EL SÍNDROME DE DIÓGENES

PERDER LA BRÚJULA

Quería decir ayer que pocos saben lo que es verdaderamente la dignidad humana.

Muchos, siguen sin saberlo hasta que la pierden.

(Me pregunto si la reacción más natural ante la desgracia o el infortunio ajenos, es mirar hacia otro lado.

Me respondo que no, porque al momento se me viene a la memoria y sé de gente que encuentra fascinación en su contemplación.)

Me imagino que nuestras sociedades, vistas como grupos humanos interesados en el bien de todos, tendrían que aprender a mirar objetiva y razonablemente también allí donde no es agradable.

Nunca es necesario ir muy lejos para encontrar la desgracia humana.

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Para comprender el fenómeno de la gente que termina viviendo en la calle, por ejemplo, es necesario atender varios aspectos de nuestro propio comportamiento. Visto el todo así, nos podremos asombrar, incluso, al ver que no es un problema tan lejos de nuestras propias ‘posibilidades’.

Primero, tengamos en cuenta que lo que llamamos la ‘gente normal’ –en cualquier parte del mundo- está acostumbrada a planificar su vida de alguna forma.

Por lo menos a tener una idea más o menos concreta de cómo ella se va a desarrollar.

También sucede que son los demás los que deciden por nosotros, con o sin nuestro consentimiento: el mercado, las relaciones laborales, la familia, el cónyuge, la política.

Un rumbo mental siempre se tiene o se suele tener, entonces. Más o menos definido, de acuerdo a nuestro desarrollo y las circunstancias por las que atravesamos.

Eso es algo de lo que carece la gente que vive en la calle.

Perder la brújula en todo sentido, tal vez sería una denominación bastante aproximada de lo que debe suceder con ellos.

Por otra parte, bien visto, en la llamada era moderna coinciden nuestros ciclos naturales de vida (de energía y desgaste físico) con el ciclo de la vida laboral.

De tal manera que una gran parte de la gente de este planeta no tiene mucho tiempo para pensar en qué va a ser de su vida, una vez que la ha entregado a la maquinaria del mercado y en cualquiera de sus diferentes niveles.

Somos niños, vamos a la escuela donde aprendemos todo lo que se necesita para ingresar después al mercado laboral, estando mejor o peor preparados. Ingresamos en él y cuando ya no nos necesita éste, hemos alcanzado también, por lo general, la ancianidad.

Esto no siempre ha sido así, ni tiene por qué ser siempre así.

En las sociedades más adelantadas, el gran desarrollo tecnológico y científico está haciendo posible que aún mucho después de la jubilación, la gente pueda entregarse a los simples placeres mundanos. La medicina alarga la vida y, la bonanza económica, las posibilidades de entretenimiento.

Todo esto le faltará –entonces- a nuestro hombre o mujer de la calle, porque las duras condiciones de vida se la acortarán drásticamente.

Otro punto que no debemos olvidar, es que la gente ‘normal’ no sabe lo que es perder la autoestima y la confianza en sí mismo más allá de los ataques normales que todos padecemos en ese sentido.

Me imagino que lo que le sucede al ‘sin techo’ es lo mismo, pero de forma extrema y permanente.

Si nosotros mismos a veces creemos no poder salir de ciertos huecos más o menos existenciales o críticos producidos por problemas en el seno de la pareja, la familia, los amigos o el trabajo, no nos tiene que ser muy difícil imaginar entonces que llegado un cierto punto, uno puede llegar a rendirse, literalmente hablando.

Es algo que no sucede a menudo, pero muchas veces nos rendimos ante la adversidad. Y tiramos la toalla.

ABANDONAR Y ABANDONARSE

Y el siguiente paso es abandonar a nuestra pareja, los estudios, nuestra familia, el trabajo o, incluso el propio país. Deseamos pasar la página. Ya no damos más.

La suerte que tenemos es que tenemos una pareja, amigos o familiares que nos apoyan en esos momentos clave. O tenemos un apoyo material: dinero u otro tipo de riquezas, por la razón y medios que aquí no interesan.

La gente que termina viviendo en la calle, no tuvo, no tiene y no tendrá ese apoyo en los momentos decisivos.

De hecho existe mucha gente que mentalmente vive como un ‘sin techo’, porque se ha abandonado en muchos sentidos. Pero, como son gente que tiene la suerte de no haber perdido su hogar, no pasa a completar la lista de los otros menos afortunados.

