LA MEDICINA DEL FUTURO (II)

20 Diciembre 2007

Quien tiene vocación médica, en lo primero que se fija no es en tu bolsillo.

El mejor médico, por lo demás, es aquél que sabe que los malestares caseros no cuestan. Mejor dicho, sólo cuestan tiempo. Paciencia y buen humor.

Una gripe, decía un viejo dicho, dura una semana con médico. Y siete días, sin él.

Pero un buen médico tiene que tener el ojo clínico para saber diferenciar entre lo serio y lo banal. Entre las meras ganas de ser atendido (por alguien) y ser finalmente escuchado en serio, y las dolencias más o menos triviales que tiene todo el mundo, por un lado, y las verdaderamente serias, por otro.

El buen médico sabe que más de la mitad de su trabajo consiste en devolverte la confianza en ti mismo.

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Un médico sin vocación no sabe qué es eso, porque para él, todo funciona como una caja registradora. Lo único en lo que sí puede confiar.

Un buen médico tiene que ser una especie de consejero fiscal en casos más serios, tratando de ponerse en tu lugar al momento de decidir qué es lo más conveniente para ti y tu bolsillo.

Un médico sin vocación, no pierde tiempo.

-Tiene que operarse –te dice.

-Doctor. ¿Está pretendiendo decirme que me quiere extirpar las amígdalas?

-Ineludiblemente.

-¡Pero si ya me las extrajo el año pasado!

-¿No le dije que era ineludible?

Después de una pausa, en la que tú sabes que se está decidiendo no tu salud, sino tus ahorros (en el mejor de los casos), te dice algo así como:

-¿Qué le parece si seguimos con un riñoncito?

Todavía recuerdo con precisión mi primera mala experiencia con los médicos alemanes.

Mis primeros tiempos en Alemania me los pasé sufriendo una bronquitis diagnosticada como crónica por la doctora que consulté. A juzgar por las veces que la tuve que visitar, no parecía crónica sino permanente.

(Hay que tener en cuenta que a finales de los ochenta apenas se sabía qué era eso del sida y era más fácil entonces que te despertaras desnudo y sin saber en dónde diablos estabas. Encima, hasta que realmente recobrabas el conocimiento por los tragos de la noche anterior, no sabías por qué te habían robado la frazada o colcha.)

Se trataba de una doctora. Tenía su consultorio cerca de la universidad y era especialista en las vías respiratorias.

Recuerdo que me saludó cortésmente, me recetó ya no sé qué y que estuve visitándola cada par de meses por el asunto de la bronquitis.

Debe haber sido la cuarta vez que, de puro aburrido, se me ocurrió tomar la carpeta con mi historia médica y leerla mientras esperaba que me atendiera la doctora K.

Me di con una gran sorpresa.

Según ese documento, yo era una persona que sufría no solo de bronquitis crónica. A juzgar por todo lo que había allí escrito, ya tendría que estar muerto. Además tenía una serie de alergias. Algo que yo ignoraba por completo. Debía tratarse de una confusión.

Cuando finalmente la doctora entró al consultorio, le hice notar el error.

Su reacción fue inequívoca para mí. Lo pude leer en su rostro.

Creo que si simplemente se hubiera hecho la distraída, ese hecho habría pasado desapercibido para mí. Pero su reacción la vendió, como se dice.

Luego pretendió hacerse la molesta por haberme inmiscuido yo en lo que no me correspondía, pero casi le dije que se callara y que debía estar agradecida de que no pensaba denunciarla.

La siguiente vez fue cuando un médico quiso solucionar un pequeño fastidio que tenía, proponiéndome una sencilla cirugía ambulante.

-La verdad, me siento perfectamente, doctor. Solo venía por seguridad. Por las dudas, como se dice.

-No se preocupe, amigo –me respondió él-. Esto lo solucionamos en un momento. Solo requiere anestesia local y en media hora ya estamos listos.

¡Pasar media hora bajo su cuchillo por quítame esa paja del ojo!

Jamás, me dije.

-Bueno, doctor… –empecé a decirle, pero él me interrumpió.

-Estas cosas pueden volverse muy serias si no se erradican de raíz desde el principio, amigo.

-¿Y quién hace la operación? –pregunté, por preguntar algo.

-¡Yo mismo! –respondió él, alegrándose-. Hago un par cada día.

-Ah –fue todo lo que pude decir, empezando a pasar revista de todo lo que había en el consultorio.

Me vi echado sobre la camilla que estaba en una esquina y que parecía sacada de una película de Hollywood, pero de una de indios y vaqueros.

Me vi impotente, bajo el bisturí del galeno, a quien había acudido más por curiosidad que por nada.

-Mire –me dijo él-. Le voy a recetar unas pastillas y las va tomando hasta el día de la operación.

¡Esa fue mi salvación!

Mientras observaba cómo escribía la receta, vi que la mano le temblaba. ¿A un tipo con un pulso así, pensaba confiarle yo mi cuerpo?

¡Las huiflas!

Me levanté y, sin siquiera despedirme, abandoné su consulta.

La siguiente vez sucedió unos años más tarde.

Como a mí me gusta leer, muchas veces solía hacerlo en las mañanas al despertarme, o en las noches, al acostarme. De tal manera que adquirí, siendo alguien que apenas ve televisión, lo que yo denomino el Síndrome del Televisor Echado.

¿Qué es esto?

Cada vez que escucho que alguien tiene problemas o dolores de espalda, le digo:

-Te apuesto a que ves televisión echado en tu cama o en tu sofá.

Cada vez la respuesta es más o menos la misma:

-¿Y cómo lo sabes?

(Siempre espero que me agreguen: “Deberías abrir una tienda de televisores”, pero hasta ahora no ha sucedido.)

Un día, jugando al fútbol en un día especialmente frío y lluvioso, sentí que algo no estaba bien con la parte baja de mi espalda. Algo que debía localizarse entre la región lumbar y sacra.

No le di importancia y ya no sé qué hice después, lo cierto es que de pronto, mientras me encontraba arrodillado en el baño, cro que cortándome las uñas del pie, me quedé tieso como un maniquí. Una punzada me había dejado inmóvil, impidiéndome poder ponerme de pie.

Es una de esas cosas verdaderamente impresionantes de la vida.

Tú eres una persona normal y corriente, y, de pronto, resulta que piensas que nunca más vas a volver a poder caminar.

Felizmente solo había sufrido lo que ahora –con propiedad- se llama desorden musculoesquelético. Más concretamente: un ataque de lumbago.

En alemán recibe el nombre de Hexenschuss. Algo así como el ‘disparo de la bruja’, que te toma desprevenido en cuatro patas y ya no te puedes levantar.

La primera reacción es de pánico.

Algo que solo consigue que el desorden se agrave.

Mañana continuaré contándolo, pero baste decir hoy que justo cuando estaba por dejarme operar de una supuesta hernia discal por recomendación médica, la salsa me salvó.

Sí, hablo de la música.

Un grupo de amigos al que yo había ofrecido llevar hasta el Petit Prince ( la diminuta catedral salsera más antigua de Colonia), me convenció de que los acompañara a la sala de baile.

El Petit se encuentra en un sótano, de tal manera que bajé a duras penas las escaleras.

Me causó una envidia, a la vez que una tristeza infinita, ver bailar al resto de la gente, temiendo que yo quizás nunca más volvería a caminar normalmente.

Hasta que me sacó una muchacha a bailar antes de que le pudiera decir que apenas me podía mover.

¡Entonces sucedió el milagro!

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, 20-12-2007


LA MEDICINA DEL FUTURO (I)

19 Diciembre 2007

¿Existen buenos médicos en Alemania?

No se trata de una pregunta retórica.

Personalmente, he empezado a dudarlo. Desde hace mucho tiempo ya.

He tenido tantas y tan malas experiencias en todos los años que llevo en este país y he escuchado las de muchas otras personas, que no debería dudar de eso.

Debería estar seguro de que es así. Me estoy refiriendo a la vocación médica, no al trabajo médico, que casi siempre es muy loable.

(Mi esposa me acaba de decir que soy un exagerado. Dice que sí existen algunos médicos con vocación y pasaporte como el suyo. Algunos.)

A mí me preocupa el futuro de la medicina en este país.

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Para empezar, estoy convencido de que los médicos alemanes no tienen vocación.

No puede existir vocación –tomará mucho tiempo cambiarlo- en un país cuya población colaboró con el Holocausto y los demás crímenes del Nazismo, me digo.

Quiero creer que esa es una de las razones por las cuales cada vez que se ve sangre o alguien tienen algún dolor o enfermedad, la respuesta natural y más común de los habitantes de este país es mirar hacia otro lado.

¿Qué buscarán con la mirada? ¿Una ambulancia?

(No es una broma, si existiera ese impulso casi natural por tratar de aliviar el dolor de los demás que yo conozco de mi país –por lo menos de mi ambiente familiar y del de mis amigos y vecinos-, no podrían haber muerto tantos judíos en las cámaras de gas. Menos, de inanición. Alguien -muchos- tendría que haberse compadecido de ellos. Pero no fue así.)

¿O sucede también en otras partes del mundo que la gente mira hacia otro lado cuando se ve confrontada con el dolor humano, vamos a decir, casero?

Por lo menos -repito-, de mi país, el Perú, de mi niñez y de mi juventud, no lo conozco así.

Es más, cuando te pasaba algo o tenías algún malestar o dolencia, tú no sabías de dónde se aparecía tanta gente que tú no recordabas haber visto alguna vez, y que trataba de darte la receta definitiva.

-¿Dolor de cabeza, vecinita? Córtesela, ya no podrá peinarse después, pero habrá desaparecido el dolor. Garantizado.

