POBRES VÍCTIMAS DE LA EVOLUCIÓN

16 Septiembre 2007

Esto ha tenido que ser para reírse.

Pero, también, para que se sonrojaran muchos de los participantes con los resultados del experimento, me digo.

Durante un estudio, hecho aparentemente con fines estadísticos y sociológicos (se trataba en realidad de un experimento dirigido por una universidad usamericana de Indiana), cada persona de dos grupos de hombres y mujeres tenía que mencionar –por separado- qué criterios utilizaba personalmente al momento de escoger pareja.

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Dejemos volar la imaginación y escojamos con la fantasía a cinco personas de cada grupo y entrevistémoslas individualmente.

¿Andrés?

-Eh –empieza él-. Tiene que ser una mujer inteligente, claro. Es decir, tiene que ser alguien que se interese por la cultura. Y por la educación de nuestros futuros hijos. Me gustaría tener una familia, ¿sabe?

¿Ernesto?

-Para mí lo más importante es la imagen –hace un gesto con las dos manos, como quien envuelve una esfera con ellas- global, integral, vamos a decir. O sea, una persona que sepa de todo. No solo de cómo llevar una casa y esas cosas. Alguien a quien le guste la música, mis aficiones. Leer.

¿Mario?

-Difícil pregunta –sonríe-. Creo que uno lleva una especie de modelo en su cabeza y siempre está buscando a alguien que responda a ese modelo.

-¿Y cuál es ese modelo en su caso?

-No sé bien. Una mujer guapa, de aspecto sobrio pero no tímido. Alguien que sin ser agresiva, demuestre no ser inerme. Me la imagino con cabello largo y de carácter serio, pero no extremamente reservado. Sin cultura no tendría ninguna chance conmigo. Aunque no tendría que ser necesariamente una académica.

¿Leonardo?

-Para mí lo más importante es que sepa amar a su esposo y a su hogar, sin que eso signifique que tenga que renunciar a sus propios intereses. No tiene que ser una experta en cocina y le tiene que gustar viajar.

¿José Gustavo?

-Me lo pone difícil, ¿sabe? He probado más o menos de todo en mi vida, y sigo sin saber qué tipo de mujer me va más. La verdad, con lo ocupado que ando en el trabajo, últimamente me importa un comino. Pero tiene que haber entendimiento a la primera. Sí, señor. Si algo puedo afirmar es que tenemos que entendernos desde el primer momento, sin esperar a tener que discutir para llegar a ello.

¿Patricia?

-Uy, qué difícil –se ríe y hace gestos con el rostro-. Me contento con que sea un hombre atractivo y con los pies bien puestos sobre el suelo. Sería fatal que no tenga un buen gusto personal en el vestir, por ejemplo, pero pienso que se puede aprender a vivir con ese tipo de cosas –sonríe, maliciosamente.

¿Mariela?

-Alto, atractivo, sin que esto signifique que tenga que ser una belleza de hombre. Que tenga ese no sé qué que distingue a unos de otros. Que sepa lo que quiere y que no se atreva a mirar a ninguna otra mujer. Exitoso, por cierto, pero no un patán.

¿Tere?

-Me gustan los hombres fuertes, pero he descubierto que la vida nos da más de una mala sorpresa en ese sentido. Además, soy media feminista, ¿sabe?, y tengo que reconocer que hay muy pocos hombres que saben no confundir la fuerza con la razón.

¿Sara?

-Romántico. Definitivamente. Aunque sé que eso puede ser tomado a mal. Si sabe llevarte a las nubes y no dejar que caigas sin paracaídas de regreso a tierra, sería una bendición para mí. Le podría perdonar muchos de sus defectos.

¿Lisa?

-¿La verdad? ¿O mi ideal?

-Ambos, si desea.

-Todas las mujeres deseamos un hombre guapísimo y romántico, no hay vuelta que darle.

-¿Con cuál se queda?

-Eso depende para qué –empieza a reír.

-Dígalo.

