SIN VISA PARA LONDRES

18 Septiembre 2007

TRENES DE ALEMANIA

-El problema tiene varios aspectos. Es complejo –le dije al que acababa de conocer, mientras esperábamos el tren que llevaría a Félix hacia el sur de Alemania-. No creo que sea sencillo.

Nadie lo había anunciado, pero ya era obvio que el tren se estaba retrasando.

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Félix y yo fuimos compañeros de salón en el mismo colegio limeño. Ahora reside en este país por cuestiones de trabajo. Tiene pasaporte usamericano.

Según el cálculo del joven informático, a quien le había preguntado si podría guiar una vez en el tren hasta su asiento a mi amigo Félix, el retraso sería de diez minutos en total. Algo que no estaba anunciado en las pantallas correspondientes.

Mi ex compañero de colegio es invidente.

-Existe un proyecto de una facultad de Matemáticas con el que se pretende optimizar los horarios de los trenes –me dijo él.

El joven informático debía estar próximo a cumplir los 30. Aún no había terminado sus estudios, supuse, porque tenía el aspecto de quien todavía no sabe lo que es pagar sus impuestos ni tener que reclamarlos.

-Creo que para empezar –opiné-, bastaría con optimizar la información que ya existe. Hacerla visible y clara. Así se ganaría bastante.

-Sí, también –dijo él, seguramente fastidiado, pero sin hacerlo notar apenas.

Supuse que debía llevar por lo menos dos computadoras consigo, a juzgar por su forma de hablar. Era uno de esos tipos inquietos y geniales que si no pueden usar la portátil, tienen que tener alguna versión alternativa a la mano. En todo caso, un celular de los de última generación.

-¿De qué se trata? –pregunté. A mi lado, Félix escuchaba atentamente. Su alemán lo acaba de aprender y oyendo lo afina.

-¿Cómo que de qué se trata? –preguntó mi interlocutor.

-Sí. ¿Cuál es el problema con los trenes alemanes?

-Son impuntuales. Con un buen programa informático se podría reducir esa impuntualidad.

-Pero, ¿para quién es el verdadero problema?

-Para todos.

-No –opiné-. Creo que eso es parte del problema.

-¡Claro! –exclamó él-. El problema es para los usuarios, para la empresa, para la economía.

-Justamente creo que allí radica uno de los malentendidos del asunto. Para empezar, el problema de la impuntualidad lo es para la empresa en la medida en que esa impuntualidad les puede causar malestar. Pero no es así. La gente se queja, refunfuña para sí misma, pero nada más. Los empleados siguen haciendo su trabajo, mal o bien, y punto.

-¿Adónde quiere llegar? –me preguntó.

Sabía que era un tipo despierto y que tenía las cosas claras.

-No hay un interés verdadero general porque la DB, los Trenes de Alemania, cumplan su función a cabalidad.

Se le notaba impaciente y fastidiado, esta vez porque notamos que el tren empezaba a aparecer al fondo, debajo del borde inicial del enorme techado de hierro y cristal ¿plástico? de la Estación Central de Colonia.

-Para mí uno de los grandes problemas de los Trenes de Alemania es la actitud –le dije, sin esperar a que me entendiera o no.

-Para mí la falta de un buen programa informático.

-También. Pero, ¿qué se ganaría con un buen programa, si los responsables no tuvieran interés en aplicarlo, por ejemplo, sin esa actitud que le digo?

-Eso ya es una cuestión meramente logística.

-¿Ya ve? –le dije-. Y una cuestión logística es una cuestión de actitud. De actitud pensante. ¿Qué se quiere conseguir? ¿Para qué, dado el caso? ¿De dónde a dónde? ¿Con qué medios físicos? ¿En cuánto tiempo? ¿Con qué dinero se cuenta? ¿Con cuánta gente? ¿Quiere esta gente de verdad trabajar para los Trenes de Alemania? ¿O está más preocupada en pensar en sus vacaciones, en cuándo se enfermará para tener unos días libres y cuánto ganará cuando se jubile? ¿Le interesa a los empleados cumplir con la puntualidad? ¿Le interesa a la empresa? Créame, hay gente que trabaja en un determinado sector de la economía y no sabe lo que en verdad está vendiendo. Ni para qué, claro.

-El tema es amplio.

-Mire –le dije, finalmente, viendo que el tren empezaba a detenerse frente a nosotros-. Este año, por primera vez en los 22 que llevo en Alemania, se ha nombrado como Director Ciclovial (el encargado de las ciclovías o carriles para las bicicletas de la ciudad), a alguien que no tiene automóvil y lo hace todo con la bicicleta. ¿Me entiende? Lo leí hace un mes. ¡Más de 20 años llevaba preguntándome, ¿quién diablos planea las ciclovías en esta ciudad?!

-El tema da para más –me dijo él, ofreciéndome la mano cordialmente a modo de despedida.

-Félix –le dije, dirigiéndome a mi ex compañero de colegio-. Creo que te dejo en buenas manos. ¿Qué vagón te correspondía?

-El seis –respondió él-. Asiento número 48.

