POLÍTICOS, ABOGADOS Y CAMISETISMO

13 Noviembre 2007

¿Tengo algo contra los políticos o los abogados?

Mi frase “Los políticos y los abogados constituyen una raza aparte. La única que podría justificar cierto racismo”, ha provocado indignación.

Se trataba de una broma provocadora y pesada. He debido agregar: “Esto solo se lo pueden tomar en serio los políticos y los abogados”. Pero parece que cometí una barrabasada. Lo siento mucho. Grave error el mío.

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¿Cómo puedo tener algo contra media humanidad?

(Es un decir.)

¿Nadie se ha dado cuenta que todo no fue más que un intento aparentemente bien encubierto pero frustrado de gastarle una broma pesada a nuestro gran amigo Ramón Pineda, abogado de Honduras?

¿Puedo tener algo contra los políticos o los abogados, entonces?

No.

Son gente tan importante para la sociedad como los que recogen la basura de las calles y los que escriben libros, los agricultores y los transportistas, los profesores y los médicos.

Pero con los dos hay un problema del mismo tipo. Suelen sufrir de la misma especie de deformación profesional. De camisetismo.

Me explico.

Los dos tienen que defender una camiseta.

En esa lucha, por lo general, no importa mucho lo que se pueda quedar en el camino, aún cuando eso se llame Verdad.

En ese sentido iba mi fea broma. Que todos no actúan así, es algo que está claro. Lo mío fue una generalización infeliz. Estoy contra el camisetismo, no contra los abogados ni los políticos, en general.

(Por lo demás, no por nada existen muchos chistes particularmente malévolos sobre abogados; no lo olvidemos.)

Pero no abandonemos el tema.

El político tiene que defender la camiseta de su partido.

El abogado, en primer lugar, la camiseta de sus intereses, que, aún siendo los de respetar y hacer cumplir la ley, no tienen que ser necesariamente los de su cliente. Y aún siendo los de respetar y hacer cumplir la ley, no son necesariamente los de la razón y la lógica. Lo vivimos a diario.

¿Esto es aplicable a todos los abogados? Seguro que no. Espero que ni siquiera a la mayoría.

Un abogado no te dice que lo que has hecho es correcto o incorrecto. Él trata de ver qué chances tienes frente a las leyes. Y qué chance tiene él frente a su oponente, si hay uno.

Y muchos abogados te dicen: “Vamos a ver lo que podemos sacar”, si el caso no se presenta fácil. Pocos son los casos (si realmente puedes pagar) en los que un abogado te dirá: “No me importa su dinero. Usted no tiene ninguna chance”.

Además, como las leyes son defectuosas por definición o, más bien, por naturaleza, el verdadero abogado sabe desde el comienzo que él no va a buscar justicia, él se va a enfrentar con, va a interpretar a y rebuscar en la ley.

En ese sentido, muchos abogados –aquellos que solo se preocupan por ganar dinero- no tienen ética. No la pueden tener.

Porque eso podría significar poner en riesgo sus ingresos: su máxima preocupación.

(Un buen abogado tiene que mantenerse en un constante equilibrio circense entre sus principios éticos –si los tiene- y los márgenes que le dicta la ley.)

¿Por qué son defectuosas las leyes?

Porque las hacen seres humanos en un momento determinado.

El ser humano comete errores, por naturaleza.

Por otra parte, la ley que se da en ese determinado momento, tratará de cubrir todos los casos conocidos hasta él. No puede cubrir los casos que no se conocen ni los que todavía no existen.

Una buena ley puede tratar de adelantarse a su tiempo, pero siempre llegará el momento ‘natural’ en que tenga que ser corregida y aumentada. Es su sino. Un abogado lo tendría muy difícil si solo buscara justicia, mientras su contrincante se limita a aplicar ‘bien’ las leyes.

En el mundo moderno ya prácticamente no existen los casos de abogados que, a pesar de las leyes, querrían luchar por la Justicia.

Todo eso se acabó hace bastantes años, hace un par de décadas, creo yo. Apenas si quedan los ilusos que piensan transformar la sociedad o el mundo desde su profesión.

No sé si quedarán los que todavía tratan de defender a los más pobres, a los más indefensos o a los más necesitados por una simple cuestión de principios. Incluso creo que, en esta era tan idólatra del dinero, eso debe estar muy mal visto entre los colegas.

(A todos esos profesionales, desde aquí, mi gran reconocimiento y mi aplauso. A esos ilusos, como yo mismo me considero. No es un insulto, entonces.)

Vivimos tiempos digitales muy rápidos. Lo que antes podía tardar meses y hasta años porque todo se debía hacer manualmente, ahora lo hacen o lo pueden hacer las computadoras.

¿Significa ello que vamos o ya estamos asistiendo a una más ligera administración de la justicia?

De ninguna manera. No lo creo, por lo menos.

Hecha la ley, hecha la trampa, es una sentencia que tiene ahora más que nunca su significado claro.

Para defender a sus clientes –defendiendo de paso sus ingresos y su puesto de trabajo- los abogados tienen que volverse hoy en día cada vez más sutiles.

¿Más tramposos, entonces? Es una palabra muy dura. Pero considero que, a partir de cierto punto, el trabajo de muchos abogados en muchos casos no va más allá de ser una simple búsqueda de la trampa y del hueco en la ley.

