NO ES NO
El cabo Rodríguez –no sé si era cabo ni cómo se llamaba, el resto es cierto- se rascó la cabeza y la meneó. Ahora era él, el que tenía un problema.
Me imagino que había contado con cierta resistencia de mi parte, pero no la encontró. Lo había desarmado. ¿Qué esperaría? ¿Ruegos? ¿Súplicas? Para mí: no, suele ser, sencillamente, no.
-A ver, espere, joven –me dijo-. Voy a consultarlo con el comandante.
Cuando regresó me hizo pasar a una oficina, en la que estuve esperando un par de minutos a su jefe.
-Usted viene de vacaciones, ¿no es cierto?
Se dirigía a mí, como quien no sabe qué tono de voz usar con su interlocutor y está tanteando aún el terreno.
Asentí con la cabeza. Venía, quise corregirle, pero, en cambio, solo le sonreí, sin decir nada.
Mentalmente, yo estaba ya estaba de vuelta hacia Alemania. El capítulo Vacaciones en Tenerife ya se había acabado para mí y había procedido a pasar simplemente la página. Faltaba el bronceado y unos días de descanso, pero, salvo eso, nada más.
-¿Puede demostrarlo?
¿Para qué?, quise preguntar, pero enseguida me di cuenta de cuál era su verdadera preocupación. Que yo me quedara en su isla. Es decir, que hiciera lo mismo que hicieron sus antepasados que después deben haber exterminado a la mayoría de los aborígenes guanches que las poblaban, porque no es posible distinguir físicamente a ninguno de sus descendientes en las Islas Canarias. (*)
Decidí no responder.
-Si puede demostrarlo, joven –insistió, perdiendo un poco la paciencia.
Seguí sin responder.
-Si usted puede demostrarlo, podría tratar de ver cómo solucionar su problema.
-No tengo ningún problema –le dije.
Ahora era su problema, ya no el mío.
-Quería pasar una linda semana aquí, aumentar las divisas de la isla, pero veo que ya no es posible –agregué-. Usted no hace nada más que cumplir la ley. No se preocupe.
Se tranquilizó.
-Mire, veo que usted entiende en qué difícil situación uno se encuentra en estos casos. ¿Tiene la reserva del hotel y su boleto de vuelta?
Se los mostré.
-Es obvio que solo le puedo dar un permiso temporal hasta el día de su vuelo de regreso, ¿no?
-Se agradece –le dije.
La lógica policial es, muchas veces, algo que pertenece a ese cajón con la etiqueta de Insondables. Sospecho que, de paso, se quisieron ahorrar el trabajo que significaba organizar mi vuelo de regreso. No lo sé.
La segunda vez también es digna de ser contada.
Me dirigía a Barcelona. Esta vez me esperaban mi esposa y mis dos hijas allá.
-Su pasaporte ha caducado, joven.
-¿Cómo dice, perdón?
Acababa de colocar mi maleta sobre la balanza contigua al mostrador de la compañía.
-Que su pasaporte no es válido, señor.
Era una señorita que, al ver mi pasaporte peruano, pasó del alemán al castellano con naturalidad.
-Ya –fue todo lo que dije, procediendo a retirar mi maleta de la balanza.
Esa vez me dolió especialmente porque había estado sin ver una o dos semanas a mis dos hijas y a mi esposa, y sentía que ya no podía más. Viajaba para encontrarme con ellas allá y regresar después juntos a Alemania.
El amigo que me había hecho el favor de llevarme hasta el aeropuerto no lo podía creer.
-¿No lo sabías?
No le respondí. ¿O tenía que haberle dicho: “Sí, si lo sabía. Lo que pasa es que adoro este tipo de escenas”?
-Espérese –me dijo ella-. Voy a consultarlo con mi jefa.
-Se lo ruego –le dije-. Gracias por intentarlo.
Se retiró por unos momentos.
-No, no es posible. Lo siento, señor –me dio como respuesta, al volver.
-No se preocupe –le dije-. Ya ha tenido la amabilidad de consultarlo. Gracias.
No sé qué cara tendría yo. Para mí, una muy neutral. Pero el golpe emocional había sido terrible. ¿Se notaría? Gente que me conoce dice no saber muchas veces cuándo estoy hablando en serio y cuándo no. ¿Cómo podía saber ella que me dolía no poder ver a mi familia tal como había planeado? No. Ella no lo podía saber.
-Mire –añadió, bajando un tanto el volumen de su voz-. ¿Usted es peruano, no?
-Sí, claro. Es mi pasaporte –le respondí, ya con una sonrisa triste.
-Mire, yo también.
-Ah, mucho gusto, paisana –le dije.
-Mire –continuó, bajando un poco la voz-. Yo sé que no le van a controlar el pasaporte al llegar a Barcelona, porque se trata de un vuelo intereuropeo. Voy a hacer como si no me hubiera dado cuenta de nada. ¿Le parece?