La vocación médica es algo que se aprende y se adopta desde la niñez.

Cuando escuchamos de la abuela, la tía o la vecina que esto o lo otro es lo que se tiene que tomar o hacer, para aliviar un resfrío o el dolor en alguna parte del cuerpo.

Cuando vemos cómo se forma una especie de consejo de familia para ver qué medidas tomar cuando a un niño le sale sangre por la nariz o le sangran las rodillas debido a una caída.

De mi niñez recuerdo los términos árnica, mercurio cromo y aseptil rojo.

Con esos tres productos había gente que te podía curar de cualquier cosa. Incluso si aún no habías nacido.

El aseptil servía para las heridas en la piel, las típicas de los niños con pantalones cortos. (Me pregunto ahora a cuántos niños habrá horrorizado el aseptil con su aspecto y color de sangre.) Si tenías dolor de garganta, también podías hacerte unos toques con aseptil.

Para las contusiones y los golpes, estaba el árnica.

¡Qué olor a diablo y a solterona sentada toda su vida que despedía ese líquido bendito, no jodan!

Nunca pude entender para qué servía, aparte de que te dejaba una mancha aún más fea que el moretón que al día siguiente –hicieras lo que hicieras- ibas a tener.

¿Por qué, cuando teníamos algo, mi madre lo primero que hacía era llamar a una tía antes que al médico?

¿Porque todavía no era fin de mes y no había recibido todavía el cheque de mi padre y no se podía dar esos lujos? ¿O porque no confiaba en ellos, en los médicos, y más en las tías?

¿O las cosas que nos sucedían solían pasarnos sencillamente por las tardes o las noches, durante los juegos y al final del día cuando ya estábamos agotados y los médicos ya no atendían?

¿Quién no ha tenido -o todavía tiene- una de esas tías que con su botiquín repleto, parecía preparada para la Tercera Guerra Mundial?

Aquí las tías alemanas si te recomiendan algo, es consultar las páginas amarillas.

(Son las únicas personas que todavía siguen usándolas, por lo demás. Y seguro que te pueden hacer quedar mal si les contrapones la Red al buscar alguna dirección local.)

Y si las tías alemanas quieren darte algo contra el dolor, ten la certeza de que será el número de teléfono o la dirección del próximo médico.

Encima, te advertirán de que si es viernes por la tarde –o sábado o domingo-, lo mejor será que hagas retroceder el tiempo y alteres lo sucedido, o, en su defecto, que te molestes en hacer esperar a tu malestar o dolor hasta el lunes siguiente, cuando los médicos vuelvan al trabajo.

A mí esto me parece absurdo.

En Alemania, los peluqueros cierran los lunes, por ejemplo, para recuperar el segundo día libre a la semana, porque abren los sábados. No me parece mal.

(En todo caso es su problema si alguien no quiere ganar dinero los lunes.) (En mi caso ese problema es más democrático, porque se reparte por toda la semana.)

Así, si alguien desea cortarse el cabello un lunes, tendrá que vivir sin cortárselo hasta el día siguiente. No puede pasar nada. Nada grave, por lo menos, ¿no es cierto?

En cambio, ¿qué creen los médicos?

¿Que las enfermedades, accidentes y dolencias también desean hacer sus dos días libres a la semana?

Y de ser así, ¿quién les dijo que los dolores, los golpes y demás, prefieren los sábados y los domingos?

No estoy proponiendo que todos los médicos trabajen durante el fin de semana. Se podrían turnar, por ejemplo.

Los restaurantes y cines dan el mejor ejemplo de que la vida no se detiene los sábados ni los domingos. (Creo que tampoco en ningún momento.)

Claro, alguien podría hacernos recordar que para eso existen los servicios de emergencia de los hospitales.

Pero, siguiendo la analogía, ¿se imagina alguno de ustedes, acudiendo a un restaurante por unas simples papas fritas y terminar recibiéndolas cuatro o seis horas después y encima tener que soportar el sermón del camarero por habérsenos ocurrido ese antojo un domingo al mediodía, algo que bien podríamos haber solucionado en casa?

¿O, se imagina alguien, esperar el mismo número de horas para que empiece una película?

Y hay que pensar que nada es, por lo general, gratuito.

Ahora que también en Alemania se ha empezado a liberar el horario de atención de muchos servicios y negocios, la iglesia ha levantado la voz.

¡El domingo es para descansar!

¿Por qué abren las iglesias los domingos, entonces?, es mi pregunta.

Por lo menos no estaría mal probar a dejar a dios en paz dominicalmente, a ver si así retoma el trabajo con más ahínco al llegar el lunes. Bastante ya debe tener ese señor con tratar de reparar lo que alguna vez se le ocurrió hacer ¡en una semana!

(Como soy ateo, la verdad, no sé de esas cosas, ni podría fundar el PaDiLiDo, el Partido Dios Libre los Domingos.)

Yo era uno de los que soñaba con que se me rompiera un brazo o una pierna y ser atendido en un hospital. No estoy mintiendo. No sé por qué diablos siempre soñé con eso. Y mi sueño –ahora digo, felizmente- nunca se cumplió.

Lo más cerca que estuve de eso, fue cuando me caí de rodillas en el Parque de las Leyendas desde una altura bastante razonable (para mis deseos hospitalarios, se entiende). Recuerdo que, dentro del intenso dolor, pensé con alivio:

-Esta sí que es para que me pongan yeso y me lleve la ambulancia.

Pero en vez de yeso o escayola, me pusieron árnica y Sanseacabó. (Por lo menos mi madre transigió en comprar una venda, que después calmó varias veces muy bien mis ansias hospitalarias.)

Curiosamente, jugando fútbol nunca me sucedió nada serio de niño. Ni de adulto. (Toco madera, como dicen los supersticiosos. Esos seres despreciables.)

En el juego en el que más golpes he recibido en la vida, lo más malo que me haya sucedido fue que me cosieran una herida con varios puntos en la cabeza.

Jugando en la calle, no vi que una camioneta repartidora había abierto sus grandes puertas traseras mientras yo soñaba con llevar a mi país al próximo Mundial. Creo que así aprendí algo que me ha servido mucho como jugador: saber levantar la cabeza al conducir el balón.

La medicina actual del primer mundo o mundo desarrollado (tecnológicamente, se entiende) se va dividiendo cada vez más en dos ramas: la que busca soluciones verdaderas y la que da prioridad a la medicina como negocio sobre todo lo demás.

En estas líneas me anticipo a la moda del futuro. Apúntenlo bien, no digan que no les advertí.

La medicina invasiva: operaciones, implantes, recambio de piezas, cirugía estética, se pondrá de moda.

Aproveche, oiga, vea.

Dará dinero.

Aparecerá una nueva profesión: la de convencer por puerta por puerta de la necesidad de una operación, así como alguna vez había gente que lo hacía para convencerte de que compraras tal o cual colección de libros o una enciclopedia.

(Si decías que no leías, te jodías, porque entonces te clavaban una aspiradora, que costaba más y encima no servía para leer.)

Continúa mañana

HjorgeV

Colonia, 19-12-2007


ESPERANDO LA NIEVE

18 Diciembre 2007

Qué mañana.

A pesar de no haber dormido mucho –pero bien: unas 5 horas, muy por debajo de lo que suelo dormir normalmente-, había conseguido levantarme muy temprano.

El fin de semana pasado tuve mucho trabajo fuera de casa, de tal manera que se me habían acumulado muchas tareas pendientes, algo que empecé a corregir ayer lunes y deseaba continuar hoy desde temprano por la mañana.

Como es martes y me toca trabajar desde las tres de la tarde hasta la una de la mañana otra vez fuera de casa, me había alegrado de conseguirlo, sin haber contado con la serie de pequeños incidentes que pueden sucederle a una familia de 6 miembros como la nuestra.

Para empezar, mi esposa había dejado anoche la llave de la puerta principal olvidada por fuera, puesta en la cerradura.

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Como en casi toda Alemania, eso no es algo que pueda preocupar verdaderamente. No por los ladrones, que son pocos y están especializados en lugares en donde verdaderamente vale la pena ejercer su oficio.

Lo que se originó fue otro problema.

Cuando una de mis hijas quiso abrir la puerta principal, se encontró con que se podía hacer girar la llave que siempre dejamos puesta por dentro, pero sin conseguir nada más que hacerla girar sin fin. (Siempre echamos llave a la puerta, por los niños más pequeños, pero la dejamos puesta, por cualquier emergencia.)

-Mapi, ¿podrías llevarme a la escuela porque he perdido varios minutos tratando de abrir la puerta y en bicicleta ya no llego? -me preguntó mi segunda hija.

-Claro –le dije, contento de poder hacerle un favor sin mayores consecuencias para mis actividades. (Ya veré cómo me las arreglo, me dije.)

-Voy yendo a la camioneta, ¿sí? Salgo por la puerta trasera. La tienes que cerrar al salir, porque haced mucho frío.

-Sí –le respondí-. Solo tengo que ponerme zapatos y chaqueta.

Y guantes, pensé, recordando que las temperaturas habían estado acercándose en los últimos días a los míticos 0°C, cero grados centígrados o Celsius.

