POSTALES DE ALEMANIA: BUSCANDO CASA

Un amigo alemán me cuenta que está buscando casa.

-¿Casa? –le pregunto yo y me acuerdo enseguida de un peruano que tenía varios apodos o sobrenombres y uno de ellos era el de Pepe Casa.

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-Muchachas –les había dicho una vez a un grupo de peruanas que formaban corrillo en una reunión-. Estoy buscando casa. Si saben de algo, por favor, me pasan la voz.

-Carlitos –le replicó una de ellas, haciendo uso de uno de sus otros apodos-. Tú querrás decir que estás buscando un departamento, un apartamento o un cuarto. O, tal vez, un lugar dónde dormir. O un piso, como se dice en España.

Pepe, conocido por su lengua que era como un revólver bien entrenado del lejano oeste, se vio metido en una incómoda situación. No era la primera vez.

-Casa –repitió él, fastidiado-. Si uno dice casa, es porque busca casa, ¿no?

Las chicas se rieron.

-¡Casa! –insistió él, y se alejó enojado.

-¿Y tú por qué tienes que decirle nada? –le reprochó otra de ellas a la que había tratado de aclarar las cosas, cuando Pepe ya se había retirado.

-¿Cómo que no? El bacancito ése viene a interrumpirnos, encima hace una pregunta ostensiblemente tonta y ¿tú te quejas? Estamos en Alemania. No lo olvides. ¿Qué dirías tú si yo dijera que busco un marido de verdad, por ejemplo?

-¡Que estás buscando una aventura por una noche! –exclamó alguien del grupo. Las muchachas se echaron a reír.

Pepe, Carlitos, también llamado Luis, encontró casa. No un departamento, apartamento ni un cuarto. Consiguió casa.

El grupo de peruanas, cuando se volvió a reunir, no lo podía creer.

-¿Consiguió casa, ese, ese personaje, él, el mismo? –fue una de las preguntas que se hicieron como quien ve el cuerpo de un gigantesco dinosaurio rubio y moribundo en plena calle.

-Casa –dijo otra.

-¡Casa! –confirmó la que sabía.

-No, no, no –intervino otra-. No bromeen. Ustedes quieren decir que consiguió un lugar donde dormir, vivir o pasar la noche. Ese no tenía dónde caerse, por lo que yo sabía.

-Por eso –dijo la que estaba más informada.

-¿Cómo que por eso? –preguntaron las demás, sin entender nada, casi en coro.

-Sí, por eso –dijo ella, con esa sonrisa de quien sabe que guarda una información como un pequeño tesoro y los demás están pendientes de ella.

-Cuenta, cuenta –dijeron las demás.

-Cortito, nomás –dijo ella-. Ahora vive en una pequeña, vamos a decir, mansión.

Las otras hicieron “¡Oohhhhh!” en coro.

-¿No era que no tenía donde caerse?

-No, pero tuvo suerte. Un embajador lo ha acogido –informó ella, con voz engolada, haciendo una pausa dramática primero-. El Embajador de Lanzarote en Colonia le ha prestado un cuarto de su casa.

¡Prestado! ¡Un simple cuarto, además!

¡Pero, casa, al fin!

Todas echaron a reír al unísono. Lanzarote no tiene embajadores en ningún lugar, es una de las Islas Canarias, solamente. Ella se refería a Tomás G., un empresario canario de Lanzarote conocido por su gran corazón y sus continuas ayudas a todo tipo de necesitados.

-¿Casa? –le vuelvo a preguntar a mi amigo alemán-. ¿O un departamento?

Lo hago porque sé que tiene una novia eterna con la que tienen lo que ellos llaman su hijo: un perro afgano de un lindo color marrón.

-No, no –me aclara él-. Hemos pensado que sería hora de vivir bien. Los dos ganamos un buen sueldo y queremos probar con espacios más grandes. La calle es la Damm, cerca de donde viven ustedes. Estamos ultimando los últimos detalles del contrato.

-¿La Damm? –me pregunto, como si pudiera despertar en mi cerebro conocimientos dormidos, cuando lo cierto es que tengo una pésima memoria para ese tipo de cosas-. Me suena.

-Está al final de la calle que lleva a la zona donde viven ustedes. Es la penúltima o la antepenúltima casa, antes de que empiecen los campos.

Me quedo pensando por un momento. Me suena, me suena algo todo esto.