¡Y si me parecía!
-¿No es mucho riesgo para usted, señorita? –le pregunté, tratando de ser franco, aún en mi contra.
-No creo. Solo le ruego que si por alguna razón esto se llegara a descubrir, no diga quién lo hizo.
-Creo que no sería mi obligación tener que decirlo –le respondí-. Gracias.
Salto en el tiempo y en el espacio.
Dejemos el minúsculo aeropuerto de Mönchengladbach y regresemos al sábado pasado, dejando un par de años atrás, al aeropuerto de Köln-Bonn. (El nombre de la ciudad de Colonia en alemán, el primero.)
Después de dejar atrás a nuestro simpático nuevo amigo bilingüe, nos dirigimos hacia los mostradores correspondientes. Vi dos vacíos. Me decidí por el primero.
No lo debería haber hecho.
Se trataba de una señorita alrededor de los treinta años. Hablaba perfectamente el alemán, pero, por la cantidad de maquillaje y las maneras que se gastaba, calculé que debía ser extranjera. Turca, probablemente, me dije. (Las alemanas no se suelen maquillar. Si lo hacen, es muy discretamente.)
Cotejó primero los documentos de mi amigo Félix y preguntó si teníamos equipaje aparte del de mano. No teníamos.
Entregué mi pasaporte y mi boleto para el control.
-Usted no puede viajar –me dijo, devolviéndome, sin más, los documentos.
-¿Podría decirme por qué, por favor?
-No tiene visado para Inglaterra.
-Ajá.
Tercera vez en mi vida. Algo de experiencia ya tenía. A nadie -menos a mí- se le había pasado por la cabeza que una persona con residencia permanente en un país de la Unión Europea, podía necesitar visado para la ‘Pérfida’ Albión.
-¿Va a viajar él? –preguntó ella, toscamente, notando que se trataba de una persona invidente.
-Vamos a consultarlo –le respondí-. Un momento, por favor.
-Tiene que darse, prisa –me dijo, haciendo gestos con las manos-. En diez minutos cerramos.
Volteé, a ver si había percibido mal mi espacio exterior.
No había nadie detrás nuestro.
¿Qué prisa podría tener esta mujer?
-¿Te vas solo? –le pregunté a Félix, después de retirarnos del mostrador.
-Sí, no hay problema.
-Giuliana estará esperando en el aeropuerto.
-¿Cuándo te lo dijo?
-Hace seis meses y anteayer me escribió para confirmarlo. Estará desde las 07:45, hora de llegada del avión.
Estuve a punto de decirle que no se olvidara de encender su celular al llegar, pero recordé que alguien -que no era él- lo había perdido.
Debido a la gran simpatía desplegada por esta segunda empleada de la compañía alemana que se iba a encargar de transportar a mi amigo hasta Londres, decidí hacer el cotejo en el siguiente mostrador.
Así como existen seres que hacen de la ayuda al prójimo una virtud, hay otro tipo de seres, pequeños demiurgos malignos que actúan desde sus pequeños puestos como el peor dictador. Están repartidos por todo el mundo y, como es inevitable que existan, lo mejor es -muchas veces- simplemente ignorarlos.
El emplelado del segundo mostrador debía tener también ascendencia turca, por el aspecto, pensé. Son los hijos del gran contingente de trabajadores que llegaron de Turquía solo para trabajar por temporadas, pero se quedaron. Este era un joven de unos 25 años, de esos que parecen salidos de una película, por su porte.
Nos atendió rápida y simpáticamente y dijo un par de números al final, que debían ser los números de las puertas de embarque.
-Escríbalos, por favor-. Le dije.
-Es sencillo –dijo con una sonrisa y volvió a repetir unos números que apenas pude entender.
-Le he pedido por favor que los escriba -repetí mi pedido.
-No tiene por qué ponerse rudo.
-Tiene razón, lo siento –le respondí-. Para usted está muy claro todo porque trabaja todos los días aquí. Pero, ¿se imagina qué sucedería si mi amigo que es invidente se encuentra en una situación motivada por un malentendido y no tiene nadie quién lo ayude? Prefiero estar completamente seguro de no cometer ningún error.
-Tiene razón usted también.
Cuando lo escribió, me di cuenta por qué había tenido problemas para entenderlo. Se trataba de un combinación de letras y números, y yo me había preparado para entender solo números.
Nos dirigimos hacia la zona de embarques. Recién allí me di cuenta que solo lo podría acompañar hasta el primer control.
-Tiene que regresar y la misma compañía tiene que organizar un acompañante para su amigo. Lo siento mucho -me dijo un vigilante.
-Ya.
Quedaban pocos minutos. La distancia a recorrer era, felizmente, corta. Sin pensarlo me dirigí al primer mostrador. Miss Simpatía empezaba a acicalarse con ayuda de un espejito de bolsillo.