Justo en la última Babelia había leído un corto reportaje que se hacía al arqueólogo y antropólogo británico Brian Fagan. Sus palabras sobre las paradojas del mundo actual me impresionaron, por su certeza:

“Observamos en la historia cómo una y otra vez el ser humano ha ido haciéndose más vulnerable a las grandes catástrofes en su afán, precisamente, por protegerse de las agresiones menores y más frecuentes del clima. Nosotros ahora somos vulnerables en una escala como jamás se ha visto, una cadena alimentaria frágil, superpoblación, grandes ciudades en las costas, sistemas de comunicación que si fallan nos dejarán desamparados…”. Fagan, que es un apasionado navegante, utiliza un símil marino:

“Somos el superpetrolero de las sociedades humanas, un pedazo de barco, pero a bordo casi nadie es consciente de los riesgos, navegamos sin cartas, sin pronósticos del tiempo -¡incluso se discute que sean necesarios!-, y sin hacer caso de las olas o de los albatros que huyen. Tampoco parece importarles a muchos que sólo haya botes salvavidas para uno de cada 10 pasajeros”.

Cuando llegué al automóvil, me di cuenta de cuánta razón tenía este sabio, hasta en las cosas más triviales. ¡Una capa de hielo cubría por completo nuestra camioneta!

Como había salido tratando de hacerle un favor a mi hija, lo había hecho imprevistamente, sin preocuparme por el pronóstico del tiempo.

En casos así, el procedimiento común consiste en raspar el hielo de las ventanillas con una espátula de plástico. La tarea toma varios minutos, como se podrán imaginar.

Para lo mismo, yo uso un método propio que siempre me ha dado muy buenos y muy rápidos resultados: lleno una botella con agua muy caliente del caño o grifo y la dejo caer por la superficie de las ventanas y del parabrisas, derritiendo así el hielo.

Lo hice, con un resultado satisfactorio, pero, al encender el motor, mi hija exclamó:

-¡Tenemos 5 grados bajo cero!

Ya era muy tarde, porque ya había hecho funcionar el limpiaparabrisas como de costumbre en un caso así.

Esta vez, esto sirvió para repartir la fina capa de agua por toda la superficie del parabrisas. ¡La temperatura ambiental la convirtió en apenas segundos en hielo!

No se podía ver nada ahora a través del parabrisas.

A tomárselo con calma y a raspar hielo, me dije. Los minutos seguían pasando.

Ya en el cruce principal, recién me di cuenta de que la fina capa de agua que había quedado sobre las demás ventanillas, también se había congelado y ahora me impedía ver hacia los costados.

Intenté bajarlas, pero el hielo lo impedía. Como son eléctricas, ni siquiera podía intentarlo por la fuerza. Calma, me dije, otra vez.

-¿Puedes ver si puedo entrar a la pista principal sin problemas? –le pregunté a mi hija.

-Creo que sí –me respondió ella.

Por las dudas, no lo hice. Y obré bien. Porque, sino, habría colisionado contra un automóvil cuyo conductor llevaba aún más prisa que yo.

-Ojalá caiga nieve –le dije a mi hija ya en la vía principal y asombrándome de la cantidad de escolares en su camino a pie y en bicicleta, pero no con la indumentaria adecuada como para soportar 5 grados bajo cero.

-Así no puede caer nieve –me dijo ella-. No hay humedad suficiente.

Me acordé de mi primera nieve en Colonia.

Lo bonito cuando cae nieve es que, por lo general, el frío no se siente enseguida.

Uno puede salir afuera con lo que lleva puesto y apenas percibir la diferencia de temperatura. (No es lo mismo si corre viento, entonces ni te atreves a abrir la puerta.)

Lo feo o malo es que si se te ha ocurrido creer que vas bien abrigado y ya estás en camino sin la indumentaria adecuada, no hay forma de no empezar a entumecerte a los pocos minutos.

Esta mañana llevaba un pantalón grueso de corduroy o pana, zapatos de invierno forrados por dentro, y, además de un polo, chompa y una ‘polar’, una chaqueta de cuero de oveja encima.

Sin embargo, y a pesar de no haber abandonado el automóvil y de haber esperado que funcionara la calefacción (lo hace con el calor del motor), cuando regresé a casa una media hora o poco menos después, tenía las manos casi congeladas porque había olvidado mis guantes.

Con todo, ver caer la nieve e ir observando como va alterando el paisaje es algo que extraño especialmente. Y lleva a la reflexión, de paso.

El año pasado fue una navidad triste en ese sentido.

No hubo nieve y para muchos fue como una navidad sin regalos. (No me atreví, cobardemente, a recordarle a nadie cómo la pasan los niños de los países verdaderamente pobres del mundo.)

Como soy limeño y a pesar de los 22 años que llevo aquí, para mí las navidades todavía siguen siendo sinónimo de verano, playa y calor.

Pero creo que hay pocas cosas más bellas como jugar en la nieve con tus hijos, sentir cómo las manos se te congelan y luego entrar a casa, con la excitación que producen las temperaturas extremas (te recibe el calor de tu hogar), quitarte la ropa apropiada que llevas encima y alegrarte de poder tomar algo muy caliente, observando cómo empiezan a desentumecerse los rostros y las manos de todos.

En esos momentos te das cuenta de que el calor de un verano podrá ser algo muy agradable, pero que el frío también tiene sus ventajas, capaces de calentar otras fibras de tu cuerpo.

Por eso, ahora, hasta yo espero con impaciencia la primera nieve.

A la vez que, como todos los años, me pongo especialmente triste, melancólico y contento (todo en uno), porque se va otro año y se va acercando uno nuevo.

Aunque para todo esto, como para la nieve, nunca existan verdaderas garantías.

HjorgeV

Colonia, 18-12-2007


¿CASI UNA VIOLACIÓN?

17 Diciembre 2007

EL CASO MARCO

Cómo son las cosas.

Me permito resumir un caso que ha mantenido en vilo a la ciudadanía de este país desde abril de este año.

Un supuesto violador de una adolescente de 13 años sale de la cárcel en Turquía, después de ocho meses de prisión, y toda una nación lo recibe y acoge con júbilo.

(Esto último es un buen ejemplo de cómo es posible manipular la información, sin mentir, pues las características de este caso son más singulares de lo que podría hacer creer este breve resumen que he escrito.)

Repasemos los hechos.

¿El supuesto violador? Un joven de 17 años, Marco Weiss, alemán de Uelzen, al norte de este país.

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¿La supuesta víctima? Una adolescente inglesa de 13 años, Charlotte M., de Manchester.

Casi 250 días después de haber sido encarcelado en Turquía durante unas vacaciones con su familia, como consecuencia de la denuncia presentada por la madre de la niña, Marco ha sido dejado en libertad por las autoridades judiciales turcas.

Lo que seguramente debió castigarse como un simple delito adolescente, ha terminado como un grotesco caso de lo que puede suceder cuando la mala fe, la falta de ganas, los intereses encontrados de varios bandos y la simple burocracia coinciden, pero solo para formar un absurdo nudo gordiano.

CADA QUIEN TIRANDO PARA SU LADO

El Caso Marco no solo es un buen ejemplo de cómo son las complicadas relaciones turco-alemanas, también son un buen ejemplo de cómo la ceguera selectiva humana no solo nos niega la visión de unas cosas.

Ella también nos deforma la visión de lo restante, llevando al límite esa especialidad tan humana y más común de lo que nos gustaría aceptar: la relativización de –prácticamente- todo, según nos convenga.

Otra habría sido la situación, si, por ejemplo, el supuesto violador hubiera sido un africano o un musulmán. O un joven turco. Y la supuesta violada una adolescente alemana.

Por otro lado, este caso es un buen termómetro de cómo lo que en un país puede ser un delito grave, en otro –Alemania- apenas es considerado como tal. Dos países, dos mentalidades. Dos culturas, dos formas de enfrentarse a lo mismo.

¿Quién tiene la razón?

La respuesta, opino yo, forma parte de la complicada urdimbre y de los intrincados entresijos del insondable comportamiento humano.

De nuestras veleidades, complejos, creencias, hipocresías, conveniencias, intereses, confusiones, prejuicios y miedos.

Y de los grandes errores que pueden cometer los políticos en una supuesta correcta representación de las sociedades a las que pertenecen.

En casos cómo éste, se ve más que claramente cómo un político no está para buscar la verdad (no puede, a riesgo de aniquilarse a sí mismo como tal), sino para agradar a cierto público elector, que le permitirá sobrevivir.

Mientras más ancha sea tal banda de electores –y más barata salga, como en la conexión a la red-, mejor.

Pero, empecemos desde el principio, como en un cuento infantil. Adolescente, más bien.

(Lo que me atrae de este tipo de casos, es su capacidad para hacernos reflexionar y, así, descubrir más de una sorpresa en lo que aparentemente es una trama más o menos clara y simple.)

Miércoles 11 de Abril, 2007

Marco Weiss, de vacaciones con su familia en Turquía, conoce en una discoteca a la muchachita inglesa Charlotte, de 13 años, y a su hermana.

Al parecer, alguna chispa tiene que haber prendido entre los primeros, porque los dos terminan en la habitación de la menor inglesa. (No está claro aún en qué circunstancias, pero, al parecer no violentas ni coercitivas, porque serían demasiado incongruentes con el resto de lo que se sabe públicamente.)

Según la versión de Marco, Charlotte le habría hecho creer que era mayor. Ya en su habitación, ellas le habría dado el primer beso y todo no habría pasado de caricias y besuqueos.

(Algo que coincide, por lo menos parcialmente, con un examen ginecológico, según el cual la chica no ha perdido su virginidad.)

La versión que se conoce de Charlotte, es que su intención solo era dormir y que, recién cuando ella es despertada por las más que ardientes caricias del joven (que las habría hecho encima de ella), se da cuenta que ha cometido un error al dejarlo entrar a su habitación.

El 12 abril, la madre de la jovencita hace la correspondiente denuncia y Marco ingresa a la cárcel de Antalya.

