteras ensayando.

-¡Sáquesela! –grita Jim, por gritar algo, pues no tiene experiencia con bombas.

-¡No puedo! –responde Wells-. ¡Está fija a mi cuello!

-¡Use la llave! –grita Jim, sin interesarle los nuevos reglamentos que su joven colega quiere hacerle recordar.

-¡No funciona con llave! –exclama Wells-. ¡Y no conozco la clave!

-¡¿Por qué?! –grita Jim, ahora más nervioso, la nueva mezcla de jugos hormonales en su cuerpo no lo ayuda a pensar claramente.

-He sido obligado –dice Wells, bajando el tono de voz-. Soy inocente. He sido a obligado a asaltar el PNC en Summit Township. Tengo un trabajo que perder, jefe. No se acerquen. ¡Puede explotar en cualquier momento! ¡Créanme!

-¡Mierda! –exclama Mike, bufando con fuerza entre los dientes.

Los agentes dudan un momento, porque piensan que lo que quiere es escapar. Le ordenan al detenido no moverse y deciden retirarse la distancia que les parece necesaria para mantenerse a salvo en caso de una explosión. La distancia debería poder permitirles reaccionar inmediatamente en caso de intento de fuga.

-¡Los artificieros están en camino! ¡Ojalá que esté diciendo la verdad! –le grita Mike al presunto asaltante.

Hasta ahora no han podido ver el botín, porque temen acercarse al automóvil. Cuando han pasado un par de minutos sin que suceda nada. Jim Teclito se acerca y le coloca a Brian Wells las esposas rápidamente.

Se trata del sábado 28 de agosto del 2004.

Dos días atrás, científicos de la Universidad de Pensilvania (EEUU) han demostrado que si se reducen los niveles de una toxina en el cerebro de los enfermos de Alzheimer, por medio del drenaje del fluido cerebral espinal (FCE), se podría prevenir futuras degeneraciones del sistema cognitivo.

En nuestro primer escenario, mientras nuestros tres personajes esperan la llegada de los artificieros que están tardando demasiado –ya van 30 minutos de espera-, la bomba en el pecho de Wells explota.

La explosión destroza su camiseta gris y, con ella, parte de su pecho.

En otro lugar de la ciudad, en nuestro segundo escenario, en su casa cerca a una estación de televisión, William Rothstein ignora que su mecanismo de relojería ha funcionado a la perfección, haciéndole perder la vida a Wells. Poco después va a recibir la visita de los investigadores, pero sin consecuencias iniciales.

Lo han ido a visitar en relación al asalto de un banco con la posterior muerte del asaltante debido a la explosión de una bomba, conectada ésta a un sutil mecanismo de relojería.

Desde una dirección similar a la de él, alguien ha pedido dos pizzas. Al parecer, ese alguien las ha intercambiado por una bomba al cuello.

¿No habrá sido él?

Rothstein niega tener algún vínculo con ese hecho, pero sus propios demonios particulares, tan confundidos con sus sentimientos de culpa y el miedo a terminar su vida tras los barrotes de una cárcel insana, lo va a obligar a acudir a la policía. Pero, recién, cuatro semanas después.

Entonces confesará que ha ayudado a encubrir el asesinato del novio de su ex compañera Marjorie Dieth-Armstrong. Y que el cadáver lo guarda en casa. En un refrigerador.

El cadáver es de un tal James Roden, asesinado a balazos por Marjorie, según su versión. Su culpabilidad se reduce a haber ayudado a esconder al interfecto en su casa, asegura.

Su ex novia pretendía evitar que Roden denunciara a la policía, echando por la borda los complicados planes.

La policía vincula inmediatamente las habilidades técnicas y los conocimientos electrónicos de Rothstein, pero no tiene pruebas en la mano. El caso se olvida por un tiempo.

Ahora, julio del 2007, se sabe que el dinero del banco pretendía ser usado por Marjorie Dieth-Armstrong para pagar al que debía asesinar a su propio padre, Kenneth E. Barnes.

Barnes, encarcelado actualmente en el condado de Erie por delitos relacionados con drogas y no con el asalto, fue, afirma ahora la policía, el principal cerebro de la operación.

Esta es la historia de una pizza acompañada de una bomba que esconde en sus entrañas a una gran ambición. Esa ambición lleva un nombre común: dinero.

No la he inventado yo. Solo algunos detalles insignificantes.

Hay que poder imaginárselo.

