señor juez.
Permítame que le cuente.
La juventud enseña a escuchar a los mayores.
Además era un conocido profesor de la universidad,
extranjero, gran filósofo para más señas.
Después de una de sus clases me invitó a
su departamento.
Tenía libros por todas partes, señor juez.
De esos que rematados en cualquier
tienda de viejo pueden dar para vivir
media vida de poeta.
La discusión fue bárbara,
pero no más que el whisky mezclado con no sé
qué, señor juez.
Usa mi sofá para dormir si deseas, me dijo el
filósofo con sus ous acompañandou toudas sus frases
y me quedé dormido enseguida,
después de un par de horas discutiendo
sobre altos temas de la cinematografía y del
pensamiento
humano al lado de una o dos botellas.
Cuando desperté por efecto de lo que yo creía
una pesadilla, señor juez,
la succión de su boca filosofal
rodeada de barba dura y mal recortada
me atraía con la fuerza de una fiera.
Quise vomitar, desprenderme del
mundo de golpe.
Sólo sé que
le pegué fuerte en el mentón
y luego salí arrastrándome de su apartamento.
No recuerdo más.
Recién a los dos o tres días, otro profesor
me mostró en el periódico
la fotografía
del filósofo muerto.
Lo juro,
señor juez.
HjV 23-12-2007