UN CASO SIMILAR DE INTROMISIÓN

Casi 250 días después, la justicia turca deja libre a Marco más o menos sin condiciones.

¿Cómo pudo pasar tanto tiempo en prisión preventiva?

A mis ojos, este caso se parece mucho a uno reciente, en el que estuvieron involucrados españoles y franceses en un caso de tráfico de niños –supuestamente- huérfanos desde el país africano llamado Chad.

Vale la pena darle un sumarísimo repaso, porque más o menos se trata de lo mismo, en el fondo.

Al parecer, los españoles involucrados solo habrían estado cumpliendo su trabajo habitual como tripulantes del avión que debía llevar a Francia a un determinado número de supuestos huérfanos.

¿Constituía eso un delito?

A primero vista, obviamente no, puesto que conducir un avión y atender a sus pasajeros no lo es.

Sin embargo, la justicia de ese país africano parecía entender que la tripulación española tenía conocimiento de la ilegalidad de la acción, y, por lo tanto, también, corresponsabilidad. Resultado: se dictó prisión preventiva contra ellos, hasta esclarecer del todo los hechos.

¿Hay algo de extraño en esto último?

¿Es anormal que se detenga a la tripulación y al cuerpo de servicio de una nave que participa directamente en un delito?

No.

Basta revisar los pertinentes artículos de la prensa, para ver lo que ocurre con toda la tripulación de un barco –por ejemplo- que es detenido con una carga de drogas (ilegales): todos van a parar, por lo general, a la cárcel, de acuerdo a la legislación de la mayoría de países del mundo.

Lo raro es que le haya ocurrido a una nave aérea.

Sin embargo, el gobierno de España, reclamó e intercedió ante su similar del Chad, hasta conseguir la liberación de los ciudadanos de ese país.

La presión de Francia fue aún mayor.

MOSTRÁNDOLE LOS MÚSCULOS A TURQUÍA

En el caso que nos ocupa, según las leyes turcas, las caricias de un joven de 17 años a una menor de 13, constituyen un claro caso de abuso sexual, por lo tanto, delito. De acuerdo a esas mismas leyes, fue encarcelado preventivamente hasta ser juzgado.

No obstante –como en el caso español y francés aludido-, al dar a conocer la prensa alemana el caso, la opinión pública de este país se indignó. Y en ese momento empezaron a saltar los políticos. (Algunos opinan que si no lo hubieran hecho, Marco ya habría salido en libertad hace mucho tiempo. Pero sigamos viendo, por qué.)

¿Cómo era posible, se deben haber preguntado esos mismos políticos (la mayoría de ellos en contra de la admisión de Turquía en la Unión Europea, la misma que acoge a Chipre y Malta, por ejemplo), que un país que desea pertenecer a nuestro exclusivo conjunto, se atreva a tratar así a un ciudadano nuestro?

¡Qué atrevimiento!

Las voces se elevaron, las quejas se afilaron y hasta el mismo ministro alemán del Exterior, Frank-Meier Steinmeier, intercedió por su joven compatriota ante su homólogo, el turco Abdula Gul. Marco tendría que ser dejado en libertad lo más pronto posible.

La prensa alemana resumió el caso, más o menos así (versión de la Deutsche Welle):

Para Marco Weiss, de 17 años de edad, una noche de romance se convirtió en pesadilla. El joven conoció a dos hermanas británicas en una discoteca en la zona turística de Antalya y coqueteó con una de ellas, Charlotte M., de Manchester, quien dijo tener quince años, cuando en realidad tenía 13. Tres días después ella lo llamó a su habitación de hotel. “Fue ella quien me besó primero, pero no llegamos a tener relaciones sexuales”, afirmó el joven al diario turco Hürriyet. Un examen ginecológico confirmó que la chica sigue siendo virgen, sin embargo la madre de la chica se rehúsa a retirar la acusación de abuso sexual contra él.

Creo que para el lector, vamos a decir, ‘normal’, el caso estaba más o menos claro y Turquía –el poder judicial turco- no estaba haciendo otra cosa que chicanear al joven alemán.

-¿Desde cuándo una violación tiene que ser que ser necesariamente consumada para recién constituir un abuso sexual? -me pregunta visiblemente alterado mi Lector Atento, ese loro que llevo sobre mi hombro y que le gusta hacer preguntas impertinentes.

-Dejémoslo por ahora allí -le ruego.

(Uso, por otra parte, permitiéndome una licencia, el verbo chicanear, del alemán schikanieren y no del castellano ‘chicanear’, que, curiosamente, son dos términos muy similares. Me he permitido esta licencia, porque creo que es un verbo que falta en nuestro idioma. Viene de chicano. En alemán, define las arbitrariedades, discriminaciones, barreras, vetos, obstáculos y demás que se le ponen a alguien por razón de su procedencia étnica o geográfica. Como a los chicanos en EEUU, justamente.)

El diario regional Neue Westfälischer llegó a afirmar:

“Un joven alemán es víctima de la arbitrariedad oriental, de la puritanería de Anatolia y es encerrado en una oscura mazmorra turca”.

¿Es cierto todo esto?

Para empezar, ahora se sabe que fue la justicia inglesa la principal causante de esta exagerada dilatación de la prisión preventiva. Y, por lo tanto, del consiguiente sufrimiento que se le ha impuesto no solo al joven alemán, sino también a toda su familia y a sus allegados.

Veo que el criterio general utilizado en el Caso Marco ha sido el siguiente:

Se ve que se trata de un muchacho normal y corriente, de ningún delincuente, por lo tanto, la cosa no tiene que haber pasado de lo que él dice.

¿Se puede aceptar esto?

Sí y no.

Sí por parte de los que ‘están’ con el muchacho. No, por parte de los que ‘están’ con la muchacha. Es la relativización de la que hablaba antes.

Personalmente, como padre, justamente, de dos niñas de 12 y 13, veo las cosas de forma diferente. Lo haré en forma de preguntas, que no responderé aquí:

1. ¿Es correcto juzgar a alguien solo por su simpatía o por sus antecedentes?

2. Hecha la denuncia y la detención, ¿a quién compete juzgar el caso?

3. ¿Es correcto tratar de presionar a un gobierno extranjero por alguien acusado de un delito, solo porque se trata de un compatriota? (No hablo de preocuparse por él y tratar de garantizar la corrección en los procedimientos, solo de presionar, tratando de saltarse la ley del país en cuestión.)

4. ¿Es correcto ignorar que si se exige que Turquía cumpla ciertas mínimos requisitos para ingresar a la Unión Europea, uno de esos requisitos tendría que ser la estricta separación entre el Poder Ejecutivo (el gobierno, los políticos) y el Poder Judicial?

Claro que opino que el castigo recibido ha sido exagerado. Y que los medios de comunicación, siguiendo su conocida máxima de deslumbrar más para vender más, también han llevado (su) agua (sucia) al molino.

EL CLUB DE LAS REPÚBLICAS BANANERAS

Por lo demás, ahora, el abogado de la parte inglesa, ha abierto un nuevo juicio, demandando a sus colegas alemanes por obstrucción de la justicia turca y por tratar de influenciarla.

Algo que es, lamentablemente, cierto.

Y demostrable: basta leer las noticias al respecto. Aunque los alemanes no lo quieran ver así ahora.

Muchos españoles y franceses tampoco lo quisieron ver así cuando ocurrió el caso de los niños de Chad.

Parece ser que cuando conviene, me digo, muchos políticos y ciudadanos europeos prefieren olvidarse de ciertos principios básicos, cuyo cumplimiento, por el contrario, ellos sí reclaman a otros países, por lo general, a los países subdesarrollados.

La estricta separación entre el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial es uno de esos principios o reglas básicas.

A los países que no respetan esa separación, y permiten que los políticos decidan allí donde deberían hacerlo solo los jueces, se les conoce burlonamente en Alemania como Repúblicas Bananeras.

¿Se habrá abierto una sucursal en Europa de este exclusivo club?, me pregunto ahora.

HjorgeV

Colonia, 17-12-2007


UNA BODA POR AMOR (Continuación)

16 Diciembre 2007

Algunos días antes de la boda, Alejandro se presentó en el restaurante con su novio para discutir los detalles.

El que vamos a llamar Mark, era una persona muy reservada, pero de esas en las que esa característica constituye una virtud y no una barrera.

Por su forma de vestir y por sus maneras, no era posible distinguir sus inclinaciones sexuales. Por lo menos, no, para mí.

Alejandro no era así. Tampoco hablaba alemán.

Les ofrecí un menú especial, pensando en que entre los invitados iría a haber un par de mexicanos, por lo menos algunos familiares del novio, me dije; de uno de los novios, para hablar con propiedad.

Gran ingenuidad la mía.

boda-gay.jpg

-Mi familia no está al tanto de mi vida, Jorge -me dijo Alejandro, no sin pena-. Tampoco, por supuesto, de mi boda.

Creo que él era una persona tan acostumbrada a vivir en un rechazo continuo desde siempre -me imagino-, que ese hecho le afectaba, sí, pero no era nada que pudiera echarle a perder sus ganas y el nerviosismo previo a un acontecimiento de esa magnitud.

Alemania es un país bastante culto, de tal manera que no ha sido muy difícil hacer entender a la gente y a las nuevas generaciones que las inclinaciones sexuales de una persona forman parte de su naturaleza y, como tales, deben ser respetadas.

Me imagino que la terrible experiencia nazi (los homosexuales estaban en la lista de aquellos que esos dementes consideraban ‘inferiores’, ¡si había alguien inferior, eran ellos con su vesania!) tiene que haber curado a todo un vasto sector de esta sociedad en ese sentido.