La policía de Pensilvania considera probado, ahora, tres años después, que Marjorie Diehl-Armstrong y Kenneth E. Barnes planearon ese asalto y también la muerte de Wells. De quien pensaban recibir el dinero y dejarlo morir después.

En su momento, hace tres años, la familia de Wells luchó para tratar de limpiar su nombre, creyéndolo una víctima más de ese plan maligno. Brian habría contado a la policía que al querer entregar el pedido hecho a la pizzería, había sido tomado prisionero por una media docena de hombres, quienes le habrían colgado la bomba al cuello y le habrían dado cierto plazo para cumplir una serie de tareas. Según su versión, lo habían obligado también a portar el arma en forma de bastón.

Ahora, parece estar demostrado que se trataba de una operación muy bien planeada, en la que Brian Wells se encontraba plenamente involucrado.

Pero no se trataba de un crimen perfecto. Ya las primeras investigaciones policiales habían conducido directamente al domicilio de Rothstein, el lugar donde se había hecho el intercambio de dos pizzas por una bomba al cuello. Encima, el plan no parecía haber contemplado una rápida reacción policial, puesta en marcha por el sistema automático de alarma del PNC, el banco asaltado. Era burdo en muchos sentidos.

Se cree que Wells iba a morir de todas maneras.

Me atrevo a sospechar que el mecanismo de relojería era una forma de garantizar que no escapara con el botín luego del asalto. Para mostrar confianza a sus compinches, Wells se habría mostrado dispuesto a correr un gran riesgo. Y qué riesgo aceptó.

¿No contaría con la lentitud y paciencia de los artificieros de la policía, en un país que suele reaccionar con absoluta exageración en otros asuntos de esa misma índole?

La acusación oficial se basa -entre otros indicios- en las instrucciones contenidas en 9 páginas encontradas en el automóvil de Wells, en las que se describe detalladamente los pasos a ejecutar en el asalto. El hallazgo -en el mismo vehículo- del arma de fuego camuflada como bastón, es otro gran argumento de la acusación. Se debe suponer que el artilugio lleva la firma del genio Rothstein.

El abogado de Marjorie Dieth-Armstrong, quien cumple condena por el asesinato de Roden, ha anunciado que defenderá la total inocencia de su clienta en el juicio.

El técnico William Rothstein falleció poco después de hacer su confesión, aquejado de una enfermedad incurable.

                 HjorgeV

                Pulheim-Sinthern, jueves 12-07-2007

 

P.D.: Más adelante, incluyo el enlace a la noticia de El País que despertó mi curiosidad, haciéndome olvidar mi propósito de contar hoy sobre nuestras últimas vacaciones y llevándome a hacer esta noche mis propias averiguaciones del caso. Casi toda la información que presento, agrupándola en un relato ficticio, la he obtenido de varias fuentes de la red.

El código radial del comienzo me lo he inventado para demostrar que a ese tipo de cosas no se le suele prestar demasiada atención. La hora –poco más del mediodía- la he supuesto a partir del pedido de la pizza, de las sombras que se pueden ver en la fotografía de El País y porque, al parecer, no se consiguió que algún artificiero interrumpiera su almuerzo. ¿Cómo se le puede negar la última cena o el último almuerzo a gente con ese tipo trabajo?

Los nombres de los dos policías, así como los detalles de la detención –aunque sí ocurrió en un estacionamiento y básicamente como lo describo, según esas mismas fuentes periodísticas- son inventados. La fotografía ha sido bajada del artículo de El País. El resto debería coincidir con la información de las siguientes fuentes consultadas:

http://www.elpais.com/articulo/internacional/bomba/repartidor/pizzas/elpepuint/20070712elpepuint_17/Tes

 

http://www.laorejavg.com.ar/index.php?p=bcbe3365e6ac95ea2c0343a2395834dd22269e78cac2da48c78f496182545599b41&n=3

 

Una página con fotografías:

http://64.233.183.104/search?q=cache:O1OXNG9mjgQJ:www.toditonoticias.com/paginas/noticias/Internacional/160837.html+Marjorie+Diehl-+Armstrong&hl=de&ct=clnk&cd=4&gl=de&lr=lang_de|lang_es&client=firefox

http://www.oregonlive.com/noticias/nacional/index.ssf?/base/spanish-123/1184182306292640.xml&storylist=nacional

http://www.montevideo.com.uy/noticiasint_46056_1.html

Aquí una noticia que acabo de leer, un día después de escribir lo de arriba, confirmando lo dicho en mi relato ficticio sobre la presión con la que viven los policías:

http://www.elpais.com/articulo/internacional/policia/frances/mata/hijos/companero/suicidarse/elpepuint/20070713elpepuint_12/Tes


CON O SIN: QUÉ FRIVOLIDAD

11 Julio 2007

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Esto de llenar las páginas -virtuales- de una bitácora, tiene sus cosas.

