SIN VISA PARA LONDRES (Colofón)

20 Septiembre 2007

NO ES NO

El cabo Rodríguez –no sé si era cabo ni cómo se llamaba, el resto es cierto- se rascó la cabeza y la meneó. Ahora era él, el que tenía un problema.

Me imagino que había contado con cierta resistencia de mi parte, pero no la encontró. Lo había desarmado. ¿Qué esperaría? ¿Ruegos? ¿Súplicas? Para mí: no, suele ser, sencillamente, no.

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-A ver, espere, joven –me dijo-. Voy a consultarlo con el comandante.

Cuando regresó me hizo pasar a una oficina, en la que estuve esperando un par de minutos a su jefe.

-Usted viene de vacaciones, ¿no es cierto?

Se dirigía a mí, como quien no sabe qué tono de voz usar con su interlocutor y está tanteando aún el terreno.

Asentí con la cabeza. Venía, quise corregirle, pero, en cambio, solo le sonreí, sin decir nada.

Mentalmente, yo estaba ya estaba de vuelta hacia Alemania. El capítulo Vacaciones en Tenerife ya se había acabado para mí y había procedido a pasar simplemente la página. Faltaba el bronceado y unos días de descanso, pero, salvo eso, nada más.

-¿Puede demostrarlo?

¿Para qué?, quise preguntar, pero enseguida me di cuenta de cuál era su verdadera preocupación. Que yo me quedara en su isla. Es decir, que hiciera lo mismo que hicieron sus antepasados que después deben haber exterminado a la mayoría de los aborígenes guanches que las poblaban, porque no es posible distinguir físicamente a ninguno de sus descendientes en las Islas Canarias. (*)

Decidí no responder.

-Si puede demostrarlo, joven –insistió, perdiendo un poco la paciencia.

Seguí sin responder.

-Si usted puede demostrarlo, podría tratar de ver cómo solucionar su problema.

-No tengo ningún problema –le dije.

Ahora era su problema, ya no el mío.

-Quería pasar una linda semana aquí, aumentar las divisas de la isla, pero veo que ya no es posible –agregué-. Usted no hace nada más que cumplir la ley. No se preocupe.

Se tranquilizó.

-Mire, veo que usted entiende en qué difícil situación uno se encuentra en estos casos. ¿Tiene la reserva del hotel y su boleto de vuelta?

Se los mostré.

-Es obvio que solo le puedo dar un permiso temporal hasta el día de su vuelo de regreso, ¿no?

-Se agradece –le dije.

La lógica policial es, muchas veces, algo que pertenece a ese cajón con la etiqueta de Insondables. Sospecho que, de paso, se quisieron ahorrar el trabajo que significaba organizar mi vuelo de regreso. No lo sé.

La segunda vez también es digna de ser contada.

Me dirigía a Barcelona. Esta vez me esperaban mi esposa y mis dos hijas allá.

-Su pasaporte ha caducado, joven.

-¿Cómo dice, perdón?

Acababa de colocar mi maleta sobre la balanza contigua al mostrador de la compañía.

-Que su pasaporte no es válido, señor.

Era una señorita que, al ver mi pasaporte peruano, pasó del alemán al castellano con naturalidad.

-Ya –fue todo lo que dije, procediendo a retirar mi maleta de la balanza.

Esa vez me dolió especialmente porque había estado sin ver una o dos semanas a mis dos hijas y a mi esposa, y sentía que ya no podía más. Viajaba para encontrarme con ellas allá y regresar después juntos a Alemania.

El amigo que me había hecho el favor de llevarme hasta el aeropuerto no lo podía creer.

-¿No lo sabías?

No le respondí. ¿O tenía que haberle dicho: “Sí, si lo sabía. Lo que pasa es que adoro este tipo de escenas”?

-Espérese –me dijo ella-. Voy a consultarlo con mi jefa.

-Se lo ruego –le dije-. Gracias por intentarlo.

Se retiró por unos momentos.

-No, no es posible. Lo siento, señor –me dio como respuesta, al volver.

-No se preocupe –le dije-. Ya ha tenido la amabilidad de consultarlo. Gracias.

No sé qué cara tendría yo. Para mí, una muy neutral. Pero el golpe emocional había sido terrible. ¿Se notaría? Gente que me conoce dice no saber muchas veces cuándo estoy hablando en serio y cuándo no. ¿Cómo podía saber ella que me dolía no poder ver a mi familia tal como había planeado? No. Ella no lo podía saber.

-Mire –añadió, bajando un tanto el volumen de su voz-. ¿Usted es peruano, no?

-Sí, claro. Es mi pasaporte –le respondí, ya con una sonrisa triste.

-Mire, yo también.

-Ah, mucho gusto, paisana –le dije.

-Mire –continuó, bajando un poco la voz-. Yo sé que no le van a controlar el pasaporte al llegar a Barcelona, porque se trata de un vuelo intereuropeo. Voy a hacer como si no me hubiera dado cuenta de nada. ¿Le parece?

¡Y si me parecía!

-¿No es mucho riesgo para usted, señorita? –le pregunté, tratando de ser franco, aún en mi contra.

-No creo. Solo le ruego que si por alguna razón esto se llegara a descubrir, no diga quién lo hizo.

-Creo que no sería mi obligación tener que decirlo –le respondí-. Gracias.

Salto en el tiempo y en el espacio.

Dejemos el minúsculo aeropuerto de Mönchengladbach y regresemos al sábado pasado, dejando un par de años atrás, al aeropuerto de Köln-Bonn. (El nombre de la ciudad de Colonia en alemán, el primero.)

Después de dejar atrás a nuestro simpático nuevo amigo bilingüe, nos dirigimos hacia los mostradores correspondientes. Vi dos vacíos. Me decidí por el primero.

No lo debería haber hecho.

Se trataba de una señorita alrededor de los treinta años. Hablaba perfectamente el alemán, pero, por la cantidad de maquillaje y las maneras que se gastaba, calculé que debía ser extranjera. Turca, probablemente, me dije. (Las alemanas no se suelen maquillar. Si lo hacen, es muy discretamente.)

Cotejó primero los documentos de mi amigo Félix y preguntó si teníamos equipaje aparte del de mano. No teníamos.

Entregué mi pasaporte y mi boleto para el control.

-Usted no puede viajar –me dijo, devolviéndome, sin más, los documentos.

-¿Podría decirme por qué, por favor?

-No tiene visado para Inglaterra.

-Ajá.

Tercera vez en mi vida. Algo de experiencia ya tenía. A nadie -menos a mí- se le había pasado por la cabeza que una persona con residencia permanente en un país de la Unión Europea, podía necesitar visado para la ‘Pérfida’ Albión.

-¿Va a viajar él? –preguntó ella, toscamente, notando que se trataba de una persona invidente.

-Vamos a consultarlo –le respondí-. Un momento, por favor.

-Tiene que darse, prisa –me dijo, haciendo gestos con las manos-. En diez minutos cerramos.

Volteé, a ver si había percibido mal mi espacio exterior.

No había nadie detrás nuestro.

¿Qué prisa podría tener esta mujer?

-¿Te vas solo? –le pregunté a Félix, después de retirarnos del mostrador.

-Sí, no hay problema.

-Giuliana estará esperando en el aeropuerto.

-¿Cuándo te lo dijo?

-Hace seis meses y anteayer me escribió para confirmarlo. Estará desde las 07:45, hora de llegada del avión.

Estuve a punto de decirle que no se olvidara de encender su celular al llegar, pero recordé que alguien -que no era él- lo había perdido.

Debido a la gran simpatía desplegada por esta segunda empleada de la compañía alemana que se iba a encargar de transportar a mi amigo hasta Londres, decidí hacer el cotejo en el siguiente mostrador.

Así como existen seres que hacen de la ayuda al prójimo una virtud, hay otro tipo de seres, pequeños demiurgos malignos que actúan desde sus pequeños puestos como el peor dictador. Están repartidos por todo el mundo y, como es inevitable que existan, lo mejor es -muchas veces- simplemente ignorarlos.

El emplelado del segundo mostrador debía tener también ascendencia turca, por el aspecto, pensé. Son los hijos del gran contingente de trabajadores que llegaron de Turquía solo para trabajar por temporadas, pero se quedaron. Este era un joven de unos 25 años, de esos que parecen salidos de una película, por su porte.

Nos atendió rápida y simpáticamente y dijo un par de números al final, que debían ser los números de las puertas de embarque.

-Escríbalos, por favor-. Le dije.

-Es sencillo –dijo con una sonrisa y volvió a repetir unos números que apenas pude entender.

-Le he pedido por favor que los escriba -repetí mi pedido.

-No tiene por qué ponerse rudo.

-Tiene razón, lo siento –le respondí-. Para usted está muy claro todo porque trabaja todos los días aquí. Pero, ¿se imagina qué sucedería si mi amigo que es invidente se encuentra en una situación motivada por un malentendido y no tiene nadie quién lo ayude? Prefiero estar completamente seguro de no cometer ningún error.

-Tiene razón usted también.

Cuando lo escribió, me di cuenta por qué había tenido problemas para entenderlo. Se trataba de un combinación de letras y números, y yo me había preparado para entender solo números.

Nos dirigimos hacia la zona de embarques. Recién allí me di cuenta que solo lo podría acompañar hasta el primer control.

-Tiene que regresar y la misma compañía tiene que organizar un acompañante para su amigo. Lo siento mucho -me dijo un vigilante.

-Ya.

Quedaban pocos minutos. La distancia a recorrer era, felizmente, corta. Sin pensarlo me dirigí al primer mostrador. Miss Simpatía empezaba a acicalarse con ayuda de un espejito de bolsillo.

-¿Por qué no nos dijo que su compañía estaba en la obligación de organizar un acompañante para mi amigo?

Miró su reloj de pulsera.

-Cerrado –dijo, con obvio placer y sin dejar de corregir su maquillaje-. Le advertí que tenía que apurarse.

Rabia e indignación partieron raudamente desde algún punto de mi vientre y se agolparon en un instante en mi cabeza. Lo primero que a uno se le ocurre en un momento es maldecir. Pero no podíamos seguir perdiendo el tiempo.

Giré mi rostro hacia el siguiente mostrador. El joven turco me hizo un gesto condescendiente con la cabeza. Nos acercamos. Le pasé rápidamente los documentos.

-Mire, yo me tengo que ir, pero ya lo he organizado todo para que venga alguien a recoger a su amigo y lo acompañe hasta el avión. Le pido disculpas –dijo, empezando a correr.

Desde el lugar donde estábamos le hablé a la Señorita Simpatía.

-Era su obligación informarnos y usted no ha cumplido su trabajo. Además esas no son formas de tratar a quien le paga sus vacaciones, lo que viste y lo que come.

-Soy así –dijo ella, concluyendo su labor cosmética y tomando su bolso para retirarse.

La faena había terminado para ella.

Lo voy a denunciar, pensé. (Algo que después hice.)

Al pasar por nuestro lado, no me pude contener.

-¿Qué había antes en estos terrenos? Antes de ser aeropuerto, digo.

-Sin visado no puede viajar. No pude viajar sin visado –dijo en voz alta, para ser escuchada por los demás, y levantando las dos manos, como en el fútbol, cuando un defensa acaba de decapitar o partir una pierna a un atacante y levanta los brazos como prueba irrefutable de su inocencia.

-Londres no se va a mover de su lugar, se-ño-ri-ta –le respondí-. Pero, ¿qué había antes aquí?

-Sin visado no puede viajar. Punto –repitió, ya alejándose.

-¿Un mercado tal vez? ¿Un camal?

(Camal es el peruanismo para matadero.)

Estoy acostumbrado a que no me entiendan. Además, creo que las especialmente feas ya han recibido suficiente castigo en la vida. Procuré encajar el golpe.

Mientras esperábamos que viniera alguien a recoger a mi amigo para que lo acompañara al avión, llegaron dos personas a rogar que se les aceptara registrarse.

Manan, se dice en quechua. No, les dijeron.

Antes era posible subir a los aviones, excepcionalmente, casi hasta el último minuto. Lo hice cuando tomé el que debía traerme a esta aventura europea, hace 22 años. Ahora, para ahorrar costos, el mismo personal que se encarga de cotejar los documentos de viaje y de recibir el equipaje, tiene que encargarse también de las labores de embarque. Y para eso tienen que correr. No me llamaría la atención que esos mismos empleados terminen haciendo la limpieza de los aviones. Los millardarios del mundo necesitan multiplicar aún más sus millardos. ¿No lo sabían?

Si es posible por diez cada día. Llevan prisa.

Curiosamente, me sentía en cierta forma aliviado. Me habían negado volar, pero tal vez me habían hecho un favor. No me lo podía tomar a mal. No, es no; además.

En mi estado, eso era lo mejor que me podía pasar. No había dormido bien, me encontraba débil por mi afección estomacal y aún afectado por mis problemas con la espalda.

A la vuelta, camino al estacionamiento, otras personas me preguntaron por el camino. Lo cual no hizo sino confirmar mi sospecha inicial: la señalización no solo es insuficiente, sino también mala, porque crea confusión. Y eso es algo grave en un aeropuerto. También fui testigo de cómo un turista preguntó por el camino a dos muchachas que seguramente acababan de terminar su faena en alguno de los tantos puestos de trabajo que ofrece un aeropuerto. Le respondieron casi con un simple gesto.

-¿El aeropuerto, dice? ¡Solo tiene que seguir!

Sólo faltó que le dijeran: “¿Cómo puede ser tan tonto?”

HjorgeV

Colonia, 20-09-2007

P.D.: Y porque la vida, a veces, nos juega pasadas extrañas, justo hoy me entero por la prensa que la DB -Trenes de Alemania- está por privatizarse. Las compañías de aviación son todas privadas. Y mucho mejor no son -a veces- las cosas.

(*) Palabras del expedicionario normando Gadifer de la Salle, durante la invasión y conquista de Lanzarote (bajo la misma página que se ocupa de los guanches): “Hemos cogido y muerto gran cantidad de ellos y hemos cogido mujeres y niños……, y la intención es, si no hallamos otro remedio, que matemos a los hombres del país….; y conservaremos a las mujeres y niños y los haremos bautizar y viviremos como ellos, hasta que Dios disponga de otra manera”.


SIN VISA PARA LONDRES (Continuación)

19 Septiembre 2007

TRENES, AEROPUERTOS Y VISADOS

Los vuelos a Londres los habíamos reservado casi medio año atrás.

Según lo planeado, mi amigo y ex compañero de colegio, debía llegar el viernes –pasado- por la noche. Yo lo recogería, pasaría la noche en casa y partiríamos al aeropuerto unas horas después, el sábado en la madrugada.

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Como hicimos la reserva y adquirimos los boletos por la red, tuvimos que imprimir –cada uno por su lado- los boletos en casa, directamente desde el portal de German Wings.