-Había entendido que tenían un bonito departamento. Y que no pagaban mucho -le digo, para disimular mi ignorancia.

Sabía que vivían en lo que había sido un establo y que es lo que está de moda actualmente. Un grupo de personas, alguien emprendedor o cada vez más empresas pequeñas le ponen el ojo a un establo o pequeña granja y empiezan las negociaciones con el dueño. El trasfondo del asunto es que cada vez menos gente quiere seguir la tradición de sus padres en el campo agrícola. Nadie más quiere ser un agricultor, por más que los de este país conduzcan un Mercedes y hagan vacaciones como el resto de sus compatriotas. Los pocos interesados en el negocio lo hacen cada vez más con ayuda de las nuevas tecnologías y contratando mano de obra temporal. De tal manera que lo que aquí llamo establo, y que es una especie de granja en combinación con unidades habitacionales, es algo que ya no se necesita, pero que tiene su gran encanto rural.

La moda la iniciaron los llamados alternativos. Gente que quería estar cerca de la naturaleza y alejarse del barullo de las grandes ciudades. Muchas veces pagaban el alquiler ayudando en las labores agrícolas o propias de una granja: ordeñar vacas, dar de comer a los animales, limpiar establos, esas cosas. Se trataba de estudiantes, artistas, pasotas y disidentes del sistema.

Las nuevas generaciones de colonos acaso están constituidas por los estudiantes de otrora, que ahora tienen la posibilidad de ganar un buen sueldo y quieren retomar sus sueños de ayer, pero con las comodidades de hoy. Así, hoy, esos establos o granjas que antes permitían solo un par de rústicas comodidades, siguen conservando su apariencia rural por fuera, pero por dentro se trata de modernísimas viviendas familiares, mayormente.

En uno de esos establos refaccionados y modernizados vive mi amigo con lo que él llama su eterna novia, porque llevan más de quince años juntos y no se han casado ni piensan tener hijos.

-El departamento sigue siendo bonito, pero es necesario emprender una serie de cambios y refacciones.

-¿Y cuál es el problema?, si me permites la pregunta.

-¿Qué? –me pregunta él, empezando a reír-. ¿Tienes miedo de que nos mudemos muy cerca a donde viven ustedes o qué?

-Touché –le digo, usando una expresión francesa que no es rara en este país.

Significa ‘tocado’, es decir ‘me tocaste’, ‘me diste’, dejándome fuera de combate. ‘Me pescaste’, en este caso.

Reímos un buen rato.

-No, es imposible seguir allí. La dueña nos lo pone cada vez más difícil.

Callo. El que quiere contar, debe hacerlo sin que se lo exijan.

-¿Te lo puedes imaginar? –continúa él-. ¡Su propio departamento tiene ventanas que tienen más de 60 años de antigüedad!

-Falta de dinero no será –le digo.

-¡Qué va! La tipa se pudre en plata.

-Falta de interés, entonces –agrego-. La fuerza de la costumbre.

-Pero eso no es todo –me dice él, habiendo entrado en calor.

Bebemos de un vino blanco griego, Biblia Chora, cuyo nombre no sabemos cómo pronunciar. ¿Cómo ‘cora’, como dice él, o como si fuera castellano, ‘chora’? No conocemos a ningún griego y nos tenemos que quedar sin saberlo por ahora.

-Su departamento no tiene calefacción. Usa una serie de calentadores eléctricos que va moviendo por las habitaciones, según lo necesita.

-Entonces, puede ser por dinero.

-Te digo que no –insiste él-. Tiene una hija que vive con su novio en la misma ex granja. Me acaba de contar entre lágrimas que el departamento de su madre, de la dueña, es el único que no ha sido renovado. ¿Te lo puedes imaginar?

-¿No tiene una chimenea?

-No. Eso es algo en lo que yo también pensé.

-Rarísimo. Tiene que haber otro tipo de problemas detrás de todo esto. No es normal –le digo yo, sin saber, en realidad, qué pensar, porque solo se me ocurren preguntas.

-Lo que yo creo –dice él, adelantándoseme-, es que no puede con la administración de la ex granja.

-Existen empresas que se encargan de eso por no mucho dinero.

-No quiere pagarlo. Es simplemente una tacaña, para qué darle vueltas. Su problema es la avaricia. Punto.

-¿Siempre fue así?

-Te lo repito: su departamento tiene ventanas con más de 60 años de antigüedad.