La sensación de vacío hace mucho tiempo que no la he vuelto a vivir.

Por lo menos no con la intensidad que me llevó a escribir al comienzo -aquí- las 27 líneas de Ars Lanzandi, el arte de lanzarse a la página, a la pantalla, en blanco. (Ver la entrada del 27 de enero.)

Hoy tenía planeado terminar de contar cómo nos fue en nuestras primeras vacaciones alemanas. Hay mucho que contar. Anécdotas que no se deberían perder.

Como me he propuesto actuar -escribir- con libertad aquí, sabiendo de antemano que esa es una palabra -libertad- muy esquiva (si es que existe lo que representa, o dice o pretende representar), quiero salirme hoy de mis propios planes.

Sucede que a veces la simple vista de ciertas noticias, que mi Lector Atento sabe ver e interpretar en su -tal vez- verdadera magnitud, consigue sacarme lo suficiente de quicio, como para pisotear mis planes.

Me ha vuelto a suceder hoy.

La noticia que me ha llevado a hacerlo se refiere a la boda de una tal Longoria (no sé quién es, no sé qué hace: no me interesa), y ocupaba la parte central y superior de la portada de El País Digital.

Cierto, se trata de un artículo referido a un evento, el de su boda, y no de una noticia propiamente dicha. Además, de una de las que pertenecen al rubro Gente. Que debería llamarse más bien Frivolidades. No crean que no soy frívolo. Lo soy como casi todos los demás pobladores -a su manera- de este planeta.

Creo que cada uno tiene su propio derecho a ser y expresarse como mejor le parezca. Ese derecho, sin embargo, se convierte en algo completamente diferente si el que hace uso de él no es una persona, un individuo, sino un medio de comunicación tan importante e influyente como El País.

Longoria se ha gastado medio millón de euros en joyas, compradas expresamente para su boda.

Ayer no más, retrataba aquí a esa señora sentada frente a nosotros en el tren que nos llevaba al Mar Báltico, y que llevaba tanto oro encima, que con él -decía- se podía construir un par de escuelas en alguna parte del mundo.

Que la señora Longoria o el señor X gaste tanto o más en lo que le plazca, no es algo que me pueda incumbir especialmente.

Que ese hecho lo posicione El País en un lugar principal de su portada como si se tratara de algo a lo que todos deberíamos aspirar. Eso sí que es otra cosa.

Y me ha causado una conmoción tremenda, créanme.

¿No habrá comprado Cosmopolitan el diario El País?

No me ha conmocionado el hecho en sí, sino la comprobación de que tenemos que estar como seres humanos verdaderamente demasiado lejos de la realidad -por más que creamos en y seamos partícipes de la llamada globalización- como para llegar al extremo de endiosar lo que ya no debería estar permitido endiosar en este mundo.

Me van a perdonar: para mí esto es solo comparable a una gran obscenidad. (No espero que me comprendan.)

¿Sabrán los responsables editores paisanos -realmente- lo que hacen?, me pregunto, parando para reírme de mi ingenuidad. ¡Claro que sí!

El País tiene que vender. Y las leyes del mercado libre son así.

Por eso incluye también entre sus páginas esa aberrante y valiente forma de divertirse de ciertos homínidos, llamada -magistralmente- Fiesta Taurina.

¡Ja! Cosas tiene el mundo.

Como lo que tenía que decir ya lo dije, me permitiré ahora, en este mi espacio libre, ser frívolo, también. Lo que voy a contarles quiere demostrar -pensando en lo de arriba- que podemos ser felices con poco.

A veces, hasta con nada. Como lo podrán ver.

CON O SIN: ESAS COSAS DEL IDIOMA

Entre las anécdotas que más recuerdo de mis primeros e ingenuos tiempos aquí en Alemania, está la que vivimos en una de esas reuniones improvisadas -que ahora deben haber tomado otro cariz muy diferente-, que entonces eran una de nuestras grandes razones de vivir.

Es decir, de poder soportar vivir en Alemania.

