Como era la primera vez que una mujer tomaba la iniciativa amorosa en mi vida, tengo que haberme quedado alelado.
Pero el ambiente de carnaval de las calles puneñas, el desfile de los grupos de música y las comparsas, sin dejar de lado el efecto del alcohol y la algarabía general, no daban para quedarse callado en medio de la calle y con la boca abierta.
Me voy a permitir una elipsis narrativa.
Baste decir que esa noche la pasamos en otro hotel y que a la mañana siguiente nos despedimos para siempre.
Era alguien que había conocido de casualidad. Y la casualidad y los malentendidos nos habían vuelto a juntar.
Una tarde –ya en Lima- llegué a casa de mi querida tía Carmen y me encontré con una sorpresa.
Una mujer que sólo hablaba inglés había intentado comunicarse conmigo y mi madre le había dado el teléfono de mi tía porque sabía que yo me dirigía allí a darle clases de matemáticas a mi primo.
¿Alguien que sólo hablaba inglés?
No le di importancia al asunto.
Debía tratarse de una confusión.
Después, pensando en quién podría ser, me acordé de que a Sieglinde le había dado mi número en el tren y después lo había olvidado.
Al despedirnos, no se me había ocurrido para nada que podríamos volver a vernos.
Cuando la llamé a su hotel (del cual no se había movido para no perderse mi llamada), me contó que en dos días partía de regreso a Alemania.
Me preguntó si podríamos vernos enseguida.
Esa misma noche nos encontramos y no nos separamos ni un instante hasta su partida del aeropuerto limeño.
Me contó también, en su inglés elemental, que llevaba una semana en Lima porque había cambiado sus planes.
-¿Por qué no me llamaste antes? –le pregunté.
Me respondió que había pensado que yo era un mujeriego especializado en turistas extranjeras y que tenía miedo de que “mi esposa” respondiera al teléfono. Recién dos días antes de partir se había atrevido a hacerlo.
En vez de tratar de explicarle que no era cierto, me eché a reír.
Más de un año después, con una beca Alemania, una de las primeras cosas que hice fue llamarla por teléfono.
Quería darle una gran sorpresa.
En el intermedio nos habíamos escrito docenas de cartas y ella había tomado la costumbre de enviarme algún regalo con sus cartas.
Las mías eran especialmente largas (alguna de treinta páginas, la mayoría de más de cinco a diez) y constituían una buena forma de practicar mi incipiente alemán.
Durante un buen tiempo conservé parte de esos regalos: un tocacasette (así llamábamos en Lima a ese desaparecido aparato y pronunciábamos ‘tocacaset’), un reloj, diversos casetes, libros sobre Alemania.
Ese año me lo pasé escuchando un casete de un trío que nunca antes había escuchado: Peter, Paul and Mary.
Recuerdo en especial la canción Leaving on a jet plane. (La pueden encontrar en la sección Más música de esta bitácora.)
Cuando escuché por primera vez su voz, después de decirle que estaba en su país, me di cuenta enseguida de que algo no andaba bien.
Había esperado una gran alegría, emociones, preguntas sobre cuándo nos podríamos ver y esas cosas.
En cambio, se apresuró a decirme que yo había malentendido muchas cosas y que ella no se había atrevido a aclararlas demasiado.
Tenía pareja.
Y ya llevaban viviendo casi diez años juntos.
No sabía cuándo, pero estaban por casarse y formar una familia.
Me agradeció por los hermosos momentos pasados y me deseó buena suerte. No me volvería a escribir y era mejor que no volviera a llamarla.
¿Qué tan fuerte fue el golpe?
Parafrasearé a García Lorca. Es bueno saber reírse de los propios fracasos.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
(…)
Y no quise sufrir más
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando me la llevaba al río.
Por lo menos eso era lo que yo le había entendido, cuando apenas hablaba alemán.
HjorgeV 18-07-2008

Escrito por hjorgev