HEDOR DE CONVERTIBLE

Lo contado anteayer, me hizo recordar unos días que pasé a finales del siglo pasado en Tenerife y que estuve a punto de perderme porque había entrado en vigor una nueva regla migratoria española justo el día de mi viaje.

¿Cómo habría podido enterarme en pleno vuelo?

 

Recuerdo especialmente esas cortas vacaciones, sobre todo, porque la noche anterior a mi regreso, se apareció el administrador del hotel en mi habitación para hacerme algunas preguntas.

-¿Preguntas? –le dije yo, irritado porque me encontraba en mi habitación viendo un partido del Barça. ¿Qué preguntas tenía que hacerme el administrador de un hotel un día de fin de semana por la noche, en mi habitación, además?

-Sí, algunas preguntas –remarcó él, más o menos tímidamente, sin saber bien qué tono de voz elegir.

-No, gracias –le dije y empecé a cerrar la puerta de la habitación.

Admiro a la gente que sabe presentarse y te expone su asunto, preocupación, dificultad, tarea o simple problema: “Perdóneme usted, pero se trata de tal o cual cosa y le rogamos su colaboración”.

Colaboración que, entonces, está en tu potestad ofrecer o negar.

-Mire, usted –me dijo él, antes de que yo terminara de cerrar la puerta-. Se trata del coche que usted alquiló.

-Tampoco tengo interés –le dije, deteniéndome en mis movimientos y empezándole a hablarle más claramente.- Mire, señor. Usted vive, se gana su dinero atendiendo a gente como yo que tiene que descansar de vez en cuando para poder ganarse su propio dinero y venir a dejarlo a lugares como este. ¿Me entiende?

-Sí, sí, lo entiendo –dijo él, cambiando de actitud.

-Solo quiero que me deje en paz. No me interesan rifas ni tómbolas, ni nada por el estilo. Es más, no me interesa en absoluto lo que tenga que decirme. Ni siquiera tengo esa curiosidad. No soy curioso para muchas cosas. ¿Está bien? Mañana parto y punto.

Me dispuse a cerrar la puerta.

-Mire –insistió él, rápidamente-. El coche que usted ayer devolvió ha desaparecido.

Detuve mis movimientos y me lo quedé mirando por un instante. Sonreí.

Mi impulsión me quería llevar a decirle: “Entonces, entre, revise mi equipaje, cerciórese de que no me llevo nada parecido y luego déjeme en paz”.

Pero gente así, no suele entender ese tipo de bromas.

Reflexioné sobre si acaso el tipo había llegado a ese cargo por sus méritos, es decir porque era medianamente inteligente y trabajador, o por otras razones. No es raro. Una vez que las cosas funcionan en algún lugar, mantener cierta dinámica no es muy difícil. Solo hay que conocerla. Y para eso no hay que ser ninguna lumbrera en nada. Pero, hay que tener la oportunidad, y eso a veces se consigue con buenos contactos.

Repasé sus palabras. En lo que me había dicho estaba también la respuesta que él buscaba.

-Repítalo, por favor –le dije, mostrando aún más impaciencia.

-Usted, alquiló un Renault convertible rojo, ¿no es cierto?

-No había otro color en ese momento -le respondí-. Póngame las esposas. Me declaro culpable.

Sonrió como con pena. Algo era algo.

-Bueno, pues –continuó-. El coche ha desaparecido.

-Suponiendo que el tema me interesa –le dije-, ¿me permite que repita sus palabras iniciales?

Asintió como un perrito contento de encontrar por fin a su dueño.

-Textualmente: “El coche que usted ayer devolvió ha desaparecido”. ¿Es correcto?

-Exacto.

-¿Está seguro?

-Sí.

-Entonces, déjeme en paz, caballero. Sino voy a llamar a la policía si insiste en molestarme.

-Pero, por favor… –dijo él, empezando a mostrar una especie de indignación.

-Repito: “El coche que usted ayer devolvió ha desaparecido”. ¿Es correcto? ¿Eso es exactamente lo que usted me ha dicho, no?

Asintió.

-Entonces, si ya devolví el automóvil, como usted mismo dice, ¿qué diablos quiere ahora? ¿Que lo saque del sombrero? ¿Qué sombrero? Por favor, le ruego que me deje en paz.

