……
La superficie de la cúpula presenta brechas y hendiduras como si nadie
se hubiera ocupado de refaccionarla desde
la Guerra.
Esto no es una iglesia: es una estación de
ferrocarril de uno de los barrios más antiguos
de Colonia, al otro lado del río.
Me ha tocado el día de partir y mi músculo cardíaco pesa
más que mi maleta ahora que debo abandonar
esta ciudad.
Si esto fuera una iglesia del Vaticano, desde allá arriba estarían
mirándome ángeles
celestiales salidos
del pincel de algún genio renacentista.
Tengo tres horas por delante, que son como tres
vidas que tengo que administrar hasta
que salga el tren hacia Berlín.
Harto de cargar con mi pesada maleta,
pregunto
por un lugar dónde dejar mi equipaje, dispuesto
a dejar mi alma si me lo pidieran.
El lugar que me indican, semeja una gran obra a medio construir.
Me espera Berlín.
Bien podría esperarme un retroceso al tributo
inicial, a la lengua salada de la historia.
Un empleado ferroviario me dice que la oficina de
consignas está en construcción.
-¿Cuándo la terminan de construir? -le pregunto a su alma, que me mira
como un santo caído del cielo de pura inanición.
Las cosas que nada sirven se regalan, como sonrisas
que nada han costado.
-Cuando la terminen de construir –me responde él, mirándome
por si le saco un cuchillo o un clavel ante su respuesta.
Pero no digo nada,
porque este no es mi país.
Hasta que se me ocurre que no debería rendirme
tan fácilmente.
-¿Cuándo será eso? –insisto, como un niño dispuesto
a recuperar su pelota confiscada.
Pero esta vez el hombre de la gorra, calla.
Somos altos. Demasiados altos.
Y tal caída también nos corresponde.
Busco a otro empleado y cambio mi rostro por
el de alguien con absoluta cortesía.
El empleado que encuentro está armando su cilindro
que lo llevará más rápido a la muerte y
se prepara a encenderlo con una mano.
He hecho bien en mostrar más que mediana cortesía.
El Mono Sapiens sabe reconocer a un amigo
cuando éste no lo está apuñalando.
El segundo hombre tasa mi maleta como quien mira
a una mujer por primera vez y se pregunta si podría vivir
con ella una vida entera.
Hace sus consideraciones. Luego concluye:
-Va a entrar con las justas su maleta en el
casillero. Por las medidas, digo.
Le sonrío, porque
me fascinan las personas que saben calcular bien.
Minutos después, compruebo que estaba en lo cierto
por milímetros
y mi ánimo empieza a recobrarse.
Me alivia saber que he escapado a la cárcel
de llevar una maleta por más de dos horas conmigo.
Solo me queda ahora cargar el peso de mi corazón
o mis entrañas (ya me es indiferente)
hasta que llegue el tren.
……
Estoy en la estación del olvido.
Lo que espero es algo que va a dejar de existir apenas lo encuentre.
……
……
HjorgeV
18-12-2008
Escrito por hjorgev