El problema de los Trenes de Alemania, también lo tienen -pero en menor medida- los Aviones de Alemania (nombre inventado, para referirme a la aviación comercial, en general).

Son cosas de las cuales los alemanes no se terminan de enterar, tan convencidos como están de su desarrollo, pero que en la práctica resulta ridículo y patético tener que vivirlas.

Aclaremos. El alemán no suele quejarse.

El que tiene que esperar por algo, espera y punto. ¿No es peor en países como el mío, el Perú?, me podría preguntar alguien.

-¡Claro que sí! –le respondería.

-Llego en el tren de las 23:03 al andén 2 –me había escrito Félix y me lo había vuelto a repetir al teléfono.

-¿De Heidelberg, no?

-No, de Karlsruhe, porque hago un trasbordo allí.

-De acuerdo –le dije.

Eso fue el jueves por la noche. La noche anterior, me había lesionado en el partido de entrenamiento con mi nuevo equipo. No sabía bien qué era, pero tenía que ver con la columna. El viernes se agravó el problema y se convirtió en una especie de lumbago. Nada especial en sí. Se trata más bien de una grave llamada de atención del cuerpo. “Así, conmigo, no”, te está diciendo. Lo cual en mi caso significaba que calentar solo quince o veinte minutos antes de cada partido de entrenamiento y luego irme a casa sin hacer estiramientos ni un trote ‘post-esfuerzo’ no era lo que quería ni necesitaba mi cuerpo.

Adoro caer enfermo de vez en cuando. Son días que puedo pasar sin ninguna responsabilidad (ni siquiera de tener que comer) y que puedo dedicar total e irresponsablemente a la lectura y a otra de mis aficiones: dormir. Nadie te molesta. Nadie te puede reprochar nada. Salvo la enfermedad: condiciones paradisíacas para mí.

Si la cosa seguía así, me dije, no iba poder irme a Londres, según lo planeado. El quiropráctico, se le ocurrió a mi esposa. Buena idea. Encima, una ocasión para ver a un latino.

-Jorge –me dijo el experto colombiano, mientras me iba sacando conejos de la columna-, si crees que hacer deporte es solo condición y fuerza, vas a tener más problemas parecidos. Tienes que hacer más estiramientos y ejercicios puntuales para la columna.

-Y calentar más –agregué.

Al final, cuando le quise pagar, me di cuenta que no llevaba nada en los bolsillos.

-¿Y con qué vas a pagar las pizzas, Mapi? –me preguntó Jorge Juan, mi hijo mayor, de seis años. Él y el menor me habían acompañado al consultorio y jugaban en la pieza contigua saltando montados sobre balones gigantes.

-En la camioneta siempre tengo algo de dinero para cualquier emergencia, no te preocupes –le respondí.

-No, pues –me dijo el especialista colombiano-. Me pagas la próxima vez.

-Ah –le respondí-, buscando pretextos para que vuelva.

Se rió y nos despedimos.

Ya mucho mejor después del tratamiento quiropráctico y de los masajes, me dirigí a la Estación Central. Andén número dos, el tren de las 23:03.

Di un vistazo al reloj. Félix no estaba por ninguna parte.

-Perdone usted –me dirigí a una muchacha que debía estar esperando a alguien, a juzgar por su actitud-. ¿El tren de Karlsruhe?

Movió la cabeza en señal de negación.

-Ni idea –me respondió, como si le hubiera preguntado por Neptalí Reyes.

El día anterior, Félix me había contado que se le acababa de perder el celular.

-¿A ti?

-No, a alguien que se lo había prestado.

No le pregunté por qué ese alguien no había tenido el diminuto gesto de devolverle otro celular a alguien que verdaderamente lo necesita.

23:15, Félix seguía sin aparecer. ¿Le había entendido mal?

Volví a revisar mi libreta de apuntes. No, no me había equivocado yo.

Me acerqué a una caseta de control. Dentro había una empleada de los Trenes de Alemania con su uniforme y su quepí. Por el gesto que hizo, no le agradaba nada la idea de tener que atender a un cliente.

-Perdone –le dije, con carisma-. Estoy esperando a un amigo que es invidente y que tenía que haber llegado en el tren de las 23:03 de Karlsruhe.

-¿De Karlsruhe? –dijo ella, extrañándose con la pregunta-. Que yo sepa a este andén no llegan los que vienen de esa ciudad. Espere.

Esperé a que revisara la información en la pantalla.

-¿Ve ese tren que está entrando al andén número 4? –asentí-. Ese es el de Karlsruhe.

Punto.

Mi amigo había obtenido simplemente una falsa información de un empleado de los TA (DB en alemán, Deutsche Bahn). Alguien que sabía que se trataba de un invidente, le había dado una información falsa.

¿Por qué?

Esa noche llevé a mi amigo a casa y le conté que andaba un poco mal de la espalda, pero que confiaba en recuperarme hasta Londres. Antes, después de la sesión quiropráctica, mis dos hijos varones con los que había ido, me habían pedido comprar pizzas en el camino. Estuvieron riquísimas y de paso aproveché para comprar un buen vino tinto chileno. Reserva del 2003.

Pero, cuando le mostré la botella me sentí mal.

Un malestar de esos que solo suelen sentirse a esa edad en la que has tomado tanto que solo la visión de más alcohol te provoca náuseas.

Así me sentía.

Félix fue comprensivo y me dijo que no me preocupara, que mejor sería que descansáramos. Teníamos unas cuatro horas para dormir.

Pero no pude. Un malestar estomacal intenso no me dejó dormir. Nunca me había sucedido algo así. Apliqué dos veces el remedio del gato, algo que suele ser muy efectivo en muchos casos, pero el malestar continuó. Un dolor sordo y pesado que te hace cuestionarte hasta la vida que llevas. Con una bolsa de agua muy caliente sobre el abdomen, por lo menos pude descansar un poco.

No me lo podía creer.

A las 5 de la mañana, cuando sonó el despertador -¿había dormido algo o solo dormitado?-, mi estómago me exigió inmediatamente las últimas arcadas y por fin me sentí aliviado. Algo es algo, me dije. A pesar del poco sueño, me sentí renacer. Quedaba lo de la espalda y la ruta al aeropuerto.

Ambas, dos cosas muy temidas para mí.

(-¿No será un virus? –me preguntó después mi esposa antes de partir.

Eso hubiera faltado, pensé. Un virus estomacal y lumbago para pasar un fin de semana en Londres.)

Al mal tiempo, buena cara, es una de mis divisas.

Felizmente la autopista al aeropuerto estaba más que despejada a esa temprana hora de la mañana y llegamos relativamente rápido.

Esta vez me tomé la molestia de comprobar si la señalización es la adecuada, teniendo en cuenta que la ruta a los aeropuertos la suelen tomar también extranjeros que no hablan alemán.

Tal como había creído, no lo está.

Empieza muy bien, figurando al lado de Flughafen (aeropuerto en alemán, de Flug, vuelo, y Hafen, puerto) la figura de un avión.

(Y en la que el avión no es más grande que la flecha, para no causar confusiones. El que maneja o conduce no tiene mucho tiempo para examinar los letreros viales.)

Pero, en algún momento, solo se consigna la palabra alemana en los letreros. Alguien que no habla alemán y tiene prisa, puede pasar terribles momentos esperando no haberse equivocado de ruta. Llegamos.

Nos quedaba estacionar convenientemente y presentarnos al mostrador de la compañía de aviación, la German Wings.

El trecho del estacionamiento al mismo aeropuerto nos tomó casi quince minutos. En el camino, estuve a punto de preguntar a alguien si íbamos bien porque la señalización es -parcialmente- un desastre.

Me acerqué al primer mostrador –de Información- y me dirigí al hombre con el uniforme de German Wings, detrás de él.

-¿Nos podría decir, por favor, adónde debemos dirigirnos para hacer el cotejo de documentos y equipaje?

-¡Aquí! –me respondió, con ese gesto del que se sorprende de que lo interrumpan para hacer tan obvia pregunta. Encima, sin ninguna simpatía. Luego continuó con lo que hacía frente a su pantalla, pasando a ignorarnos.

Eso es algo que adoro. Famoso este país por ello. ¿De dónde reclutarán gente para trabajar en puestos así?, me pregunté una vez más. Puestos en los que la simpatía y el buen trato deberían ser inherentes a ellos. La Atención al Público, muchas veces no es atención ni al público se le trata como público.

Si es todo tan obvio, ¿qué diablos hacen recibiendo dinero tipos como él, aparte de asombrarse porque otros no saben lo que para él son los detalles de su –más o menos- cárcel diaria durante todo el año? Él se sabe todo de memoria. Qué bien.

Le puse los pasaportes y los boletos sobre el mostrador.

-No, no, no aquí exactamente –dijo, apresurándose a devolverme lo dado-. Un momento, deje que me fije. Mostradores 2 al 5.

Me lo quedé observando, mirándolo fijamente. ¿Por qué me había dicho “aquí”, entonces?

-¿Habla castellano? ¿Español? –le pregunté, en castellano.

-Nein.

(No, en alemán. Se lee nain.)

No pude contener mi curiosidad y seguí preguntando.

-¿Lei parla italiano?

-Nein.

-¿Português? ¿Parler vous français?

-Nein, nein.

(No los domino.)

-Ajá –le dije, recogiendo los documentos y hablando como para mí mismo, en alemán-. Y trabajando en una caseta de información en un aeropuerto europeo este señor.

-Hablo inglés –replicó él, rápidamente, pero en alemán.

¡En alemán comunicando que habla inglés!

-¿Ah, sí? Yo tengo un tío que tiene un amigo que tiene una fábrica de fósforos.

No me entendió. Pero, mal inicio, igual. Eso de dormir una o dos horas y con un dolor encima, no era nada recomendable esa mañana.

En fin, me dije, y enrumbamos a los benditos mostradores.

Esta vez, primero entregué el pasaporte y el boleto de mi amigo. Mientras esperaba su cotejo, me acordé de las dos veces que, por cuestiones diferentes, me fue negado el vuelo en el mostrador de un aeropuerto.

Me ha sucedido dos veces. Te dicen: “No puede volar usted”. No es nada que me guste especialmente, pero puedo vivir con ello.

Trato de tomarlo con absoluta serenidad. Son esas situaciones en las que no puedes hacer nada y corres el riesgo, además, de hacer el ridículo. Deporte que detesto.

La primera vez me sucedió hace algunos años al llegar a Tenerife. Había llegado para pasar una semana de vacaciones e iba solo.

-Su pasaporte no tiene el visado español.

-¿Visado? –le pregunté extrañado, al policía.

-Sí. Usted como peruano necesita de un visado para entrar a España.

Casi le respondo que no debía olvidar que estábamos en África (no son muchos los kilómetros desde las Canarias hasta la costa africana), pero seguro que no me entendería la broma, pensé.

-Lo desconocía, lo siento.

Era la verdad.

-Yo también lo siento mucho -él-. Pero no se puede hacer nada.

-Ya.

Tranquilo, me dije. Hay cosas peores, pensé. Tenerife no se va a mover en los próximos meses ni años.

-¿No se lo comunicaron en la agencia de viajes?

-Pues, no, mire –le respondí. Luego añadí:

-Perdone la pregunta, ¿desde cuándo es necesario un visado para los peruanos?

-Desde las cero horas del día de hoy –me respondió.

-Ah. Entiendo.

Sonreí. Casi le respondo:

-¿Y qué quería, que me enterara en pleno vuelo?

En cambio, callé. Luego le dije, tajantemente, como quien da una orden:

-Muy bien, cabo Rodríguez, me pongo a sus órdenes para que usted organice mi regreso inmediato a Alemania.

El tipo se quedó mudo por un extenso momento.

Termina mañana…

HjorgeV

Colonia, 19-09-2007


SIN VISA PARA LONDRES

18 Septiembre 2007

TRENES DE ALEMANIA

-El problema tiene varios aspectos. Es complejo –le dije al que acababa de conocer, mientras esperábamos el tren que llevaría a Félix hacia el sur de Alemania-. No creo que sea sencillo.

Nadie lo había anunciado, pero ya era obvio que el tren se estaba retrasando.

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Félix y yo fuimos compañeros de salón en el mismo colegio limeño. Ahora reside en este país por cuestiones de trabajo. Tiene pasaporte usamericano.

Según el cálculo del joven informático, a quien le había preguntado si podría guiar una vez en el tren hasta su asiento a mi amigo Félix, el retraso sería de diez minutos en total. Algo que no estaba anunciado en las pantallas correspondientes.

Mi ex compañero de colegio es invidente.

-Existe un proyecto de una facultad de Matemáticas con el que se pretende optimizar los horarios de los trenes –me dijo él.

El joven informático debía estar próximo a cumplir los 30. Aún no había terminado sus estudios, supuse, porque tenía el aspecto de quien todavía no sabe lo que es pagar sus impuestos ni tener que reclamarlos.

-Creo que para empezar –opiné-, bastaría con optimizar la información que ya existe. Hacerla visible y clara. Así se ganaría bastante.

-Sí, también –dijo él, seguramente fastidiado, pero sin hacerlo notar apenas.

Supuse que debía llevar por lo menos dos computadoras consigo, a juzgar por su forma de hablar. Era uno de esos tipos inquietos y geniales que si no pueden usar la portátil, tienen que tener alguna versión alternativa a la mano. En todo caso, un celular de los de última generación.

-¿De qué se trata? –pregunté. A mi lado, Félix escuchaba atentamente. Su alemán lo acaba de aprender y oyendo lo afina.

-¿Cómo que de qué se trata? –preguntó mi interlocutor.

-Sí. ¿Cuál es el problema con los trenes alemanes?

-Son impuntuales. Con un buen programa informático se podría reducir esa impuntualidad.

-Pero, ¿para quién es el verdadero problema?

-Para todos.

-No –opiné-. Creo que eso es parte del problema.

-¡Claro! –exclamó él-. El problema es para los usuarios, para la empresa, para la economía.

-Justamente creo que allí radica uno de los malentendidos del asunto. Para empezar, el problema de la impuntualidad lo es para la empresa en la medida en que esa impuntualidad les puede causar malestar. Pero no es así. La gente se queja, refunfuña para sí misma, pero nada más. Los empleados siguen haciendo su trabajo, mal o bien, y punto.

-¿Adónde quiere llegar? –me preguntó.

Sabía que era un tipo despierto y que tenía las cosas claras.

-No hay un interés verdadero general porque la DB, los Trenes de Alemania, cumplan su función a cabalidad.

Se le notaba impaciente y fastidiado, esta vez porque notamos que el tren empezaba a aparecer al fondo, debajo del borde inicial del enorme techado de hierro y cristal ¿plástico? de la Estación Central de Colonia.

