“Aunque ningún dios de los humanos sea negro, este Mundial Sub-17 tendría que ser, perfectamente y con justicia, africano”, escribí sobre el partido que perdió Argentina frente a Nigeria hace una semana.
Hoy, viendo la final del Mundial Sub-17 entre España y Nigeria en directo en FIFA.com, cumplí mi sueño de ver un partido y escribir paralela y sincrónicamente, la crónica del mismo.
Si bien, me hubiera gustado que ganara España, me parece muy bien que el Continente Olvidado empiece a recoger todo tipo de trofeos.
Me parece muy bien que esta vez las fotos que verán los niños africanos en los diarios de los próximos días, no sean solo las de aquellos que se mueren en el mar intentando buscar un simple y humilde futuro sin hambre en Europa.
Por simple simetría -y aquí no es el caso-, se lo merecen. Nigeria ya lleva tres en esta categoría.
Carajo.
MUNDIAL SUB-17: ESPAÑA SE RINDE EN LOS PENALES ANTE NIGERIA
Empezó muy bien el partido España, llegando a tener una clara oportunidad de pasar adelante en los primeros minutos. Tenían los peninsulares claro contra quienes estaban jugando: unos muchachos durísimos, agilísimos y muy rápidos, y que sabían muy bien para qué sirve un balón.
Ya no son los jugadores inocentes que no saben lo que es una cámara de televisión ni los asusta un gran estadio.
Son jugadores contra los que no te puedes confiar en cuestiones de músculo y contra los que no te puedes permitir ningún error que pueda dejar libre la autopista hacia tu arco.
Si a eso le agregamos 5 aspectos resaltantes del conjunto nigeriano, podríamos tener una clara idea del peso del rival que le había tocado a los españoles.
1. Estos jugadores africanos ya no abusan del dribbling, gambeta o regate como antaño.
2. Saben lo que es actuar disciplinadamente, en conjunto y a favor de él.
3. A pesar de que no tienen la brújula ajustada del todo, la verticalidad que han ganado es asombrosa. Hasta no hace mucho era relativamente fácil, con un buen sistema defensivo (catenaccio), hacerlos pasearse y gambetear horizontalmente, sin mayor peligro verdadero de gol.
4. Su capacidad de sacrificio ha aumentado.
5. Cada vez más son más peligrosos cerca del arco, allí donde antes parecían sufrir de un súbito ataque de parálisis.
Para mi personal gusto, España se enfrentó demasiado a Nigeria a golpe abierto, como en el boxeo. Algo que puede tener sus ventajas en el fútbol. Sí.
Puedes bajarle la moral a tu rival allí donde él se creía imbatible, por ejemplo. Y esto creo que es algo que funciona especialmente bien con los equipos africanos. Si sabes y puedes mantenerte en pie, claro.
La desventaja es que te pueden dar verdaderamente duro y, en un descuido, meterte un buen piñazo. Y de allí, mejor parar de contar.
Pero España tiene jugadores excelentes. Iago Falqué, el 14, por ejemplo. Peligroso hasta cuando te da la mano para saludarte el del Barcelona.
http://es.fifa.com/u17worldcup/news/newsid=590232.html#iago+polifuncional+suena+titulo
O el 12, Lukas, que engancha la pelota como los grandes y con un par de movimientos mentirosos desplaza a los jugadores del equipo rival como si los tuviera reposando sobre el lente de su largavista. De esos que con una sola jugada suya, te preguntas cómo puede ser posible que todavía no sea conocido internacionalmente.
Sergio, el 15, que ya podría estar jugando en cualquier equipo profesional. O, simplemente, Fran Mérida, el 10.
Y entonces, a la media hora del partido, en este intercambio abierto y sincero de golpes que era el partido, Nigeria se empezó a ir por las puntas, especialmente por la derecha, y sus jugadores se pusieron a hacer eso que saben hacer muy bien: el dribbling, regate o gambeteo (cabrear, se dice en mi país) en espacios reducidos y sin que importe mucho la orientación. Si hay más piernas, mejor, aún, para ellos.
En un par de jugadas bien hilvanadas, casi como en un entrenamiento de ataque rápido, desborde y gambetas complementarias, podían haber sellado los africanos perfectamente un 2-0, relativamente justo a estas alturas del encuentro.
