SIN VISA PARA LONDRES (Continuación)

19 Septiembre 2007

TRENES, AEROPUERTOS Y VISADOS

Los vuelos a Londres los habíamos reservado casi medio año atrás.

Según lo planeado, mi amigo y ex compañero de colegio, debía llegar el viernes –pasado- por la noche. Yo lo recogería, pasaría la noche en casa y partiríamos al aeropuerto unas horas después, el sábado en la madrugada.

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Como hicimos la reserva y adquirimos los boletos por la red, tuvimos que imprimir –cada uno por su lado- los boletos en casa, directamente desde el portal de German Wings.

El problema de los Trenes de Alemania, también lo tienen -pero en menor medida- los Aviones de Alemania (nombre inventado, para referirme a la aviación comercial, en general).

Son cosas de las cuales los alemanes no se terminan de enterar, tan convencidos como están de su desarrollo, pero que en la práctica resulta ridículo y patético tener que vivirlas.

Aclaremos. El alemán no suele quejarse.

El que tiene que esperar por algo, espera y punto. ¿No es peor en países como el mío, el Perú?, me podría preguntar alguien.

-¡Claro que sí! –le respondería.

-Llego en el tren de las 23:03 al andén 2 –me había escrito Félix y me lo había vuelto a repetir al teléfono.

-¿De Heidelberg, no?

-No, de Karlsruhe, porque hago un trasbordo allí.

-De acuerdo –le dije.

Eso fue el jueves por la noche. La noche anterior, me había lesionado en el partido de entrenamiento con mi nuevo equipo. No sabía bien qué era, pero tenía que ver con la columna. El viernes se agravó el problema y se convirtió en una especie de lumbago. Nada especial en sí. Se trata más bien de una grave llamada de atención del cuerpo. “Así, conmigo, no”, te está diciendo. Lo cual en mi caso significaba que calentar solo quince o veinte minutos antes de cada partido de entrenamiento y luego irme a casa sin hacer estiramientos ni un trote ‘post-esfuerzo’ no era lo que quería ni necesitaba mi cuerpo.

Adoro caer enfermo de vez en cuando. Son días que puedo pasar sin ninguna responsabilidad (ni siquiera de tener que comer) y que puedo dedicar total e irresponsablemente a la lectura y a otra de mis aficiones: dormir. Nadie te molesta. Nadie te puede reprochar nada. Salvo la enfermedad: condiciones paradisíacas para mí.

Si la cosa seguía así, me dije, no iba poder irme a Londres, según lo planeado. El quiropráctico, se le ocurrió a mi esposa. Buena idea. Encima, una ocasión para ver a un latino.

-Jorge –me dijo el experto colombiano, mientras me iba sacando conejos de la columna-, si crees que hacer deporte es solo condición y fuerza, vas a tener más problemas parecidos. Tienes que hacer más estiramientos y ejercicios puntuales para la columna.

-Y calentar más –agregué.

Al final, cuando le quise pagar, me di cuenta que no llevaba nada en los bolsillos.

-¿Y con qué vas a pagar las pizzas, Mapi? –me preguntó Jorge Juan, mi hijo mayor, de seis años. Él y el menor me habían acompañado al consultorio y jugaban en la pieza contigua saltando montados sobre balones gigantes.

-En la camioneta siempre tengo algo de dinero para cualquier emergencia, no te preocupes –le respondí.

-No, pues –me dijo el especialista colombiano-. Me pagas la próxima vez.

-Ah –le respondí-, buscando pretextos para que vuelva.

Se rió y nos despedimos.

Ya mucho mejor después del tratamiento quiropráctico y de los masajes, me dirigí a la Estación Central. Andén número dos, el tren de las 23:03.

Di un vistazo al reloj. Félix no estaba por ninguna parte.

-Perdone usted –me dirigí a una muchacha que debía estar esperando a alguien, a juzgar por su actitud-. ¿El tren de Karlsruhe?

Movió la cabeza en señal de negación.

-Ni idea –me respondió, como si le hubiera preguntado por Neptalí Reyes.

El día anterior, Félix me había contado que se le acababa de perder el celular.

-¿A ti?

-No, a alguien que se lo había prestado.