-Para mí uno de los grandes problemas de los Trenes de Alemania es la actitud –le dije, sin esperar a que me entendiera o no.

-Para mí la falta de un buen programa informático.

-También. Pero, ¿qué se ganaría con un buen programa, si los responsables no tuvieran interés en aplicarlo, por ejemplo, sin esa actitud que le digo?

-Eso ya es una cuestión meramente logística.

-¿Ya ve? –le dije-. Y una cuestión logística es una cuestión de actitud. De actitud pensante. ¿Qué se quiere conseguir? ¿Para qué, dado el caso? ¿De dónde a dónde? ¿Con qué medios físicos? ¿En cuánto tiempo? ¿Con qué dinero se cuenta? ¿Con cuánta gente? ¿Quiere esta gente de verdad trabajar para los Trenes de Alemania? ¿O está más preocupada en pensar en sus vacaciones, en cuándo se enfermará para tener unos días libres y cuánto ganará cuando se jubile? ¿Le interesa a los empleados cumplir con la puntualidad? ¿Le interesa a la empresa? Créame, hay gente que trabaja en un determinado sector de la economía y no sabe lo que en verdad está vendiendo. Ni para qué, claro.

-El tema es amplio.

-Mire –le dije, finalmente, viendo que el tren empezaba a detenerse frente a nosotros-. Este año, por primera vez en los 22 que llevo en Alemania, se ha nombrado como Director Ciclovial (el encargado de las ciclovías o carriles para las bicicletas de la ciudad), a alguien que no tiene automóvil y lo hace todo con la bicicleta. ¿Me entiende? Lo leí hace un mes. ¡Más de 20 años llevaba preguntándome, ¿quién diablos planea las ciclovías en esta ciudad?!

-El tema da para más –me dijo él, ofreciéndome la mano cordialmente a modo de despedida.

-Félix –le dije, dirigiéndome a mi ex compañero de colegio-. Creo que te dejo en buenas manos. ¿Qué vagón te correspondía?

-El seis –respondió él-. Asiento número 48.

Levanté la vista para tratar de saber qué número tenía el vagón que teníamos delante nuestro. No me fue posible ubicar ningún número especialmente visible.

-¿Ya ve? –le dije a Karsten, así se llamaba-. ¿Dónde diablos se puede ver qué número tiene este vagón? ¿Se ha preocupado alguien de pensar en eso? ¿El que pintó este vagón viaja en tren? ¿Ha tenido que verse en esta situación? La primera pregunta que se les tendría que hacer a los postulantes a un empleo en los Trenes de Alemania debería ser: “¿Ha viajado alguna vez en tren? ¿Cuántos años lleva haciéndolo? ¿Es usted crítico con nuestro servicio?”

Karsten sonrió, mientras ayudaba a mi amigo ciego a subir las escalinatas del vagón, sujetándolo del brazo y empujándolo con suavidad para guiarlo.

Sacudí la cabeza una vez y le hice el gesto de levantar el codo como quien ofrece su brazo como apoyo a alguien. Esa es la mejor forma de guiar a un ciego, no poniéndolo por delante nuestro como si fuera nuestro guía él. Entendió enseguida. Una persona inteligente.

-El problema es que así se pierde tiempo y se crea nerviosismo -añadí-, sobre todo para la gente con dificultades para moverse, los que no son alemanes y los que usan muy pocas veces o por primera vez el tren. El nerviosismo lleva a cometer errores. ¿Es este mi vagón? ¿Es este mi tren? Allí también empiezan los retrasos. Cuando todo eso se empieza a sumar y a crear un efecto cadena o dominó en el sistema, entonces allí tiene el retrato actual de los Trenes de Alemania –concluí, sabiendo que ya apenas me podía escuchar.

Quise hacer una señal de despedida con la mano dirigida a mi amigo invidente, pero lo dejé.

Lo habíamos conseguido.

Esa noche -la de ayer- tenía que recoger a Félix del aeropuerto, recorrer la distancia correspondiente hasta el centro de Colonia y llegar a tiempo a la Estación Central para que pudiera alcanzar su conexión hacia el sur de Alemania.

Tuvimos suerte.

Félix es invidente casi desde que terminamos la secundaria.

Fuimos compañeros de colegio durante muchos años y muy buenos amigos, además, especialmente en los dos últimos.

Entonces todavía veía un poco. Se sentaba en la primera fila y hacía grandes esfuerzos para ver lo que había en la pizarra. A pesar de eso, terminó con notas más que aceptables y en muy buena consideración por parte de los profesores.

Vivía en el ‘aristocrático’ barrio de Breña, en la que debía haber sido una especie de mansión de una clase alta muy exitosa que empezó a asentarse en esa zona de la periferia de Lima entre finales del siglo antepasado y comienzos del pasado, y que no podía saber que su barrio verdaderamente aristocrático de antaño, alguna vez se convertiría en un simple barrio popular limeño.

Recuerdo especialmente las noches de los fines de semana de los dos últimos años de colegio. Ese ritual de las fiestas de los viernes y los sábados es algo que de alguna manera no he podido aceptar que ya no exista, a pesar de los años pasados.

El último año de colegio tuvo que ser especialmente duro para él, pero Félix nunca se quejó, al contrario, tenía una sonrisa bastante agradable con la que parecía poder enfrentar todo tipo de problemas y hasta bromas especialmente malignas que le gastaban por sus problemas visuales.

Todavía podía ver y reconocer las cosas bastante bien cuando había buena iluminación, pero bastaba que ésta desapareciera, para que las cosas y las personas se fueran –casi materialmente- con ella.

A muchas de esas fiestas asistimos juntos. Quedábamos a una hora y después yo pasaba a recogerlo.

Recuerdo haber olvidado un par de veces su ceguera incipiente por conversar especialmente concentrado con él. Tenía que advertirle de la presencia de obstáculos en el camino, como los postes de alumbrado, el final y el comienzo de las veredas, y la presencia de bancas o cercados de arbustos.

De pronto, ¡zas!, Félix se mandaba su aparatoso golpe, yo me disculpaba y él retornaba a la ruta con esa sonrisa que digo y que me sigue pareciendo misteriosa.

Recuerdo esto no por los golpes anecdóticos, sino por su actitud frente a ellos. Tal vez contrastándolo con la manía que tienen mis convivientes teutones de renegar ante todo tipo de adversidades, independientemente de su magnitud, importancia y lo fundamentales que pudieran ser, o no.

El caso es que por esas casualidades de la vida, Félix ahora también trabaja en Alemania desde hace unos meses y ya me ha visitado aquí en Colonia.

Esta vez quedamos en asistir juntos a una reunión de ex alumnos de nuestro colegio limeño en Londres.

La Sección Europea del H.Ch.A, la llamé yo. Aunque después me enteré que había sido toda una fiesta de fin de semana con la presencia de unas 60 personas en total, acogidas en la casa de nuestra amiga y ex compañera Giuliana, quien vive en la capital inglesa casi desde que salió del colegio.

 

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, martes 18-09-2007


LA MUJER DEL BOLERO (cuento)

17 Septiembre 2007

Una amiga me ha hecho recordar que una vez conocí, aquí en Colonia, a alguien que cada vez que llegaba a uno de los lugares en el que yo cantaba, me pedía el más inmortal de todos los boleros inmortales: Bésame mucho.

A esa persona le gustaban algunos boleros más.

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De esos que empiezan paseándote por las nubes, pero, si te descuidas, puedes terminar saliendo de unos pantanos cavernosos, extasiado y cubierto de lágrimas, sí, pero también de una sustancia pegajosa que puede saber como la miel, y que es además muy oscura y apenas consigues quitarte del cuerpo. En mi país recibe el nombre de huachafería.

Su claro favorito, empero, era el bolero de la mexicana Consuelo Velásquez, y el que no podía faltar de ninguna manera en sus visitas al lugar.

Debo confesar que a mí me resultaba más que penoso ver a una mujer escuchándome cantar como si fuera yo el último artista de un Titanic visible solo para ella.

Lo hacía con éxtasis profano y gestos de esos que ni un coleccionista de cosas raras querría que figurara en sus catálogos. Tenía ella caderas muy anchas, vestía siempre gruesas ropas oscuras que lo ocultaban casi todo -menos su ostensible sobrepeso- y estaba en esa edad indefinible que acoge a ciertas mujeres que siguen soñando con el amor perdido -o por venir- y ese amor tal vez ya se murió de viejo. O aún no ha nacido ni nacerá jamás.

No voy a decir que cada vez que la veía, me entraban ganas de esconderme, porque me ganaba los frejoles -justamente- cantando y tratando de encantar; que es lo que se hace con algunos animales; ciertas serpientes, por ejemplo.

Pero muy lejos de vencer la tentación de salir huyendo tampoco estaba yo.

¿Qué me resultaba más penoso?

¿Saber que yo nunca ganaría un Óscar por mi actuación musical en ninguna película, porque, para empezar, nunca se me había cumplido el sueño de actuar en alguna?

¿Su actitud de pleno éxtasis sufriente y los gestos histriónicos que lo acompañaban al escucharme?

¿Las risitas apenas disimuladas de la dueña de ese boliche colonés, como bien llamaban los argentinos a ese lugar?

¿Las miraditas de las camareras y del resto del personal?

¿Mis esfuerzos por cantarle en su mesa a la mujer, tratando de guardar la compostura delante de los demás presentes y hacerlo de tal manera de no echarme a reír yo mismo en cualquier momento, ni, por supuesto, a llorar?

Lo de boliche era muy preciso, porque el lugar era –en principio- un restaurante, pero para poder sobrevivir económicamente como tal, la dueña (alemana, de la región) era capaz de instalar un circo al mediodía, una chicharronería por la tarde y un concierto de jazz latino a medianoche. Tal vez fonda o taberna no le habrían caído tampoco mal como nombre a aquel lugar. Las horas entre las siete y las once de la noche, eso sí, las reservaba ella exclusivamente para su pasión: la cocina italiana.

A partir de las diez, cuando los comensales de la función principal empezaban a levantarse de sus asientos, comenzaba a llegar también la gente que había comido cualquier cosa en cualquier lugar, o en su casa, y el boliche empezaba a tomar el aspecto de un café muy concurrido.

A eso de la medianoche, cuando por fin desembarcaban los bravos de la escena, ya nadie tomaba café, y el alcohol y otras drogas debían seguir muy bien su curso, porque el ambiente parecía propio del de un burdel gratuito y eso no creo que sea algo fácil de conseguir así no más.

Sobre todo los fines de semana llegaba a armarse una barahúnda tal, que más de algún pasante se quedaba parado frente al ventanal para saber qué era lo que podrían estar regalando, vista la cantidad de gente allí congregada y de variopinta presencia y procedencia continental.

“Si hay lugares y seres condenados a la perdición eterna”, le dije a alguien alguna vez, contemplando esa escena, “es fascinante ver, cómo se pueden mover en esa caída tan cómodos como peces en el agua”.

En lo que a mí competía, la dueña solía dejarme cantar con mi guitarra los martes y los jueves y esos eran los días en los que la Mujer del Bolero solía aparecerse.

Llegaba siempre sola. Casi arrastrando sus gruesas vestimentas que a mí se me antojaban como capas geológicas o -a veces- como penas superpuestas. Tal vez las llevaba con la esperanza de hacerse creer a sí misma y a los demás que su volumen corporal se lo debía exclusivamente a esas prendas.

La primera vez que me pidió cantar ese tema me agarró desprevenido.

Bésame mucho no es un tema fácil de interpretar, a pesar de su relativa y engañadora sencillez.

Además, como toda buena obra de arte, tiene muchas lecturas. Y este es un proceso –el de su lectura diversa- que no se detiene en el tiempo, avanzando, diversificándose y amoldándose a los nuevos gustos y tendencias musicales. Tal vez la mejor interpretación la pueda dar una muchachita de quince o dieciséis años, que toma asiento solitariamente frente a un piano de cola y empieza a componer, mientras piensa en su amor casi imposible, a quien –en realidad- nunca ha besado.

Todos éstos, requisitos que yo no podía cumplir, pero sí su autora en su momento, la famosa compositora mexicana, quien ya reposa en el precielo destinado a los grandes artistas de este mundo y que lo compuso justamente a esa edad, según propia confesión.

Pero esa primera noche no me tomé especialmente en serio el asunto. Sabes que es un tema difícil; que venga la piscina con su agua helada, te dices. Ya pasará.

Para alguien que tenía que cantar desde La bamba, pasando por Alfonsina y el mar y el Porompompero, hasta llegar a alguna canción de Janet (¿Por qué te vas?, no es una broma) para satisfacer los insistentes deseos de los clientes, llegaba un momento en el que ese tipo de oficio activaba una serie de procesos en tu cerebro que tenían mucho que ver con una especie de indolencia, actitud positiva y simple deseo de supervivencia. Muchas otras posibilidades no podía tener un músico de cantina o de un boliche así.

O te cuadras y aceptas las leyes, muchacho, o ahí está la puerta. También podías colgar la viola por voluntad propia, claro; algo que, por lo demás, nunca he hecho, me gane, o no, el pan –con queso- con ella.

Como esa puerta de escape solo podía constituir, por lo demás, un simple cambio de escenario donde poder pasar dignamente de Alma, corazón y vida a Cucurrucú paloma para ganarse el sustento, no resultaba difícil tomar una decisión que además solía estar -como parte de la paga- generosamente regada con vino italiano -de los verdaderamente peleones- y acompañada de una buena pizza crocante, hecha por algún iraní, palestino o turco y, rara vez, por un vero italiano.

Y allí me tenían a mí, cantándole boleros a la mujer de los vestidos especialmente pesados y anchos, tan gruesos tal vez como su propia epidermis, seguramente plena ésta de una alta sensibilidad que debía haber ido acumulando toda una vida por capas, para irla soltando más o menos cada dos semanas allí.

Recuerdo que por esos días vi una película en la que había un tipo que también vivía obsesionado por la misma canción.

Ya no recuerdo el título del filme. En él, la obsesión había tomado una forma más material: se había sublimado en discos. El personaje en cuestión, coleccionaba todo tipo de versiones en vinilo del inmortal tema de Consuelito Velásquez, que ni los Beatles -los Melenudos de Liverpool- se atrevieron a dejar de lado.

También recuerdo que esa visión me alivió un poco.

“Esa mujer no está sola en este mundo”, me tranquilicé. Había alguien más. Por lo menos alguien -aunque no real, muy bien materializado en una película- que compartía su obsesión.

Se lo tenía que contar.

