CORAZÓN ROSA

2 Septiembre 2007

Me detuve en el siguiente artículo de El País por ignorancia:

“La prensa rosa no tiene aquí la importancia del Reino Unido, aunque los medios serios son, cada vez más, objeto de cierta peoplización [...]”

http://www.elpais.com/articulo/agenda/Imagenes/queman/elpepugen/20070902elpepiage_1/Tes

Me quedé paralizado. ¿Qué es eso?

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-¿Qué es ‘peoplización’?- preguntó mi Lector Atento inmediatamente, ese loro medio loco que duerme sobre mi hombro derecho, sin que yo pudiera responderle.

Ya en el mismo artículo –que yo había empezado leer esperando encontrar cierta información sobre el comportamiento de la llamada prensa rosa en Alemania- nos habíamos topado con otra perla del autor o autora: la palabra ‘famoseo’, cuyo significado queda más o menos claro en el contexto, a pesar de no existir esa palabra en el diccionario ni haberla señalado adecuadamente como tal (con comillas o en itálica) el o la profesional de marras.

Al introducir la palabra ‘peoplización’ en el buscador de Google, obtuve sólo cinco (5!) resultados, ninguno de ellos con carácter explicativo.

¿Peoplización?

Recién al final del artículo, por una referencia a la revista People (el autor o la autora, Díaz de Tuesta, debe ser una persona peoplizada que cree que todos lo son) pude imaginarme qué podría definir la palabreja esa.

¿Terminaremos hablando de bravización, o de holaización? (Ustedes me entienden, si conocen la alemana Bravo o la española Hola.)

Como no creo en ningún dios, me pregunto frecuentemente, ¿cómo hemos llegado hasta ser lo que somos?

Creo que una de las más grandes paradojas, a la vez que una de las más grandes tragedias de nuestra condición humana es el avance tecnológico de los últimos siglos. Principalmente el del siglo que acaba de pasar.

Nos ha hecho creer que somos unos seres superiores, en todo sentido.

Mientras que por un lado el hombre ha llegado a la Luna, existen soluciones médicas para la mayoría de dolencias y enfermedades que antes eran mortales, y la cibernética nos catapulta cada día que pasa aún más rápido a un futuro inimaginable apenas un par de décadas atrás; por el otro, tenemos un mundo pleno de corrupción organizada y vestida mayormente de blanco, niños (30.000 diarios) que se nos mueren de pobreza, asesinatos de animales por un simple placer tradicional (toros), violencia doméstica, guerras. Mejor paro.

Es decir, para el que tiene ojos de ver, está claro que somos una especie altamente defectuosa.

Personalmente, me he acostumbrado a tratar de reconocer en las conductas humanas a aquellas que tienen que haber tenido un papel particularmente importante en nuestra evolución.

Supongo que la curiosidad ha sido una de las más importantes.

Tomemos otro ejemplo.

La violencia casi gratuita: alimento diario del papel y la pantalla.

No soy ningún humanólogo, y menos zoólogo, pero está claro que sin una cierta agresividad más o menos ‘espontánea’ o ‘natural’, el hombre como especie no habría podido siquiera abandonar África y menos pasarse miles y miles de años enfrentándose a todo tipo de ambientes hostiles, incluidos los animales de los cuales se alimentaba.

Esa violencia acumulada en nuestros genes y ahora gratuita, ya no nos sirve hoy en día y es más dañina que útil, pero sigue allí. Causando estragos a diario.

(En otra página de este Cuaderno que Cuenta me gustaría tratar de ocuparme sobre una sospecha personal que tengo. Sobre cómo es posible que nosotros seamos la única especie sobreviviente y no todas aquellas emparentadas más cercanamente con nosotros. ¿Por qué? Mi sospecha es que han sido víctimas masivas de esa violencia, precisamente. Peor aún, tengo la alta sospecha de que nos hemos canibalizado a todos nuestros primos, incluido el hombre de Neandertal. Se empieza a descubrir pruebas arqueológicas.)

Tomemos ahora esa manía que tenemos de hablar, contarnos cosas (esta bitácora es un buen ejemplo) y hablar de nosotros mismos y de los demás. O de cualquier cosa que nos interese.

No solo en algún momento, en muchos momentos de nuestra larga historia ha sido de valiosísimo valor intercambiar impresiones, informaciones, pensamientos, sospechas, suposiciones, simples creencias, historias, chistes, descubrimientos, experiencias y –claro- muchas mentiras.

Así es como hemos conseguido no dejar lugar de la Tierra que no hayamos visitado.

Si nadie nos hubiera contado sobre otras tierras y de la posibilidad de sobrevivir en ellas, no habríamos abandonado las nuestras. (Mi caso, para no ir muy lejos. Mi padre hizo su tercera carrera en este país y conoció a su segunda esposa.)

Así se han propagado los conocimientos, la cultura y la tecnología, también.

Sospecho que esa otra fatal inclinación del hombre –la guerra- es otro producto inservible de nuestra evolución (cuando teníamos que atacar en manadas a mamuts u otros grandes animales y, seguramente, defendernos de y atacar a nuestros primos) y muchas veces consecuencia directa de esa otra gran característica nuestra: la de hablar de los demás, de lo que hacen, de los que nos parece bien y mal, de lo que le inventamos en ese ejercicio: para bien y para mal, con buena o mala intención.

O sin ninguna intención especial.

El cotilleo que se llama en España y chisme en mi país.