En esos tiempos iniciales pensábamos así. (Muchos lo siguen haciendo: este país se soporta, no se vive en él. Una gran injusticia a mi parecer.)

No es que Germany –desde el mundial del año pasado, el nombre favorito de los teutones- nos tratara mal como latinos. Al contrario.

Éramos exóticos y envidiados por el sexo masculino. Los hombres alemanes sufrían cada vez que creían tener que competir con nosotros por alguna muchacha, ignorando que a quien verdaderamente le temblaban las rodillas, era a nosotros. Y todo eso a pesar de la marcada xenofobia de esos tiempos. Algo que ha cambiado bastante, para bien de todos.

No. Nuestro problema era la nostalgia de la tierra, de nuestras gentes y nuestras costumbres.

Una nostalgia, en realidad, más falsa que primera noche de bodas de una latina virgen.

Recuerdo que nos habíamos reunido con El Diablo y un par de amigos. Estaba el incansable y veloz escritor ecuatoriano –ahora padre, nadie se explica cómo- Israel Perets; el famoso Osvaldo Pollito –ahora arquitecto, me cuentan-, y otros más.

(Tal vez estoy mezclándolo todo y se trató de otra reunión. Pero el núcleo de la anécdota es real.)

No sé si el apodo se lo pusimos aquí o ya lo traía desde Guatemala. El caso es que veinte años después, El Diablo sigue haciéndose llamar así:

-Hola –les dice a sus nuevos clientes alemanes en el bar que dicen que regenta-. Yo soy El Diablo.

-Ah, miga, pues, mucho gusto Eldiablo. Yo soy Franz Beckenbauer –le responden.

(Miga es ‘mira’.)

 

Hago un salto en el tiempo: ¿Qué fiesta?, podría haber preguntado un alemán entonces.

-Aquí solo se bebe y se escucha música. Bailable, además. Aquí nadie conversa -habría agregado.

Esas pequeñas reuniones improvisadas nuestras, eran una especie de reacción a las fiestas alemanas a las que nos invitaban entonces. Fiestas que bautizamos con el nombre de Fiestas Sentadas.

Bien visto, ahora que se sabe fehacientemente que la conversación es una terapia medicinal, los alemanes que conocíamos y frecuentábamos –solo mujeres por lo general- no hacían otra cosa que adaptar sus limitadas economías estudiantiles de entonces, a sus propias necesidades.

(Ahora se lo gastan todo en internet, alcohol, iPod, celular y vacaciones. A nosotros nos costaba 5 marcos, es decir 2,50 €, un solo minuto por teléfono a Latinoamérica).

Porque, ¿qué más se podía hacer en un cuartito de tres por cuatro metros aparte de beber y conversar?

¡Nosotros queríamos bailar!

En ese entonces no había latinas por estos lares. Y andábamos cansados de practicar ese ejercicio alternativo que consiste en dejarse pisar los pies.

Si hubiéramos invitado a nuestras novias o amiguitas alemanas, éstas, viendo que no era posible sentarse a conversar con nosotros, lo habrían hecho con cualquier otro presente. Algo que a ninguno le habría gustado ni debía gustar, a juzgar por la ausencia de nuestras parejas en esas reuniones.

Como no era posible bailar, nos teníamos que consolar muy tristemente con la cerveza. (Hoy ya se toma vino, mojitos, caipirinhas y cócteles de botella.)

En medio del apogeo, del éxtasis, de la cima y cenit de aquella reunión fiestera que comento, empezamos a decirnos que el asunto no estaba mal, pero que había algo que le faltaba. Algo.

Pero no sabíamos qué.

Nos sentíamos a gusto, rebosábamos de buen humor y los chistes y las anécdotas corrían, pero faltaba algo. ¡Algo!

-¿Quién compró la cerveza? –se le ocurrió preguntar a alguien, de pronto.

-¡El Diablo! –exclamó una voz, con esa pesadez del que siempre está buscando chivos expiatorios.

Era de una marca conocida la cerveza que bebíamos. Se podía ver. No había nada que reprocharle en ese sentido. Era una de las marcas más famosas de esta ciudad, en un país que se vanagloria de tener una cervecería diferente cada par de kilómetros.

Pero entonces nos dimos cuenta.

Había sido un problema de lenguaje. Gramatical. Elemental, mi querido Guatón.

Ya lo he referido alguna vez en esta misma bitácora. (Ver entrada del 2 de mayo.)