Recuerdo que esperé los días con impaciencia para volver a verla y poder contárselo. Ardía de ganas por hacerlo. Recuerdo que me preparé para la ocasión, ensayando varias versiones, con diferentes tipos de ritmo y de actitud al cantarla. Compliqué los acordes. Me acicalé. Averigüé si la canción no tendría alguna estrofa poco conocida. Me puse gomina como para una gala, vestí mis ropas más negras y presentables para esa ocasión.

Bésame mucho como si fuera esta noche la última vez.

No es fácil cantarlo. No es fácil dejar de caer en el cliché por interpretarlo como debe ser: un miedo existencial a todo, bañado de amor y sensualidad. Dejar la vida en el par de minutos que dura una canción.

Te tienen, te poseen y te besan, y, sin embargo, te están cogiendo del cuello como si ya no estuvieras allí (un imposible), aunque tú tampoco hayas pensado ni un solo momento en alejarte ni apartar tus labios.

Pero no la volví a ver.

Después, recuerdo que le conté el caso a mi novia de entonces, una chica tan bonita y dulce que no podía llegar a tomarme del todo en serio y quien me creyó mal de la cabeza por andar hablando de esa mujer. La Mujer del Bolero, como la llamaba yo.

-No puedes dejar de pensar en ella, ¿no? –me dijo una vez, acariciándome las mejillas dulcemente como a un niño que se ha extraviado, en uno de nuestros paseos de fin de semana por las viejas calles del Casco Antiguo de Colonia, junto al Rin.

-¿Será que ha muerto? –le pregunté, mientras trataba de reencontrar sus dulces manos entre las diversas capas de ropa que ese invierno colonés, particularmente frío, nos obligó a llevar.

-Riveliño, por favor –me dijo ella, deteniéndome, con ternura, sujetándome de los dos hombros y usando el diminutivo que correspondía a los resondrones que a veces me impartía.

-¿A qué se dedicaría, a qué amor estaría esperando? –le pregunté, como ausente, evitando sus ojos azules, para contemplar el puente Severin como si fuera un barco a punto de partir.

No pude volver a encontrar sus manos, porque no me había dado cuenta que ella había empezado a alejarse de mí.

-Debes estar chiflado –me dijo al fin, con una tristeza acaso infinita.

Se encontraba al borde del llanto y yo no lo había notado. Desvié mi vista hacia el río.

Luego vi cómo se alejaba por las viejas calles de la ciudad, junto al Rin, cómo se perdía entre el vaho frío y la gente, mientras yo iba alternando esa visión con la del puente Severin a mi derecha.

A ella, yo la llamaba Mi Consuelo. Y tampoco la volví a ver más.

HjorgeV

Colonia, domingo 16/lunes 17 de septiembre del 2007


POBRES VÍCTIMAS DE LA EVOLUCIÓN

16 Septiembre 2007

Esto ha tenido que ser para reírse.

Pero, también, para que se sonrojaran muchos de los participantes con los resultados del experimento, me digo.

Durante un estudio, hecho aparentemente con fines estadísticos y sociológicos (se trataba en realidad de un experimento dirigido por una universidad usamericana de Indiana), cada persona de dos grupos de hombres y mujeres tenía que mencionar –por separado- qué criterios utilizaba personalmente al momento de escoger pareja.

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Dejemos volar la imaginación y escojamos con la fantasía a cinco personas de cada grupo y entrevistémoslas individualmente.

¿Andrés?

-Eh –empieza él-. Tiene que ser una mujer inteligente, claro. Es decir, tiene que ser alguien que se interese por la cultura. Y por la educación de nuestros futuros hijos. Me gustaría tener una familia, ¿sabe?

¿Ernesto?

-Para mí lo más importante es la imagen –hace un gesto con las dos manos, como quien envuelve una esfera con ellas- global, integral, vamos a decir. O sea, una persona que sepa de todo. No solo de cómo llevar una casa y esas cosas. Alguien a quien le guste la música, mis aficiones. Leer.

¿Mario?

-Difícil pregunta –sonríe-. Creo que uno lleva una especie de modelo en su cabeza y siempre está buscando a alguien que responda a ese modelo.

-¿Y cuál es ese modelo en su caso?

-No sé bien. Una mujer guapa, de aspecto sobrio pero no tímido. Alguien que sin ser agresiva, demuestre no ser inerme. Me la imagino con cabello largo y de carácter serio, pero no extremamente reservado. Sin cultura no tendría ninguna chance conmigo. Aunque no tendría que ser necesariamente una académica.

¿Leonardo?

-Para mí lo más importante es que sepa amar a su esposo y a su hogar, sin que eso signifique que tenga que renunciar a sus propios intereses. No tiene que ser una experta en cocina y le tiene que gustar viajar.

¿José Gustavo?

-Me lo pone difícil, ¿sabe? He probado más o menos de todo en mi vida, y sigo sin saber qué tipo de mujer me va más. La verdad, con lo ocupado que ando en el trabajo, últimamente me importa un comino. Pero tiene que haber entendimiento a la primera. Sí, señor. Si algo puedo afirmar es que tenemos que entendernos desde el primer momento, sin esperar a tener que discutir para llegar a ello.

¿Patricia?

-Uy, qué difícil –se ríe y hace gestos con el rostro-. Me contento con que sea un hombre atractivo y con los pies bien puestos sobre el suelo. Sería fatal que no tenga un buen gusto personal en el vestir, por ejemplo, pero pienso que se puede aprender a vivir con ese tipo de cosas –sonríe, maliciosamente.

¿Mariela?

-Alto, atractivo, sin que esto signifique que tenga que ser una belleza de hombre. Que tenga ese no sé qué que distingue a unos de otros. Que sepa lo que quiere y que no se atreva a mirar a ninguna otra mujer. Exitoso, por cierto, pero no un patán.

¿Tere?

-Me gustan los hombres fuertes, pero he descubierto que la vida nos da más de una mala sorpresa en ese sentido. Además, soy media feminista, ¿sabe?, y tengo que reconocer que hay muy pocos hombres que saben no confundir la fuerza con la razón.

¿Sara?

-Romántico. Definitivamente. Aunque sé que eso puede ser tomado a mal. Si sabe llevarte a las nubes y no dejar que caigas sin paracaídas de regreso a tierra, sería una bendición para mí. Le podría perdonar muchos de sus defectos.

¿Lisa?

-¿La verdad? ¿O mi ideal?

-Ambos, si desea.

-Todas las mujeres deseamos un hombre guapísimo y romántico, no hay vuelta que darle.

-¿Con cuál se queda?

-Eso depende para qué –empieza a reír.

-Dígalo.

-No. Sé que se trata de una encuesta –dice ella-. Seamos prácticos. Decente, presentable, deportista, respetuoso, buen padre. Culto y de buen gusto. No pediría más.

Aunque estas respuestas me las acabo de inventar, esperando tengan algo de representativas, su contenido no es algo que deba interesar, realmente.

-¿Cómo? -pregunta mi Lector Atento, despertándose-. Ninguna de ellas dijo nada sobre ’sensible’ o ‘bien posicionado’.

(Por eso, también, me he permitido imaginármelas.)

-¿Por qué? ¿Cómo que no interesa lo que dice cada persona? -pregunta él, quien tiene la extraña cualidad de leer el pensamiento.

No. No interesa.

Según este estudio, al juntarse los dos grupos, femenino y masculino, y pedirles que pasaran a la práctica, los criterios quedaron en el papel. Simplemente en el papel.

-¡Zas! -exclama él-. ¿De allí, al basurero, al tacho de papel, a la papelera?

Así de simple.

En la práctica, la gran mayoría se guió por los principios básicos y convencionales que se conocen:

Los hombres tienden a buscar la mujer más atractiva.

Las mujeres al hombre que les pueda asegurar más estabilidad o seguridad económica.

¡Plaf!

Así de fácil, jóvenas y jóvenes, señoras y señores, ladies and germans. Son los resultados publicados por Peter Todd, investigador de Cognición Humana de la Universidad de Bloomington, Indiana, EEUU.

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Veo, como hombre y como persona, que la tendencia masculina es muy clara, aunque muchos no se atrevan o no quieran ver el obvio mensaje que está detrás.

¿Por qué, según este estudio, los hombres tienden a buscar la mujer más atractiva? ¿Por qué busca alguien en general algo atractivo?, me pregunto.

Me imagino que, por dos razones. Por cuestiones de imagen o presentación, y por cuestiones de hedonismo.

Porque queremos que nos vean junto a alguien atractivo, sería lo primero.

Lo segundo, según mi opinión: el hombre se guía por sus instintos y busca la posibilidad que le prometa más placer sexual, tanto actualmente como en el futuro.

Lo curioso es que el investigador usamericano se ha basado en una encuesta especial levantada aquí en Alemania, en Munich concretamente, y no en su país. En un ambiente relajado y estéril, los participantes tenían que señalar primero –aisladamente- cuáles eran los criterios que seguían en la búsqueda de pareja.

Confrontados, después, con señalar a cuáles de los participantes del sexo opuesto escogerían como pareja, los criterios primero señalados quedaron –en gran medida- en mera teoría.

¿Qué sucedió?

Si hay algo que personalmente aprendería de este estudio, es lo siguiente.

En el fondo, la civilización no solo nos ha enseñado a mentir mejor, nos ha enseñado, también, a mentirnos mejor a nosotros mismos.

-Existe una abismal diferencia entre lo que la gente afirma buscar en su futura pareja y lo que realmente busca en la práctica –afirma Peter Todd.

Los resultados son claros.

Somos víctimas de una gran dicotomía motora.

Por un lado, buscamos, vamos a decir, con el espíritu; por otro lado, en el momento de los momentos, en el de la verdad, es el cuerpo el que vence. Nuestros instintos por nosotros.

En el estudio hecho, las mujeres más atractivas fueron escogidas más o menos por unanimidad.

-¿Significa esto, que en el fondo somos todos más o menos como los políticos? –me pregunta mi Lector Atento, ese loro que llevo parado sobre mi hombro derecho y que suele dormir, pero se despierta para hacer determinadas preguntas impertinentes.

-Sí –le respondo-. Así parece.

Por el contrario, el criterio de las mujeres se rigió –con una pizca menos de unanimidad- por las características riqueza y seguridad. Así de claro.

 

El experimento también ha servido para mostrar una diferencia entre hombres y mujeres que no todos parecen conocer.

Los hombres se mostraron dispuestos a salir con la mitad de las mujeres participantes. Es decir, con la mitad de ellas se imaginaban los varones saliendo de copas, al cine, a bailar o algún concierto.

Las mujeres, en cambio, solo mostraron interés por un grupo más reducido de sus contrincantes: solo por un tercio de ellos.

Un tercio. La tercera parte de todos.

-¿Y los dos tercios restantes? –pregunta mi Lector Atento-. ¡¿A bañarse?!

-Cero interés –le respondo-. Lo siento mucho. Al agua.

-Yo no participé en ese estudio –me responde él, guiñándome un ojo.

Esto deja ver que las mujeres –por lo menos las del grupo en cuestión- no solo mostraron ser muy calculadoras en su elección, sino, a la vez, mucho más exigentes y selectivas que los varones.

-¿Frías y calculadoras? –pregunta el Pesado sobre mi hombro.

-Yo no lo he dicho –le respondo.

Otro dato interesante del estudio es que las mujeres acomodaron y ajustaron sus criterios selectivos de acuerdo a su propio atractivo físico.

Es decir, su elección pasó por ver críticamente cuáles eran sus chances reales, según la propia consideración de su propio atractivo físico.

No es fácil el asunto.

Propia consideración de su propio atractivo. No se trata de una cacofonía vana.

Una persona puede tener cierto atractivo y no ser muy consciente de él. O, por el contrario, ser muy o demasiado consciente de él.

Hay otro nivel, independientemente de cuán consciente se pueda ser del poco o mayor atractivo que se pudiera tener.

Hay personas que se menosprecian, además, siendo guapos o feos. Otras, potencian mentalmente lo poco o mucho que poseen.

(Existe otro nivel todavía: qué tanto te importa, verdaderamente, todo esto. Y otro más: visto qué tanto te importa esto, o no: cómo influye en tu vida.)

-Las mujeres fueron capaces de verse críticamente. Los hombres no –afirma Peter Todd.

Esa es la otra gran diferencia entre hombres y mujeres.

-Querrás decir, entre los hombres y mujeres participantes de este estudio –dice mi Loro Atento-. Y no me cambies el nombre. Mucho papeleo, después, ¿sabes?

-Así es –asiento-. Y lo siento.

Para tranquilidad emocional e intelectual de todos, los estudios publicados en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences, no hacen sino confirmar ciertas suposiciones de la teoría de la evolución que ya existían, según el mismo investigador.

El esquema, según el cual las mujeres se guían por la mejor ‘calidad’ de los varones y éstos por el buen aspecto físico de ellas, hace aumentar la probabilidad de procrear más y más sanas criaturas.

Qué alivio.

Solo nos estamos guiando por las leyes naturales de la evolución, me digo.

-¿Ahora todo es culpa de los genes? – dice mi Lector Loro.

-Un poco más de respeto, por favor –le digo yo.

-Pobrecitos los hombres -dice mi Loro-. Somos víctimas de la evolución.

-Los hombres, Lorito -le remarco.

-Por eso, pues -replica él-. ¿Tú crees que los loros no hemos evolucionado o qué?

-Permíteme que continúe -me resigno.

-Ellas por lo menos son solo víctimas de la seguridad económica -añade, pero ya no le hago caso. Solo me falta un par de líneas para acabar y me esperan más tareas.

Los hombres estudiados eligieron sin importarles la chance ‘real’ que podían tener. Gordos, feos, esperpentos y contrahechos desearon -en el experimento- solo una cosa: la más bella.

¿Son más calculadoras las mujeres, entonces, que nosotros los hombres?

Parece que sí.

Es decir, los tontitos somos nosotros. Un par de detalles y perdemos la cabeza. Y el sentido, al parecer. Los sentidos.

¿Algo nuevo?

No lo creo. Solo que hemos aprendido a disimularlo u ‘olvidarlo’ más o menos bien.

Ya llevamos miles de años así.

HjorgeV

Colonia, domingo 16-09-2007


EL CASO MADELEINE McCANN (Continuación)

15 Septiembre 2007

(Antes de publicar la entrada de hoy, me he vuelto a conminar a no olvidar que no tengo ningún derecho de juzgar a nadie.

Teniendo en cuenta esto, he vuelto a revisar el texto para comprobar si respeto este compromiso ético que me he autoimpuesto y si todo lo que hago aquí no pasa de ser un simple ejercicio conjetural en base a informaciones que no son del todo seguras -al día de hoy- y si no voy más allá de circunscribirme a hacer claras preguntas lógicas.

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Considero -aunque no deje de dolerme esto casi físicamente en cierta medida- que quien ha hecho y sigue haciendo un uso tan masivo de los medios de comunicación para mover a la opinión pública a su favor, no puede asombrarse que ésta – pero en medida no injusta- se haga sus propias preguntas sobre lo que cree saber que ha sucedido.)