No le pregunté por qué ese alguien no había tenido el diminuto gesto de devolverle otro celular a alguien que verdaderamente lo necesita.

23:15, Félix seguía sin aparecer. ¿Le había entendido mal?

Volví a revisar mi libreta de apuntes. No, no me había equivocado yo.

Me acerqué a una caseta de control. Dentro había una empleada de los Trenes de Alemania con su uniforme y su quepí. Por el gesto que hizo, no le agradaba nada la idea de tener que atender a un cliente.

-Perdone –le dije, con carisma-. Estoy esperando a un amigo que es invidente y que tenía que haber llegado en el tren de las 23:03 de Karlsruhe.

-¿De Karlsruhe? –dijo ella, extrañándose con la pregunta-. Que yo sepa a este andén no llegan los que vienen de esa ciudad. Espere.

Esperé a que revisara la información en la pantalla.

-¿Ve ese tren que está entrando al andén número 4? –asentí-. Ese es el de Karlsruhe.

Punto.

Mi amigo había obtenido simplemente una falsa información de un empleado de los TA (DB en alemán, Deutsche Bahn). Alguien que sabía que se trataba de un invidente, le había dado una información falsa.

¿Por qué?

Esa noche llevé a mi amigo a casa y le conté que andaba un poco mal de la espalda, pero que confiaba en recuperarme hasta Londres. Antes, después de la sesión quiropráctica, mis dos hijos varones con los que había ido, me habían pedido comprar pizzas en el camino. Estuvieron riquísimas y de paso aproveché para comprar un buen vino tinto chileno. Reserva del 2003.

Pero, cuando le mostré la botella me sentí mal.

Un malestar de esos que solo suelen sentirse a esa edad en la que has tomado tanto que solo la visión de más alcohol te provoca náuseas.

Así me sentía.

Félix fue comprensivo y me dijo que no me preocupara, que mejor sería que descansáramos. Teníamos unas cuatro horas para dormir.

Pero no pude. Un malestar estomacal intenso no me dejó dormir. Nunca me había sucedido algo así. Apliqué dos veces el remedio del gato, algo que suele ser muy efectivo en muchos casos, pero el malestar continuó. Un dolor sordo y pesado que te hace cuestionarte hasta la vida que llevas. Con una bolsa de agua muy caliente sobre el abdomen, por lo menos pude descansar un poco.

No me lo podía creer.

A las 5 de la mañana, cuando sonó el despertador -¿había dormido algo o solo dormitado?-, mi estómago me exigió inmediatamente las últimas arcadas y por fin me sentí aliviado. Algo es algo, me dije. A pesar del poco sueño, me sentí renacer. Quedaba lo de la espalda y la ruta al aeropuerto.

Ambas, dos cosas muy temidas para mí.

(-¿No será un virus? –me preguntó después mi esposa antes de partir.

Eso hubiera faltado, pensé. Un virus estomacal y lumbago para pasar un fin de semana en Londres.)

Al mal tiempo, buena cara, es una de mis divisas.

Felizmente la autopista al aeropuerto estaba más que despejada a esa temprana hora de la mañana y llegamos relativamente rápido.

Esta vez me tomé la molestia de comprobar si la señalización es la adecuada, teniendo en cuenta que la ruta a los aeropuertos la suelen tomar también extranjeros que no hablan alemán.

Tal como había creído, no lo está.

Empieza muy bien, figurando al lado de Flughafen (aeropuerto en alemán, de Flug, vuelo, y Hafen, puerto) la figura de un avión.

(Y en la que el avión no es más grande que la flecha, para no causar confusiones. El que maneja o conduce no tiene mucho tiempo para examinar los letreros viales.)

Pero, en algún momento, solo se consigna la palabra alemana en los letreros. Alguien que no habla alemán y tiene prisa, puede pasar terribles momentos esperando no haberse equivocado de ruta. Llegamos.

Nos quedaba estacionar convenientemente y presentarnos al mostrador de la compañía de aviación, la German Wings.

El trecho del estacionamiento al mismo aeropuerto nos tomó casi quince minutos. En el camino, estuve a punto de preguntar a alguien si íbamos bien porque la señalización es -parcialmente- un desastre.

Me acerqué al primer mostrador –de Información- y me dirigí al hombre con el uniforme de German Wings, detrás de él.