-De la época de la Segunda Guerra Mundial.

-Ya te lo puedes imaginar. Vidrios simples y el aire que se cuela por todas las junturas.

-Lo conozco –le digo-. En el negocio que tenía, llegué a ahorrar casi el 30% en energía, después de cambiar las ventanas. Costó mucho dinero hacerlo, pero al cabo de un par de años ya estaba amortizada la inversión.

Una vivienda mal aislada necesita más energía, porque en invierno se cuela el frío por todas partes, enfriando los ambientes, y, en verano, se calienta más y en menos tiempo.

Los vidrios de las ventanas modernas están constituidos por una doble capa, entre las que se hace el vacío. Eso hace aumentar el aislamiento térmico como en los termos, precisamente: dos capas y el vacío entre ellas.

-¿Te lo puedes imaginar? –repite él, ayudado por el vino, me imagino-. ¿Solo con tres centímetros de corcho o un material parecido, se obtiene el mismo aislamiento térmico que con un muro de un metro de ancho y ellos no están dispuestos a hacer nada por mejorar el nivel de vida de quien les paga bien? Llevamos once años viviendo allí.

-Tiene que haber más detrás –insisto, por mi parte-. ¿Y el marido, el padre de tu amiga?

-No para en casa. Tienen otra granja y se pasa la mayor parte del tiempo allá.

-Ajá –reflexiono-. ¿Alcohol?

-Él debe beber por lo menos un litro de vino al día. Los fines de semana, dos. Ella, creo que un poco menos.

Estoy tentado a preguntar cómo lo sabe, pero recuerdo enseguida que son amigos de la hija de los dueños.

-¿Qué edad tienen? –le pregunto. El efecto del gran consumo de alcohol varía un poco con la edad. Y la constitución de las personas. Y con el momento. Llevo dos copas, es tarde y estoy que me duermo.

-Alrededor de los 60 –me responde.

-Avaricia, crisis emocional por la separación de hecho, alcoholismo, la desesperación por saber que el reloj de la vida no se puede alterar. Amargura. La amargura lleva mucha gente a tratar de arruinar la vida de los demás, cuando se ven en la situación de no poder hacer nada por salvar la suya propia.

-Tenemos un juicio pendiente con los dueños por no haber hecho ciertas refacciones. Estamos hartos. Queremos cambiar de casa.

-¿Ya vieron la nueva?

-Pertenece a unos polacos.

Hago un gesto de asombro.

-A alguien de apellido polaco, querrás decir -le digo, sirviéndole el resto del vino.

-Sí, sí, claro.

Los polacos son conocidos aquí en Alemania como la nueva mano de obra alemana. Vienen de su país por temporadas, hacen los trabajos más duros, ganan mal para los estándares alemanes, pero en relativamente poco tiempo, ganan el dinero que en su país les tomaría años hacerlo.

De pronto, cae una manzana de Newton en mi cerebro. Plaf.

-Ya sé de qué casa se trata –le digo-. El fundamento no es muy nuevo, pero ha sido completamente refaccionada y renovada no hace mucho, ¿no?

-Así es. ¿La conoces? –me pregunta mi amigo.

-Nunca he estado por dentro. Pero mis dos hijos menores sí. Son nuestros vecinos. Nuestros hijos juegan juntos. Se llevan bien, los niños. Él es ingeniero y ella académica. Filósofa creo. Se han pasado casi dos años renovando su casa. Había escuchado que se querían mudar. Increíble –le digo-. ¿Quién se pasa dos años con albañiles desde la hora del desayuno hasta bien avanzada la tarde, para luego decir, no, mejor buscamos otra cosa?

-Suerte para nosotros –me dice él, levantándose de su asiento y empezando a despedirse.

-Oye, Sven -le digo, porque se me acaba de ocurrir-. ¿No será una metáfora?

-¿Qué?

-La reacción de la dueña. Una buena ventana no deja pasar el frío, pero tampoco el calor. Ahorra energía, pero aisla. Tal vez lo que no quiere es aislarse aún más de su medio. O de lo que le queda de su medio y su burda reacción es esa. No se atreve a decir la verdad. Con su terquedad tal vez está diciendo “Jódanse, si no me pueden entender”.

-Nos vemos -me dice él, sin hacerme caso-. Creo que has bebido demasiado.

HjorgeV

Colonia, 26-09-2007

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