La noche del suceso, los McCann se encontraban cenando con tres parejas más y la madre de una de las mujeres, en el restaurante Tapas, contiguo al hotel en el que se hospedaban.

Según se dice, el grupo de cuatro parejas consumió 14 botellas de vino en total.

Eso no es poco.

Aún para aquellos acostumbrados a beber. No sé si lo saben.

(Con dos botellas toda una noche, uno puede tener la sensación de empezar a dejar de existir al día siguiente. O, por lo menos, de querer no haber nacido alguna vez.)

¿8 ó 9 personas y 14 botellas de vino en un par de horas?

¿Casi dos botellas por cabeza en poco más de 120 minutos, si se tiene en cuenta que casi siempre una o más personas de un grupo no beben como las demás y que había más mujeres que hombres? (Los últimos suelen ser los que más beben.)

Difícil de creer.

Está bien.

Los ingleses tienen fama de beber exageradamente, especialmente en vacaciones. Unos más que otros. Pero, vista la contextura de Kate McCann, ¿saben, los que han bebido alguna vez dos botellas de vino en toda una noche, lo que eso podría significar para ella?

Salvo que tomaran otras drogas, vamos a decir ‘compensadoras’ del alto estado etílico, como cocaína o anfetaminas, por ejemplo (esto no ha entrado a discusión), todos tendrían que haber estado por lo menos balbuceando y tambaleándose de alguna forma patente a eso de las 22:00.

Nada de eso he encontrado en las informaciones de la prensa. Y me sorprende que, aparentemente, no le haya llamado la atención a la policía.

(Una posibilidad sería que una parte del grupo reunido haya tenido ganas especiales de embriagarse rápidamente, por ejemplo. ¿Por qué, si tenían la noche por delante y estaban de vacaciones? ¿Por qué la prisa? ¿Para olvidar? O, también, que el alto número de botellas forme parte de una cierta trama preparada con antelación, que no conocemos. Ésto, sólo en el supuesto de que ya habían empezado los problemas antes de la cena de los adultos, es decir, al momento de dejar a los niños solos en sus camas para poder marchar. Algo que tampoco sabemos.)

Se afirma que el médico Russell O’brian estuvo ausente alrededor de una hora, supuestamente en la tarea de controlar cómo estaba su hija o, tal vez, todos los niños.

¡Una hora!

Entonces, también, tuvo solo poco más de una hora, o simplemente menos tiempo, para beberse su propia ración etílica.

¿Qué hizo o estuvo haciendo todo ese tiempo? ¿A nadie le llamó la atención su larga ausencia? ¿Uno se reúne a cenar con amigos para luego desaparecer durante una hora?

(Otra posibilidad sería que el vino no le había caído bien y que tuviera su cabeza largo tiempo colgando del inodoro. Sé de casos así. Felizmente no propios y más bien de gente no acostumbrada a beber alcohol.)

Alguien –del círculo de conocidos de los McCann, ¿de qué otro círculo podía ser?- informa a Sky News a las 22:11 que se ha producido un secuestro, que es lo mismo que debe haber anunciado Kate pocos minutos antes.

¿Un secuestro?

¿Cómo lo podía saber ella con tanta seguridad?

(Se dice que la madre habría afirmado encontrar a eso de las diez de la noche, un muñeco de peluche que su hija llevaba consigo normalmente para dormir, en un lugar inusual, cuando Maddie ya no estaba.)

¿Por qué no llamó inmediatamente a la policía de ser así?

Otras preguntas.

En este tipo de hoteles, los empleados y la administración suelen ser especialmente atentos y serviciales. ¿Por qué no llamó entonces la misma administración del hotel a la policía como un favor mínimo y como reconocimiento de cierta co-culpabilidad?

¿O tal vez no pudieron creerse su versión? ¿Por su estado etílico?

La policía, como ya se indicó, recibe el anuncio del secuestro 30 minutos después, a las 22:41.

Una posibilidad sería que el silencio de la pareja fuera una condición de los secuestradores. Pero estos no existen. Hasta ahora. No existen llamadas, ni mensajes ni exigencias conocidas.

Es decir, la madre solo supone lo que quiere suponer.

¿Por qué?

Es más, como vimos ayer, se sabe que antes de llamar a la policía, Kate McCann solicitó en la recepción del hotel, el número del párroco del lugar.

Se trata de un sacerdote de la Iglesia Anglicana, Haynes Hubbard.

¿Por qué y para qué quería comunicarse con él en un momento tan grave de su vida, en vez de utilizar todas sus energías y tiempo para revisar todos los lugares cercanos posibles?

Por experiencia como padre, uno puede llegar a imaginarse primero lo peor.

En la práctica, empero, no se va uno primero corriendo a la policía o a los medios de comunicación a anunciar un posible rapto o secuestro. Sería absurdo, salvo que se tengan pruebas fehacientes: una ventana o puerta forzada, un mensaje extorsionador o amenazas pasadas.

Los McCann bien podrían haber afirmado que llevaban varios días sospechando de algo, pero no lo hicieron. En todo caso, de ser así, nadie se va de vacaciones para ver a sospechosos de querer secuestrar a tu hija y quedarse tan tranquilo en un restaurante contiguo a cenar y beber vino, mientras que la niña duerme a 50 ó 100 metros de distancia en su habitación sin custodia.

Un padre, o una madre, normales, se pone primero a buscar en todos los lugares cercanos posibles. Roperos, baños, cocinas, pasadizos, cuartos de lavar, habitaciones que pueden servir de escondite, y –en este caso- habitaciones de los vecinos.

Desesperadamente.

Es experiencia propia. (Inocua, por suerte, en nuestro caso.)

Uno supone que la niña se ha despertado y que ha salido en busca de alguien, sus padres o conocidos.

Uno, como padre o madre, puede imaginarse que el niño o la niña ha podido tener un ataque de sonambulismo, por ejemplo, y no se debe encontrar muy lejos.

Uno sale a buscar por los alrededores del hotel, en la playa, en las piscinas. Considera todo, desesperadamente. Separa el terreno y distribuye el terreno en zonas de búsqueda.

No le dice a una vecina que llamó a la policía si no lo ha hecho, ni se preocupa de preguntar primero por el número del párroco de confianza.

(Aquí vale incluir la mención de una segunda mentira obvia y probada por la policía. Los McCann aseguraron no haber salido el día en cuestión toda la tarde de su apartamento, pero la policía tiene en su poder un video o vídeo en el que se ve a la familia a las 18:00 en una heladería.)

Consciente de que cada minuto que pasa puede significar un peligro nuevo para la criatura, lo primero que uno se pregunta como progenitor es si la criatura está en algún lugar conocido, viendo televisión con alguien, por ejemplo. O, de lo contrario, si se está desplazando hacia algún lugar, sola o no.

Revisadas todas estas posibilidades sin éxito, recién puede uno llegar a pensar que se trata de un secuestro o de un rapto. Antes puede tratar de buscar huellas de que las puertas o ventanas han sido forzadas.

¿Hicieron todo esto los McCann?

Al parecer no. No lo sé. (Una ventana -asegura El País- había sido forzada, pero por dentro, según fuentes policiales. Otro punto estrella de la investigación.)

Lo fascinante de este caso para mí, lo decía al comienzo y refiriéndome de paso al tema de anteayer, que también tenía que ver con la psicología de grupos, es lo siguiente.

Imagínense a ustedes mismos en una situación parecida.

Ustedes son una pareja de médicos de cierto renombre, gente con éxito en su profesión, están pasando unas vacaciones agradables con sus hijos en una playa de un país del sur de Europa, los niños acaban de cenar y es lo que ustedes mismos se disponen a hacer en compañía de otras parejas de su edad y de su nivel social, después de haberlos llevado a dormir a su habitación.

(Pasemos por alto, por ahora, la grave irresponsabilidad que esto significa.)

Por costumbre o por particular necesidad de esa noche, a ustedes se les ocurre –y lo discuten, porque son profesionales en ese campo- darle un somnífero o sedantes a uno de los niños que no muestra muchos deseos de querer dormirse y que puede llegar a aguarles la fiesta. (**)

Hasta allí todo ‘bien’.

Ustedes, proceden profesionalmente y se van a su pachanga.

Entonces, descubren que se les ha pasado la mano.

El pánico se apodera de ustedes.

El choque emocional es tremendo, no solo han perdido una hija por negligencia (¿ocurrió bajo los efectos del vino?), están a punto de pasar a perder todo como por un efecto dominó.

El grupo lleva consumidas varias botellas de vino. Por lo menos una por cabeza. Ustedes no pueden pensar claramente.

Alguien –probablemente uno de los amigos presentes- los convence de que lo mejor es esconder el cadáver y decir que se trata de un secuestro.

Antes los convence de su inocencia, de que se trata de un accidente. Le puede pasar al más pintado en la profesión médica.

Algo que, como profesionales del ramo que son ustedes, tienen que conocer y saber vivir con ello perfectamente. Todos los días. De cada año. Suele ocurrir en clínicas y hospitales, ¿no es cierto?

En un primer momento, a ustedes les puede parecer eso una idea descabellada. Pero, después de sopesar todas las otras posibilidades –entre ellas la cárcel-, se inclinan por el mal menor.

Ahora, ya están dentro del montaje (histriónico).

Solo queda seguir escenificándolo.

Estos son sólo supuestos, a propósito de mi mención de la psicología de grupos, al comienzo.

Me pregunto, también, hasta qué punto (de ser los padres culpables o parte de ellos, no lo sé) este no puede ser un caso en el que se encuentren envueltas tantas personas –influyentes de alguna forma- que al final quede sin ‘poder’ resolverse por cuestiones de índole político-diplomática. O, hasta de carácter religioso-diplomático.

Casos sumamente más graves han quedado enterrados en ese pantanoso terreno de las relaciones políticas, económicas o diplomáticas de dos países, como es el caso del ex espía ruso, Alexander Litvinenko, asesinado por envenenamiento a finales del año pasado en Inglaterra.

O el caso de los 13 agentes de la CIA que secuestraron en las calles de Milán a un imam egipicio, Abu Omar, el 17 de febrero del 2003. Un juez italiano decretó su arresto al considerar probado el secuestro.

Sin que hasta ahora suceda absolutamente nada.

Una página de la red, bastante interesante, aunque exenta de rigurosidad y orden profesional –siendo como dice ser la autora, una criminóloga- y con bastantes ínfulas detectivescas, tiene una teoría que no suena mal. Es una teoría, nada más, claro.

Elvira Saez de Alberola […] profesional con 15 años de experiencia en el estudio de la ciencia forense y criminologica” (sic) llega a tejer una teoría tentadora en su bitácora titulada ESCEPTICISMO CRIMINOLOGICO (sic).

¿Su conclusión hipotética?

El padre habría sido el autor de la sedación involuntaria mortal y la niña habría sido enterrada muy cerca de una iglesia, con ayuda de más personas.

Que cada cual lo lea con sus propios ojos.

http://escepticismocriminologico.blogspot.com/2007/09/los-detalles-humanos-del-caso.html

Todos los detalles del caso y las declaraciones de todos los testigos no se conocen con certeza.

Se saben solo parcialmente, sobre todo por filtraciones de la prensa. De tal manera que no hay forma actual de contrastar fehacientemente los datos e informaciones de los dos autores hasta ahora citados aquí ni los de la prensa, en general. (Ver postdata de la entrada de ayer.)

Incluso se ha llegado a afirmar que el cadáver de la niña podría estar en altamar, arrojado dentro de un saco desde el yate de un amigo de la pareja, que ya fue investigado al comienzo. (*)

Lo que parece estar más o menos claro, voy a repetirlo –fiándonos de fuentes como El País, por ejemplo- es que esa noche, a las 22:00 una vecina al enterarse de la desaparición de la niña, se ofrece a la señora McCann para llamar a la policía, obteniendo como respuesta que ya se ha hecho la correspondiente llamada.

Algo que ha sido fácilmente comprobado como una mentira por la policía.

Ésta recibe la llamada –anunciándose un secuestro, ¿cómo lo podían saber a esas alturas?- unos 30 minutos después que la prensa británica, concretamente Sky News.

Es simplemente increíble.

Interesante también ver cómo la cortina de humo empieza a aumentar desproporcionadamente y pocos parecen haber visto en esto una anomalía más.

Es el efecto mediático. El deslumbramiento que producen las luces y las cámaras, la televisión, las noticias sensacionalistas.

El efecto Hollywood, que nos ha acostumbrado a absorber (digerir) la información sin apenas haberla masticado.

Los McCann se mueven por todo el mundo. Viajan en un lujoso jet privado a visitar al Papa y a ‘nadie’ (públicamente) se le ocurre preguntar ¿qué es esto? ¿Qué se cocina aquí?

¡Con qué facilidad se pueden entrevistar con presidentes, mandatarios, artistas, autoridades y hasta recibir la bendición del Papa!

¿No es esto algo que debería llamar poderosamente la atención? ¿No es obvio que hay gente poderosa detrás de todo esto?

De ser así, ¿por qué?

(El Vaticano acaba de borrar de sus enlaces o vínculos la página digital de los McCann, dicho sea de paso.)

Tal vez los últimos pasos de la pareja son los más interesantes.

Cuando son declarados oficialmente sospechosos por la policía lusa, abandonan el lugar que había oficiado como su cuartel general. Es decir, abandonan el centro de operaciones de lo que se suponía era su principal preocupación: encontrar a su hija.

Esto, a pesar que habían afirmado tajantemente que no se moverían del lugar hasta que no encontraran a su hija, viva o muerta.

¿Ya no les interesa (más, tanto)?

Aquí un extracto de las palabras del padre, al momento de regresar a su hogar, sacadas de su diario personal:

We have had very mixed emotions since coming back to our own home. It is very comforting to have such familiar surroundings and our own belongings and the twins have settled straight back in as if they have never been away. We have had numerous visitors with friends and those in official capacities. We have appointed solicitors to advise us and assist our Portuguese lawyer in preparing our defence against any possible charges.

 

¿Se han dado cuenta de lo que falta, de lo primero que tendría que haber sido echado de menos en una descripción así? Espero equivocarme.

El último paso es sintomático: consultan al abogado que evitó la extradición de Pinochet.

¿Actúa de esta forma alguien que se sabe inocente?

¿Alguien que se sabe inocente y ha perdido a su hijo, podría dejar de lado su preocupación principal, solo porque la policía maneja ahora una hipotesis –según el mismo supuesto- falsa?

Además, ¿cómo llega alguien a pensar en la supuestamente mejor defensa posible en todo el país -o acaso del mundo- para un caso así?