Pero una cosa es la teoría, y, otra, la práctica.

Lo noté cuando empezaron a llegar los invitados.

No se decía, ni nadie se iba a atrever a comentarlo en ningún momento, pero no pocos se sentían –vamos a decir- algo incómodos por la naturaleza singular de la celebración. Como la ventaja de la cultura –entre otras-, es la constante preocupación por actuar según lo que ahora se denomina corrección política, nadie hacía/hizo ningún comentario que pudiera ofender aunque fuera remotamente el sentimiento de los novios.

El más excitado de todos era Alejandro.

Con su boda, me imagino, se le estaban cumpliendo varios sueños a la vez.

Poder celebrar su casamiento, su unión por amor, y hacerlo abiertamente, eran seguramente dos de ellos.

Haber encontrado al hombre de su vida, en un ambiente –además- poco opuesto a su condición humana, era tal vez el principal.

Digo ‘poco opuesto’ por lo siguiente.

Mark, el novio alemán, como buen director de teatro, también era un fanático de la organización. Cada cierto tiempo se me acercaba para preguntarme si todo iba bien y yo trataba de tranquilizarlo diciéndole que, si bien, esa era la primera boda que se celebraba en mi restaurante y tales celebraciones no eran la regla, teníamos más de diez años de experiencia en la atención gastronómica.

-Solo he descubierto a una persona que no parece estar muy contenta –le dije, con cierta preocupación.

-Es mi padre –me respondió Mark-. Pero no te preocupes. Ha venido por obligación. Sigue sin hacerse a la idea de que no me gustan las mujeres. El pobre.

No supe qué decirle.

-¿Crees que haya algo que yo pueda hacer? –le pregunté, finalmente.

-Ya has hecho mucho más de lo que podríamos haber esperado de una persona normalita –me respondió, guiñándome un ojo-. Tú sabes a qué me refiero.

Debo confesar que estuve a punto de soltar un par de esas gotitas de agua con sal, que a veces se nos escapan sin ningún aviso, demostrándonos así que son sinceras. Ese hombre me había emocionado con sus palabras. Poder servir a mis semejantes, por más que a veces no lo parezca, sigue siendo uno de los principios más altos en mi vida. (¿Qué se hace en un restaurante, por ejemplo, sino?)

-Además, ya me contó Alejandro que tienes un regalo para nosotros -agregó.

Llegado el momento, con Norberto Gaite, el guitarrista argentino que me acompañó durante muchos años (el pobre, por haber tenido que soportarme tanto tiempo: gran contador de anécdotas e historias), pasamos a ocupar el centro del gran salón.

La expectativa era grande y nuestro nerviosismo -el mío, sobre todo- también. Felizmente llevo bastantes años en los escenarios y ya he aprendido a hacer, de tripas, corazón, es decir, a transformar esos nervios en emoción pura.

Como casi siempre, dije algunas palabras a modo de introducción y de agradecimiento. Expliqué que me encontraba muy emocionado porque cada vez se veía menos en este país, a gente verdaderamente convencida de sus sentimientos y de su deseo de hacer a sus amigos y familiares partícipes de esa suerte.

Debo decir que en ocasiones como esa, suelo escoger mi repertorio en el último instante, dejándome guiar por el ambiente reinante y por las expectativas del público.

Sin embargo, dos grandes fuerzas tiraban opuestamente de mí, dejándome por un momento en el aire. ¿Con qué canción podría empezar? ¿Debía empezar con un tema festivo? ¿O, en cambio, con uno -digamos- que pudiera llevar a la reflexión?

Mi primer impulso fue empezar con ese gran bolero de Agustín Lara, Solamente una vez, que bien podía expresar la singularidad de esa celebración, poner la nota festiva y el punto de frivolidad que necesita toda fiesta, por más formal que sea. Además, se trataba de un tema mexicano, como Alejandro.

Lo malo era que los alemanes no entenderían la letra, pensé.

No. Tenía que ser algo que todos conocieran y que consiguiera emocionarlos.

Ya no sé por qué, elegí ’O sole mío.

Tal vez porque es un tema que cantándolo a mí, particularmente, como peruano, me ha hecho volar más veces a mi país, al lugar que alguna vez se llamó el Imperio del Sol, que cualquier aerolínea comercial.

Conté a los presentes que iba a empezar con una canción de más de cien años de antigüedad, compuesta por Eduardo di Capua, un músico napolitano, en uno de sus viajes a Rusia, y que se había inspirado en una melodía que había escuchado en un mercado.

Se dice que mientras un vendedor persa de alfombras la entonaba, el cielo, hasta ese momento cubierto, empezó a dejar pasar los rayos del sol, hasta quedar completamente descubierto, con el sol ahora como absoluto rey celestial.

Di Capua, basándose en lo que recordaba de esa melodía, usó para la letra, versos de otro artista naplitano, el poeta Giovanni Capurro (fallecido, curiosamente, en México) para componer una de las obras que más vueltas han dado al mundo.

Di Capua murió pobre y sin reconocimiento, a pesar de que el gran Enrico Caruso había hecho famoso su tema.

Finalmente, agregué, que Elvis Presley cantó la versión en inglés, con un título muy apropiado para la ocasión: It’s now or never.

Cuando terminamos la interpretación, me dije que había tenido suerte. La magia se había producido y el público nos pertenecía.

Ahora solo nos quedaba llevarlo de la mano durante un par de canciones más y despedirnos, dejándolos con su fiesta.

Para finalizar nuestra actuación, traduje sucintamente el texto de Solamente una vez, haciendo mención de que se trataba de la composición de un gran músico mexicano, conocido en el mundo entero por un tema que lleva el nombre de una ciudad española, Granada.

Los presentes empezaron a aplaudir, al reconocer lo que les decía, de tal manera que no lo pensé dos veces y empecé a cantar inmediatamente ese emotivo tema.

Con la atención y el entusiasmo del público en un momento cumbre, nos despedimos empezando a cantar Solamente una vez.

Entonces se produjo otro momento mágico.

Uno increíble, además, y de esos que pueden dejarlo a uno marcado para toda una vida.

-¡Un momento! –gritó el padre de Mark.

Era un hombre corpulento de casi ochenta años. Llevaba el cabello un poco largo y un tanto descuidado, al modo de ciertos intelectuales ilustres.

Nos quedamos todos tensos. Como de piedra. Para todos había sido ostensible la incomodidad que este hombre había mostrado a lo largo de toda la reunión. Lo veíamos allí junto a nosotros en el centro del gran salón y no sabíamos lo que nos esperaba ahora. En el momento de máxima tensión y atención, gritó:

-Da capo! Vuelva a empezar, por favor.

-¡Cómo no! –le dije yo, aliviado, porque, como todos, habíamos esperado lo peor.

-¡Es mi deseo bailar con la novia! –agregó él.

Un murmullo de alivio, emoción y gran sorpresa se escapó de la garganta de todos como un animal repartido en ellas y que volvía a la vida, recomponiéndose en el techo del salón, sobre nuestras cabezas.

Los volví a ver un par de veces más.

Me contaron que siguieron la fiesta hasta el día siguiente y que el padre de Mark se había transformado como por arte de magia. Los recién casados me volvieron a visitar en varias ocasiones más y fueron de los que más entristecieron con el cierre de mi negocio.

-Quiero cambiar de vida –les dije-. Ya está decidido. Además, que ya no es el negocio que era.

-Imagínate –me dijo Mark-. Mi padre también ha cambiado. Nosotros también empezamos una nueva vida ahora. Te vamos a odiar porque ya no tendremos dónde comer un buen cebiche, pero estás en tu derecho.

-Ni un buen guacamole en Colonia –agregó Alejandro, abrazándome con emoción.

-Pero es tu vida- me dijeron casi al unísono.

Como una buena pareja.

HjorgeV

Colonia, 16-12-2007


UNA BODA POR AMOR

15 Diciembre 2007

Me encontraba en mi país, cuando me llegó el mensaje por correo electrónico.

Decía más o menos así:

Me gustaría celebrar mi boda en su negocio, si usted no tiene nada en contra. Amo a un hombre y deseo festejar nuestro unión con unos 40 invitados. Le ruego enviarme su respuesta y una oferta por este mismo medio. Espero que usted no se oponga a esta idea.

¿Tener yo algo en contra?, fue lo primero que pensé. ¿Oponerme? Un restaurante no es nada más que un negocio.

Al final del mensaje, se resolvía el misterio: firmaba un hombre.

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También me preguntaba si era posible contratarme para cantar ese día y cuánto le cobraría. (Aquí lo voy a llamar Alejandro, por poner un nombre cualquiera.)

Tuve un restaurante a lo largo de 13 años aquí en Colonia.

La boda de Alejandro y su novio alemán fue uno de los momentos más emotivos y bonitos que viví allí.

Después de confirmar por teléfono la reservación, le escribí confirmándole el día y la hora, y la oferta que me había solicitado.

Mi mensaje de respuesta empezaba así:

Sería la primera boda que se celebra en mi negocio. Y la primera homosexual. De tal manera que el honor será doble. Puedes contar con un heterosexual y padre de cuatro niños.

Soy peruano, latinoamericano. Como la mayoría de nosotros, crecí en un ambiente en el que la homosexualidad era un tema que existía por allí y si no se trataba, mejor; o que a lo más podía servir para ofender a alguien o para hacer parodias.

Aquí en Alemania aprendí que las inclinaciones sexuales de una persona son como el color del cabello o la estatura: es algo que pertenece a la naturaleza de una persona.

También aprendí, que la homosexualidad tiene un parentesco con el dinero: no se debe juzgar a nadie por la cantidad de él que pueda tener.