Entonces, como estábamos en una contienda de golpe limpio, en un saque de esquina, la pelota se la encuentra un español a apenas tres metros del arco y lanza un zapatazo que choca nadie supo bien dónde, pero que no entra. (En el abdomen de un defensa nigeriano, se ve después.)
2 a 1, en la teoría.
En la práctica, seguía jugándose un partido de alto riesgo y, por otro lado, se acercaba el –para ambos- ansiado descanso.
Creo que cuando mejor estuvo España en esta etapa, fue cuando los muchachos españoles se dedicaron a hacer lo que saben. Pisar y llevar bien el balón. Administrar su desarrollo sobre el campo y sus trayectorias. Sacarle provecho a la gambeta bien hecha, esa que se tiene que repetir miles y miles de veces en los entrenamientos.
Lo único que le faltaba era un poco de suerte.
¿Sabían sus jugadores que era, con todo, una verdadera suerte haber llegado vivos al pitazo intermedio ante unos leones de jugadores como rivales?
Antes de la pausa, Nigeria volvió a tener un par de oportunidades, pero, curiosamente, en ellas salió a flote ese gesto que tanto daño suele hacer a los conjuntos africanos: la desesperación.
Ahora a los españoles solo les quedaba sacar provecho del descanso y del gesto anterior.
SEGUNDO TIEMPO
España volvió a salir a hacer un partido franco. Que gane el mejor y punto.
Qué demostración de confianza en sí mismos. Como latinoamericano, con dos apellidos españoles a la espalda (es un decir), ¿qué más deseaba?
Eso es algo que como espectador también hay que saber agradecer, aunque después no queramos que se nos acabe el partido.
Nigeria, como para hacernos recordar que no se había movido del campo y allí seguía, casi le clava el aguijón a su rival alrededor del minuto 55.
Tal vez la gran diferencia en el juego de estos dos equipos en esta segunda etapa, estaba en la actitud. España parecía estar jugando un partido más. Uno especialmente duro y difícil y en el que tendrían que tener mucha suerte para salir como vencedores, pero un partido más al fin. Eso es algo que a esta edad se sabe o no se sabe. Y se actúa consecuentemente o no.
Positivo español, en ambos casos.
Nigeria, por su parte, no estaba jugando un partido de fútbol oficial más. Los nigerianos estaban jugando el partido. Su encuentro. Una final de un campeonato mundial de su deporte rey, más rey aún que el león.
Un trofeo que no se ha atrevido a pisar en su versión adulta, –todavía- quizás por temor, las tierras del continente africano.
En esos casos, el mismo reloj se vuelve una bomba de tiempo que gotea ansiedad a cada minuto que pasa, allí donde solo debería haber agua y paciencia. Y un 0-0 te puede llegar a parecer una derrota.
Faltando menos de media hora para el final del encuentro, España, a pesar de haber podido recibir la estocada, empezó a mostrar rutina y cierta tranquilidad: oro y plata en situaciones de este calibre, en las que también está claro que quien marca un tanto, puede considerarse como ganador.
Mérida, en el minuto 70 tuvo la oportunidad en el pie derecho, después de haber llegado al área medio ladeado desde la izquierda. Una de esas jugadas que no requieren de extrema pericia técnica, pero sí de un gran cálculo sincrónico y angular, porque te quitan en forma bella el obturador de tu lente, con un solo cambio de pie, permitiéndote a continuación la captación casi en cámara lenta de tu gol.
-¡Tranquilo!- se escuchó desde el banquillo español ante la oportunidad perdida por él.
Como tiene que ser. (El delantero necesita tranquilidad y concentración absolutas.)
A continuación, en un afán de simetría, el nigeriano Yakubu Alfa, el 13, le repitió una versión más barata, sin fuerza, por suerte; seguida de una genial puntada de Aquino, el 16, que no tuvo conclusión feliz.
Como era una pelea de golpes francos, al minuto siguiente, un defensa español casi le regala la pelota en los pies a un delantero nigeriano. (Solo faltó que le pidiera un autógrafo antes.)
El dios Tictac seguía corriendo.
Nigeria empezó a tratar con pelotazos aéreos.
Tiene buenos y fuertes cabeceadores el equipo africano. Lo que le faltaba a sus jugadores era ese plante de músculos y nervios, ese temple que requieren los centros si se desea que sean precisos.