-No. Sé que se trata de una encuesta –dice ella-. Seamos prácticos. Decente, presentable, deportista, respetuoso, buen padre. Culto y de buen gusto. No pediría más.

Aunque estas respuestas me las acabo de inventar, esperando tengan algo de representativas, su contenido no es algo que deba interesar, realmente.

-¿Cómo? -pregunta mi Lector Atento, despertándose-. Ninguna de ellas dijo nada sobre ’sensible’ o ‘bien posicionado’.

(Por eso, también, me he permitido imaginármelas.)

-¿Por qué? ¿Cómo que no interesa lo que dice cada persona? -pregunta él, quien tiene la extraña cualidad de leer el pensamiento.

No. No interesa.

Según este estudio, al juntarse los dos grupos, femenino y masculino, y pedirles que pasaran a la práctica, los criterios quedaron en el papel. Simplemente en el papel.

-¡Zas! -exclama él-. ¿De allí, al basurero, al tacho de papel, a la papelera?

Así de simple.

En la práctica, la gran mayoría se guió por los principios básicos y convencionales que se conocen:

Los hombres tienden a buscar la mujer más atractiva.

Las mujeres al hombre que les pueda asegurar más estabilidad o seguridad económica.

¡Plaf!

Así de fácil, jóvenas y jóvenes, señoras y señores, ladies and germans. Son los resultados publicados por Peter Todd, investigador de Cognición Humana de la Universidad de Bloomington, Indiana, EEUU.

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Veo, como hombre y como persona, que la tendencia masculina es muy clara, aunque muchos no se atrevan o no quieran ver el obvio mensaje que está detrás.

¿Por qué, según este estudio, los hombres tienden a buscar la mujer más atractiva? ¿Por qué busca alguien en general algo atractivo?, me pregunto.

Me imagino que, por dos razones. Por cuestiones de imagen o presentación, y por cuestiones de hedonismo.

Porque queremos que nos vean junto a alguien atractivo, sería lo primero.

Lo segundo, según mi opinión: el hombre se guía por sus instintos y busca la posibilidad que le prometa más placer sexual, tanto actualmente como en el futuro.

Lo curioso es que el investigador usamericano se ha basado en una encuesta especial levantada aquí en Alemania, en Munich concretamente, y no en su país. En un ambiente relajado y estéril, los participantes tenían que señalar primero –aisladamente- cuáles eran los criterios que seguían en la búsqueda de pareja.

Confrontados, después, con señalar a cuáles de los participantes del sexo opuesto escogerían como pareja, los criterios primero señalados quedaron –en gran medida- en mera teoría.

¿Qué sucedió?

Si hay algo que personalmente aprendería de este estudio, es lo siguiente.

En el fondo, la civilización no solo nos ha enseñado a mentir mejor, nos ha enseñado, también, a mentirnos mejor a nosotros mismos.

-Existe una abismal diferencia entre lo que la gente afirma buscar en su futura pareja y lo que realmente busca en la práctica –afirma Peter Todd.

Los resultados son claros.

Somos víctimas de una gran dicotomía motora.

Por un lado, buscamos, vamos a decir, con el espíritu; por otro lado, en el momento de los momentos, en el de la verdad, es el cuerpo el que vence. Nuestros instintos por nosotros.

En el estudio hecho, las mujeres más atractivas fueron escogidas más o menos por unanimidad.

-¿Significa esto, que en el fondo somos todos más o menos como los políticos? –me pregunta mi Lector Atento, ese loro que llevo parado sobre mi hombro derecho y que suele dormir, pero se despierta para hacer determinadas preguntas impertinentes.

-Sí –le respondo-. Así parece.

Por el contrario, el criterio de las mujeres se rigió –con una pizca menos de unanimidad- por las características riqueza y seguridad. Así de claro.

 

El experimento también ha servido para mostrar una diferencia entre hombres y mujeres que no todos parecen conocer.