En castellano, se puede ser más o menos claro en el mensaje de lo que se quiere decir, desde el principio de una frase u oración.

En alemán, hay que esperar muchas veces hasta el final para saber de qué se está hablando. O para saber si se trata de una oración negativa. Lo voy a mostrar con un ejemplo.

En castellano o español se dice: No te quiero. Con el NO puesto por delante. Claramente. Y ya no hay nada que discutir.

En alemán se dice: Ich liebe dich nicht.

NICHT, una de las formas de NO, va al final.

Si uno se distrae en una fiesta, reunión o en la simple vida, por ejemplo, tratando de saber cómo vas con tu pareja o tu compañía, puedes ganarte una buena bofetada si intentas besarla sin haber entendido lo que te acaban de decir. No.

Como iba al final, y no sueles prestar atención a lo que te dice tu pareja, no lo escuchaste. Lo oíste, pero no lo escuchaste. No lo registraste.

Bueno, pues.

En alemán la cerveza sin alcohol se llama alkoholfrei.

El frei significa ‘libre’. Es decir: cerveza libre de alcohol. (Es una mentira, me cuentan, tiene muy bajo contenido alcohólico, pero lo tiene. O sea: no está libre de alcohol.)

Pero El Diablo, novato con el idioma en esos tiempos, había pensado que el título de alkoholfrei, garantizaba, por el contrario, un gran contenido alcohólico de nuestra bebida.

Ese algo -ese 4 ó 5%-, era el detalle que nos faltaba.

¡Salud!

(Con muy poco.)

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, miércoles 11-07-2007


TRENES DE ALEMANIA: JUSTA MALA FAMA

10 Julio 2007

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(A propósito de mi entrada sobre la vacacionitis aguda de los alemanes:

Un amigo peruano, Daniel Caro, que vive en Berlín, me acaba de escribir para contarme que en su trabajo contó a sus colegas que no pensaba hacer vacaciones porque tenía muchas tareas pendientes y dice que se lo quedaron mirando como a un extraterrestre.

Las vacaciones son las vacas sagradas de los alemanes, me comenta, corroborando lo que yo contaba anteayer aquí. Otra vaca sagrada es el automóvil, pero ese ya es tema de otra página de esta bitácora.)

Estuvimos pasando nuestras primeras vacaciones en Alemania, como les venía contando, a orillas del Mar Báltico.

A quien le pueda parecer raro: no es común en este país hacer vacaciones sin salir al extranjero. No olvidar que Europa es un pañuelo comparado con las distancias de muchos de nuestros países latinoamericanos o las de EEUU.

Linda la casita que alquilamos (a muy bajo costo, por la falta de demanda y por el carácter netamente particular de los anfitriones), tímida la gente provinciana de la zona y muy agradables los paisajes circundantes.

Un clima… bueno, eh, bastante interesante, como se dice de alguien a quien no se quiere herir, pero tampoco se sabe cómo ni por qué alabarlo.

Digamos que como experiencia estuvo bien.

Creo que soy de los que prefieren hacer, de tripas, corazón.

Así es que debo volver a recalcar que pedaleamos mucho, como ya conté, leímos todos los alfabetos de mi familia como solo es posible hacerlo muy raras veces. Puf, puf, puf, había que darle en las subidas a los pedales de la vieja bicicleta que me prestaron –a mí- los anfitriones. Pero allí le dimos todos sin chistar.

Hasta Jorge Juan (6) aguantó sin quejarse.

Los pocos días de sol ‘verdadero’ salvaron felizmente esa aventura.

Quería contar hoy que nos decidimos a trasladarnos en tren por cuestiones netamente logísticas y porque a mí, personalmente, no me gusta manejar. Menos en largas distancias.

Hay mucha gente que juega regularmente a la lotería, sin saber que la probabilidad de ser atropellado o morir en un accidente de tránsito, es mucho mayor que la de sacarse el millón. Hasta no hace muchos años, morían unas diez mil personas al año en las carreteras de este país. No creo que hayan cambiado mucho las cosas.

Manejar o conducir solo es otra cosa.

Pero hacerlo cargando con la responsabilidad de llevar a otras cinco personas –tu propia familia- es una gran presión que cada vez que puedo, la evito. Dos veces hemos estado a punto de vernos envueltos en graves accidentes (ya lo contaré en esta bitácora) y no por culpa nuestra.

Volviendo al tema, ya nos habían contado que la zona –Alemania, en general- cuenta con una buena red de ciclovías o caminos para bicicleta.