¿Por qué –de pronto- defensa y, además, la mejor?

Se busca la mejor defensa cuando el rival, enemigo o contrincante es especialmente fiero, invencible o difícil. Algo que desde mayo, desde la desaparición de la niña, no ha sido la policía con ellos.

Al contrario.

Los McCann han sido tratados con guantes de seda en Portugal.

(Tendrían mucho que perder los portugueses, si los ingleses les voltearan la cara como destino turístico. Este es otro punto a no olvidar y que puede influir en la trayectoria de este caso policial. El párroco que podría estar implicado, es británico, también. Atención a este último punto que no puede dejarse de lado en un país tan creyente y con tan fuertes lazos religiosos como es Portugal.)

¿Qué teme la pareja de médicos ingleses de pronto ahora?

¿A la policía? ¿A sus pruebas?

Si se trataba realmente de un secuestro, ¿cómo es que hasta ahora no ha habido ninguna exigencia por parte de los secuestradores, salvo una que resultó ser falsa y orquestada adrede?

Si se trata de un rapto sin fines pecuniarios, de algún pederasta, por ejemplo, ¿por qué cejar en el esfuerzo de encontrar a su hija, viva o muerta, solo porque la policía maneja una de las diversas hipótesis que, además, está obligada –ojo- a manejar?

Los familiares y amigos más cercanos son siempre los primeros sospechosos de la mayoría de crímenes que suceden ‘en casa’, los llamados caseros.

Mis dos grandes preguntas son: ¿por qué sangre? ¿Por qué en la maletera o maletero?

Si es cierto que alguien se encargó –tendría que haber sido una tercera persona- de retirar el cadáver de la niña de la habitación, ¿cómo lo hizo?

Tenemos dos componentes de una misma situación: deshacerse de un cadáver y sangre.

Si partimos del supuesto que la sangre la perdió la niña estando viva, ¿cómo es posible que aparezca esa sangre en la maletera o maletero del vehículo que alquilaron casi un mes después de su muerte?

¿Anduvo moribunda durante un buen tiempo y con posibilidades de ser salvada?

¿Es la sangre una gota caída de uno los catéteres de una transfusión o de una las punzadas recibidas con el fin de estabilizar su estado o seguirla manteniendo en estado inconsciente mientras se buscaba una solución, continuando con el supuesto anterior?

Si partimos del supuesto que la sangre la perdió la niña estando ya muerta, entonces estaríamos ante un caso particularmente grave de ocultación de pruebas de un delito, pues no habría muchas formas de explicar la pérdida de sangre de un cadáver.

Punto a los detalles aquí.

Me aventuro, finalmente, a sospechar que este caso corre peligro de terminar empantanado en esa espesa selva que suelen urdir e imbricar la mezcla de falsos sentimientos patrióticos, por un lado, y claros intereses económicos, por otro.

Tanto Portugal como Inglaterra tendrían mucho que perder en caso de conocerse la verdad y llevar a los tribunales a los culpables. Los primeros en el campo turístico y los segundos -tal vez- en el llamado ‘prestigio’ y que no suele ser nada más que falso orgullo propio.

Aunque todas estas no son nada más que conjeturas hechas en base a la información que llega filtrada a la prensa desde fuentes policiales generalmente no confirmadas y seguramente cometo -además- inexactitudes e incurro en confusiones, en cambio, otros puntos piden explicaciones a gritos.

Un cadáver no pierde así no más sangre, por ejemplo.

Y, no creo, como muchos -tampoco-, que la maletera o maletero sea el lugar ideal para transportar niños.

Menos si están vivos.

¿O sí?

Querría que los McCann no perdieran su condición de simples sospechosos. Querría que se termine solucionando el caso de una manera inesperada e insólita y que dé alivio a todos. O a muchos.

Querría eso y mucho más. Que la niña esté viva en algún lugar, por ejemplo. Querría nunca -jamás- tener que juzgar a nadie. Querría nunca tener que cometer ninguna injusticia. Ni siquiera con mi peor enemigo.

Por ahora, como casi todos ustedes, solo tengo muchas preguntas.

Demasiadas, ya.

HjorgeV

Colonia, 15-09-2007

(*)http://www.elpais.com/articulo/sociedad/policia/estudia/Madeleine/pudo/haber/sido/arrojada/mar/elpepusoc/20070915elpepisoc_3/Tes

(**) http://www.20minutos.es/noticia/276285/0/madeleine/detectives/portugal/

Transcribo de la fuente anterior, porque se trata de uno de los últimos descubrimientos:

["The Times" informa de que el Servicio de Ciencia Forense de Birmingham (centro inglés), que ha llevado a cabo análisis de ADN a petición de la Policía lusa, ha descubierto, a través del hallazgo de pelo de Madeleine, que la menor era sedada regularmente , lo que hace pensar que pudiera morir por una sobredosis de somníferos.]


EL CASO MADELEINE McCANN

14 Septiembre 2007

Justo ayer me refería a la psicología de masas o de grupos y me vuelvo a topar hoy con el caso de la niña británica desaparecida.

Debido a que han sido considerados oficialmente sospechosos por la policía portuguesa, los servicios sociales británicos están contemplando ahora retirarles a los padres la tutela de sus dos gemelos, Sean y Amelie.

mac.jpg

Por lo general, no suelo tratar los casos que están –vamos a decir- de moda.

Por una parte, no me suelen interesar las modas, y ya tengo bastante con perseguir mis propios intereses e ideas.

Por otro, en esta era digital es muy difícil aportar algo nuevo a temas más que machacados por la prensa mundial.

Como a casi todos -más como padre de cuatro niños-, el caso Madeleine no me ha dejado frío.

Sin embargo, el tratamiento tan sensacionalista con que se ha llevado desde el comienzo, provocó que me mantuviera bastante distante del seguimiento de las novedades al respecto.

Bien visto, retomando uno de los temas de ayer, este caso es uno de esos en los que se puede ver -también- claramente cómo funciona la psicología de masas o psicología de grupos.

El cómo una o más personas actuando en grupo, pueden llegar a cometer actos criminales sin habérselo propuesto, o sin estar ‘predestinados’ ni habérselo imaginado nunca.

En este caso criminal, hay algo que está más que claro: existe una clara escenificación. Una puesta en escena, como bien precisa El País hoy.

Y ese tinglado ha corrido por cuenta de varias personas. De más de un grupo de ellas.

Por una parte, el grupo de las cuatro parejas involucradas, casi todos médicos; y, por otro, el grupo de asesores mediáticos llegados posteriormente.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/cuidada/puesta/escena/McCann/elpepuint/20070913elpepisoc_2/Tes

El insondable comportamiento humano es una fuente de fascinación constante para mí.

El caso Madeleine es uno de esos que bien pueden usarse como una clara radiografía de él. Además, de lupa de toda una época y de ciertos grupos sociales.

En lo que atañe a lo primero, este caso dejará claro (todavía no lo está del todo), cómo las personas no son sólo ellas, sino ellas y las circunstancias que las rodean. Y que a mayor gravedad de las circunstancias, mayor la posibilidad de que se deje traslucir la verdadera catadura moral de una persona y su entorno.

En lo correspondiente a lo segundo, es interesantísimo ver cómo el desarrollo de un caso así no habría sido posible antes de la era digital, de esta época. Sin la red, la telaraña mediática y comunicativa no habría podido fraguarse. Para empezar, sin su página web, los McCann no habrían obtenido el nivel de solidaridad y popularidad alcanzado, ni muchas de las donaciones hasta ahora recibidas.

En lo tercero -el contexto social-, parece ser que el médico cardiólogo Gerry McCann, estaba por ocupar una plaza directiva en un centro médico. Sus circunstancias, vamos a decirlo así, eran, entonces, especiales.

Pero aunque no fuera cierto lo del ascenso o postulación a un cargo. Se trata de tres parejas social y profesionalmente ‘exitosas’ y que, por lo tanto, tendrían mucho que perder.

Una vida completa: amigos, puestos de trabajo, posición social, ingresos, lazos familiares emocionales, su futuro y, claro, su libertad.

Esto, en el supuesto de estar involucrados en la desaparición de Madeleine.

Vayamos por partes y hagamos, primero, un somero repaso de lo que se conoce por la prensa.

PERSONAS INVOLUCRADAS:

-Madeleine McCann, por cumplir 4 años al momento de su desaparición;

-sus padres Kate McCann, médica, y Gerry McCann, cardiólogo; junto con tres parejas más:

-Matthew (Mathew?) y Rachel Oldfield, médico y consultora, respectivamente, y padres de una niña de un año;

-David y Fiona Payne, médicos, y la madre de ésta, Dianne Webster; y

-Russell O’Brian y Jane Tanner, médico el primero, y padres de una niña asimismo.

DÍA Y HORA EN CUESTIÓN: 3 de mayo de este año, aproximadamente entre las 18:00 y las 22:30 horas.

(Si son verdaderas ciertas informaciones, las hijas de dos de las parejas se encontraban enfermas y padecían de vómitos esa noche. A esto se debe que considere una hora inicial más temprana que el momento en que la madre anuncia por primera vez el ‘secuestro’ de su hija, alrededor de las 22:00.)

LUGAR: Portugal, Algarve, Praia de Luz, complejo turístico hotelero The Ocean Club, Restaurante Tapas, apartamento 5a del hotel.

(Distante este último unos 50 metros de las habitaciones donde se encontraban los niños, según unas fuentes. Según otras, se trataría de 100 metros.)

CIRCUNSTANCIAS: después de haber hecho cenar a los niños, estos son llevados a sus habitaciones del hotel para que duerman, mientras que sus padres se dirigen al restaurante aludido a cenar a su vez y donde consumirán 14 botellas de vino entre 6 adultos (información recogida de la bitácora de una supuesta criminóloga y no corroborada). (**)

TESTIGOS Y TESTIMONIOS: los antes citados, más otros huéspedes y empleados del hotel y del restaurante, cuyas identidades y testimonios desconozco.

-Jeremy Wilkins, huésped y pareja de tenis de Gerry McCann; se encuentra con éste en un pasadizo y charlan un momento, entre las 21:05 y las 21:15. Desmiente el testimonio de Jane Tanner, según el cual, un hombre habría pasado por ese pasadizo llevando un bulto extraño.

-entrenadora de aerobics Chekaya, dirige un juego de salón esa noche en el Tapas; desmiente algunas afirmaciones de las parejas.

SOSPECHOSOS: Robert Murat, vecino angloportugués, traductor de la policía, primer sospechoso y detenido; actualmente libre de cargos y seguramente inocente en lo que compete a este caso; un ciudadano ruso, también libre de cargos; los McCann y sus dos parejas acompañantes de esa noche.

CRONOLOGÍA PRINCIPAL: Madeleine McCann desaparece de la habitación del hotel, donde dormía junto a sus dos hermanos gemelos menores.

(Transcribo, a continuación, una cronología –no corroborada- que acabo de encontrar en un artículo en la versión digital de un diario español y cuya dirección incluyo al final.) (*)

Aquella noche no fueron sólo Gerry y Kate McCann quienes dejaron a sus tres hijos abandonados en el dormitorio. Matthew y Rachel Oldfield, doctor y consultora, dejaron también a su hija… ¿de solo un año! Lo mismo hicieron Russell O’Brian y Jane Tanner con la suya. Pero lo anterior todavía resulta aún más insólito si tenemos en cuenta que las hijas de las dos últimas parejas ¿estaban enfermas! La hija de Russell O’Brian, encima, vomitaba. Que a pesar de las mínimas edades de sus hijos y de que dos niñas estaban malas se reunieran todos en el restaurante resulta tan sorprendente que uno comienza en seguida a sospechar que el encuentro parecía tener más de obligación que de devoción. Como si éste hubiera sido amañado para servir de coartada, borrar huellas y trasladar a la niña… o al cadáver de la niña.

Con este triple fin podrían explicarse las idas y venidas de los comensales. Los primeros en llegar al bar Tapas, a las 20′30, fueron los McCann. A pesar de la ‘puntualidad británica’, los Oldfield y el doctor Russell O’Brien llegaron al restaurante un cuarto de hora después. David y Fiona Payne llegaron todavía más tarde, con casi media hora de retraso. A las 21, Gerry McCann salió para ver a sus mellizos y a Madeleine. A las 21′10, con 40 minutos de retraso, Jane Tanner se unió a su pareja, Russell O’Brian, y a la cena. A las 21′25, retornó Gerry McCann. No había novedad. Todo parecía seguir normal. En ese mismo instante, Matthew Oldfield se levantaba para ver a su hija, que, como hemos dicho, estaba enferma. Cinco minutos más tarde Russell O’Brian, cuya hija estaba también enferma, hacía lo mismo. Cinco minutos después, Matthew Oldfield regresaba al restaurante. Russell O’Brian no lo haría hasta las 21′55. A las 22, salió Kate McCann. Es la que se topó con la ausencia de Madeleine y dio la alarma de que ‘había sido raptada’.

De ser cierto lo que escribe el autor de este artículo –no sé cómo puede tener información tan detallada-, el asunto estaría más o menos claro.

Se trataría de un raro caso de negligencia médica –con la atenuante vacacional de los implicados-, agravado por encubrimiento, falsos testimonios y desaparición de pruebas criminales.

(-¿El parentesco, sería una circunstancia atenuante o una agravante? –me pregunta mi Lector Atento, ese loro que llevo sobre el hombro derecho y que a veces se despierta para hacer incómodos comentarios y preguntas; pero no he sabido responder a su pregunta.)

Alguien podría ver en el hecho de que la familia se preocupara de informar primero a la prensa del supuesto secuestro y no a la policía, un intento desesperado por lanzar las redes y los tentáculos del pulpo mediático lo más antes y efectivamente posible.

En Inglaterra –si no me equivoco- existe el mayor número de cámaras de video para la vigilancia pública. De allí, a confiar en la mayor cantidad de ‘ojos’ posibles, no hay mayor trecho. Puede ser.

Muy bien.

Pero, ¿por qué esperar 30 minutos, media hora, para marcar el siguiente número y, finalmente, comunicárselo a la policía?

Un secreto ya no era.

Hasta un retraso de diez minutos podría explicarse por el nerviosismo, el desconocimiento del número a marcar y el problema del lenguaje.

Pero no 30 minutos.

¿Deseaban, acaso, retrasar la presencia policial?

Hay más.

Según se sabe, una vecina (¿húesped del hotel?, ¿portuguesa o inglesa?, que luego ha confirmado su testimonio a la policía) afirmó que se había ofrecido a eso de las 22:00 a llamar a la Guardia Nacional, al enterarse de la desaparición de la niña.

-La madre dijo a la vecina que ya nos habían llamado y no era verdad. Afirmó que alguien había entrado desde fuera, pero la contraventana estaba forzada desde dentro. Dijeron que cada media hora iban a controlar a los niños pero los empleados del restaurante lo negaron –ha afirmado una fuente policial. (El País.)

