ENTRADA NÚMERO 501
Esta es la entrada o artículo número 501 de esta bitácora, iniciada hace 25 meses sin rumbo fijo.
Sigue sin tenerlo.
(Como diría un argentino: ¡Grande Machado!)
EL PODER DEL PERRO
Les cuento que tuve la suerte de pasar un par de días en Sevilla el fin de semana pasado y de traerme un buen libro.
Como siempre, y como el pésimo turista que soy, me pasé varias horas de cada día en esa ciudad andaluza en el paraíso.
Es decir, en una librería.
(Panel de novelistas con la participación de Don Winslow)
Las horas que otros se pasan recorriendo la ciudad y sus encantos, yo me las pasé (gracias a la complicidad de mi esposa) en FNAC, que es para mí la sucursal del paraíso cada -rara- vez que visito España, porque es como una gran biblioteca.
(Esa es otra de las razones por las que los libreros medianos y pequeños están desapareciendo, lamentablemente: en un negocio como FNAC uno se puede pasar todo el día revisando libros con la absoluta convicción de que nadie se acercará a mencionarlo siquiera. Ni nadie te reprochará no haber comprado ningún libro -dado el caso- al salir. Es la ventaja de una librería inmensa y anónima, para bien y para mal. Otra cosa es tener los medios para hacer esas revisiones en casa, claro.)
De mi anterior viaje a España, el verano pasado, me había traído 20 libros que había escogido con especial cuidado.
(Tienen que imaginarse tener que volver a Alemania, a sumergirse en un idioma que, a pesar de que te gusta, lo hablas y respetas, no es el tuyo.)
De esa veintena de obras, sin embargo, no he terminado de leer ni siquiera la mitad, a pesar de haber empezado todas.
Pero no por falta de tiempo, sino por simple falta de interés.
Salvo media docena de libros (entre ellos uno de Paul Auster y otro del catalán Sergi Pàmies), el resto no logró pescarme, encantarme ni fascinarme de verdad con sus primeras líneas o páginas.
(Y eso que había nombres verdaderamente respetables: Bolaño y Vila-Matas, por ejemplo.)
No es el caso del novelón (700 páginas) que me he traído en este viaje.
Lo acabo de empezar y ya me he dado cuenta de que estoy dosificando su lectura.
Vale decir, me está sucediendo como con esas cosas que uno no quiere que se acaben, aún sabiendo que tendrán un final ineluctable e independiente de nuestra voluntad.
Como las cosas a veces vienen en paquete, justo acababa de leer la siguiente cita del escritor canadiense Robertson Davis en el suplemento Babelia de El País del sábado pasado:
«Un escritor de verdad desciende de los contadores de historias medievales que solían ir a la plaza de las ciudades, extender una alfombrilla en el suelo, sentarse sobre ella, golpear un cuenco y decir: ‘Si me das una moneda de cobre, te daré un cuento de oro’. Si el narrador era bueno, reunía a un pequeño grupo de personas a quienes contaba una historia hasta que llegaba al punto más interesante; entonces, se detenía y pasaba de nuevo el cuenco. Así se ganaba la vida; si no conseguía retener a su público, debía dedicarse a otra cosa. Eso debe hacer un escritor.»
Por otra parte, conversando con un artista madrileño que vive aquí en Colonia y a quien he conocido a través de esta bitácora, le mencionaba que el que escribe tiene que exponer al comienzo lo mejor de sus armas, herramientas o artilugios. De lo contrario, se puede ir a casa a contar, pero ¡ovejas!
Imaginémonos a un cineasta que se aposta detrás de la boletería, o anónimamente en el vestíbulo de un cinema, a ver cuánta gente asiste al estreno de su película.
Ese autor puede tener la certeza de que –salvo que sea muy mala u ofensiva su película- nadie abandonará la sala hasta que se vuelvan a encender sus luces.
Más o menos lo mismo ocurre si asistimos a una exposición pictórica o fotográfica: el artista puede estar seguro de que los visitantes se pasearán por el terreno de la exposición y solo entonces pensarán en marcharse.
(La opinión que se habrán formado de la obra en cuestión es otra cosa.)
Un escritor no tiene esa prerrogativa.
Con una historia no ocurre eso.
Si un libro no te agarra del pescuezo desde las primeras líneas o desde las primeras páginas, es muy difícil obligar al lector a que te siga regalando su tiempo. (¿Cómo, pues?)
La novela El poder del perro de Don Winslow está consiguiendo que haga depender el resto de mis actividades de su lectura.
Y que las organice alrededor de ella.
Debo reconocer que si no fuera por el prólogo de Rodrigo Fresán no habría considerado adquirir esta novela.
Lo primero que apunta el crítico y escritor argentino basta para acercarse inmediatamente a la boletería y justifica el precio de la entrada (a la función de Winslow):
«De todos los posibles subgéneros de la literatura, uno de los más intensos e interesantes es, sin duda, la novela mexicana escrita por extranjeros.»