-¿Por qué no nos dijo que su compañía estaba en la obligación de organizar un acompañante para mi amigo?
Miró su reloj de pulsera.
-Cerrado –dijo, con obvio placer y sin dejar de corregir su maquillaje-. Le advertí que tenía que apurarse.
Rabia e indignación partieron raudamente desde algún punto de mi vientre y se agolparon en un instante en mi cabeza. Lo primero que a uno se le ocurre en un momento es maldecir. Pero no podíamos seguir perdiendo el tiempo.
Giré mi rostro hacia el siguiente mostrador. El joven turco me hizo un gesto condescendiente con la cabeza. Nos acercamos. Le pasé rápidamente los documentos.
-Mire, yo me tengo que ir, pero ya lo he organizado todo para que venga alguien a recoger a su amigo y lo acompañe hasta el avión. Le pido disculpas –dijo, empezando a correr.
Desde el lugar donde estábamos le hablé a la Señorita Simpatía.
-Era su obligación informarnos y usted no ha cumplido su trabajo. Además esas no son formas de tratar a quien le paga sus vacaciones, lo que viste y lo que come.
-Soy así –dijo ella, concluyendo su labor cosmética y tomando su bolso para retirarse.
La faena había terminado para ella.
Lo voy a denunciar, pensé. (Algo que después hice.)
Al pasar por nuestro lado, no me pude contener.
-¿Qué había antes en estos terrenos? Antes de ser aeropuerto, digo.
-Sin visado no puede viajar. No pude viajar sin visado –dijo en voz alta, para ser escuchada por los demás, y levantando las dos manos, como en el fútbol, cuando un defensa acaba de decapitar o partir una pierna a un atacante y levanta los brazos como prueba irrefutable de su inocencia.
-Londres no se va a mover de su lugar, se-ño-ri-ta –le respondí-. Pero, ¿qué había antes aquí?
-Sin visado no puede viajar. Punto –repitió, ya alejándose.
-¿Un mercado tal vez? ¿Un camal?
(Camal es el peruanismo para matadero.)
Estoy acostumbrado a que no me entiendan. Además, creo que las especialmente feas ya han recibido suficiente castigo en la vida. Procuré encajar el golpe.
Mientras esperábamos que viniera alguien a recoger a mi amigo para que lo acompañara al avión, llegaron dos personas a rogar que se les aceptara registrarse.
Manan, se dice en quechua. No, les dijeron.
Antes era posible subir a los aviones, excepcionalmente, casi hasta el último minuto. Lo hice cuando tomé el que debía traerme a esta aventura europea, hace 22 años. Ahora, para ahorrar costos, el mismo personal que se encarga de cotejar los documentos de viaje y de recibir el equipaje, tiene que encargarse también de las labores de embarque. Y para eso tienen que correr. No me llamaría la atención que esos mismos empleados terminen haciendo la limpieza de los aviones. Los millardarios del mundo necesitan multiplicar aún más sus millardos. ¿No lo sabían?
Si es posible por diez cada día. Llevan prisa.
Curiosamente, me sentía en cierta forma aliviado. Me habían negado volar, pero tal vez me habían hecho un favor. No me lo podía tomar a mal. No, es no; además.
En mi estado, eso era lo mejor que me podía pasar. No había dormido bien, me encontraba débil por mi afección estomacal y aún afectado por mis problemas con la espalda.
A la vuelta, camino al estacionamiento, otras personas me preguntaron por el camino. Lo cual no hizo sino confirmar mi sospecha inicial: la señalización no solo es insuficiente, sino también mala, porque crea confusión. Y eso es algo grave en un aeropuerto. También fui testigo de cómo un turista preguntó por el camino a dos muchachas que seguramente acababan de terminar su faena en alguno de los tantos puestos de trabajo que ofrece un aeropuerto. Le respondieron casi con un simple gesto.
-¿El aeropuerto, dice? ¡Solo tiene que seguir!
Sólo faltó que le dijeran: “¿Cómo puede ser tan tonto?”
HjorgeV
Colonia, 20-09-2007
P.D.: Y porque la vida, a veces, nos juega pasadas extrañas, justo hoy me entero por la prensa que la DB -Trenes de Alemania- está por privatizarse. Las compañías de aviación son todas privadas. Y mucho mejor no son -a veces- las cosas.
(*) Palabras del expedicionario normando Gadifer de la Salle, durante la invasión y conquista de Lanzarote (bajo la misma página que se ocupa de los guanches): “Hemos cogido y muerto gran cantidad de ellos y hemos cogido mujeres y niños……, y la intención es, si no hallamos otro remedio, que matemos a los hombres del país….; y conservaremos a las mujeres y niños y los haremos bautizar y viviremos como ellos, hasta que Dios disponga de otra manera”.

Escrito por hjorgev 
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