Una amiga me ha hecho recordar que una vez conocí, aquí en Colonia, a alguien que cada vez que llegaba a uno de los lugares en el que yo cantaba, me pedía el más inmortal de todos los boleros inmortales: Bésame mucho.
A esa persona le gustaban algunos boleros más.
De esos que empiezan paseándote por las nubes, pero, si te descuidas, puedes terminar saliendo de unos pantanos cavernosos, extasiado y cubierto de lágrimas, sí, pero también de una sustancia pegajosa que puede saber como la miel, y que es además muy oscura y apenas consigues quitarte del cuerpo. En mi país recibe el nombre de huachafería.
Su claro favorito, empero, era el bolero de la mexicana Consuelo Velásquez, y el que no podía faltar de ninguna manera en sus visitas al lugar.
Debo confesar que a mí me resultaba más que penoso ver a una mujer escuchándome cantar como si fuera yo el último artista de un Titanic visible solo para ella.
Lo hacía con éxtasis profano y gestos de esos que ni un coleccionista de cosas raras querría que figurara en sus catálogos. Tenía ella caderas muy anchas, vestía siempre gruesas ropas oscuras que lo ocultaban casi todo -menos su ostensible sobrepeso- y estaba en esa edad indefinible que acoge a ciertas mujeres que siguen soñando con el amor perdido -o por venir- y ese amor tal vez ya se murió de viejo. O aún no ha nacido ni nacerá jamás.
No voy a decir que cada vez que la veía, me entraban ganas de esconderme, porque me ganaba los frejoles -justamente- cantando y tratando de encantar; que es lo que se hace con algunos animales; ciertas serpientes, por ejemplo.
Pero muy lejos de vencer la tentación de salir huyendo tampoco estaba yo.
¿Qué me resultaba más penoso?
¿Saber que yo nunca ganaría un Óscar por mi actuación musical en ninguna película, porque, para empezar, nunca se me había cumplido el sueño de actuar en alguna?
¿Su actitud de pleno éxtasis sufriente y los gestos histriónicos que lo acompañaban al escucharme?
¿Las risitas apenas disimuladas de la dueña de ese boliche colonés, como bien llamaban los argentinos a ese lugar?
¿Las miraditas de las camareras y del resto del personal?
¿Mis esfuerzos por cantarle en su mesa a la mujer, tratando de guardar la compostura delante de los demás presentes y hacerlo de tal manera de no echarme a reír yo mismo en cualquier momento, ni, por supuesto, a llorar?
Lo de boliche era muy preciso, porque el lugar era –en principio- un restaurante, pero para poder sobrevivir económicamente como tal, la dueña (alemana, de la región) era capaz de instalar un circo al mediodía, una chicharronería por la tarde y un concierto de jazz latino a medianoche. Tal vez fonda o taberna no le habrían caído tampoco mal como nombre a aquel lugar. Las horas entre las siete y las once de la noche, eso sí, las reservaba ella exclusivamente para su pasión: la cocina italiana.
A partir de las diez, cuando los comensales de la función principal empezaban a levantarse de sus asientos, comenzaba a llegar también la gente que había comido cualquier cosa en cualquier lugar, o en su casa, y el boliche empezaba a tomar el aspecto de un café muy concurrido.
A eso de la medianoche, cuando por fin desembarcaban los bravos de la escena, ya nadie tomaba café, y el alcohol y otras drogas debían seguir muy bien su curso, porque el ambiente parecía propio del de un burdel gratuito y eso no creo que sea algo fácil de conseguir así no más.
Sobre todo los fines de semana llegaba a armarse una barahúnda tal, que más de algún pasante se quedaba parado frente al ventanal para saber qué era lo que podrían estar regalando, vista la cantidad de gente allí congregada y de variopinta presencia y procedencia continental.
“Si hay lugares y seres condenados a la perdición eterna”, le dije a alguien alguna vez, contemplando esa escena, “es fascinante ver, cómo se pueden mover en esa caída tan cómodos como peces en el agua”.
En lo que a mí competía, la dueña solía dejarme cantar con mi guitarra los martes y los jueves y esos eran los días en los que la Mujer del Bolero solía aparecerse.
Llegaba siempre sola. Casi arrastrando sus gruesas vestimentas que a mí se me antojaban como capas geológicas o -a veces- como penas superpuestas. Tal vez las llevaba con la esperanza de hacerse creer a sí misma y a los demás que su volumen corporal se lo debía exclusivamente a esas prendas.
La primera vez que me pidió cantar ese tema me agarró desprevenido.
Bésame mucho no es un tema fácil de interpretar, a pesar de su relativa y engañadora sencillez.
Además, como toda buena obra de arte, tiene muchas lecturas. Y este es un proceso –el de su lectura diversa- que no se detiene en el tiempo, avanzando, diversificándose y amoldándose a los nuevos gustos y tendencias musicales. Tal vez la mejor interpretación la pueda dar una muchachita de quince o dieciséis años, que toma asiento solitariamente frente a un piano de cola y empieza a componer, mientras piensa en su amor casi imposible, a quien –en realidad- nunca ha besado.
Todos éstos, requisitos que yo no podía cumplir, pero sí su autora en su momento, la famosa compositora mexicana, quien ya reposa en el precielo destinado a los grandes artistas de este mundo y que lo compuso justamente a esa edad, según propia confesión.