Hay un detalle importante más.

Antes de alertar a la policía, Kate McCann se habría preocupado primero de obtener en la recepción del Ocean Club el número telefónico del párroco de la localidad.

¿Por qué? ¿Y para qué?

Pasemos al siguiente punto.

RECOMPENSA: 1,5 millones de euros.

Esto de la recompensa ofrecida por un particular es otro detalle interesante.

Un ciudadano británico, movido, según sus declaraciones, por el hecho de tener también hijos y ver que nadie hacía nada en ese sentido, ofreció el 11 de mayo una recompensa.

Atención (debajo la fuente, lamentablemente, en alemán), traduzco:

El hombre de negocios británico Stephen Winyard se ha declarado dispuesto a pagar 1,5 millones de euros por informaciones que permitan la liberación de la niña.

Liberación.

Otro que insiste en una posibilidad que no ha sido probada y de la que no existe ningún indicio salvo la terca posición de los padres.

Por lo demás, ¿cuál creen que es el área comercial en la que se desenvuelve este hombre de negocios?

Espero que lo hayan adivinado. Es dueño de un Centro Médico. Escocés, para más señas; pero la coincidencia es muy extraña.

http://www.spiegel.de/panorama/justiz/0,1518,482419,00.html

PRUEBAS RECIENTES: dos perros spaniel, Eddie, de siete años, y Keela, de tres, llegados a Portugal desde Inglaterra a proposicíón de la mismísima Scotland Yard y especializados en el rastreo de restos de sangre y de los olores que despide la descomposición de un cadáver, han encontrado pistas de ambos elementos.

No se trata de perros novatos.

Eddie y Keela llevan más de 200 crímenes resueltos en su canino historial profesional, tanto en Gran Bretaña como en EEUU.

Continuemos, sin ocuparnos de esto, por ahora. Esto no acaba. Ahora viene otro caso raro.

Una persona testificó haber sido testigo presencial de cómo un hombre cargaba el día de la desaparición con un bulto que podía tratarse de un niño.

La noticia –desconozco cuándo se hizo la declaración- apareció el 26 de mayo. Es decir, 23 días -más de tres semanas- después de ocurrido el supuesto secuestro.

Por cierto, esa persona era una amiga de los McCann y no pudo explicar bien por qué había esperado tanto.

Se trataba de Jane Tanner, una de las mujeres del grupo en cuestión.

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, 14-09-2007

(*) http://www.ideal.es/granada/prensa/20070913/tribuna_granada/paso-madeleine_20070913.html

(**) La bitácora se llama Escepticismo criminológico y tiene sus cosas bastante interesantes, junto a toda una hipótesis harto deductiva y respetable de la autora. Llama la atención, nomás, su gran descuido al escribir, que incluye el no utilizar ninguna tilde (acentos escritos). Por lo menos es consecuente en esto hasta en la grafía de su apellido, que debería ser Sáez y no Saez.
http://www.escepticismocriminologico.blogspot.com/


¿NEOGUERRILLEROS EN EUROPA?

13 Septiembre 2007

Una de las manifestaciones humanas que más me fascinan son las protestas sociales.

Si bien las individuales y hechas a título personal, también pueden ser muy interesantes, la dinámica de las protestas sociales es algo a lo que mi mirada curiosa no puede escapar.

dinamarca.jpg

 

Bien sabido es que la psicología de masas -o de grupos- explica por qué ciertas personas son capaces de hacer cosas extremas y actuar de una forma a las que no se atreverían -ni se les ocurriría siquiera- si estuvieran solas.

Ver cómo funcionan esos mecanismos en las protestas sociales y observar cómo interaccionan con ellas, haciéndolas abortar, estorbándolas o potenciándolas, es algo que me interesa sobremanera.

COPENHAGEN, domingo 2 de septiembre del 2007

Los jóvenes lo tenían bien planeado. Atacaron de noche, cuando sabían que la policía no contaba con algo así.

Era un domingo. Destrozaron escaparates y vidrieras a pedradas, saquearon negocios y con llantas incendiándose levantaron barricadas.

¿Gaza o Beirut?

No.

Nørrebro en Copenhagen.

-No podemos estar en permanente estado de alerta solo porque a un par de idiotas se les ocurra iniciar sus disturbios a cualquier hora –declaró el jefe policial danés responsable ante las críticas de los vecinos de la zona.

De esa actitud policial se valieron varios cientos de ‘idiotas’ o ‘revoltosos’ (este es el término que prefiere la policía) para preparar su Acción de Domingo por la Noche.

(Las mayúsculas son mías.)

Los destrozos y las barricadas incendiarias à la París ‘68 es el saldo parcial de la escalada de hace unos diez días y que ha cambiado radicalmente el aspecto del barrio Nørrebro de Copenhagen.

63 integrantes del llamado bloque autónomo han sido detendidos y 20 de ellos pasarán a disposición del juez instructor en el transcurso de estos días.

Se trata de grupos de jóvenes, mayormente adolescentes, que habían iniciado ese domingo por la tarde una acción de protesta pacífica por la evacuación y el cierre forzoso de su centro juvenil autogestionado y que ahora se empieza a demoler.

La desalojo del Ungdomshuset (‘hogar juvenil’) corrió a cargo de las brigadas especiales antiterroristas de la policía danesa en marzo de este año, a lo largo de varias noches de protesta en las que no faltaron heridos ni detenidos.

¿Dio resultado esa actitud de tolerancia cero de la policía danesa?

Ahora se ve que no. Al contrario.

Como en muchos casos, se quiere resolver un problema social atacándolo como uno simplemente criminal.

BERLIN, septiembre del 2007

Lo planean todo con mucho cuidado. Escogen el lugar con tino y dedicación. Luego regresan de noche.

Prefieren atacar en el centro de Berlín, muchas veces en calles residenciales, donde abundan los automóviles densamente alineados uno junto a otro.

-¿Todo bien? –se preguntan con un gesto llano, sin palabras, al cruzarse.

Los otros dos responden solo con un movimiento de los párpados. Suelen actuar en trío.

Antes han acordado el día y la hora en un emilio cifrado y disfrazado de una simple invitación a una fiesta. ¡Fiesta, fiesta!

Llegado el momento, dos de ellos se encargan de vigilar los alrededores. El tercero se acerca a su objetivo, saca un bloque de cubitos de esos que se usan para encender el carbón de las parrillas y lo coloca junto a una llanta. Ahora él está ‘limpio’. Lo peor ya pasó para él, porque ya no lleva consigo ninguna prueba compremetedora. Ahora le toca vigilar la zona.

Uno de los otros pasa por el automóvil escogido, se agacha como quien recoge una moneda caída y con su encendedor o mechero hace que el cubito prenda fuego. Es una cuestión de 5 a 10 segundos.

En un par de minutos, cuando los tres ya han vuelto cada cual por su camino y ya deben estar sentados en diferentes vagones del metro berlinés –conocen los horarios para no perder tiempo esperando y no correr así más riesgos-, la llanta del automóvil empieza a arder. Lentamente, primero. Luego, el resto del vehículo.

El método tiene riesgos mínimos, bajos costos y efectos tremendos. ¿Una especie de neoguerrila?

Van 91 automóviles en lo que va del año en Berlín. Nunca ha habido tantos casos similares. En la escena, se conoce este delito como Nobelkarossentod, que quiere decir algo así como ‘muerte o defunción de carrozas nobles’. Una especie de guerrila contra automóviles de lujo. ¿Es eso todo?

¿Quiénes son? ¿Qué persiguen? ¿Cómo están organizados?

Paradójicamente, muchas veces son sencillos automóviles de particulares los que terminan siendo devorados por el fuego y no solo vehículos exclusivos y especialmente aparatosos.

Hace unas tres semanas ardieron unidades del ejército alemán.

Lo que hasta ahora se sabe es que los autores pertenecen a una organización que se hace llamar grupo militante. Así, con minúsculas y sin que del nombre se pueda deducir mayor información.

O, simplemente mg; las siglas del nombre en alemán: militante gruppe.

Se sabe muy poco, por lo demás, de esta agrupación de extrema izquierda.

Lo que más posee la policía son suposiciones, conjeturas, deducciones y sospechas.

Después de un año de observaciones, perseguimientos y escuchas telefónicas, y en una redada sin precedentes, han sido detenidas varias personas a las que se les acusa de planear y participar en estos atentados.

La acusación del fiscal general de Alemania es bastante vaga. El objetivo de la organización clandestina sería “socavar las estructuras del actual sistema político y social a través de acciones militantes, con el fin de imponer un orden comunista mundial”.

Parece un chiste del pasado.

Aunque esto suene a anacronía, activistas radicales ya han reivindicado por lo menos una veintena de atentados en los últimos seis años. El primero ocurrió el 2001, cuando Otto Graf Lambsdorff, un político del (ultra) derechista FDP, recibió amenazas y explosivos por correo.

Se le acusaba en la misiva de ser responsable de que muchos de los sobrevivientes del holocausto no hayan sido indemnizados adecuadamente.

Prosiguieron incendios de automóviles, ataques incendiarios a oficinas del estado y a una estación de policía, seguidos de cartas reivindicativas del mg.

¿Quiénes podían ser?, se preguntaba la policía.

Hasta que el 31 de julio de este año, fueron detenidos tres personas implicadas en un ataque incendiario a vehículos policiales en Brandenburg.

Lo interesante de todo esto, es que no solo se encuentran detenidos esos tres individuos. Con ellos fue también detenido Andrej H, sociólogo urbanista o especialista en ciudades.

Se le acusa de ser el autor intelectual de los atentados del grupo militante.

¿Pruebas?

Indicios. Suposiciones. Conjeturas.

Según los investigadores, palabras clave y frases completas de sus textos y artículos encuentran coincidencia en las cartas reivindicativas del mg.

A una sola palabra le atribuye la policía el mayor peso. Se trata de un neologismo, gentrificación.

gentrif.jpg

“No nos vendemos”

Viene del inglés, gentrification, y define el proceso por el cual un barrio o zona de una ciudad en estado de decadencia o que posee cierto atractivo potencial aún no conocido o pasado, empieza primero a ser habitado por sus bajos alquileres por personas que reconocen ese atractivo y que terminan poniendo después de moda y encareciendo el barrio en cuestión, desplazando a los habitantes de la época decadente.

El proceso es más o menos similar en todo el mundo.

Debido a los bajos alquileres y a cierto atractivo –generalmente arquitectónico- , cierto barrio en clara decadencia empieza a ser preferido por pioneros: artistas, estudiantes, miembros de ciertas subculturas. Cuando los estudiantes egresan y empiezan a ganar dinero y los artistas logran establecerse, el estado de las viviendas y de la infraestructura en general, empieza a mejorar, volviéndose interesante para los especuladores inmobiliarios.

Finalmente, la gente que vivía allí, termina siendo desplazada por capas sociales más pudientes.

¿Puede encarcelar la policía a alguien por la coincidencia de un simple vocablo?

El académico detenido venía siendo observado desde agosto del año pasado, junto con sus amigos y conocidos.

¿Era legal esa observación?

La nueva Ley Antiterrorista, como en otros países, le da un amplio margen de acción a la policía alemana.

Pero, ¿qué pruebas existen contra Andrej H., aparte de las coincidencias textuales?

A comienzos de este año, el académico fue observado acudiendo a una cita con un hombre al que había contactado por la red.

Ese hombre también estaba siendo observado por la policía.

Y este mismo hombre fue capturado por la policía en Brandenburg en el ataque incendiario fallido del 31 de julio contra vehículos militares.

Mala suerte para Andrej H., el experto en gentrificación.

-Es absurdo –declara su abogada, Christina Clemm-. Acusar a alguien de pertenecer al mg, solamente por haberse encontrado una sola vez con uno de sus miembros. Además –añade-, ni siquiera existe una grabación de lo que hablaron en ese encuentro.

36 investigadores y académicos, muchos de ellos sociólogos, han firmado un manifiesto de protesta por esta detención.

Para ellos, “se trata de un ataque fundamental a la libertad de investigación y enseñanza”.

El diario británico Guardian, se ocupó del caso bajo el título de Guantánamo in Germany.

Los jueces alemanes callan.

¿Se puede acusar a alguien de pertenencia a una organización terrorista solo por incendiar automóviles?, es la primera pregunta objetiva que se presenta.

¿Existen organizaciones terroristas alemanas en Alemania, es decir, formadas por alemanes?

¿Cómo se puede probar?

¿No se trata más bien de una especie de neoguerrilla nacida de la extrema izquierda y que se trata más de un caso social que de un caso político y puramente criminal?

¿De qué se quejan estos jóvenes?

¿Qué atacan, en el fondo?

¿Qué no les parece bien?

El hecho de que recurran a métodos extremos como el de incendiar automóviles –van 91 en lo que va del año- dice mucho de la claridad de sus objetivos y de su consecuencia.

¿Cuáles son esos objetivos?

¿Crear la anarquía?

Si bien en Alemania la policía está reaccionando con más tacto que sus colegas daneses en Copenhagen, este fenómeno de extrema protesta social, rebalsa su limitada formación policial académica.

El ejemplo danés y las protestas en Heiligendamm con motivo de la cumbre del G-8 han dejado una vez más claro que la solución no está en la represión ciega e inflexible. (Es lo que le enseñan a los más jóvenes, justamente.)

Como en el caso de otros conflictos mundiales, ella solo propicia la aparición de nuevos activistas por simple solidaridad y rabia social.

¿Rabia social?

Impotencia, me atrevo a decir.

Ver cómo las cosas en este mundo van tomando un rumbo que –supongo- ya ni siquiera es posible tratar de influenciar por los canales políticos tradicionales.

Estos militantes, por esto mismo, tienen las cosas claras. Sus propias cosas claras.

Como no se puede hacer mucho, por lo menos dejémosle el escupitajo en la cara a este sistema, me imagino que es la idea.

¿Sabrá encontrar el estado soluciones a este tipo de delitos? ¿Servirá todo esto por lo menos para propiciar una reflexión sobre el estado general de cosas?


¿Sinceramente?

Lo dudo.

Me atrevo a decir que a estas alturas del partido, ya se puede decir abiertamente que el Proyecto Mono Sapiens puede considerarse como fallido. (Y esto independientemente de si se es creyente o no.)

Creo, por otra parte, que el claro carácter criminal de muchas protestas sociales nos nubla masivamente la visión -tanto a gobernantes como a gobernados-, impidiéndonos o haciéndonos olvidar ver qué hay detrás de ellas.

Es decir, se pierde un buen material de análisis sociológico; como cuando un muchacho delinque y todo gira alrededor de la condena y nadie se ocupa de ver por qué llegó a delinquir de tal manera y si es posible aprender socialmente de ello, para evitarlo en otros casos en el futuro.