Colonia es una ciudad bastante cosmopolita y por ello mismo muy abierta, a pesar de ser bastante conservadora en otros aspectos.

Años atrás, cuando me enteré de que iba a tener de vecinas a una pareja de mujeres que pensaban abrir un bar solo para chicas, me preparé para una nueva vida. Sabía que tarde o temprano pasaría alguna pareja homosexual femenina por mi negocio.

En esta ciudad no es raro ver hombres besándose en la calle. O mujeres de la mano, por ejemplo. También se celebra aquí el Christopher Street Day, uno de los desfiles o encuentros homosexuales más grandes del planeta.

Pero una cosa es vivirlo de lejos.

Las dos chicas se presentaron como nuevas vecinas y se volvieron clientas del restaurante. A lo largo de los años, fui ganando cada vez más clientas, de aquellas con las que me unía/une un lazo más fuerte del que se podría creer y que muy pocos se han preocupado de notarlo.

Yo también soy lesbiano. Solo me gustan las mujeres.

Mi vida cambió –para bien- aquella vez que, sin poderme contener, le dije a la novia de una chica guapísima, cuando ésta se había retirado al retrete:

-Tienes que tener mucho cuidado. Si te descuidas, te la robo.

Lo había dicho como un piropo y en broma, se entiende.

Por un momento pensé que había cometido un gran error, porque Heike (la que debía ser la parte masculina, aunque estas cosas sigo sin tenerlas muy claras y es solo una ayuda didáctica) me quedó observando. Luego, al ver que yo empezaba a enrojecer, soltó una carcajada y me abrazó y besó en las dos mejillas como viejos amigos que se quieren mucho.

Me quedé baff, como se dice aquí.

Boquiabierto.

¿Una lesbiana abrazándome y besándome a mí? No lo podía creer.

La norma había sido percibir cierta gran aversión de las chicas que solo gustan de las chicas hacia mi persona. Heike no confirmaba esa regla.

En los días siguientes me puse a pensar en esas chicas. ¿Cómo reaccionaría si una de mis hijas -o las dos- me preguntaran si pueden traer a sus novias a casa?, me pregunté.

Debo decir, que, aunque ahora me parezca lo más natural del mundo -es una exageración-, entonces me costó cruzar un par de montañas mentales conseguirlo. ¿Qué, si uno de mis hijos me confesara que siente inclinación por otro chico y no por una chica?

La verdad es que lo tuve relativamente fácil. Porque una de las preguntas que me hice, no dejaba dudas para nada. ¿Dejaría de querer a mis hijos al descubrir un aspecto de su naturaleza que no conocía antes?

No. Sin ninguna duda, no.

Creo que con esa respuesta empezó una nueva etapa de mi vida. Fue una especie de liberación la que se debió producir en mis estructuras mentales. (Otra cosa será vivirlo realmente, pero estoy muy bien preparado si ese fuera el caso; espero.)

A partir de ese momento, me convertí en uno de los pocos hombres heterosexuales más besados y abrazados por mujeres homosexuales. Poco a poco aprendí a fraternizar aún más con las chicas que solo gustan de las chicas, y debo decir que pocas amistades me han llenado tanto -humanamente- como aquellas.

Pero volvamos a nuestra boda masculina.

El mensaje me lo había enviado Alejandro desde Nueva York.

Él es mexicano, latinoamericano, como yo, y en esa ciudad había conocido a un director de teatro alemán del que se había enamorado perdidamente. Hartos de tener que cruzar el charco para verse muy poco y por muy poco tiempo siempre, decidieron dar el siguiente gran paso: convivir.

No sé si en ese tiempo ya era posible el registro civil de matrimonios homosexuales, de tal manera que no sé si la celebración solo tenía un carácter simbólico o no.

Le escribí que además tenía un regalo para él. Cantaría gratis el día de su boda.

Continúa mañana…

HjorgeV

Colonia, 15-12-2007


IRREMEDIABLE (poesía)

14 Diciembre 2007

Y decirte entonces el verso

Es la flor

La palabra la elegía

Tu rostro en la memoria es un

Viaje a todos los universos

Del pasado

 

Todo huye del momento

Presente

Ineludiblemente

 

Avanza la sangre en su camino

Los gusanos con su hambre abren

Los nuevos caminos del hombre

En su osamenta muerta

Crece el vientre de la embarazada

El cabello y las uñas de los seres

Vivos

Los vehículos de transporte público

Tienen un gesto de prisa en su

Fachada

La atmósfera no deja de moverse

Con huracanes y vientos

Nubes desangeladas y lluvias

Pinta el cielo cada día

Diferente

 

El mundo es un proceso químico continuo

Y solo se detiene lo que pasa a conformar

El mundo mineral

Y aún éste tiene su propia velocidad

¿Te perdí al transformarte tú en piedra?

 

Todo huye de cualquier palabra que decimos

 

Una vez pronunciada no está más

Allí

Como tu nombre

Ahora

 

        HjorgeV 09-12-2007


DIFÍCILES RELACIONES

13 Diciembre 2007

¿Se puede atacar a X para luego defender a X, usándolo, además como argumento, en un fallo judicial?

Pues eso es más o menos lo que han hecho -decía ayer- los jueces del Tribunal Superior de Hessen, un estado de los 16 que conforman esta unión federal llamada Alemania, estado, de paso, conocido como el más conservador.

El caso era bastante simple, pero no por eso menos complejo, como veíamos ayer.

turcos.jpg

A una maestra alemana, musulmana y de origen turco (globalización pura) se le había negado el derecho a ejercer su profesión debido a una prenda de vestir, concretamente, un pañuelo para la cabeza.

Repito una versión resumida del fallo del jurado, porque, en su concisión, radiografía muy bien los entresijos y las contradicciones de una sociedad como la alemana:

Se prohíbe, no solo a los maestros sino a todos los empleados del estado de Hessen y sus comunas, el uso de prendas de vestir que puedan llevar a desconfiar de su neutralidad en el ejercicio de su deber.

 

Las decisiones al respecto, deberán tener en cuenta la tradición cristiana y humanística del estado de Hessen.

No suena mal en un principio.

Pero creo que se puede apreciar más o menos claramente lo que afirmaba en la primera línea: se ataca a X, para luego defender y fundamentarse en X.

¿Qué es lo que los jueces básicamente atacan o quieren evitar? Es decir, ¿qué es X, en este caso?

Si sé leer: la falta de neutralidad.

Desean que la neutralidad que debe caracterizar el ejercicio de su deber, no se vea afectada por ningún elemento, como una prenda de vestir usada como símbolo religioso, por ejemplo.

Pero luego, como en un pase de alta magia, deciden que cierta ‘tradición cristiana y humanística’ será la determinante o decisiva al decidir al respecto. En otras palabras, ¡argumentan con X!

Para decirlo en palabras fáciles:

 

 

 

-Usted no debe usar tal prenda porque hay que defender la neutralidad en el ejercicio de este deber.

-¿Y los símbolos cristianos, no atentan contra esa neutralidad?

-No, porque, eh, cómo explicarlo, no por… ¡nuestra tradición cristiana y humanística!

O con palabras más transparentes aún:

-Aquí solo vale nuestra tradición. La suya no nos interesa.

Punto.

En realidad lo que los jueces alemanes han hecho, ha sido castigar el origen y la religión de esta honrada y sencilla –y corajuda- maestra de escuela. Poniéndola, de paso, en una misma olla con otras personas de su misma religión. Menos transigentes, vamos a decir.

Estos jueces han resumido bien en su fallo el sentir de gran parte de las gentes de este país respecto a sus conciudadanos de origen turco y que representan el contingente más numeroso de extranjeros inmigrantes en Alemania:

“Aquí tienes que comportarte bien. ¡No estás en tu casa! Tus tradiciones no solo no nos interesan, somos capaces de prohibirlas, si es necesario”.

Hay que decir que la relación germano-turca en este país es poco feliz.

Apenas se quieren ambos bandos y aprovechan cada pequeña oportunidad para mostrarlo. Es la convivencia de dos seres dispares que alguna vez pensaron que podrían ayudarse mutuamente, pero, aunque lo siguen haciendo y hayan tenido la oportunidad de llegar a una convivencia sino amorosa, por lo menos libre de malicias, no pasan de tolerarse apenas el uno al otro.

Lo interesante y lo bonito de este país, es que, a pesar de que existe el racismo y la xenofobia –como en todas partes del mundo-, el lenguaje es más importante aquí que el color de la piel.

Vale decir, que el extranjero que domina el alemán, tiene muchas más posibilidades de ser aceptado por el pueblo alemán y asimilarse o integrarse a esta sociedad que aquellos que no lo consiguen, sea por la razón que sea.

Curiosamente, muchos se quejan de que los turcos no hayan aprendido todavía su idioma, repitiendo una letanía que valía hasta hace algunos años.

Porque, si bien es cierto que aún queda mucha gente procedente de Turquía –por lo general esposas condenadas al ostracismo por cuestiones machistas y religiosas, sin oportunidad para aprender el idioma en la práctica diaria-, por otro lado, ya se trata de casos muy raros y que van remitiendo.

El inmigrante turco actual ya no es –correctamente hablando- tal. La mayoría de ellos tiene el pasaporte alemán y habla a la perfección los dos idiomas.

Muestras de que lo del idioma ha sido más un pretexto que una explicación para la conducta poco amigable de los alemanes frente a sus conciudadanos turcos, se puede ver en los siguientes ejemplos.

1. El gobierno alemán que en su momento aprobó la inmigración de trabajadores extranjeros por la amplia necesidad de mano obra, los etiquetó como Gastarbeiter, ‘trabajadores invitados’.

