Hoy se acabó otro
de mis cuadernos
de
escribir con lápiz
(de su última página vienen
estas líneas)
y
me dije:
“Llegar a la última página
como quien llega al final de las
cosas
que más se nos han quedado
en la
punta de la
lengua;
sin asombrarse, pero
saludar a cada uno
en su hombro, en su vestido,
en lo que tiene de
bueno en las orejas
o en la
puerta que
no supo
tocar.
Llegar al final de una
jornada y descubrir que se abre
en una flor. Tomar la
flor y
descubrir un puño que
se abre con
la forma de un
camino
que
recién empieza.
Terminar algo y dolerse
del adiós de los compañeros de
viaje;
alargarles la mano,
porque nunca se
sabe. O arrojarles un
pañuelo porque tampoco
nunca
se sabe.
Allí está ese muro, esas paredes,
el sencillo jardín,
el polvo de alguna estancia,
el rubí de un sonrojo,
observando todo
todavía;
una mirada que se quedó detenida
en una habitación
porque era muy
niña y no
sabía adónde
ir.
Concluir cualquier tarde
como el que ama la vida
como sólo se puede
amar ciertas
cosas o a
alguien,
aunque nadie nunca se
llegue
a
enterar
de ello.
Así quiero cerrar cada cuaderno que
se acaba.
Con la pesadumbre
del que
pone una tapa sobre el
rostro de un amigo que se
nos ha dormido a
destiempo,
pero solo para encontrar
-¡oh, albricias!-
uno nuevo
en la
contra-
tapa”.
De mi cuaderno que acaba
de agotar sus
páginas,
puedo decir con toda
certeza:
Era verde y
sabía vigilar
mis
sueños.
HjorgeV
Pulheim-Sinthern, martes 04-09-2007
Escrito por hjorgev