Como geográficamente cabía la posibilidad de visitar varias playas desplazándonos en dos ruedas, mi esposa me preguntó si estaba de acuerdo en dar prioridad al movimiento corporal en estas vacaciones –visto lo inestable del clima alemán-, y yo le dije que sí.

Ahora es algo que recomiendo.

(No hace mucho, mi amigo Andreas, el policía protagonista de las historias de Jorsche Digah, me contó que tenía pensado recorrer el país de norte a sur en bicicleta. No le di mucha bola –o bolisha, como dicen los argentinos- entonces, pero ahora entiendo que su idea no es nada descabellada. Es más, me ha empezado a tentar.)

Así es que, una vez resueltas las formalidades del alquiler de la casa y nuestras obligaciones aquí en Colonia, nos pusimos a ver cuáles serían las mejores soluciones de transporte.

Para empezar, enviamos parte del equipaje por correo. Parece una broma, pero es en serio: por la módica suma de 13,90 euros, es posible enviar una maleta hasta de 31 kilogramos por todo el territorio alemán por correo.

Un gran alivio, como lo podrán constatar más adelante.

Quedaba el problema del transporte de las bicicletas.

Una posibilidad consistía en enviarlas aparte, pero resultaba demasiado cara como solución. Tanto, que habría sido más conveniente comprarse bicicletas usadas con el mismo dinero en Oldenburg, nuestro destino, a cinco kilómetros del Mar Báltico.

Como podían ser transportadas en un vagón aparte, pensamos que no nos quedaba otro camino que viajar todos juntos: seis personas y cuatro bicicletas grandes.

(La señora Tolg, la simpática anfitriona, nos había dicho que ellos podían prestarnos las suyas, pero yo fui el único en aceptar la oferta.)

A todo eso había que agregarle la bicicleta pequeña sin pedales de nuestro hijo de dos años y una especie de coche remolque plegable de dos ruedas, que pensábamos utilizar para transportar todo lo necesario en nuestros paseos diarios.

Hasta aquí la teoría.

Ahora viene la práctica: Alemania ya no es lo que fue alguna vez apenas hace un par de décadas atrás: habiendo reservado nuestros asientos y lugares para las bicicletas en un vagón especial, los inteligentes empleados de la DB, los Trenes de Alemania, nos asignaron un vagón alejado de aquél.

Así es que ya se pueden imaginar las que tuvimos que pasar, buscando los vagones correspondientes (nadie parecía saberlo, ni nadie parecía querer asumir la responsabilidad por ello) y teniendo que correr de un lado a otro con los biciclos, el equipaje y cuatro niños. Dos de ellos pequeños.

(Aunque Jorge Juan ayudó mucho y Yose Toño se portó muy bien.)

¿Por qué no habernos asignado, simplemente, en el momento de la reservación el vagón continuo al de los velocípedos?, me pregunto fieramente.

Gastando tanto dinero en la promoción Tren&Bici que hacen, ¿cómo es posible que no se hayan enterado todavía que la cabeza es algo que no sólo sirve para ponerle champú o rascársela?

Al partir, en la estación de Pulheim, teníamos entonces que subir las cinco bicicletas al vagón correspondiente, cargar con cuatro maletas y dos mochilas un par de vagones más atrás. Los problemas empezaron allí.

No pensamos para nada que subir cuatro grandes artefactos con ruedas por una sola puerta angosta iba a tomar tanto tiempo.

Lo crítico era que el tren tenía programada una estadía de apenas tres minutos en esta pequeña estación. Así es que tuvimos que esforzarnos para embarcar todo y cuidar de los niños, rápidamente.

En la teoría, nos habían asegurado que el tren no partiría hasta que no hubiéramos terminado de embarcar todo. Pero yo soy de los que prefieren no confiarse de esas cosas.

Hasta allí, todo bien. O pasable.

Pero el siguiente escollo llegó apenas quince minutos después, porque teníamos que hacer trasbordo en la estación central de Colonia.

Como se trata de una de más de quince andenes, teníamos que bajar rápidamente todas las cosas de un tren de cercanías, para pasarlas a uno nacional, de largos recorridos. Lo hicimos bien, a pesar de todo, porque tuvimos la enorme suerte de solo tener que pasar al otro lado del andén.

Aprendimos de paso, que por muy solidarios y amables que puedan ser muchos alemanes –no todos, ni la mayoría-, la vista de una familia de seis miembros los puede hipnotizar tanto que pueden llegar hasta perder su propio tren.