Bien visto, creo que todos nosotros siempre descuidamos –‘abandonamos’- algún aspecto de nuestra vida. Por lo general, el más trivial, menos importante o el que menos nos interesa en determinada época. (Pueden ser varios.)

Los estudiantes, por ejemplo, no son especialmente famosos por mantener el orden en sus habitaciones.

En otros casos, descuidamos –‘abandonamos’- a nuestros amigos y familiares por tener la cabeza puesta en otras metas.

Otros lo suelen compensar con dinero, pagando para que otra gente se ocupe de los aspectos de su vida más ‘abandonados’: alguien que haga la limpieza y se ocupe de sus hijos, por ejemplo.

O muchas veces una relación matrimonial se limita a que un integrante de la pareja –la mujer, por lo general- recibe dinero del otro como la mayor expresión de la ‘unión’ en la que viven.

EL SÍNDROME DE DIÓGENES

El caso extremo de estos casos de abandono personal y social, lo constituye el llamado Síndrome de Diógenes, que es una enfermedad mental que suele afectar sobre todo a ancianos que viven solos.

Los que lo sufren son afectados por un agudo trastorno del comportamiento que los lleva a aislarse voluntariamente en su hogar y a vivir en un casi total abandono social y personal, cuya manifestación más llamativa es la de la desatención de la higiene.

Es un fenómeno –como todos aquellos relacionados con aspectos nada agradables de nuestra condición humana- que recién a partir de 1960 se empezó a estudiar.

Personalmente, tengo la sospecha que muchos de estos trastornos del comportamiento tienen que haberse agudizado y se irán agudizando aún más con el avance de la economía de mercado, cuya única o principal misión es la de acumular y reproducir las ganancias sin preocuparse apenas por el precio social a pagar.

Las personas afectadas por el Síndrome de Diógenes suelen acumular grandes cantidades de dinero, basura u otros objetos en su casa. Hasta animales.

¿Quién de nosotros no ha visto alguna vez deambular por las calles de la ciudad a una persona de aspecto vagabundo y cargando en bolsas o en un cochecito lo que obviamente no acaba de comprar en un supermercado?

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Se conocen casos de gente que ha llegado a acumular verdaderas fortunas por diversos medios (mendicidad, ingresos fijos) en su hogar, mientras su vida personal y social se iba descomponiendo cada vez más.

Se dice que los que padecen de ese síndrome están ligados emocionalmente a cada uno de sus objetos (o animales) y son incapaces de distinguir entre lo que es de ‘valor’ y la basura, propiamente dicha. Para ellos todo es de valor o nada es basura.

Otros llegan a más o menos lo mismo, por el alto miedo que tienen de desprenderse de cualquier objeto.

¿Acaso no seremos -en el fondo- todos nosotros sino una forma más o menos civilizada de este tipo de ‘Diógenes’?

Pienso en los que acumulan objetos sin poder desprenderse de ellos: muebles, electrodomésticos, enseres en general, reliquias. Aparte de los clásicos, como: dinero, joyas, libros, revistas, estampillas, discos. Aún a sabiendas que nunca los vamos a poder consumir o utilizar del todo.

O en aquellos que no pueden desprenderse de una serie de medicinas que nunca más irán a –ni deberán- usar.

Pienso también en mi padre y en su gran biblioteca que apenas alguien usa, pero que cuidaba con el esmero de quien cuida una pública. Lo digo, porque días atrás uno de mis hijos marcó el libro que le había leído antes de dormir doblando una de las páginas y mi primer impulso fue impedirlo.

“No pasa nada si lo hago”, me dijo Jorge Juan, de seis años, con una sonrisa condescendiente.

Y tenía razón.

Salvo que fuera un libro que tuvieran que usar varias personas al día, ese tipo de cosas sirven muy bien para recordarnos alguna vez que lo leímos, por las marcas que dejamos en las hojas. (Además, los libros infantiles actuales suelen ser particularmente robustos. Por lo menos, aquí en Alemania.)

Se dice que el miedo de esta gente es tener que pasar pobreza en algún futuro incierto, de tal modo que se les desencadena una especie de compulsión acumuladora.

ACUMULACIÓN TURBO-CAPITALISTA

Me pregunto aquí si esta obsesión o compulsión por acumular irreflexivamente no estará emparentada con aquella otra del capitalismo más agresivo, en el que cada vez más gente se siente arrastrada por un deseo de querer acumular bienes, riquezas y dinero, hasta un punto tal, que ni siquiera viviendo miles de vida podrían gastarlo todo.

