Ella me llevaba de la mano a sus playas,
me hacía conocer sus olas
(las dominaba todas).
A veces me soltaba y dejaba que probara
las corrientes y las diversas
profundidades, mar adentro.
-¡Ven, te va a gustar! –casi me gritaba, de contento.
Yo me dejaba llevar como un
niño que ha descubierto acaso un
nuevo mundo y
me esforzaba porque en mi mente
no ocurriera ninguna función
pensante
(bastante tenía ya con el sol
tostándome la piel y su cuerpo
soberbio,
haciéndome recordar a cada momento que la vida
es después de todo
nada más que
un vano
y voraz
reloj).
Llegada la tarde,
ella volvía a tomar mi mano
y nos dejábamos guiar por el sol
a nuestras espaldas
para volver a nuestro alojamiento.
Me parecía una eternidad
entonces.
¡Habría querido correr cada tarde
de esas
por los arenales
para poder llegar al fin y
abrazarla y creer que así podría
hacerla mía
en la cabaña y dueña
de mis pasos por venir!
A lo lejos,
como a escondidas por entre nuestras
sombras alargadas y los
arenales,
veíamos ciertas luces y resplandores
imposibles
que parecían hacernos
señales
que nosotros no sabíamos
comprender.
Pero entonces yo
era demasiado feliz de
su mano
como para fijarme en otras cosas
que no fueran el camino o
nuestras huellas sobre la arena.
Demasiado feliz como para
desprenderme de su suave tacto, de
su mirada como turbada sobre mi hombro y
del calor solar
sobre nuestras
espaldas,
un calor que se moría como un animalito
que se ha portado bien
y no ve por qué tiene
que abandonar
este mundo.
Demasiado feliz como para
comprender
ninguna señal
de los arenales,
ni entender que esa misma
mano
podía irse cualquier
tarde con el
Sol.
HjorgeV
Colonia, 22-09-2007