Sí. Alemania sufre porque nadie quiere tener hijos.

Las mujeres, bastante independientes ahora, prefieren gozar sus altas cotas de emancipación, antes que pensar en tener hijos. A los hombres en edad reproductora, por su parte, les parece muy bien eso de no tener que cargar con demasiadas responsabilidades. Ya tienen bastante los dos, hombres y mujeres, con el arduo planeamiento de las vacaciones anuales o bianuales: la nueva religión.

Y allí va esta sociedad sin saber cómo hacer para resolver sus grandes problemas demográficos. Todo no se puede tener.

Por lo menos, no, a la vez.

El siguiente chiste de la DB (Deutsche Bahn, Trenes de Alemania) fue el de habernos asegurado la reserva de asientos en zona de no fumadores.

Por razones que escapan a mi más mínima comprensión y que yo ignoraba hasta entonces, la DB hace compartir vagones a fumadores y no fumadores, de tal manera que cada vagón termina llenándose de humo porque la separación intermedia solo es virtual.

¿Por qué no simplemente repartir los vagones para cada grupo?, me pregunto y nos preguntamos todos.

No tengo nada contra los fumadores.

El que tiene prisa por ver a San Pedro con una camisa negra interior, sabe por qué lo hace. (Igual no lo puede dejar porque el nivel de alquitrán es tan alto que la nicotina se va directamente a la sangre, produciendo un enorme grado de adicción, prácticamente invencible.)

Pero sí tengo mucho en contra de la aberrante estupidez de los responsables de esa medida de esa empresa de transporte público.

Cuento todo esto, porque –haciendo un gran salto en lo que cuento- resulta que por estos días los empleados ferroviarios alemanes están parcialmente de huelga, así es que el viaje de regreso con todo el equipaje, más el de mano, niños y las bicicletas, fue una verdadera odisea.

A la vuelta nos informaron recién al subir, que se trataba de un tren de reemplazo. Alguien había decidido acabar con su vida lanzándose a la vía férrea. Consecuencia práctica para nosotros: nadie podía hacer uso de sus asientos reservados.

-Arréglenselas como puedan –nos dijo el inspector-. En Hamburgo tendrán que cambiar igual de tren.

No les sigo contando más detalles.

Baste decir que sudamos –especialmente mi esposa y yo- la gota gorda, para hacer todos los trasbordos, sobre todo teniendo en cuenta que los empleados nunca nos pudieron decir (Alemania ya no es lo que era, repito) dónde nos correspondería subir ni dónde se encontraban ubicados los vagones para las bicicletas. Y todo esto atentos de no cometer ningún error y estar al tanto, por supuesto, de los niños.

(Nuestras dos hijas mayores se portaron muy bien en ese sentido, ayudándonos en el cuidado de los más pequeños.)

¿Algo positivo de este pesadísimo viaje de vuelta en tren?

Me propuse llegar a cada nuevo trasbordo con quince minutos de anticipación y nos funcionó cada una de las veces. Algo para estar orgullosos. Pero, ¡ay si llegaba a fallar algo! (Los quince minutos eran para cubrir posibles eventualidades.)

Si desean sacar algo de bueno de estas líneas del día de hoy, se los digo ahora: la pésima fama que tiene la DB entre los mismos alemanes, es algo real.

¡No se les ocurra tener cuatro hijos en este país y viajar con ellos -más bicicletas- de vacaciones con la DB, los Trenes de Alemania!

(¡Y todo esto con asientos reservados!)

Mejor atención he recibido en un país subdesarrollado –que no quiero mencionar- en mis viajes en tren a Machu Picchu.

Pero ese ya es tema de una de las próximas páginas de esta bitácora.

                    HjorgeV

                    Pulheim-Sinthern, martes 10-07-2007


RUMBO AL MAR BÁLTICO

9 Julio 2007

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Frente a mí, en el tren, una señora que parece haber pasado por veintitantas operaciones de cirugía plástica y seguir descontenta con el resultado.

Con la cantidad de oro que lleva encima se podría construir una escuela en alguna parte del mundo, se me ocurre pensar.

Hay un señor refunfuñando por ahí.

El tren aún no ha partido para continuar su viaje y dejar esta pequeña estación atrás.