Levanté la vista para tratar de saber qué número tenía el vagón que teníamos delante nuestro. No me fue posible ubicar ningún número especialmente visible.

-¿Ya ve? –le dije a Karsten, así se llamaba-. ¿Dónde diablos se puede ver qué número tiene este vagón? ¿Se ha preocupado alguien de pensar en eso? ¿El que pintó este vagón viaja en tren? ¿Ha tenido que verse en esta situación? La primera pregunta que se les tendría que hacer a los postulantes a un empleo en los Trenes de Alemania debería ser: “¿Ha viajado alguna vez en tren? ¿Cuántos años lleva haciéndolo? ¿Es usted crítico con nuestro servicio?”

Karsten sonrió, mientras ayudaba a mi amigo ciego a subir las escalinatas del vagón, sujetándolo del brazo y empujándolo con suavidad para guiarlo.

Sacudí la cabeza una vez y le hice el gesto de levantar el codo como quien ofrece su brazo como apoyo a alguien. Esa es la mejor forma de guiar a un ciego, no poniéndolo por delante nuestro como si fuera nuestro guía él. Entendió enseguida. Una persona inteligente.

-El problema es que así se pierde tiempo y se crea nerviosismo -añadí-, sobre todo para la gente con dificultades para moverse, los que no son alemanes y los que usan muy pocas veces o por primera vez el tren. El nerviosismo lleva a cometer errores. ¿Es este mi vagón? ¿Es este mi tren? Allí también empiezan los retrasos. Cuando todo eso se empieza a sumar y a crear un efecto cadena o dominó en el sistema, entonces allí tiene el retrato actual de los Trenes de Alemania –concluí, sabiendo que ya apenas me podía escuchar.

Quise hacer una señal de despedida con la mano dirigida a mi amigo invidente, pero lo dejé.

Lo habíamos conseguido.

Esa noche -la de ayer- tenía que recoger a Félix del aeropuerto, recorrer la distancia correspondiente hasta el centro de Colonia y llegar a tiempo a la Estación Central para que pudiera alcanzar su conexión hacia el sur de Alemania.

Tuvimos suerte.

Félix es invidente casi desde que terminamos la secundaria.

Fuimos compañeros de colegio durante muchos años y muy buenos amigos, además, especialmente en los dos últimos.

Entonces todavía veía un poco. Se sentaba en la primera fila y hacía grandes esfuerzos para ver lo que había en la pizarra. A pesar de eso, terminó con notas más que aceptables y en muy buena consideración por parte de los profesores.

Vivía en el ‘aristocrático’ barrio de Breña, en la que debía haber sido una especie de mansión de una clase alta muy exitosa que empezó a asentarse en esa zona de la periferia de Lima entre finales del siglo antepasado y comienzos del pasado, y que no podía saber que su barrio verdaderamente aristocrático de antaño, alguna vez se convertiría en un simple barrio popular limeño.

Recuerdo especialmente las noches de los fines de semana de los dos últimos años de colegio. Ese ritual de las fiestas de los viernes y los sábados es algo que de alguna manera no he podido aceptar que ya no exista, a pesar de los años pasados.

El último año de colegio tuvo que ser especialmente duro para él, pero Félix nunca se quejó, al contrario, tenía una sonrisa bastante agradable con la que parecía poder enfrentar todo tipo de problemas y hasta bromas especialmente malignas que le gastaban por sus problemas visuales.

Todavía podía ver y reconocer las cosas bastante bien cuando había buena iluminación, pero bastaba que ésta desapareciera, para que las cosas y las personas se fueran –casi materialmente- con ella.

A muchas de esas fiestas asistimos juntos. Quedábamos a una hora y después yo pasaba a recogerlo.

Recuerdo haber olvidado un par de veces su ceguera incipiente por conversar especialmente concentrado con él. Tenía que advertirle de la presencia de obstáculos en el camino, como los postes de alumbrado, el final y el comienzo de las veredas, y la presencia de bancas o cercados de arbustos.

De pronto, ¡zas!, Félix se mandaba su aparatoso golpe, yo me disculpaba y él retornaba a la ruta con esa sonrisa que digo y que me sigue pareciendo misteriosa.

Recuerdo esto no por los golpes anecdóticos, sino por su actitud frente a ellos. Tal vez contrastándolo con la manía que tienen mis convivientes teutones de renegar ante todo tipo de adversidades, independientemente de su magnitud, importancia y lo fundamentales que pudieran ser, o no.

El caso es que por esas casualidades de la vida, Félix ahora también trabaja en Alemania desde hace unos meses y ya me ha visitado aquí en Colonia.

Esta vez quedamos en asistir juntos a una reunión de ex alumnos de nuestro colegio limeño en Londres.

La Sección Europea del H.Ch.A, la llamé yo. Aunque después me enteré que había sido toda una fiesta de fin de semana con la presencia de unas 60 personas en total, acogidas en la casa de nuestra amiga y ex compañera Giuliana, quien vive en la capital inglesa casi desde que salió del colegio.

 

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, martes 18-09-2007