Como ha pasado en muchos campeonatos mundiales, con el paso de los minutos y acercándose el final, los africanos empezaron a descreer de sus fuerzas y posibilidades y a cometer ese tipo de errores mínimos que después se pueden convertir en una bola de nieve capaz de hacer rebalsar un lago y arrastrar con toda una población.
Mientras tanto, el entrenador nigeriano seguía sentado en su lugar, casi inmutable, como un abuelito que solo puede escuchar el partido por la radio, pero que sabe que ha hecho bien las cosas y solo le queda esperar el designio de esa señorita tonta, bella y veleidosa llamada Fortuna.
A los españoles, por su parte, parecía haberles crecido un tercer pulmón y mucha madurez con él. Solo tenían que administrar el empate un par de minutos más y seguir con su confianza en sí mismos. El planteamiento –que espero haya sido algo deseado por parte del entrenador: el juego franco- les había funcionado y estaban dominando los últimos minutos de la final.
Nigeria, pasó, asombrosamente, a estar perdida en el campo. La pócima de brujería que le habían aplicado los españoles en la pausa parecía empezar a hacer su efecto.
No hay mejor forma de jugar bien que cuando te la crees. Ese estar fresco. Todo te sale, entonces.
Así había empezado Nigeria. Así terminaba el partido, pero para los españoles.
Hasta que en una tijera del capitán Camacho contra un rival -y con la que recuperó más o menos limpiamente el balón-, el árbitro estuvo a punto de meter su mano de dios e inclinar la balanza hacia los nigerianos. Pero todo no pasó de un buen susto.
El partido se acababa. Nigeria sentía perder con el empate. España, tranquila. Por lo menos aparentemente.
Estaba por decir yo que habría que escribir un tratado sobre la paciencia en el fútbol, cuando, ya en los adicionales, Aquino por un lado y el 15, Sheriff Isa, por el otro, se lanzaron unos zarpazos sucesivos, tan tremendos, que bien pudo haberles costado la cabeza a ambos; seguidos de un tiro libre que el arquero africano Ajiboye estuvo a punto de convertir en un autogol.
El japonés, Nishimura Yuichi, hizo entonces lo mejor que un árbritro sabe hacer en estos casos: dar un par de minutos de descanso para volverse a ajustar las torcidas cabezas y regresarlas a sus correspondientes sitios los dos gladiadores.
Lo bonito de este deporte llamado balompié es que reúne elementos de varios deportes y actividades diferentes.
Está la comparación con una lucha o batalla, y, sin embargo, no hay muertos ni heridos. Se trata de una simple alegoría. Una metáfora. Una sublimación, además. No lo que desearían algunos: golpes aniquilantes, peleas de verdad, sangre, arena. Brutalidad. (Nos pesque confesados, como dirían mis tías.)
Están los movimientos que tienen mucho de atletismo, ballet y baile. De tango. De salsa y samba. (De orígenes claramente africanos, estas dos últimas.)
Está lo que tiene de deporte ciencia, de ajedrez. Lo que tiene de táctica y estrategia. Lo que tiene de poder mental. Los minutos finales se estaban colmados de estas características.
Hasta que llegó el periodo suplementario.
El juego de cabeza, músculo y corazón, había pasado a convertirse, además, en uno de nervios.
El que mejor los tuviera puestos saldría ganador. ¿O sería otro de esos encuentros en los que la Señora Suerte querría hacer cumplir su voluntad impredecible y banal?
Son esos momentos en los que la ansiedad contamina todas las herramientas como un aceite maligno, haciendo que no funcionen como acostumbran a hacerlo y, haciendo resbalar, añaden la sorpresa propia como regalo perverso adicional.
Son esos momentos en los que la simple actitud de conjunto puede aniquilar la mente del rival.
Son esos momentos en los que, muchas veces, nadie quisiera estar ya allí y que sirven, por eso, para dirimir cuáles son las otras características también importantes de un equipo. Su capacidad de lucha, de terquedad; pero en los que también hay que saber actuar con tranquilidad y cierta parsimonia, mostrándole al rival que puedes llevar el pantalón húmedo, pero que no por eso estás dispuesto a dejar de morder.
(Tener miedo en estos casos no es malo ni inusual. Pero así como a la pelota, al miedo hay que saber administrarlo.)
Nigeria tenía más de un verdadero velocista entre sus líneas.