El hombre habla con su esposa que lo ha venido a traer hasta la estación en un automóvil Mercedes que no debe tener más de dos o tres años de antigüedad. Lo sé porque hemos llegado casi juntos hasta aquí y hemos estacionado muy cerca nuestros respectivos automóviles.

Nosotros seguimos nuestro viaje hasta el Mar Báltico en ferrocarril.

Él le habla, aunque ella no lo puede escuchar desde afuera. Pero él continúa y somos nosotros los que lo escuchamos:

-Muy incómodo viajar en tren. Incomodísimo –dice, en voz especialmente alta, mientras se mueve sobre su asiento, como queriendo demostrar con sus movimientos, que lo que dice es cierto.

Todos los del vagón en el que viajamos hemos podido escuchar sus palabras.

Las vuelve a repetir, como un mantra.

Viste saco y corbata. Es un tipo delgado, alto. Tiene el aspecto cuidado y la voz de mando de un empleado de la jerarquía intermedia de alguna mediana o gran empresa, a la que acude todos los días laborables de la semana con su automóvil casi nuevo. Pero hoy no.

Barrunto que es de los que ahorran en zapatos.

Así como otros ahorran en comer o en papel (libros, diarios, revistas), en champú o en lo que visten, éste debe ahorrar en zapatos. En zapatos y calcetines, por lo que puedo entender de un rápido vistazo. No hay concordancia entre esos elementos inferiores de su vestimenta con el resto de ella.

Frente a él, un jovencito de unos 13 o 14 años que me ha estado observando cómo lanzo una mirada a los zapatos y contemplo la corta escenificación de este personaje, me sonríe cuando se cruzan nuestras miradas.

Creo reconocer cierta complicidad en ella, pero no entiendo en un primer instante por qué.

-Muy incómodo viajar en tren –repite por tercera vez mi personaje, cuando el tren ya ha partido y sigue sin existir ninguna posibilidad de que su esposa lo pueda ayudar.

Recién entiendo que el jovencito debe ser su hijo.

El hombre debe estar acompañándolo seguramente hasta la estación central y la idea de ‘rebajarse’, usando un servicio público, no debe gustarle nada. Su hijo lleva muletas y un pie enyesado. Tiene las piernas de quien no ha tenido la suerte de crecer para poder jugar con una pelota o correr libremente por los campos. Sin embargo, sabe sonreír. No puedo, entonces, contenerme.

-Muy incómodo viajar en tren, ¿no? –le digo desde mi asiento, una fila más atrás, sorprendiéndolo y usando su particular y repetitiva sintaxis.

-Sí, incomodísimo, vea usted –me responde, sospecho que agradeciéndome por la solidaridad.

Son dos personas, él y su hijo, que van sentadas en dos asientos dobles.

El que tendría que quejarse debería ser su hijo: subir y bajar de un tren con esas piernas y esas muletas no debe ser ningún chiste. Pero el muchacho vuelve a sonreír y el hombre ‘sano’, su padre, es el que refunfuña. Además, no llevan equipaje. Dos asientos dobles para dos personas. Sin equipaje en un tren.

-¿Y por qué no tomó un taxi? No debe costar un mundo –le digo, al que debe ahorrar en zapatos, calcetines y transporte, volviéndolo a sorprender porque mi solidaridad parece haberse hecho humo de pronto.

No debe costar un mundo es la traducción de la expresión alemana. En castellano: no debe costar un ojo de la cara. Él no responde y desvía la mirada. Sabe a qué me estoy refiriendo.

Finalmente procuro olvidar el incidente.

La señora del oro y la escuela que tengo enfrente se despierta. No puedo entender por qué llevando tanto oro no es capaz de pagarse un chofer.

Pero entiendo que el oro es así, apreciado por sus varias cualidades. Una de ellas es la de ser como un perfume sólido.

A su lado hay una botella vacía de una marca de cerveza conocida. No debe ser suya. Gente como ella no suele dejar huellas de lo que hacen. No, por lo menos, muy cerca.

Le sonríe a mi hijo menor. Los otros tres están con sus bicicletas obstruyendo la entrada del vagón.

Dos estaciones más adelante tendremos que bajar en la Estación Central de Colonia y hacer un trasbordo. De allí hasta el Mar Báltico deberán ser unas seis horas de viaje. Entonces las bicicletas viajarán en un vagón especial y ya no tendremos gente renegando a nuestro alrededor.

Espero que sea así.

Aunque con los alemanes nunca se puede saber.

Por más que viajen en asientos dobles y sin equipaje.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, lunes 09-07-2007