¿No sufrirá un millardario un serio desorden del comportamiento al acumular ese tipo de grandes riquezas? (No me refiero al millonario común y corriente.)

¿Será un miedo incontenible a la pobreza el que impulsa a mucha gente a acumular riquezas inconcebibles?

La diferencia está en que los primeros Diógenes no suelen causar daño a nadie. (Salvo cuando los vecinos se quejan por el mal olor de sus viviendas, si es de los que acumulan basura, por ejemplo.)

Los otros Diógenes grandes capitalistas voraces, sí que hacen daño. Y mucho. Porque llegan a tener tanto poder que pueden regir los destinos del planeta a su voluntad. Y ya vemos que su voluntad puede estar psicológicamente trastornada.

(¿Y los que acumulan obsesivamente poder?)

Las desventajas del Turbo-Capitalismo moderno y sus Diógenes Tíos Ricos, se ven reflejadas en 4 simples cifras:

1. Dos terceras partes de la actual humanidad tiene que vivir con 2 dólares al día.

2. Se calcula en 7,5 millones de niños, la cifra de los que mueren al año como producto de su pobreza sobre este planeta.

3. La mitad de las riquezas mundiales les pertenece solo a 2% de los millardarios actuales.

4. El 1% de todas las riquezas mundiales tiene que ser compartido por el 50% de todos los adultos del mundo.

Se suele hablar de los Derechos Humanos, pero, al parecer, pocos piensan en los derechos de la gente que muere de pobreza cada día. (Olvidando, por otra parte que toda riqueza proviene originalmente del trabajo efectivo de alguien. Trabajo que ya saben ustedes quién lo hace verdaderamente y quién no.)

Lo absurdo es que nunca antes en nuestra historia ha existido tanta riqueza como ahora.

Y tampoco tantos ‘Diógenes’ acumuladores de riquezas vanas, fatuas, innecesarias y aniquiladoras como hoy.

DIÓGENES DE SINOPE

Diógenes de Sinope, por su parte, fue un gran filósofo griego de la Escuela Cínica, famoso por su alto grado de ascetismo.

No se conocen textos suyos. Sólo solo se sabe de él por la sección que su tocayo Diógenes de Laercio le dedicó en su libro Vidas de los filósofos más ilustres.

En una de las anécdotas que éste último refiere en su libro, cuenta, que, habiendo pernoctado Diógenes de Sinope a la entrada de la casa de un hombre rico para protegerse en la noche de la lluvia, éste se acercó a la mañana siguiente a ofrecerle ayuda en forma de una bolsa de dinero.

-No la necesito –respondió Diógenes, famoso por creer que la absoluta privación e independencia de las necesidades materiales conducía a la perfección moral.

-¡¿Cómo que no la necesitáis, oh, gran filósofo?! –replicó el hombre rico-. ¡Todos quisieran tener una así!

-¿Todos? –preguntó, divertido, el maestro asceta.

-¡Claro! –respondió el otro, empezando a indignarse por la negativa recibida.

-¿Tú también? –insistió Diógenes de Sinope, con una sonrisa un tanto misteriosa.

-¡Pero, por supuesto! ¡Esa y muchas más!

-Entonces, quédatela tú. La necesitas más que yo –le respondió el maestro.

HjorgeV

Colonia, 28-11-2007

Una respuesta para “EL SÍNDROME DE DIÓGENES”

  1. Elissa Dice:

    Entré a tu página navegando y este artículo me pareció excepcional.
    Soy parte de un grupo de MSN y me gustaria pedirte permiso para publicarlo alli, por supuesto que respetaria tu derecho de autor. Me parece fascinante lo que has escrito y muy cierto además.
    Espero tu respuesta.
    El sitio no es mio, pero se llama : http://groups.msn.com/Unlugardeensueos (debió decir un lugar de Ensueños pero la administradora entró el grupo en inglés y en inglés la ñ no existe, cosas del idioma.)
    Un saludo cordial desde mi lugar del universo.
    Gracias por tus pensamientos.
    Tambien lei otro donde un señor te critico por una semejanza con Benedetti, qué le vas a hacer, hay gente que construye, y otros…bueno, tu ya sabes! Cada cual con su cada cuala, sigue con lo tuyo, mil gracias.

    Rpta.: Gracias por tus palabras. Por lo demás, ¡ya quisiera yo escribir como Benedetti! HjV

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