-¿Nos podría decir, por favor, adónde debemos dirigirnos para hacer el cotejo de documentos y equipaje?

-¡Aquí! –me respondió, con ese gesto del que se sorprende de que lo interrumpan para hacer tan obvia pregunta. Encima, sin ninguna simpatía. Luego continuó con lo que hacía frente a su pantalla, pasando a ignorarnos.

Eso es algo que adoro. Famoso este país por ello. ¿De dónde reclutarán gente para trabajar en puestos así?, me pregunté una vez más. Puestos en los que la simpatía y el buen trato deberían ser inherentes a ellos. La Atención al Público, muchas veces no es atención ni al público se le trata como público.

Si es todo tan obvio, ¿qué diablos hacen recibiendo dinero tipos como él, aparte de asombrarse porque otros no saben lo que para él son los detalles de su –más o menos- cárcel diaria durante todo el año? Él se sabe todo de memoria. Qué bien.

Le puse los pasaportes y los boletos sobre el mostrador.

-No, no, no aquí exactamente –dijo, apresurándose a devolverme lo dado-. Un momento, deje que me fije. Mostradores 2 al 5.

Me lo quedé observando, mirándolo fijamente. ¿Por qué me había dicho “aquí”, entonces?

-¿Habla castellano? ¿Español? –le pregunté, en castellano.

-Nein.

(No, en alemán. Se lee nain.)

No pude contener mi curiosidad y seguí preguntando.

-¿Lei parla italiano?

-Nein.

-¿Português? ¿Parler vous français?

-Nein, nein.

(No los domino.)

-Ajá –le dije, recogiendo los documentos y hablando como para mí mismo, en alemán-. Y trabajando en una caseta de información en un aeropuerto europeo este señor.

-Hablo inglés –replicó él, rápidamente, pero en alemán.

¡En alemán comunicando que habla inglés!

-¿Ah, sí? Yo tengo un tío que tiene un amigo que tiene una fábrica de fósforos.

No me entendió. Pero, mal inicio, igual. Eso de dormir una o dos horas y con un dolor encima, no era nada recomendable esa mañana.

En fin, me dije, y enrumbamos a los benditos mostradores.

Esta vez, primero entregué el pasaporte y el boleto de mi amigo. Mientras esperaba su cotejo, me acordé de las dos veces que, por cuestiones diferentes, me fue negado el vuelo en el mostrador de un aeropuerto.

Me ha sucedido dos veces. Te dicen: “No puede volar usted”. No es nada que me guste especialmente, pero puedo vivir con ello.

Trato de tomarlo con absoluta serenidad. Son esas situaciones en las que no puedes hacer nada y corres el riesgo, además, de hacer el ridículo. Deporte que detesto.

La primera vez me sucedió hace algunos años al llegar a Tenerife. Había llegado para pasar una semana de vacaciones e iba solo.

-Su pasaporte no tiene el visado español.

-¿Visado? –le pregunté extrañado, al policía.

-Sí. Usted como peruano necesita de un visado para entrar a España.

Casi le respondo que no debía olvidar que estábamos en África (no son muchos los kilómetros desde las Canarias hasta la costa africana), pero seguro que no me entendería la broma, pensé.

-Lo desconocía, lo siento.

Era la verdad.

-Yo también lo siento mucho -él-. Pero no se puede hacer nada.

-Ya.

Tranquilo, me dije. Hay cosas peores, pensé. Tenerife no se va a mover en los próximos meses ni años.

-¿No se lo comunicaron en la agencia de viajes?

-Pues, no, mire –le respondí. Luego añadí:

-Perdone la pregunta, ¿desde cuándo es necesario un visado para los peruanos?

-Desde las cero horas del día de hoy –me respondió.

-Ah. Entiendo.

Sonreí. Casi le respondo:

-¿Y qué quería, que me enterara en pleno vuelo?

En cambio, callé. Luego le dije, tajantemente, como quien da una orden:

-Muy bien, cabo Rodríguez, me pongo a sus órdenes para que usted organice mi regreso inmediato a Alemania.

El tipo se quedó mudo por un extenso momento.

Termina mañana…

HjorgeV

Colonia, 19-09-2007