Los hombres se mostraron dispuestos a salir con la mitad de las mujeres participantes. Es decir, con la mitad de ellas se imaginaban los varones saliendo de copas, al cine, a bailar o algún concierto.

Las mujeres, en cambio, solo mostraron interés por un grupo más reducido de sus contrincantes: solo por un tercio de ellos.

Un tercio. La tercera parte de todos.

-¿Y los dos tercios restantes? –pregunta mi Lector Atento-. ¡¿A bañarse?!

-Cero interés –le respondo-. Lo siento mucho. Al agua.

-Yo no participé en ese estudio –me responde él, guiñándome un ojo.

Esto deja ver que las mujeres –por lo menos las del grupo en cuestión- no solo mostraron ser muy calculadoras en su elección, sino, a la vez, mucho más exigentes y selectivas que los varones.

-¿Frías y calculadoras? –pregunta el Pesado sobre mi hombro.

-Yo no lo he dicho –le respondo.

Otro dato interesante del estudio es que las mujeres acomodaron y ajustaron sus criterios selectivos de acuerdo a su propio atractivo físico.

Es decir, su elección pasó por ver críticamente cuáles eran sus chances reales, según la propia consideración de su propio atractivo físico.

No es fácil el asunto.

Propia consideración de su propio atractivo. No se trata de una cacofonía vana.

Una persona puede tener cierto atractivo y no ser muy consciente de él. O, por el contrario, ser muy o demasiado consciente de él.

Hay otro nivel, independientemente de cuán consciente se pueda ser del poco o mayor atractivo que se pudiera tener.

Hay personas que se menosprecian, además, siendo guapos o feos. Otras, potencian mentalmente lo poco o mucho que poseen.

(Existe otro nivel todavía: qué tanto te importa, verdaderamente, todo esto. Y otro más: visto qué tanto te importa esto, o no: cómo influye en tu vida.)

-Las mujeres fueron capaces de verse críticamente. Los hombres no –afirma Peter Todd.

Esa es la otra gran diferencia entre hombres y mujeres.

-Querrás decir, entre los hombres y mujeres participantes de este estudio –dice mi Loro Atento-. Y no me cambies el nombre. Mucho papeleo, después, ¿sabes?

-Así es –asiento-. Y lo siento.

Para tranquilidad emocional e intelectual de todos, los estudios publicados en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences, no hacen sino confirmar ciertas suposiciones de la teoría de la evolución que ya existían, según el mismo investigador.

El esquema, según el cual las mujeres se guían por la mejor ‘calidad’ de los varones y éstos por el buen aspecto físico de ellas, hace aumentar la probabilidad de procrear más y más sanas criaturas.

Qué alivio.

Solo nos estamos guiando por las leyes naturales de la evolución, me digo.

-¿Ahora todo es culpa de los genes? – dice mi Lector Loro.

-Un poco más de respeto, por favor –le digo yo.

-Pobrecitos los hombres -dice mi Loro-. Somos víctimas de la evolución.

-Los hombres, Lorito -le remarco.

-Por eso, pues -replica él-. ¿Tú crees que los loros no hemos evolucionado o qué?

-Permíteme que continúe -me resigno.

-Ellas por lo menos son solo víctimas de la seguridad económica -añade, pero ya no le hago caso. Solo me falta un par de líneas para acabar y me esperan más tareas.

Los hombres estudiados eligieron sin importarles la chance ‘real’ que podían tener. Gordos, feos, esperpentos y contrahechos desearon -en el experimento- solo una cosa: la más bella.

¿Son más calculadoras las mujeres, entonces, que nosotros los hombres?

Parece que sí.

Es decir, los tontitos somos nosotros. Un par de detalles y perdemos la cabeza. Y el sentido, al parecer. Los sentidos.

¿Algo nuevo?

No lo creo. Solo que hemos aprendido a disimularlo u ‘olvidarlo’ más o menos bien.

Ya llevamos miles de años así.

HjorgeV

Colonia, domingo 16-09-2007