México, la patria espiritual de muchos latinoamericanos (la mía, por lo menos), esta vez en la pluma (en el teclado) de un neoyorquino nacido en 1953 y que ha hecho de actor y director teatral, guía de safaris, repartidor de alimentos e investigador privado; que ha realizado diversos trabajos relacionados al cine y la televisión y que ya lleva escritas 10 novelas y una película.
(Con su primera novela, A Cool Breeze on the Underground, fue nominado para el premio Edgar Alan Poe. Los derechos de su última novela, The Winter of Frank Machine, han sido adquiridos por Robert Dinero de Niro.)
¿Su héroe o personaje central?
Art Keller, joven agente de la DEA, mexicano por parte de madre y veterano de Vietnam.
¿Su historia?
El entretejido de treinta años de su vida con la de los hermanos Barrera y su patriarcal padre, es decir, con los grupos mafiosos que dominan el mercado de la cocaína en México y “su tráfico hacia Estados Unidos, la Mafia encargada de su distribución y la corrupta oficialidad norteamericana encargada de ‘combatir’ el asunto, sin por eso privarse de recibir grandes beneficios”.
Al parecer, no se trata pues de esas típicas historias usamericanas en las que los gringos son los buenos e inteligentes, y los demás los tontos, holgazanes o deshonestos.
(Después resulta que se traen abajo su propio sistema y tienen sus Bush y sus Madoff.)
Otros apuntes del prologador argentino:
«una versión ajustada pero a la vez injusta definiría El poder del Perro como una versión narco-mex de El Padrino de Mario Puzo.»
«Digámoslo así: he aquí la Gran Novela Americana del Narcotráfico.»
«Pensar en El poder del perro como la versión adicta y adictiva de La guerra y la paz haciendo hincapié en lo primero.»
No he hecho sino empezar la novela y, a pesar de que detesto la sangre y la violencia gratuitas en todo tipo de expresión humana (inclusive la artística, se entiende), y de que la novela empieza con una masacre (“El bebé está muerto en brazos de su madre” es la primera frase; “Diecinueve bajas más en la Guerra contra las Drogas, piensa Art”, es otra), el relato winslowiano me ha enganchado.
Personalmente (interés colateral), me interesaría poder entender el por qué de las actuales matanzas -al parecer- por ajustes de cuentas de las diversas mafias en suelo mexicano, sin que estas tengan su secuela directa al otro lado del Río Grande.
Pienso que tiene que haber mucho más detrás de un negocio en el que son ciudadanos usamericanos los que se llevan la mayor tajada del pastel en todo el sentido de la expresión (ganancias y consumo).
Y que, a pesar de ser su adicción el principal motor del negocio, no son ellos los que aparecen en los diarios, como si el asunto de la droga no fuera por lo menos una cosa de dos: del adicto y del suministrador. (Y del productor, obviamente.)
Vamos a ver qué me depara el resto de la lectura de El poder del perro, aunque, desde ya, debo agradecerle al crítico Fresán su magnífico prefacio.
Así es muchas veces: alguien te tiene que dar aviso de que en la plaza hay alguien que está contando buenas historias.
Alguien a quien tal vez habías ignorado o no le habías prestado suficiente atención al pasar.
Pero a quien ahora te acercas a ofrecerle tu burda moneda de cobre a cambio de su cuento de oro.
Y eso por varios días seguidos.
…..
HjorgeV 05-02-2009
4 Abril 2009 a las 17:52 |
Este libro lo he leído de un tirón pues no podía abandonar a Keller, Nora, Callan y Adán Barrera… Diosss he disfrutado cada segundo de lectura como hacía mucho… con La Sombra del Viento.
Winslow nos ofrece la realidad novelada a través de la delincuencia organizada, las conexiones entre el poder político y el dinero sucio, junto a las conexiones de las cloacas de los gobiernos (servicios de inteligencia).
No deja un cabo suelto, y uno quisiera estar viviendo desde dentro cada párrafo.
Ojalá la adapten al cine, aunque tiene cierta similitud con Traffic.
javier.
30 Octubre 2009 a las 09:00 |
Un poco a destiempo mi opinión, pero hoy he encontrado estas críticas de este libro y me ha llamado la atención una frase : “… a pesar de que detesto la sangre y violencia gratuitas…” Y es que a mi me sucede lo mismo y me he quedado totalmente ENGANCHADA al libro y es más, cuando lo leo es como que estoy viendo una película. Me encantaría saber llevar al cine esta historia. No hay duda de que tendría gran éxito. Sabina
Rpta.: Hola Sabina. Sí, de acuerdo contigo. Dudo de que algún director se atreva a hacer una versión menos cruenta que el original. Saber vender ‘emociones fuertes’ recurriendo solo a nuestras reacciones atávicas paleolíticas (violencia, sangre y miedo: de cuando salir a conseguir los alimentos era una cuestión de vida o muerte e ingente adrenalina), dice mucho de lo mal que andamos tanto como público, como de creadores y comerciantes de películas. Saludos. HjV