2. Con esa denominación, esperaba dejar claro que su deseo era que contribuyeran al llamado Milagro Económico alemán y luego regresaran a sus países.

3. Por esta razón, entre otras (simple falta de cálculo y perspectivas, por ejemplo), nadie se preocupó de que esos trabajadores inmigrantes aprendieran el idioma del país.

4. Cuando se empezó a notar que la mayoría de ellos ya había encontrado un hogar aquí y no pensaban regresar, como se esperaba, el llamado milagro ya se había conseguido con su ayuda, pero el daño ya estaba también hecho: “Esta gentuza que ni siquiera habla nuestra lengua”, se decía, más o menos en voz baja.

5. A pesar de haber vivido un par de décadas bajo esta ominosa injusticia anfitriona, la mayoría de turcos se dedicó a hacer lo que la gente de todo el mundo quiere hacer, de ser posible en paz: su vida.

6. Cuando se empezó a ver que los turcos empezaron a dominar no solo el alemán a la perfección sino también el idioma de sus padres y abuelos, se empezó a criticar su interés por mantener las dos nacionalidades. Llegándose a ver en ese esfuerzo suyo por dominar dos lenguas, una provocación.

7. La consecuencia negativa de toda esta fallida política inmigratoria la constituyen los enclaves, barrios o guetos turcos en muchas grandes ciudades alemanas.

8. La consecuencia positiva: los turcos de la segunda y tercera generación han resultado ser gente muy emprendedora y trabajadora, y han pasado a tomar un papel importante y activo en la economía alemana.

9. Un efecto curioso: el emparedado o sánguche turco llamado Kebap, se ha convertido en uno de los alimentos favoritos de los alemanes. Así como antes no faltaba el más pequeño pueblo con su pizzería, los quioscos Kebap han sacado la delantera de lejos en el negocio de la comida al paso.

10. Prácticamente no existen alemanes que sepan decir siquiera “buenos días”, “hola” o “gracias” en turco. Simples tres palabras o expresiones. Un gran y el peor ejemplo de qué tan en serio se ha tomado este país su papel anfitrión.

El fallo judicial, entonces, no ha hecho sino reflejar el sentir mayoritario de este país: no queremos extranjeros, no queremos sus costumbres, menos su religión.

Lo cual no tendría por qué llamar la atención a nadie.

Lo único malo es que no es posible.

Las migraciones son fenómenos que se han dado –en mayor o menor medida- en todas las etapas evolutivas de nuestra especie y a lo largo de toda nuestra historia como Mono Sapiens. Creer que el simple deseo y la xenofobia pueden parar esas migraciones es ingenuo. Lamentablemente.

Por otro lado, creer que los alemanes no emigran, es más que ingenuidad: es simple ignorancia.

HjorgeV

Colonia, 13-12-2007


UNA DECISIÓN ARBITRARIA Y ANTICONSTITUCIONAL

12 Diciembre 2007

PROHIBIDO VESTIRSE LIBREMENTE

Seis jueces de once en total, han decidido en el estado alemán de Hessen que está permitido prohibir, por parte del estado, el uso del pañuelo (para la cabeza) a los empleados estatales.

Cinco de los jueces participantes en la votación se opusieron infructuosamente, alegando que la ley propuesta y aprobada por el CDU (Partido Demócrata Cristiano) en el 2004 (único en el poder de ese estado en ese momento), atenta contra los principios fundamentales de la constitución de este país.

Se trata de un fallo que puede abrir el camino a otros similares en otros estados de Alemania.

kopftuch.jpg

En este caso concreto, se le había prohibido a una maestra alemana (musulmana, de origen turco) el uso del pañuelo durante sus clases, algo que ella consideró anticonstitucional y la llevó a elevar su caso a los tribunales superiores.

¿Es correcto prohibir a los empleados estatales –verbigracia, a una maestra de escuela- el uso de una determinada prenda de vesitr, en este caso un pañuelo sobre la cabeza?

Es decir, visto lo más objetivamente posible, ¿es correcto que el estado se inmiscuya en la forma de vestir de los empleados estatales?

-Un momento -podrá decir alguien-. Aquí no se trata de decidir “objetivamente” sobre formas de vestir sino sobre símbolos religiosos.

Es lo mismo que han argumentado esos 6 jueces que han ganado a duras penas la votación.

Muy bien, argumento, entonces formulemos la pregunta de otra manera.

¿Es correcto que el estado (a través de la decisión de una élite de sus empleados) prohiba el uso de símbolos religiosos a otros de sus empleados?

Los jueces han decidido que sí es correcto. De tal manera que la maestra en cuestión se verá obligada a dar sus clases sin el pañuelo de costumbre o, por respeto a su religión, tendrá que abandonar su profesión.

¿Es esto justo?

Los jueces de Hessen han dictaminado que sí.

Todo no pasaría de un caso no poco común en los tiempos modernos -que se repite en varios estados europeos-, si uno no se tuviera que hacer las siguientes preguntas:

¿Por qué recién ahora el estado se interesa por determinada prenda de vestir de alguno de sus empleados, tenga ella carácter religioso o no?

¿Cómo es posible que la mayoría o muchos de sus empleados cristianos hayan llevado desde antaño uno de los más importantes símbolos religiosos de su religión –la cruz- y nadie haya dicho nada en contra?

¿Se verán obligados esos mismos empleados cristianos -usuarios del crucifijo que representa el sacrificio del hijo de su dios-, a dejarlo en casa cuando tengan que ir a su trabajo habitual?

¿Les será prohibido llevar una biblia como compañera inseparable?

La primera pregunta se responde con una palabra vital para entender muchas tejes y manejes de la política de muchos países occidentales de los últimos tiempos.

Esa palabra se llama MIEDO.

(La otras preguntas las dejo en el aire, como muestra del sinsentido de este dictamen.)

Muy bien, digo yo. Es comprensible que el 11 de septiembre haya cambiado la mentalidad de Occidente, hasta un punto tal que a muchos nos llegue a parecer increíble cómo en este proceso se ha llegado a pisotear los más elementales derechos humanos, argumentando –justamente- su defensa. Y se siga haciéndolo.

¿TRADICIÓN HUMANISTA Y CRISTIANA?

Pero, ¿debe por eso el ciudadano común y corriente dejar de pensar, razonar y cuestionar las cosas?

¿Es posible no ver la gran contradicción que eso significa, a saber, permitirse pisotear más que violentamente los derechos humanos más fundamentales enarbolando la bandera de su defensa?

Algo, que, apenas diez años antes, no habría llamado siquiera la atención ciudadana y para lo que ni siquiera habría sido necesario acudir a los tribunales, esta vez ha necesitado un largo camino judicial.

Veamos el resumen del fallo judicial. Traduzco:

Se prohíbe, no solo a los maestros sino a todos los empleados del estado de Hessen y sus comunas, el uso de prendas de vestir que puedan llevar a desconfiar de su neutralidad en el ejercicio de su deber.

 

Las decisiones al respecto, deberán tener en cuenta la tradición cristiana y humanística del estado de Hessen.

El fallo no hace mención especial de ninguna prenda de vestir.

La abogada defensora, Ute Sacksofsky, ve una clara infracción a la Libertad de Culto, al derecho a la libre elección de profesión y a la igualdad de trato entre hombres y mujeres.

Lo interesante de todo esto, para mí, es que el fallo del Tribunal Superior del estado de Hessen no resiste siquiera un análisis lógico sencillo, ni menos uno histórico.

Veamos, suponiendo que consideramos la primera parte como aceptable.

1. Cuando dicen que se debe „tener en cuenta la tradición cristiana y humanista del estado”, ¿a qué se refieren con eso? Es decir, ¿a qué tradición se refieren?

¿A la de los últimos diez a treinta años? Entonces, a esa tradición ya tendrían que pertenecer también los trabajadores turcos que hicieron posible el Milagro Económico alemán. Les guste su estética religiosa a los alemanes o no.

¿O se refieren a la de los últimos 70 a 80 años, vamos a decir?

¿Incluidos, entonces, los atroces crímenes del nazismo?

¿Pertenecen esos crímenes de lesa humanidad también a esa tradición? De ser así, esa tradición debería estar prohibida.

2. Supongamos que es correcto basarse en una tradición para pasar por encima de derechos primordiales y reconocidos constitucionalmente. Pregunta: ¿Cómo se llegó a esa tradición? ¿Por las buenas o por las malas?

3. Suponiendo que se llegó a esa tradición cristiana, a esa hegemonía religiosa, por las buenas. En otras palabras, por la tolerancia y respeto del resto de la gente no cristiana hacia esa particular religión.

¿Por qué no devolver ahora esa tolerancia a otra religión -claramente minoritaria-, tolerancia que no es otra cosa que expresión de la Libertad de Culto que garantiza la constitución alemana?

Se podría seguir así argumentando, hasta llegar a lo mismo.

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La decisión de estos jueces es una simple arbitrariedad y un juego de palabras, que no esconde otra cosa que el miedo que Alemania -como muchos otros países- han desarrollado desde el 11-S contra todo lo que tenga que ver con el Islam.

(Aparte de que la constitución de este país garantiza la división entre estado y religión, y no la prioridad de ciertas tradiciones sobre algún principio fundamental, como la libertad de culto o la de elección profesional.)

Pensar que hace 22 años, me digo, cuando llegué a Alemania, era fácil reconocer a muchas de las inmigrantes españolas, muchas de ellas simples ’señoras de limpieza’ entonces. ¡Justamente por el pañuelo que llevaban en la cabeza!