Hay gente que no puede soportar que la despidan. Ellos tienen que hacerlo. Con razón, por mérito o por justicia. Como sea. Esa gente siempre quiere tener la última palabra.

-Pues, sí, sí. Eso es lo que dice la agencia. Pero… -insistió.

-Perdón –lo interrumpí-. De ser cierto lo que dice, ¿qué tiene usted que hacer en todo esto? ¿No me dice que es usted el administrador del hotel?

-Sí, sí. Disculpe que se lo diga –me respondió, sin saber si hacerse el duro, dejarlo en un tono normal o suavizarlo como debería corresponder a ese tipo de relaciones entre un empleado de un hotel y un cliente-. Pero, eh, digamos que no es bonito que nuestro hotel gane alguna mala fama por algo así, ¿sabe?

¿Había escuchado bien? ¿Me estaba insinuando que estaba probado que yo había robado o hecho desaparecer el convertible que había alquilado casi una semana allí?

-Es una broma, ¿no? –le dije, con el gesto más que serio.

No entendió a la primera. Conecté la voz de mando. Detesto usarla, pero a veces es necesario hacerlo.

-Mire, está jugando el Barcelona. Llevamos cinco minutos aquí. Usted se ha aparecido de repente y sigo sin saber de qué va todo esto. ¿Me va a hacer el favor o tengo que traer mi pelota?

Encajó el golpe, pero no se preocupó por entender. Me quedó mirando.

-Puede ser acusado del robo de un automóvil -me dijo, tratando de devolverme el golpe.

Me reí.

-Entonces, por favor. Le recomiendo que vaya a la policía hoy, porque mañana me voy. Y, por favor, le ruego que ahora me deje en paz.

Sabía perfectamente lo que había hecho con el convertible. Volví a recapitular lo sucedido la noche anterior. No podía cometer un error haciéndolo.

La idea había sido alquilar el vehículo hasta el último día de mi estancia en Tenerife, pero, ya en los primeros días me había aburrido solemnemente.

Era la primera vez que conducía un convertible y fue algo que no me entusiasmó especialmente. Tenía su encanto, sí. Pero, también, demasiado ruido ambiental, la sensación de velocidad era otra, el viento jugaba alrededor de la cabeza influyendo en la capacidad de concentración. Hay gente que lo ve como un buen sustituto de un caballo. Y les gusta además el rugir de un fuerte motor debajo de sus nalgas. Digamos que lo puedo entender –no, realmente-, pero sigo prefiriendo un espacio cerrado, climatizado y con buena música, sin ruidos contaminantes.

Otra cosa debe ser conducir acompañado. Por alguien especial o con amigos. A los cuatro o cinco días me harté de recibir el sol en plena cabeza y ofender a mis oídos, y decidí devolverlo.

Me atendió una señorita bastante rubia que tenía que ser española por la forma de hablar. Era guapa, tenía un enorme y lindo busto y un aún más enorme interés en que no pasara desapercibido.

-Lo alquiló hasta mañana –me hizo notar, con una sonrisa.

Había pagado por adelantado.

-Me harté –le repliqué-. ¿Dónde lo dejo?

-¿Se hartó, dice? -preguntó ella, dejando los ojos demasiado abiertos.

-Ha escuchado bien -le respondí, con una sonrisa.

-¿Dónde está ahora?

Le expliqué dónde lo había estacionado.

-Puede dejarlo allí, no se preocupe. Eso sí, le tengo que cobrar hasta mañana. Tiene que comprender. Es decir, no le podemos devolver nada.

Después, habíamos charlado un poco porque quería saber cómo había hecho para hartarme de un automóvil así. Y me había despedido cortésmente, diciéndole que no se preocupara por el dinero perdido.

De todo eso me acordaba perfectamente.

-Oiga –insistió el administrador-. Haga el favor de colaborar. No se ha perdido un perrito. Se trata de un coche. Usted sabe lo que cuesta algo así.

Casi le dije algo feo, tratando de refutar la tozudez que me acababa de decir, pero callé.