(Aparte de olvidar ver si la culpa es exclusivamente suya, que casi nunca lo es. Quiero decir que se suele castigar el hecho mismo, pero no su motivo, sus raíces. Al alumno, pero no al maestro; para decirlo provocadoramente. La sociedad castiga a sus productos, a sus miembros; pero no se pena a sí misma. Muchas veces ni se cuestiona, siquiera.)

Me imagino que la franca imposibilidad o rareza moderna de esta capacidad de análisis social y expresión clara de miopía -y hasta ceguera- masiva, debe formar parte del ideario de estos jóvenes extremadamente contestatarios.

HjorgeV

Colonia, 12-09-2007


TAXI PAPÁ Y DROGAS

11 Septiembre 2007

La idea no era mala.

Se trataba de mostrar a los niños cuáles son los riesgos reales que conlleva el consumo de drogas, a través de experimentos y juegos.

Sobre todo, aquellos riesgos que tienen una incidencia directa sobre los demás y que se traducen en gravísimos accidentes de tránsito y graves problemas de salud, por ejemplo.

Se trataba de una actividad oreganizada por la policía de Colonia y dirigida al público en general.

-Tienes que salir a la una –me dijo mi esposa.

-¿A qué hora empieza?

-A las 13 y 45 –me respondió-. A las 13 y 5 salen las chicas del colegio, las recoges y se van a la ciudad.

Me dio un recorte del periódico con la actividad en cuestión y en el que figuraba la dirección.

Si las chicas salen a esa hora, pensé, hasta que lleguen a la salida del colegio, suban, se sienten, se pongan el cinturón de seguridad, más la cantidad de niños y vehículos de todo calibre que hay a esa hora, pensé, saldremos a eso de la una y quince.

¿Media hora hasta el centro de Colonia a esa hora de la tarde?

Jamás, me dije.

-Creo que has vuelto a calcular mal -le dije, sin que me hiciera mucho caso.

En esto debemos ser la pareja perfecta, porque ni ella se entera a veces de mis opiniones ni yo tengo que hacer -entonces- mucho esfuerzo para formularlas.

Llegamos a las dos y cinco.

Es decir, veinte minutos tarde.

Y eso que tuvimos suerte con el estacionamiento. Además, descubrimos que la dirección indicada, Breitestraße 72, albergaba hasta tres entradas diferentes bajo un mismo número. Saludos de Murphy.

Como no tenía ganas de enfrentarme con el mal humor de nadie –cosa frecuente en este país- decidí quedarme fuera. Era un día relativamente lindo, además. De esos que parecen hechos para pasear con un par de ideas en la mente. (Aunque después resultó mentiroso.)

-Ya empezó hace 20 minutos -el portero.

-Tiene un reloj que funciona el señor -yo.

-¿Cómo dice? -el portero.

-Si nos va a dejar entrar o no.

Algo así quería evitar.

Si hay algo que detesto especialmente es esa gente a la que le gusta castigarte verbalmente. Reprenderte por lo que has hecho, antes de ponerte el semáforo en verde para lo que sea.

-Ha estado conduciendo por encima del límite de velocidad -me dijo una vez un policía que iba delante mío en un automóvil civil y que me hizo señas para detener mi camioneta. Si era cierto lo que él decía, me había sobrepasado por muy poco. Venía malhumorado el tipo.

No le respondí.

-Usted sabe que todo conductor… -continuó él, gran cascarrabias.

-¿Cuál es su trabajo? -lo interrumpí, casi con una sonrisa.

-¿Cómo que cuál es mi trabajo?

-Sí -le hablé lo más clara y neutralmente posible-. ¿Cuál es su trabajo, caballero? Si me tiene que poner una multa hágalo y tendré que aceptarlo. Si me interesa recibir una reprimenda de su parte, déjeme su número y ya yo lo llamaré si se da el caso.

-No venga usted a hacerse el fresco, joven -empezó a balancearse sobre las dos piernas.

-Dígame usted qué ley o reglamento estipula que una multa debe ir acompañada de una reprimenda. ¿Conducía muy rápido? Pues bien, aténgase a su labor y póngame una multa o lléveme a la comisaría si cree que le estoy faltando el respeto. Sé aceptar las leyes, ¿sabe? Lo único que no quiero es cargar con el malhumor de otra gente. Con el mío trato de ser egoísta.

-Mire, mire… -empezó a decir.

Felizmente me tocó un tipo juicioso y el asunto no pasó de ese intercambio de palabras y, me imagino, que no se atrevió a ponerme una multa porque no estaba muy seguro de lo que afirmaba.

-Pregunten si es posible que se queden solas o si necesitan que las acompañe un adulto –les dije a mis hijas, quienes habían convencido a una de sus amigas para que viniera con nosotros.

Era una de esas muchachitas que por su aspecto físico parecen salidas de una película para niños o de una historieta gráfica.

-No creo que tengamos problemas por eso –dijo la rubia con las pecas, haciendo balancear las dos colas de su cabello, mientras tratábamos de atravesar la ciudad-. Tal vez nos pregunten por qué llegamos tarde, pero nada más.

-Díganles la verdad. Es lo que menos problemas suele traer –les recomendé.

-Ya, ya –me respondieron las tres, al unísono.

Me quedé solo en la puerta, hasta que regresó una de ellas para anunciarme que podía pasar a recogerlas a las tres y cuarto.

-De acuerdo.

Me volví a quedar solo frente a la puerta de la administración central del principal diario colonés, en pleno centro de la ciudad.

Desde donde estaba se podía ver la catedral a lo lejos, por encima de la gente que a esa hora regresaba de hacer la pausa del mediodía o de los escasos vecinos del lugar.

Como tenía que enviar dinero a Lima, pensé que podría aprovechar muy bien la hora para ir caminando hasta la estación central y hacerlo. Las condiciones climáticas habían cambiado rápidamente y no eran las ideales para un paseo, pero, con suerte, podría ir y volver sin que me pescara un chubasco, de esos propios de esta época.

En el trayecto hasta el centro de Colonia, habíamos estado conversando sobre el asunto.

-¿Saben lo que son las drogas? –les había preguntado.

-¡Claro! ¿Qué nos crees?

-Muy bien. Nómbrenme tres.

Se rieron, pero aceptaron el reto.

-¿Saben que en Holanda está permitido el uso de la marihuana con fines recreativos? -les pregunté.

Se quedaron calladas por un momento.

-Éxtasis –dijo la de la historieta.

Ajá, pensé.

-Alcohol –dijo mi hija menor.

-Una tercera –insistí, pero se quedaron calladas, entre riéndose, intercambiando miradas y tratando de asegurarse de no decir ninguna tontería.

-Hay varias más –dijo mi hija mayor.

-Nómbralas.

-No sé bien los nombres.

-¿Y por qué no dicen nicotina? –pregunté.

-Ya –intervino Marla, la rubia con las dos colas-. Estábamos hablando de drogas de verdad, ¿no?.

-La nicotina lo es. Y de las que causan mucho daño, además. Triplica el peligro de sufrir un infarto cerebral, por ejemplo.

-Sí –dijo Marisol, la menor-. A la gente que fuma se le nota. Tiene la temperatura corporal más baja que los demás. Lo vi en un programa de televisión.

-Se le nota en la piel. Hasta en el cabello -agregué.

Seguimos conversando en torno al tema.

-Eso es lo malo –les dije-. El comercio ha conseguido que una de las drogas más funestas, pesadas para el que no la consume y con efectos directos para el que la consume pasivamente, pase como un producto comercial más. Como una bebida o un chicle. Existen máquinas automáticas expendedoras de nicotina por todas partes. Publicidad en casi todos los medios. Está prohibida en los colegios y otros centros de estudios, pero los maestros y profesores se drogan (fuman) sin ningún escrúpulo. Se usa hasta en los restaurantes.

-Pero eso ya está prohibido –dijo una de ellas.

-Y los menores de 16 ya no pueden fumar en la calle.

Era nuevo para mí. Allí me enteré que según una nueva ley que acaba de entrar en vigor, los menores que sean descubiertos fumando en la vía pública se verán obligados a pagar hasta 40 euros de multa.

¿Tiene sentido algo así?

Tengo la sospecha que ese tiro podría salirle por la culata al estado. Según la misma ley, ahora las máquinas expendedoras solo se pueden activar con una tarjeta bancaria, es decir, solo mayores de 18 años pueden tener acceso a algo así.

Las tiendas que vendan nicotina –en cualquiera de sus formas- a menores, pueden ser multadas hasta con 10.000 euros de multa.

¿Funciona algo así?

¿No se corre el riesgo de ganar todo un círculo de personas –menores- envueltas en una especie de tráfico amistoso de drogas, en este caso, de nicotina?

Les expuse el problema a las chicas. Ellas tienen entre once y doce años. Como aparentan más, pronto se van a ver confrontadas con varias drogas. Empezando con las falsamente llamadas sociales.

¡Todas son sociales!

Solo que un par de ellas –alcohol y tabaco- han conseguido hacerse con la etiqueta de ‘inofensivas’, y sospecho que las industrias respectivas deben financiar muchas de las llamadas ‘campañas antidrogas’, que, en el fondo, solo sirven para apisonarles el camino a ellas dos.

¿Puede existir una sociedad libre de drogas?

Esta es una pregunta que se han hecho y se siguen haciendo expertos, sociólogos, investigadores, médicos, padres y demás personas involucradas en el tema.

Parece que no.

Que se sepa, las drogas han acompañado al hombre, fielmente, desde que este las descubrió.

En todas las civilizaciones el hombre ha consumido drogas por motivos diversos: medicinales, rituales, religiosos, por simple costumbre o por simples motivos lúdicos o recreativos.

La historia de muchas culturas, es también la historia de su particular lucha contra lo que se puede considerar como una plaga.

O no.

La convivencia del hombre con dos drogas que son, cada una por su parte, más perniciosas (el alcohol y el tabaco son las que causan más muertes) que todas las demás llamadas duras juntas, lo demuestra.

El hombre puede convivir perfectamente con ellas.

El asunto es cómo.

¿Tiene sentido una actitud puramente represiva y que criminaliza por edades, mientras que los demás pueden actuar a sus anchas?

Me imagino que tiene sentido hasta cierta edad. Pero a partir de otra –los 14 o 15- esa criminalización puede obtener un efecto contrario, porque es bien sabido que uno de los ganchos de toda droga es su carácter prohibido.

Uno de los ganchos, no el único.

El mayor problema (social) lo constituyen, por otra parte, los llamados grupos de riesgo.

No se necesita ser ningún sociólogo ni un investigador especializado del asunto para saber que más o menos todos –una gran mayoría de nosotros- hemos pasado y pasamos por la tentación de varias drogas. Repito. Están en las vallas de publicidad, en las fiestas, en los bares, en los hogares.

Nuestro contacto con las drogas es ‘muy alto’ considerado desde dos puntos de vista: frecuencia y magnitud.

Creo que nuestra actitud respecto a las drogas está viciado por ese ‘triunfo’ de la industria del tabaco y del alcohol.

No lo está tal vez para aquél que ya pasó por esas vicisitudes, pero sí para aquellos, jóvenes y adolescentes, que empiezan a ‘despertar’ en ese tipo de aspectos de la vida.

¿Cuál es el riesgo?

Que, al final, más gente termine enganchada tanto a las llamadas drogas duras como a las falsamente llamadas blandas.

Si por los adictos a las primeras es muy difícil hacer algo y muchos gobiernos se rompen la cabeza en busca de soluciones, a la larga, por lo menos en Europa, el continuo crecimiento de adictos a la nicotina y el alcohol, pondrá aún en más apuro el funcionamiento de varios sistemas sociales.

El sistema laboral o el sanitario, por ejemplo.

De hecho, el alcoholismo juvenil ha aumentado y proliferado alarmantemente en las dos últimas décadas en este país.

Los jóvenes ya no quieren esperar a cumplir 18 para ‘gozar’ con todo lo que la publicidad y propaganda promocionan, y que ellos escuchan, ven y consumen por donde vayan.

Sea sexy, cul (ya castellanizado, si ha venido a quedarse, no lo sé) y diferente: fume o beba tal.

Lo paradójico es que los adultos lo hayamos permitido. Le hemos dado todas las llaves a la industria y al comercio, y nos hemos encontrado con que ellos no han sabido hacer otra cosa que la que mejor saben: vender.

A ser posible sin ningún escrúpulo.

Lo grave es que lo sigamos permitiendo y nos dejemos engañar tan fácilmente.

¿Sería posible una sociedad sin drogas prohibidas?

Muchos expertos dicen que sí.

Otros claman, en cambio, tontamente, por prohibir todas. A pesar de que es obvio que eso aumentaría la delincuencia y el crimen organizado, como ocurrió con la Gran Prohibición –la Ley Seca- en EEUU allá a comienzos del siglo pasado.

En mi pobre opinión, creo que el sencillo y siguiente paso a dar, sería sacarnos la máscara. Dejar la hipocresía a un lado, que solo defiende el bolsillo de dos industrias legales que ya han ganado lo suficiente y no necesitan más ganancias.

Muchachas y muchachos, la nicotina y el alcohol también son drogas muy peligrosas. Las consumen muchos adultos. Todas las drogas son peligrosas. Pero también nos pueden gustar.

¿No será mejor aprender a vivir más sana y abiertamente con ellas?

Creo que lo otro sería querer negarnos (ejercicio muy humano) y escapar a nuestro sino.

Como decía Paracelso, el padre de la farmacología, ya hace medio millar de años -quien consideraba que todas las sustancias eran venenosas-, la diferencia entre un veneno y un medicamento está en la dosis.

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, 11-09-2007


SERES DE GRABOSTE

10 Septiembre 2007

¿Quién sabe las verdades que robamos a los

seres de Graboste esa mañana de marzo

en los arredales?

 

¿Quién sabe qué circunstancias les estropeamos

en la defensa de nuestros prodigios

al momento de huir ellos en bandadas?

¿Quién sabe asirse de la sal y sacar a pasear

a abuela que ya no sabe siquiera quién eres?

 

¿Quién sabrá postrarse sobre la Tierra y

pedir perdón por Graboste?

 

Nos ha separado un señor rencoroso que huele a

sávila.

Nos ha dejado atrás convencido de

nada.                                                  

Y ahora tú y yo tenemos que mirar el cielo

para preguntarnos todo.

 

Te lo digo de padre a hijo.

Los secretos los guardé en una botella que arrojé

a un pantano y

éste ya se ha secado.

No hay más.

 

Prepara tu bolsa e introduce tu huevo del pato.

 

HjorgeV

Pulheim-Sinthern, 10-09-2009