POSTALES DE ALEMANIA: UN NUEVO OFICIO

El otro día, a propósito del Oktoberfest (¿o ‘la Oktoberfest’ suena mejor?), me contaron mis hijos que vieron otro reportaje sobre ese festival cervecero muniqués.

-¿Sabes cuánto ganan los que trabajan allí? –me preguntaron.

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-Diez mil euros –dije, por decir-. ¿Se están refiriendo a los camareros, no?

-Sí.

Después me di cuenta de que seguramente había exagerado porque mi cálculo lo había hecho pensando en un mes y el festival solo dura unas dos semanas. 16 días, exactamente, este año.

-Los nuevos ganan de 3 a 4 mil euros. ¿Y los antiguos y los que están en los mejores puestos?

-Diez mil –insistí.

-No. Más.

Como no es un tema que me interese particularmente no supe qué decir. Como niños, les fascinaba la idea de ganar tanto dinero en tan poco tiempo. La respuesta es 15 mil euros. Casi mil por día. Un poco más de 21 mil dólares, al cambio de hoy. No se trata de una broma.

He regresado al tema por algo que vi hace dos noches por las calles de Colonia.

Había salido con la esperanza de hacer un poco de vida nocturna. Era miércoles, medianoche y la ciudad parecía abandonada. La zona del Ring –‘anillo’ en alemán, por su forma y su función circunvalante del centro de la ciudad-, con sus cafés, restaurantes y bares, ¿cuándo se debe llenar?, me pregunté. ¿Sólo los fines de semana?

Como sucede en todas partes, en Colonia no dejan de ponerse de moda ciertas zonas de la ciudad en detrimento de otras. Es algo que muchas veces no tiene ninguna explicación. Racional, se entiende. Y que va dejando una estela de desolación por donde deja su huella.

Cuando llegué aquí hace 22 años, recuerdo que la Südstadt, un barrio al sur de la ciudad, era el de moda. Los fines de semana apenas se podía avanzar por ciertas calles, debido a las verdaderas masas humanas que se formaban, como gigantescos racimos vivientes, sobre todo frente a los locales más de moda. En ese entonces apenas existían los quioscos que en los últimos cinco años han aparecido como hongos por toda la ciudad y que han hecho posible una nueva figura callejera: gente completamente normalita andando de lo más tranquila y feliz con su botella –generalmente de cerveza- en la mano.

Esto último, algo completamente impensable apenas diez años atrás, cuando eso –todavía- constituía la forma más segura de reconocer a los Penner, los clochard, los borrachines sin techo alemanes.

No hace mucho, tuve que visitar esa zona sur de la ciudad –fue un sábado por la noche- y me quedé con la boca abierta. El bar que había sido lo máximo en su momento apenas tenía 8 clientes. Otros habían cerrado sus puertas. Por las calles apenas había gente.

Visitar el centro de Colonia, en ese sentido, es como abrir una caja de sorpresas como la que acabo de mencionar. La llamada recesión económica alemana, que empezó más o menos puntualmente con la implantación del euro y el 11-S, y de la que parece que empieza a recuperarse Germania, ha traído una serie de nuevos fenómenos a este país.

El que acabo de mencionar, por ejemplo: la moda de llevar una botella con algún tipo de bebida alcohólica en la mano. Es más barato, claro, pagar un euro por esa botella en un quiosco, que los 3 a 5 euros que cuesta en los bares.

Junto a este fenómeno, han aparecido otros que son consecuencia inmediata de él. La gente joven ha empezado a descubrir los parques como centro de diversión y esparcimiento. O simplemente ciertas calles, donde se reúnen los fines de semana llegando a bloquear el tráfico vehicular a cierta hora punta de la noche, para desesperación de muchos negocios.

Pero existe otro fenómeno que no ha escapado a mi vista, tal vez porque tiene que ver indirectamente también con mi pasado. Con una cortísima pero particularmente dura etapa de él. (Tuve suerte entonces, pero no quiero saber qué habría sucedido si no hubiera sido así.)

Estaba en París, acababa de llegar de Lima y nada estaba saliendo como había pensado. Las promesas de trabajo no se habían cumplido. La promesa de alojamiento había sido recortada bruscamente. El dinero se me acababa. Por orgullo, abandoné aún antes el lugar donde estaba, sin detenerme ni un momento a pensar que podía estar cometiendo un grave error y salí –literalmente- a la calle. No hablaba todavía francés, no conocía prácticamente a nadie en la Ciudad Luz. ¿Cómo se me ocurrió hacerlo esa vez?

Lo contaré en otra oportunidad. (Un ángel guardián se me presentó; a mí, ateo convicto y confeso.)

De lo que quería acordarme era de los atardeceres que pasaba en la explanada del Centro Pompidou, contemplando -viendo morir el día- la amplia gama de destinos humanos.

Turistas, borrachines sin techo, grupos de jóvenes magrebíes, artistas callejeros, más turistas, personas solas, parejas enamoradísimas, parisienses con prisa, siempre con prisa. Los atardeceres son óptimos para la observación y la contemplación, porque se puede llegar a pasar desapercibido.

Entre toda esa gente, intentando pasar también desapercibidos como yo, unos seres adustos se movían por entre las sombras hurgando en los basureros y por los rincones.

Recolectaban botellas.

Ese mismo fenómeno ha llegado ahora a Alemania.

Lo volví a ver la otra noche y me llamó la atención, porque vi por primera vez a una mujer haciéndolo. Tenía aspecto de extranjera. Más adelante vi a uno que bien podía ser un alemán bastante mayor común y corriente, arrastrando un carrito tintineante y con el ojo bien abierto en busca de botellas abandonadas.

No es algo aislado. Y es uno de los síntomas de los nuevos tiempos, en los que cada vez los verdaderamente ricos son más -innecesariamente- ricos, mientras que cada vez más gente tiene que vivir de recoger lo que otra arroja a la basura.

El oficio es, entonces, relativamente nuevo.

Durante el mundial pasado, hubo quien se vanagloriaba en un reportaje, de haber hecho una media de mil euros diarios recolectando botellas. El tipo –un alemán- se lo había montado como un oficio o trabajo cualquiera. Vestí un mameluco de trabajo, tenía una furgoneta de carga, usaba guantes y unas pinzas especiales que podía alargar a voluntad.

Si es cierta la suma que mencionó en la televisión, tendría que haber recolectado unas 4.000 botellas diarias. Unas 400 por hora, partiendo de diez horas de trabajo. Unas 6 a 7 cada minuto. Una cada 10 segundos. Lo cual es plausible, si se tiene en cuenta que lo hacía en las entradas del estadio de Colonia. Como está prohibido entrar con botellas, la gente las tiene que devolver –haciendo largas colas- para recuperar el dinero (de 10 a 25 centavos de euro) que se paga extra por el envase. O, abandonarlas, que es lo que hace la mayoría.

Cada vez que veo a alguien haciéndolo, entonces, no puedo dejar de pensar en mi corta estadía en París.

En esos atardeceres dedicados a la contemplación de la gloria y la miseria humanas, en la explanada del Centro Pompidou; días en los que, si alguien llegaba a pronosticarme que terminaría casándome, teniendo cuatro hijos y viviendo en Alemania, le habría soltado -simplemente- una gran carcajada.

HjorgeV

Colonia, 28-09-2007

P.D.: También hay quien se lo toma más deportivamente, claro. Pulsar aquí.

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