Pero esa primera noche no me tomé especialmente en serio el asunto. Sabes que es un tema difícil; que venga la piscina con su agua helada, te dices. Ya pasará.
Para alguien que tenía que cantar desde La bamba, pasando por Alfonsina y el mar y el Porompompero, hasta llegar a alguna canción de Janet (¿Por qué te vas?, no es una broma) para satisfacer los insistentes deseos de los clientes, llegaba un momento en el que ese tipo de oficio activaba una serie de procesos en tu cerebro que tenían mucho que ver con una especie de indolencia, actitud positiva y simple deseo de supervivencia. Muchas otras posibilidades no podía tener un músico de cantina o de un boliche así.
O te cuadras y aceptas las leyes, muchacho, o ahí está la puerta. También podías colgar la viola por voluntad propia, claro; algo que, por lo demás, nunca he hecho, me gane, o no, el pan –con queso- con ella.
Como esa puerta de escape solo podía constituir, por lo demás, un simple cambio de escenario donde poder pasar dignamente de Alma, corazón y vida a Cucurrucú paloma para ganarse el sustento, no resultaba difícil tomar una decisión que además solía estar -como parte de la paga- generosamente regada con vino italiano -de los verdaderamente peleones- y acompañada de una buena pizza crocante, hecha por algún iraní, palestino o turco y, rara vez, por un vero italiano.
Y allí me tenían a mí, cantándole boleros a la mujer de los vestidos especialmente pesados y anchos, tan gruesos tal vez como su propia epidermis, seguramente plena ésta de una alta sensibilidad que debía haber ido acumulando toda una vida por capas, para irla soltando más o menos cada dos semanas allí.
Recuerdo que por esos días vi una película en la que había un tipo que también vivía obsesionado por la misma canción.
Ya no recuerdo el título del filme. En él, la obsesión había tomado una forma más material: se había sublimado en discos. El personaje en cuestión, coleccionaba todo tipo de versiones en vinilo del inmortal tema de Consuelito Velásquez, que ni los Beatles -los Melenudos de Liverpool- se atrevieron a dejar de lado.
También recuerdo que esa visión me alivió un poco.
“Esa mujer no está sola en este mundo”, me tranquilicé. Había alguien más. Por lo menos alguien -aunque no real, muy bien materializado en una película- que compartía su obsesión.
Se lo tenía que contar.
Recuerdo que esperé los días con impaciencia para volver a verla y poder contárselo. Ardía de ganas por hacerlo. Recuerdo que me preparé para la ocasión, ensayando varias versiones, con diferentes tipos de ritmo y de actitud al cantarla. Compliqué los acordes. Me acicalé. Averigüé si la canción no tendría alguna estrofa poco conocida. Me puse gomina como para una gala, vestí mis ropas más negras y presentables para esa ocasión.
Bésame mucho como si fuera esta noche la última vez.
No es fácil cantarlo. No es fácil dejar de caer en el cliché por interpretarlo como debe ser: un miedo existencial a todo, bañado de amor y sensualidad. Dejar la vida en el par de minutos que dura una canción.
Te tienen, te poseen y te besan, y, sin embargo, te están cogiendo del cuello como si ya no estuvieras allí (un imposible), aunque tú tampoco hayas pensado ni un solo momento en alejarte ni apartar tus labios.
Pero no la volví a ver.
Después, recuerdo que le conté el caso a mi novia de entonces, una chica tan bonita y dulce que no podía llegar a tomarme del todo en serio y quien me creyó mal de la cabeza por andar hablando de esa mujer. La Mujer del Bolero, como la llamaba yo.
-No puedes dejar de pensar en ella, ¿no? –me dijo una vez, acariciándome las mejillas dulcemente como a un niño que se ha extraviado, en uno de nuestros paseos de fin de semana por las viejas calles del Casco Antiguo de Colonia, junto al Rin.
-¿Será que ha muerto? –le pregunté, mientras trataba de reencontrar sus dulces manos entre las diversas capas de ropa que ese invierno colonés, particularmente frío, nos obligó a llevar.
-Riveliño, por favor –me dijo ella, deteniéndome, con ternura, sujetándome de los dos hombros y usando el diminutivo que correspondía a los resondrones que a veces me impartía.
-¿A qué se dedicaría, a qué amor estaría esperando? –le pregunté, como ausente, evitando sus ojos azules, para contemplar el puente Severin como si fuera un barco a punto de partir.
No pude volver a encontrar sus manos, porque no me había dado cuenta que ella había empezado a alejarse de mí.
-Debes estar chiflado –me dijo al fin, con una tristeza acaso infinita.
Se encontraba al borde del llanto y yo no lo había notado. Desvié mi vista hacia el río.
Luego vi cómo se alejaba por las viejas calles de la ciudad, junto al Rin, cómo se perdía entre el vaho frío y la gente, mientras yo iba alternando esa visión con la del puente Severin a mi derecha.
A ella, yo la llamaba Mi Consuelo. Y tampoco la volví a ver más.
HjorgeV
Colonia, domingo 16/lunes 17 de septiembre del 2007

Escrito por hjorgev