De esos que tienes que tomarte un par de metros de ventaja si tienes que enfrentarte con él en una carrera por el balón. Pero, que, si mides mal, tu rival, desagradecido como siempre, puede usar muy bien el hueco que tú mismo has creado para excluirte de su jueguito y hacerte verdadero daño por otro flanco.
En un enfrentamiento así, al 4 de España, a David Rochela, se le coló uno de esos atletas que los africanos suelen esconder en algún lugar entre el campo y las tribunas, y que se visten con el mismo uniforme, entran ilegalmente al campo reemplazando a uno de los jugadores, y te dejan sentado para que los veas pasar, como el infante que ni siquiera ha aprendido a pararse todavía.
Kabiru Akinsola, el número 8, con un precioso y deseado tiro desde su propio campo y desde una distancia de unos 60 metros, falló por unos 5 centímetros. ¿Porcentaje de error? 0,083%. (El cálculo no es correcto, porque hay que tener en cuenta el tamaño de la pelota; pero es de lo que se suele hablar.)
Un gol del siglo, pensamos todos (acaba de empezar). Y un Mundial Africano.
Como el fútbol no lo inventaron los dioses, o -tal vez- por lo mismo, siguió el partido. ¿Quería irse España ahora a los penales? ¿Sintió desfallecer? ¿Se asustó con ese portento de idea y ejecución de Akinsola? Lo cierto, es que reaccionó bien y empezó a amontonar hombres por las bandas.
Allí donde se escondían esos atletas disfrazados de los que hablo.
Los españoles están acostumbrados a vivir con bombas que pueden explotar en cualquier momento en cualquier lugar. España es el único país de Occidente, en el que una banda terrorista como ETA, se puede dar el lujo de tener un respetable apoyo ciudadano y eso es considerado normal. Vistos esos antecedentes, el equipo español no tuvo problemas para resistir bien a la presión del dios Tictac, el de los mecanismos de relojería.
En un buen gesto táctico, Iago cambió de punta y volvió a su banda izquierda.
Pocos momentos después, el juez japonés permitió que los nigerianos se cobraran un tiro libre con la pelota todavía rodando. A lo que siguió un tiro libre felizmente inocuo para España. ¿Dónde obtuvo este árbitro japonés su licencia arbitral?, me pregunté. ¿En una tienda de Yamaha?
Lo que sí propició esa patinada del juez –pero los españoles también lo permitieron- fue hacerles perder la concentración que venían manteniendo.
Cinco minutos más.
Son esos momentos en los que hay que actuar con cara de palo y no dejarse turbar el gesto por nada. Ni por un gol. (No se está perdiendo por cinco o tres a cero. El partido va cero a cero. Hasta un gol, se puede igualar, todavía.)
Cara de palo y adelante, decía, y ahí vino la oportunidad de Iago. Un disparo desde unos 35 metros que el portero desvió al corner, seguido de otro ataque español.
El partido de golpes francos, se había convertido en uno de nervios francos, ahora.
Ya valía cualquier cosa en el par de minutos finales del partido: codazos, faltas graves por ambas partes, trampillas, poses histriónicas, pelotazos al cielo para calmar al Dios Relojero que vive en las nubes, seguramente.
Un partido vibrante.
De esos que solo pueden terminar definidos por los penales. Allí donde empieza otra fase diferente y que tiene sus propias reglas de juego y dramatismo.
Sin olvidar la tragedia.
Pero esa ya será historia, me dije, empezando a relajarme. Quise ver un buen partido y mi deseo se ha cumplido. Quise escribir paralelamente y mi otro deseo también lo he cumplido.
Si este es un ejemplo de lo que se nos viene en el futuro, entonces, me dije, atención Mundo, atención Mayores, que África ya hace demasiado tiempo que se está haciendo esperar. (Como soy de los que se desean justicia en el mundo, hasta esto lo aplaudo y me alegro por el Continente Olvidado.)
Por otra parte, me puedo imaginar perfectamente que de la base de este excelente equipo de muchachos españoles salga la selección del próximo o del subsiguiente mundial de mayores. Por lo menos.
Eso, independientemente del resultado que ya conocemos todos, pero que yo no conocía cuando terminé de escribir esta última palabra.
HjorgeV, domingo 09-09-2007 14:32

Escrito por hjorgev