¿Te acuerdas de cómo reíamos de nuestras
promesas eternas,
sabiéndolas necesariamente
finitas y
perfectamente mortales?
Razón que teníamos.
Había cierto esfuerzo en nuestras
mentes claras y no dejábamos
que las emociones ni los
sentimientos
extremos pudieran aturdir
a
nuestro raciocinio,
cuando nos
amábamos.
(Abrazarse entonces era como un
puro viaje al espacio.)
El mundo semejaba una bola brillante
a nuestros pies
escapada de algún
zoológico sideral
y que buscaba algún tipo
de consuelo
en la contemplación de nuestros
abrazos.
El tiempo no se iba a detener porque nos quisiéramos
como
lo hacíamos en ese instante, ése era
nuestro mayor argumento.
Y ahora ya no nos queremos.
Y un océano cuida, aparte,
como una fiera adicta
de que las cosas no regresen a
su lugar.
De que las cosas guarden
sus aparatosas distancias.
Han pasado dos
Edades de Hielo
desde
entonces.
Nuestros recuerdos son como la camisa ahíta
de sudor
que un creador particularmente agotado
ha arrojado con fuerza a la canasta de la ropa sucia.
Lo nuestro.
Sí, lo nuestro.
Lo tuyo y lo de este ser que recuerda.
Gruesas capas de sedimento separan tus sentimientos
fósiles de los
míos en este nuevo instante
vano.
Como aún sigo pensando en ti,
me digo
-no sin antes renegar de las arduas
leyes de la
geología-,
he de aceptar sin
asombro
que algún mal
negocio hice
aquella vez contigo en Lima.
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, jueves 02-08-2007