El político profesional, por su parte, tiene que defender a su grupo, a los suyos, a su camiseta, aunque eso signifique ir contra sus principios personales. Si no lo hace, muere, políticamente –partidariamente- hablando.

Claro, con suerte, hay más que piensan como él y forman un nuevo partido. Hasta que vuelve a ocurrir lo mismo que le sucedió a él.

Un partido político, si se quiere mantener como tal, no puede ponerse como fin o meta buscar la verdad.

Un partido político no es una institución o escuela filosófica. Está pensado para bregar en la lucha electoral y luchar para no desaparecer.

Por otra parte, como político, si quieres ‘avanzar’, tienes que agradar indefectiblemente. Y aquí está otra de las grandes tragedias de la democracia occidental actual.

Para poder ganar votos, no solo tienes que exponer bien tu programa. Éste tiene que llegar al posible votante. Tienes que agradar. Tienes que entusiasmar a la gente, porque si no, no te da su voto. Es decir, como político, quieras o no, tienes que ser populista. O terminas siendo arrojado del paraíso.

Y del populismo a la demagogia, hay un solo paso. De allí a cualquier otra cosa peor, no hay tampoco mucho trecho.

Recientemente, Rodríguez Zapatero –a quien, por ejemplo, yo considero una buena persona, con todos los defectos y limitaciones que toda persona tiene, también las buenas-, en su afán de mostrar que había defendido a Aznar por simple cuestión de principios, en mi opinión, metió las cuatro al afirmar que lo había hecho porque se trataba de un compatriota.

Algo que es una sandez, según creo yo. Basta preguntar:

¿Apoyó, solo por ser su compatriota, al valiente señor Borracho Y Punto que agredió, vejó y humilló a la muchachita ecuatoriana en el metro de Barcelona?

¿Apoyaría otro agresión así, solo por el hecho de ser el agresor un español?

Me gustaría saber su respuesta.

Pienso que es hora de cuestionar el estado de cosas en la llamada democracia moderna.

En mi opinión, el sistema democrático occidental fomenta esta figura del político saltimbanqui en cuestiones de principios. Por el contrario, políticos como Bush pueden volver a ser elegidos a pesar de sus flagrantes errores: porque en el momento adecuado supieron ganarse –no importa cómo- a los electores.

Como un político también tiene que vivir, si vive solo de hacer política profesional, se las tiene que ingeniar para no perder su puesto de trabajo. El propio sustento y el de su familia.

Y recurre, por ejemplo, al uso de la publicidad y de la mercadotecnia. Comprometiendo aún más a los principios que podría tener. Porque ya sabemos que publicidad y mercadotecnia son cosas que sirven para vender sin importar -mucho, o apenas- los contenidos.

Ese es el gran drama de la gente que tiene ideas propias, principios e ideales.

Pensaba en todo esto cuando se me ocurrió la bendita frase, no pensaba en fastidiar a aquellos que ejercen esta profesión y lo pasan bien, viven cómodamente y sin (muchas) preocupaciones económicas. Ni siquiera en los abogados ilusos. (No es un insulto, ya aclaré arriba.)

Pensaba en los desamparados por la justicia. En todos aquellos que los políticos olvidan o condenan a más desgracias (muchas veces en otras partes del planeta) solo para ganarse el voto de sus electores.

Pensaba en los olvidados que no son interesantes para los abogados porque no pueden pagarle lo que normalmente cobran.

Seguramente estoy generalizando más de la cuenta. Sí. Van a perdonar. Si digo esto corro el riesgo que me lluevan palos. Lo sé. Sobreviviré. Pero, si no lo digo, sé también que me hago cómplice de muchas injusticias en este mundo.

Pienso que el político y el abogado –política o abogada- que quiere ser correcto/a, tiene que ser consciente de sus grandes debilidades y limitaciones materiales, reales.

Porque el peligro del camisetismo es que se empieza defendiendo al amigo, al elector o político elegido, al compatriota y se termina ya saben muchos donde.

Allí tienen a muchos españoles defendiendo el exabrupto de su monarca (no es defensa de Chávez), sobre el que nadie se pregunta qué sucedería a partir de ahora si todos consideraran que esa es la forma correcta de actuar en cualquier discusión con estadistas de otros países.

La moda del ¡¿Por qué no te callas?!

En simposios, conferencias, discusiones, foros, en la familia, en la pareja y en el trabajo.

Una moda vanguardista:

“Vamos, que no es un eseso [exceso]. Es que lo hace nuestro rey, que tiene la misma nacionalidá(z) que yo, macho!”, dirán muchos.

(“Es la furia española”, dijo otro por ahí. “Aahhhh…”, le respondí.) (Otra versión de lo mismo es: “Right or wrong. It’s my country”.)

Es para no creerlo.

El camisetismo no defiende a alguien por sus ideas, por lo que piensa, por sus ideales o por sus razones. Solo se guía por el color de la camiseta, del partido, de la bandera del país o del uniforme.

Allí está el gran peligro.

Pregúntenselo a los alemanes no tan jóvenes. O a los fanáticos italianos de hace unos días.

¡Qué digo!

Pregúntenselo a los padres y a los familiares del jovencito antifascista de 16 años, Carlos Javier P., apuñalado y muerto por un miembro de un partido de ultraderecha el pasado domingo en Madrid.

HjorgeV

Colonia, 13-11-2007