Si por lo menos tuvieran las agallas de expresarlo así, me digo. Y se atrevieran a cambiar las leyes para no incurrir en este tipo de incongruencias. (Caerían en más incongruencias, pero por lo menos, existiría un debate abierto sobre este vital asunto social.)

Qué ignominia anticonstitucional. Y qué sentido tan oscuro del humor negro el de estos 6 jueces.

¡Hablar de ‘tradición cristiana y humanista’ en la tierra del Holocausto y el Nazismo para defender y seguir fomentando la hegemonía de una religión determinada!

¡Ja!

HjorgeV

Colonia, 12-12-2007


REGALAR LO QUE NO SE USA

11 Diciembre 2007

Ahora que estamos en plena época prenavideña, recomiendo pararse en una esquina cualquiera del centro de alguna gran ciudad y ponerse a contemplar el tráfago humano.

De gente que se desespera por comprar algo -decía ayer-, algo que tal vez días, semanas o meses después, no significará nada más para el comprador y terminará almacenado, arrumado o simplemente almacenado en un desván, a pesar de estar como nuevo.

Si es que no llega a parar a la basura antes.

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(Conozco el caso de mucha gente que no es capaz de desprenderse de lo que alguna vez le costó mucho dinero. Aunque ya no le sirva. Y también el caso de gente que no puede desprenderse –sencillamente- de nada. Este tema lo traté parcialmente en mi entrada El síndrome de Diógenes.)

Y hay que ver que hay gente que llega a gastarse en esos regalos hasta uno o más sueldos. Por lo menos en este país.

Según la empresa Ernst&Young, este año los alemanes gastarán 22% más en regalos navideños que el año pasado, con lo cual, el gasto promedio por persona deberá llegar a los 250 euros, casi 400 dólares, actualmente.

(Curiosamente, dos de cada tres entrevistados por la misma firma afirman querer regalar libros como primera alternativa, algo que después no se refleja necesariamente en las compras reales.)

Justamente en esto se basa el principio de las Tiendas Por Nada.

Paso a traducir libremente, parte de la información que publican en la Red:

La idea de las Tiendas Por Nada es sencilla: mucha gente tiene cosas que ya no usa o ya no quiere usar. Muchas veces esos objetos están perdidos por ahí, solo porque “sería una pena tirarlos”. O se trata de cosas que todavía sirven perfectamente, pero se desea arrojar a la basura. Por otro lado, hay personas que tal vez justo están buscando o necesitan precisamente de esas cosas; pero tendrían que pagar por ellas, algo que no quieren o no pueden permitirse. Si esas cosas están en buen estado y listas para usar, se pueden traer a nuestras tiendas, de preferencia personalmente y en los horarios de atención al público.

La idea de esta gente de Berlín y otras ciudades alemanas, a pesar de que no comparto su estética okupa ni, seguramente, su cosmovisión, me interesa particularmente, porque soy de los que están convencidos de que podemos hacer mucho más por mejorar la vida de nuestros semejantes. (Y sin necesidad de pertenecer a ningún partido político.)

Muchas veces nos interesan los problemas del mundo y no sabemos qué hacer para ayudar en algo a resolverlos. Opino que siempre es bueno intentarlo con este tipo de iniciativas, que no hacen daño a nadie y cumplen cierto papel ecológico, además.

La solidaridad humana –eso que hace tanta falta en este mundo- no es algo que se pueda aprender así no más en la escuela u obtenerse ingiriendo una pastilla. Con ideas como ésta se la fomenta, con el mejor material didáctico y pedagógico que existe, a saber: el ejemplo.

Es solo un granito de arena, claro. Pero no pocos grandes verdaderos progresos en el mundo, han empezado así.

(No lo tienen fácil, porque tienen sus críticos. Muy duros, algunos, quienes incluso ven en este tipo de acciones algo contraproducente desde el mismo punto de vista ‘antisistema’.)

Recuerdo ahora el caso que me sucedió en un banco de Lima en mi última visita, el mismo día de mi viaje de regreso para Alemania.

Había tenido la rara suerte de perder tiempo atrás unos ahorros que había depositado en un banco, porque éste había quebrado. Justo antes de partir, me enteré de que quedaba la posibilidad de recuperar parte de esa suma, pero había que presentarse personalmente.

Así es que, a pesar de la premura por la partida, me dirigí a la dirección que me habían indicado con la esperanza de recuperar una fracción de lo que ya creía perdido del todo.

Lo malo es que no estaba preparado para la transacción y me faltaban varios documentos o requisitos. El empleado que me atendió, me explicó lo que necesitaba con mucha cortesía. Le dije que no tenía ninguna chance de obtener lo exigido, porque en unas horas debía partir de regreso a Colonia y le agradecía de todas maneras sus esfuerzos.

Me levanté, desalentado, pero no abatido, para despedirme.

Para mi sorpresa, el joven empleado se ofreció a ayudarme a cumplir con los requisitos en tiempo récord y no permitió que le diera ni siquiera las gracias dos veces, a pesar de que no era parte de su trabajo ayudarme en esos trámites.

Se trataba de un desconocido, alguien que no había visto nunca ni jamás iba -seguramente- a volver a ver, aunque sea para devolverle el favor.

En este tipo de cosas he pensado después de leer lo de las Tiendas Por Nada. Que existen muchas más posibilidades de hacer bien por el prójimo sin necesidad de gastar dinero ni hacer un gran esfuerzo. Un simple gesto, basta, a veces.

Una acción de bien al día, esperando que cunda el ejemplo, me digo. (No tengo ninguna religión.)

Esta gente de Berlín también demuestra con su empresa, que existen otras formas alternativas de vivir que no tienen por qué pasar por las cifras de nuestra cuenta bancaria (si se tiene) o por las de esos pedazos de papel hecho algodón que tantos acumulan sin saber muy bien por qué en sus bolsillos, debajo del colchón (todavía hay casos) o en un banco.

(El papel con que se fabrican los billetes de euros, se compone exclusivamente de algodón.)

Esta gente de Berlín –y de otras ciudades de Alemania, Holanda y Austria- demuestra que usando la imaginación también se puede ser feliz y hacer felices a otros de maneras inéditas e inusitadas. Y sin producir más polución, además.

Nuestro llamado ‘progreso humano’ no da para más. Pongo dos bastos, burdos, ejemplos:

A. Se dice que hasta el 40% de los alimentos de los hogares del llamado Primer Mundo, va a parar a la basura.

(Incluso, existe todo un movimiento de gente en EEUU, los freegan, que se dedican a vivir –por cuestión de principios- de lo que los demás arrojan como desperdicios. Parece increíble, pero es cierto. Su lema es:

Desobedecer la orden de comprar.)

B. Según datos de la ONU, en el mundo se producen alimentos para alimentar a 12.000 millones de personas, es decir el doble de la población mundial. Sin embargo, muere más o menos una persona cada tres segundos (mayormente niños) por hambre o por causas derivadas de él.

(Esto quiere decir que la humanidad tiene, de sobra, solo que no sabe repartirlo. Y muchas veces bajo pretextos económicos, políticos y hasta ideológicos, permitimos y contribuimos a lo de arriba.)

Por otro lado, creo que no es necesario ser pobre, ni desocupado ni pertenecer a un grupo o ideología política determinada para experimentar con otras formas de convivencia no tradicionales.

El sentido de la vida, ¿se puede encontrar en el dinero?, es la gran pregunta que subyace tras todo esto.

Los de la Tienda Por Nada dicen que no y creo que no están equivocados. Por lo demás, ¿se hace daño a alguien regalando lo que no se usa y está en magnífico estado?

Yo lo aplaudo. Por lo menos por divertido, y por más que no sea algo para mí.

Creo que, complementariamente, sirve para mostrar el lado más absurdo de los engranajes de las sociedades de consumo en las que vivimos. No necesitamos en el fondo ese producto, ese artefacto, ese objeto, pero estamos absolutamente –en alma y cuerpo- convencidos de que eso es así.

Por ahora son solo grupos relativamente contestatarios los que practican esta forma bondadosa de reciclaje. Pero me imagino perfectamente un futuro, en el que esa práctica se vuelva más cotidiana y despierte otro tipo de solidaridad, de paso que nos ayude a tener más espacio en nuestras viviendas.

En Viena ya existen dos de estas tiendas y en Holanda la red se empieza a expandir. De España he encontrado la siguiente dirección, que aquí la incluyo, sin ninguna garantía, se entiende:

http://www.reutil.net/

El capitalismo, el Mercado Libre lo ha conseguido: cada vez almacenamos más cosas que nunca más vamos a volver a usar y que nos costó mucho dinero.

¡Regálalas!

Ojalá lo de Berlín no sea una simple excepción. Lo dice bien, parte de su manifiesto:

“En una sociedad donde los billetes son los que deciden sobre las oportunidades de seres humanos…”

Eso sí, cómo son las cosas, me digo, finalmente, tratando de imaginarme si la idea pegaría en esta Colonia tan conservadora.

Creo que mucha gente de esta ciudad se reiría, burlándose y al final trataría de visitar la tienda en las horas más discretas para no pasar, vamos a decir, vergüenza.

(Lo malo es que ya leí que existe una Tienda Por Nada en esta ciudad. Y ya me imagino las situaciones que se van a repetir.)

-¡¡¿Y tú qué haces aquí?!!

-¡Lo mismo te quería preguntar yo a ti!

-Buenoooo, sólo quería echar un vistazo, de pura curiosidad nomás.

-Ah, igual que yo.

-A ver, ¿te parece si damos una vueltita juntos?

-Dale, pues.

HjorgeV

Colonia, 11-12-2007