PADRE SOL (poema)

Ella me llevaba de la mano a sus playas,

me hacía conocer sus olas

(las dominaba todas).

A veces me soltaba y dejaba que probara

las corrientes y las diversas

profundidades, mar adentro.

 

-¡Ven, te va a gustar! –casi me gritaba, de contento.

 

Yo me dejaba llevar como un

niño que ha descubierto acaso un

nuevo mundo y

me esforzaba porque en mi mente

no ocurriera ninguna función

pensante

(bastante tenía ya con el sol

tostándome la piel y su cuerpo

soberbio,

haciéndome recordar a cada momento que la vida

es después de todo

nada más que

un vano

y voraz

reloj).

 

Llegada la tarde,

ella volvía a tomar mi mano

y nos dejábamos guiar por el sol

a nuestras espaldas

para volver a nuestro alojamiento.

 

Me parecía una eternidad

entonces.

¡Habría querido correr cada tarde

de esas

por los arenales

para poder llegar al fin y

abrazarla y creer que así podría

hacerla mía

en la cabaña y dueña

de mis pasos por venir!

 

A lo lejos,

como a escondidas por entre nuestras

sombras alargadas y los

arenales,

veíamos ciertas luces y resplandores

imposibles

que parecían hacernos

señales

que nosotros no sabíamos

comprender.

 

Pero entonces yo

era demasiado feliz de

su mano

como para fijarme en otras cosas

que no fueran el camino o

nuestras huellas sobre la arena.

 

Demasiado feliz como para

desprenderme de su suave tacto, de

su mirada como turbada sobre mi hombro y

del calor solar

sobre nuestras

espaldas,

un calor que se moría como un animalito

que se ha portado bien

y no ve por qué tiene

que abandonar

este mundo.

 

Demasiado feliz como para

comprender

ninguna señal

de los arenales,

ni entender que esa misma

mano

podía irse cualquier

tarde con el

Sol.

 

 HjorgeV

Colonia,  22-09-2007

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