-Mire –le dije, después de esa pausa dramática-. Le voy a hacer un favor. Voy a repetir sus propias palabras. “El coche que usted ayer devolvió ha desaparecido”. ¿Es correcto?

-Ya le dije que sí.

-Entonces –volví a cambiar de tono de voz, escogiendo uno severo-. Si lo devolví, repito, ¿qué diablos me importa si el pobre se enamoró después de una vaca que pasaba por ahí, se casaron y se fueron de luna de miel a Irak?

El tipo me quedó mirando. Había comprendido.

Volví a repasar mentalmente la situación. Si lo que decía era verdad, entonces la empleada rubia, guapa y pechugona había cometido un grave error.

Por un momento pensé que eso me podría traer verdaderos problemas, en caso de que ella negara mi versión. Pero, ¿qué podía decir ella a modo de defensa? ¿Que me pidió que le indicara personalmente el lugar donde había dejado el vehículo pero que yo me negué? Imposible. Tendría que haberme denunciado enseguida.

¿Que yo le había mentido? Tendría que haberlo comprobado en ese mismo momento.

Para estas cosas, me dije, existen procedimientos estandarizados. Es obligación de la casa arrendadora hacerlos cumplir, no del cliente. A éste solo le compete interesarse por ellos, en la medida en que tiene que cumplirlos, pero nada más.

¿Qué podía ser lo más grave?

Nada, resumí. Ni hablar. Nada. No tenía pies ni cabeza el asunto. Se trataba de una masa deforme y resbalosa. Por lo demás, me volví a preguntar, ¿qué pintaba el tipo en todo esto? ¿Creía que yo me había tragado lo del prestigio del hotel? El asunto sonaba y olía muy mal. Hedía.

-La empleada dice que lo que usted le dijo no era cierto.

-Qué pena –le dije-. ¿Me deja ver al Barça?

También podía ser que se tratara de un chanchullo de los empleados. ¿Quién roba un vehículo en un lugar tan transitado? Además, robar un vehículo no es tan fácil en una isla como Tenerife. Deben mantenerlo escondido durante un buen tiempo y cambiarle las características externas. No hay muchos convertibles, encima. No. El asunto apestaba como un animal muerto a la vera del camino.

-¿Está seguro que lo dejó donde le dijo a Marga? –preguntó él. No supe qué había en su tono. Tal vez una mezcla fantástica de todo. Pena, vergüenza, pillería, astucia, ruego.

-Marga es su novia, ¿no?

-Sí –dijo con una sonrisa de orgullo y vergüenza a la vez-. Ella puede ganarse grandes líos, ¿sabe?

¿Y a mí qué me podía importar, si no había cumplido su trabajo como debía ser?

-¿Ya denunciaron el caso a la policía? –le pregunté.

No me respondió.

-¿Sería mucho rogarle que nos vuelva a enseñar el lugar dónde dejó el coche? –me preguntó, en cambio.

Sopesé todas las posibilidades.

No me había respondido si ya había denunciado el caso a la policía. De ser negativa la respuesta, eso era un indicador más de que se trataba de un claro chanchullo. ¿Qué esperaban? ¿Qué apareciera el convertible con un helado en la mano y pidiera disculpas por haberse ausentado? ¿Encontrarlo en mi habitación? ¿Que me lo llevara en el avión de regreso a Alemania?

Accedí. Le dije que cuando terminara el partido podría hacerlo. Se alegró de alguna manera.

Ya no sé cómo jugó el Barça. Después bajé, pasé por la recepción y acompañé al administrador hasta el lugar donde había dejado el Renault rojo. Había esperado que apareciera Marga, la que decía que era su novia, pero no fue así.

Por supuesto que no encontramos nada.

Después quiso invitarme a una copa, pero me negué. El asunto apestaba demasiado. El convertible francés, sin tener la culpa de nada, despedía un hedor simplemente insoportable. Tenía demasiadas preguntas para hacerle a ese administrador de hotel. ¿Qué hacía él persiguiendo -aparentemente- las huellas de un automóvil cuya desaparición ya se tendría que haber reportado a la policía y no por él? Y esa solo era una de las primeras preguntas que tenía para hacer.

No volví a saber más del asunto.

HjorgeV

Colonia, 25-09-2007

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