Repito. Sin ese afán de curiosidad nuestro, sin ese querer saber qué sucede más allá, qué hay dentro de algo, qué pasa si, qué hay en las mentes de los demás, no solo no habría llegado el hombre a la Luna, ¡jamás habrían salido de África nuestros más antiguos antepasados!

Una vez leí que lo que la gente, que se interesa por la literatura de otros países, quiere, es poder echar una mirada en las alcobas de sus habitantes.

Lo cual nos lleva inmediatamente a la conclusión que la literatura –en su mejor o peor expresión y esto es algo cuyos contornos los gustos solo pueden definir borrosamente- no es otra cosa que una versión más estilizada (de ‘mejor gusto’) del chisme y de las ansias de curiosidad. Pero chisme y curiosidad, al fin.

No sé si quepa decirlo ahora, pero a mí siempre me intrigó el hecho de que los incestos, crímenes, anormalidades, abusos, violaciones, absurdos y el resto de atrocidades que relata la mitología de cierto país, haya llegado a los claustros universitarios, como si de aquí a unos 500 años (tantos no sobrevivirá el Mono Sapiens, pero eso no lo sabe ni sabrá ninguno de nosotros) el tema de los abusos, torturas y otras prácticas de la cárcel usamericana en Irak de Abu Ghraib se pudiera convertir en materia de un curso universitario, por ejemplo.

Me estoy refiriendo a Grecia y a su mitología. Una de las formas más ‘elevadas’ del chisme, cotilleo o gossip, en inglés, y que aúna otra característica humana: la sed de sensacionalismo.

Y sí. Por lo visto, un crimen es un crimen, pero dicho con clase, estilo y un cierto mejor ‘gusto’, puede su autor llegar a encontrar un hueco exclusivo en las más altas academias y hasta recibir un Premio Nobel por ello.

Sospecho –no lo sé- que los ancianos al final de su vida pueden perder muchos intereses, pero no el de saber qué pasa afuera, con los demás, qué fue de la vida de fulanito, esas cosas.

Lo que más ayuda a aprender a un bebé y a un niño es su curiosidad, sus ganas de saber. Un niño pasivo y sin ganas de aprender –lo que sea- no es algo natural y habría que ver qué está mal con él. Tratar de curar su apatía.

Cuando hoy por la mañana vi que nuestro hijo menor de casi tres años había tirado del rollo de papel higiénico hasta crear una obra de arte al estilo moderno sobre el suelo, por un momento quise molestarme.

Él había querido saber qué pasaba si seguía tirando más y más del rollo.

Y los niños tienen el perfecto derecho a ver satisfechas curiosidades así.

-¿Querías saber qué pasaba, no? –le pregunté, controlándome en todo sentido.

-¡Sí! ¡Y el papel salía y salía, Mapi! –me respondió él, con su pronunciación todavía no muy afinada y muy contento con su experimento.

-Una vez tienes derecho a hacerlo –le dije-. Pero mejor no lo repitas.

-Ya.

El tema me interesa porque me pregunto hasta qué punto los futuros negocios no van a basarse -o están basándose ya- en estudios genéticos de nuestras debilidades.

Las llamadas revistas rosas o del corazón (Rosas del Corazón, qué bonito título para una telenovela diría alguien; por eso preferí Corazón rosa como título) viven de esas dos características que comento.

De esa necesidad que tenemos de comunicarnos, contar, escuchar y, simplemente, chismear o cotillear; y de esa otra que se llama curiosidad.

(Hay gente que más le interesa oír o leer, satisfacer su curiosidad. Y a otra que más le interesa hablar, contar o chismear, que lo primero.)

Tal vez lo mejor de nuestra civilización sea que ha quedado demostrado –lamentablemente en muy pocas partes del mundo y es algo que se extinguirá alguna vez- que es posible mantener controladas nuestras más bajas pasiones.

Que una educación temprana en ese sentido es posible. Independientemente de que nuestra imaginación haga su propio trabajo por su parte.

Bien visto, el trabajo de los científicos responde a esos mismos impulsos humanos.

Solo que en vez de interesarse por la vida de las estrellas del cine o de la televisión, lo que les importa es la vida de las estrellas verdaderas o de los átomos. Lo que sucede en el interior de las cosas y de las máquinas.

Lo que se sigue persiguiendo es lo mismo: poder saber allí donde mis ojos no alcanzan.

Creo que uno de los juegos más interesantes del hombre desde que aprendió a pensar fue el de poder adivinar qué está pensando otra persona de o sobre nosotros, de otra o de algo en concreto.

Ese deseo de meternos en las mentes de otros (tan vivazmente que sea como si nos enfundáramos en su piel, o, por lo menos, en sus ropas) es de lo que vive este negocio del chisme o cotilleo y de la curiosidad.

Y ahora, aunque no venga al caso, me pregunto, ¿cuántas guerras se habrán iniciado solo por el simple hecho de habernos parecido tan vivaz lo que nos imaginamos, que hemos terminado dándolo por cierto?

¿Cuántas enemistades, desavenencias, peleas y malentendidos por lo mismo?

Porque el lado malo de la curiosidad, de ese deseo de saber qué ocurre en la mente de otras personas, nos lleva a usar la imaginación y la fantasía para tratar de saberlo.

De imaginárnoslo.

Y de allí, a terminar creyéndonoslo nosotros mismos como algo real, hay solo un paso.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, domingo 02-09-2007